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Relato de una Therian

Hola a todos soy Dana estudiante de veterinaria con 21 años, pero también soy una perra Therian de clóset.
Todo comenzó desde mi infancia, teníamos un perro llamado Max, digamos que eramos bastante... "unidos" cuando mis papás no estaban en la casa.
Relato de una Therian
La verdad yo siempre había sentido que mi piel era un disfraz bajo la apariencia de una joven común.
Pero dentro de mí latía un instinto que no podía sofocar: el de la perra que corre libre, que huele, que obedece y desobedece a la vez, una perra en celo que se cogen todos los alfas callejeros.
No era un juego ni una fantasía pasajera; era mi verdadera identidad, mi manera de existir en un mundo que me juzgaba por no encajar en los moldes humanos y que odiaba tanto tener que reprimir.
En las redes y foros encontré un refugio.
Allí, entre relatos y conversaciones nocturnas, conocí a Sonia, una psicóloga capitalina.
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Ella no se burló ni me trató como una rareza al escuchar mi estilo de vida oculto.
Al contrario, me escuchó con la paciencia de quien sabe que el corazón no siempre alcanza a comprender lo que late en las sombras.
Sonia me ofreció algo que nadie más me había dado: un espacio para ser yo misma, sin máscaras.
-Si eres perra, entonces te adopto-
Me dijo en una charla cargada de ironía.
-Tengo un doberman enorme que necesita aparearse pero no le encuentro novia-
Me dijo riéndose.
Y en esas palabras, sentí un cosquilleo en el estómago.
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No era sarcasmo, era reconocimiento de mi condición.
Sonia no veía mi modo de vida como un capricho, sino que me aceptaba como criatura híbrida, mitad humana, mitad instinto animal.
La relación entre ambas se convirtió ahora en "nuestro secreto".
Comprendí que ser therian no era un acto de rebeldía contra la sociedad, sino una forma de desnudar nuestra verdadera identidad.
Yo había encontrado un rincón donde la bestia y la mujer convivieran sin vergüenza.
Cuando acepté mudarme a la casa de Sonia, lo hice con la certeza de que allí podría ser yo misma.
No buscaba un hogar en el sentido convencional, sino un espacio donde mi identidad —la de una perra en cuerpo de mujer— pudiera desplegarse sin juicio ni vergüenza.
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Sonia, testigo silenciosa de esa evolución, comprendía que lo que expresaba no era un capricho, sino una verdad íntima.
En su casa, lejos de la mirada pública, yo había encontrado la libertad de pensarme no sólo como individuo, sino como parte de un linaje animal que reclamaba su lugar en el mundo.
No es un juego, no es una fantasía. Es mi verdad.
Vivo como perra porque así me siento, porque así soy.
Y en esta certeza, hay una idea que me acompaña como un eco constante: el apareo.
No lo pienso como deseo inmediato, sino como destino. Si soy perra, debo tener linaje.
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Debo dejar huella en este mundo, como lo hacen las perras que no dudan de su naturaleza.
El doberman de Sonia con el que ahora vivo, que me hace suya todas las noches no es una mascota, es mi macho, mi marido.
Con el paso de los meses, la casa se transformó en un refugio donde los tabúes se desvanecían.
Al llegar del trabajo me duchaba y luego vivía como si hubiera nacido perra, siguiendo ritmos que no necesitaban explicación: dormir en el suelo, moverme con libertad, obedecer y desobedecer según mi propio instinto.
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Sonia observaba esa metamorfosis con una mezcla de incertidumbre y fascinación.
Para ella, no era un acto de locura, sino una verdad radical y podía entenderlo.
Yo había encontrado la coherencia entre lo que sentía y lo que vivía.
En la casa de mi "dueña" yo era libre.
Este relato de no es el de una mujer que se degrada, sino el de alguien que se libera.
Mi desnudez no es fragilidad, sino fuerza.
Y Sonia, al permitirme éste espacio, se convirtió en testigo de una vida que desafiaba las normas, pero que encontraba sentido en la intimidad que compartía con su perro Kobo.
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Siempre recordaba el primer día en la casa de Sonia como el inicio de una nueva vida.
Dormir en una casita de madera en el patio con "mi marido" el doberman de Sonia se convirtió en un acto de coherencia.
Kobo era un doberman enorme muy agresivo con otros perros, sobre todo con aquellos que se acercaban a olerme el ano.
Me exitaba demasiado verlo dominante que se ponía cuando otros perros se acercaban a mí.
Yo era su hembra y se notaba.
Volvía muy mojada para la casa.
Allí, protegida por él, sentía que mi cuerpo descansaba como debía después de una sesión sudorosa de sexo marital.
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El agua en mi balde era más que bebida: era un símbolo de pertenencia, de haber dejado atrás la sofisticación humana para abrazar lo elemental.
Las croquetas (galletas) y las latas de comida (cocinada), que al inicio le parecían un juego, terminaron siendo parte de mi identidad.
Comer como una perra no era degradación, sino afirmación: cada bocado reforzaba la certeza de que había encontrado mi lugar.
Vivir a cuatro patas, moverme con la agilidad de un animal, me daba una libertad que nunca había sentido.
No era imitación, era autenticidad. En cada gesto me reconocía más cerca de lo que siempre había sabido: que mi espíritu no era humano, sino canino.
Sonia nos observaba en silencio, sin juzgar; mientras hacía anotaciones en una libreta.
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Para ella, Dana no era una rareza, sino alguien que había tenido el valor de vivir su verdad.
Y en esa intimidad compartida con su perro Kobo, lejos de la mirada pública me liberaba de la última cadena: la necesidad de parecer humana.
En mi mente, la figura de Kobo se volvía la representación de la fuerza y la protección, con la que me sentía muy atraída.
Ese deseo no era un simple impulso, sino reflexión: si había abrazado la vida de una perra...
-¿no debía también pensar en la descendencia, en la perpetuación de mi especie interior?-
Para mí, el apareo era la culminación de mi metamorfosis, la prueba de que mi identidad no era un juego ni una fantasía, sino una forma de existencia que buscaba continuidad.
Kobo representa la fuerza, la protección y la continuidad de nuestra familia.
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En él veo la posibilidad de perpetuar lo que soy, de que mi identidad no muera conmigo.
El apareo es más que unión: es trascendencia.
Es la prueba de que mi vida no es un capricho, sino una forma de existencia que busca prolongarse.
Sonia nos observa en silencio.
No nos juzga, no nos detiene.
Ella sabe que mi camino es éste, y que mi libertad consiste en vivir sin máscaras...
Por supuesto que fué una boda muy íntima, solos él y yo, porque no habría partes, ni invitados. Si una boda así fuera aceptada, podría invitar a mis amigas y a todos los perros de la vecindad para que las atiendan.
Aunque no crean, con lo que conllevó preparar la boda me ponía nerviosa, imaginando que todas las novias se ponen así con los preparativos, no creen?
Es divertido eso de los nervios y los preparativos jaja.
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Creo que nunca habíamos cogido tanto como en ese día.
Las noches y días venideros fueron inolvidables, me entregué completamente a mi esposo.
Su pelaje erizando mi piel, montándome con fuerza y yo viéndolo intentar con todas sus fuerzas preñarme.
El fuego del placer devorándonos, saboreando cada embestida, sintiendo que aumentaba la intensidad de la sensación.
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Quería tener el control de la situación, pero ya no tenía fuerzas y perdía el control y me entregaba totalmente hasta que no veía ni oía nada, solo sentía que estaba pegada a Kobo en una nube de placer.
Entonces venía la explosión de luces y estrellitas y sentía que flotaba en las nubes. Sí, me sentía extasiada y realizada como mujer, como hembra.
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Por eso me dolió tanto cuando un día volviendo del trabajo al abrir la puerta no podía creer lo que mis ojos miraban.
Mi esposo Kobo y Sonia mi mejor amiga bien trenzados en un nudo de placer.
Por lo mojado del piso se veía que ya llevaban ahí un buen rato.
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Llorando salí corriendo de ahí.
No le he vuelto a contestar las llamadas ni msgs a Sonia hasta el día de hoy.

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