No lo planeé. Eso es lo primero que tengo que decir, y esta vez no me lo creo ni yo.
Ricardo. Así se llama. Cincuenta y seis años, separado de la madre de Tomi desde que Tomi tenía quince, kinesiólogo, consultorio en Belgrano, departamento en Belgrano, vida en Belgrano. Un tipo callado que se reía poco y cuando se reía era siempre por algo que valía la pena. Yo lo veía en los cumpleaños, en algún asado, en la cena de fin de año que Tomi organizaba en casa porque la madre no quería y alguien tenía que. Ricardo venía, traía vino bueno, se sentaba en una punta, hablaba poco, se iba temprano.
Nunca lo había mirado. Nunca. Eso es verdad.
Lo empecé a mirar un domingo de mayo. Tomi me había llevado al consultorio de Ricardo porque yo tenía una contractura en la espalda baja que no se me iba con nada. Tres semanas con la espalda dura. Tomi me dijo andá con mi viejo, es bueno, y yo fui.
Ricardo me hizo acostar boca abajo en la camilla. Me levantó la remera hasta los omóplatos. Me tocó la espalda con las manos y yo cerré los ojos y algo pasó. No fue sexual. No todavía. Fue que las manos de Ricardo eran manos que sabían. Manos que habían tocado miles de espaldas y que encontraban el punto exacto sin preguntar. Manos profesionales, secas, firmes, que se movían por mi espalda como si mi cuerpo fuera un mapa que él ya conocía.
Me trabajó cuarenta minutos. No habló casi nada. Me preguntó dónde me dolía, le dije, empezó. Yo tenía la cara metida en el hueco de la camilla, los ojos cerrados, y en algún momento sus manos bajaron a la zona lumbar, justo arriba del culo, y me apretó con los pulgares a los costados de la columna y yo hice un ruido. Un quejido de dolor que se parecía a otra cosa. Ricardo no se inmutó. Siguió.
Cuando terminó me incorporé, me bajé la remera, le dije gracias. Me dijo que volviera en una semana. Le pregunté cuánto le debía. Me dijo nada, sos familia.
Volví la semana siguiente. Y la siguiente. La espalda mejoró en la segunda sesión pero yo seguí yendo. No me lo dije así. Me dije que era mantenimiento, que estaba bien prevenir, que Ricardo era buen profesional. Me lo dije durante cuatro sesiones más.
La quinta vez que fui ya sabía por qué iba.
No era que Ricardo me gustara. Ricardo era el padre de mi novio. Tenía treinta años más que yo. Tenía las canas de Tomi dentro de veinte años y los ojos de Tomi pero con más peso adentro y las manos de Tomi pero con más camino. Y eso era exactamente el problema. Que cada vez que me ponía las manos encima yo veía a Tomi en treinta años y eso me hacía algo que no podía explicar. Un vértigo. Una cosa de querer mirar detrás de la cortina. De querer saber de dónde venía Tomi, de dónde venían esas manos, esa paciencia, esa forma de tocar sin pedir permiso porque el permiso ya estaba dado.
La sexta sesión Ricardo me dijo que ya estaba bien, que la contractura se había ido, que no necesitaba volver.
"¿Puedo volver igual?"
Me miró. Fue la primera vez que me miró de verdad, no como la novia de su hijo, no como una paciente. Me miró como se mira a alguien que acaba de decir algo que los dos entienden.
"Podés."
Volví. Seguí yendo los domingos a la mañana, cuando Tomi jugaba al fútbol con los pibes. Le decía que iba a caminar. Iba a Belgrano.
Ricardo me hacía pasar, me hacía acostar en la camilla, me trabajaba la espalda que ya no me dolía. Las sesiones se fueron alargando. De cuarenta minutos a una hora. De una hora a que después nos quedábamos tomando un café en la cocina de su departamento, que era un departamento de hombre solo, limpio pero vacío, sin cuadros, con una biblioteca enorme en el living y una cafetera italiana encima de la hornalla.
Hablábamos. De él. De su vida. De los años con la madre de Tomi, de cómo se habían separado, de cómo había sido criar un hijo que se parecía más a ella que a él. Ricardo hablaba despacio, eligiendo las palabras, sin apuro. Y yo lo escuchaba con una atención que era demasiada para una conversación con el suegro.
Un domingo me quedé mirándole las manos mientras revolvía el café. Me di cuenta de que las estaba mirando como se miran las manos de alguien que te interesa. Levanté la vista. Él me estaba mirando mirarle las manos.
No dijo nada. Tomó el café. Me fui.
En el subte de vuelta me agarré la cara con las dos manos y me dije qué estás haciendo. No me contesté.
Esa noche cogí con Tomi y cerré los ojos y pensé en las manos de su padre y me vine más rápido que de costumbre y después me quedé mirando el techo con Tomi dormido al lado y sentí algo nuevo. Algo que en los otros capítulos de esta historia no había sentido nunca. Algo que se parecía a una grieta.
No se lo iba a contar a Tomi.
Esa decisión la tomé rápido, sin pensar, como se toman las decisiones que uno ya tomó antes de formularlas. No se lo iba a contar porque no había nada que contar. Porque no había pasado nada. Porque probablemente no iba a pasar nada. Y porque si le contaba, lo que se rompía no era la pareja. Lo que se rompía era la relación entre Tomi y su padre, que ya era frágil, que ya tenía grietas viejas, y yo no tenía derecho a romper eso.
Me lo repetí tres domingos seguidos camino a Belgrano.
El cuarto domingo Ricardo abrió la puerta y estaba distinto. Bermuda, remera gris, descalzo. No había preparado la camilla. Tenía la mesa de la cocina puesta para dos. Medialunas, café, jugo.
"Hoy no hay sesión", me dijo. "Hoy es un desayuno."
Me senté. Desayunamos. Habló de un libro que estaba leyendo. Yo hablé de un podcast que estábamos produciendo en el estudio. En algún momento se hizo un silencio largo y los dos supimos al mismo tiempo que el silencio era la verdad y todo lo demás era relleno.
"Agostina."
"Sí."
"¿Qué estamos haciendo?"
"No sé."
"Sí sabés."
"Sí sé."
Ricardo se pasó la mano por la cara. Vi a Tomi en ese gesto. Exactamente a Tomi. La misma mano, más gastada, pasándose por la misma cara, más marcada.
"Yo no debería."
"Yo tampoco."
"Vos sos la novia de mi hijo."
"Ya sé."
"Si esto pasa, es un desastre."
"Ya sé."
"Entonces por qué seguís viniendo."
No le contesté. Lo miré. Le sostuve la mirada más tiempo del que era cómodo. Ricardo bajó los ojos primero. Se levantó de la mesa. Llevó los platos a la pileta. Me quedé sentada mirándole la espalda.
Me levanté. Caminé hasta él. Me paré atrás. Le puse la mano en el hombro. Sentí el músculo debajo de la remera, más duro de lo que esperaba. Ricardo se quedó quieto, de espaldas a mí, con las manos en la pileta.
"No te das vuelta", le dije.
"Si me doy vuelta pasa."
"Ya sé."
"¿Querés que pase?"
"Sí."
Se dio vuelta.
Me miró desde arriba. Era más alto que Tomi. Me agarró la cara con las dos manos, las mismas manos que me habían trabajado la espalda durante dos meses, y me besó. Despacio. Con la boca cerrada primero. Después abierta. Tenía gusto a café y a algo más, algo que no era Tomi, algo más oscuro, con más tierra adentro. Le agarré la remera con las dos manos. Lo atraje. Sentí que estaba duro contra mi estómago y eso me cortó la respiración, porque eso era real, eso era la prueba de que no me lo estaba imaginando, de que este hombre me deseaba.
Se separó. Me miró.
"Acá no."
"¿Dónde?"
"En la pieza."
Lo seguí por el pasillo. La pieza de Ricardo era como su departamento: una cama grande, un velador, un libro dado vuelta en la mesa de luz. Sábanas blancas. Olor a limpio. Olor a hombre solo.
Se sentó en el borde de la cama. Yo me quedé parada. Lo miré de arriba.
"Tengo miedo", le dije. La primera vez que decía eso en voz alta con alguien que no era Tomi.
"Yo también."
"Pero no de esto." Me señalé a mí, a él, al espacio entre los dos. "De lo que viene después."
Ricardo asintió. No me dijo que no iba a pasar nada. No me dijo que nadie se iba a enterar. No me prometió nada. Eso fue lo más honesto que alguien hizo por mí esa mañana.
Me saqué la remera yo. No esperé a que me la sacara. En todos los capítulos anteriores de esta historia alguien me había desvestido. Esta vez lo hice yo, rápido, sin ceremonia. Remera. Corpiño. Me quedé de la cintura para arriba desnuda frente al padre de mi novio.
Ricardo me miró las tetas. Las miró como las mira un hombre que hace mucho no ve unas tetas de cerca. Con hambre y con algo de reverencia. Estiró la mano. Me tocó el esternón, el hueso del medio del pecho, con un dedo. Solo eso. Ese gesto me hizo más que cualquier otra cosa que me hubieran hecho en la vida.
Me senté encima de él, a horcajadas, en el borde de la cama. Lo besé. Le saqué la remera. Tenía el pecho con pelo canoso, los hombros anchos, un cuerpo que había sido como el de Tomi y ahora era otra cosa. Más blando en los costados. Más ancho en la espalda. Le pasé las manos por el pecho. Sentí su respiración cambiar.
Ricardo me agarró las caderas. Me apretó contra él. Sentí la pija dura a través de la bermuda, contra mí, y me moví encima, despacio, frotándome. Le mordí el cuello. Me salió un gemido contra su piel y me sorprendí de lo urgente que sonaba.
"Esperá." Ricardo me frenó con las manos en las caderas. "Esperá un segundo."
"¿Qué?"
"Quiero mirarte."
Me miró. Yo estaba encima de él, desnuda de la cintura para arriba, con el pelo cayéndome sobre la cara, transpirada, y él me miraba como si estuviera tratando de entender algo.
"Te parecés a alguien", dijo.
"¿A quién?"
"A nadie. Dejá."
No insistí. Le saqué la bermuda. El boxer. La pija de Ricardo. La vi y el cerebro me hizo la comparación antes de que pudiera frenarlo. Más gruesa que la de Tomi. Menos larga. Sin la curva de Iván. Más oscura. Con más peso. Con venas que se marcaban distinto. Una pija de hombre grande, una pija de cincuenta y seis años, y eso en vez de frenarme me aceleró de una forma que no entendí.
Le puse la mano. La agarré. Sentí el pulso. Le moví la mano despacio, arriba y abajo, mirándole la cara. Ricardo cerró los ojos. Apretó la mandíbula. Me recordó a Tomi de una manera que me dio un tirón adentro, algo entre excitación y culpa, las dos cosas trenzadas.
Me bajé al piso. Me arrodillé entre sus piernas. Se la chupé. Despacio. Conocía la forma de hacer esto, pero esta boca era nueva, esta pija era nueva, y el cuerpo me pedía ir despacio para registrar todo. Ricardo me puso la mano en la cabeza. No empujó. Apoyó la mano. Me acarició el pelo. Un gesto que me destruyó por lo paternal que era y por lo sexual que era al mismo tiempo.
Cuando lo sentí cerca paré. Subí. Me terminé de sacar la ropa, el jean, la bombacha, todo junto, rápido. Me subí encima de él. Ricardo se corrió hacia atrás en la cama, se apoyó contra el respaldo. Yo me arrodillé encima.
"¿Tenés?"
"En el cajón."
Abrí el cajón. Preservativos. Saqué uno. Se lo puse yo. Con Tomi nunca usábamos, yo tomaba pastillas, pero con Ricardo la puse sin que hiciera falta decirlo. Ese gesto práctico me aterrizó un segundo. Me recordó que esto era real, que estaba a punto de coger con el padre de Tomi en su cama un domingo a la mañana mientras Tomi corría atrás de una pelota en una cancha de Núñez pensando que yo estaba caminando por el barrio.
Me bajé encima de él. Agarré la pija con la mano, me la apoyé, bajé despacio. El grosor. Lo sentí distinto a todo lo que había sentido. Más ancha que Tomi, más ancha que Iván. Me estiraba de una forma nueva. Bajé otro poco. Otro. Hasta que quedó entera adentro y yo quedé sentada encima del padre de mi novio con su pija enterrada en mi concha y las manos apoyadas en su pecho y la cara a diez centímetros de la de él.
"Dios", dije.
Ricardo me agarró la cintura. No se movía. Me dejaba a mí. Igual que Tomi. Igual que Tomi y eso me hizo pensar que Tomi había aprendido eso de algún lado, que esa paciencia venía de algún lado, que quizás venía de acá, de este hombre, de esta forma de tocar sin empujar. Me dio un vértigo pensar eso y al mismo tiempo me excitó de una manera que me avergonzó.
Empecé a moverme. Arriba y abajo, despacio. Cada vez que bajaba lo sentía llenarme de una forma que me sacaba un ruido corto, un "ah" que se me escapaba solo. Ricardo me miraba la cara. Me miraba las tetas moverse. Me miraba con una concentración que no era la de Tomi, que era menos tierna y más hambrienta, más directa, la mirada de un hombre que sabe que esto no debería estar pasando y por eso lo mira con más atención, como si pudieran sacárselo.
"Sos hermosa", me dijo. Con la voz ronca, más grave que la de Tomi. "Sos tan hermosa."
No le dije nada. Le puse la mano en la boca. No para callarlo. Para sentirle los labios en la palma. Me los besó. Me mordió un dedo. Me metió el índice en la boca y lo chupó mirándome a los ojos y yo me moví más rápido encima de él.
Ricardo empezó a empujar desde abajo. Encontramos un ritmo. Yo bajaba cuando él subía. La pija me llegaba a un lugar adentro que era distinto al de Tomi, al de Iván, un lugar que tenía que ver con el grosor, con cómo me abría, con cómo me llenaba los costados. Me agarré de sus hombros. Clavé las uñas. Él me agarró las cachas con las dos manos y me apretó contra él, manteniéndome al fondo, y yo me quedé ahí un segundo, sin moverme, sintiéndolo entero, sintiéndolo latir.
"Más fuerte", le dije.
Me agarró de las caderas y empezó a cogerme desde abajo con fuerza. Yo le dejé el control y eso fue raro, porque en los otros capítulos yo siempre había tenido el control, yo siempre había marcado el ritmo, y acá lo solté, se lo di, dejé que él me moviera encima como si yo pesara menos de lo que peso. Y descubrí que eso también me gustaba. Que había un placer en soltar que no era el mismo que el placer de decidir.
Ricardo cogía distinto. Cogía como coge alguien que lleva muchos años sabiendo qué funciona. Sin dudar. Sin preguntar cada dos segundos si estaba bien. Leyéndome con el cuerpo y no con la voz. Cuando sentía que yo apretaba los ojos iba más lento. Cuando sentía que le clavaba las uñas iba más fuerte. No hablaba. Me miraba. Esa economía me enloquecía.
Me levanté de encima. Me acosté boca arriba. Lo traje encima mío tirándolo del brazo. Quería sentir su peso. Ricardo se acomodó entre mis piernas. Me entró otra vez, de un solo empujón, y yo sentí el peso de él encima, distinto, más pesado que Tomi, con más cuerpo, con más gravedad. Me tapó entera. Sentí sus brazos a los costados de mi cabeza. Su respiración contra mi cara. Le vi las canas de cerca. Le vi las arrugas al costado de los ojos. Y pensé esto que no debería haber pensado: así va a ser Tomi en treinta años. Así va a coger Tomi en treinta años. Y yo estoy viéndolo ahora, estoy sintiéndolo ahora, estoy robándome algo del futuro.
"Ahí", le dije. "Ahí, ahí, no pares."
Ricardo me cogía lento y profundo, hasta el fondo, quedándose un segundo antes de salir. Le crucé las piernas en la cintura. Lo apreté con los talones. Me agarré de su espalda. Sentí los músculos de la espalda moverse bajo mis manos con cada empujón.
Empecé a sentir la ola. La ola conocida que venía de un lugar nuevo, porque cada hombre me la traía de un lugar distinto, y la de Ricardo venía del grosor, de esa sensación de estar más llena de los costados, de esa pija que me empujaba las paredes con más superficie.
"Me voy a venir."
Ricardo no me dijo "vení" como me decía Tomi. No me dijo nada. Aceleró. Me agarró una mano, me la puso arriba de la cabeza contra la almohada, entrelazó los dedos con los míos y me la apretó, y eso, ese gesto de apretarme la mano mientras me cogía, me rompió.
Me vine largo. Fuerte. Cerrando las piernas alrededor de él, apretándole la mano, con la cara contra su cuello, mordiendo, con un gemido que me salió de un lugar que ya conocía pero que sonaba distinto acá, en esta cama que no era mi cama, con este hombre que no era mi hombre.
Ricardo se vino un minuto después. Lo sentí tensarse entero, apretar la mandíbula, hacer un ruido corto, seco, y quedarse clavado adentro. Yo sentí las pulsaciones a través del preservativo, amortiguadas, distintas a sentir un hombre acabar adentro sin nada de por medio.
Se quedó encima mío un rato. Le pasé las manos por la espalda. Se la acaricié despacio. Sentí su respiración contra mi cuello. Sentí el peso de lo que acabábamos de hacer caerme encima junto con el peso de él.
Salió. Se sacó el preservativo. Lo tiró. Se acostó al lado mío boca arriba. Los dos mirando el techo.
Silencio largo.
"¿Estás bien?", me preguntó.
Y ahí me di cuenta de que esa era la misma pregunta que me hacía Tomi después. La misma. Con las mismas palabras. Y que probablemente Tomi la había aprendido de él, de este hombre acostado al lado mío, y eso me partió en dos de una forma que no tenía nada que ver con el sexo.
"Estoy bien."
No estaba bien. Estaba muchas cosas al mismo tiempo. Estaba satisfecha y estaba sucia y estaba sorprendida y estaba triste y estaba todavía caliente y estaba pensando en Tomi y estaba tratando de no pensar en Tomi.
"Esto no puede volver a pasar", dijo Ricardo. Mirando el techo.
"Ya sé."
"Si Tomi se entera..."
"Ya sé."
"Yo no voy a poder mirarlo."
"Yo tampoco."
Silencio. Más largo que el anterior.
"¿Te arrepentís?", me preguntó.
Lo pensé. De verdad lo pensé. No le contesté rápido.
"No. Pero eso me preocupa más que si me arrepintiera."
Ricardo se rió. Una risa chica, sin ganas, más para soltar aire que para otra cosa. Me miró de costado.
"Tenés veintiocho años."
"Veintiséis."
"Veintiséis años y me acabás de destruir la vida."
"Vos también te dejaste."
"Sí." Pausa. "Me dejé."
Me levanté. Me vestí en su pieza, de espaldas a él, sabiendo que me miraba. Me puse la bombacha, el corpiño, el jean, la remera. Cada prenda que me ponía era un paso más lejos de lo que había pasado y un paso más cerca de tener que mentirle a Tomi.
Salí al pasillo. Ricardo me siguió. En la puerta nos miramos.
"Chau", le dije.
"Chau."
No nos besamos. No nos abrazamos. Abrí la puerta y salí.
En el ascensor me miré en el espejo. Tenía la cara igual. Pelo revuelto, un poco colorada, pero la cara igual. Me esperaba verme distinta, como me había pasado las otras veces, como esa primera noche con Tomi en que me dije "tengo cuerpo nuevo". No tenía cuerpo nuevo. Tenía el mismo cuerpo de siempre con un secreto adentro.
En el subte de vuelta me senté en un asiento del fondo. Apoyé la cabeza contra la ventanilla. Sentí entre las piernas esa cosa de después, esa humedad, esa sensación de haber sido abierta, y la sentí mezclada con algo que en los otros capítulos no había sentido. Una cosa amarga. No culpa exactamente. Algo más complicado. La certeza de que había cruzado una línea que no era sexual. Las otras líneas habían sido sexuales: anal, trío, pegging. Líneas del cuerpo. Esta era una línea de otra cosa. De lealtad. De familia. De confianza.
Llegué a casa. Tomi estaba en el sillón, transpirado, con la ropa de fútbol todavía. Me sonrió.
"¿Cómo estuvo la caminata?"
"Bien."
"¿Larga?"
"Larga."
Me senté al lado de él. Me pasó el brazo por encima. Me apoyé en su hombro. Olí el sudor de Tomi, limpio, familiar, el olor que conozco desde hace años. Y pensé en el olor de Ricardo, parecido pero distinto, el mismo código genético con otro recorrido.
Tomi me besó la cabeza.
"Te quiero", me dijo.
"Yo también."
Y ahí, con la cara metida en el hombro de Tomi, con el olor de su padre todavía en mi piel debajo de la ropa, pensé en la frase que me había acompañado en todos los capítulos anteriores. Esto lo decidí yo. Esto fue mío. Y la frase seguía siendo cierta. Yo lo había decidido. Yo había caminado hasta Ricardo, yo le había puesto la mano en el hombro, yo me había sacado la remera, yo me había subido encima. Todo había sido mío.
Pero por primera vez la frase no alcanzaba. Por primera vez "esto lo decidí yo" no cerraba nada. No me dejaba tranquila. No me dejaba dormirme pensando que mañana iba a despertarme distinta y que estaba bien.
Porque las otras veces lo que yo decidía nos incluía a los dos. A Tomi y a mí. La decisión era compartida, o por lo menos era transparente. Y esta vez lo que yo había decidido era un agujero. Una cosa que iba a vivir adentro de mí, sola, sin aire, pudriéndose o no pudriéndose, pero sola.
Esa noche Tomi me preguntó si quería coger. Le dije que estaba cansada. Me abrazó desde atrás, como siempre. Me besó la nuca. Se durmió antes que yo, como siempre.
Y yo me quedé despierta, en la oscuridad, con los ojos abiertos, pensando una frase nueva. Una que no había pensado en toda esta historia.
Esto lo decidí yo. Y me lo voy a tener que guardar.
Ricardo. Así se llama. Cincuenta y seis años, separado de la madre de Tomi desde que Tomi tenía quince, kinesiólogo, consultorio en Belgrano, departamento en Belgrano, vida en Belgrano. Un tipo callado que se reía poco y cuando se reía era siempre por algo que valía la pena. Yo lo veía en los cumpleaños, en algún asado, en la cena de fin de año que Tomi organizaba en casa porque la madre no quería y alguien tenía que. Ricardo venía, traía vino bueno, se sentaba en una punta, hablaba poco, se iba temprano.
Nunca lo había mirado. Nunca. Eso es verdad.
Lo empecé a mirar un domingo de mayo. Tomi me había llevado al consultorio de Ricardo porque yo tenía una contractura en la espalda baja que no se me iba con nada. Tres semanas con la espalda dura. Tomi me dijo andá con mi viejo, es bueno, y yo fui.
Ricardo me hizo acostar boca abajo en la camilla. Me levantó la remera hasta los omóplatos. Me tocó la espalda con las manos y yo cerré los ojos y algo pasó. No fue sexual. No todavía. Fue que las manos de Ricardo eran manos que sabían. Manos que habían tocado miles de espaldas y que encontraban el punto exacto sin preguntar. Manos profesionales, secas, firmes, que se movían por mi espalda como si mi cuerpo fuera un mapa que él ya conocía.
Me trabajó cuarenta minutos. No habló casi nada. Me preguntó dónde me dolía, le dije, empezó. Yo tenía la cara metida en el hueco de la camilla, los ojos cerrados, y en algún momento sus manos bajaron a la zona lumbar, justo arriba del culo, y me apretó con los pulgares a los costados de la columna y yo hice un ruido. Un quejido de dolor que se parecía a otra cosa. Ricardo no se inmutó. Siguió.
Cuando terminó me incorporé, me bajé la remera, le dije gracias. Me dijo que volviera en una semana. Le pregunté cuánto le debía. Me dijo nada, sos familia.
Volví la semana siguiente. Y la siguiente. La espalda mejoró en la segunda sesión pero yo seguí yendo. No me lo dije así. Me dije que era mantenimiento, que estaba bien prevenir, que Ricardo era buen profesional. Me lo dije durante cuatro sesiones más.
La quinta vez que fui ya sabía por qué iba.
No era que Ricardo me gustara. Ricardo era el padre de mi novio. Tenía treinta años más que yo. Tenía las canas de Tomi dentro de veinte años y los ojos de Tomi pero con más peso adentro y las manos de Tomi pero con más camino. Y eso era exactamente el problema. Que cada vez que me ponía las manos encima yo veía a Tomi en treinta años y eso me hacía algo que no podía explicar. Un vértigo. Una cosa de querer mirar detrás de la cortina. De querer saber de dónde venía Tomi, de dónde venían esas manos, esa paciencia, esa forma de tocar sin pedir permiso porque el permiso ya estaba dado.
La sexta sesión Ricardo me dijo que ya estaba bien, que la contractura se había ido, que no necesitaba volver.
"¿Puedo volver igual?"
Me miró. Fue la primera vez que me miró de verdad, no como la novia de su hijo, no como una paciente. Me miró como se mira a alguien que acaba de decir algo que los dos entienden.
"Podés."
Volví. Seguí yendo los domingos a la mañana, cuando Tomi jugaba al fútbol con los pibes. Le decía que iba a caminar. Iba a Belgrano.
Ricardo me hacía pasar, me hacía acostar en la camilla, me trabajaba la espalda que ya no me dolía. Las sesiones se fueron alargando. De cuarenta minutos a una hora. De una hora a que después nos quedábamos tomando un café en la cocina de su departamento, que era un departamento de hombre solo, limpio pero vacío, sin cuadros, con una biblioteca enorme en el living y una cafetera italiana encima de la hornalla.
Hablábamos. De él. De su vida. De los años con la madre de Tomi, de cómo se habían separado, de cómo había sido criar un hijo que se parecía más a ella que a él. Ricardo hablaba despacio, eligiendo las palabras, sin apuro. Y yo lo escuchaba con una atención que era demasiada para una conversación con el suegro.
Un domingo me quedé mirándole las manos mientras revolvía el café. Me di cuenta de que las estaba mirando como se miran las manos de alguien que te interesa. Levanté la vista. Él me estaba mirando mirarle las manos.
No dijo nada. Tomó el café. Me fui.
En el subte de vuelta me agarré la cara con las dos manos y me dije qué estás haciendo. No me contesté.
Esa noche cogí con Tomi y cerré los ojos y pensé en las manos de su padre y me vine más rápido que de costumbre y después me quedé mirando el techo con Tomi dormido al lado y sentí algo nuevo. Algo que en los otros capítulos de esta historia no había sentido nunca. Algo que se parecía a una grieta.
No se lo iba a contar a Tomi.
Esa decisión la tomé rápido, sin pensar, como se toman las decisiones que uno ya tomó antes de formularlas. No se lo iba a contar porque no había nada que contar. Porque no había pasado nada. Porque probablemente no iba a pasar nada. Y porque si le contaba, lo que se rompía no era la pareja. Lo que se rompía era la relación entre Tomi y su padre, que ya era frágil, que ya tenía grietas viejas, y yo no tenía derecho a romper eso.
Me lo repetí tres domingos seguidos camino a Belgrano.
El cuarto domingo Ricardo abrió la puerta y estaba distinto. Bermuda, remera gris, descalzo. No había preparado la camilla. Tenía la mesa de la cocina puesta para dos. Medialunas, café, jugo.
"Hoy no hay sesión", me dijo. "Hoy es un desayuno."
Me senté. Desayunamos. Habló de un libro que estaba leyendo. Yo hablé de un podcast que estábamos produciendo en el estudio. En algún momento se hizo un silencio largo y los dos supimos al mismo tiempo que el silencio era la verdad y todo lo demás era relleno.
"Agostina."
"Sí."
"¿Qué estamos haciendo?"
"No sé."
"Sí sabés."
"Sí sé."
Ricardo se pasó la mano por la cara. Vi a Tomi en ese gesto. Exactamente a Tomi. La misma mano, más gastada, pasándose por la misma cara, más marcada.
"Yo no debería."
"Yo tampoco."
"Vos sos la novia de mi hijo."
"Ya sé."
"Si esto pasa, es un desastre."
"Ya sé."
"Entonces por qué seguís viniendo."
No le contesté. Lo miré. Le sostuve la mirada más tiempo del que era cómodo. Ricardo bajó los ojos primero. Se levantó de la mesa. Llevó los platos a la pileta. Me quedé sentada mirándole la espalda.
Me levanté. Caminé hasta él. Me paré atrás. Le puse la mano en el hombro. Sentí el músculo debajo de la remera, más duro de lo que esperaba. Ricardo se quedó quieto, de espaldas a mí, con las manos en la pileta.
"No te das vuelta", le dije.
"Si me doy vuelta pasa."
"Ya sé."
"¿Querés que pase?"
"Sí."
Se dio vuelta.
Me miró desde arriba. Era más alto que Tomi. Me agarró la cara con las dos manos, las mismas manos que me habían trabajado la espalda durante dos meses, y me besó. Despacio. Con la boca cerrada primero. Después abierta. Tenía gusto a café y a algo más, algo que no era Tomi, algo más oscuro, con más tierra adentro. Le agarré la remera con las dos manos. Lo atraje. Sentí que estaba duro contra mi estómago y eso me cortó la respiración, porque eso era real, eso era la prueba de que no me lo estaba imaginando, de que este hombre me deseaba.
Se separó. Me miró.
"Acá no."
"¿Dónde?"
"En la pieza."
Lo seguí por el pasillo. La pieza de Ricardo era como su departamento: una cama grande, un velador, un libro dado vuelta en la mesa de luz. Sábanas blancas. Olor a limpio. Olor a hombre solo.
Se sentó en el borde de la cama. Yo me quedé parada. Lo miré de arriba.
"Tengo miedo", le dije. La primera vez que decía eso en voz alta con alguien que no era Tomi.
"Yo también."
"Pero no de esto." Me señalé a mí, a él, al espacio entre los dos. "De lo que viene después."
Ricardo asintió. No me dijo que no iba a pasar nada. No me dijo que nadie se iba a enterar. No me prometió nada. Eso fue lo más honesto que alguien hizo por mí esa mañana.
Me saqué la remera yo. No esperé a que me la sacara. En todos los capítulos anteriores de esta historia alguien me había desvestido. Esta vez lo hice yo, rápido, sin ceremonia. Remera. Corpiño. Me quedé de la cintura para arriba desnuda frente al padre de mi novio.
Ricardo me miró las tetas. Las miró como las mira un hombre que hace mucho no ve unas tetas de cerca. Con hambre y con algo de reverencia. Estiró la mano. Me tocó el esternón, el hueso del medio del pecho, con un dedo. Solo eso. Ese gesto me hizo más que cualquier otra cosa que me hubieran hecho en la vida.
Me senté encima de él, a horcajadas, en el borde de la cama. Lo besé. Le saqué la remera. Tenía el pecho con pelo canoso, los hombros anchos, un cuerpo que había sido como el de Tomi y ahora era otra cosa. Más blando en los costados. Más ancho en la espalda. Le pasé las manos por el pecho. Sentí su respiración cambiar.
Ricardo me agarró las caderas. Me apretó contra él. Sentí la pija dura a través de la bermuda, contra mí, y me moví encima, despacio, frotándome. Le mordí el cuello. Me salió un gemido contra su piel y me sorprendí de lo urgente que sonaba.
"Esperá." Ricardo me frenó con las manos en las caderas. "Esperá un segundo."
"¿Qué?"
"Quiero mirarte."
Me miró. Yo estaba encima de él, desnuda de la cintura para arriba, con el pelo cayéndome sobre la cara, transpirada, y él me miraba como si estuviera tratando de entender algo.
"Te parecés a alguien", dijo.
"¿A quién?"
"A nadie. Dejá."
No insistí. Le saqué la bermuda. El boxer. La pija de Ricardo. La vi y el cerebro me hizo la comparación antes de que pudiera frenarlo. Más gruesa que la de Tomi. Menos larga. Sin la curva de Iván. Más oscura. Con más peso. Con venas que se marcaban distinto. Una pija de hombre grande, una pija de cincuenta y seis años, y eso en vez de frenarme me aceleró de una forma que no entendí.
Le puse la mano. La agarré. Sentí el pulso. Le moví la mano despacio, arriba y abajo, mirándole la cara. Ricardo cerró los ojos. Apretó la mandíbula. Me recordó a Tomi de una manera que me dio un tirón adentro, algo entre excitación y culpa, las dos cosas trenzadas.
Me bajé al piso. Me arrodillé entre sus piernas. Se la chupé. Despacio. Conocía la forma de hacer esto, pero esta boca era nueva, esta pija era nueva, y el cuerpo me pedía ir despacio para registrar todo. Ricardo me puso la mano en la cabeza. No empujó. Apoyó la mano. Me acarició el pelo. Un gesto que me destruyó por lo paternal que era y por lo sexual que era al mismo tiempo.
Cuando lo sentí cerca paré. Subí. Me terminé de sacar la ropa, el jean, la bombacha, todo junto, rápido. Me subí encima de él. Ricardo se corrió hacia atrás en la cama, se apoyó contra el respaldo. Yo me arrodillé encima.
"¿Tenés?"
"En el cajón."
Abrí el cajón. Preservativos. Saqué uno. Se lo puse yo. Con Tomi nunca usábamos, yo tomaba pastillas, pero con Ricardo la puse sin que hiciera falta decirlo. Ese gesto práctico me aterrizó un segundo. Me recordó que esto era real, que estaba a punto de coger con el padre de Tomi en su cama un domingo a la mañana mientras Tomi corría atrás de una pelota en una cancha de Núñez pensando que yo estaba caminando por el barrio.
Me bajé encima de él. Agarré la pija con la mano, me la apoyé, bajé despacio. El grosor. Lo sentí distinto a todo lo que había sentido. Más ancha que Tomi, más ancha que Iván. Me estiraba de una forma nueva. Bajé otro poco. Otro. Hasta que quedó entera adentro y yo quedé sentada encima del padre de mi novio con su pija enterrada en mi concha y las manos apoyadas en su pecho y la cara a diez centímetros de la de él.
"Dios", dije.
Ricardo me agarró la cintura. No se movía. Me dejaba a mí. Igual que Tomi. Igual que Tomi y eso me hizo pensar que Tomi había aprendido eso de algún lado, que esa paciencia venía de algún lado, que quizás venía de acá, de este hombre, de esta forma de tocar sin empujar. Me dio un vértigo pensar eso y al mismo tiempo me excitó de una manera que me avergonzó.
Empecé a moverme. Arriba y abajo, despacio. Cada vez que bajaba lo sentía llenarme de una forma que me sacaba un ruido corto, un "ah" que se me escapaba solo. Ricardo me miraba la cara. Me miraba las tetas moverse. Me miraba con una concentración que no era la de Tomi, que era menos tierna y más hambrienta, más directa, la mirada de un hombre que sabe que esto no debería estar pasando y por eso lo mira con más atención, como si pudieran sacárselo.
"Sos hermosa", me dijo. Con la voz ronca, más grave que la de Tomi. "Sos tan hermosa."
No le dije nada. Le puse la mano en la boca. No para callarlo. Para sentirle los labios en la palma. Me los besó. Me mordió un dedo. Me metió el índice en la boca y lo chupó mirándome a los ojos y yo me moví más rápido encima de él.
Ricardo empezó a empujar desde abajo. Encontramos un ritmo. Yo bajaba cuando él subía. La pija me llegaba a un lugar adentro que era distinto al de Tomi, al de Iván, un lugar que tenía que ver con el grosor, con cómo me abría, con cómo me llenaba los costados. Me agarré de sus hombros. Clavé las uñas. Él me agarró las cachas con las dos manos y me apretó contra él, manteniéndome al fondo, y yo me quedé ahí un segundo, sin moverme, sintiéndolo entero, sintiéndolo latir.
"Más fuerte", le dije.
Me agarró de las caderas y empezó a cogerme desde abajo con fuerza. Yo le dejé el control y eso fue raro, porque en los otros capítulos yo siempre había tenido el control, yo siempre había marcado el ritmo, y acá lo solté, se lo di, dejé que él me moviera encima como si yo pesara menos de lo que peso. Y descubrí que eso también me gustaba. Que había un placer en soltar que no era el mismo que el placer de decidir.
Ricardo cogía distinto. Cogía como coge alguien que lleva muchos años sabiendo qué funciona. Sin dudar. Sin preguntar cada dos segundos si estaba bien. Leyéndome con el cuerpo y no con la voz. Cuando sentía que yo apretaba los ojos iba más lento. Cuando sentía que le clavaba las uñas iba más fuerte. No hablaba. Me miraba. Esa economía me enloquecía.
Me levanté de encima. Me acosté boca arriba. Lo traje encima mío tirándolo del brazo. Quería sentir su peso. Ricardo se acomodó entre mis piernas. Me entró otra vez, de un solo empujón, y yo sentí el peso de él encima, distinto, más pesado que Tomi, con más cuerpo, con más gravedad. Me tapó entera. Sentí sus brazos a los costados de mi cabeza. Su respiración contra mi cara. Le vi las canas de cerca. Le vi las arrugas al costado de los ojos. Y pensé esto que no debería haber pensado: así va a ser Tomi en treinta años. Así va a coger Tomi en treinta años. Y yo estoy viéndolo ahora, estoy sintiéndolo ahora, estoy robándome algo del futuro.
"Ahí", le dije. "Ahí, ahí, no pares."
Ricardo me cogía lento y profundo, hasta el fondo, quedándose un segundo antes de salir. Le crucé las piernas en la cintura. Lo apreté con los talones. Me agarré de su espalda. Sentí los músculos de la espalda moverse bajo mis manos con cada empujón.
Empecé a sentir la ola. La ola conocida que venía de un lugar nuevo, porque cada hombre me la traía de un lugar distinto, y la de Ricardo venía del grosor, de esa sensación de estar más llena de los costados, de esa pija que me empujaba las paredes con más superficie.
"Me voy a venir."
Ricardo no me dijo "vení" como me decía Tomi. No me dijo nada. Aceleró. Me agarró una mano, me la puso arriba de la cabeza contra la almohada, entrelazó los dedos con los míos y me la apretó, y eso, ese gesto de apretarme la mano mientras me cogía, me rompió.
Me vine largo. Fuerte. Cerrando las piernas alrededor de él, apretándole la mano, con la cara contra su cuello, mordiendo, con un gemido que me salió de un lugar que ya conocía pero que sonaba distinto acá, en esta cama que no era mi cama, con este hombre que no era mi hombre.
Ricardo se vino un minuto después. Lo sentí tensarse entero, apretar la mandíbula, hacer un ruido corto, seco, y quedarse clavado adentro. Yo sentí las pulsaciones a través del preservativo, amortiguadas, distintas a sentir un hombre acabar adentro sin nada de por medio.
Se quedó encima mío un rato. Le pasé las manos por la espalda. Se la acaricié despacio. Sentí su respiración contra mi cuello. Sentí el peso de lo que acabábamos de hacer caerme encima junto con el peso de él.
Salió. Se sacó el preservativo. Lo tiró. Se acostó al lado mío boca arriba. Los dos mirando el techo.
Silencio largo.
"¿Estás bien?", me preguntó.
Y ahí me di cuenta de que esa era la misma pregunta que me hacía Tomi después. La misma. Con las mismas palabras. Y que probablemente Tomi la había aprendido de él, de este hombre acostado al lado mío, y eso me partió en dos de una forma que no tenía nada que ver con el sexo.
"Estoy bien."
No estaba bien. Estaba muchas cosas al mismo tiempo. Estaba satisfecha y estaba sucia y estaba sorprendida y estaba triste y estaba todavía caliente y estaba pensando en Tomi y estaba tratando de no pensar en Tomi.
"Esto no puede volver a pasar", dijo Ricardo. Mirando el techo.
"Ya sé."
"Si Tomi se entera..."
"Ya sé."
"Yo no voy a poder mirarlo."
"Yo tampoco."
Silencio. Más largo que el anterior.
"¿Te arrepentís?", me preguntó.
Lo pensé. De verdad lo pensé. No le contesté rápido.
"No. Pero eso me preocupa más que si me arrepintiera."
Ricardo se rió. Una risa chica, sin ganas, más para soltar aire que para otra cosa. Me miró de costado.
"Tenés veintiocho años."
"Veintiséis."
"Veintiséis años y me acabás de destruir la vida."
"Vos también te dejaste."
"Sí." Pausa. "Me dejé."
Me levanté. Me vestí en su pieza, de espaldas a él, sabiendo que me miraba. Me puse la bombacha, el corpiño, el jean, la remera. Cada prenda que me ponía era un paso más lejos de lo que había pasado y un paso más cerca de tener que mentirle a Tomi.
Salí al pasillo. Ricardo me siguió. En la puerta nos miramos.
"Chau", le dije.
"Chau."
No nos besamos. No nos abrazamos. Abrí la puerta y salí.
En el ascensor me miré en el espejo. Tenía la cara igual. Pelo revuelto, un poco colorada, pero la cara igual. Me esperaba verme distinta, como me había pasado las otras veces, como esa primera noche con Tomi en que me dije "tengo cuerpo nuevo". No tenía cuerpo nuevo. Tenía el mismo cuerpo de siempre con un secreto adentro.
En el subte de vuelta me senté en un asiento del fondo. Apoyé la cabeza contra la ventanilla. Sentí entre las piernas esa cosa de después, esa humedad, esa sensación de haber sido abierta, y la sentí mezclada con algo que en los otros capítulos no había sentido. Una cosa amarga. No culpa exactamente. Algo más complicado. La certeza de que había cruzado una línea que no era sexual. Las otras líneas habían sido sexuales: anal, trío, pegging. Líneas del cuerpo. Esta era una línea de otra cosa. De lealtad. De familia. De confianza.
Llegué a casa. Tomi estaba en el sillón, transpirado, con la ropa de fútbol todavía. Me sonrió.
"¿Cómo estuvo la caminata?"
"Bien."
"¿Larga?"
"Larga."
Me senté al lado de él. Me pasó el brazo por encima. Me apoyé en su hombro. Olí el sudor de Tomi, limpio, familiar, el olor que conozco desde hace años. Y pensé en el olor de Ricardo, parecido pero distinto, el mismo código genético con otro recorrido.
Tomi me besó la cabeza.
"Te quiero", me dijo.
"Yo también."
Y ahí, con la cara metida en el hombro de Tomi, con el olor de su padre todavía en mi piel debajo de la ropa, pensé en la frase que me había acompañado en todos los capítulos anteriores. Esto lo decidí yo. Esto fue mío. Y la frase seguía siendo cierta. Yo lo había decidido. Yo había caminado hasta Ricardo, yo le había puesto la mano en el hombro, yo me había sacado la remera, yo me había subido encima. Todo había sido mío.
Pero por primera vez la frase no alcanzaba. Por primera vez "esto lo decidí yo" no cerraba nada. No me dejaba tranquila. No me dejaba dormirme pensando que mañana iba a despertarme distinta y que estaba bien.
Porque las otras veces lo que yo decidía nos incluía a los dos. A Tomi y a mí. La decisión era compartida, o por lo menos era transparente. Y esta vez lo que yo había decidido era un agujero. Una cosa que iba a vivir adentro de mí, sola, sin aire, pudriéndose o no pudriéndose, pero sola.
Esa noche Tomi me preguntó si quería coger. Le dije que estaba cansada. Me abrazó desde atrás, como siempre. Me besó la nuca. Se durmió antes que yo, como siempre.
Y yo me quedé despierta, en la oscuridad, con los ojos abiertos, pensando una frase nueva. Una que no había pensado en toda esta historia.
Esto lo decidí yo. Y me lo voy a tener que guardar.
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