You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Sabrina se sacó la duda...

Unos días después de esa noche con Carlos, el calor del verano del 2000 seguía siendo un horno, pero en casa el fuego era otro. Sabrina no paraba de hablar de pijas grandes, de cómo la habían hecho sentir llena, abierta, dominada. Cada vez que me tocaba la cola o me chupaba despacio en la cama, susurraba cosas como “quiero verte gemir más fuerte, putito… quiero ver cómo te rompen con algo todavía más grande”. Y una tarde, mientras estaba sentada en mis piernas en el living, el vestido corto subido hasta la cintura (sin nada debajo, como siempre), empezó a contarme con esa voz baja y caliente que me ponía la piel de gallina.

—Matías vive en el mismo edificio que nosotros, Javier. En el 5B, justo arriba nuestro. Lo veo todos los días en el ascensor o en el pasillo, siempre con esa cara de bueno. Mi prima Carla no vivía ahí; lo conoció porque venía a visitarnos seguido, a comer asado o a pasar la tarde. Un día, hace un par de años, me contó en secreto que se había cogido a él después de una de esas visitas. Me describió su pija como una bestia: 26 centímetros de largo por 6 de grosor, gruesa como mi antebrazo, venas gruesas que se marcaban, cabeza grande y rosada que se hinchaba cuando se ponía duro. Me dijo que cuando se la metió la primera vez casi se desmaya del placer, que la cogía tan profundo que le llegaba a lugares que nadie había tocado, que después de cada polvo quedaba con la concha hinchada y roja por días. Yo me reí en ese entonces… pero después de probar la de Carlos, empecé a obsesionarme. Quería saber si era real. Quería sentirla yo.

Sabrina se movió contra mi pija dura, frotándose despacio mientras seguía.

—El jueves, mientras vos estabas laburando, me puse el vestido corto ese que te vuelve loco, sin tanga ni nada, y subí directo al quinto piso. Toqué el timbre del 5B. Me abrió Matías: alto, fuerte, ojos oscuros que me recorrieron de arriba abajo como si ya supiera para qué iba. Le dije, con voz temblorosa pero directa: “Necesito tu ayuda, Matías… ¿puedo pasar?”. Me miró un segundo, sonrió de lado y abrió más la puerta. Entré, cerró atrás mío. No hubo chamuyo. Me paré frente a él en el living y le solté: “Mirá, vos te cogiste a mi prima Carla… y quiero ver si es verdad lo que me contó”. Él levantó una ceja, divertido, y me preguntó: “¿Pero qué te contó exactamente?”. Le respondí sin pestañear: “Me dijo que tenés una pija bestia… y la necesito”.

Hizo una pausa, apretándome la pija con la mano mientras me miraba fijo.

—Se rió bajo, se bajó el short de gimnasio despacio y… Javier, era verdad. Más grande de lo que imaginaba. 26 cm fácil, gruesa como una lata, venosa, pesada, la cabeza ya goteando. Me quedé mirando, hipnotizada, y le dije: “Dormida era como la tuya, Javier… pero dura… Dios, mirá esto”. Me arrodillé al toque, como una putita desesperada. La besé primero, suave, lamiendo la punta despacio, saboreando esa gota salada. Intenté metérmela en la boca, pero solo llegaba a la mitad; me ahogaba, me corrían lágrimas, pero no paré. Chupé con hambre, con ganas de puta total, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla y el cuello. Él gemía bajo, me agarraba del pelo y me decía: “Mirá qué putita sos, Sabrina… venís directo a chuparme la pija sin que te lo pida. Tu prima también fue puta conmigo, pero vos… vos estás más caliente todavía”.

Sabrina se inclinó, su boca rozando mi oreja mientras seguía contando, su mano moviéndose arriba y abajo con ritmo lento y torturante.

—Me levantó, me puso contra la pared del living. Me levantó el vestido hasta la cintura de un tirón, me abrió las piernas con las rodillas y me metió tres dedos de golpe, sin aviso. Los movía rápido, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace arquear la espalda. Yo ya estaba chorreando, sentía cómo mis jugos le corrían por la mano y caían al piso. “Estás hecha una puta empapada”, me dijo, y sacó los dedos para lamérselos delante mío, saboreándome. Después agarró esa pija monstruosa con una mano, la apoyó en mi entrada y empujó.

La cabeza entró primero, gruesa, estirándome como si me partiera. Gemí fuerte, un gemido que salió ahogado porque me tapó la boca con la otra mano. “Tranquila, putita… vas a tomar toda, pero despacio al principio”. Siguió empujando, centímetro a centímetro, y yo sentía cada vena rozando mis paredes, cada pulso latiendo dentro de mí. Cuando llegó a la mitad ya me dolía rico, un ardor que se mezclaba con placer y me hacía temblar las piernas. Él no paraba de mirarme a los ojos, disfrutando mi cara de puta desesperada. “Mirá cómo te abro… tu prima también gritaba así la primera vez”, me dijo, y dio un empujón más fuerte que me hizo clavar las uñas en sus hombros.

Cuando estuvo todo adentro —26 cm completos—, sentí que me llegaba al estómago, que me llenaba hasta el límite. Me quedé quieta un segundo, respirando agitada, adaptándome al grosor que me dilataba por completo. Matías empezó a moverse lento, saliendo casi hasta la cabeza y volviendo a entrar profundo, cada embestida un golpe que me hacía jadear. “Te encanta, ¿no? Sentir cómo te parto con esta pija bestia”, gruñó, y aceleró el ritmo. Me cogía contra la pared con fuerza, mis tetas rebotando con cada choque, el vestido subido y arrugado, mis piernas abiertas alrededor de su cintura. Acabé la primera vez rápido: un orgasmo que me sacudió entera, mi concha contrayéndose alrededor de su grosor, chorreando jugos que le empapaban los huevos. Él no paró; siguió bombeando más fuerte, más profundo, golpeando ese punto que me hacía ver blanco.

Después me llevó al sofá. Me puso a cuatro patas, la cabeza apoyada en el respaldo, la cola en pompa. Se arrodilló atrás, me separó las nalgas con las manos grandes y escupió directo en mi ano. “Tu concha ya la tengo marcada… ahora quiero probar este orto apretado”. Yo gemí de nervios y ganas. “Sí… hacémelo, Matías… rompeme el culo también”. Apoyó la cabeza de su pija en mi ano, la misma cabeza que acababa de salir de mi concha, húmeda de mis jugos y su pre-semen. Empujó despacio. El estiramiento fue intenso, doloroso al principio, pero rico al mismo tiempo. Sentía cómo mi ano se abría alrededor de su grosor, cómo cada centímetro entraba quemándome por dentro. Gemí alto, como una puta en celo, empujando hacia atrás para que entrara más. “Así, putita… abrí ese culo para mí”, decía él, y seguía metiendo hasta que estuvo todo adentro, sus huevos pegados contra mi concha.

Empezó a cogerme el orto con ritmo lento pero implacable. Cada embestida me hacía gritar, el dolor se iba convirtiendo en placer puro, mi ano dilatado al máximo alrededor de esa bestia. Me agarraba de las caderas con fuerza, clavándome los dedos, y aceleró. El sonido de sus caderas chocando contra mi cola era seco, fuerte, mezclado con mis gemidos y sus gruñidos. “Qué culo apretado… me estás exprimiendo la pija, Sabrina… vas a quedar marcada para siempre”. Yo solo podía jadear “más… más fuerte… rompeme…”. Acabé otra vez así, sin tocarme, solo con su pija en mi orto golpeando profundo, mi cuerpo convulsionando, mi ano contrayéndose alrededor de él.

Al final me puso boca arriba en el piso, las piernas en sus hombros, el vestido hecho un nudo en la cintura. Volvió a meterse en mi concha primero, cogiéndome fuerte mientras me miraba a los ojos. “Ahora te lleno todo… concha y culo”. Cambió de agujero sin aviso: sacó de mi concha empapada y empujó directo en mi ano ya dilatado. Entró fácil esta vez, pero igual me hizo gritar de placer. Me cogió así, alternando entre concha y orto cada pocas embestidas, hasta que sentí que se ponía más duro, más grueso. “Me vengo, putita… te lleno el culo”, rugió. Empujó hasta el fondo y explotó: chorros calientes y espesos de leche inundándome el orto, tanta que sentí cómo me llenaba por dentro, cómo se escapaba alrededor de su pija mientras seguía bombeando. Cuando salió, mi ano quedó abierto, rojo, hinchado, con hilos de sangre mezclados con su semen blanco espeso chorreando por mis nalgas y cayendo al piso. Me quedé ahí, jadeando, el cuerpo temblando, el orto ardiendo y latiendo, lleno de su leche caliente que se me escapaba en gotas gruesas, sangrando un poco por el estiramiento brutal, pero el placer era tan intenso que no podía parar de gemir bajito, tocándome la concha hinchada mientras sentía cómo su semen me marcaba por dentro.

Sabrina terminó de contarme, su mano apretándome la pija con fuerza, su concha empapada rozándome.

—Y cuando terminamos, mientras yo jadeaba tirada en el piso con el culo sangrando un poco y lleno de su semen, le dije lo de vos. Le dije que eras mi putito, que te encantaba que te rompieran machos como él, y que cuando yo le dijera, iba a bajar al departamento y te iba a meter esos 26 cm en la cola hasta que lloraras de placer. Él se rió, me besó profundo y me dijo que estaba loco por la idea, que quería verte abrirte, gemir y pedir más mientras yo miro y me toco.

Se pegó más a mí, su aliento caliente en mi cuello.

—Así que preparate, putito mío. Porque Matías va a bajar pronto. Y cuando lo haga, vas a sentir esa bestia abriéndote el orto como me lo abrió a mí. Vas a sangrar un poco, vas a llorar de placer, y vas a acabar sin tocarte mientras te llena de leche hasta que te chorree. Y yo voy a estar al lado, disfrutando cada segundo de mi noviecito convertido en la putita más puta del edificio.

Me miró con esa sonrisa malvada, la mano todavía moviéndose lenta.

—¿Estás listo para que te rompan de verdad, Javier? Porque esto… esto va a ser inolvidable.

3 comentarios - Sabrina se sacó la duda...