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Me atraparon masturbandome Parte 8 FINAL

Pasaron tres días más. Tres días en los que apenas dormí, en los que cada vez que cerraba los ojos veía el flash del celular, sentía el plug en el culo, el sabor de su saliva en la boca. Me repetía que podía renunciar, que podía borrar todo y desaparecer. Pero el miedo al video me tenía atada. Y algo peor: una parte enferma de mí necesitaba volver. Necesitaba que terminara, aunque fuera de la peor manera.
Llegué el miércoles a las 8 pm. Oficina vacía. Vestido rojo otra vez, el mismo de la primera vez, como si fuera un chiste cruel del destino. Tacones altos, tanga negra mínima, sin sostén. Entré al baño del fondo. Ella ya estaba ahí, sentada en el borde del lavabo, con el celular en la mano y una sonrisa que me heló la sangre.
—Desnudate completa, concheta. Todo. Ahora.
Me temblaron las manos. Me bajé el cierre del vestido despacio. Cayó al piso. Me saqué los tacones. La tanga. Quedé desnuda, solo con las medias 7/8 negras. Intenté taparme con los brazos.
—No te tapes. Manos atrás de la espalda. Piernas abiertas.
Obedecí. Me quedé expuesta, la concha y el ano al aire, el cuerpo temblando bajo la luz fría del baño.
Se levantó. Caminó alrededor mío como si me inspeccionara. Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás.
—Hoy vas a sufrir de verdad, puta. Voy a llevarte al límite. Y vas a rogar que pare, pero no voy a parar.
Me empujó contra la pared, cara contra los azulejos. Me abrió las piernas de una patada suave pero firme. Sentí sus dedos en mi concha: tres de una. Entraron sin aviso, duros, profundos. Grité. Dolor y placer mezclados. Los movió rápido, como si quisiera romperme por dentro.
—Mirá cómo se abre esta concha de zorra. Tan usada ya. Tan floja.
Metió un cuarto dedo. Sentí que me partía. Lágrimas me corrieron por la cara. Me quejé, gemí, supliqué bajito.
—Para… por favor… duele…
—No para. Vas a aguantar.
Sacó los dedos. Los tenía empapados. Me los limpió en la cara, me los metió en la boca. Saboreé mi propia concha, salado, fuerte. Después agarró el plug más grande que había usado antes. El negro grueso. Lo untó con saliva y lo empujó en mi ano sin preparación. Grité fuerte. El ano se abrió al límite, ardía como fuego. Lo metió hasta la base de un empujón. Sentí que me desgarraba.
—Ahora el otro agujero.
Sacó un dildo enorme de la bolsa. Más grueso que mi muñeca. Lo apoyó en mi concha y empujó. Entró despacio al principio, pero ella no tuvo paciencia. Empujó fuerte. Grité como nunca. Me llenó entera, los dos agujeros al límite, estirados al máximo. Dolor puro. Lágrimas corrían sin control. El cuerpo me temblaba entero.
—Movete, puta. Follate con ellos.
Intenté mover las caderas. Cada movimiento era tortura. El dildo en la concha rozaba el plug en el ano a través de la pared delgada. Me dolía todo. Gemía de dolor, no de placer.
Entonces empezó a pegarme.
Primero cachetadas en la cara. Fuertes. La mejilla me ardía. Después en las tetas. Golpes abiertos que dejaban marcas rojas. Después en la concha. Palmadas secas, directas en el clítoris hinchado. Cada golpe me hacía saltar, gritar contra los azulejos.
—Esto es lo que sos: una puta sucia que se deja golpear porque no sirve para otra cosa.
Me dio una patada suave pero precisa en la concha. El dildo se movió adentro y grité más fuerte. Me caí de rodillas. Ella me levantó del pelo.
—Arrodillate y abrí la boca.
Abrí. Me metió los dedos sucios de mis jugos y saliva. Después me escupió en la boca, en la cara, en las tetas. Me pegó otra vez en la concha mientras yo estaba arrodillada. Dolor insoportable.
—Decime qué sos.
—Soy… tu puta sucia… —murmuré entre sollozos.
—Más fuerte.
—¡Soy tu puta sucia! ¡Una concheta rota que se deja humillar!
Me dejó ahí un rato largo. Los agujeros estirados al límite, el cuerpo marcado de cachetadas, la cara empapada de saliva y lágrimas, desnuda en el piso sucio.
Después se agachó a mi lado.
—Se acabó, Lu. Mañana renunciás. Escribís la carta y la mandás. Si no, el video sale a todos tus contactos. Y si intentás denunciarme… ya tengo copias en la nube. Con fecha, con todo. Te hundo.
Me miró fijo.
—Y vos sabés que no vas a denunciar. Porque en el fondo te gustó sufrir así. Te gustó ser mi basura.
Se levantó, agarró la bolsa y salió.
Me quedé tirada en el piso un buen rato. Desnuda, temblando, los juguetes todavía adentro, el cuerpo dolorido, la cara destruida.
Al día siguiente renuncié. Mandé el mail a recursos humanos desde mi casa. Carta corta: motivos personales. No di explicaciones.
Después le escribí a ella por WhatsApp, desde un número nuevo que había creado para no dejar rastro.
“Renuncié. Si compartís los videos, te denuncio por extorsión, acoso y abuso. Tengo testigos en la oficina que vieron cómo entrabas siempre al baño cuando yo estaba. No me jodas más.”
No respondió nunca.
Pero yo sabía que no iba a compartirlos. No porque le importara yo, sino porque ya había ganado. Me había roto. Me había hecho renunciar a mi trabajo, a mi orgullo, a todo.
Me quedé en casa una semana sin salir. Mirándome al espejo cada día, viendo las marcas que se borraban despacio, pero el dolor adentro no.
Y aunque odiaba admitirlo, a veces, en la oscuridad, la concha se me mojaba sola recordando todo.
Pero nunca volví a esa oficina.
Nunca más.
Fin.

3 comentarios - Me atraparon masturbandome Parte 8 FINAL

koopa2025
termino bien. y me sacaste leche con este relato concheta puta.
diegovamp
¿Sí ves? Por ser riquilla y arrogante.
De cualquier manera, buen relato.
Saludos.