El salón era pequeño y oscuro; no sabía dónde se había metido. Levantó un poco la mirada y enfrente tenía a diez hombres. Se estaba arrepintiendo de lo que estaba por hacer, pero ya era muy tarde: tenía que hacerlo para poder "salvar" a su familia.
Todo ocurrió un mes atrás, cuando Eliana miraba las cuentas y no lo podía creer. No llegaba a fin de mes, tenía muchas deudas y no quería que se enterara su marido; tampoco podía pagar el estudio de sus hijos. Se puso a llorar y llamó a todos los bancos para pedir un préstamo, pero nadie se lo quería dar.
Pasaron un par de días hasta que la llamó su jefe, Lautaro, para decirle que ya no le quedaba tiempo: tenía que hacer algo o, de lo contrario, iban a tener que despedirlos a ella y a su marido. Eliana, después de escucharlo, se puso a llorar desconsoladamente. Pero él le dijo que había una solución: que fuera a su casa para poder "hablar". Le pasó la dirección para verse un día de semana por la tarde, cuando no estuvieran su marido y sus hijos. El hombre aceptó.
Cuando terminó la llamada, Eliana se puso a reflexionar si estaba bien lo que estaba haciendo, pero siempre se decía que solo era "hablar". Pasaron los días y cada vez se ponía más nerviosa. Su esposo se daba cuenta y le preguntaba:
—¿Qué te pasa?
Ella siempre decía que era por el gimnasio. A Eliana le gustaba ir mucho al gimnasio para estar en forma y verse bien. Cada vez que salía a la calle con sus jeans ajustados o sus calzas, los hombres siempre le decían cosas: "Te rompo todo el orto, rubia", "Dejá al pito chico de tu marido y vení conmigo", "Te chupo todo el culo y te hago un hijo, culona", y muchas cosas más. Ella sabía lo que provocaba, pero nunca le prestaba atención a nadie. Se decía a sí misma que siempre le iba a ser fiel a su esposo, sin saber lo que iba a pasar después.
Cuando llegó el día para "hablar" con Lautaro, Eliana estaba muy nerviosa. Se preguntaba: "¿Por qué estoy así, si solo me va a ayudar a pagar las deudas?". Tocó la puerta y ahí estaba él, quien le dijo:
—Qué hermosa que estás, Eli.
Ella se sonrojó un poco y entró. No podía creer lo que veía. Ella vivía en una villa, en una casa con techo de chapa que se caía a pedazos, sin puertas (solo una cortina), y que ni con el trabajo de su marido podían arreglar. Se sorprendió mucho de lo linda que era la casa de su jefe.
—¿Qué tengo que hacer para pagar la deuda? —preguntó.
Lautaro se le acercó y le dijo al oído:
—Quiero que me la chupes, Eli. Siempre me gustaste. Ese culo me vuelve loco; cada vez que pasás al lado mío me dan ganas de agarrarlo y nalguearte. Te lo quiero chupar todo.
Eliana, sorprendida por lo que escuchaba, no lo podía creer.
—Yo no voy a hacer eso. Dijiste que íbamos a hablar.
—Si querés pagar tus deudas, tenés que chupármela, Eli.
—No lo voy a hacer, tengo a mi marido y a mis hijos. No me hagas esto.
—Lo hacés o te despido a vos y a tu marido.
—¡Nunca! Soy fiel a mi marido, voy a intentar pagar de otra manera.
Se estaba por ir cuando Lautaro la agarró del brazo y de los hombros, y la hizo arrodillar. Sacó su verga (medía 23 cm). Eliana, al verla, se sorprendió mucho en comparación con el pitito de su esposo (solo cogían una vez cada tres meses, ella nunca llegaba a acabar, nunca la podía llenar y él acababa poco). Entonces sintió un cosquilleo en la concha; se estaba mojando. Aunque le decía:
—Te equivocás, no lo voy a hacer, nun...
Antes de que pudiera decir algo más, la agarró de la cabeza y hizo que se la chupara mientras le decía:
—Chupala, Eli, chupá.
Quería que se tragara todo, pero no podía; le daban muchas arcadas, tenía mucha saliva y apenas podía respirar. Cuando se la sacó un poco, ella le dijo:
—Por favor, no me hagas esto, tengo a mi marido, mis hi...
Él hizo que se la tragara de vuelta, esta vez un poco más de la mitad.
—¿Te gusta, putita? —le decía él.
—Mmm... no —decía ella, pero cada vez se mojaba más. Tenía que parar o si no, no sabía hasta dónde podía llegar—. Por favor, ya no más. Por favor, pará con e...
La agarró bien de la cabeza e hizo que se la tragara toda. Eliana ya no podía resistir más, estaba por ceder; le daban muchas arcadas, tenía la cara llena de saliva, los labios hinchados, los ojos llorosos y la cara roja. Lautaro le dijo que si quería pagar las deudas tenía que hacer eso por un mes. Ella no tuvo más remedio y empezó a tragar hasta el fondo. Lautaro ya no iba a resistir:
—Me vengo, trola, tragatela toda. ¡Tomá, puta de mierda, tragá!
Eliana se tuvo que tragar todo; era tanto que se le escapaba por los costados. Tuvo una sensación rara: recordaba a su esposo y él nunca la había hecho sentir así. Le estaba empezando a gustar, pero se decía que solo era para pagar la deuda y que nunca más iba a volver a verlo.
Estaba destrozada, llorando y diciéndose: "Traicioné a mi familia, ¿qué hice?". Lautaro se le acercó:
—Tranquila, rubia. Tenés que hacer esto por un mes, vas a pagar tus deudas y no me vas a ver más. Tomá por tus servicios.
Sacó de su bolsillo un billete de mil pesos y se lo tiró. Ella se preguntaba por qué le pagaba eso si no valía nada. Agarró sus cosas y se fue.
Todo ocurrió un mes atrás, cuando Eliana miraba las cuentas y no lo podía creer. No llegaba a fin de mes, tenía muchas deudas y no quería que se enterara su marido; tampoco podía pagar el estudio de sus hijos. Se puso a llorar y llamó a todos los bancos para pedir un préstamo, pero nadie se lo quería dar.
Pasaron un par de días hasta que la llamó su jefe, Lautaro, para decirle que ya no le quedaba tiempo: tenía que hacer algo o, de lo contrario, iban a tener que despedirlos a ella y a su marido. Eliana, después de escucharlo, se puso a llorar desconsoladamente. Pero él le dijo que había una solución: que fuera a su casa para poder "hablar". Le pasó la dirección para verse un día de semana por la tarde, cuando no estuvieran su marido y sus hijos. El hombre aceptó.
Cuando terminó la llamada, Eliana se puso a reflexionar si estaba bien lo que estaba haciendo, pero siempre se decía que solo era "hablar". Pasaron los días y cada vez se ponía más nerviosa. Su esposo se daba cuenta y le preguntaba:
—¿Qué te pasa?
Ella siempre decía que era por el gimnasio. A Eliana le gustaba ir mucho al gimnasio para estar en forma y verse bien. Cada vez que salía a la calle con sus jeans ajustados o sus calzas, los hombres siempre le decían cosas: "Te rompo todo el orto, rubia", "Dejá al pito chico de tu marido y vení conmigo", "Te chupo todo el culo y te hago un hijo, culona", y muchas cosas más. Ella sabía lo que provocaba, pero nunca le prestaba atención a nadie. Se decía a sí misma que siempre le iba a ser fiel a su esposo, sin saber lo que iba a pasar después.
Cuando llegó el día para "hablar" con Lautaro, Eliana estaba muy nerviosa. Se preguntaba: "¿Por qué estoy así, si solo me va a ayudar a pagar las deudas?". Tocó la puerta y ahí estaba él, quien le dijo:
—Qué hermosa que estás, Eli.
Ella se sonrojó un poco y entró. No podía creer lo que veía. Ella vivía en una villa, en una casa con techo de chapa que se caía a pedazos, sin puertas (solo una cortina), y que ni con el trabajo de su marido podían arreglar. Se sorprendió mucho de lo linda que era la casa de su jefe.
—¿Qué tengo que hacer para pagar la deuda? —preguntó.
Lautaro se le acercó y le dijo al oído:
—Quiero que me la chupes, Eli. Siempre me gustaste. Ese culo me vuelve loco; cada vez que pasás al lado mío me dan ganas de agarrarlo y nalguearte. Te lo quiero chupar todo.
Eliana, sorprendida por lo que escuchaba, no lo podía creer.
—Yo no voy a hacer eso. Dijiste que íbamos a hablar.
—Si querés pagar tus deudas, tenés que chupármela, Eli.
—No lo voy a hacer, tengo a mi marido y a mis hijos. No me hagas esto.
—Lo hacés o te despido a vos y a tu marido.
—¡Nunca! Soy fiel a mi marido, voy a intentar pagar de otra manera.
Se estaba por ir cuando Lautaro la agarró del brazo y de los hombros, y la hizo arrodillar. Sacó su verga (medía 23 cm). Eliana, al verla, se sorprendió mucho en comparación con el pitito de su esposo (solo cogían una vez cada tres meses, ella nunca llegaba a acabar, nunca la podía llenar y él acababa poco). Entonces sintió un cosquilleo en la concha; se estaba mojando. Aunque le decía:
—Te equivocás, no lo voy a hacer, nun...
Antes de que pudiera decir algo más, la agarró de la cabeza y hizo que se la chupara mientras le decía:
—Chupala, Eli, chupá.
Quería que se tragara todo, pero no podía; le daban muchas arcadas, tenía mucha saliva y apenas podía respirar. Cuando se la sacó un poco, ella le dijo:
—Por favor, no me hagas esto, tengo a mi marido, mis hi...
Él hizo que se la tragara de vuelta, esta vez un poco más de la mitad.
—¿Te gusta, putita? —le decía él.
—Mmm... no —decía ella, pero cada vez se mojaba más. Tenía que parar o si no, no sabía hasta dónde podía llegar—. Por favor, ya no más. Por favor, pará con e...
La agarró bien de la cabeza e hizo que se la tragara toda. Eliana ya no podía resistir más, estaba por ceder; le daban muchas arcadas, tenía la cara llena de saliva, los labios hinchados, los ojos llorosos y la cara roja. Lautaro le dijo que si quería pagar las deudas tenía que hacer eso por un mes. Ella no tuvo más remedio y empezó a tragar hasta el fondo. Lautaro ya no iba a resistir:
—Me vengo, trola, tragatela toda. ¡Tomá, puta de mierda, tragá!
Eliana se tuvo que tragar todo; era tanto que se le escapaba por los costados. Tuvo una sensación rara: recordaba a su esposo y él nunca la había hecho sentir así. Le estaba empezando a gustar, pero se decía que solo era para pagar la deuda y que nunca más iba a volver a verlo.
Estaba destrozada, llorando y diciéndose: "Traicioné a mi familia, ¿qué hice?". Lautaro se le acercó:
—Tranquila, rubia. Tenés que hacer esto por un mes, vas a pagar tus deudas y no me vas a ver más. Tomá por tus servicios.
Sacó de su bolsillo un billete de mil pesos y se lo tiró. Ella se preguntaba por qué le pagaba eso si no valía nada. Agarró sus cosas y se fue.
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