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La sumisión de la suegra, Parte 9

Sebastián se ajustó el cinturón del pantalón frente al espejo del pasillo, ignorando a Alberto, que aún se restregaba los ojos en el suelo, y a Thelma, que permanecía arrodillada sobre las sábanas arrugadas, con el cuerpo aun temblando levemente por los residuos del último orgasmo. El ambiente en la habitación pesaba, denso con el olor a sudor y fluidos recientes. Sebastián se giró hacia ellos con una calma calculadora.
—Este fin de semana Ariana se viene a mi casa —anunció, su voz cortando el aire viciado como un cuchillo—. Y como yo estaré ocupado enseñándole a tu hija qué es una verga de verdad, Alberto, te doy permiso para hacer lo que te dé la gana con esta puta.
Alberto se incorporó de golpe, una chispa de esperanza, quizás de venganza, encendiéndose en sus ojos cansados. Sebastián levantó una mano, cortando cualquier entusiasmo prematuro.
—Hay una condición —continuó Sebastián, sacando su teléfono del bolsillo y señalándolo a Thelma—. Tú, Thelma, me vas a contar todo. Cada detalle sucio, cada cosa que este imbécil te haga. Y vas a mandarme pruebas. Fotos, videos. Quiero ver cómo te usa.
Thelma asintió, la mirada clavada en el suelo, pero su mente ya estaba en otro lugar. Sebastián salió de la casa sin mirar atrás, dejando a la pareja en un silencio incómodo que Alberto rompió casi de inmediato. Se acercó a su esposa, con la respiración agitada, y la agarró del pelo, forzándola a mirarlo.
—¿Oíste eso? —siseó Alberto—. Ahora mando yo.
La empujó boca abajo sobre el colchón todavía húmedo y se desabrochó el pantalón con torpeza. Thelma sintió cómo él se subía sobre ella, cómo sus manos, ásperas y nerviosas, recorrían su espalda. Pero no hubo fuego. Su cuerpo no respondió al tacto de su esposo; estaba acostumbrado a la posesión firme, experta y brutal de Sebastián. Cuando Alberto intentó penetrarla, seco y torpe, ella sintió una fricción molesta, nada parecido al éxtasis que Sebastián le provocaba. A pesar de la incomodidad, Thelma recordó la orden. Alcanzó su teléfono con la mano temblorosa y abrió la cámara.
—Hazte el duro, cornudo —murmuró ella, con una voz plana y carente de deseo—. Mándale algo que le guste.
Alberto, ofuscado por la falsa sensación de poder, comenzó a sodomizarla con fuerza, creyendo que eso era lo que ella quería. Thelma gimió, pero el sonido era falso, una actuación mecánica. Grabó un video de diez segundos donde se veía la mano de Alberto agarrando su cadera con violencia y envió el archivo a Sebastián. Me está partiendo por el culo, escribió en el mensaje, añadiendo un emoji de lágrimas, aunque sus ojos estaban secos y aburridos. Cada vez que Alberto la golpeaba o la insultaba, ella pensaba en cómo Sebastián la usaba, en cómo su hija estaría ese fin de semana en la casa de su macho. Alberto eyaculó rápidamente, dejando un charco tibio e insignificante en su espalda, y Thelma pensó con ironía qué poco significaba eso comparado con los litros que Sebastián le había hecho beber.
Más tarde por la noche, en la casa moderna y luminosa de Sebastián, el ambiente era muy distinto. Ariana ya estaba allí, y la ropa no duró mucha puesta. Sebastián no perdió tiempo en preliminares suaves; sabía que la chica, igual que su madre, estaba hecha para el uso bestial. La empujó contra el sofá de cuero, levantándole la falda y tirando de sus bragas con un movimiento seco que las rompió. Ariana soltó un gemido agudo, mezcla de dolor y placer anticipado, y se abrió de piernas, revelando un coño ya humedecido.
Sebastián sacó su teléfono y lo colocó sobre una mesita al lado del sofá, asegurando el ángulo perfecto para capturar cada detalle. No quería solo un recuerdo; quería evidencia. Se acercó a ella, su verga ya erecta y palpitante, y comenzó a masturbarla con una brutalidad que hizo temblar las piernas de la joven.
— Amo que seas así de puta —gruñó Sebastián, mientras le metía dos dedos profundamente, provocando un sonido húmedo y obsceno—. ¿Verdad que te gusta fuerte?
Ariana solo pudo asentir, con los ojos desenfocados y la boca abierta, mientras Sebastián la penetraba sin previo aviso. El coqueteo inicial desapareció, reemplazado por el sonido de la piel golpeando contra la piel con un ritmo frenético. Sebastián la cogía como un animal, sin piedad, usándola para saciar su sed de dominación. Las tetas gigantes de Ariana, una herencia genética directa de Thelma, rebotaban violentamente con cada embestida, y él no dudó en apretarlas hasta dejar marcas rojas, mordisqueando los pezones hasta que ella gritaba.
El fin de semana se convirtió en una maratón de sexo desenfrenado. Sebastián la llenó de semen por todos lados. Le corría dentro de su coño, sintiendo cómo se contraía alrededor de su miembro para extraer hasta la última gota; luego se retiraba y se descargaba sobre su estómago plano y sus muslos, y finalmente, sobre su cara, cubriendo sus labios, sus mejillas y sus párpados con una capa espesa y blanca. Ariana, lejos de rechazarlo, lo recibía como una bendición, lamiéndose los labios y pidiendo más con la mirada.
Entre cogida y cogida, Sebastián tomaba su teléfono y seleccionaba los fragmentos más explícitos. Se los enviaba a Thelma con mensajes crueles. Mira cómo le doy de comer a tu hija, Tu hija traga mejor que tú. Thelma, en su casa, miraba los mensajes mientras Alberto intentaba insistentemente volver a excitarla con juguetes baratos. Al ver las imágenes de Ariana, con el rostro destrozado por el semen y el éxtasis, Thelma sentía una mezcla de vergüenza y un celo morboso que la humedecía más que cualquier cosa que Alberto pudiera hacer.
El punto culminante llegó el sábado por la noche. Sebastián había configurado la cámara del teléfono para un plano cenital. Ariana, agotada pero insaciable, estaba boca arriba en la cama, con la cabeza colgando hacia atrás desde el borde, dejando la garganta totalmente expuesta y abierta. Sebastián se puso de pie sobre ella, con las piernas a ambos lados de su cabeza, y comenzó a meter su verga profundamente en su garganta, en una postura que dificultaba su respiración y que la obligaba a tragar entera.
—Así, putita mía —gritó Sebastián, mientras la cámara grababa cómo el cuello de Ariana se dilataba para acomodar el grosor de él—. Trágalo todo.
Ariana, en un acto de absoluta sumisión y locura sexual, agarró los muslos de Sebastián y tiró de él hacia abajo, forzándose a tomar más profundamente, ahogándose deliberadamente en su polla mientras sus manos bajaban para abrirse el coño con los dedos, mostrando el interior rojo y palpitante a la lente. Esa visión extrema, la combinación de su garganta siendo usada como un simple agujero y su propia exhibición vaginal, fue el detonante final. Sebastián gritó, soltando un torrente de semen que parecía no tener fin; se corrió a chorros interminables, llenando su garganta hasta que ella se ahogó y el líquido brotó por su nariz y comisuras de los labios, chorros espesos que caían sobre su cara y empapaban su cabello. La cámara capturó cada segundo de su desmoronamiento, un registro visceral de la transformación de Ariana en una esclava del semen, exactamente como su madre.

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