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Jugando fuerte con mi hermana. XIII

Jugando fuerte con mi hermana. XIII
Estoy tumbado en la cama, domingo por la noche. El ventilador del techo gira lento, casi inútil ya que el calor del verano empieza a dar tregua, pero el aire sigue pegajoso, cargado de olor a tierra seca y a hierba quemada que entra por la ventana entreabierta. No consigo dormir. La cabeza me da vueltas con todo lo que ha pasado esta semana. Es como si el destino me hubiera dado un empujón fuerte hacia delante, pero cada paso me recuerda lo jodido que he estado hasta ahora.
Todo empezó el lunes por la mañana. Mari estaba en la cocina preparando café, aún desnuda después de los dos polvazos salvajes que habíamos echado. Aún con las marcas de mis golpes y sucia de la meada que le eché encima. Me senté frente a ella, cogí la taza que me tendió y fui directo.
—Mari, ¿Cómo coño sabes que yo también voy destinado a San Sebastián?
Ella se sentó delante de mí, removiendo su café despacio, sin mirarme a los ojos al principio.
—El cartero no encontraba la casa y alguien del pueblo le dijo que lo dejara en la peluquería. Marta estaba trabajando, y tu estabas con Blanca. Firmé yo la recepción. Eran dos sobres certificados, uno para ti y otro para Marta. Como Marta no estaba, abrí los dos.
Puse cara de extrañeza y mi madre siguió explicando.
- Por lo que he entendido el protocolo del Ministerio para los destinos en el País Vasco incluye mandar una carta certificada. Marta ya lo sabía por internet, pero como aumentaron el nivel de seguridad a ti solo te avisaban por correo.
Me quedé callado un segundo, procesando. Sentí una mezcla de rabia y resignación. Mari nunca se ha podido aguantar cuando hay algo importante en juego.
—¿Y no pensaste en esperarme? ¿En dejarme abrir mi propia carta?
Me miró por fin, con esa expresión mitad madre protectora, mitad mujer que siempre toma el control.
—No pude, Carlos. Tenía que saberlo ya. Y cuando vi que los dos ibais a San Sebastián… supe que era lo mejor que os podía pasar. Marta y tú juntos, lejos de aquí, empezando de cero. No iba a esperar a que te enteraras por tu cuenta y te pusieras nervioso o te rayaras solo.
Me tocó los cojones, pero entendí la jugada. Mari no deja nada al azar cuando se trata de “salvarnos” a Marta y a mí.
A partir de ahí la semana fue una locura. El martes empezamos a mirar alojamiento en San Sebastián. Es carísimo. No hay pisos decentes por menos de 900-1.000 euros al mes, y los que salen son para estudiantes o turistas de verano que ya se van. Hemos mirado en Idealista, Fotocasa, Milanuncios… nada. Nos planteamos una pensión barata o alquilar una habitación en piso compartido. Marta dice que mejor una habitación grande para los dos, “así ahorramos y nos cuidamos mutuamente”. Yo no sé si me gusta la idea o me da pánico. Pero no hay otra. El viernes por la tarde encontramos tres opciones viables: un piso compartido en el centro con dos habitaciones libres (caro pero cerca del trabajo), una habitación en Gros con vistas al mar pero con un compañero raro, y una pensión familiar en la Parte Vieja que acepta estancias largas. Marta quiere ir a verlas la semana que viene. Yo digo que sí a todo. Estoy en piloto automático.
El jueves Mari me dijo que teníamos que comprar ropa decente. “No puedes presentarte en San Sebastián con camisetas rotas y vaqueros manchados de pintura y además lo deja claro el sobre: “se sugiere presentarse con ropa ejecutiva””. Fuimos a Madrid. Ella condujo directo a El Corte Inglés de Castellana. Compramos un traje gris oscuro (barato pero decente), dos camisas blancas, zapatos negros, un abrigo fino para cuando empiece el frío. No fue Mari quien pagó todo. Fui yo. Con el dinero que me había ido dado el abuelo de Blanca. Al final había juntado 800 euros. No le dije nada a Mari ni a nadie. Pero cuando llegamos a la caja y saqué el dinero, Mari me miró con cara de sorpresa. Mi padre se enteró cuando volvimos a casa. No preguntaron de dónde había salido. Solo se miraron entre ellos. Vi en sus ojos que estaban hartos. Hartos de mí, de mis historias, de tener que estar pendientes. No dijeron nada, pero supe que para ellos era un alivio: “al menos tiene algo para empezar”. Están deseando perderme de vista. Y yo lo entiendo.
El sábado por la mañana wasapeé a Blanca para decirle que ya no nos íbamos a ver más. Le conté lo de San Sebastián. Me llamó llorando. “¿Por qué no me lo dijiste antes? Pensaba que íbamos a intentarlo de verdad”. Fue embarazoso. No sabía qué decirle.
Pero la despedida de Blanca estuvo mejor de lo esperado.
Blanca vino como las otras veces a buscarme en un cochazo. Esta vez era un Mercedes GLE Coupé negro mate, todo terreno, con cristales tintados y ese ronroneo grave que hace que los vecinos se asomen. Se bajó del coche con un vestido corto blanco, sandalias planas y el pelo suelto. Me miró con esos ojos grandes y tristes, pero sin drama. “Sube, vamos a dar una vuelta larga”, me dijo. Me puse al volante sin preguntar. Siempre era yo quien conducía. Ella se sentó a mi lado, cruzó las piernas y miró por la ventana sin decir nada.
Conduje despacio por la carretera secundaria, pasando por los pueblos pequeños, los campos ya amarillos del final del verano. Pensé, como siempre, que Blanca no solo era sosa en la cama (como follarse una muñeca hinchable, incluso con los mismos problemas de lubricación), sino que además no tenía conversación. Nunca hablaba de nada. No preguntaba por mí, no contaba nada de su vida, no opinaba sobre lo que veía. Siempre hacíamos lo mismo: pasear un rato en coche, buscar un lugar discreto en el que follar. Hacerlo un par de veces, y volver a la casa del abuelo.
Pero hoy era diferente. Aprovechando que íbamos en un todo terreno alto y con tracción, decidí llevarla a la poza que me enseñó Marta. Ese sitio un poco escondido, con agua fría y profunda, rodeado de árboles y piedras lisas en el fondo de la poza. Nadie iba por allí en septiembre. Aparqué al borde del camino de tierra, lejos de miradas. Bajamos del coche en silencio. Blanca se quitó el vestido y todo lo demás sin que se lo pidiera, lo dejó doblado en el asiento trasero. Yo hice lo mismo con la camiseta y los pantalones. Nos metimos en el agua desnudos, el frío del agua me cortó la respiración un segundo.
Por una vez, Blanca tomó la iniciativa. Se acercó despacio, me abrazó por el cuello y me besó efusivamente. Sus labios eran blandos, calientes contra los míos, la lengua buscándome con hambre. Bajó la mano bajo el agua y me agarró la polla dura, la masturbó despacio mientras me mordía el labio inferior. Luego se separó un poco, me miró a los ojos con una sonrisa traviesa y, sin decir nada, se sumergió un segundo y se metió mi polla en la boca bajo el agua. La chupó fuerte, succionando el capullo, la lengua girando alrededor, tragando agua y saliva. Subió jadeando, con el pelo pegado a la cara y los labios hinchados.
Nos sentamos en la piedra sumergida, esa que está a la altura perfecta para que el agua nos llegue al pecho. Blanca se dio la vuelta, se apoyó en mis piernas y se colocó de espaldas a mí. Cogió mi polla con la mano y la guió hacia su culo. “Quiero probarlo así hoy”, murmuró con voz ronca. Si Blanca es estrecha por la vagina, por el culo lo es más. Intentó ir rápido, empujando hacia atrás, pero le puse las manos en las caderas y la frené. “Despacio, Blanca. Vamos a ir despacio”. Ayudados por el agua fría y el jabón natural del sudor y la excitación, entre los dos conseguimos que la punta entrara. Blanca soltó un gemido largo y doloroso-placentero. Yo empujé poco a poco, sintiendo cómo su ano se abría alrededor de mí, apretado, caliente. Cuando estuve dentro del todo, se quedó quieta un segundo, respirando fuerte. Luego empezó a subir y bajar, despacio al principio, luego más rápido. El agua chapoteaba alrededor con cada movimiento. Yo la abracé por detrás, con una mano le agarré una teta grande y pesada, pellizcando el pezón duro, tirando de él hasta que ella arqueó la espalda y gimió alto. Con la otra mano bajé al clítoris y lo froté en círculos rápidos, presionando fuerte. Blanca aceleró, subiendo y bajando con fuerza, el culo rebotando contra mis caderas bajo el agua. “Más fuerte”, jadeó. Yo empujé hacia arriba, follándola profundo, sintiendo cómo su ano me apretaba la polla como un puño. Nos corrimos los dos casi a la vez: ella temblando entera, gritando mi nombre, el culo contrayéndose alrededor de mí; yo llenándola con chorros calientes, gruñendo contra su cuello.

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Nos quedamos abrazados, sentados en la piedra, respirando fuerte. El agua fría nos calmaba la piel caliente. Pero yo tenía más ganas. La saqué despacio, la puse de pie contra el pretil de la poza (las piernas todavía en el agua, el cuerpo fuera), y me arrodillé detrás. Le besé y lamí el culo con ternura, la lengua rodeando el ano dilatado y rojo, metiéndola dentro despacio para calmarlo. “Es para que se te pase la pupita en el culito”, le dije. A Blanca le dio risa, una risa nerviosa y dulce, y se mordió el labio. Al rato volví a sodomizarla. Esta segunda vez entró más fácil y rápido, el ano ya abierto y lubricado por mi corrida anterior y el agua. Me entusiasmé un poco y le di un par de nalgadas suaves, el sonido húmedo rebotando en las piedras. A ella no le gustó, se tensó y me dijo “no, por favor”. No insistí. Me concentré en follarla profundo pero suave, agarrándola por las caderas, empujando hasta el fondo cada vez. Blanca gemía bajo, el culo rebotando contra mí, el agua salpicando. Me corrí dentro otra vez, llenándola hasta que sentí cómo mi semen se mezclaba con el agua y goteaba por sus muslos.
Cuando acabamos, Blanca se giró, me abrazó fuerte y me dijo con voz bajita:
—Darte el culito ha sido mi forma de agradecerte el verano tan maravilloso que hemos pasado.
Me quedé callado. Pensé que, aparte de follar unas cuantas veces, no habíamos hecho nada más. Ni conversaciones largas, ni planes, ni risas compartidas. Solo sexo rutinario en coches, en el campo, en algún reservado. Pero ella lo llamó “maravilloso”. Y yo no supe qué decir. Solo la abracé y le dije que sí, que había sido bonito. Mentira piadosa.
Después del sexo en la poza, como otras veces, volvimos al coche. Blanca se vistió despacio, yo hice lo mismo. Conduje de vuelta a la casa del abuelo. Esta vez sí conversamos algo. Blanca se movió en el asiento y puso una mueca.
—Según cómo me mueva siento un dolorcillo en el culo —dijo con voz suave, casi tímida—. Pero eso me hace acordarme de porqué me duele… y me gusta.
Me reí, una risa sincera por primera vez en mucho tiempo.
—Pues eso pasa al principio —le contesté—. Luego se acostumbra el cuerpo.
Nos reímos los dos. Fue una risa ligera, sin maldad. Como si por un momento fuéramos dos personas normales despidiéndose después de un verano cualquiera.


Llegamos a la casa del abuelo. Él nos estaba esperando en la puerta, con esa cara de hombre serio pero amable. Comimos los tres juntos en el comedor grande. Entrantes de la comarca: queso manchego curado, chorizo ibérico, jamón de bellota, aceitunas aliñadas, pan de pueblo. Todo muy rico. El plato fuerte fue un cochinillo asado al horno, crujiente por fuera, jugoso por dentro. El abuelo llevaba la conversación. Habló de San Sebastián, que conocía de hace años por unos viajes de trabajo. Me contó anécdotas de la playa de La Concha, de la Parte Vieja, de cómo la ciudad cambia en invierno. Yo no he estado nunca. Escuché atento, preguntando detalles. Fue la conversación más larga que hemos tenido nunca los tres. Blanca comía en silencio, sonriendo de vez en cuando.
En los postres (flan casero regado con un chorrito de licor de hierbas) Blanca dijo que tenía sueño y se fue a su cuarto. El abuelo y yo esperamos un rato en el salón, tomando café. Como otras veces, subimos a ver cómo dormía Blanca. Estaba en su cama, de lado, respirando tranquila. El abuelo la miró un segundo largo y bajó las escaleras conmigo. En el pasillo me dio un sobre con 400 euros: 100 por “dormir a Blanca” esa noche, y 300 de despedida. Me miró fijo y dijo:
—Gracias por este verano, chaval. Has ayudado mucho.
Me atreví a preguntar:—¿Y ahora cómo va a dormir Blanca? ¿Volverá a tener pesadillas?
El abuelo suspiró, pero no con tristeza.
—Al principio solo dormía bien la noche siguiente al encuentro contigo. Luego fueron dos noches, tres… Cada vez más días seguidos. El médico cree que esa fase de terrores nocturnos ya la ha superado. Si vuelve a tener problemas, ya veremos qué hacemos. Pero creo que no.
Me dio una palmada en el hombro y me dijo que me llevaría donde quisiera: a casa o al pueblo. Como aún era media tarde, le pedí que me llevara a la peluquería de Mari.
En el coche del abuelo (un viejo pero limpio Seat Toledo gris), mientras conducía por la carretera secundaria, me atreví a preguntar algo que me rondaba desde hacía tiempo.
—Señor… ¿Cómo es que cada vez que Blanca ha venido a buscarme iba en un cochazo diferente? Un Mercedes, un BMW, un Audi… todos de alta gama.
Pensé para mí que aunque se nota que tiene pasta, no es como para tener tantos coches así.
El abuelo se rió, una risa grave y corta.
—Sé por dónde vas, chaval. Y no, esos coches no son míos. Son de mi otro hijo, el trabajador, el que no conoces. Tiene un concesionario de coches de alta gama y se dedica a comprarlos y venderlos de segunda mano. Es un buen negocio.
Hizo una pausa, miró la carretera y siguió.
—Blanca de las pocas cosas que hace mejor que el resto es conducir. Le encanta conducir y correr. A su tío eso le da ternura y cada fin de semana le presta un coche diferente. Para que se divierta, dice.
Me quedé mirando al frente, procesando.
—¿Nunca le has visto conducir? —preguntó el abuelo.
—No —contesté.
—Pues te has perdido algo digno de verse.

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Nos callamos los dos. El abuelo no dijo más. Cuando llegamos a la peluquería de Mari, paró el coche en la puerta. Me dio una palmada en el muslo y se despidió con un “cuídate mucho, chaval. Y suerte en San Sebastián”. Arrancó y se fue sin mirar atrás.
Me bajé del coche y entré en la peluquería. El olor a laca y champú me golpeó de inmediato. Mari estaba recogiendo: barría el suelo, guardaba toallas, apagaba luces. Llevaba un vestido largo estilo hippy, floreado, suelto, con tirantes finos. Al verme se quedó quieta un segundo, luego sonrió de esa forma que me pone nervioso.
—Cierra la puerta con llave, Carlos. Pon el cartel de cerrado y ven al almacén.
Hice lo que me dijo sin preguntar. Atranqué la puerta, giré el cartel a “Cerrado”, y fui al almacén, que más bien es un armario grande detrás de la cortina, lleno de estanterías con productos, toallas y un banco estrecho.
Mari ya estaba allí. Se levantó el vestido hasta el cuello. Debajo no llevaba ropa interior. Me mostró los piercings nuevos en los pezones: dos aros plateados idénticos a los de Marta. Había algo de sangre seca alrededor, los pezones hinchados y rojos. Se me puso dura al instante.

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Me acerqué sin pedir permiso. Me incliné y empecé a chuparle los pezones con cuidado, la lengua rodeando los aros, succionando suave para no hacer daño. Entre chupada y chupada le dije:
—Besitos para quitar la pupita.
Mari gimió bajito, me agarró la cabeza y me apretó contra su pecho. El almacén era estrecho, apenas podíamos movernos. La empujé contra la pared, entre las estanterías. Le metí de golpe tres dedos en el coño. Estaba húmeda, caliente, resbaladiza. Mari jadeó fuerte.
—Me encantan los piercings… me tienen todo el rato cachonda —susurró.
Me bajé el pantalón y la penetré de una. Esta vez no le pellizqué ni le pegué. Solo la follé duro, rápido y profundo, embestidas cortas y fuertes, el cuerpo pegado al suyo contra la pared. Mari gemía en mi oído, las piernas temblando. Luego le di la vuelta, la puse de cara a la pared, le abrí las nalgas y la penetré por el culo de una. Entró fácil, lubricada por su propia humedad. La follé igual: duro, rápido, profundo, como una máquina de penetraciones. Sin besos, sin caricias, solo polla entrando y saliendo sin parar. Cuando sentí que me corría, la saqué, la puse de rodillas en el suelo del almacén y le eché todo el semen en la cara: chorros calientes en la frente, en los ojos, en la boca, en las mejillas. Mari se quedó ahí, respirando fuerte, con mi corrida resbalando por su cara pero satisfecha, había tenido una eyaculación femenina mientras le rompía el culo.
Justo entonces oímos a mi padre fuera, golpeando la puerta principal.
—Mari, abre, que ya estoy aquí.
Nos miramos un segundo. Mari se limpió rápido con una toalla que había cerca, se bajó el vestido y salió como si nada. Yo me subí los pantalones, me limpié la cara y esperé un momento antes de salir del almacén.

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