Después de lo del lavadero, Ernesto quedó completamente descolocado. Juan y yo sabíamos que el viejo estaba al límite. Para esta ocasión, queríamos traerlo a nuestro propio terreno y tener todo registrado. Juan acomodó el celular en una repisa de la sala, oculto entre unas plantas, apuntando directo a la barra de la cocina y el mesón. La imagen transmitía en vivo a la pantalla de su teléfono en la habitación, donde él estaría acostado, en silencio y pajeándose a gusto con el espectáculo.
El martes en la tarde vimos que la esposa de Ernesto había salido. Era el momento.
Me puse una camiseta gris algo suelta, un jean normal y me recogí el cabello en un moño alto improvisado. Fui y le toque la puerta al 202. Cuando Ernesto abrió, me vio con cara de angustia.

Daniela: —Ay, don Ernesto... qué pena molestarlo a esta hora —dije suspirando, mirándolo con cara de indefensa—. Es que Juan no está y siento un goteo feísimo detrás del inodoro en el baño... Tengo miedo de que se me inunde esto y me da pena estar sola sin saber qué hacer. ¿Usted no me haría el favorazo de mirarme eso un segundo?
El santurrón miró a ambos lados del pasillo, tragó saliva, acomodó el cuello de su camisa e intentó poner su mejor cara de vecino servicial y respetuoso.
Ernesto: —Claro, doña Daniela... tranquilo, para eso estamos los vecinos. Deje voy por una linterna y ya miro qué pasa.
Dejé la puerta entreabierta y entré corriendo. Mientras Ernesto venía caminando a mi apartamento, entré un segundo a la habitación, me desabroché el jean, me lo quité de un tironazo y me quedé **solo en la camiseta gris y unos cuquitos de encaje negro**, de esos que se encajan entre las nalgas y dejan los cachetes completamente al aire. Le dije desde el pasillo que siguiera directo al baño a revisar, mientras yo me iba hacia la cocina.
Ernesto entró al baño confiado, se agachó a revisar la tubería del inodoro y, tras un par de minutos, salió limpiándose las manos con un trapo.
Ernesto: —Doña Daniela, eso allá atrás está seco... de pronto fue una gota de la cisterna, pero todo se ve en ord...
El viejo se cortó a mitad de la frase al salir a la cocina. Se quedó helado, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados.

Yo me había parado de pie, de espaldas a la entrada de la cocina, apoyada sobre el mesón de granito con el cuerpo bien inclinado hacia adelante. Tenía un tenedor en la mano y el celular en la otra, simulando comer algo del mesón, mientras la camiseta gris se me subía por la espalda. Mis piernas desnudas y la curva prominente de mis nalgas al aire con el panty de encaje negro le quedaban a la altura exacta de los ojos.
Daniela: —Ay, ¿sí? ¿Entonces me asusté por nada, don Ernesto? —le dije sin darme la vuelta del todo, solo girando un poco la cabeza con una sonrisa lenta y traviesa, manteniendo el culo proyectado hacia atrás.
El santurrón soltó el trapo que tenía en la mano. Intentó mantener la cordura, pero la cara se le puso roja como un tomate y se le notaba la respiración agitada desde donde yo estaba.

Ernesto: —Doña Daniela... usted... usted no tenía nada en ese baño —dijo tratando de sonar firme, con esa voz de hombre serio, pero la mirada se le desviaba directo a la raya de mi trasero—. Creo que es mejor que me vaya a mi apartamento...
Daniela: —Tan serio mi vecino... —le susurré dándome la vuelta despacio y apoyando la cadera contra el mesón, mirándolo de arriba abajo—. Lo que pasa es que a veces me siento tan sola en este apartamento, don Ernesto... Juan sale desde temprano a trabajar y hay días en que no vuelve sino hasta por la noche... Un apartamento tan solo para mí solita...
El viejo tragó saliva ruidosamente. Dó tres pasos largos hasta quedar parado justo frente a mí, a centímetros de mi cuerpo. La fachada de santo se le estaba desmoronando, aunque intentaba resistirse.
Ernesto: —Usted no debería decirme esas cosas, doña Daniela... yo soy un hombre casado y su esposo es un buen muchacho...
Daniela: —Ay, don Ernesto, tan correcto que se la da... pero le tiemblan las manos cuando me mira —le dije acercando mi cara a la suya, pasándole una mano suavemente por el pecho—. Yo sé que usted se la pasa pensando en mí... Se le nota cuando nos cruzamos en el pasillo.
El santurrón no aguantó más. La moral le duró hasta ahí. Agarró mis caderas desnudas con sus manos gruesas y calientes, hundiendo los dedos sobre el encaje negro de mis cuquitos y pegando su cuerpo contra el mío. me apretó la carne suave de las nalgas con un desespero contenido de meses.


Ernesto: —Usted es una tentación del demonio... me va a hacer pecar, mujer... —jadeaba el viejo pegando su cara a mi cuello, respirando agitado mientras me subía la camiseta gris con las manos para sentir mi piel.
Por debajo de su pantalón de vestir, sentí una barra de acero dura y caliente empujándome directamente en la entrepierna. El viejo estaba tieso como una piedra, restregándose de pie contra mí mientras me apretaba el culo.
Daniela: —Ay, vecino... cómo se le puso eso de duro a pesar de ser tan santurrón... —le susurré al oído, sintiendo cómo le temblaba el cuerpo de la pura excitación—. Pero no se preocupe... hoy no lo voy a hacer pecar del todo.

Me zafé despacio de su agarre, poniéndole un dedo en los labios y dejándolo con las manos vacías y respirando como un animal. El tipo se quedó recostado contra el mesón, agarrándose disimuladamente el bulto gigante que le deformaba el pantalón.
Daniela: —Juan trabaja todo el día mañana, don Ernesto... Y la puerta de este apartamento va a estar sin seguro. Si de verdad le dan ganas de hacerme compañía y dejar de hacerse el santo... cuando usted tome la decisión, yo voy a estar esperándolo aquí adentro.
Ernesto solo pudo asentir con la cabeza, mirando la puerta y volviendo a mirar mis piernas desnudas, masticando el morbo y la culpa antes de salir casi tropezando hacia el pasillo.
Apenas cerró la puerta, Juan salió de la habitación con la verga afuera, tiesa y chorreando de la emoción tras haber visto y escuchado todo en la pantalla del celular.
Juan: —¡HIJAPUTA TAN MORBOSA! —me gritó bajito, agarrándome por la cintura y pegándome de espalda contra el mesón de la cocina, . ¡Qué forma de enredar a ese viejo! ¡Le vi la cara de loco sufriendo entre hacerse el santo o meterle la mano por los cuquitos negros!

Daniela: —¡Se estaba muriendo de las ganas, mi amor! —le respondi apoyándome de nuevo en el mesón, inclinándome hacia adelante—. ¡Le temblaban los dedos cuando me agarró las nalgas y tenía esa verga hecha un garrote! ¡Mañana se viene a meter acá a culearme!

Juan me subió la camiseta gris, me corrió la tira del panty negro a un lado y me metió la verga de un solo empujón seco, culeándome de pie contra el mesón en la misma posición donde el vecino me acababa de manosear, mientras los dos nos hablábamos sucio imaginando cómo el santurrón cruzaría esa puerta sin seguro en el **Capítulo 3**.

El martes en la tarde vimos que la esposa de Ernesto había salido. Era el momento.
Me puse una camiseta gris algo suelta, un jean normal y me recogí el cabello en un moño alto improvisado. Fui y le toque la puerta al 202. Cuando Ernesto abrió, me vio con cara de angustia.

Daniela: —Ay, don Ernesto... qué pena molestarlo a esta hora —dije suspirando, mirándolo con cara de indefensa—. Es que Juan no está y siento un goteo feísimo detrás del inodoro en el baño... Tengo miedo de que se me inunde esto y me da pena estar sola sin saber qué hacer. ¿Usted no me haría el favorazo de mirarme eso un segundo?
El santurrón miró a ambos lados del pasillo, tragó saliva, acomodó el cuello de su camisa e intentó poner su mejor cara de vecino servicial y respetuoso.
Ernesto: —Claro, doña Daniela... tranquilo, para eso estamos los vecinos. Deje voy por una linterna y ya miro qué pasa.
Dejé la puerta entreabierta y entré corriendo. Mientras Ernesto venía caminando a mi apartamento, entré un segundo a la habitación, me desabroché el jean, me lo quité de un tironazo y me quedé **solo en la camiseta gris y unos cuquitos de encaje negro**, de esos que se encajan entre las nalgas y dejan los cachetes completamente al aire. Le dije desde el pasillo que siguiera directo al baño a revisar, mientras yo me iba hacia la cocina.
Ernesto entró al baño confiado, se agachó a revisar la tubería del inodoro y, tras un par de minutos, salió limpiándose las manos con un trapo.
Ernesto: —Doña Daniela, eso allá atrás está seco... de pronto fue una gota de la cisterna, pero todo se ve en ord...
El viejo se cortó a mitad de la frase al salir a la cocina. Se quedó helado, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados.

Yo me había parado de pie, de espaldas a la entrada de la cocina, apoyada sobre el mesón de granito con el cuerpo bien inclinado hacia adelante. Tenía un tenedor en la mano y el celular en la otra, simulando comer algo del mesón, mientras la camiseta gris se me subía por la espalda. Mis piernas desnudas y la curva prominente de mis nalgas al aire con el panty de encaje negro le quedaban a la altura exacta de los ojos.
Daniela: —Ay, ¿sí? ¿Entonces me asusté por nada, don Ernesto? —le dije sin darme la vuelta del todo, solo girando un poco la cabeza con una sonrisa lenta y traviesa, manteniendo el culo proyectado hacia atrás.
El santurrón soltó el trapo que tenía en la mano. Intentó mantener la cordura, pero la cara se le puso roja como un tomate y se le notaba la respiración agitada desde donde yo estaba.

Ernesto: —Doña Daniela... usted... usted no tenía nada en ese baño —dijo tratando de sonar firme, con esa voz de hombre serio, pero la mirada se le desviaba directo a la raya de mi trasero—. Creo que es mejor que me vaya a mi apartamento...
Daniela: —Tan serio mi vecino... —le susurré dándome la vuelta despacio y apoyando la cadera contra el mesón, mirándolo de arriba abajo—. Lo que pasa es que a veces me siento tan sola en este apartamento, don Ernesto... Juan sale desde temprano a trabajar y hay días en que no vuelve sino hasta por la noche... Un apartamento tan solo para mí solita...
El viejo tragó saliva ruidosamente. Dó tres pasos largos hasta quedar parado justo frente a mí, a centímetros de mi cuerpo. La fachada de santo se le estaba desmoronando, aunque intentaba resistirse.
Ernesto: —Usted no debería decirme esas cosas, doña Daniela... yo soy un hombre casado y su esposo es un buen muchacho...
Daniela: —Ay, don Ernesto, tan correcto que se la da... pero le tiemblan las manos cuando me mira —le dije acercando mi cara a la suya, pasándole una mano suavemente por el pecho—. Yo sé que usted se la pasa pensando en mí... Se le nota cuando nos cruzamos en el pasillo.
El santurrón no aguantó más. La moral le duró hasta ahí. Agarró mis caderas desnudas con sus manos gruesas y calientes, hundiendo los dedos sobre el encaje negro de mis cuquitos y pegando su cuerpo contra el mío. me apretó la carne suave de las nalgas con un desespero contenido de meses.


Ernesto: —Usted es una tentación del demonio... me va a hacer pecar, mujer... —jadeaba el viejo pegando su cara a mi cuello, respirando agitado mientras me subía la camiseta gris con las manos para sentir mi piel.
Por debajo de su pantalón de vestir, sentí una barra de acero dura y caliente empujándome directamente en la entrepierna. El viejo estaba tieso como una piedra, restregándose de pie contra mí mientras me apretaba el culo.
Daniela: —Ay, vecino... cómo se le puso eso de duro a pesar de ser tan santurrón... —le susurré al oído, sintiendo cómo le temblaba el cuerpo de la pura excitación—. Pero no se preocupe... hoy no lo voy a hacer pecar del todo.

Me zafé despacio de su agarre, poniéndole un dedo en los labios y dejándolo con las manos vacías y respirando como un animal. El tipo se quedó recostado contra el mesón, agarrándose disimuladamente el bulto gigante que le deformaba el pantalón.
Daniela: —Juan trabaja todo el día mañana, don Ernesto... Y la puerta de este apartamento va a estar sin seguro. Si de verdad le dan ganas de hacerme compañía y dejar de hacerse el santo... cuando usted tome la decisión, yo voy a estar esperándolo aquí adentro.
Ernesto solo pudo asentir con la cabeza, mirando la puerta y volviendo a mirar mis piernas desnudas, masticando el morbo y la culpa antes de salir casi tropezando hacia el pasillo.
Apenas cerró la puerta, Juan salió de la habitación con la verga afuera, tiesa y chorreando de la emoción tras haber visto y escuchado todo en la pantalla del celular.
Juan: —¡HIJAPUTA TAN MORBOSA! —me gritó bajito, agarrándome por la cintura y pegándome de espalda contra el mesón de la cocina, . ¡Qué forma de enredar a ese viejo! ¡Le vi la cara de loco sufriendo entre hacerse el santo o meterle la mano por los cuquitos negros!

Daniela: —¡Se estaba muriendo de las ganas, mi amor! —le respondi apoyándome de nuevo en el mesón, inclinándome hacia adelante—. ¡Le temblaban los dedos cuando me agarró las nalgas y tenía esa verga hecha un garrote! ¡Mañana se viene a meter acá a culearme!

Juan me subió la camiseta gris, me corrió la tira del panty negro a un lado y me metió la verga de un solo empujón seco, culeándome de pie contra el mesón en la misma posición donde el vecino me acababa de manosear, mientras los dos nos hablábamos sucio imaginando cómo el santurrón cruzaría esa puerta sin seguro en el **Capítulo 3**.

0 comentarios - Tentando a mi vecino serio 2