Simone no solía usar ropa escotada ni ajustada; por otro lado, pocasmujeres en su trabajo tenían el valor o el físico para usar las mismasminifaldas que ella, y los hombres no perdían la más mínima oportunidad dedevorarla con la mirada. Bastaba con que se detuviera a charlar con un colegadurante más de diez minutos para que se formara un pequeño grupo de personas.Cualquiera inventaba una excusa para colocarse justo allí, estratégicamenteubicado detrás de ella.

Luis no fue la excepción. Al igual que todos los demás hombres deldepartamento, tampoco perdió la oportunidad de admirar las hermosas piernas deSimone en sus minifaldas espectacularmente cortas.
La diferencia radicaba en que él nunca pasó de ese punto. No hizocomentarios vulgares ni forzó la situación.
Por lo general, todo lo que hacía era quedarse en su lugar cuando ellallegó, más bien que estar detrás de ella como todos los demás. Después de todo,¿qué daño podía tener admirarla?
No era el más alto, ni el más fuerte, ni el que mejor ganaba, nisiquiera el más agraciado. Sin embargo, poseía una cualidad excepcional: sabíausar las palabras y era capaz de expresar sus ideas más atrevidas e insinuarsede una manera que le granjeaba una sonrisa amistosa, en lugar de una cachetadao un "andate a la mierda", como invariablemente le sucedía con suscompañeros. Así, él y Simone se hicieron amigos íntimos, a pesar de estar amboscomprometidos.

Simone no era una santa ingenua, ni mucho menos. Simplemente no le importabatener una conversación fácil, aunque sus faldas cortas hicieran pensar a muchoshombres lo contrario. Para ellos, el hecho de que una mujer usara ropa cortasignificaba automáticamente que caería rendida ante la primera vulgaridad quese le presentara, y hablando de vulgaridades, la mayoría eran maestros en ello.Luis, en cambio, sabía ser discreto en público y extremadamente explícito enprivado. Cuando Simone le dijo una vez que exageraba todo el tiempo al decirlelo atractiva y deseable que era, él no se mostró tímido. En lugar de insistircon los halagos, simplemente miró por el pasillo para ver si no había nadiealrededor y se apoyó en su escritorio para cubrirse de alguna mirada curiosaque pasara por allí; en ese momento le mostró el bulto que se formaba en suspantalones. Como si no fuera suficiente para que ella permaneciera incrédula,sin decir nada ni mostrar reacción alguna, además de quedarse estática ante lainesperada actitud de su colega, él reforzó aún más su argumento, agarrando sumiembro erecto por encima de los pantalones y disipando cualquier duda, si esque aún le quedaba alguna. “Para alguien de tu tamaño y tu físico, diría quetienes algo grande en los pantalones”, bromeó ella. “Ah, no seas así. Te voy aenseñar”, respondió él.

Luis la tomó del brazo y la sacó de la oficina. “Vení conmigo”. “¿Adóndevamos? ¿Estás bromeando?”. “Solo seguime, ya vas a ver”. Se dirigieron a lasescaleras y bajaron unos pisos, nerviosos y excitados. Cualquiera que pasaraseguramente los saludaría sin darse cuenta de ninguna intención oculta. Sedetuvo entre el quinto y el sexto piso y simplemente dijo: "Bueno, acáestá bien". “¿Bien para qué?”. “Este es el lugar donde hay menosmovimiento, cerca del archivo muerto. Casi nadie pasa por acá”. “Lo sé, pero¿por qué estamos acá?”. “Para esto, mirá”. Tomó su mano y la guió hacia suerección. Estaba caliente, palpitante y sobresalía, incluso debajo de susgruesos vaqueros. Simone no ofreció resistencia. No fue intencional, pero tampocoretrocedió. Apretó su mano, con placer, con voluntad, con afecto, pero al mismotiempo con firmeza. Cuando dijo "Guau, no estabas bromeando", Luis yatenía sus manos sobre sus maravillosas tetas. Eran de tamaño mediano a grande,y espectacularmente bien definidas y firmes. Un volumen que le hacía salivar almás mínimo contacto. No se miraron a los ojos. Se concentraron en los puntos decontacto, como si sus manos por sí solas no fueran suficientes para hacerlessentir el momento. Necesitaban sujetarse y mirarse al mismo tiempo.

Tras unos minutos de caricias mutuas, decidió dar un paso más audaz.Le levantó la camisa y, tras quitarle el corpiño, empezó a succionar sus durospezones con voracidad y delicadeza a la vez. A pesar de la intensidad, era elprimer contacto entre ambos y sabía que lo mejor en estas situaciones eraempezar poco a poco y prestar atención a las reacciones de su pareja. Aunquesuccionaba con relativa fuerza, en lugar de pedir calma, Simone simplementedijo: «Más fuerte... me gusta cuando me chupan más fuerte». Mientras decía eso,jugueteaba con el pezón libre con una mano y le acariciaba el pelo con la otra.De esa forma, podía controlar la intensidad del contacto. Si succionaba con unpoco más de fuerza de la deseada, ella le tiraba del pelo... cuando, por elcontrario, se demoraba demasiado en una succión más suave, ella lo acercaba,dando a entender que lo quería más fuerte. Mientras succionaba esosmaravillosos pechos, Luis se tocaba la verga con una mano y apretaba una tetacon la otra. La excitación se renovaba de vez en cuando; él casi la hundíacontra la pared, empujándola, tocándola, succionándola con toda intensidad.Soltó su miembro y comenzó a acariciar la parte interna de sus muslos, con lasyemas de los dedos recorriendo sus muslos bien formados y gruesos, hasta que selevantó y llegó al punto de sentir el calor que emanaba de la concha de Simone,quien, a pesar de todo el placer que sentía, le impedía continuar. “Esperá. Esono”. Mientras ella sostenía su mano suspendida en el aire, oyeron pasos en lasescaleras y el sonido de una puerta abriéndose.

Una semana después, la empresa se reunió para la fiesta deconfraternización y Luis sonrió en un rincón al recordar el susto que sellevaron en las escaleras. Por suerte, no los atraparon en el acto, ya que lapersona que abrió la puerta del último piso tenía demasiada prisa y pasó delargo. Le bastó con que mirara unos metros hacia abajo y los viera a ambos enplena acción. Fue aterrador ver que, incluso con los oídos alerta, ni él niSimone se percataron del peligro que les esperaba hasta que fue demasiadotarde. Tuvieron mucha suerte. La semana transcurrió con normalidad. Actuaroncon discreción y el susto no les animó a intentarlo de nuevo. Pero Simone habíaprometido ir a la fiesta y habían pasado tres horas desde que todo empezó y nohabía ni rastro de ella. ¿Alguien la había visto? En la empresa abundaban laspersonas entrometidas en la vida de los demás y la tardanza de Simone empezabaa preocupar.

Cuando apareció en medio de la fiesta vestida de Mamá Noel, haciendosonreír a todos, la sonrisa más grande fue la de Luis. Sintió alivio yadmiración al mismo tiempo. Los demás hombres presentes ya la rodeaban como decostumbre, aunque algunas esposas y novias estaban presentes, la bebida aumentóla libido. Y realmente, esos maravillosos muslos eran aún más atractivos cuandoella los cubrió mínimamente con ese vestidito rojo y blanco.
Cuando una de las chicas desagradables de la oficina dijo con ironíaque el vestido era demasiado corto, uno de los borrachos devolvió elcomentario: -“Está bien así. Apuesto a que te imaginaste vestida así”. Todosrieron, las mujeres con menos entusiasmo, claro. Luis no lo sabía, pero esafantasía de la señora Noel había sido una broma con la gerencia deldepartamento para que repartiera algunos regalos entre los empleados. La fiestacontinuó, pero Luis y Simone evitaron el contacto, por si acaso.
Estaba esperando una oportunidad para hablar con ella al final de lafiesta, para que pudieran tomarse un momento a solas.

Era tarde cuando Simone volvió a marcharse, pero Luis ya no estaba tanansioso como antes. La mayoría hablaba en voz alta para intentar distinguirsede la música a todo volumen. A nadie se le ocurrió que sería más coherentebajar el volumen, así que el ruido continuó. En un momento dado, cuando leentró la inevitable necesidad de ir al baño, Luis se sintió incómodo en lacola. Parecía que alguien se había quedado atrapado dentro del baño y no habíanadie que pudiera sacarlo. Entonces se acordó del baño privado. Para susorpresa, al abrir la puerta, encontró a Simone cambiándose de ropa, en unaposición que ya había deseado varias veces en sus fantasías. Quizás por labebida o quizás por la excitación, simplemente se había olvidado de cerrar lapuerta del baño y ahora solo llevaba una bombacha ante la mirada admirada de sucompañero. Dudó unos segundos mientras a pocos metros la gente cantaba, bailabay se emborrachaba aún más. Tenía que tomar una decisión inmediatamente. Esapuerta no podía permanecer abierta mucho tiempo. Entonces...

La cerró, pero desde adentro. Tanto él como Simone estaban algoebrios, pero ella aún tenía la lucidez suficiente para decir que no podía serahí. Por suerte, ya habían escapado por las escaleras, pero ahora, allí, contodos a pocos metros del otro lado de la puerta, bastaba con que alguienquisiera usar el baño para armar un lío.
Y para colmo, las dos mujeres más chismosas de la oficina llevaban unrato hablando de ellos dos. Pero tuvo que poner fin a la conversación, ya queLuis estaba ya posicionado detrás de ella, de rodillas con la lengua enterradaen su concha, quien, aún nerviosa, no pudo ocultarle los signos de excitación,con su abundante lubricación. Simone ni siquiera se opuso a que Luis levantarala pierna para quitarle la bombacha, mientras intentaba explicarle que aquelloera una locura. Obviamente era una locura, pero de esas a las que no podésresistirte. De esas contra las que ningún sentido común puede luchar, de esasen las que lo único que podés hacer es abrir las piernas y dejar que suceda,esperando que todo acabe bien. Sintió sus manos firmes y cálidas abriendo suscaderas para facilitar la entrada de su lengua húmeda, que en ese momento ya nose limitaba solo a su concha. Deslizaba la lengua arriba y abajo, lamiendo todolo que tenía delante.

En lugar de intentar frenar esa locura, Simone decidió dejarse llevarpor el entusiasmo de su colega y, tras unos minutos de placer, le devolvió laamabilidad arrodillándose frente a él y dándole una de las mamadas másmemorables y perfectas que Luis jamás había recibido. Tenía el toque de loinesperado y el peligro por la decena de personas que se encontraban cerca,pero la verdad era que Simone era una verdadera experta con la boca. Subía ybajaba lentamente y luego con más fuerza. Después soltó la punta de la verga yle masajeó los testículos pasando la lengua por debajo, erizando incluso lospelos que no tenía. Era magistral, encantadora e impresionante. Luego la volvíaa tragar hasta el final, casi toda dentro de su garganta, pero esos pocoscentímetros que quedaban fuera le producían un doble placer, porque al mismotiempo le daban la sensación de ser demasiado grande para ella, y aún tenía laventaja de poder empujar un poco más, sujetándola por la cabeza, como legustaba hacerlo. Cuando empezó a desvestirse para disfrutar del momento en todasu intensidad, Simone lo interrumpió diciendo: “No, no te desvistas. Sinecesitamos explicar algo, será más difícil con los dos desnudos”. Pensó que,de ser así, no habría excusa para explicar que los dos estuvieran en un baño,incluso si uno de ellos estuviera vestido. Aun así, accedió. No era momentopara discutir. Lo único que quería era meterse en esa deliciosa mujer que lechupaba la verga con gran habilidad

Luis se sentó en el inodoro y la sentó sobre él, realizando toda laacción con sus manos ansiosas y firmes. Era una sensación extraña, uno desnudoy el otro vestido. Pero eso era solo un detalle más en esa situación inusual.Ahogada por el volumen de la música exterior, ella dejó escapar un largo y prolongadogemido mientras su dura y caliente verga invadía su ansiosa vagina y ellaestaba lista para recibirla. Hubo una sensación muy especial en esa primerapenetración y ambos la disfrutaron de una manera única. Él la deslizólentamente, suavemente, sin querer llegar al fondo de inmediato, prolongándolaal máximo y absorbiéndola con todos los sentidos. La tomó con fuerza, la tocó,exploró cada centímetro de esos muslos duros y gruesos sobre su regazo, deslizósu mano por su espalda y terminó en ese culo hecho a medida para su apetito. Enese momento se dio cuenta de que estaba penetrando a una de las mujeres másdeseadas de la empresa y eso solo le dio una satisfacción machista y egoísta.Cuando finalmente se sentó sobre él, sus tetas quedaron a la altura de surostro y Luis volvió al punto donde se había detenido en las escaleras,succionando con la misma intensidad de antes, pero con el doble de placer quela penetración. La sujetó por la cintura con ambas manos y la hizo subir ybajar lentamente, como si fuera un instrumento hecho a medida para complacerlo.Una vez más, cuando creía tener el control de la situación, Simone lo agarródel cabello y comenzó a dominar la intensidad de todo, subiendo y bajando a suantojo, a un ritmo que estaba literalmente por encima de la situación. Solopodía concentrarse en no eyacular antes de tiempo, pero se le hacía cada vezmás difícil, porque cuanto más intentaba contenerse, más deseaba su pareja unaintensidad frenética.

Justo cuando estaba a punto de llegar al clímax, un fuerte golpe en lapuerta los dejó en silencio por un instante. Al otro lado, una voz preguntóquién estaba encerrado dentro. Conteniendo la respiración, se miraron,intentando adivinar alguna solución a aquella emergencia. Luis no pudo conteneruna sonrisa nerviosa y burlona, típica de quienes se enfrentan a una causaperdida.
Simone se estaba levantando rápidamente cuando él la interrumpió y ledijo en voz alta a quien estuviera al otro lado de la puerta: “Busquen otrobaño. Me sentí mal y vomité por todas partes”. Entonces reconoció la voz de unade las chismosas al otro lado la puerta. “Oh, carajo. ¿Acá también? ¡¿Como sivomitar en el otro baño no fuera suficiente?!”. Entonces la voz se fue alejandomientras susurraba algo incomprensible.

Los dos se miraron aliviados y en silencio. Como si no creyeran en lafacilidad con la que habían salido de una situación potencialmente desastrosa.En lugar de enfriar el ambiente, el episodio pareció encender aún más fuego enambos y se aferraron con fuerza el uno al otro. Ella le rodeó el cuello conambas manos y dijo con la mirada de alguien que no pregunta: “Esperá un poco, quierollegar”. Él no dijo nada, solo asintió y luego vio a su colega montarlo con unafacilidad que haría que las prostitutas más experimentadas sintieran envidia.Usando el cuello de su pareja como ancla, ella subía y bajaba con fuerza,haciendo un ruido fuerte con cada embestida de sus cuerpos húmedos. Cuando élestaba al límite de la resistencia, escuchó a su colega comenzar a gemirsuavemente, como alguien que está llorando y luego de una manera más áspera yronca. Fue un orgasmo largo y tembloroso, que terminó lentamente hasta que sedetuvo por completo, con un jadeo... Ella se quedó sobre él por unos momentos yluego dijo: “Por el orgasmo que me diste, recibirás un pequeño regalo”.

Ella sacó la verga de su vagina y se sentó sobre él, impidiendo que lapenetrara. Pero la sensación era tan traviesa, tan excitante, que ni siquieraera necesario que él hiciera algo descabellado. La punta roja de su vergarozaba la entrada, amenazando, presionando, mientras él no soportaba la agoníade tener que aguantar más. Era el tipo de tortura que le producía una enormesatisfacción y lo miraba con la expresión de quien dominaba el momento. Cuandoél la agarró de nuevo por la cintura y la amenazó más seriamente con la penetraciónanal, ella lo detuvo: “Tranquilo, tranquilo... hoy no... tenemos que irnos...”. Pero él no la escuchó y lo único quetuvo que hacer fue empujar la punta de su verga de un solo movimiento, que yaestaba parcialmente sumergido entre los pliegues resistentes que aún no cedían,pero al final lo hicieron. Además de ser talentosa con la boca, Simone tambiénsabía jugar bien al juego de resistir y luego rendirse sin protestar. Luis eyaculócomo no lo había hecho en mucho tiempo, bombeando con todas sus fuerzas,incluso desde abajo hacia arriba, sintiendo los chorros calientes invadiendotodo el interior de su pareja. Ella, a su vez, hizo movimientos con la cinturacomo si estuviera extrayendo todo lo que tenía que sacar, y cuando él se quedóen silencio, se bajó de su regazo y se arrodilló frente a él de nuevo. Para susorpresa, él todavía tenía una carga reprimida que explotó al primer contactode su lengua con la cabeza de su verga, que aún palpitaba. Cuando salieron delbaño, uno por uno, se encontraron con media docena de colegas tan borrachos queni siquiera tuvieron que dar ninguna explicación, porque nadie recordaría nada.

FIN

Luis no fue la excepción. Al igual que todos los demás hombres deldepartamento, tampoco perdió la oportunidad de admirar las hermosas piernas deSimone en sus minifaldas espectacularmente cortas.
La diferencia radicaba en que él nunca pasó de ese punto. No hizocomentarios vulgares ni forzó la situación.
Por lo general, todo lo que hacía era quedarse en su lugar cuando ellallegó, más bien que estar detrás de ella como todos los demás. Después de todo,¿qué daño podía tener admirarla?
No era el más alto, ni el más fuerte, ni el que mejor ganaba, nisiquiera el más agraciado. Sin embargo, poseía una cualidad excepcional: sabíausar las palabras y era capaz de expresar sus ideas más atrevidas e insinuarsede una manera que le granjeaba una sonrisa amistosa, en lugar de una cachetadao un "andate a la mierda", como invariablemente le sucedía con suscompañeros. Así, él y Simone se hicieron amigos íntimos, a pesar de estar amboscomprometidos.

Simone no era una santa ingenua, ni mucho menos. Simplemente no le importabatener una conversación fácil, aunque sus faldas cortas hicieran pensar a muchoshombres lo contrario. Para ellos, el hecho de que una mujer usara ropa cortasignificaba automáticamente que caería rendida ante la primera vulgaridad quese le presentara, y hablando de vulgaridades, la mayoría eran maestros en ello.Luis, en cambio, sabía ser discreto en público y extremadamente explícito enprivado. Cuando Simone le dijo una vez que exageraba todo el tiempo al decirlelo atractiva y deseable que era, él no se mostró tímido. En lugar de insistircon los halagos, simplemente miró por el pasillo para ver si no había nadiealrededor y se apoyó en su escritorio para cubrirse de alguna mirada curiosaque pasara por allí; en ese momento le mostró el bulto que se formaba en suspantalones. Como si no fuera suficiente para que ella permaneciera incrédula,sin decir nada ni mostrar reacción alguna, además de quedarse estática ante lainesperada actitud de su colega, él reforzó aún más su argumento, agarrando sumiembro erecto por encima de los pantalones y disipando cualquier duda, si esque aún le quedaba alguna. “Para alguien de tu tamaño y tu físico, diría quetienes algo grande en los pantalones”, bromeó ella. “Ah, no seas así. Te voy aenseñar”, respondió él.

Luis la tomó del brazo y la sacó de la oficina. “Vení conmigo”. “¿Adóndevamos? ¿Estás bromeando?”. “Solo seguime, ya vas a ver”. Se dirigieron a lasescaleras y bajaron unos pisos, nerviosos y excitados. Cualquiera que pasaraseguramente los saludaría sin darse cuenta de ninguna intención oculta. Sedetuvo entre el quinto y el sexto piso y simplemente dijo: "Bueno, acáestá bien". “¿Bien para qué?”. “Este es el lugar donde hay menosmovimiento, cerca del archivo muerto. Casi nadie pasa por acá”. “Lo sé, pero¿por qué estamos acá?”. “Para esto, mirá”. Tomó su mano y la guió hacia suerección. Estaba caliente, palpitante y sobresalía, incluso debajo de susgruesos vaqueros. Simone no ofreció resistencia. No fue intencional, pero tampocoretrocedió. Apretó su mano, con placer, con voluntad, con afecto, pero al mismotiempo con firmeza. Cuando dijo "Guau, no estabas bromeando", Luis yatenía sus manos sobre sus maravillosas tetas. Eran de tamaño mediano a grande,y espectacularmente bien definidas y firmes. Un volumen que le hacía salivar almás mínimo contacto. No se miraron a los ojos. Se concentraron en los puntos decontacto, como si sus manos por sí solas no fueran suficientes para hacerlessentir el momento. Necesitaban sujetarse y mirarse al mismo tiempo.

Tras unos minutos de caricias mutuas, decidió dar un paso más audaz.Le levantó la camisa y, tras quitarle el corpiño, empezó a succionar sus durospezones con voracidad y delicadeza a la vez. A pesar de la intensidad, era elprimer contacto entre ambos y sabía que lo mejor en estas situaciones eraempezar poco a poco y prestar atención a las reacciones de su pareja. Aunquesuccionaba con relativa fuerza, en lugar de pedir calma, Simone simplementedijo: «Más fuerte... me gusta cuando me chupan más fuerte». Mientras decía eso,jugueteaba con el pezón libre con una mano y le acariciaba el pelo con la otra.De esa forma, podía controlar la intensidad del contacto. Si succionaba con unpoco más de fuerza de la deseada, ella le tiraba del pelo... cuando, por elcontrario, se demoraba demasiado en una succión más suave, ella lo acercaba,dando a entender que lo quería más fuerte. Mientras succionaba esosmaravillosos pechos, Luis se tocaba la verga con una mano y apretaba una tetacon la otra. La excitación se renovaba de vez en cuando; él casi la hundíacontra la pared, empujándola, tocándola, succionándola con toda intensidad.Soltó su miembro y comenzó a acariciar la parte interna de sus muslos, con lasyemas de los dedos recorriendo sus muslos bien formados y gruesos, hasta que selevantó y llegó al punto de sentir el calor que emanaba de la concha de Simone,quien, a pesar de todo el placer que sentía, le impedía continuar. “Esperá. Esono”. Mientras ella sostenía su mano suspendida en el aire, oyeron pasos en lasescaleras y el sonido de una puerta abriéndose.

Una semana después, la empresa se reunió para la fiesta deconfraternización y Luis sonrió en un rincón al recordar el susto que sellevaron en las escaleras. Por suerte, no los atraparon en el acto, ya que lapersona que abrió la puerta del último piso tenía demasiada prisa y pasó delargo. Le bastó con que mirara unos metros hacia abajo y los viera a ambos enplena acción. Fue aterrador ver que, incluso con los oídos alerta, ni él niSimone se percataron del peligro que les esperaba hasta que fue demasiadotarde. Tuvieron mucha suerte. La semana transcurrió con normalidad. Actuaroncon discreción y el susto no les animó a intentarlo de nuevo. Pero Simone habíaprometido ir a la fiesta y habían pasado tres horas desde que todo empezó y nohabía ni rastro de ella. ¿Alguien la había visto? En la empresa abundaban laspersonas entrometidas en la vida de los demás y la tardanza de Simone empezabaa preocupar.

Cuando apareció en medio de la fiesta vestida de Mamá Noel, haciendosonreír a todos, la sonrisa más grande fue la de Luis. Sintió alivio yadmiración al mismo tiempo. Los demás hombres presentes ya la rodeaban como decostumbre, aunque algunas esposas y novias estaban presentes, la bebida aumentóla libido. Y realmente, esos maravillosos muslos eran aún más atractivos cuandoella los cubrió mínimamente con ese vestidito rojo y blanco.
Cuando una de las chicas desagradables de la oficina dijo con ironíaque el vestido era demasiado corto, uno de los borrachos devolvió elcomentario: -“Está bien así. Apuesto a que te imaginaste vestida así”. Todosrieron, las mujeres con menos entusiasmo, claro. Luis no lo sabía, pero esafantasía de la señora Noel había sido una broma con la gerencia deldepartamento para que repartiera algunos regalos entre los empleados. La fiestacontinuó, pero Luis y Simone evitaron el contacto, por si acaso.
Estaba esperando una oportunidad para hablar con ella al final de lafiesta, para que pudieran tomarse un momento a solas.

Era tarde cuando Simone volvió a marcharse, pero Luis ya no estaba tanansioso como antes. La mayoría hablaba en voz alta para intentar distinguirsede la música a todo volumen. A nadie se le ocurrió que sería más coherentebajar el volumen, así que el ruido continuó. En un momento dado, cuando leentró la inevitable necesidad de ir al baño, Luis se sintió incómodo en lacola. Parecía que alguien se había quedado atrapado dentro del baño y no habíanadie que pudiera sacarlo. Entonces se acordó del baño privado. Para susorpresa, al abrir la puerta, encontró a Simone cambiándose de ropa, en unaposición que ya había deseado varias veces en sus fantasías. Quizás por labebida o quizás por la excitación, simplemente se había olvidado de cerrar lapuerta del baño y ahora solo llevaba una bombacha ante la mirada admirada de sucompañero. Dudó unos segundos mientras a pocos metros la gente cantaba, bailabay se emborrachaba aún más. Tenía que tomar una decisión inmediatamente. Esapuerta no podía permanecer abierta mucho tiempo. Entonces...

La cerró, pero desde adentro. Tanto él como Simone estaban algoebrios, pero ella aún tenía la lucidez suficiente para decir que no podía serahí. Por suerte, ya habían escapado por las escaleras, pero ahora, allí, contodos a pocos metros del otro lado de la puerta, bastaba con que alguienquisiera usar el baño para armar un lío.
Y para colmo, las dos mujeres más chismosas de la oficina llevaban unrato hablando de ellos dos. Pero tuvo que poner fin a la conversación, ya queLuis estaba ya posicionado detrás de ella, de rodillas con la lengua enterradaen su concha, quien, aún nerviosa, no pudo ocultarle los signos de excitación,con su abundante lubricación. Simone ni siquiera se opuso a que Luis levantarala pierna para quitarle la bombacha, mientras intentaba explicarle que aquelloera una locura. Obviamente era una locura, pero de esas a las que no podésresistirte. De esas contra las que ningún sentido común puede luchar, de esasen las que lo único que podés hacer es abrir las piernas y dejar que suceda,esperando que todo acabe bien. Sintió sus manos firmes y cálidas abriendo suscaderas para facilitar la entrada de su lengua húmeda, que en ese momento ya nose limitaba solo a su concha. Deslizaba la lengua arriba y abajo, lamiendo todolo que tenía delante.

En lugar de intentar frenar esa locura, Simone decidió dejarse llevarpor el entusiasmo de su colega y, tras unos minutos de placer, le devolvió laamabilidad arrodillándose frente a él y dándole una de las mamadas másmemorables y perfectas que Luis jamás había recibido. Tenía el toque de loinesperado y el peligro por la decena de personas que se encontraban cerca,pero la verdad era que Simone era una verdadera experta con la boca. Subía ybajaba lentamente y luego con más fuerza. Después soltó la punta de la verga yle masajeó los testículos pasando la lengua por debajo, erizando incluso lospelos que no tenía. Era magistral, encantadora e impresionante. Luego la volvíaa tragar hasta el final, casi toda dentro de su garganta, pero esos pocoscentímetros que quedaban fuera le producían un doble placer, porque al mismotiempo le daban la sensación de ser demasiado grande para ella, y aún tenía laventaja de poder empujar un poco más, sujetándola por la cabeza, como legustaba hacerlo. Cuando empezó a desvestirse para disfrutar del momento en todasu intensidad, Simone lo interrumpió diciendo: “No, no te desvistas. Sinecesitamos explicar algo, será más difícil con los dos desnudos”. Pensó que,de ser así, no habría excusa para explicar que los dos estuvieran en un baño,incluso si uno de ellos estuviera vestido. Aun así, accedió. No era momentopara discutir. Lo único que quería era meterse en esa deliciosa mujer que lechupaba la verga con gran habilidad

Luis se sentó en el inodoro y la sentó sobre él, realizando toda laacción con sus manos ansiosas y firmes. Era una sensación extraña, uno desnudoy el otro vestido. Pero eso era solo un detalle más en esa situación inusual.Ahogada por el volumen de la música exterior, ella dejó escapar un largo y prolongadogemido mientras su dura y caliente verga invadía su ansiosa vagina y ellaestaba lista para recibirla. Hubo una sensación muy especial en esa primerapenetración y ambos la disfrutaron de una manera única. Él la deslizólentamente, suavemente, sin querer llegar al fondo de inmediato, prolongándolaal máximo y absorbiéndola con todos los sentidos. La tomó con fuerza, la tocó,exploró cada centímetro de esos muslos duros y gruesos sobre su regazo, deslizósu mano por su espalda y terminó en ese culo hecho a medida para su apetito. Enese momento se dio cuenta de que estaba penetrando a una de las mujeres másdeseadas de la empresa y eso solo le dio una satisfacción machista y egoísta.Cuando finalmente se sentó sobre él, sus tetas quedaron a la altura de surostro y Luis volvió al punto donde se había detenido en las escaleras,succionando con la misma intensidad de antes, pero con el doble de placer quela penetración. La sujetó por la cintura con ambas manos y la hizo subir ybajar lentamente, como si fuera un instrumento hecho a medida para complacerlo.Una vez más, cuando creía tener el control de la situación, Simone lo agarródel cabello y comenzó a dominar la intensidad de todo, subiendo y bajando a suantojo, a un ritmo que estaba literalmente por encima de la situación. Solopodía concentrarse en no eyacular antes de tiempo, pero se le hacía cada vezmás difícil, porque cuanto más intentaba contenerse, más deseaba su pareja unaintensidad frenética.

Justo cuando estaba a punto de llegar al clímax, un fuerte golpe en lapuerta los dejó en silencio por un instante. Al otro lado, una voz preguntóquién estaba encerrado dentro. Conteniendo la respiración, se miraron,intentando adivinar alguna solución a aquella emergencia. Luis no pudo conteneruna sonrisa nerviosa y burlona, típica de quienes se enfrentan a una causaperdida.
Simone se estaba levantando rápidamente cuando él la interrumpió y ledijo en voz alta a quien estuviera al otro lado de la puerta: “Busquen otrobaño. Me sentí mal y vomité por todas partes”. Entonces reconoció la voz de unade las chismosas al otro lado la puerta. “Oh, carajo. ¿Acá también? ¡¿Como sivomitar en el otro baño no fuera suficiente?!”. Entonces la voz se fue alejandomientras susurraba algo incomprensible.

Los dos se miraron aliviados y en silencio. Como si no creyeran en lafacilidad con la que habían salido de una situación potencialmente desastrosa.En lugar de enfriar el ambiente, el episodio pareció encender aún más fuego enambos y se aferraron con fuerza el uno al otro. Ella le rodeó el cuello conambas manos y dijo con la mirada de alguien que no pregunta: “Esperá un poco, quierollegar”. Él no dijo nada, solo asintió y luego vio a su colega montarlo con unafacilidad que haría que las prostitutas más experimentadas sintieran envidia.Usando el cuello de su pareja como ancla, ella subía y bajaba con fuerza,haciendo un ruido fuerte con cada embestida de sus cuerpos húmedos. Cuando élestaba al límite de la resistencia, escuchó a su colega comenzar a gemirsuavemente, como alguien que está llorando y luego de una manera más áspera yronca. Fue un orgasmo largo y tembloroso, que terminó lentamente hasta que sedetuvo por completo, con un jadeo... Ella se quedó sobre él por unos momentos yluego dijo: “Por el orgasmo que me diste, recibirás un pequeño regalo”.

Ella sacó la verga de su vagina y se sentó sobre él, impidiendo que lapenetrara. Pero la sensación era tan traviesa, tan excitante, que ni siquieraera necesario que él hiciera algo descabellado. La punta roja de su vergarozaba la entrada, amenazando, presionando, mientras él no soportaba la agoníade tener que aguantar más. Era el tipo de tortura que le producía una enormesatisfacción y lo miraba con la expresión de quien dominaba el momento. Cuandoél la agarró de nuevo por la cintura y la amenazó más seriamente con la penetraciónanal, ella lo detuvo: “Tranquilo, tranquilo... hoy no... tenemos que irnos...”. Pero él no la escuchó y lo único quetuvo que hacer fue empujar la punta de su verga de un solo movimiento, que yaestaba parcialmente sumergido entre los pliegues resistentes que aún no cedían,pero al final lo hicieron. Además de ser talentosa con la boca, Simone tambiénsabía jugar bien al juego de resistir y luego rendirse sin protestar. Luis eyaculócomo no lo había hecho en mucho tiempo, bombeando con todas sus fuerzas,incluso desde abajo hacia arriba, sintiendo los chorros calientes invadiendotodo el interior de su pareja. Ella, a su vez, hizo movimientos con la cinturacomo si estuviera extrayendo todo lo que tenía que sacar, y cuando él se quedóen silencio, se bajó de su regazo y se arrodilló frente a él de nuevo. Para susorpresa, él todavía tenía una carga reprimida que explotó al primer contactode su lengua con la cabeza de su verga, que aún palpitaba. Cuando salieron delbaño, uno por uno, se encontraron con media docena de colegas tan borrachos queni siquiera tuvieron que dar ninguna explicación, porque nadie recordaría nada.

FIN
0 comentarios - Compañerismo