You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

La noche que todo cambió.

La noche que todo cambió.


Desde chicos, Diego y yo éramos inseparables. Jugábamos, nos reíamos de todo y compartíamos secretos como si fuéramos mejores amigos. De grandes, esa confianza tomó un tono más peligroso. Yo le pedía que me sacara fotos con el celular: probándome polleritas cortas que apenas tapaban el culo, remeras ajustadas que me marcaban las tetas, o agachándome despacio para que enfocara bien. Él me las sacaba sin drama, con esa sonrisa torcida.
—Quedaste espectacular, prima —decía, y yo me ponía colorada, borraba algunas delante de él… pero guardaba las más subidas en una carpeta oculta. A veces las miradas se quedaban pegadas un segundo de más, pero después seguíamos como si nada.
Esa noche, después de la juntada familiar en Corrientes, nos escapamos solos. Subimos a su viejo Fiat, compramos una six pack de cerveza bien fría y salimos a dar vueltas por los caminos de tierra cerca del río Paraná. La lluvia fina caía y empañaba los vidrios. Adentro del auto el aire se sentía cargado.
La charla empezó liviana y se fue poniendo cada vez más caliente.
—Dale, prima, contame de verdad… ¿qué fue lo más loco que hiciste? —preguntó Diego, tomando un trago largo y mirándome de reojo.
Yo ya tenía la lengua floja por la cerveza. Me reí nerviosa, me mordí el labio y se lo conté todo:
—Fue hace como un año y medio. Estábamos en la casa de mi ex, una noche que sus viejos no estaban. Habíamos tomado un montón y fumado un porro. Empezamos jugando a la botella, pero la cosa se puso caliente rapidísimo. Mi amiga Sofía y yo nos besamos primero como joda. El segundo beso ya fue con lengua, manos apretando tetas y gemidos. Mi ex nos miraba y se tocaba por arriba del pantalón.
De ahí no paramos. Nos sacamos la ropa. Sofía me tiró en el sillón, me abrió las piernas y me comió la concha despacio, lamiendo toda, chupando fuerte. Yo le apretaba las tetas y le mordía los pezones. Mi ex se puso atrás mío y me penetró fuerte mientras ella seguía comiéndome la concha. Después se cambiaron: él se la cogió a ella en cuatro mientras yo me metía debajo, le lamía la concha a Sofía y le chupaba las bolas a él.
Lo más fuerte fue cuando nos puso a las dos en cuatro, una al lado de la otra. Nos cogía alternando: metía unos cuantos golpes fuertes en una, sacaba la pija chorreando y se la metía a la otra. Nosotras nos besábamos, nos tocábamos las tetas y gemíamos juntas. En un momento me estaba cogiendo a mí bien duro mientras yo tenía la cara enterrada en la concha de Sofía.
Fue brutal… pero al final me destruyó. Lo vi besándola con mucha pasión, agarrándole la cara mientras la cogía con ganas, como si yo no estuviera. Me dio celos y bronca. Me vestí y me fui. Nunca más repetimos.
Diego se quedó callado unos segundos, procesando. Luego soltó con voz ronca:
—Qué loco, prima… No te imaginaba así.
Se pasó la mano por la cara y me miró diferente, más intenso.
—¿Y te gustó que te cogieran mientras ella te comía? —preguntó sin filtro.
—Sí… fue re fuerte. Sentir las dos cosas al mismo tiempo me volvía loca.
La charla siguió subiendo de temperatura. Le conté más detalles, cada vez más sucios. Él me hacía preguntas una atrás de la otra, respirando más pesado, acomodándose en el asiento.
—¿Y vos alguna vez fantaseaste con alguien de la familia? —preguntó de repente.
Me puse colorada, pero la cerveza me soltó.
—A veces… pensaba en vos —admití casi en un susurro.
Eso fue la chispa. Diego soltó el aire con fuerza.
—Desde que me pedís esas fotos… yo también te deseo, prima. Me pongo duro cada vez que te veo en pollerita.
Se acercó. Su mano grande se posó en mi muslo desnudo y empezó a subir despacio. Yo no la saqué. Seguimos hablando cada vez más cerca, con toques. Sus dedos rozaban el borde de mi pollera. El auto estaba cargado de tensión.
De repente me besó. Primero fuerte, después más profundo. Intenté resistirme un segundo, pero su mano ya estaba debajo de la pollera, acariciando la bombacha empapada.
—Mierda, prima… estás re mojada —dijo contra mi boca.
Me subió la pollera, me sacó la bombacha y bajó la cabeza entre mis piernas. Su lengua caliente y húmeda lamió toda mi rajita, chupó el clítoris hinchado y metió dos dedos gruesos, moviéndolos adentro mientras me devoraba. Me corrí temblando, agarrándole el pelo, mordiéndome el brazo para no gritar.
Se incorporó, se bajó el short y sacó su pija gruesa, venosa y completamente dura. Me agarró suave de la nuca.
—Chupala.
La lamí primero nerviosa, después con ganas, metiéndomela más profundo, babeando todo. Diego gemía y me acariciaba el pelo.
Reclinó el asiento del acompañante. Me abrió las piernas y frotó la cabeza gruesa contra mi concha mojada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, abriéndome.
—Diego… despacio… ay —gemí cuando estuvo todo adentro.

parte 2 próximamente..

0 comentarios - La noche que todo cambió.