“Me meti a su cuarto y ay la vi, estaba acostada en su cama bocabajo. Taba casi encueradita, yo creo porque asia calor. Solo traía un calzón cachetero de esos que son casi puro hilo y el chichero rosado que a mi tanto me gusta. Por un rato estube ay contemplándola sobándome el mienbro. Asta que ya no me aguante y le puse la mano sobre una de sus prietas nalgas y senti su piel toda bien suabecita. Nada que ver con la de mi vieja, Noelia esta toda fofa, bien pinche guanga. la verdad ya esta bien cacheteaba mi mujer, pero ni modo que acer. Deyanira encambio esta bien suabecita, bien tiernita de su carne esta la condenada. La acaricie toda y ella que se despierta. Pense que gritaría, pero no. Que me sonrie. Que se ace a un lado el hilo de su calzón en clara invitación. Queria que le encajara el cabezón. ¡Puta, yo no me pude resistir! ¡Que me la ensarto! Con tal puntería que se la dejé ir de una sola metida y a puro pelo. Puta madre esta bien apretadita, claro como esta bien chamaca, no como mi vieja, ella ya ni aprieta...”
La mano que escribía esas palabras, lo hacía con tal ansiedad y excitación que apenas podían entenderse los garabatos que trazaba. Luego saltaba a dibujar siluetas sexosas que manifestaban los deseos agitados de su autor.
El autor era Reynaldo, un hombre maduro, de toscos rasgos, robusto y alto; todo un contraste con la musa que lo inspiraba. Pues, pese a su edad y grotesco aspecto, estaba apasionado de una tierna jovencilla llamada Deyanira.
—Ándale, Noelia todavía no se despierta. Nos da tiempo —le decía Reynaldo (cual viejo calentón) a Deyanira en el cuarto de la chamaca.
—¡No!, qué no ve que usted es mi padrino. Yo no haría eso con uste’. Además, no me debería andar pidiendo esas cosas. Nomás que mi madrina se dé cuenta nos mete una chinga a los dos —respondía la chiquilla. Y a ésta no le faltaba razón. Más joven pero también más sensata que su padrino sabía lo que podría pasar.
—Ándale, compláceme, ya ves que yo te compro tus cosas. Es más, te prometo que te compro un celular nuevo, el que quieras... —insistía el hombre pero se quedó callado al oír la voz de su hijo más pequeño quien ya lo andaba buscando—. ¡Puta madre... justo hoy sí se levanta temprano! ¡Jijo de su pinche madre! No fuera para ir a la escuela —expresó de su propio vástago.
—Ya ve, ya ve. Mejor váyase. Ándele váyase, váyase de mi cuarto antes de que lo encuentren aquí.
—No, no hasta que me digas que sí.
—Ya le dije que no. Nunca haría eso con uste’. Es más, le voy a decir la verdad, yo nunca lo he hecho y no lo voy a...
—Ah, no seas. ‘Ora me vas a salir con que eres virgencita, no chingues si a leguas se ve que...
—Pues ni me importa que me crea. Nunca lo he hecho y nunca lo haría con uste´. Váyase antes que mi madrina se levante.
—¡Yani! ¡Yani! —se oyó en voz de un niño pequeño, a la vez que éste golpeba la puerta desde afuera del cuarto.
—¡Hijo de tu pinche madre! —murmuró Reynaldo dispuesto a...
—¡No, no! ¡Espere!, yo me lo llevo para que no lo vea. Pero ya salga de mi cuarto —le dijo Deyanira a su padrino ya que éste se disponía a abrir la puerta para encarar a su pequeño hijo. A ninguno de los dos les convenía que el niño se diera cuenta de la presencia de Reynaldo allí, podría contárselo a su mamá.
Deyanira cumplió y se llevó al infante a la cocina para que éste no llegara a ver a su papá, y él pudiera abandonar el cuarto luego.
Reynaldo regresó a su propia recámara con la verga bien parada y babeándole de las purititas ganas que le traía a su ahijada.
«Ni modos, mi fierro exige agujero», se dijo a sí mismo, luego de meterse bajo las sábanas de la cama donde su señora aún dormía. El Don tuvo que admitir, para sus adentros, que era mejor chingarse a su mujer que hacerse una "manuela".
Y así, sin decir “ahí te va”, se la metió a Noelia nomás para calmar sus ansias. La Señora despertó de sopetón.
—¡¿Qué chingaos...!? —exclamó la madura hembra, al sentirla entrar.
En principio se encabronó, pues a quién carajos se le ocurría despertar así a una persona, sin embargo, dado los bríos y el evidente deseo que demostraba su hombre (pues para alguien de su edad y condición era evidente que le ponía ganas) le pareció que hacía su mejor esfuerzo. La Seño creía que su cónyuge le hacía eso motivado por la atracción que ella ejercía en él, y se sintió atractiva, deseada. Sin saber que aquel deseo que le ponía la verga bien dura a su marido había sido despertado más bien por su ahijada.
Deyanira vivía con ellos desde hacía cinco años. Siendo sus padrinos; al morir la madre de la mencionada; la recibieron en su casa.
«Puta madre, pinche Noelia, está toda pinche guanga», pensaba Reynaldo, mientras la sujetaba de la cintura para tomar agarre.
Como ya sentía que su mujer no apretaba, se le fue bajando la erección, pero entonces Reynaldo tomó una decisión:
—Te la voy a meter por el chiquito —le dijo a su señora.
—No, pérate. Es muy temprano para eso —le respondió la otra, sin embargo, eso no lo detuvo.
«Te la voy a meter por aquí porque ya sólo de aquí aprietas cabrona», pensó Reynaldo, mientras ya le acomodaba la punta de su falo en el asterisco café.
«Pinche Reynaldo, a pesar de los años, aún me desea», pensaba la ingenua señora.
El matrimonio tenía dos hijos propios: el Víctor y el pendejo del Uriel. Víctor era aún pequeño. Deyanira lo cuidaba como a su propio hermanito, pues para ella era pura ternura. Pero el pinche cabrón del Uriel era otro pedo. Dos años mayor que Deyanira, era todo un talegas, ni estudiaba ni trabajaba; a leguas se veía que iba directo a ser delincuente. Uriel ya se sentía todo un hombre, nada más porque albergaba hormigueos bajo los calzones, por lo que es fácil entender lo que le provocaba la presencia de una chamaca así en su casa. Al igual que su padre, se sentía con el derecho de poseerla sexualmente.
—Anda, déjate. Total, na’más te meto la puntita, nomás pa’ ver qué se siente —le había dicho alguna vez el caliente muchacho.
—Ya te calmas, okey. O le digo a mi madrina —le advirtió Deyanira, quien no se sentía nada atraída a él.
Y es que Uriel era feo con “P” mayúscula (con “P “ de Puto Pinche horrible) al igual que su padre, pues de él lo heredaba. Y no sólo de aspecto, sino también de urbanidad. Uriel creía que eructar el nombre de una chica en su cara era la mejor manera de conquistarla, y esa era su táctica de lígue.
Pero Uriel no se daba cuenta de lo desagradable que resultaba, así que, en vez de cambiar su conducta y mejorar su personalidad, se llenó de resentimiento contra la chamaca a quien dio en llamar “la calienta vergas” entre sus compañeros de colegio, nomás de puro pinche resentido luego de sus varios rechazos.
El desgraciado muchacho decía que además de tener nombre de puta en verdad lo era, y nomás iba esparciendo el rumor por donde podía. Pero mientras que el mentado chamaco así se desquitaba, Reynaldo desahogaba las ganas que le traía a la chamaca escribiendo sucias fantasías en libretas que escondía de su mujer (fantasías que le servían para hacerse una chaqueta de vez en cuando).
Aunque al paso que iba el cabrón señor pronto pasaría de la fantasía a los hechos, pues total, qué le costaba. No sería sorpresa que se chingara, ahí mismo, en su propia casa, a Deyanira, y sin ningún remordimiento.
«Hoy si me la chingo», se dijo un día en el puesto de verdura que atendía junto a su esposa e hijo.
Ese día no había ido Deyanira, pues ésta le pidió permiso a su madrina diciéndole que tenía "un chingo de tarea".
Sabiendo que la hallaría sola, Reynaldo se decidió.
—Voy a hacer un entrego. No me tardo —le dijo a su cónyuge, y sin más explicación se fue.
El “entrego” que quería hacer Reynaldo era de esperma, y por supuesto era para su ahijada, sin embargo se llevó tremenda sorpresa.
Al entrar al cuarto de la chamaca lo primero que atrapó su atención fue un lúbrico movimiento. Era el de la mojada verga que entraba y salía de su ahijada. Tan brillosa estaba que aquella verga parecía pistón industrial entrando y saliendo sin descanso. En cada enchufada parecía inflarle más y más los cachetes traseros a la chiquilla, ya que estas mejillas se esponjaban en cada metida.
—Ay, ay... ay. ¡Ya párale que me duele! —Deyanira pedía.
—Me gusta cómo pujas cabrona, y más cuando te la meto hasta el mero fondo —se limitaba a contestar su penetrador, a la vez que se la seguía chingando, metiéndosela hasta tocar pared.
Si bien la escena era tan lasciva como la había imaginado, a Reynaldo se le retorcieron las tripas de saber que otro era quien le llenaba el agujero a la muchacha. Un orificio que hubiese querido retacar él con su propia carne. Y más cuando notó que había rastros de sangre en las sábanas, pues una especie de gargajo rojo ensuciaba la tela blanca.
«¡Pinche escuintla, de verdad que era "quintita"!», pensó de inmediato Reynaldo.
Y es que su ahijada no le había mentido, hasta aquel día había sido virgencita. Deyanira acababa de ser desvirgada por un...
«...un cualquier pendejo», pensó Reynaldo lleno de coraje, al saber lo que se había perdido.
—¡Pinche pendejo desgraciado! —gritó el Don, con los ojos desorbitados, sin poder contener el encabronamiento que sentía por aquél que se le había adelantado.
Al oírlo, la desnuda pareja se desconectó inmediatamente de sus respectivos sexos.
Reynaldo reconoció al joven como uno de los diableros del mercado, a quien se le fue encima con ganas de matarlo.
Tal vez si lo hubiera pensado mejor no le hubiese atacado de esa manera, ya que era obvia la diferencia física, pues si bien Reynaldo era grande y robusto, el muchacho era más fuerte y ágil. De tal forma éste tomó una navaja del pantalón que estaba sobre el buró, y de sopetón rajó al padrino de Deyanira, por todo el vientre.
Las vísceras y la sangre brotaron en medio de los gritos de la chica quien fue testigo de cómo la vida se le esfumó a su padrino.
—¡¿Qué has hecho?!
El otro quedó en silencio por unos segundos, más sorprendido de su habilidad que arrepentido de su acción.
—Ni modo, el pinche viejo se lo buscó —terminó por decir.
—¡Y ‘ora... qué vamos a hacer!
«¿Vamos...?», pensó aquél.
Sin embargo, nada tonta, antes de que llegara Noelia, Deyanira ya tenía preparada una explicación.
El escenario con el que se encontró su madrina fue algo grotesco: Reynaldo despatarrado en el suelo, con las tripas de fuera, y en medio de un charco de sangre, mientras que su ahijada le lloraba, sosteniéndole la cabeza en su regazo.
—¡Mi padrino... —dijo entre sollozos y lágrimas—. ...él intentó defenderme!
“...un tipo se metió a la casa. De seguro a robar, pensando que no había nadie. Pero cuando me vio sola me atacó. Mi padrino llegó y al descubrirlo trató de detenerlo pero... pero el muy maldito lo mató.”, había declarado Deyanira.
Según ella la habían violado y como el médico que la revisó dio fe de que había sido desvirgada creyeron su versión.
Los días pasaron, Noelia lloró a su esposo muerto asumiendo que lo que le había contado su ahijada era la puritita verdad. Que él había muerto al tratar de defenderla.
Para Noelia, el que su marido hubiera muerto como un héroe no era consuelo, pese a que quienes conocían esa versión de lo sucedido se lo repetían constantemente, para darle ánimos. No obstante, a pesar de su pesar siguió con su vida, hasta que...
Un día, mientras recogía la ropa y pertenencias de su marido fallecido, encontró los cuadernos en los que Reynaldo vaciaba sus fantasías:
“...ahí la acomode, hise que parara la cola y le dejé ir todo el pito por el ano. A ella le encantó...”, leyó la señora en evidente letra de su difunto. Y casi se fue de espaldas cuando vio el nombre de su ahijada como la protagonista de aquellas aventuras sexuales, ahí descritas con tanto detalle.
Deyanira, por su parte y para esos días, ya tenía un novio de planta con quien le ponía frecuentemente, así que mientras su madrina hacía tan terrible descubrimiento, ésta le chupaba el falo al afortunado.
Sus jóvenes mejillas se le inflaban en cada metida que su novio le hacía a su pequeña boca. La chiquilla se sujetaba con sus menudas manos a las nalgas de él, con la misma pasión con que lo sorbía.
Luego, aún ignorante de lo que su madrina había descubierto, y de lo que le esperaba, Deyanira se le abrió de piernas a la lengua masculina que la llenó de húmedas caricias que la hacían tocar el paraíso.
—¡Ya bebé, ya métemelo! —pidió ella, llegado el momento.
El otro le acercó la pelona babeante a la femenina entrada y se abrió paso.
Una vez estuvo hasta el fondo de la chamaca, ésta apretó la panocha como haciendo suyo el falo que se le había incrustado.
Por su parte, al sentir como aquella cueva de carne le empapaba la verga, su novio exclamó:
—La tienes bien caliente —refiriéndose a su húmedo y cálido agujero.
Y es que, a esas alturas, la chamaca tragaba verga ya como toda una experta. Claro que esto era cosa ya bien sabida por varios compañeros de su escuela, y por tanto también por Uriel, quien, frustrado, estaba de lo más encabronado porque a él nunca le había hecho caso.
Fue por ello que, cuando Noelia le contó lo que había encontrado en esas libretas que había guardado su papá, ambos unieron sus rencorosos sentimientos en contra de Deyanira. Unidos en un mismo objetivo, producir el mayor de los males a la pobre chamaca.
—...sí má’, la agarramos descuidada, le ponemos en su madre y la grabamos... luego lo subo al Youtube; al Face; al Twitter... Vas a ver que así nos la chingamos, ¡pinche puta! Todos van a saber lo que es, una pinche puta que se mete con cualquiera —le dijo Uriel, dándole la perversa idea.
Al día siguiente, mientras Deyanira se secaba tras salir del baño, se vio sorprendida por la entrada repentina de su madrina a su cuarto. Y "madrina" fue la que le puso Noelia acompañada de Uriel, quien grabó la golpiza que su madre le puso a la chamaca, para luego subirla a toda clase de redes sociales.
La mano que escribía esas palabras, lo hacía con tal ansiedad y excitación que apenas podían entenderse los garabatos que trazaba. Luego saltaba a dibujar siluetas sexosas que manifestaban los deseos agitados de su autor.
El autor era Reynaldo, un hombre maduro, de toscos rasgos, robusto y alto; todo un contraste con la musa que lo inspiraba. Pues, pese a su edad y grotesco aspecto, estaba apasionado de una tierna jovencilla llamada Deyanira.
—Ándale, Noelia todavía no se despierta. Nos da tiempo —le decía Reynaldo (cual viejo calentón) a Deyanira en el cuarto de la chamaca.
—¡No!, qué no ve que usted es mi padrino. Yo no haría eso con uste’. Además, no me debería andar pidiendo esas cosas. Nomás que mi madrina se dé cuenta nos mete una chinga a los dos —respondía la chiquilla. Y a ésta no le faltaba razón. Más joven pero también más sensata que su padrino sabía lo que podría pasar.
—Ándale, compláceme, ya ves que yo te compro tus cosas. Es más, te prometo que te compro un celular nuevo, el que quieras... —insistía el hombre pero se quedó callado al oír la voz de su hijo más pequeño quien ya lo andaba buscando—. ¡Puta madre... justo hoy sí se levanta temprano! ¡Jijo de su pinche madre! No fuera para ir a la escuela —expresó de su propio vástago.
—Ya ve, ya ve. Mejor váyase. Ándele váyase, váyase de mi cuarto antes de que lo encuentren aquí.
—No, no hasta que me digas que sí.
—Ya le dije que no. Nunca haría eso con uste’. Es más, le voy a decir la verdad, yo nunca lo he hecho y no lo voy a...
—Ah, no seas. ‘Ora me vas a salir con que eres virgencita, no chingues si a leguas se ve que...
—Pues ni me importa que me crea. Nunca lo he hecho y nunca lo haría con uste´. Váyase antes que mi madrina se levante.
—¡Yani! ¡Yani! —se oyó en voz de un niño pequeño, a la vez que éste golpeba la puerta desde afuera del cuarto.
—¡Hijo de tu pinche madre! —murmuró Reynaldo dispuesto a...
—¡No, no! ¡Espere!, yo me lo llevo para que no lo vea. Pero ya salga de mi cuarto —le dijo Deyanira a su padrino ya que éste se disponía a abrir la puerta para encarar a su pequeño hijo. A ninguno de los dos les convenía que el niño se diera cuenta de la presencia de Reynaldo allí, podría contárselo a su mamá.
Deyanira cumplió y se llevó al infante a la cocina para que éste no llegara a ver a su papá, y él pudiera abandonar el cuarto luego.
Reynaldo regresó a su propia recámara con la verga bien parada y babeándole de las purititas ganas que le traía a su ahijada.
«Ni modos, mi fierro exige agujero», se dijo a sí mismo, luego de meterse bajo las sábanas de la cama donde su señora aún dormía. El Don tuvo que admitir, para sus adentros, que era mejor chingarse a su mujer que hacerse una "manuela".
Y así, sin decir “ahí te va”, se la metió a Noelia nomás para calmar sus ansias. La Señora despertó de sopetón.
—¡¿Qué chingaos...!? —exclamó la madura hembra, al sentirla entrar.
En principio se encabronó, pues a quién carajos se le ocurría despertar así a una persona, sin embargo, dado los bríos y el evidente deseo que demostraba su hombre (pues para alguien de su edad y condición era evidente que le ponía ganas) le pareció que hacía su mejor esfuerzo. La Seño creía que su cónyuge le hacía eso motivado por la atracción que ella ejercía en él, y se sintió atractiva, deseada. Sin saber que aquel deseo que le ponía la verga bien dura a su marido había sido despertado más bien por su ahijada.
Deyanira vivía con ellos desde hacía cinco años. Siendo sus padrinos; al morir la madre de la mencionada; la recibieron en su casa.
«Puta madre, pinche Noelia, está toda pinche guanga», pensaba Reynaldo, mientras la sujetaba de la cintura para tomar agarre.
Como ya sentía que su mujer no apretaba, se le fue bajando la erección, pero entonces Reynaldo tomó una decisión:
—Te la voy a meter por el chiquito —le dijo a su señora.
—No, pérate. Es muy temprano para eso —le respondió la otra, sin embargo, eso no lo detuvo.
«Te la voy a meter por aquí porque ya sólo de aquí aprietas cabrona», pensó Reynaldo, mientras ya le acomodaba la punta de su falo en el asterisco café.
«Pinche Reynaldo, a pesar de los años, aún me desea», pensaba la ingenua señora.
El matrimonio tenía dos hijos propios: el Víctor y el pendejo del Uriel. Víctor era aún pequeño. Deyanira lo cuidaba como a su propio hermanito, pues para ella era pura ternura. Pero el pinche cabrón del Uriel era otro pedo. Dos años mayor que Deyanira, era todo un talegas, ni estudiaba ni trabajaba; a leguas se veía que iba directo a ser delincuente. Uriel ya se sentía todo un hombre, nada más porque albergaba hormigueos bajo los calzones, por lo que es fácil entender lo que le provocaba la presencia de una chamaca así en su casa. Al igual que su padre, se sentía con el derecho de poseerla sexualmente.
—Anda, déjate. Total, na’más te meto la puntita, nomás pa’ ver qué se siente —le había dicho alguna vez el caliente muchacho.
—Ya te calmas, okey. O le digo a mi madrina —le advirtió Deyanira, quien no se sentía nada atraída a él.
Y es que Uriel era feo con “P” mayúscula (con “P “ de Puto Pinche horrible) al igual que su padre, pues de él lo heredaba. Y no sólo de aspecto, sino también de urbanidad. Uriel creía que eructar el nombre de una chica en su cara era la mejor manera de conquistarla, y esa era su táctica de lígue.
Pero Uriel no se daba cuenta de lo desagradable que resultaba, así que, en vez de cambiar su conducta y mejorar su personalidad, se llenó de resentimiento contra la chamaca a quien dio en llamar “la calienta vergas” entre sus compañeros de colegio, nomás de puro pinche resentido luego de sus varios rechazos.
El desgraciado muchacho decía que además de tener nombre de puta en verdad lo era, y nomás iba esparciendo el rumor por donde podía. Pero mientras que el mentado chamaco así se desquitaba, Reynaldo desahogaba las ganas que le traía a la chamaca escribiendo sucias fantasías en libretas que escondía de su mujer (fantasías que le servían para hacerse una chaqueta de vez en cuando).
Aunque al paso que iba el cabrón señor pronto pasaría de la fantasía a los hechos, pues total, qué le costaba. No sería sorpresa que se chingara, ahí mismo, en su propia casa, a Deyanira, y sin ningún remordimiento.
«Hoy si me la chingo», se dijo un día en el puesto de verdura que atendía junto a su esposa e hijo.
Ese día no había ido Deyanira, pues ésta le pidió permiso a su madrina diciéndole que tenía "un chingo de tarea".
Sabiendo que la hallaría sola, Reynaldo se decidió.
—Voy a hacer un entrego. No me tardo —le dijo a su cónyuge, y sin más explicación se fue.
El “entrego” que quería hacer Reynaldo era de esperma, y por supuesto era para su ahijada, sin embargo se llevó tremenda sorpresa.
Al entrar al cuarto de la chamaca lo primero que atrapó su atención fue un lúbrico movimiento. Era el de la mojada verga que entraba y salía de su ahijada. Tan brillosa estaba que aquella verga parecía pistón industrial entrando y saliendo sin descanso. En cada enchufada parecía inflarle más y más los cachetes traseros a la chiquilla, ya que estas mejillas se esponjaban en cada metida.
—Ay, ay... ay. ¡Ya párale que me duele! —Deyanira pedía.
—Me gusta cómo pujas cabrona, y más cuando te la meto hasta el mero fondo —se limitaba a contestar su penetrador, a la vez que se la seguía chingando, metiéndosela hasta tocar pared.
Si bien la escena era tan lasciva como la había imaginado, a Reynaldo se le retorcieron las tripas de saber que otro era quien le llenaba el agujero a la muchacha. Un orificio que hubiese querido retacar él con su propia carne. Y más cuando notó que había rastros de sangre en las sábanas, pues una especie de gargajo rojo ensuciaba la tela blanca.
«¡Pinche escuintla, de verdad que era "quintita"!», pensó de inmediato Reynaldo.
Y es que su ahijada no le había mentido, hasta aquel día había sido virgencita. Deyanira acababa de ser desvirgada por un...
«...un cualquier pendejo», pensó Reynaldo lleno de coraje, al saber lo que se había perdido.
—¡Pinche pendejo desgraciado! —gritó el Don, con los ojos desorbitados, sin poder contener el encabronamiento que sentía por aquél que se le había adelantado.
Al oírlo, la desnuda pareja se desconectó inmediatamente de sus respectivos sexos.
Reynaldo reconoció al joven como uno de los diableros del mercado, a quien se le fue encima con ganas de matarlo.
Tal vez si lo hubiera pensado mejor no le hubiese atacado de esa manera, ya que era obvia la diferencia física, pues si bien Reynaldo era grande y robusto, el muchacho era más fuerte y ágil. De tal forma éste tomó una navaja del pantalón que estaba sobre el buró, y de sopetón rajó al padrino de Deyanira, por todo el vientre.
Las vísceras y la sangre brotaron en medio de los gritos de la chica quien fue testigo de cómo la vida se le esfumó a su padrino.
—¡¿Qué has hecho?!
El otro quedó en silencio por unos segundos, más sorprendido de su habilidad que arrepentido de su acción.
—Ni modo, el pinche viejo se lo buscó —terminó por decir.
—¡Y ‘ora... qué vamos a hacer!
«¿Vamos...?», pensó aquél.
Sin embargo, nada tonta, antes de que llegara Noelia, Deyanira ya tenía preparada una explicación.
El escenario con el que se encontró su madrina fue algo grotesco: Reynaldo despatarrado en el suelo, con las tripas de fuera, y en medio de un charco de sangre, mientras que su ahijada le lloraba, sosteniéndole la cabeza en su regazo.
—¡Mi padrino... —dijo entre sollozos y lágrimas—. ...él intentó defenderme!
“...un tipo se metió a la casa. De seguro a robar, pensando que no había nadie. Pero cuando me vio sola me atacó. Mi padrino llegó y al descubrirlo trató de detenerlo pero... pero el muy maldito lo mató.”, había declarado Deyanira.
Según ella la habían violado y como el médico que la revisó dio fe de que había sido desvirgada creyeron su versión.
Los días pasaron, Noelia lloró a su esposo muerto asumiendo que lo que le había contado su ahijada era la puritita verdad. Que él había muerto al tratar de defenderla.
Para Noelia, el que su marido hubiera muerto como un héroe no era consuelo, pese a que quienes conocían esa versión de lo sucedido se lo repetían constantemente, para darle ánimos. No obstante, a pesar de su pesar siguió con su vida, hasta que...
Un día, mientras recogía la ropa y pertenencias de su marido fallecido, encontró los cuadernos en los que Reynaldo vaciaba sus fantasías:
“...ahí la acomode, hise que parara la cola y le dejé ir todo el pito por el ano. A ella le encantó...”, leyó la señora en evidente letra de su difunto. Y casi se fue de espaldas cuando vio el nombre de su ahijada como la protagonista de aquellas aventuras sexuales, ahí descritas con tanto detalle.
Deyanira, por su parte y para esos días, ya tenía un novio de planta con quien le ponía frecuentemente, así que mientras su madrina hacía tan terrible descubrimiento, ésta le chupaba el falo al afortunado.
Sus jóvenes mejillas se le inflaban en cada metida que su novio le hacía a su pequeña boca. La chiquilla se sujetaba con sus menudas manos a las nalgas de él, con la misma pasión con que lo sorbía.
Luego, aún ignorante de lo que su madrina había descubierto, y de lo que le esperaba, Deyanira se le abrió de piernas a la lengua masculina que la llenó de húmedas caricias que la hacían tocar el paraíso.
—¡Ya bebé, ya métemelo! —pidió ella, llegado el momento.
El otro le acercó la pelona babeante a la femenina entrada y se abrió paso.
Una vez estuvo hasta el fondo de la chamaca, ésta apretó la panocha como haciendo suyo el falo que se le había incrustado.
Por su parte, al sentir como aquella cueva de carne le empapaba la verga, su novio exclamó:
—La tienes bien caliente —refiriéndose a su húmedo y cálido agujero.
Y es que, a esas alturas, la chamaca tragaba verga ya como toda una experta. Claro que esto era cosa ya bien sabida por varios compañeros de su escuela, y por tanto también por Uriel, quien, frustrado, estaba de lo más encabronado porque a él nunca le había hecho caso.
Fue por ello que, cuando Noelia le contó lo que había encontrado en esas libretas que había guardado su papá, ambos unieron sus rencorosos sentimientos en contra de Deyanira. Unidos en un mismo objetivo, producir el mayor de los males a la pobre chamaca.
—...sí má’, la agarramos descuidada, le ponemos en su madre y la grabamos... luego lo subo al Youtube; al Face; al Twitter... Vas a ver que así nos la chingamos, ¡pinche puta! Todos van a saber lo que es, una pinche puta que se mete con cualquiera —le dijo Uriel, dándole la perversa idea.
Al día siguiente, mientras Deyanira se secaba tras salir del baño, se vio sorprendida por la entrada repentina de su madrina a su cuarto. Y "madrina" fue la que le puso Noelia acompañada de Uriel, quien grabó la golpiza que su madre le puso a la chamaca, para luego subirla a toda clase de redes sociales.
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