El teléfono de Thelma vibró sobre el muslo, interrumpiendo el silencio denso del salón. Ariana. Los dedos de Thelma temblaron al deslizar el mensaje: "Mami, necesito consejos de mujer; que me enseñes. Quiero hacer feliz en la cama a Iván, pero no sé qué más hacerle. ¿Cómo lo complazco mejor?"
Thelma tragó saliva. La pantalla brillaba contra su rostro mientras leía una y otra vez. Su hija, ajena a la red que Sebastián había tejido, pedía instrucciones para ser mejor puta. Alberto se acercó por detrás del sofá, los ojos clavados en el celular.
—¿Qué quiere? —preguntó, la voz ronca.
—Nada que te importe —Thelma inclinó el teléfono lejos de él.
Pero Alberto ya había visto el nombre. Sus mandíbulas se apretaron.
Thelma comenzó a teclear con pulso lento: "Escúchame bien. No hay que tener límites. Tu boca es su herramienta. Trágalo entero, sin respirar. Cuando sientas que vas a ahogarte, sigue bajando. A ellos les gusta sentir la garganta convulsionando alrededor de su verga."
Mientras enviaba el mensaje, Alberto rodeó el sofá y se arrodilló frente a ella. Sus manos forzaron las rodillas de Thelma apartándolas, abriendo la bata. Ella no opuso resistencia —su mente estaba dividida entre la pantalla y el vacío entre sus piernas.
El teléfono vibró de nuevo: "¿Y si me ahogo?"
Thelma tecleó: "No importa si te quedas sin aire. Él no te pregunta si te gusta. Te usa. Deja que te folle la boca como si fuera un agujero más. Y cuando se corra, trágalo todo. Cada gota. Siempre."
Alberto hundió el rostro entre los muslos de Thelma. Su lengua buscó el clítoris con desesperación, lamiendo con movimientos torpes y febriles. Quería arrancarle un gemido, una reacción —cualquier cosa que no fuera esa frialdad absoluta. Pero Thelma ni siquiera bajó la mirada. Sus ojos permanecieron fijos en la pantalla mientras sus dedos continuaban tecleando instrucciones obscenas.
"Tu culo le pertenece. Antes de que te lo folle, tú misma tienes que abrirlo. Mete los dedos, estírate para él. Cuando te la meta, no grites de dolor —grítale que te dé más. A los hombres les encanta escuchar cómo suplicas mientras te destroza el ano."
Alberto introdujo dos dedos dentro de ella, bombeando con furia mientras su lengua trabajaba sin ritmo. El sonido húmedo de su saliva mezclándose con la piel llenaba la habitación. Thelma dejó escapar un suspiro —no de placer, sino de hastío.
—¿Para qué te gastas, Alberto? —dijo sin levantar los ojos del teléfono—. Después de Sebastián, está claro que no puedes complacerme. Lo único que haces es lo que él quiere. Ni siquiera esto es por mí.
Las palabras golpearon a Alberto como una bofetada. Se detuvo, los dedos aún dentro de ella, el rostro congestionado. Pero en lugar de retirarse, algo se quebró dentro de él. El celoso se convirtió en rabia pura.
Se levantó de golpe y agarró a Thelma por los cabellos, arrastrándola fuera del sofá. Ella soltó el teléfono sobre el cojín mientras Alberto la empujaba hacia una silla. Sacó unas cuerdas del cajón —las mismas que Sebastián había usado cuando tenía el vestido de casamiento— y ató sus muñecas a los reposabrazos.
—Vas a ver lo que puedo hacer —siseó.
Thelma soltó una carcajada fría.
Alberto desapareció por un momento y regresó con un plug anal metálico y el teléfono en mano, grabando. Sin preliminares, empujó el plug contra el ano de Thelma, forzándolo hacia adentro. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando a pesar suyo. Alberto comenzó a masturbarse frente a ella, la verga pequeña y erecta, bombeando con furia mientras la grababa.
—Dime que te gusta —ordenó.
—Me gusta cuando Sebastián me llena —respondió ella, la voz temblorosa por el plug pero los ojos desafiantes—. Tu leche no vale nada comparada con la suya. Lo que sale de ti es un patético chorrito.
Alberto gruñó, acelerando el movimiento. Su mano libre agarró el teléfono, enfocando la cara de Thelma, el plug enterrado en su culo, su propio miembro palpitando. Se corrió con un quejido, unos hilos delgados de semen cayendo sobre la cara de Thelma. Ella miró las gotas con desprecio.
—Patético —murmuró.
Mientras tanto, en la casa de Sebastián, Ariana leía cada mensaje con devoción. Su cuerpo todavía temblaba del encuentro anterior, pero la adicción la empujaba a más. Se arrodilló frente a Sebastián, quien estaba recostado en el sofá observándola con una sonrisa.
—Quiero que uses mi boca con fuerza, como si fuera una vagina —susurró Ariana, agarrando la base de su verga.
Sin esperar respuesta, abrió la boca y lo tragó entero. La verga de Sebastián golpeó el fondo de su garganta y ella contuvo el reflejo de vómito, exactamente como su madre había instruido. Sus labios se sellaron alrededor de la base mientras su garganta se contraía espasmódicamente. Sebastián agarró su cabello y empujó más profundo, follando su boca sin piedad.
Ariana sacó su propio teléfono y lo posicionó, grabando cómo la verga de Sebastián desaparecía entre sus labios, cómo la saliva escurría por su barbilla. Cuando él se retiró para dejarla respirar, ella jadeó y bajó hasta sus huevos, lamiéndolos con devoción, metiéndolos en su boca uno por uno mientras su mano bombeaba la verga.
—Más —ordenó Sebastián.
Ariana se giró, presentándole su culo. Sus propios dedos abrieron su ano, estirándose como le habían enseñado. Sebastián no esperó —la penetró de una sola embestida, arrancándole un grito que se convirtió en súplica.
—¡Más! ¡Dame más!
Sebastián la agarró de las caderas y la folló con brutalidad, cada embestida empujándola contra el sofá. Ariana grababa su propia degradación, el teléfono capturando cómo su ano se tragaba la verga de Sebastián una y otra vez.
Cuando Sebastián se retiró, Ariana se giró rápidamente, abriendo la boca. Él se corrió sobre su cara, hilos gruesos de semen cubriéndole la frente, las mejillas, los labios. Ella pasó la lengua recogiendo lo que pudo, tragando con reverencia.
No terminó ahí. Ariana lo montó, deslizando la verga dentro de su coño, cabalgándolo con desesperación. Sus caderas rebotaban mientras sus manos apretaban sus propios pechos, pellizcando los pezones. Sebastián agarró su cintura y empujó hacia arriba, follando desde abajo con fuerza.
—¡Lléname! —suplicó Ariana—. ¡Quiero tu leche adentro!
Sebastián gruñó y se corrió por segunda vez, inundando su interior. Ariana se desplomó sobre él, temblando, el teléfono todavía grabando mientras su coño goteaba semen.
De vuelta en el salón de Thelma, el teléfono vibró con una notificación. Sebastián le enviaba en secreto el video que acababa d grabar con su hija. Thelma lo abrió con manos temblorosas y vio a su Ariana —cubierta de semen, el coño desbordando, los ojos vidriosos de placer— mirando a la cámara.
Thelma cerró los ojos. Luego, con dedos temblorosos, reenvió la grabación de Alberto eyaculando sobre su rostro atada a la silla.
La respuesta de Sebastián fue inmediata: un emoji sonriendo.
Thelma tragó saliva. La pantalla brillaba contra su rostro mientras leía una y otra vez. Su hija, ajena a la red que Sebastián había tejido, pedía instrucciones para ser mejor puta. Alberto se acercó por detrás del sofá, los ojos clavados en el celular.
—¿Qué quiere? —preguntó, la voz ronca.
—Nada que te importe —Thelma inclinó el teléfono lejos de él.
Pero Alberto ya había visto el nombre. Sus mandíbulas se apretaron.
Thelma comenzó a teclear con pulso lento: "Escúchame bien. No hay que tener límites. Tu boca es su herramienta. Trágalo entero, sin respirar. Cuando sientas que vas a ahogarte, sigue bajando. A ellos les gusta sentir la garganta convulsionando alrededor de su verga."
Mientras enviaba el mensaje, Alberto rodeó el sofá y se arrodilló frente a ella. Sus manos forzaron las rodillas de Thelma apartándolas, abriendo la bata. Ella no opuso resistencia —su mente estaba dividida entre la pantalla y el vacío entre sus piernas.
El teléfono vibró de nuevo: "¿Y si me ahogo?"
Thelma tecleó: "No importa si te quedas sin aire. Él no te pregunta si te gusta. Te usa. Deja que te folle la boca como si fuera un agujero más. Y cuando se corra, trágalo todo. Cada gota. Siempre."
Alberto hundió el rostro entre los muslos de Thelma. Su lengua buscó el clítoris con desesperación, lamiendo con movimientos torpes y febriles. Quería arrancarle un gemido, una reacción —cualquier cosa que no fuera esa frialdad absoluta. Pero Thelma ni siquiera bajó la mirada. Sus ojos permanecieron fijos en la pantalla mientras sus dedos continuaban tecleando instrucciones obscenas.
"Tu culo le pertenece. Antes de que te lo folle, tú misma tienes que abrirlo. Mete los dedos, estírate para él. Cuando te la meta, no grites de dolor —grítale que te dé más. A los hombres les encanta escuchar cómo suplicas mientras te destroza el ano."
Alberto introdujo dos dedos dentro de ella, bombeando con furia mientras su lengua trabajaba sin ritmo. El sonido húmedo de su saliva mezclándose con la piel llenaba la habitación. Thelma dejó escapar un suspiro —no de placer, sino de hastío.
—¿Para qué te gastas, Alberto? —dijo sin levantar los ojos del teléfono—. Después de Sebastián, está claro que no puedes complacerme. Lo único que haces es lo que él quiere. Ni siquiera esto es por mí.
Las palabras golpearon a Alberto como una bofetada. Se detuvo, los dedos aún dentro de ella, el rostro congestionado. Pero en lugar de retirarse, algo se quebró dentro de él. El celoso se convirtió en rabia pura.
Se levantó de golpe y agarró a Thelma por los cabellos, arrastrándola fuera del sofá. Ella soltó el teléfono sobre el cojín mientras Alberto la empujaba hacia una silla. Sacó unas cuerdas del cajón —las mismas que Sebastián había usado cuando tenía el vestido de casamiento— y ató sus muñecas a los reposabrazos.
—Vas a ver lo que puedo hacer —siseó.
Thelma soltó una carcajada fría.
Alberto desapareció por un momento y regresó con un plug anal metálico y el teléfono en mano, grabando. Sin preliminares, empujó el plug contra el ano de Thelma, forzándolo hacia adentro. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando a pesar suyo. Alberto comenzó a masturbarse frente a ella, la verga pequeña y erecta, bombeando con furia mientras la grababa.
—Dime que te gusta —ordenó.
—Me gusta cuando Sebastián me llena —respondió ella, la voz temblorosa por el plug pero los ojos desafiantes—. Tu leche no vale nada comparada con la suya. Lo que sale de ti es un patético chorrito.
Alberto gruñó, acelerando el movimiento. Su mano libre agarró el teléfono, enfocando la cara de Thelma, el plug enterrado en su culo, su propio miembro palpitando. Se corrió con un quejido, unos hilos delgados de semen cayendo sobre la cara de Thelma. Ella miró las gotas con desprecio.
—Patético —murmuró.
Mientras tanto, en la casa de Sebastián, Ariana leía cada mensaje con devoción. Su cuerpo todavía temblaba del encuentro anterior, pero la adicción la empujaba a más. Se arrodilló frente a Sebastián, quien estaba recostado en el sofá observándola con una sonrisa.
—Quiero que uses mi boca con fuerza, como si fuera una vagina —susurró Ariana, agarrando la base de su verga.
Sin esperar respuesta, abrió la boca y lo tragó entero. La verga de Sebastián golpeó el fondo de su garganta y ella contuvo el reflejo de vómito, exactamente como su madre había instruido. Sus labios se sellaron alrededor de la base mientras su garganta se contraía espasmódicamente. Sebastián agarró su cabello y empujó más profundo, follando su boca sin piedad.
Ariana sacó su propio teléfono y lo posicionó, grabando cómo la verga de Sebastián desaparecía entre sus labios, cómo la saliva escurría por su barbilla. Cuando él se retiró para dejarla respirar, ella jadeó y bajó hasta sus huevos, lamiéndolos con devoción, metiéndolos en su boca uno por uno mientras su mano bombeaba la verga.
—Más —ordenó Sebastián.
Ariana se giró, presentándole su culo. Sus propios dedos abrieron su ano, estirándose como le habían enseñado. Sebastián no esperó —la penetró de una sola embestida, arrancándole un grito que se convirtió en súplica.
—¡Más! ¡Dame más!
Sebastián la agarró de las caderas y la folló con brutalidad, cada embestida empujándola contra el sofá. Ariana grababa su propia degradación, el teléfono capturando cómo su ano se tragaba la verga de Sebastián una y otra vez.
Cuando Sebastián se retiró, Ariana se giró rápidamente, abriendo la boca. Él se corrió sobre su cara, hilos gruesos de semen cubriéndole la frente, las mejillas, los labios. Ella pasó la lengua recogiendo lo que pudo, tragando con reverencia.
No terminó ahí. Ariana lo montó, deslizando la verga dentro de su coño, cabalgándolo con desesperación. Sus caderas rebotaban mientras sus manos apretaban sus propios pechos, pellizcando los pezones. Sebastián agarró su cintura y empujó hacia arriba, follando desde abajo con fuerza.
—¡Lléname! —suplicó Ariana—. ¡Quiero tu leche adentro!
Sebastián gruñó y se corrió por segunda vez, inundando su interior. Ariana se desplomó sobre él, temblando, el teléfono todavía grabando mientras su coño goteaba semen.
De vuelta en el salón de Thelma, el teléfono vibró con una notificación. Sebastián le enviaba en secreto el video que acababa d grabar con su hija. Thelma lo abrió con manos temblorosas y vio a su Ariana —cubierta de semen, el coño desbordando, los ojos vidriosos de placer— mirando a la cámara.
Thelma cerró los ojos. Luego, con dedos temblorosos, reenvió la grabación de Alberto eyaculando sobre su rostro atada a la silla.
La respuesta de Sebastián fue inmediata: un emoji sonriendo.
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