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El viaje soñado

Geraldine y Pablo habían planeado ese viaje durante meses. Ella, una mujer de 39 años, morocha, alta, con tetas enormes y paradas, y unas curvas infernales, siempre festejaba su cumpleaños en la playa. Él, un tipo delgado y atlético con cuerpo de gimnasio, compartía con ella las ganas de vivir al límite: diez días de puro alcohol, sol y sexo en un resort all inclusive solo para adultos en el norte de Brasil. Iban con la mente abierta y receptivos a todo: solos, con otra mujer, con un hombre o en pareja.
El lugar era un paraíso tropical que superaba lo que esperaban. El calor aplastante pedía tragos helados sin parar y el ambiente respiraba una calentura evidente: miradas cruzadas, poca ropa y saludos sugerentes en varios idiomas.
Para la primera tarde en las piletas, Geraldine se puso una bikini diminuta con los colores de la bandera argentina. La tanga era tan chica que le tapaba apenas lo justo y le dejaba el culo prácticamente al aire. Se tiró en una reposera a tomar algo y las miradas de todos se le clavaron encima. Pablo, con la pija medio dura de ver cómo la miraban, disfrutaba el espectáculo.
Al volver a la habitación, el alcohol y la provocación del día explotaron. Apenas cerraron la puerta, Geraldine le agarró la cabeza y le encajó un beso furioso en la boca. Empezaron a manosearse con desesperación. Pablo le metió los dedos en la concha y notó que estaba chorreando baba, más empapada que nunca.
—Cogeme por la cola, dale, metémela por el culo —le suplicó ella, descontrolada.
Pablo la puso de pie contra el espejo de la habitación, le abrió las nalgas y le clavó la pija dura en el ano. Geraldine soltó un gemido sordo mientras él la taladraba por la cola y con la otra mano le sobaba el clítoris bañado en su propio flujo. Siguieron dándose con ganas hasta que Pablo terminó adentro de su culo y ella acabó temblando.
Al salir del trance, Geraldine se acomodó la tanga, lo miró y le dijo entre risas antes de meterse a la ducha:
—Hay que ir preparándolo por las dudas, mira si sale algo...
Los días pasaron entre alcohol, poca ropa y una calentura constante en el aire. A la mitad de la estadía, durante el desayuno, se sentó al lado una pareja recién llegada.
Eran Francesco —un italiano alto, marcado a puro gimnasio— y Giulia, una morocha delgada, de altura normal, con dos tetas paradas descomunales, cintura chica y un culo prominente. Francesco tiró un "buen día" atravesado entre español e italiano, y Giulia saludó con una sonrisa desde su silla.
A Geraldine se le encendieron los ojos y se le mojó la concha en ese preciso momento. El acento italiano y el porte de Francesco eran su debilidad, y Pablo lo sabía perfectamente.
Esa noche la temática del hotel era vestirse de blanco. Geraldine se puso un catsuit pegado al cuerpo que parecía pintado y un escote brutal que le dejaba media teta afuera. Pablo fue todo de blanco. Al ir al restaurante se cruzaron de nuevo con los italianos: Giulia llevaba un vestido transparente tan corto que le mostraba las nalgas al caminar, y Francesco iba con la camisa desabrochada al ombligo haciendo alardes los pectorales.
Se saludaron con besos efusivos rozando los labios. Como no había lugar, los invitaron a cenar en la misma mesa.
La cena fue una bomba de tiempo: tragos, indirectas otras mas directas y roces por debajo de la mesa. En un momento, Pablo vio que Francesco tenía la mano metida en el muslo de Geraldine, rozándole la entrepierna. Geraldine no solo no la sacó, sino que los pezones se le marcaron como dos botones a través de la tela blanca.
Giulia, notando la tensión sexual, levantó la copa proponiendo un brindis entre los cuatro: diciendo
—Nosotros estamos en la suite... ¿Por qué no nos vamos para allá a coger más tranquilos?
Fueron caminando abrazados, manoseándose sin disimulo. Geraldine y Pablo iban unos pasos adelante; al llegar a la puerta, Geraldine se dio vuelta y vio a Francesco estaba besándole las tetas a Giulia, a quien le había tirado el vestido abajo y la tenía apretada contra la pared. Geraldine se mordió los labios del morbo. Pablo le metió la mano en la conchita por arriba del catsuit y sintió la tela empapada por el flujo caliente.
—No doy más de la calentura, me chorrea la conchita —le susurró ella a Pablo mientras le agarraba la pija de piedra por arriba del pantalón.
Una vez dentro de la suit, que realmente era muy grande tenía un especie de living con sillones mesas y sillas previo a la habitación
Nos quedamos en el living tomando unos tragos y cada hombre tenia abrazada a su pareja
La atmosfra era puro fuego. De repente, De la nada Francesco y Giulia empezaron a besarse frente a Geraldine y Pablo de una forma mucho más fogosa, ya él le recorría con la lengua por el cuello de Giulia. Geraldine y Pablo miraban a poco más de 2 metros de distancia semejante espectáculo. Francesco le sacaba las tetas del vestido y apretaba y besaba como un desesperado, le subió el vestido a Giulia, le bajó la tanga y le empezó a chupar la concha y las nalgas mientras ella gemía como una perra en celos.
Pablo no se quedó atrás: le arrancó el enterito a Geraldine, dejándola en una tanga diminuta, y empezó a chuparle todo el cuerpo hasta dejarla desnuda. La lujuria era total.
Francesco se apoyó contra la mesa y Giulia se arrodilló a tragarle la pija dura, escupiéndosela y pajeándosela salvajemente. A dos metros, Geraldine se puso en cuatro sobre una silla con las piernas abiertas mientras Pablo le metía la lengua bien adentro de la cola y la concha. Las miradas entre Geraldine y Francesco echaban chispas.
Cambiaron de posición: ahora Francesco estaba tirado sobre la mesa chupándole la concha a Giulia. Geraldine se refregaba contra la pija de Pablo y se la metía hasta la garganta sin sacarle los ojos de encima al italiano.
Francesco agarró a Giulia de las piernas y se la empezó a coger con bronca sobre la mesa. Ella gritaba barbaridades en italiano. Justo abajo, Geraldine estaba arrodillada y Pablo la penetraba por atrás a puro golpe de pelvis.
Geraldine estaba tan pegada a la mesa que Francesco bajó la mano, le agarró la cara y le metió un dedo lleno del jugo de Giulia en la boca. Geraldine empezó a chupárselo como si fuera una pija. Pablo y Francesco se miraron, asintieron y habilitaron el cambio.
Francesco sacó la pija de Giulia, se la puso en la cara a Geraldine y ella se la metió entera en la boca, saboreando el gusto de la concha de la otra. Mientras tanto, Pablo se subió a la mesa, le abrió las piernas a Giulia y le metió la lengua en la vagina y en el culo al mismo tiempo.
—Vamos a la cama, vamos a estar más cómodos —pidió Giulia.
Geraldine y Francesco caminaron entrelazando sus lenguas hacia la habitación principal. Giulia y Pablo los esperaban en la cama en una posición de 69. Luego, Giulia se montó sobre Pablo para cabalgarlo lentamente mientras él le sujetaba los pechos. En la punta de la cama, Geraldine se colocó de espaldas con las piernas abiertas y Francesco la penetró de manera profunda y constante, respondiendo a cada gemido y exigencia de ella.
Poco después, las dos mujeres quedaron acostadas juntas en la cama mientras los hombres las penetraban con ritmo acelerado. Entre besos, Geraldine y Giulia se acariciaban.
Geraldine, fuera de sí por la excitación, quiso cumplir su fantasía de que dos hombres se la cojan a la vez.
—Quiero las dos pijas adentro mío, dámela por a mi culo le dijo a Francesco y que Pablo me meta la suya en la concha —pidió Geraldine.
Se pusieron de acuerdo, pero arreglaron que después lo hacían con Giulia. Geraldine se puso en cucharita: Francesco le abrió las nalgas y le mandó la pija de lleno en el culo, que ya estaba lubricado por sus jugos. Pablo se puso de frente y le atravesó la concha. Tenía dos pijas adentro moviéndose al mismo tiempo. Pablo la besaba mientras coordinaba el ritmo con Francesco. Geraldine insultaba, pedía que la revienten y que le rompan la cola sin asco, hasta que tuvo un orgasmo violento que le hizo temblar todo el cuerpo.
Giulia, que miraba pegada refregándose el clítoris, exigió su turno:
—Ahora me toca a mí, quiero sentir lo mismo.
Francesco se acostó boca arriba y Giulia se le tiró encima, metiéndose su pija en la concha hasta el fondo. Pablo se puso atrás, listo para metérsela en el culo, pero Giulia lo miró de reojo y le ordenó:
—No, quiero las dos pijas juntas porla conchita. Entren los dos a mi concha, rómpanme la concha.
Pablo acomodó su pija al lado de la de Francesco en la entrada de la concha de Giulia. Hizo fuerza y, gracias a la cantidad de flujo y la abertura de la misma, las dos pijas entraron juntas. Giulia pegó un alarido de placer tremendo. Empezaron a bombearle la concha a mas no poder. Geraldine, arrodillada al lado, no paraba de pajearse mientras le besaba la boca a Pablo.
Sintiendo el final cerca, Pablo avisó que estaba por acabar. Retiró su pija rápidamente y Geraldine se abalanzó para tomarla con la boca, tragándose la leche caliente y espesa que escupia la pija. Francesco, al borde del orgasmo, comenzó a sufrir espasmos; Geraldine notó el movimiento, rapidamente lo sacó del interior de Giulia con su mano y comenzó a chuparlo con desesperación hasta recibir también el semen del italiano.
Para cuando la maratón sexual terminó, las seis de la mañana marcaban el reloj. Exhaustos, los cuatro se quedaron dormidos cruzados en la misma cama. Horas más tarde, con los primeros rayos del sol, Geraldine y Pablo se vistieron en silencio y abandonaron la habitación sin hacer ruido.

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