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Mi puta amiga otavaleña me deja usarla como quiero

Yarina y yo éramos amigos desde hacía un par de años.
Nos conocimos en una fiesta de un conocido en São Paulo y desde entonces nos veíamos seguido: tomábamos algo, hablábamos mierda, a veces salíamos a comer. Ella siempre llegaba con esa blusa blanca bordada de flores azules, los collares de oro brillándole en el pecho, el cinturón azul geométrico apretándole la cintura y el anaco oscuro que le marcaba ese culo redondo y pesado. Cabello negro recogido, piel morena, mirada pícara.
Mi puta amiga otavaleña me deja usarla como quiero
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Todo el mundo decía que era fácil. Que por dinero o por ganas se dejaba meter. Yo nunca le había tirado los perros de frente… hasta esa noche.

Estábamos en mi departamento. Habíamos pedido pizza, tomado unas cervezas y estábamos tirados en el sofá viendo una película cualquiera. Ella se había quitado los zapatos y tenía las piernas recogidas, el anaco subido hasta la mitad del muslo. Cada vez que se reía se le movían las tetas debajo de la blusa bordada.

—Estás muy callado hoy —me dijo de repente, mirándome de reojo—. ¿Qué te pasa? ¿Andas caliente o qué?

Sonreí y le agarré el muslo, subiendo la mano despacio por debajo del anaco.

—Desde hace rato que te estoy mirando ese culo, Yarina… y se me está parando bien duro


Ella no se apartó. Al contrario, abrió un poco más las piernas y dejó que mi mano llegara hasta el calzón.

—Ay, amigo… qué atrevido —susurró con una sonrisa sucia—. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Me vas a cojer o solo vas a tocar?


Le respondí bajándole el calzón de un tirón y metiéndole dos dedos de una vez. Estaba empapada.

—Te voy a follar rico… como te gusta a las putitas otavaleñas.

Ella soltó un gemido largo y se mordió el labio.

—Entonces deja de jugar y sácatela… quiero sentirla ya.

Me quité el pantalón, me arrodillé entre sus piernas y le abrí el anaco hasta la cintura. Ese coño moreno, depilado, brillante de jugos, me estaba esperando. Le pasé la cabeza de la verga de arriba abajo, empujando solo la puntita.


—Métela completa, carajo… no me tortures —me pidió, agarrándome del cuello—. Quiero que me la metas hasta el fondo y me uses.

Se la enterré de un solo empujón. Estaba caliente, apretada, chorreando. Empecé a darle fuerte, agarrándola de las caderas, mirando cómo el cinturón azul se movía con cada embestida y cómo ese culo rebotaba contra mí.

—¡Joder, sí! Así… más duro… rómpeme ese coño, amigo… me encanta cómo me la metes…

Le subí la blusa y le chupé los pezones mientras le daba. Ella arqueaba la espalda y me jalaba el pelo.

—Chúpamelos más… muerda… soy tu putita esta noche… fóllame como si me odiaras…
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Otavalena


La volteé, la puse de cuatro en el sofá y se la volví a clavar desde atrás. Le di nalgadas fuertes mientras la embestía, viendo cómo se le abría y se le cerraba ese culo con cada golpe.

—Más profundo… lléname… quiero que me dejes el coño hecho mierda… sí, así, así, no pares…

La agarré del cabello, le jalé la cabeza hacia atrás y le hablé al oído mientras le daba sin piedad:

—Dile a tu amigo qué eres.

—Soy tu puta… tu putita otavaleña… usa este cuerpo como quieras… fóllame más rico todavía…

Cuando sentí que no aguantaba más, la saqué, la volteé otra vez y le ordené:

—Ábreme la boca.

Se arrodilló en el sofá, sacó la lengua y me miró con esos ojos oscuros llenos de ganas.

—Deme toda esa leche… se la voy a tragar completa… úseme la cara…

Me corrí a chorros dentro de su boca. Ella se lo tragó con ruiditos obscenos, chupando y relamiéndose los labios después, como si fuera lo más rico del mundo.

Se levantó despacio, se acomodó la blusa, se subió el anaco y el cinturón, y me miró con una sonrisa satisfecha, todavía con las piernas temblando un poco.

—Uy, amigo… me dejaste las piernas flojas —dijo riéndose bajito—. La próxima vez avísame con tiempo… porque cuando me folla así de rico me dan ganas de quedarme a dormir y que me la meta otra vez en la mañana.

Desde esa noche Yarina y yo seguimos siendo “amigos”.
Solo que ahora, cada vez que viene a mi departamento, ya llega quitándose el anaco y diciendo:

—Hoy quiero que me la metas más duro que la vez pasada… ¿me vas a follar rico o qué?

Y yo se la meto.
Fuerte.
Profundo.
Hasta que se le doblan las piernas y me pide que le llene la boca otra vez.

Porque mi amiga otavaleña es una puta deliciosa…
y a mí me encanta usar ese cuerpo exactamente como ella lo pide.

1 comentarios - Mi puta amiga otavaleña me deja usarla como quiero

xXSadSatanXx +1
así son esas zorritas indígenas. les encanta la verga