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Me atraparon masturbandome Parte 6

Me atraparon masturbandome Parte 6
Tres días después. Era jueves por la noche, la oficina ya estaba muerta, solo el eco de mis tacones en el pasillo vacío. Me había pasado esos días pensando en ella, en la bronca, en cómo me había dejado humillada la última vez. Pero la bronca se mezclaba con otra cosa que no quería nombrar. Algo caliente, sucio, que me hacía apretar las piernas cada vez que recordaba su voz diciendo “concheta”.
Me quedé hasta tarde otra vez. Vestido blanco corto, ajustado, de esos que se pegan al cuerpo cuando sudás. Tacones altos, tanga roja de encaje, la misma que había usado la primera vez. Entré al baño del fondo, cerré con llave —sabía que no servía de nada—, me subí el vestido hasta la cintura, me bajé la tanga hasta los tobillos y me apoyé contra la pared fría.
Empecé despacio. Dos dedos adentro, la palma frotando el clítoris en círculos rápidos. Estaba tan cargada de todo —rabia, deseo, vergüenza— que me mojé en segundos. Gemí bajito, cerré los ojos, me dejé llevar. Iba a acabar fuerte, lo sentía venir como un tren.
Y entonces la puerta se abrió. Sin ruido, sin aviso. Ella entró con el celular en la mano, ya grabando. La luz del flash me pegó en la cara. No pude parar. Mis dedos seguían moviéndose, el cuerpo ya no me obedecía.
—Seguí, reina —dijo con voz calma, casi dulce—. No pares ahora. Quiero ver cómo se corre la concheta fina delante de la cámara.
Intenté sacar los dedos, taparme, pero el orgasmo ya estaba ahí. Me atravesó entero. Gemí fuerte, como una puta, sin control. La concha se contrajo alrededor de mis dedos, el líquido me chorreó por la mano, por los muslos, cayó al piso en charquitos claros que se extendieron por los azulejos. Mojé todo. El vestido blanco se manchó en la parte de abajo. Temblé, jadeé, me quedé apoyada en la pared con las piernas flojas.
Ella siguió grabando. No dijo nada más hasta que terminé de correrme. Bajó el celular un poco, pero no lo apagó.
—Qué lindo video, Lu —dijo, lenta—. Se ve todo: la cara de zorra, los gemidos, cómo te chorrea la concha como si nunca hubieras acabado antes. Y el piso… mirá cómo dejaste mi baño. Qué desastre. Qué puta.
Me quedé helada. El corazón me latía en la garganta.
—Borrá eso —le dije, voz ronca, temblando—. Borrá eso ahora mismo.
Ella sonrió chueca.
—¿Borrar? Ni en pedo. Esto me sirve. Si no querés que lo mande a tu grupo de WhatsApp de amigas chetas, o que aparezca en algún mail anónimo en la oficina, o que lo vea tu jefe… vas a hacer lo que yo diga. A partir de ahora sos mía, concheta. Mi esclavita personal.
No pude contestar. La bronca, la vergüenza, el miedo… todo mezclado. Me quedé parada ahí, con el vestido subido, la tanga en los tobillos, el piso mojado con mis jugos, y ella mirándome como si ya me tuviera comprada.
Se acercó. Guardó el celular en el bolsillo del uniforme. Me miró fijo.
—Arrodillate.
Lo hice. Las rodillas en el piso frío y húmedo. El olor a mi propia excitación subiendo.
Me levantó la cara con dos dedos bajo la barbilla.
—Abrí las piernas.
Abrí.
Metió dos dedos en mi concha de una sola vez. Entraron fácil, resbaladizos. Los movió adentro, lento, profundo, mientras me miraba a los ojos.
—Mirá cómo te abro, reina. Tan fácil. Tan mojada todavía.
Después se inclinó y me escupió directo en la concha. Un escupitajo caliente que cayó justo en el clítoris. Me estremecí. Siguió moviendo los dedos, más fuerte.
Abrió la boca y me escupió en la cara. En la boca. El saliva me cayó en los labios, en la lengua. Tragué por reflejo.
—Abrí más —ordenó.
Abrí la boca. Me metió mi propia tanga roja adentro, toda arrugada y húmeda. La tela se pegó al paladar, sabía a mí, a mis jugos, a la humillación.
—Quedate así un rato, esclava. Mordé tu tanguita mientras pensás en lo que sos ahora. Una puta de oficina que se moja con que la graben y la humillen.
Se quedó mirándome un rato largo. Los dedos todavía adentro, moviéndose despacio. Yo arrodillada, con la tanga en la boca, la concha abierta, el piso mojado.
Después sacó los dedos, los limpió en mi mejilla y se fue sin decir más. Cerró la puerta.
Me quedé ahí un buen rato. Arrodillada, temblando, con la tanga en la boca, el sabor amargo y salado en la lengua, el cuerpo todavía caliente.
Cuando por fin me saqué la tanga y me levanté, me miré en el espejo: pelo revuelto, maquillaje corrido, vestido manchado, piernas temblando.
No lloré.
Pero la bronca ya no era solo bronca.
Era algo más oscuro.
Y supe que esto recién empezaba.
Porque ahora no solo quería vengarme.
Quería que me siga usando.
Y odiaba que me gustara.

3 comentarios - Me atraparon masturbandome Parte 6

Negr9
Wow......me calentaste con los relatos
koopa2025
uff lpm ese 6to me puso re al palo, y si le hacia falta ya algo. buenisimo. me entro unas ganas de pajearme, pero estoy en el laburo jaja. 🙌🔥🥵