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Propósito Original: El día que vi a mi vieja de rodillas"

Mi vieja siempre fue la envidia del barrio. Una madre soltera que caminaba por la calle y hacía que los autos frenaran. Tenía ese culazo heredado, pesado, que se balanceaba con una cadencia que volvía locos a los tipos. A ella le gustaba calentar y que se lo miraran mucho, pero nunca lo admitía; quería que la partieran, pero jamás lo decía. Cuando pasaba un macho que se hacía el alfa, ella lo miraba y nos decía: "Qué asco ese pelotudo", pero por dentro se mojaba y quién sabe qué imaginaría. Así era mamá: se hacía la reprimida porque no quería que sus "corderos" se descarriaran, sin saber que estaba fabricando a una sissy en mis propias entrañas.
Propósito Original: El día que vi a mi vieja de rodillas"




​Un día, volví temprano de entrenar. La casa estaba en silencio, pero el aire se sentía diferente, cargado. No me esperaban. Dejé los botines en la entrada y caminé hacia la cocina. La puerta estaba entornada.
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​Ahí la vi. La imagen que borró para siempre la figura de "madre" y me entregó a la de "hembra".
​Estaba de rodillas en el piso de la cocina, con las piernas bien juntas, las manos apoyadas en sus propias rodillas y parando bien ese culo que a cualquiera le daría envidia. Frente a ella estaba Don Carlos, el kiosquero de la vuelta: un veterano panzón, peludo, con esa voz gruesa de lija que no pide las cosas por favor. Tenía la camisa de grafa abierta y un cigarrillo colgando de los labios, tirándole el humo directamente en la cara.
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​Mi vieja, la mujer que todos respetaban, estaba entregada a su propósito original. Movía la cabeza con la desesperación de quien no quiere que se le derrita el helado; se babeaba y no le interesaba ensuciarse ni arruinar el piso que tanto nos obligaba a cuidar. Era una pijota impresionante, venosa y rosada, que contrastaba con su cara fina. Ella se esforzaba por ordeñar una virtud que después me di cuenta que heredé de ella.
​De repente, el viejo la paró en seco. La agarró de los pelos y la dio vuelta con una fuerza bruta, obligándola a ponerse en cuatro frente a él. Ella no se quejó; arqueó la espalda y ofreció ese culazo con una sumisión que me dejó sin aire. Don Carlos no perdió tiempo: se la puso de un solo viaje.

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​—"¡Sí, papi! ¡Así, rompeme toda! ¡Dámela toda que es tuya!" —gemía ella, con una voz que yo no conocía, una voz de perra hambrienta.
​El ruido era rítmico, un choque de carne contra carne que retumbaba en las paredes de la cocina. El viejo le pegaba chirlos en las nalgas, dejando la marca de sus dedos en esa piel, mientras le gritaba guarangadas que la hacían estremecer. Mamá ya no era la dueña de casa; era un recipiente, un objeto siendo usado por el poder rústico del barrio. Cada estocada la hacía temblar entera, y ella buscaba más, empujando hacia atrás, queriendo que ese tipo la desarmara por completo.
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​Yo me quedé petrificado en la sombra. No sentí asco; sentí una revelación. Ver a esa mujerona reducida a una servidora de ese viejo panzón me hizo entender la Ley: frente al Macho, toda hembra —y toda sissy en formación— tiene un solo lugar: abajo, obedeciendo y disfrutando de la posesión.
​Esa tarde, mientras ella se perdía en los espasmos de un placer que la superaba, nació Juli. Nació la envidia por su lugar y el deseo de, algún día, ser yo quien estuviera de rodillas y de espaldas, recibiendo esa misma orden y ese mismo bautismo de leche.
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