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Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 2

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Capítulo 2 - María, la actriz porno casera

Al día siguiente de conocer a María, le escribí a mi amigo Orlando para que viniera a mi casa a jugar Play. No era raro, siempre venía a mi cuarto a pasar el tiempo, pero esta vez mi cabeza estaba en otra cosa: en María, en su abrazo, en cómo bajaba las escaleras… todo eso no me dejaba en paz.

Por la tarde, Orlando llegó como siempre, con su sonrisa despreocupada, pero esta vez no venía solo. Para mi sorpresa, estaba acompañado de su primo, Adrián Castillo. Orlando me había mencionado varias veces que Adrián vivía cerca y que a veces se aparecía sin avisar, pero nunca imaginé que hoy vendría con él. No me molestó; simplemente lo dejé entrar.

Los tres nos acomodamos en mi cuarto para jugar. La consola encendida, los controles en mano, pero yo no estaba pensando en el juego. Mi atención estaba en otra parte, y no tardó en aflorar la curiosidad que llevaba acumulada desde ayer: quería saber todo lo que Adrián pudiera decirme sobre María.

Estábamos jugando un rato cuando no pude evitar soltarlo:
—Oye, una pregunta… ayer estuvo María en mi casa y me habló de ti. ¿Qué me dices tú de ella?

Adrián me miró, sonrió con esa confianza que siempre tenía y soltó:
—Ah, María… sí, he vacilado con ella, pero nada serio.

Me quedé mirándolo, esperando más. Entonces añadió con naturalidad:
—Ella está muy enamorada de mí.

No dudé en ir directo al punto:
—¿Y tú? ¿Estás enamorado de ella?

Se rió, ladeando la cabeza, como si mi pregunta le pareciera absurda:
—No, para nada. Es muy linda, está buenísima… tiene unas tetotas que están bien ricas. Pero ya, solo la disfruto cuando quiero. Solo le escribo cuando estoy aburrido y contesto como dos veces al día, así la mantengo ahí, lista para cuando quiera disfrutar de esos dos melones.

Soltó la frase con una risa despreocupada. Orlando se rió también, pero yo no podía apartar la mirada de Adrián. Cada palabra caló hondo. Todo lo que había sentido por María ayer en la azotea, todo el deseo, la curiosidad y la tensión, se mezcló con esa rabia silenciosa y excitación que me dejó su confesión.

En un momento, Adrián pausó el juego y le preguntó a Orlando con una sonrisa traviesa:
—¿Será que le muestro?

Orlando, sin pensarlo mucho, dijo que sí.

Yo fruncí el ceño:
—¿Qué van a mostrar?

Adrián sacó su celular y, mientras Orlando y yo lo mirábamos atentos, abrió una carpeta oculta llamada “María”.

Lo que vi me dejó sin aliento. Era un video de él follándose a María; la tenía acostada boca abajo en el borde de la cama, totalmente desnuda, mientras él le metía su enorme verga por la vagina, que se expandía. Sus grandes tetas se movían al ritmo en que le entraba el miembro. En el video se escuchaba a María gemir y gritar el nombre de Adrián, diciéndole que más duro. Solo pude mirar, paralizado, mientras él sonreía y me decía con descaro:
—Está muy buena, ¿verdad?
Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 2





Orlando asintió, riéndose:
—Mierda, sí, qué rica está…

Yo no podía apartar la vista. Todo en el video parecía exagerado y perfecto. Sus movimientos, la forma en que se veía, la manera en que reaccionaba… era imposible no sentirse atrapado. Por un lado, sentía rabia: ¿cómo podía Adrián mostrarme algo tan suyo, tan privado, así, tan fácil? Por otro lado, calentura: mi mente se llenaba de imágenes de ella, de su cuerpo, de todo lo que nunca había visto en persona de esa manera, y que ahora estaba ahí, delante de mí, imposible de ignorar.

Cada gesto, cada movimiento, cada risa de Adrián mientras lo enseñaba aumentaba la mezcla extraña que sentía: celos, excitación y una obsesión que crecía en mi pecho. No era solo curiosidad; era hambre, necesidad de saberlo todo, de entender, de tener aunque solo fuera en mi imaginación lo que él ya tenía en la realidad.

Orlando soltó una carcajada y miró a Adrián con complicidad.

—Muéstrale ese otro —dijo—, el que me mandaste hace tiempo. Ese es muy bueno; cuando me lo enviaste, me toqué viendo ese video dos veces.

Adrián no preguntó nada. Solo cambió de archivo, como si supiera exactamente a cuál se refería.

Cuando el video empezó, sentí de inmediato una erección. Era ella acostada y él encima de ella, con su pene entre las tetas deslizándose entre ellas.
tetas





Después de mostrarme el video, Adrián dijo:
—Joder, qué rico es tener tu pene entre esas dos tetas. Esa es una de las razones por las cuales no dejo de hablarle; cada que se me antoja, voy a su casa y uso esas tetas de juguete.

Orlando preguntó:
—¿Y cuando haces eso, le tiras el semen en las tetas?

Él respondió:
—Sí, obvio, esas tetas de ella han tenido muchísimo semen; es prácticamente mi depósito de leche.
relato





Al escuchar esto, por alguna razón, me calenté demasiado. Pensar que Adrián se haya corrido en las tetas de María tantas veces me hizo querer probar las tetas de ella también.

Antes de retomar el juego, Adrián me miró de reojo, con una media sonrisa.
—¿Y entonces? —me preguntó—. ¿Qué te pareció?

Tardé un segundo en responder.
—No sabía que María era así —dije, sincero.

Adrián soltó una risa corta, cargada de burla.
—Pues sí —respondió—. Ella es mi putita. Para lo que yo quiera.

Orlando se rió también, celebrándole el comentario.
—Nuestra estrella porno favorita —añadió, como si fuera una broma interna.

No dije nada más. No porque estuviera de acuerdo, sino porque no sabía qué decir. Sentí algo raro en el estómago, una mezcla de incomodidad y excitación que me dejó callado.

Después de eso, seguimos jugando Play un rato más, como si nada hubiera pasado. Ellos hablaban del juego, se reían, competían. Yo estaba ahí, con el control en las manos, pero completamente ausente. Mi cabeza seguía atrapada en todo lo que Adrián me había mostrado, en lo que había dicho, en las imágenes que no se querían ir.

Al rato se fueron. La puerta se cerró y la casa volvió a quedarse en silencio. Yo regresé a mi cuarto y me senté en la cama, todavía con el cuerpo tenso, caliente, inquieto. No podía sacarme a María de la cabeza. No la de la azotea. No la de la sonrisa tierna. Sino la versión que ahora conocía, la que otros habían visto antes que yo.

Entonces lo recordé.

Tenía su número.

Mi hermana me lo había dado la noche anterior, casi como un detalle sin importancia. También recordé algo más: que María le había dicho a Andrea que yo le parecía lindo. Que le escribiera.

Saqué el celular. Abrí los contactos.
Vi su nombre ahí, quieto, esperando.

Me quedé mirándolo unos segundos, respirando hondo, sintiendo cómo todo lo que había pasado ese día me empujaba a hacerlo.

No pensé demasiado.
No quise pensar.

Abrí el chat y empecé a escribir, sin saber en qué momento todo se iba a salir de control.

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