La habitación parecía respirar rock. Paredes tapizadas de posters arrugados, grafitis hechos con marcador negro y rojo, una bandera deshilachada clavada con chinches torcidas.

El aire estaba cargado de humo viejo, perfume barato y electricidad. La luz amarilla del velador caía como una lluvia espesa, granulada, casi sucia, dando a todo una textura lo-fi, como si la escena fuera parte de un casting clandestino grabado en cinta gastada.

Ella, delgada, pura línea y actitud, estaba sobre la cama desordenada. Sábanas revueltas, medias de red tiradas en el suelo.

La cámara la tomaba desde abajo, ángulo bajo, otorgándole presencia, volumen, poder.

Las piernas abiertas hacia la cámara, flexionadas, creaban un primer plano difuso de muslos y sombra.

No era una pose ingenua. Era consciente. Era rock. Llevaba un calzón de encaje rojo que contrastaba con la piel clara, insinuando más de lo que mostraba, dejando que la imaginación hiciera el resto del trabajo sucio.
La cámara disparaba. Click. Click.

Ella no sonreía. Miraba hacia un costado, ligeramente hacia arriba, como si escuchara una canción interna que nadie más podía oír.
Una expresión neutra, casi pensativa, que rompía con la expectativa fácil. No posaba para gustar. Posaba para dominar el encuadre.

Cada disparo capturaba no solo piel, sino una entrega al ruido, a la crudeza, a esa estética imperfecta donde el deseo no es pulido sino eléctrico.

En esa habitación punk no había glamour. Había actitud. Había una mujer entregada al rock, usando su cuerpo como parte del escenario, como si la cama fuera un backstage y la cámara el público más cercano.

Y cada foto era un acorde distorsionado congelado en el tiempo.
....

El aire estaba cargado de humo viejo, perfume barato y electricidad. La luz amarilla del velador caía como una lluvia espesa, granulada, casi sucia, dando a todo una textura lo-fi, como si la escena fuera parte de un casting clandestino grabado en cinta gastada.

Ella, delgada, pura línea y actitud, estaba sobre la cama desordenada. Sábanas revueltas, medias de red tiradas en el suelo.

La cámara la tomaba desde abajo, ángulo bajo, otorgándole presencia, volumen, poder.

Las piernas abiertas hacia la cámara, flexionadas, creaban un primer plano difuso de muslos y sombra.

No era una pose ingenua. Era consciente. Era rock. Llevaba un calzón de encaje rojo que contrastaba con la piel clara, insinuando más de lo que mostraba, dejando que la imaginación hiciera el resto del trabajo sucio.
La cámara disparaba. Click. Click.

Ella no sonreía. Miraba hacia un costado, ligeramente hacia arriba, como si escuchara una canción interna que nadie más podía oír.
Una expresión neutra, casi pensativa, que rompía con la expectativa fácil. No posaba para gustar. Posaba para dominar el encuadre.

Cada disparo capturaba no solo piel, sino una entrega al ruido, a la crudeza, a esa estética imperfecta donde el deseo no es pulido sino eléctrico.

En esa habitación punk no había glamour. Había actitud. Había una mujer entregada al rock, usando su cuerpo como parte del escenario, como si la cama fuera un backstage y la cámara el público más cercano.

Y cada foto era un acorde distorsionado congelado en el tiempo.
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0 comentarios - Sole sesión II Saturada del Rock