No pasaron ni ocho días.
El jueves de la semana siguiente Marco me escribió temprano: “Hoy sales del gym a la misma hora, ¿verdad? Te espero”. Sabía que no debía, pero contesté que sí. Mi cuerpo ya estaba acostumbrado a esa adrenalina prohibida.

Esta vez no fuimos a un hotel cualquiera. Me llevó a uno más bonito, con una habitación grande y una cama enorme. Apenas cerró la puerta ya me tenía contra la pared, besándome con agresividad y metiéndome mano por todos lados. Me quitó la ropa con prisa y me tiró en la cama.
—Hoy te voy a coger más rico, Ana —me dijo mientras me abría las piernas.
Me penetró con fuerza desde el principio. Estaba muy excitado y me folló como si quisiera marcar territorio. En perrito, agarrándome fuerte de las caderas y dándome nalgadas más fuertes de lo normal. En misionero, mirándome a los ojos y diciéndome que mi culo era suyo, que quería cogerme todos los días. Se corrió tres veces dentro de mí, siempre hasta el fondo, llenándome la concha.

Cuando terminamos, mientras yo estaba todavía recuperando el aliento, me abrazó fuerte y me dijo:
—No quiero que esto sea solo de vez en cuando. Quiero más tiempo contigo, Ana. Quiero que salgamos, que durmamos juntos… No soporto solo verte dos horas en un hotel.
Me quedé callada. No supe qué contestar.
Desde ese día todo cambió.

Marco se volvió más posesivo. Me escribe y me llama a todas horas. Si no le contesto rápido, me manda mensajes preguntando dónde estoy, con quién, qué hago. El lunes me llamó mientras estaba en la oficina revisando cuentas con un proveedor. Tuve que contestar en voz baja y cortarle rápido. El miércoles me llamó tres veces mientras Héctor estaba en la casa. Tuve que poner el celular en silencio y después inventar que era una clienta.
Ayer, mientras estaba preparando la comida, me llamó otra vez:
—Ana, ¿cuándo vamos a vernos de nuevo? Ya quiero cogerte otra vez. No dejo de pensar en ese culo tuyo.
Tuve que hablarle casi susurrando porque Sofi estaba en la sala. Me incomodó. Mucho.
Marco es guapo, tiene energía y me da sexo rico… pero está empezando a asfixiarme. No quiero un segundo marido celoso y controlador. Ya tengo suficiente con Héctor. Yo solo quería desahogo, alguien que me cogiera duro cuando Dany no está… no esta presión constante.

Anoche, después de que Marco me llamara por quinta vez en el día, me metí a la ducha y me masturbé pensando en Dany. En su verga, en sus nalgadas, en cómo me habla cuando me está reventando el culo. Me corrí con el consolador metido hasta el fondo, pero otra vez me quedé con esa sensación de vacío.

Extraño a mi hijo. Extraño que me use sin pedirme explicaciones, sin celos enfermizos, sin exigirme más tiempo del que puedo dar.

Marco me da sexo… pero Dany me da lo que realmente necesito.
No sé cuánto tiempo más voy a poder seguir con esto antes de que todo se me salga de las manos.
Tomé la decisión el domingo por la noche. No podía seguir con esto. Marco se estaba volviendo demasiado intenso: mensajes a todas horas, llamadas, exigencias de tiempo, celos velados. No quería otro hombre controlador en mi vida. Lo que yo necesitaba era desahogo, no una segunda relación complicada.

Pero antes de cortarlo… quería una última vez. Una de despedida. Solo para saciarme bien y cerrar este capítulo.
________________________________________
El martes le escribí:
Ana: Hoy salgo del gym a la misma hora. ¿Me llevas a un hotel? Quiero verte.
Marco aceptó de inmediato. Nos encontramos en el estacionamiento y fuimos al mismo hotel de la vez anterior. Apenas entramos a la habitación, ya estaba sobre mí.
Me besó con fuerza, casi con desesperación, y me quitó la ropa rápidamente. Me tiró en la cama boca abajo y me levantó el culo. Me dio varias nalgadas fuertes mientras me abría las piernas.

—Qué rico culo tienes, Ana… hoy te voy a coger como se debe —gruñó.
Me metió la verga de un solo empujón hasta el fondo en la concha. Gemí fuerte, agarrándome de las sábanas. Empezó a darme duro, profundo, agarrándome de las caderas con fuerza. Sus embestidas eran agresivas, posesivas. Me cogía como si quisiera dejar huella.
— ¡Ayyy Marco! ¡Así! ¡Más fuerte! —le pedía, aunque en mi mente pensaba en Dany.
Me puso en perrito, me jaló el cabello y me folló con rabia. Me corrió una vez así. Luego me volteó, me abrió las piernas y me penetró mirándome a los ojos mientras me apretaba las tetas.
—Quiero cogerte todos los días… este culo es mío ya —me decía entre embestidas.
No le contesté. Solo gemía. Me corrió por segunda vez antes de llenarme la concha con su leche caliente. Después me puso de lado, levantó una de mis piernas y siguió follándome hasta correrse otra vez dentro.
En ningún momento le permití intentar metérmela por el culo. Cada vez que lo intentaba, yo cerraba y le decía “no”. Esa parte sigue siendo solo de Dany.
Estuvimos casi tres horas. Me cogió en casi todas las posiciones, siempre terminando adentro. Cuando por fin terminamos, yo estaba exhausta, con la concha hinchada y llena de su semen.
Mientras nos vestíamos, reuní valor.
—Marco… esto tiene que terminar —le dije mirándolo a los ojos—. Eres un hombre muy atractivo y me has hecho sentir deseada, pero no puedo seguir. Tengo demasiados problemas en mi vida y tú te estás poniendo muy intenso. Lo siento.
Marco se quedó callado un momento. Su cara cambió
.
— ¿Me estás dejando? ¿Después de todo lo que hemos cogido? —preguntó molesto.
—No es dejarte. Esto nunca fue una relación. Fue solo sexo. Y ya no puedo más.
Intentó convencerme, se puso insistente, casi enojado. Pero me mantuve firme. Le dije que no quería lastimarlo, pero que esto se acababa hoy. Al final se calló, aunque se notaba frustrado y herido.
Salí del hotel sola. En el taxi de regreso a casa me sentí aliviada… pero también vacía.
Extraño a Dany. Extraño que me coja sin dramas, sin celos, sin exigencias. Marco me dio buen sexo, pero no era lo que realmente necesitaba.

Ahora solo espero que Marco respete mi decisión y no se ponga difícil.
Y sobre todo… espero que Dany pueda venir pronto. Porque mi cuerpo ya no quiere conformarse con nadie más.
Durante las siguientes dos semanas me bombardeó con mensajes: “¿Por qué me bloqueaste?”, “Solo quiero hablar”, “Te extraño, nadie me pone como tú”, “Dame una última oportunidad”. Incluso me llamó desde otros números. Me ponía nerviosa cada vez que vibraba el teléfono.
Al final lo bloqueé de todos lados: WhatsApp, llamadas, Instagram, todo. No quería más dramas. Ya tenía suficiente con Héctor y con la culpa que cargo por dentro. Lo que tuve con Marco fue rico, pero se acabó.
________________________________________
Llegaron las Fiestas Patrias y con ellas la mejor noticia en meses: Dany regresó a Toluca por unos días. Dijo que tenía puente en el trabajo y quería pasar el 16 de septiembre con la familia. Mi corazón dio un salto cuando me avisó.
La casa se llenó rápido. Vinieron mis suegros, tíos, primos y hasta la hermana de Héctor con sus hijos. Había gente por todos lados, ruido, comida y banderas por todos lados. Héctor estaba de buen humor y yo fingía que todo estaba normal.

Pero por dentro solo podía pensar en mi hijo.
________________________________________
La noche del 15, después de los gritos de “¡Viva México!” y muchos cohetes, la casa estaba repleta. Algunos dormían en la sala, otros en cuartos improvisados. Dany dormía en su antigua habitación, que ahora compartía con un primo.
A eso de la 1:30 de la mañana le mandé un mensaje:
Ana: ¿Estás despierto?
Dany: Sí.
Ana: Ven al cuarto de la bodega del fondo. Con cuidado.
Esperé cinco minutos eternos. Escuché sus pasos suaves en el pasillo y abrí la puerta apenas. Apenas entró cerré con llave.
No dijimos nada. Nos besamos con desesperación, con hambre acumulada de meses. Sus manos fueron directo a mi culo, apretándolo con fuerza por encima del camisón corto que traía.
—Te extrañé tanto, mamita… —gruñó contra mi boca.

Me subió el camisón, me quitó la tanga y me empinó sobre unas cajas. Me abrió las nalgas y me escupió directo en el ano. Sentí su verga gruesa presionando y luego entrando despacio pero firme en mi culito.
— ¡Ayyy Dany…! —gemí bajito, mordiéndome el brazo para no hacer ruido.
Me cogió por el culo con ganas, pero controlando el volumen. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con golpes secos y profundos. Me tapaba la boca con una mano mientras con la otra me agarraba fuerte de la cadera.
—Qué rico está tu culito, ma… tan apretado como siempre —susurraba mientras me daba metidas más fuertes.
Me corrí primero con su verga en el ano, temblando y apretándolo. Luego me sacó, me dio la vuelta, me sentó sobre una mesa y me penetró por la concha, follándome mirándome a los ojos. Me corrí por segunda vez antes de que él se vaciara profundamente dentro de mí.
Nos quedamos abrazados, sudados y jadeando en silencio, escuchando las respiraciones de la familia durmiendo en la casa.
—Te necesito más seguido, mi rey… —le susurré al oído mientras le acariciaba el pecho—. Estos meses sin ti han sido un infierno.
Dany me besó con ternura y posesión al mismo tiempo.
—Voy a intentar venir más. Este culo no puede estar tanto tiempo sin su dueño.
Nos arreglamos rápido y salió primero, con cuidado. Yo esperé unos minutos más, con su leche escurriéndome por las piernas, el corazón acelerado y una sonrisa en los labios.
A pesar de la casa llena, a pesar de Héctor durmiendo a solo unas habitaciones, a pesar de todo… logramos robarnos nuestro momento.
Y fue delicioso.
El jueves de la semana siguiente Marco me escribió temprano: “Hoy sales del gym a la misma hora, ¿verdad? Te espero”. Sabía que no debía, pero contesté que sí. Mi cuerpo ya estaba acostumbrado a esa adrenalina prohibida.

Esta vez no fuimos a un hotel cualquiera. Me llevó a uno más bonito, con una habitación grande y una cama enorme. Apenas cerró la puerta ya me tenía contra la pared, besándome con agresividad y metiéndome mano por todos lados. Me quitó la ropa con prisa y me tiró en la cama.
—Hoy te voy a coger más rico, Ana —me dijo mientras me abría las piernas.
Me penetró con fuerza desde el principio. Estaba muy excitado y me folló como si quisiera marcar territorio. En perrito, agarrándome fuerte de las caderas y dándome nalgadas más fuertes de lo normal. En misionero, mirándome a los ojos y diciéndome que mi culo era suyo, que quería cogerme todos los días. Se corrió tres veces dentro de mí, siempre hasta el fondo, llenándome la concha.

Cuando terminamos, mientras yo estaba todavía recuperando el aliento, me abrazó fuerte y me dijo:
—No quiero que esto sea solo de vez en cuando. Quiero más tiempo contigo, Ana. Quiero que salgamos, que durmamos juntos… No soporto solo verte dos horas en un hotel.
Me quedé callada. No supe qué contestar.
Desde ese día todo cambió.

Marco se volvió más posesivo. Me escribe y me llama a todas horas. Si no le contesto rápido, me manda mensajes preguntando dónde estoy, con quién, qué hago. El lunes me llamó mientras estaba en la oficina revisando cuentas con un proveedor. Tuve que contestar en voz baja y cortarle rápido. El miércoles me llamó tres veces mientras Héctor estaba en la casa. Tuve que poner el celular en silencio y después inventar que era una clienta.
Ayer, mientras estaba preparando la comida, me llamó otra vez:
—Ana, ¿cuándo vamos a vernos de nuevo? Ya quiero cogerte otra vez. No dejo de pensar en ese culo tuyo.
Tuve que hablarle casi susurrando porque Sofi estaba en la sala. Me incomodó. Mucho.
Marco es guapo, tiene energía y me da sexo rico… pero está empezando a asfixiarme. No quiero un segundo marido celoso y controlador. Ya tengo suficiente con Héctor. Yo solo quería desahogo, alguien que me cogiera duro cuando Dany no está… no esta presión constante.

Anoche, después de que Marco me llamara por quinta vez en el día, me metí a la ducha y me masturbé pensando en Dany. En su verga, en sus nalgadas, en cómo me habla cuando me está reventando el culo. Me corrí con el consolador metido hasta el fondo, pero otra vez me quedé con esa sensación de vacío.

Extraño a mi hijo. Extraño que me use sin pedirme explicaciones, sin celos enfermizos, sin exigirme más tiempo del que puedo dar.

Marco me da sexo… pero Dany me da lo que realmente necesito.
No sé cuánto tiempo más voy a poder seguir con esto antes de que todo se me salga de las manos.
Tomé la decisión el domingo por la noche. No podía seguir con esto. Marco se estaba volviendo demasiado intenso: mensajes a todas horas, llamadas, exigencias de tiempo, celos velados. No quería otro hombre controlador en mi vida. Lo que yo necesitaba era desahogo, no una segunda relación complicada.

Pero antes de cortarlo… quería una última vez. Una de despedida. Solo para saciarme bien y cerrar este capítulo.
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El martes le escribí:
Ana: Hoy salgo del gym a la misma hora. ¿Me llevas a un hotel? Quiero verte.
Marco aceptó de inmediato. Nos encontramos en el estacionamiento y fuimos al mismo hotel de la vez anterior. Apenas entramos a la habitación, ya estaba sobre mí.
Me besó con fuerza, casi con desesperación, y me quitó la ropa rápidamente. Me tiró en la cama boca abajo y me levantó el culo. Me dio varias nalgadas fuertes mientras me abría las piernas.

—Qué rico culo tienes, Ana… hoy te voy a coger como se debe —gruñó.
Me metió la verga de un solo empujón hasta el fondo en la concha. Gemí fuerte, agarrándome de las sábanas. Empezó a darme duro, profundo, agarrándome de las caderas con fuerza. Sus embestidas eran agresivas, posesivas. Me cogía como si quisiera dejar huella.
— ¡Ayyy Marco! ¡Así! ¡Más fuerte! —le pedía, aunque en mi mente pensaba en Dany.
Me puso en perrito, me jaló el cabello y me folló con rabia. Me corrió una vez así. Luego me volteó, me abrió las piernas y me penetró mirándome a los ojos mientras me apretaba las tetas.
—Quiero cogerte todos los días… este culo es mío ya —me decía entre embestidas.
No le contesté. Solo gemía. Me corrió por segunda vez antes de llenarme la concha con su leche caliente. Después me puso de lado, levantó una de mis piernas y siguió follándome hasta correrse otra vez dentro.
En ningún momento le permití intentar metérmela por el culo. Cada vez que lo intentaba, yo cerraba y le decía “no”. Esa parte sigue siendo solo de Dany.
Estuvimos casi tres horas. Me cogió en casi todas las posiciones, siempre terminando adentro. Cuando por fin terminamos, yo estaba exhausta, con la concha hinchada y llena de su semen.
Mientras nos vestíamos, reuní valor.
—Marco… esto tiene que terminar —le dije mirándolo a los ojos—. Eres un hombre muy atractivo y me has hecho sentir deseada, pero no puedo seguir. Tengo demasiados problemas en mi vida y tú te estás poniendo muy intenso. Lo siento.
Marco se quedó callado un momento. Su cara cambió
.
— ¿Me estás dejando? ¿Después de todo lo que hemos cogido? —preguntó molesto.
—No es dejarte. Esto nunca fue una relación. Fue solo sexo. Y ya no puedo más.
Intentó convencerme, se puso insistente, casi enojado. Pero me mantuve firme. Le dije que no quería lastimarlo, pero que esto se acababa hoy. Al final se calló, aunque se notaba frustrado y herido.
Salí del hotel sola. En el taxi de regreso a casa me sentí aliviada… pero también vacía.
Extraño a Dany. Extraño que me coja sin dramas, sin celos, sin exigencias. Marco me dio buen sexo, pero no era lo que realmente necesitaba.

Ahora solo espero que Marco respete mi decisión y no se ponga difícil.
Y sobre todo… espero que Dany pueda venir pronto. Porque mi cuerpo ya no quiere conformarse con nadie más.
Durante las siguientes dos semanas me bombardeó con mensajes: “¿Por qué me bloqueaste?”, “Solo quiero hablar”, “Te extraño, nadie me pone como tú”, “Dame una última oportunidad”. Incluso me llamó desde otros números. Me ponía nerviosa cada vez que vibraba el teléfono.
Al final lo bloqueé de todos lados: WhatsApp, llamadas, Instagram, todo. No quería más dramas. Ya tenía suficiente con Héctor y con la culpa que cargo por dentro. Lo que tuve con Marco fue rico, pero se acabó.
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Llegaron las Fiestas Patrias y con ellas la mejor noticia en meses: Dany regresó a Toluca por unos días. Dijo que tenía puente en el trabajo y quería pasar el 16 de septiembre con la familia. Mi corazón dio un salto cuando me avisó.
La casa se llenó rápido. Vinieron mis suegros, tíos, primos y hasta la hermana de Héctor con sus hijos. Había gente por todos lados, ruido, comida y banderas por todos lados. Héctor estaba de buen humor y yo fingía que todo estaba normal.

Pero por dentro solo podía pensar en mi hijo.
________________________________________
La noche del 15, después de los gritos de “¡Viva México!” y muchos cohetes, la casa estaba repleta. Algunos dormían en la sala, otros en cuartos improvisados. Dany dormía en su antigua habitación, que ahora compartía con un primo.
A eso de la 1:30 de la mañana le mandé un mensaje:
Ana: ¿Estás despierto?
Dany: Sí.
Ana: Ven al cuarto de la bodega del fondo. Con cuidado.
Esperé cinco minutos eternos. Escuché sus pasos suaves en el pasillo y abrí la puerta apenas. Apenas entró cerré con llave.
No dijimos nada. Nos besamos con desesperación, con hambre acumulada de meses. Sus manos fueron directo a mi culo, apretándolo con fuerza por encima del camisón corto que traía.
—Te extrañé tanto, mamita… —gruñó contra mi boca.

Me subió el camisón, me quitó la tanga y me empinó sobre unas cajas. Me abrió las nalgas y me escupió directo en el ano. Sentí su verga gruesa presionando y luego entrando despacio pero firme en mi culito.
— ¡Ayyy Dany…! —gemí bajito, mordiéndome el brazo para no hacer ruido.
Me cogió por el culo con ganas, pero controlando el volumen. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con golpes secos y profundos. Me tapaba la boca con una mano mientras con la otra me agarraba fuerte de la cadera.
—Qué rico está tu culito, ma… tan apretado como siempre —susurraba mientras me daba metidas más fuertes.
Me corrí primero con su verga en el ano, temblando y apretándolo. Luego me sacó, me dio la vuelta, me sentó sobre una mesa y me penetró por la concha, follándome mirándome a los ojos. Me corrí por segunda vez antes de que él se vaciara profundamente dentro de mí.
Nos quedamos abrazados, sudados y jadeando en silencio, escuchando las respiraciones de la familia durmiendo en la casa.
—Te necesito más seguido, mi rey… —le susurré al oído mientras le acariciaba el pecho—. Estos meses sin ti han sido un infierno.
Dany me besó con ternura y posesión al mismo tiempo.
—Voy a intentar venir más. Este culo no puede estar tanto tiempo sin su dueño.
Nos arreglamos rápido y salió primero, con cuidado. Yo esperé unos minutos más, con su leche escurriéndome por las piernas, el corazón acelerado y una sonrisa en los labios.
A pesar de la casa llena, a pesar de Héctor durmiendo a solo unas habitaciones, a pesar de todo… logramos robarnos nuestro momento.
Y fue delicioso.
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