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Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 3

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Capítulo 3 - Tetas para todos… y también para mí

Antes de esa tarde, María era simple. Después, dejó de serlo. Se duplicó en mi mente, y lo verdaderamente perturbador fue descubrir que ambas me llamaban con la misma fuerza.

Su lado tierno seguía ahí, intacto. Esa forma dulce de hablar, la mirada limpia, la sensación de cercanía genuina que transmitía sin esfuerzo. Era la María que conocí primero, la que parecía simple, casi frágil.

Pero al mismo tiempo estaba la otra. La mujer que Adrián me había revelado sin pudor. La versión más cruda, más expuesta, más consciente de su cuerpo y de lo que provocaba. Y contra toda lógica, esa imagen también me atraía.

Lo extraño era que no me incomodaba del todo saber que ya había hecho tantas cosas con él. Que existieran fotos, videos, recuerdos que no eran míos. Sabía que algo ahí estaba mal, que no debería sentirlo así… y aun así había una parte de mí que lo disfrutaba. Una curiosidad oscura, silenciosa, que no pedía permiso ni buscaba explicación.

Entre todos esos pensamientos terminé decidiendo escribirle. Tenía demasiadas cosas mezcladas en la cabeza: si María realmente me atraía, si lo que había visto de ella a través de Adrián me había despertado algo que no sabía cómo nombrar, si la forma en que él la mostraba como si fuera su juguete me había incomodado o, peor aún, me había provocado una excitación morbosa.

Pensé también en lo fácil que había sido para él enseñar ese contenido. En que no fui el único. En que incluso su primo había recibido esos videos, los mismos que yo había visto minutos antes. Y entonces la pregunta apareció sola, inevitable: ¿María sabrá que él hace eso? ¿Sabe hasta dónde llega todo lo que deja atrás?

No tenía respuestas. Solo una necesidad rara de acercarme a ella, de comprobar por mí mismo quién era en realidad. Así que, sin resolver nada, abrí el chat y escribí lo más simple que se me ocurrió:

Hola.

Me respondió casi de inmediato.
Hola, estaba esperando tu mensaje.

Le pregunté qué hacía y me dijo que nada, que estaba aburrida. Después, casi riéndose, añadió que si en la azotea de mi casa no había notado lo mucho que le gustaba hablar. Le respondí que sí, que me había dado cuenta.

Hubo un pequeño silencio y entonces escribió: ¿Quieres hablar?

Le dije que sí, sin pensarlo demasiado.

No pasó ni un segundo cuando el celular vibró de nuevo. Era una videollamada suya. Dudé antes de contestar, confundido, sin entender por qué había decidido llamarme así, de repente. Aun así, acepté.

Todos los pensamientos se me borraron apenas apareció en la pantalla. Estaba sentada, con una camisa blanca pegada al cuerpo, tan ajustada que se le marcaban los pezones. La imagen me dejó quieto por unos segundos, mirándola sin reaccionar, como si el tiempo se hubiera detenido.
Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 3


No dije nada.

Ella frunció un poco el ceño y sonrió, divertida.

—¿Hola? —dijo. ¿Se te fue la conexión?

Le respondí con un hola un poco nervioso y le pregunté cómo había estado su día. Ella empezó a hablar de inmediato, sin pausas, contándome todo: desde la hora en que se levantó hasta ese preciso momento. Hablaba con naturalidad, como si me conociera de siempre.

Yo asentía, soltaba algún “ajá” de vez en cuando, pero la verdad es que no le estaba prestando atención. Mi mirada se había quedado fija en la pantalla, atrapada en su pecho. Era como si mi mente intentara ir más allá de lo que se veía, completando lo que faltaba con pura imaginación. Y el hecho de ya saber por Adrián cómo era su cuerpo hacía que todo se sintiera distinto, más intenso, más real.

No era un recuerdo ni un video. Era ella, en vivo, hablándome como si nada, mientras yo luchaba por no perderme del todo en mis propios pensamientos.

Cuando por fin reaccioné y volví a la realidad, me di cuenta de que ya me había contado todo su día. No sabía qué responder. Así que lo primero que se me ocurrió fue decirle:

—Hoy estuve con Adrián… vino a visitarme con su primo.

—¿Ah, sí? —dijo—. ¿Y qué te dijo de mí?

—Pues…

empecé a responder, pero la palabra se me quedó colgada.

En mi cabeza se amontonó todo al mismo tiempo. Lo que había visto. Lo que había escuchado. Las risas, las miradas, la forma en que hablaron de ella como si ella fuese su actriz porno personal. Dudé. Pensé en mentir, en decir algo liviano, algo que no abriera nada. Pero también sentí cómo ese recuerdo me volvía a sacudir por dentro, como si me arrastrara otra vez fuera de la conversación.

Me quedé callado más de la cuenta, perdido en ese ruido interno, hasta que su voz me devolvió de golpe a la pantalla.

—Ajá… —dijo, alargando la palabra—. ¿Pues qué?

—Pues… —dije al fin—. Nada raro. Me dijo que eras buena gente, que hablabas bastante… lo normal.

Mientras lo decía, ni yo mismo me creí el tono tranquilo que intenté usar. Sonaba ensayado, como una frase aprendida a medias.

Ella me miró fijo a través de la pantalla. No frunció el ceño ni cambió el gesto, pero hubo un segundo de silencio que pesó más que cualquier pregunta.

—Ah… —respondió al final, alargando apenas la palabra—. Ya.

Sonrió después, como si hubiera decidido pasar la página sin leerla. No insistió, no pidió detalles, no me puso contra la pared. Simplemente siguió hablando de otra cosa, como si mi respuesta le hubiera bastado.

Pero yo supe que no.

En esa pausa breve entendí que había notado la mentira… y que, por alguna razón, había preferido ignorarla.

Notó mi silencio y levantó una ceja.
—Oye… —dijo. ¿Me estás mirando raro?

Hizo una pausa corta y añadió, casi riéndose:
—¿Siempre miras así cuando hablas con alguien?

Sentí el calor subirme de golpe. Bajé la mirada un segundo, como si eso sirviera de algo, y negué con la cabeza.

—No… es que —empecé, sin terminar la frase.

La conversación bajó de ritmo. Ella bostezó sin taparse la boca y sonrió, un poco avergonzada.

—Creo que tengo sueño —dijo. No sé si ya acostarme.

Dejó el celular apoyado y se recostó en la cama con total normalidad, como quien ya se está acomodando para dormir. En ese gesto simple, al estirarse y acomodar el cuerpo, la camisa se deslizó hacia arriba dejándome ver casi por completo sus tetas por un segundo. No fue algo forzado ni consciente, solo el resultado del movimiento.
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Me quedé inmóvil, sin reaccionar. Ella también se quedó quieta apenas un instante, como si se hubiera dado cuenta de lo mismo al ver mi cara en la pantalla.

Bajó la tela con un movimiento nervioso y soltó una risa corta, incómoda.

—Uy… —murmuró—. Perdón.

No supe qué decir. Ni siquiera estaba seguro de si tenía que decir algo. Solo sabía que ese segundo había cambiado la forma en que los dos estábamos ahí, mirándonos.

—Ay… qué vergüenza, me voy a cambiar —dijo, apartando el celular un momento.

Pensé que se había incomodado de verdad y casi me levanté de la silla para mirar a otro lado, tratando de no parecer demasiado atento. Mi corazón latía más rápido que nunca.

Cuando volvió, lo hizo con una mirada perversa. La cámara mostraba otra vez su pecho, pero ahora la camisa era de tirantes. Tenía un escote que dejaba ver gran parte de sus tetas; parecía que en cualquier momento se le iban a caer los tirantes y iba a quedar totalmente desnuda.
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Mi mente explotó. Todo lo que había sentido antes, lo que había visto accidentalmente, volvió multiplicado por la forma en que ella parecía jugar conmigo. No había vergüenza real en sus ojos; había control, provocación, y un mensaje silencioso que decía: “Sé que me estás mirando y no me importa”.

Me quedé quieto, hipnotizado, sin saber si debía mirar, apartar la vista o decir algo. Cada segundo que pasaba aumentaba la mezcla de excitación y desconcierto.

Ella, con una sonrisa ligera, dejó que el momento durara, hablando como si nada hubiera pasado, pero yo no podía dejar de notar cómo su movimiento había cambiado la percepción de la llamada. Lo accidental se había vuelto deliberado.

Con complicidad, ladeó la cabeza, sonriendo, como si hubiera notado mi torpeza.

—Te noto raro —dijo. ¿Siempre te pones así de callado cuando me miras?

Mi corazón dio un vuelco. No podía negar nada, pero tampoco sabía cómo reaccionar.

—Eh… no… es que —balbuceé, desviando la mirada un segundo de la pantalla—. Solo… escucho.

Ella soltó una pequeña risa, esa risa que parecía saberlo todo.

—Ajá… claro —dijo. ¿Escuchando o mirando?

Me quedé congelado. No había forma de mentirle. Cada palabra suya me hacía sentir más expuesto, más consciente de cómo la veía. Y, por supuesto, no podía apartar los ojos de su pecho, aunque intentara fingir normalidad.

Ella se acercó a la cámara, ajustándose la camisa con una mirada que se sentía intencionadamente sensual. Los tirantes cayeron ligeramente de sus hombros por un instante, como si estuviera a punto de descubrirse por completo y mostrarme sus tetas… pero no lo hizo. El gesto duró apenas un segundo, suficiente para que mi respiración se acelerara y mi mente se llenara de imágenes que no podía borrar.
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Justo cuando pensé que ya no podía sorprenderme más, ella se inclinó ligeramente hacia la cámara, su mirada fija en mí, y susurró:

—Sabes… me gusta cómo me miras.

Mi respiración se aceleró y mi mirada quedó fija en ella. Cada movimiento suyo, cada gesto frente a la cámara, me hacía sentir caliente de una manera que no podía controlar. Sus ojos brillaban mientras dejaba que la ropa se acomodara, insinuando sin decir nada, y yo… yo solo podía concentrarme en el efecto que tenía sobre mí, totalmente atrapado por su cuerpo y su provocación.

Entonces, con una sonrisa apenas perceptible, apagó la cámara. La pantalla quedó en negro.

Me quedé allí, sin moverme, con la respiración entrecortada y una erección imposible de ignorar. Cada centímetro de su cuerpo frente a la cámara me quemaba la piel, y aún podía imaginar la suavidad de su pecho bajo la camisa. Su última sonrisa y ese gesto casual de dejar caer los tirantes me dejaron con un deseo que ardía en cada fibra de mi cuerpo.

Entonces, justo cuando pensaba que todo había terminado, la pantalla volvió a encenderse por unos segundos. Con un movimiento rápido y casi casual, María se alzó la camisa para dejarme ver sus tetas. Apenas tuve tiempo de reaccionar antes de que colgara la llamada.
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Me quedé paralizado, con el pulso acelerado y la erección al límite. Solo al ver sus pechos, no pude evitar llenar mis pantalones de semen, la imagen quedó grabada en mi mente sin posibilidad de borrarla.

Minutos después, recibí su mensaje:

“Hasta mañana, ya me voy a dormir. Disfruta de la imagen mental… mañana nos vemos. No le cuentes esto a Adrián.”

Sonreí y me recosté, completamente atrapado entre deseo y anticipación. Me masturbé pensando en lo que acababa de ver, imaginando cada centímetro de su cuerpo y todas las cosas que podría hacer con ella mañana. No podía esperar a tenerla en persona y poder disfrutar de sus tetas.

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