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Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 1

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Capitulo 1
Conociendo a mi juguete usado

Conocí a María porque era la mejor amiga de mi hermana Andrea.
Un día la llevó a la casa, como tantas otras veces había llevado gente. La vi entrar con un pantalón negro y un buzo gris. Tenía una cara angelical, tierna, de esas que inspiran confianza sin esfuerzo. Hermosa sin necesidad de exagerar nada.

Su pelo negro, largo, le caía con naturalidad, y cuando levantó la mirada noté que era alta, casi de mi estatura. Su cuerpo era bonito, armonioso, imposible de ignorar. Había curvas que capturaron mi atención, detalles que mi mente registró antes de que yo pudiera decidir si quería hacerlo o no.

Mi hermana Andrea me la presentó sin darle mayor importancia y, casi de inmediato, se la llevó a su cuarto.
Yo no le di más vueltas. Volví a lo mío, como si esa visita fuera una más.

Un rato después, Andrea me llamó.
Estaban hablando de un tema y querían la opinión de un hombre. Así, tal cual. Sin contexto, sin aviso. Acepté sin pensarlo demasiado y propuse ir a la azotea de la casa, en el cuarto piso, para hablar con más calma.

Ya en la azotea me senté junto a María y a mi hermana. El calor se sentía pesado, pegajoso. María dijo que tenía calor y, sin pedir permiso ni anunciar nada, se quitó el buzo.

Cuando se quitó el buzo lo noté de inmediato. Debajo llevaba una camisa de tirantes negra, pegada al cuerpo, y sus tetas quedaron ahí, expuestas sin intención pero sin permiso. Mi atención se fue directo hacia ellas, automática, inevitable. No hubo tiempo para disimular ni para pensar en otra cosa. En ese segundo dejé de escuchar, dejé de estar presente. Solo las vi. Y supe que ya no iba a poder mirar a María de la misma forma.
Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 1




No sé si se dio cuenta de que le estaba mirando las tetas, si simplemente no lo notó o si, en el fondo, no le importó. Actuó como si nada.

María empezó a contarme sus experiencias amorosas. Arrancó diciendo, sin rodeos, que en el amor era una idiota. Que siempre se aprovechaban de ella. Que le habían sido infiel muchas veces. Lo decía con una mezcla rara entre resignación y costumbre, como si ya lo tuviera asumido.

Le pregunté cuántos novios había tenido.
Me dijo que solo dos: Samuel Guzmán y Adrián Castillo. Ambos conocidos míos, aunque no cercanos. Le propuse que empezara por el menos importante y dejara para el final al que la tenía realmente preocupada.

Aceptó, pero en realidad no estaba buscando consejos. Apenas empezó a hablar, ya no paró. Más que mi opinión, parecía necesitar a alguien que simplemente la escuchara.

Comenzó con Samuel. Me dijo que habían tenido una relación corta, que no sentían lo mismo y que por eso terminó. Yo asentí, aunque por dentro sabía otra cosa. Soy muy amigo del primo de Samuel, Julián, y él me había contado hace tiempo el verdadero motivo de la ruptura: Samuel la había encontrado besándose con otro hombre. En ese momento no sabía quién era ella. Ahora, escuchándola, caí en cuenta de que esa María de la historia era la misma que tenía sentada al lado.
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No dije nada.
La dejé hablar.

Ella insistía en que en esa relación fue estúpida, que hizo cosas de las que se arrepentía. Le pregunté qué cosas. Al principio dudó, no quería decirlo. Pero luego, sin vergüenza, me lo soltó: le había enviado fotos comprometedoras a Samuel.

Le pregunté qué tipo de fotos.
Me dijo que frente al espejo, de cintura hacia arriba.
Le pregunté si tenía algo puesto.
Me respondió que sí, que llevaba brasier.
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Pero algo en su expresión, en la forma en que lo dijo, me hizo pensar que no. Que lo más probable era que no hubiera sido tan inocente. Que Samuel tenía fotos de esas tetas grandes que ahora se marcaban bajo la camisa de tirantes que yo no dejaba de mirar.

Ahí se rompió la imagen tierna que tenía de ella.
No fue juicio. Fue impacto.

Luego empezó a hablarme de Adrián.
Me dijo que lo extrañaba, que estaba muy enamorada de él, pero que en el fondo sabía que la trataba mal. Que no le prestaba atención, que le respondía cada muchas horas, que la hacía sentir pequeña. Mientras hablaba, se le notaba el cansancio. No rabia, no orgullo. Cansancio.

En ese momento intervino mi hermana Andrea. Me dijo que María la tenía agotada hablándole siempre de Adrián y que por eso me había llamado a mí, para que la escuchara. María no se detuvo. Siguió hablando, como si por fin hubiera encontrado a alguien que no la interrumpía.

De repente le sonó el celular.
Era su papá. Estaba abajo, en la puerta de la casa, esperándola. Ella se quedó en silencio un segundo, dijo que tenía que bajar rápido y se levantó.

Yo hice el gesto de acompañarla, pero Andrea insistió en que no me preocupara, que ella iba con ella. Antes de bajar, María se acercó a mí y se despidió con un abrazo. Un abrazo largo, natural, como si fuéramos amigos de toda la vida.

En ese gesto tierno su cuerpo se me pegó por completo. No fue solo un abrazo: fue su pecho aplastándose contra el mío, blando, caliente, presente. Sentí el peso de sus tetas presionándome sin pudor, como si mi cuerpo estuviera ahí solo para recibirlas. Se me tensó todo al instante. No hice nada para apartarla. Al contrario, me quedé ahí, disfrutando cada segundo de ese contacto indebido, dejándome llevar por lo que me provocaba. Fue breve, inesperado, y aun así suficiente para dejarme caliente, incómodo, consciente de que mi cuerpo había reaccionado mucho antes de que mi cabeza pudiera poner límites.

Cuando se separó, me dijo que le escribiera. Que le pidiera el número a mi hermana, que todavía tenía muchas cosas que contarme. Después se dio la vuelta y empezó a bajar las escaleras.

Yo me quedé quieto, mirándola irse. Cada escalón hacía que su cuerpo se moviera con naturalidad, y sus tetas, apretadas bajo la camisa de tirantes, rebotaban levemente de arriba hacia abajo. No aparté la mirada. No quise. Mi atención se quedó ahí, siguiéndolas mientras descendía, como si todo lo demás hubiera desaparecido.

No estaba pensando en lo que me había contado.
No estaba pensando en Adrián.
En ese momento solo la veía a ella alejándose, y entendía que algo dentro de mí ya había cambiado sin pedirme permiso.

Me quedé un rato solo en la azotea, tratando de ordenar todo lo que me había contado. Las imágenes volvían solas, sin que yo las llamara: ella bajando las escaleras, el movimiento natural de sus tetas, la memoria del abrazo y la presión de su pecho contra el mío. Eso estaba ahí, presente, insistente, pero ya no era lo principal.

Lo que de verdad empezó a ocuparme la cabeza fue Samuel.

No por lo que había significado para ella, sino por lo que tuvo. Por lo fácil que fue para él acceder a una parte de María que yo apenas estaba empezando a descubrir. Pensé en las fotos que le envió, en el privilegio de tenerlas guardadas, de poder volver a ver esas tetas cuando quisiera, con calma, sin prisa. Las mismas que a mí me bastaron unos segundos para dejarme desordenado por dentro.
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Me imaginé todo lo que él pudo hacer con ellas, todo lo que disfrutó sin restricciones. Yo solo tenía recuerdos recientes: el rebote al bajar las escaleras, el peso contra mi pecho, mientras otro tenía imágenes, pruebas, algo a lo que volver cuando le diera la gana. Me habría encantado tener esas fotos en ese momento, poder mirarlas ahora mismo, quedarme ahí un rato más con esa idea clavada en la cabeza.

Justo entonces escuché pasos subiendo, interrumpiendo mis pensamientos.
Era mi hermana Andrea.

Subió a la azotea como si nada y me dijo que María ya se había ido. Después, casi sin darle importancia, me pasó su número. Yo todavía estaba procesando eso cuando, para mi sorpresa, añadió otra cosa: María le había dicho que yo le parecía bonito. Que le escribiera.

Me quedé mirándola un segundo, en silencio, como si no hubiera escuchado bien. Todo lo que había pasado en mi cabeza minutos antes se reorganizó de golpe. Ya no era solo recuerdo ni fantasía. Ahora tenía su número en la mano. Y una invitación clara para volver a entrar en su mundo.

Ahí supe que la historia no se había quedado en la azotea.
Apenas estaba empezando.

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