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La Puta del equipo 2 - El Viaje

El Viaje

La noche se me hizo eterna.

Me acosté pasada la medianoche con los ojos abiertos y el techo como única compañía, repasando cada palabra de esa conversación en la oficina como si pudiera encontrar algún detalle que hubiera malinterpretado. Alguna salida que no había visto.

*Disponible para mí en todo momento.*

*Día y noche, si hace falta.*

No había malinterpretado nada.

Dormí por ratos cortos y sin descanso, y a las seis de la mañana ya estaba sentada en el borde de la cama con la maleta vacía frente a mí y una sola pregunta en la cabeza: ¿qué se lleva a algo así?

Ropa cómoda, había dicho. Sin más detalles.

Abrí el armario y lo miré como si fuera la primera vez. Tenía de todo: jeans, blusas, vestidos de verano, un par de tacones que usaba para salir, tacones de trabajo, zapatillas viejas. Lo que no tenía, caí en cuenta, era ropa deportiva. Ni una sola prenda pensada para estar al sol en un campo de fútbol durante varios días.

Empecé a empacar lo que había: dos jeans, unas blusas, las camisetas más cómodas que encontré, las zapatillas. Un par de tacones casi por reflejo, porque siempre llevo un par de tacones a cualquier lado. El neceser, los cargadores, el libro que nunca termino.

Y entonces llegué al cajón de la ropa interior.

Lo abrí sin pensar demasiado y empecé a sacar cosas. Los conjuntos de todos los días, algodón simple, nada especial. Pero en el fondo del cajón, dobladas con ese cuidado inútil que uno tiene con las cosas que casi nunca usa, estaban las otras: un par de tangas de encaje, un body negro que me había comprado hace dos años para una noche que al final no fue nada del otro mundo, algo de lencería fina que guardaba por si acaso tenía suerte las pocas veces que salía a alguna fiesta.

La Puta del equipo 2 - El Viaje


Cosa que hacía tiempo ya no hacía.

Las miré. Las dejé a un lado. Seguí empacando.

Pero cuando cerré la maleta, estaban adentro.

No supe explicarme bien por qué. Me dije que era por precaución, que uno nunca sabe, que no hacía daño llevarlas. Pero en algún lugar más honesto que esos argumentos sabía que mi mente me había jugado una mala pasada, y que lo mejor era no pensar demasiado en eso.


Cerré el cierre de la maleta con decisión y fui a despertar a Mateo.


No hizo falta. Ya estaba despierto.

Lo encontré en su cuarto con la mochila lista sobre la cama, peinado y con la ropa puesta, revisando algo en el teléfono con esa energía contenida que tenía cuando estaba muy emocionado pero intentaba no mostrarlo demasiado. Me alegró el corazón verlo así.

—Mamá, ya son las siete y cuarto.

—Ya sé, ya sé. —Entré y le acomodé el cuello de la camiseta, un gesto automático de madre que él toleró apenas un segundo antes de apartarse con suavidad.

—Ma. —Me miró con esa mezcla de ternura y vergüenza adolescente que ya conocía bien—. Sobre el torneo... quería pedirte algo.

—Dime.

Dudó un momento, buscando las palabras.

—Sé que vas a estar ahí ayudando y eso. Y te lo agradezco mucho, en serio. Pero... ¿podemos acordar algo? Que no estés todo el tiempo cerca mío. Que si me ves en el campo o en el comedor con los chicos no vengas a saludarme ni nada así. Y nada de apodos ni de...

—Mateo.

—Es que los chicos ya me ven raro por lo del ascenso. Si encima mi mamá me anda siguiendo por todos lados...

—Entiendo —lo interrumpí, sin ofenderme—. Tranquilo. Voy en calidad de asistente, no de madre. Haré mi trabajo y te dejaré hacer el tuyo.

Soltó el aire que había estado conteniendo.

—Gracias, ma. —Y en un gesto que guardó para cuando nadie pudiera verlo, me dio un abrazo rápido y apretado—. Vamos, que no quiero llegar tarde.


El estacionamiento del club a las ocho de la mañana era un caos ordenado.

La van del club estaba aparcada con el maletero abierto y los bolsos apilándose en una cadena humana informal. Me detuve en la entrada y los conté sin querer.

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Uno, cinco, diez, quince... veinte jugadores.

Más el entrenador.

Veintiún hombres.

Y yo.



No sé por qué no lo había dimensionado así hasta ese momento. En la oficina, en el auto de vuelta a casa, en las horas de insomnio de la noche anterior, había pensado en el trato, en Mateo, en Carlos. Pero no había pensado en *esto*: en ser la única mujer en un viaje de varios días con veintiún hombres que no sabían nada de por qué estaba ahí.

Los observé un momento desde la entrada. Eran jóvenes en su mayoría, fuertes, con esa energía de los veinte años que ocupa más espacio del necesario. Algunos estirados junto a la van, otros en grupos pequeños con el teléfono en la mano. Y en el centro de uno de esos grupos, imposible de ignorar, estaba el que claramente marcaba el tono de todo.

Alto. Muy alto. Moreno, de hombros amplios y una sonrisa que parecía saber de antemano que iba a caerle bien a todo el mundo. Hablaba con esa confianza de quien nunca ha tenido que ganársela, y los que lo rodeaban reían antes de que terminara las frases. Alguien lo llamó por su nombre desde el otro lado del grupo.

Diego.

No supe nada más de él en ese momento, pero bastó para entender su lugar en el equipo.

Mateo estaba en el margen del grupo más grande, escuchando una conversación sin terminar de entrar en ella. Le respondían cuando hablaba, lo incluían si alguien lo miraba directamente, pero había esa distancia invisible de quien llegó por orden de arriba y todavía no se ha ganado el terreno. Él lo disimulaba bien, con esa sonrisa fácil que heredó de algún lado que no fui yo. Pero lo vi.

Carlos estaba en la puerta de la van, de espaldas, con una planilla en la mano y un bolígrafo que usaba para ir marcando nombres mientras los jugadores subían. Cuando me acerqué con mi maleta, levantó la vista.

Me recorrió de arriba abajo. Despacio. Los jeans ajustados, las zapatillas, la blusa.Una mirada que lo registró todo en dos segundos, luego subió hasta mi cara con una expresión que no era exactamente una sonrisa pero se le acercaba.

—Qué bueno que decidiste venir, Elena. —Su voz era baja, casi privada, aunque estábamos en medio de todo el grupo—. Verás que nos vamos a divertir mucho.

La última frase llegó con ese peso particular suyo, el que convertía cualquier cosa en algo más de lo que parecía. Me sostuvo la mirada un segundo de más antes de volver a la planilla.

—Sube. Salimos en cinco minutos.

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Seguí la recomendación de Mateo sin que él tuviera que repetirla: me acomodé en el primer asiento libre detrás del conductor, cerca del frente, lejos del fondo donde estaban los jugadores. Dejé el bolso sobre mis rodillas y miré por la ventana mientras el ruido del grupo llenaba la van de voces y risas que no eran para mí.

Carlos subió de último. Recorrió el pasillo con esa forma de caminar suya, sin apuro, como si el tiempo le perteneciera, y se sentó en el asiento del lado, junto al pasillo, tan cerca que su brazo casi rozó el mío al acomodarse.

Durante la primera hora no habló. Revisó el teléfono, hizo llamadas cortas con voz baja, marcó cosas en la planilla. Yo miraba los carteles de la autopista y fingía estar muy interesada en el paisaje.

Fue él quien rompió el silencio, pasada la hora larga, con esa voz que bajaba dos tonos cuando no quería que nadie más escuchara.

—¿Cómo durmió?

—Bien —dije, sin girarme.

—Miente muy mal para ser una persona tan amable, Elena.

Giré. Tenía una expresión que no era exactamente una sonrisa pero se le parecía bastante.

—No miento.

—Las personas que duermen bien no tienen esas ojeras. —Hizo una pausa—. Aunque hay que admitir que le quedan bien.

Sentí el calor subiéndome al cuello y volví la vista a la ventana.

—¿Siempre tan directo, entrenador?

—Siempre. ¿Le molesta?

—Depende de lo que diga.

—Interesante límite. —Lo escuché acomodarse en el asiento—. Entonces voy a tener que medir mis palabras con cuidado. No quisiera cruzar ninguna línea... innecesariamente.

La última palabra llegó con un peso particular, como si "innecesariamente" implicara que había líneas que sí valía la pena cruzar. Me obligué a no responder.

Un momento de silencio. Luego, con un cambio de tono tan repentino que tardé un segundo en seguirlo:

—¿Ha viajado antes con Mateo a algún torneo?

—No. Nunca a uno así.

—¿Y cómo se siente?

Pensé la respuesta un momento.

—Un poco fuera de lugar, si le soy honesta. Como que no encajo aquí.

—Eso cambia —dijo, con esa calma suya—. El cuerpo aprende a relajarse aunque la cabeza todavía esté resistiendo. Con el tiempo uno se adapta a situaciones nuevas, a las incomodidades. Termina encontrando su lugar incluso donde menos lo esperaba.

No respondí.

Él tampoco agregó nada.


Pero la frase quedó flotando entre los dos mientras la autopista seguía desenvolviéndose afuera y el ruido del fondo de la van se volvía más distante.

Un rato después se inclinó levemente para alcanzar algo en el bolsillo del asiento de adelante. Su hombro rozó el mío. El contacto duró menos de un segundo y él no lo comentó ni lo esquivó. Lo dejó pasar como si fuera algo natural.

No lo era.

O sí lo era, y ese era exactamente el problema.

—Hay algo que debo aclararle sobre el alojamiento —dijo entonces, guardando la botella de agua que había sacado.

Le expliqué con la mirada que lo escuchaba.

—Las habitaciones estaban reservadas desde hace semanas para el equipo. Cuatro jugadores por cuarto. No había contemplado ningún cambio de último momento en el grupo. —Hizo una pausa breve—. Hay dos opciones posibles: reorganizamos a los jugadores y le damos una habitación a usted y a Mateo, o...

—¿O?

—O comparte habitación conmigo.

Lo dijo mirando al frente, sin volverse, sin cambiar la expresión.

—Sé lo que está pensando —continuó—. Que debería elegir usted. Pero ya tomé la decisión. —Giró apenas la cabeza hacia mí—. Mateo necesita integrarse al equipo sin privilegios visibles. Si su madre recibe una habitación separada mientras los demás duermen de a cuatro, el trabajo que hemos hecho para que lo acepten se complica. No es una opción que le convenga a su hijo.

Abrí la boca. La cerré.

—Además —añadió, con esa voz baja que no llegaba más allá de nuestros dos asientos—, compartir habitación facilitará que cumpla con sus funciones. Día y noche, recuerda.

El eco de esa frase de la oficina, repetida ahora en la van en movimiento con veinte jugadores a nuestras espaldas, me cayó en el estómago con un peso que no supe si era miedo o algo más difícil de nombrar.

No dije nada.

Carlos volvió a mirar al frente y sacó de nuevo la planilla, como si el tema estuviera resuelto. Porque para él, supuse, lo estaba.

Miré hacia el fondo de la van. Mateo tenía los audífonos puestos y los ojos cerrados, ajeno a todo, con esa cara de quien duerme o finge dormir para no tener que hablar con nadie.

Volví la vista a la ventana y no la moví de ahí hasta que llegamos.


El hotel era funcional y limpio, de esos pensados para grupos deportivos: pasillos largos, habitaciones idénticas, olor a desinfectante y aire acondicionado constante.

Carlos repartió las llaves en el lobby con su eficiencia habitual. Los jugadores agarraron las suyas con el entusiasmo ruidoso de quien lleva horas encerrado en una van. Mateo recibió la suya junto a tres compañeros, y me lanzó una mirada rápida desde el otro lado del lobby, una mirada que preguntaba sin preguntar. Le sonreí apenas, un gesto que esperaba que dijera *estoy bien, ve nomás*. Se fue.

Cuando el grupo se dispersó, Carlos se acercó con una llave en la mano.

—Habitación 214. —Me la entregó sin ceremonia—. Suba, deje sus cosas y baje enseguida. Necesito explicarle sus funciones antes del almuerzo.

—¿Y usted? —pregunté, mirando la llave.

—También la 214.

Lo dijo igual que todo lo demás: como un hecho administrativo sin mayor importancia. Ya se alejaba hacia el ascensor cuando agregó, sin volverse:

—Y use algo más cómodo si tiene. Va a necesitarlo esta tarde.

Subí sola. Abrí la puerta de la habitación, empujé la maleta adentro sin mirar bien y la dejé cerrada junto a la pared. Tenía el tiempo justo para bajar.

No me fijé en la cama.

El almuerzo fue en el comedor del hotel, mesas largas, platos servidos, el ruido colectivo de veinte jugadores hambrientos después de un viaje largo. Me senté en un extremo, cerca de la ventana, con el plato frente a mí y la sensación constante de ser el único elemento que no encajaba en la imagen.

Carlos se sentó en la cabecera de la mesa principal. Comió rápido, con esa eficiencia suya de siempre, y antes de que los demás terminaran ya estaba de pie con la taza de café en la mano, mirándome desde el otro lado del comedor.

—Elena. Cuando termines, el material de entrenamiento está en el depósito del hotel, sala B. Balones, conos, pecheras, los bolsos del equipo. Todo tiene que estar en el campo antes de las tres. —Hizo una pausa—. Si necesitas ayuda podés pedirle a Mateo.

Lo miré. Al fondo de la mesa, Mateo estaba en medio de una conversación con dos compañeros, riéndose de algo, más integrado que en la mañana. Diego, el moreno alto, le había dicho algo que lo había hecho reír de verdad, no con esa risa cortés de quien intenta caer bien sino con una genuina.

Era la primera vez en el día que lo veía así.

—No hace falta —respondí—. Yo me encargo.

Carlos me miró un momento. Algo en su expresión, breve e ilegible, se pareció a la satisfacción.

—Como quieras.

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Lo que siguió fue la hora más larga de la semana.

La sala B era un depósito pequeño con más material del que esperaba. Conté dieciséis balones, cuatro bolsos grandes con pecheras y conos, dos bolsos con los uniformes de entrenamiento doblados, y un carrito oxidado con una rueda que giraba para el lado que quería.

Hice tres viajes.

Con jeans ajustados y tacones.

Para el segundo viaje ya me había quitado los tacones y caminaba en medias por el pasillo del hotel, con un bolso colgado de cada hombro y el carrito delante, rezando para que no se me cruzara nadie del equipo. Para el tercero me había recogido el pelo y empujaba el carrito con las dos manos con una concentración que no dejaba espacio para ningún otro pensamiento.

Llegué al campo cinco minutos antes de las tres.

Carlos ya estaba ahí, con el silbato colgado y la planilla en la mano, mirando cómo yo dejaba el último bolso en el borde del campo con los tacones colgando de los dedos de una mano.

—Veo que entendiste muy bien cuál es tu función aquí —dijo.

No era un elogio exactamente. Pero tampoco era solo una observación.

—Llegué a tiempo —respondí, con más firmeza de la que sentía.

—Llegaste a tiempo. —Repitió mis palabras con una leve inflexión que las convertía en otra cosa—. Y sin pedirle ayuda a nadie. Eso dice mucho de una persona, Elena. Que hace lo que tiene que hacer sin excusas y sin esperar que alguien le resuelva el camino.

Me miró un momento más, con esa calma evaluadora que ya conocía.

—Bien. Podés quedarte a ver el entrenamiento si querés.

Me quedé.

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Me senté en las gradas vacías, con los tacones puestos de nuevo y el pelo todavía revuelto, y vi a Mateo entrenar durante noventa minutos.

Lo vi llegar primero al balón en dos jugadas seguidas. Lo vi recuperar una pelota que nadie esperaba que recuperara y salir conduciendo con esa elegancia suya que me recordaba a su padre cuando era joven. Lo vi equivocarse, recibir la corrección de Carlos con la cabeza agachada y volver a intentarlo sin protestar.

Y lo vi, al final del entrenamiento, recibir una palmada en el hombro de Diego, el moreno fanfarrón que marcaba el tono de todo, y responder con una sonrisa que esta vez no tenía nada de esforzada.

Me mordí el labio para no gritar de alivio.


Recoger el material después del entrenamiento fue más rápido que llevarlo. Los jugadores ayudaron a juntar los balones sin que nadie se los pidiera, y para cuando el campo quedó vacío ya tenía todo cargado en el carrito. Los uniformes de entrenamiento, empapados y pesados, los metí en una bolsa aparte y los llevé a la lavandería del hotel siguiendo las indicaciones de recepción.

La señora de la lavandería me miró los pies cuando llegué.

—¿Vino así todo el día, amor?

—Todo el día —confirmé.

Me miró con una compasión que agradecí en silencio.


Cuando entré al comedor para la cena, las mesas estaban casi vacías.

El equipo había cenado temprano. Algunos jugadores todavía terminaban el postre, pero la mayoría ya se retiraba hacia los pasillos en grupos pequeños, con esa energía apagada del cansancio físico real. Diego pasó cerca de mi mesa con otros dos, y me lanzó una mirada rápida y curiosa, la de quien recién cae en cuenta de que hay alguien que no ubica bien en el esquema del grupo. No dijo nada.

Me estaba sirviendo cuando Mateo apareció en la puerta del comedor, ya en ropa de salir, con el pelo húmedo de la ducha.

—Ma. —Se acercó rápido, en voz baja, como si no quisiera que los últimos jugadores que quedaban lo vieran hablando con su madre—. Quería decirte algo.

—Dime.

—Gracias. Por lo del entrenador, por conseguir que me convocaran. Hoy me fue bien. Lo sentí.

Lo sentí también, quise decirle. Te vi.

—Me alegra, hijo.

Asintió. Dudó un segundo.

—¿Estás bien?

—Perfectamente —dije, con la sonrisa más tranquila que encontré—. Anda, descansá.

Se fue. El comedor quedó casi vacío. Me serví despacio, comí sin apuro, y por primera vez en todo el día no tuve que estar en ningún lado ni hacer nada para nadie.

Debería haber sido un alivio.

Pero el silencio del comedor vacío dejaba demasiado espacio para pensar en lo que venía después.

capitulo 2


Subí al piso dos con los pies doloridos y la cabeza llena de un ruido sordo que no era exactamente miedo pero tampoco era calma. El pasillo estaba en silencio. Algunas habitaciones ya tenían la luz apagada bajo la puerta.

Me detuve frente a la 214.

Respiré.

Abrí.

Lo primero que vi fue mi maleta.

Estaba abierta sobre la silla del rincón donde la había dejado, pero no como yo la había dejado. La habían revisado. La ropa interior estaba a un lado, los neceseres desplazados, todo con ese orden parcial de quien busca algo con método y sin prisa. Y en el borde de la silla, dobladas con una prolijidad que me resultó más perturbadora que cualquier desorden, estaban las tangas. Las que había empacado sin saber bien por qué. Puestas aparte, a la vista, como si alguien las hubiera separado del resto con toda la intención del mundo.

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Carlos estaba echado en la cama. Una sola cama doble que yo no había visto bien cuando entré rápido a dejar la maleta en la tarde. Llevaba un libro abierto sobre el pecho y me miró por encima de las páginas con esa calma que ya me resultaba más difícil de soportar que cualquier agresividad.

—Buenas noches, Elena. Veo que por fin terminaste con los uniformes.

Me quedé parada en la puerta sin cerrarla del todo.

—Revisaste mi maleta.

—La revisé. —Lo dijo sin el menor atisbo de disculpa—. Te dije que trajeras ropa cómoda. Necesitaba saber con qué contaba para organizarte el uniforme de mañana.

—Eso no te da derecho a...

—Estoy algo decepcionado, si te soy honesto. —Cerró el libro y se incorporó levemente, apoyándose en el cabecero con los brazos cruzados—. Nada deportivo, nada funcional. Jeans, tacones, blusas. Lo vi hoy en el campo: te costó el doble de esfuerzo hacer la mitad del trabajo.

Abrí la boca.

Levantó una mano, sin alzar la voz.

—Pero esto. —Señaló las tangas dobladas en el borde de la silla con un gesto tranquilo, como si estuviera señalando un informe en su escritorio—. Esto sí me gustó.

El calor me subió de golpe hasta las orejas. Quise decir algo y no encontré nada que no sonara ridículo.

—Y como veo que a ti también te gusta usarlas —continuó, con esa voz baja que no subía ni un tono—, sería bueno que las comenzaras a usar desde mañana. Debajo del uniforme que voy a conseguirte, claro.

—Yo elijo mi ropa interior.

—Elegías —dijo, con simpleza. No como una amenaza. Como una corrección—. De ahora en adelante yo te diré qué ponerte. Quedó claro hoy que no tenés experiencia en esto, Elena. No en trabajo de campo, no en qué traer a un torneo. Así que por el momento confía en mi criterio.


El silencio que siguió fue largo y denso.

Tenía razón en lo del campo y lo sabía. Eso era lo más irritante de todo: que tenía razón en esa parte, lo que hacía más difícil contradecir lo demás.

—Es tarde —dijo finalmente, con el tono de alguien que cierra una reunión—. El día fue largo para los dos. Así que solo por esta noche vamos a descansar sin... divertirnos.

Lo dijo mientras dejaba el libro en la mesita de noche y se ponía de pie. Se quitó la camisa deportiva con esa naturalidad de quien está completamente solo, la dobló sobre el respaldo de la silla. Luego el pantalón. Quedó en un boxer oscuro, y yo entendí que no iba a ponerse nada más.

Lo intenté no mirar.

Lo intenté de verdad.

Pero cuando me giré hacia la maleta para buscar el pijama, la imagen ya estaba guardada en algún lugar sin que yo la hubiera invitado: los hombros anchos, el pecho sólido, el abdomen de alguien que había trabajado el cuerpo durante décadas y no había dejado de hacerlo. No era el cuerpo de un hombre joven. Era algo distinto, más denso, más construido. Con esa solidez que no necesita demostrarse.

Agarré el pijama y me encerré en el baño.


Bajo la luz dura del baño, con el agua de la ducha todavía tibia en la piel, sostuve el top y los shorts frente a mí y tomé conciencia, por primera vez en el día, de lo que había empacado.

La tela era suave y fina. El top tenía encaje en el escote y los tirantes, y en la luz directa dejaba adivinar más de lo que cubría. Los shorts negros apenas llegaban a la mitad del muslo. En mi cuarto de casa, con la puerta cerrada, nunca habían sido un problema para nadie.

Esto no era mi cuarto de casa.

Busqué en la ropa que había traído al baño: los jeans del día, la blusa. Nada útil. Pensé en la maleta afuera, en salir en toalla a buscar algo más adecuado, y deseché la idea inmediatamente.

Me puse el top. La tela resbaló sobre mis hombros y se ajustó sobre el cuerpo con esa precisión suave que en otras circunstancias nunca me había parecido un problema. Me miré en el espejo. El encaje del escote marcaba la línea del sostén negro que llevaba puesto, y la tela translúcida dejaba adivinar la curva del pecho con una claridad que hizo que apartara la vista.

Los shorts. La cintura elástica se asentó en la cadera y la tela cayó hasta el borde del muslo.

Me miré otra vez en el espejo, completa esta vez.

Respiré hondo.

No había otra opción.

Abrí la puerta del baño.

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Carlos estaba echado en su lado de la cama con el teléfono en la mano. Levantó los ojos cuando entré, y los bajó despacio. El encaje, la tela fina, la curva de las piernas bajo los shorts negros. Una mirada que tomó su tiempo sin pedir permiso, sin ninguna intención de disimular.
Y entonces apareció esa sonrisa. Lenta. Contenida. La de alguien que acaba de confirmar algo que ya sabía, y lo guarda con cuidado, como si tuviera todo el tiempo del mundo para volver a ello más adelante.
No dijo nada.
Crucé la habitación con la vista al frente y me metí bajo las sábanas de mi lado con toda la dignidad que pude reunir.
Carlos apagó la luz de su mesita. En la oscuridad su voz sonó exactamente igual que siempre, tranquila, sin apuro, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido:
—Mañana me encargo yo de organizar todo. Vos descansá.
Una pausa breve.
—Ah, y por la mañana te dejo el uniforme sobre la silla. Quiero que te lo pruebes antes de bajar.
No era una sugerencia.
—Entendido —dije, con la vista en el techo.
—Bien. Descansá, Elena. Mañana va a ser un día largo.
Silencio.
La oscuridad se asentó sobre la habitación, sobre la única cama, sobre el espacio de treinta centímetros entre su cuerpo y el mío. Escuché su respiración volverse lenta y regular con una facilidad que me resultó casi ofensiva.
Cerré los ojos.
Y en ese silencio quieto, sin poder evitarlo, apareció la imagen que había intentado no guardar: los hombros anchos, el pecho sólido, esa solidez construida durante décadas que no necesitaba demostrarse a nadie.
La empujé hacia un costado.
Pero también apareció otra cosa, más incómoda: la imagen de mis tangas dobladas en el borde de la silla. La voz de Carlos diciendo esto sí me gustó con esa calma que no subía ni un tono. Y la pregunta, pegajosa y sin respuesta fácil, de si lo que había sentido en ese momento era solo indignación.
Solo indignación.
Me repetí eso hasta que el cansancio del día, los tres viajes con el carrito, los tacones en el campo, la cena sola en el comedor vacío, todo eso junto pesó más que cualquier pensamiento.
Y me dormí sin haber respondido nada.
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Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de esta entrega de La Puta del Equipo. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el próximo capítulo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon. Apoya el proyecto FUEGO EN LA PIEL para acceder a todo el catálogo exclusivo.
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1 comentarios - La Puta del equipo 2 - El Viaje

ThisWillFall +1
Muy bueno, como me gustaría tener una madre así, no tendría líos con entregarla a mi entrenador y de a paso a todo el equipo si es necesario
cuckson3456 +1
Jajjaj a mi me paso algo medio parecido es de las mejores cosas del mundo tener una mamá coqueta
ThisWillFall
@cuckson3456 cuenta cómo fue eso me interes jeje
cuckson3456
@ThisWillFall escríbeme al privado