
Capítulo 1
Me llamo Camila. Tengo treinta y ocho años y a veces, cuando me miro demasiado tiempo al espejo del baño con la luz tenue de la mañana, todavía busco a la otra. A la chica de diecinueve que salía casi todas las noches, que sabía exactamente cómo inclinarse sobre una barra para que un chico le pagara el trago, que se dejaba tocar en los asientos traseros de coches que ni siquiera recordaba al día siguiente. Esa Camila existió. Sabía mover las caderas, sabía morderse el labio inferior de una forma que hacía que los hombres se acercaran solos, sabía decir “sí” sin pensarlo demasiado. Yo la enterré el día que supe que estaba embarazada de un hombre cuyo nombre se me disolvió entre tantas bocas y tantas noches borrosas.
Ahora soy otra cosa. Una mujer que trabaja en una oficina de contabilidad desde las ocho hasta las seis, que se pone crema antiarrugas por las noches aunque sabe que no sirve de mucho, y que cría sola a un hijo que parece hecho de silencio y de puertas cerradas. Mi cuerpo sigue siendo generoso: senos pesados que nunca perdieron del todo su forma, caderas anchas, muslos gruesos que se rozan cuando camino despacio, una cintura que todavía se marca si me pongo un cinturón. El cabello negro me llega un poco más abajo de los hombros y todavía brilla cuando me lo lavo con la pastilla cara que me regalé el mes pasado. Pero ya no lo uso para atraer. Lo uso para recogérmelo cuando cocino o cuando estoy demasiado cansada para peinarlo.
Lucas es mi hijo.
A veces todavía me cuesta creerlo. Un día era un niño de rodillas raspadas que me pedía que le leyera un cuento antes de dormir, y al siguiente tenía diecinueve años, era casi una cabeza más alto que yo y se movía por la casa con esa cautela de quien no quiere ocupar demasiado espacio. Creció tan rápido que apenas me di cuenta. De pronto el niño se había convertido en este muchacho delgado, de ojos oscuros iguales a los míos y labios que aprieta cuando no quiere hablar. Su cabello siempre está un poco revuelto. Camina con cuidado, como si el suelo pudiera hacer ruido de más. Nunca ha traído a una chica a casa. Nunca ha llegado tarde. Nunca me ha pedido que le lave una camisa porque huele a otra persona. A veces pienso que vive en una burbuja de cristal y que yo soy la responsable de haberla soplado alrededor de él. Trabajé tanto durante su infancia y su adolescencia que lo dejé casi todo el día con mis padres. Ellos son buenas personas, pero reservados. De los que hablan poco, tocan menos y creen que el silencio es una forma de respeto. Lucas aprendió esa lección demasiado bien.
Hace tres días llegó con una compañera de la universidad.
Se llamaba Sofía. Me acuerdo perfectamente de cómo sonó la llave en la cerradura y de cómo sus risas —la de ella alta y segura, la de él apenas un murmullo— llenaron el recibidor. Yo estaba en la cocina pelando zanahorias. El cuchillo se me quedó quieto en la mano. Me asomé sin que me vieran. Sofía era rubia, de esas que se saben bonitas sin esfuerzo. Llevaba una camiseta ajustada de color claro y unos jeans que marcaban las caderas y el hueco de la espalda. Se inclinaba hacia Lucas cada vez que hablaba, le tocaba el antebrazo con la punta de los dedos, le sostenía la mirada más de lo necesario, sonreía con la boca entreabierta. Él contestaba en voz baja, casi sin mirarla a los ojos, y al poco rato inventó una excusa cualquiera —tenía que terminar un trabajo, le dolía la cabeza— y subió las escaleras de dos en dos. Sofía se quedó un momento en la puerta, con esa expresión de quien no entiende por qué el rechazo le llega tan limpio, y luego se fue murmurando un “bueno, nos vemos” que sonó a derrota educada.
Esa noche no pude dormir.
Me quedé mirando el techo y repasando todas las veces que yo, a su edad, había sido exactamente como Sofía: la que tocaba, la que se inclinaba, la que sabía que el chico iba a seguirla. Recordé manos en mi cintura, bocas en mi cuello, la facilidad con la que abría las piernas en lugares que ahora me parecen imposibles. Y pensé en Lucas, en lo fácil que le resultaba apartarse, en lo natural que le salía el silencio. Me pregunté si alguna vez había sentido esa urgencia, ese impulso de acercarse a alguien. Y la respuesta me asustó: no lo sabía. No tenía ni idea. Y eso, de alguna forma, me dolía más que cualquier otra cosa.
Hoy, mientras preparaba la cena, lo escuché llegar.
El sonido de la llave, el golpe suave de la mochila contra el suelo, los pasos cuidadosos que siempre da como si no quisiera molestar. Dejé el cuchillo sobre la tabla de cortar y salí al pasillo. Él se estaba quitando los zapatos, la espalda encorvada, el cabello todavía húmedo. Olía a aire fresco y a ese jabón barato que usa desde hace años.

—¿Cómo te fue hoy? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.
—Bien. Normal —contestó sin mirarme. Se irguió y pasó junto a mí hacia la cocina.
Me quedé un instante quieta y luego lo seguí.
—¿La de Sofía sigue intentándolo?
Lucas abrió la nevera. Las orejas se le pusieron rojas de inmediato, ese delator color que siempre le delata cuando algo lo toca de cerca.
—No sé de qué hablas.
—La vi el otro día. Parecía interesada. Muy interesada. Te tocaba el brazo, te miraba a la boca…
Él cerró la nevera con más fuerza de la necesaria y se giró hacia mí. Sus ojos oscuros me miraron de frente por primera vez en días.
—No estoy interesado. No me gustan esas cosas.
Me acerqué un poco más.
—¿Qué cosas, Lucas? ¿Las chicas? ¿Salir? ¿Hablar con alguien que te gusta? ¿Acercarte?
Se quedó inmóvil. Por un momento pensé que iba a cerrarse del todo, a subir las escaleras sin contestar. Pero no lo hizo. Bajó la mirada a mis manos y luego la subió otra vez.
—Simplemente… no. No sé. No me sale. No es que no quiera, es que… no sé cómo. Y no me apetece aprender con cualquiera. Con alguien que se va a reír o que va a esperar que yo ya sepa qué hacer.
La frase me golpeó más de lo que esperaba.
Me apoyé en la encimera.
—A tu edad yo ya había vivido de todo —dije—. Fiestas, chicos, conversaciones que terminaban en otras cosas. No te estoy presionando. Solo… me preocupa que te estés perdiendo algo. Algo que después cuesta más recuperar. Algo que, si no lo pruebas a tiempo, se te queda atrapado dentro.
Él bajó la mirada hacia sus manos.
—No me estoy perdiendo nada, mamá. Estoy bien así. De verdad.
Quise creerle.
Pero cuando recogió un vaso de agua y subió las escaleras sin decir nada más, me quedé sola en la cocina con una sensación espesa creciendo detrás de las costillas.
No era solo preocupación.
Era la certeza de que si no hacía algo, mi hijo se iba a quedar encerrado en esa timidez para siempre.
Apagué el fuego aunque la cena no estuviera lista. Subí las escaleras despacio y me detuve frente a su puerta cerrada. Desde dentro se oía el leve zumbido del ordenador. Me quedé allí varios minutos, imaginando su cuerpo al otro lado: la espalda encorvada, las piernas largas, esa timidez que parecía cubrirlo todo. Pensé en lo fácil que sería abrir esa puerta y decirle que yo podía ayudarlo. Que no tenía que aprender con una desconocida. Que podía aprender conmigo.
Bajé, me encerré en el baño y me miré al espejo. Me mojé la cara con agua fría y me quedé mirando mi propio reflejo. Ya no se trataba solo de preocuparme. Se trataba de hacer algo concreto. De no dejar que mi hijo pasara su juventud escondido detrás de una puerta.
Salí del baño y, antes de que el miedo me ganara otra vez, subí de nuevo y llamé con los nudillos.
—Lucas… ¿puedo pasar?
—Sí.
Entré. Estaba sentado en la silla del escritorio, el portátil abierto pero la pantalla en negro. Me miró con esa mezcla de sorpresa y cautela que siempre tiene cuando interrumpo su espacio. Me senté en el borde de la cama, a una distancia prudente, y junté las manos sobre las rodillas.
—He estado pensando en lo que me dijiste abajo —empecé—. Eso de que no sabes cómo… y que no te apetece aprender con cualquiera.
Él no dijo nada. Solo esperó.
—Yo sé cómo se habla con una mujer. Sé cómo se mira, cómo se acerca una, cómo se nota si hay interés de verdad. Sé cómo se empieza una conversación que no muere a los dos minutos. Sé cómo se toca un brazo sin que parezca un accidente. Y también sé cómo se pasa de eso a otras cosas.
Tragué saliva.
—No estoy hablando de que salgas a ligar mañana ni de que te conviertas en alguien que no eres. Estoy hablando de que alguien de confianza te enseñe. Sin presión. Sin que tengas que fingir que ya sabes. Alguien que no se va a reír de ti si te pones nervioso o si no sabes dónde poner las manos. Alguien que va a tener paciencia.
Lucas abrió la boca y la cerró. Sus orejas volvían a estar rojas.
—¿Tú? —preguntó al fin, casi en un susurro.
Asentí despacio.
—Yo. Si quieres. Podemos empezar por lo básico: cómo mirar, cómo hablar, cómo tocar sin que parezca que tienes miedo. Cómo acercarte. Cómo notar cuando una mujer también quiere. Clases particulares. Solo tú y yo. Y cuando te sientas listo… decides si usas lo que aprendiste con alguien más. O no. Eso ya será cosa tuya.
El silencio que siguió fue denso. Lucas bajó la mirada a sus manos, las abrió y las cerró varias veces. Luego volvió a mirarme. Había algo nuevo en sus ojos. No era rechazo. Era curiosidad. Y debajo de eso, una chispa de miedo y de posibilidad.
—No sé si… —empezó.
—No tienes que decidirlo ahora —lo interrumpí suavemente—. Solo piénsalo. Yo voy a estar aquí. Y no le voy a contar a nadie. Nadie. Esto queda entre nosotros.
Me levanté. Al pasar junto a él me detuve un segundo en la puerta, con la mano en el pomo.
—Cuando quieras, me dices. Incluso si es esta misma noche. O mañana. O la semana que viene. Yo estaré lista.
Salí y cerré la puerta con cuidado.
Me apoyé un momento contra la pared del pasillo. Por primera vez en mucho tiempo no me sentía solo preocupada.
Me sentía esperanzada.
Con la sensación clara de que, si él aceptaba, quizás por fin podría ayudarlo a dejar atrás esa timidez que lo mantenía tan lejos de todo.
Bajé las escaleras despacio. En la cocina la cena se había enfriado del todo. Me senté en una de las sillas y apoyé los codos sobre la mesa. Cerré los ojos e intenté imaginar cómo sería la primera clase. Qué le enseñaría primero. Cómo mirar sin apartar la vista a los dos segundos. Cómo acercarse sin poner el cuerpo rígido. Cómo empezar una conversación sencilla. Cómo tocar un brazo de forma natural. Cosas pequeñas. Cosas que para él parecían montañas.
Abrí los ojos.
Todavía no había pasado nada.
Pero por primera vez se
ntí que había una posibilidad real de que mi hijo dejara de esconderse.
Y eso, por ahora, era suficiente.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, capítulos adelantados y la versión narrada en audio ya están disponibles en Telegram Vip
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: FUEGOENLAPIEL
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