Hacía poquito tiempo que me había ido de casa para empezar a vivir solo. Me había ido de mi ciudad a estudiar a la gran ciudad. En el medio un montón de anécdotas y cosas que me pasaron que podría estar un rato largo contando. Ya tenía 19 años y viviendo solo en una ciudad enorme, estudios más complejos que los que tenía, en resumen, otra vida.
Vivir solo y ser de otro lado, no es fácil. Los primeros meses fueron de exploración de la zona donde vivía, conocer gente nueva. Fueron meses interesantes.
Mis padres habían alquilado un departamento con todas las comodidades pero siempre se rompía algo, los primeros lo dejé pasar pero en un momento era arreglarlo o llamar a alguien para que lo haga. Como dinero no abundaba trataba de arreglarlo yo y el ferretero de alguna manera se transformó en una persona confiable.
Hombre grande, de unos 50 años, barba, robusto, manos enormes. Atendía atrás de un mostrador y no se reía con nada, un tipo duro. La primera vez que fui me hizo pasar vergüenza porque yo no sabía cómo pedir lo que quería. Ya a la cuarta vez era todo más fácil.
Siempre que iba, había dos o tres hombres más de la misma edad. Seguramente amigos del barrio del ferretero, tomaban mate y hablaban mientras uno compraba. De alguna manera, de tantas veces que iba a la ferretería ya me conocían y eran más accesibles que el propio ferretero.
Siempre había un chiste con que era del interior, con que estaba solo y mi departamento era una joda todos los días y así.
Un día, el ferretero estaba solo. Tenia ganas de hablar y empezamos a hacerlo. Me preguntaba que como era vivir solo porque su hijo quería irse a vivir a Europa pero que no estaba convencido. La charla se volvió interesante y me invitó a pasar atrás del mostrador. Me contó de su vida, que su esposa lo había dejado por otro. Hablamos de las relaciones y yo nunca tuve novias ni siquiera un acercamiento a una mujer. El hombre robusto, de piedra, comenzaba a tener algún sentimiento. Hablamos bastante, mate va, mate viene.
En un momento, se para, estábamos enfrentados atrás del mostrador tomando mate. Sale, cierra el local, vuelve al mostrador. Se pone frente a mí. Se baja el jean y el calzoncillo, se ve la verga tiesa pero grande, gruesa y cabezona, mucho pelo. Me dice “chupas?”. En el momento, obviamente que me sorprendió, no supe qué hacer ni cómo reaccionar. Por instinto, empecé a masturbarlo y pasé la lengua. Vi como se ponía duro, abrí la boca y empecé a chuparlo. Me hice para atrás un poco, lo vi a la cara y le pregunté si estaba bien, no me respondió pero lo vi con un mueca de satisfacción y jadear. Lo hice más profundo y eso le gustó. Ya la tenía bien dura y me levantó, me besó y yo lo acepté y redoblé la apuesta besándolo y masturbandolo. Me puso contra un estante, me sacó el pantalón, me bajó el boxer, bajó y empezó a chuparme el culo, metía de a poco el dedo y empezó a excitarme, tal es así que ya tenía mi verga erecta. Después de unos minutos de mucha lengua y saliva, me inclina, saca un forro de una mesa, se lo pone y empieza a meterlo. Saca un sobrecito me pone un poco de lo que contenía y entro muy fácil. “No grites” me dijo. Le hice caso pero no podía, la saca, me pone en el piso, en cuatro y vuelve a ponerlo. Me lo metió de una hasta el fondo y tuve que gemir fuerte. Después comenzó a bombear más fuerte y yo de la excitación, acabé en el piso. Eso creo que lo excitó y me dio más fuerte. Unos minutos después, me preguntó “te gusta la leche?” Respondí que sí. La saco rápido, me arrodilló, se sacó el forro y me acabó en la cara. Solo se escuchaba la respiración de ambos.
Se fue atrás, volvió con papel higiénico. Me seque un poco, me dijo que vaya al baño. Cuando volví él estaba ya vestido, me vestí ahí no más y me fui. Fiel a su estilo, ni me saludó.
Obviamente, esto sigue.
Vivir solo y ser de otro lado, no es fácil. Los primeros meses fueron de exploración de la zona donde vivía, conocer gente nueva. Fueron meses interesantes.
Mis padres habían alquilado un departamento con todas las comodidades pero siempre se rompía algo, los primeros lo dejé pasar pero en un momento era arreglarlo o llamar a alguien para que lo haga. Como dinero no abundaba trataba de arreglarlo yo y el ferretero de alguna manera se transformó en una persona confiable.
Hombre grande, de unos 50 años, barba, robusto, manos enormes. Atendía atrás de un mostrador y no se reía con nada, un tipo duro. La primera vez que fui me hizo pasar vergüenza porque yo no sabía cómo pedir lo que quería. Ya a la cuarta vez era todo más fácil.
Siempre que iba, había dos o tres hombres más de la misma edad. Seguramente amigos del barrio del ferretero, tomaban mate y hablaban mientras uno compraba. De alguna manera, de tantas veces que iba a la ferretería ya me conocían y eran más accesibles que el propio ferretero.
Siempre había un chiste con que era del interior, con que estaba solo y mi departamento era una joda todos los días y así.
Un día, el ferretero estaba solo. Tenia ganas de hablar y empezamos a hacerlo. Me preguntaba que como era vivir solo porque su hijo quería irse a vivir a Europa pero que no estaba convencido. La charla se volvió interesante y me invitó a pasar atrás del mostrador. Me contó de su vida, que su esposa lo había dejado por otro. Hablamos de las relaciones y yo nunca tuve novias ni siquiera un acercamiento a una mujer. El hombre robusto, de piedra, comenzaba a tener algún sentimiento. Hablamos bastante, mate va, mate viene.
En un momento, se para, estábamos enfrentados atrás del mostrador tomando mate. Sale, cierra el local, vuelve al mostrador. Se pone frente a mí. Se baja el jean y el calzoncillo, se ve la verga tiesa pero grande, gruesa y cabezona, mucho pelo. Me dice “chupas?”. En el momento, obviamente que me sorprendió, no supe qué hacer ni cómo reaccionar. Por instinto, empecé a masturbarlo y pasé la lengua. Vi como se ponía duro, abrí la boca y empecé a chuparlo. Me hice para atrás un poco, lo vi a la cara y le pregunté si estaba bien, no me respondió pero lo vi con un mueca de satisfacción y jadear. Lo hice más profundo y eso le gustó. Ya la tenía bien dura y me levantó, me besó y yo lo acepté y redoblé la apuesta besándolo y masturbandolo. Me puso contra un estante, me sacó el pantalón, me bajó el boxer, bajó y empezó a chuparme el culo, metía de a poco el dedo y empezó a excitarme, tal es así que ya tenía mi verga erecta. Después de unos minutos de mucha lengua y saliva, me inclina, saca un forro de una mesa, se lo pone y empieza a meterlo. Saca un sobrecito me pone un poco de lo que contenía y entro muy fácil. “No grites” me dijo. Le hice caso pero no podía, la saca, me pone en el piso, en cuatro y vuelve a ponerlo. Me lo metió de una hasta el fondo y tuve que gemir fuerte. Después comenzó a bombear más fuerte y yo de la excitación, acabé en el piso. Eso creo que lo excitó y me dio más fuerte. Unos minutos después, me preguntó “te gusta la leche?” Respondí que sí. La saco rápido, me arrodilló, se sacó el forro y me acabó en la cara. Solo se escuchaba la respiración de ambos.
Se fue atrás, volvió con papel higiénico. Me seque un poco, me dijo que vaya al baño. Cuando volví él estaba ya vestido, me vestí ahí no más y me fui. Fiel a su estilo, ni me saludó.
Obviamente, esto sigue.
0 comentarios - Ferretero de mi vida