Ella no se sentía infeliz. Eso era lo peor. Tenía una casa prolija, un marido correcto, rutinas que funcionaban como un reloj. Justamente por eso el aburrimiento pesaba tanto. No había drama, no había gritos, no había pasión. Solo días que se parecían demasiado entre sí.
A la noche, cuando él se dormía rápido, ella se quedaba despierta con el celular bajo la sábana. Decía que miraba noticias, pero no. Siempre terminaba en el mismo lugar. Poringa. Como quien entra a un bar oscuro sabiendo que no va a tomar nada… pero igual necesita estar ahí.
Leía historias. Comentarios. Confesiones ajenas que parecían escritas para ella. Mujeres que se animaban. Que decían lo que querían sin pedir permiso. Eso la encendía más que cualquier caricia real. Sentía cómo el cuerpo reaccionaba solo, como si después de años alguien hubiera apretado un botón olvidado.
Pero enseguida venía la vergüenza. Esa voz interna, filosa. ¿Qué hacés? Sos una señora casada. Cerraba la pestaña, dejaba el celular boca abajo, como si así pudiera esconder lo que ya estaba pasando adentro suyo.
Duraba poco.
Volvía a abrirlo. Leía más lento. Se detenía en detalles mínimos. Una frase, una intención, una fantasía que no se animaba ni a pensar en voz alta. El silencio de la casa era absoluto. Solo su respiración un poco más agitada, un poco más viva.
No escribía. Nunca. Miraba desde atrás de la pantalla, como si fuera invisible. Le excitaba esa doble vida: la de afuera, correcta; la de adentro, desbordada. Se permitía sentir, aunque fuera en secreto. Aunque nadie lo supiera.
Apoyó el celular sobre la mesa de luz. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo le pedía algo que todavía no sabía cómo pedirle al mundo.
Antes de dormirse, pensó lo mismo de siempre: mañana no entro más.
Pero también supo, con una certeza casi dulce, que no era verdad.
Y que tarde o temprano, algo iba a cambiar.
Hay tantas hermosas mujeres que tienen este problema, y callan en soledad.
Si te pasa algo parecido yo te escucho sin juzgar.
A la noche, cuando él se dormía rápido, ella se quedaba despierta con el celular bajo la sábana. Decía que miraba noticias, pero no. Siempre terminaba en el mismo lugar. Poringa. Como quien entra a un bar oscuro sabiendo que no va a tomar nada… pero igual necesita estar ahí.
Leía historias. Comentarios. Confesiones ajenas que parecían escritas para ella. Mujeres que se animaban. Que decían lo que querían sin pedir permiso. Eso la encendía más que cualquier caricia real. Sentía cómo el cuerpo reaccionaba solo, como si después de años alguien hubiera apretado un botón olvidado.
Pero enseguida venía la vergüenza. Esa voz interna, filosa. ¿Qué hacés? Sos una señora casada. Cerraba la pestaña, dejaba el celular boca abajo, como si así pudiera esconder lo que ya estaba pasando adentro suyo.
Duraba poco.
Volvía a abrirlo. Leía más lento. Se detenía en detalles mínimos. Una frase, una intención, una fantasía que no se animaba ni a pensar en voz alta. El silencio de la casa era absoluto. Solo su respiración un poco más agitada, un poco más viva.
No escribía. Nunca. Miraba desde atrás de la pantalla, como si fuera invisible. Le excitaba esa doble vida: la de afuera, correcta; la de adentro, desbordada. Se permitía sentir, aunque fuera en secreto. Aunque nadie lo supiera.
Apoyó el celular sobre la mesa de luz. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo le pedía algo que todavía no sabía cómo pedirle al mundo.
Antes de dormirse, pensó lo mismo de siempre: mañana no entro más.
Pero también supo, con una certeza casi dulce, que no era verdad.
Y que tarde o temprano, algo iba a cambiar.
Hay tantas hermosas mujeres que tienen este problema, y callan en soledad.
Si te pasa algo parecido yo te escucho sin juzgar.
0 comentarios - La vida que no cuento.