Don Armando llevaba semanas postrado, con el cuerpo cansado y el ánimo a medias. A sus más de 70 años, la enfermedad lo había obligado a aceptar ayuda, algo que siempre le costó. Su hija hacía lo imposible, pero el trabajo no esperaba, y cuidar a su padre demandaba más tiempo del que podía ofrecer.
Fue así como pensó en catalina, la vecina del frente.
Tenía 39 años, una presencia serena y una forma de moverse por la vida que inspiraba confianza. Aceptó ayudar sin dudar: preparar las comidas, recordar los medicamentos, acompañarlo en las rutinas diarias.

Desde el primer día, Don Armando notó algo distinto. No era solo la juventud de catalina, sino su calidez. No lo trataba como a un anciano frágil, sino como a un hombre que atravesaba una etapa difícil.
Una mañana, mientras lo asistía con el aseo, el baño se llenó de vapor y silencio. Catalina se movía con profesionalismo, lavando sus genitales, cuidando cada gesto,. Don Armando, con una picardía que aún le brillaba en los ojos, dejó una mano en su nalga un segundo más de lo debido, casi acariciándola.
—Don armando… —lo reprendió ella con suavidad—. Ya no está para esas cosas. Concéntrese en recuperarse.
Él sonrió, acercándose lo justo para que su voz fuera un susurro.
—Ayúdeme una vez hermosa mujer —pidió—. Solo a sentirme vivo. Quiero volver a estar con una mujer hermosa como usted.
Catalina se quedó quieta, sorprendida, pero no ofendida. Retiró con calma su mano y lo miró con atención.
—Veré qué puedo hacer —respondió, sin prometer nada, sin cerrar la puerta del todo.
Al día siguiente regresó con una pequeña bolsita de hierbas y un frasco oscuro que contenia algunas pastillas de color azul.
—Es algo natural —explicó mientras preparaba una infusión—. Para el ánimo… y la vitalidad.
Don Armando observó la taza humeante como si fuera un tesoro antiguo y se lo bebio junto con la pastilla. Tal vez no sabía qué despertaría ese gesto, pero sí entendía una cosa: no todas las ayudas curan el cuerpo… algunas, simplemente, le recuerdan al corazón que aún late.
—No basta con tomar la medicina —le explicó ella con calma—. A veces también hace falta… estimulación.
—Tómelo con calma —añadió ella.

Entonces, sin dramatismos, Catalina dejó caer la ropa con naturalidad, desnudandose como si el gesto fuera parte de un ritual antiguo. La escena le arrancó a Don Armando un suspiro largo, profundo, seguido de una sonrisa inevitable.
—Catalina… estás hecha un monumento —murmuró
—. Cómo quisiera ser jardinero para cuidar esa flor de concha.
Ella soltó una risa pícara, auténtica.
—Relájese, Don Armando —le dijo—. Confíe.
Se acercó despacio, con manos seguras, empezó a acariciarle los testiculos, y su pija dormida, despertando en él una energía que creía olvidada. No hubo apuro, solo guía paciente, palabras suaves, un ritmo pensado para acompañarlo, no para exigirle nada. Cuando su pija comenzó a endurecerse en sus manos, le dijo:
—Tranquilo, ya hizo efecto —susurró—. Yo lo guío.
Catalina se acomodó, guiándo su pija, al interior de su vagina, marcando el compás con suavidad, Don Armando acariciándole las tetas, la cintura y las nalgas , hasta que Don Armando le dijo — catalina, que rica concha tienes.
— Usted también tiene una rica pija, don Armando cabalgándolo con más intensidad, hasta que el le llenó la concha, dejando escapar todo lo que había contenido: cansancio, deseo, vida.
Cuando ella se aquietó, él la rodeó con los brazos, como quien abraza algo valioso.
Ella apoyó la cabeza en su pecho un instante, escuchando ese corazón que seguía latiendo con fuerza inesperada.
El remedio había funcionado, sí.
Pero no solo en el cuerpo.

Catalina permaneció un instante más entre sus brazos, escuchando su respiración ya tranquila. Con una sonrisa cómplice, levantó el rostro y le habló casi en secreto.
—Don Armando… —susurró—. Parece que todavía tiene el pene duró. ¿Quiere probar otra vez?
Él soltó una risa baja, cargada de orgullo recuperado.
—Claro que sí —respondió—. Haré todo lo que haga falta para complacerla.
Catalina lo miró con aprobación. Luego, con un movimiento suave pero decidido, lo invitó a girarse y se acomodó de modo que ahora fuera él quien quedara arriba, dándole espacio, confianza, el control que tanto le había faltado durante su convalecencia.
—Despacio —le indicó—. Marque su propio ritmo.
Don Armando apoyó las manos con firmeza, embistiendo su concha a un compás sereno, como quien vuelve a caminar sin bastón. Su presencia se volvió más segura, más entera. Catalina lo acompañó con miradas, suspiros y jadeos, celebrando cada gesto, cada avance.
Cuando volvió a llenarla, ella lo rodeó una vez más, apoyando la mejilla en su hombro.
—¿Ve? —dijo, satisfecha—. A veces solo hacía falta creer un poco más en usted.
Don Armando cerró los ojos, sonriendo. No era solo el remedio. Era la complicidad, el cuidado… y esa sensación inconfundible de seguir estando vivo.

Don Armando amaneció con un ánimo distinto, casi juvenil.
La vitalidad parecía haberle vuelto al cuerpo y al carácter. Cuando Catalina llegó con los medicamentos, él la miró con esa chispa traviesa que ya no intentaba ocultar.
—¿No crees que hoy me vendría bien un poco más de esa medicina? —preguntó, fingiendo inocencia.
Catalina negó con la cabeza, divertida.
—No se debe abusar —respondió—. Eso no es diario, Don Armando. Hay que saber esperar.
Él suspiró exageradamente, como un niño al que le niegan un capricho.
—Entonces me portaré bien —dijo—. Díme qué tengo que hacer.
catalina lo pensó un segundo y sonrió.
—Si se porta bien… me baño con usted.
El vapor comenzó a llenar el cuarto poco después. El agua tibia caía constante, envolviéndolos en una intimidad tranquila. Don Armando, más seguro de sus movimientos, tomó el jabón y se ofreció a ayudarla también.
—Ahora me toca cuidar a mí —dijo con orgullo sereno.
Sus manos recorrieron con atención, como quien riega una planta valiosa, deteniéndose a enjabonarle las tetas, la vagina, manoseandola disfrutando del momento sin prisa. Catalina cerró los ojos, gimiendo, dejándose acompañar, sonriendo.
—Va muy bien —comentó ella—. Excelente comportamiento.
Don Armando rió bajo, satisfecho, mientras el agua seguía cayendo sobre ambos. No había urgencia ni exceso, solo complicidad, cuidado mutuo y esa sensación compartida de estar disfrutando algo que no se fuerza, que simplemente sucede.
El baño terminó entre miradas largas y silencios cómodos. La medicina podía esperar. Aquella cercanía, en cambio, era un remedio inmediato.
Mientras Catalina cocinaba, el aroma de la comida llenaba la casa con una calma engañosa. Don Armando, inquieto, había encontrado las pastillas y, llevado por el entusiasmo, tomó una a escondidas. No tardó en sentir ese calor conocido recorriéndole el cuerpo, despertándole la pija una urgencia torpe.
Fue hasta la cocina con pasos inseguros.
—Catalina… ayúdame —dijo en voz baja—. Creo que me equivoqué de pastilla.
Ella se giró de inmediato. Antes de que pudiera reaccionar, Don Armando la sostuvo desde atrás, buscando apoyo más que dominio. Catalina percibió su dureza rozándole las nalgas, mientras el le manoseaba las tetas.
— Tranquilo Don Armando, le dijo mientras le bajaba el pantalon y lo masturbaba, luego se levantó el vestido para que el pudiera tomarla por atrás.
—. Perdón Catalina, quería sentir otra vez esta concha tuya, cogiendola desde atrás, golpendola como podía. Una vez que logro terminarle adentro Catalina se acomodó el vestido
y lo ayudó a incorporarse.


Con paciencia, Catalina lo acompañó fuera de la cocina y lo llevó a la habitación, acomodándolo con cuidado, como había aprendido a hacerlo.
—No me dejes —pidió él, con una vulnerabilidad nueva.
Ella le acomodó la almohada y le acarició la frente.
—Iré a ver la comida —respondió—. Luego regreso… y vemos cómo seguimos con calma.
Don Armando, con el corazón acelerado por la anticipación, tomó otra pastilla convencido de que aún podía regalarse un momento más de plenitud. Cuando Catalina regresó, lo encontró distinto: la mirada encendida, la respiración profunda y la pija apuntando al techo.
—¿Otra vez, Don armando? —preguntó con una mezcla de sorpresa y ternura.
Él la miró con una sinceridad que no necesitaba adornos.
—Eres tu… —dijo—. Eres tu quien me pone el pene así de duró.
Catalina suspiró, como aceptando una verdad inevitable.
—Entonces le ayudaré —respondió.
Se despojó del vestido con calma, quedando desnuda frente a él. Don Armando se incorporó con una determinación que no había mostrado en semanas.
— Es hora de que te coja como merecés —murmuró—..
Ella sonrió, dejando que el la pusiera a 4 patas enterrandole la pija en la concha, bombeandola como no lo había hecho antes, haciéndola gemir y estremecerse.




Catalina cayó sobre la cama , jadeando escuchando su respiración… que poco a poco se aquietó. Cuando levantó el rostro, lo vio: Don Armando se había ido, con una sonrisa en los labios, como quien se duerme después de un buen día.
Más tarde llegó la hija. Catalina la recibió con los ojos húmedos, pero en calma.
—Se fue dormido —dijo ella—. Tranquilo. Con una sonrisa.
La hija la abrazó, agradecida.
—Gracias por cuidarlo —susurró—. Se notaba que estaba en paz.
Catalina asintió, con una chispa pícara y tierna a la vez.
—Disfrutó sus últimos días —respondió—. Eso es lo que importa.
Y mientras la casa quedaba en silencio, catalina entendió que no todas las despedidas son tristes. Algunas son el cierre perfecto de una vida que, hasta el final, supo sentirse viva.
Fue así como pensó en catalina, la vecina del frente.
Tenía 39 años, una presencia serena y una forma de moverse por la vida que inspiraba confianza. Aceptó ayudar sin dudar: preparar las comidas, recordar los medicamentos, acompañarlo en las rutinas diarias.

Desde el primer día, Don Armando notó algo distinto. No era solo la juventud de catalina, sino su calidez. No lo trataba como a un anciano frágil, sino como a un hombre que atravesaba una etapa difícil.
Una mañana, mientras lo asistía con el aseo, el baño se llenó de vapor y silencio. Catalina se movía con profesionalismo, lavando sus genitales, cuidando cada gesto,. Don Armando, con una picardía que aún le brillaba en los ojos, dejó una mano en su nalga un segundo más de lo debido, casi acariciándola.
—Don armando… —lo reprendió ella con suavidad—. Ya no está para esas cosas. Concéntrese en recuperarse.
Él sonrió, acercándose lo justo para que su voz fuera un susurro.
—Ayúdeme una vez hermosa mujer —pidió—. Solo a sentirme vivo. Quiero volver a estar con una mujer hermosa como usted.
Catalina se quedó quieta, sorprendida, pero no ofendida. Retiró con calma su mano y lo miró con atención.
—Veré qué puedo hacer —respondió, sin prometer nada, sin cerrar la puerta del todo.
Al día siguiente regresó con una pequeña bolsita de hierbas y un frasco oscuro que contenia algunas pastillas de color azul.
—Es algo natural —explicó mientras preparaba una infusión—. Para el ánimo… y la vitalidad.
Don Armando observó la taza humeante como si fuera un tesoro antiguo y se lo bebio junto con la pastilla. Tal vez no sabía qué despertaría ese gesto, pero sí entendía una cosa: no todas las ayudas curan el cuerpo… algunas, simplemente, le recuerdan al corazón que aún late.
—No basta con tomar la medicina —le explicó ella con calma—. A veces también hace falta… estimulación.
—Tómelo con calma —añadió ella.

Entonces, sin dramatismos, Catalina dejó caer la ropa con naturalidad, desnudandose como si el gesto fuera parte de un ritual antiguo. La escena le arrancó a Don Armando un suspiro largo, profundo, seguido de una sonrisa inevitable.
—Catalina… estás hecha un monumento —murmuró
—. Cómo quisiera ser jardinero para cuidar esa flor de concha.
Ella soltó una risa pícara, auténtica.
—Relájese, Don Armando —le dijo—. Confíe.
Se acercó despacio, con manos seguras, empezó a acariciarle los testiculos, y su pija dormida, despertando en él una energía que creía olvidada. No hubo apuro, solo guía paciente, palabras suaves, un ritmo pensado para acompañarlo, no para exigirle nada. Cuando su pija comenzó a endurecerse en sus manos, le dijo:
—Tranquilo, ya hizo efecto —susurró—. Yo lo guío.
Catalina se acomodó, guiándo su pija, al interior de su vagina, marcando el compás con suavidad, Don Armando acariciándole las tetas, la cintura y las nalgas , hasta que Don Armando le dijo — catalina, que rica concha tienes.
— Usted también tiene una rica pija, don Armando cabalgándolo con más intensidad, hasta que el le llenó la concha, dejando escapar todo lo que había contenido: cansancio, deseo, vida.
Cuando ella se aquietó, él la rodeó con los brazos, como quien abraza algo valioso.
Ella apoyó la cabeza en su pecho un instante, escuchando ese corazón que seguía latiendo con fuerza inesperada.
El remedio había funcionado, sí.
Pero no solo en el cuerpo.

Catalina permaneció un instante más entre sus brazos, escuchando su respiración ya tranquila. Con una sonrisa cómplice, levantó el rostro y le habló casi en secreto.
—Don Armando… —susurró—. Parece que todavía tiene el pene duró. ¿Quiere probar otra vez?
Él soltó una risa baja, cargada de orgullo recuperado.
—Claro que sí —respondió—. Haré todo lo que haga falta para complacerla.
Catalina lo miró con aprobación. Luego, con un movimiento suave pero decidido, lo invitó a girarse y se acomodó de modo que ahora fuera él quien quedara arriba, dándole espacio, confianza, el control que tanto le había faltado durante su convalecencia.
—Despacio —le indicó—. Marque su propio ritmo.
Don Armando apoyó las manos con firmeza, embistiendo su concha a un compás sereno, como quien vuelve a caminar sin bastón. Su presencia se volvió más segura, más entera. Catalina lo acompañó con miradas, suspiros y jadeos, celebrando cada gesto, cada avance.
Cuando volvió a llenarla, ella lo rodeó una vez más, apoyando la mejilla en su hombro.
—¿Ve? —dijo, satisfecha—. A veces solo hacía falta creer un poco más en usted.
Don Armando cerró los ojos, sonriendo. No era solo el remedio. Era la complicidad, el cuidado… y esa sensación inconfundible de seguir estando vivo.

Don Armando amaneció con un ánimo distinto, casi juvenil.
La vitalidad parecía haberle vuelto al cuerpo y al carácter. Cuando Catalina llegó con los medicamentos, él la miró con esa chispa traviesa que ya no intentaba ocultar.
—¿No crees que hoy me vendría bien un poco más de esa medicina? —preguntó, fingiendo inocencia.
Catalina negó con la cabeza, divertida.
—No se debe abusar —respondió—. Eso no es diario, Don Armando. Hay que saber esperar.
Él suspiró exageradamente, como un niño al que le niegan un capricho.
—Entonces me portaré bien —dijo—. Díme qué tengo que hacer.
catalina lo pensó un segundo y sonrió.
—Si se porta bien… me baño con usted.
El vapor comenzó a llenar el cuarto poco después. El agua tibia caía constante, envolviéndolos en una intimidad tranquila. Don Armando, más seguro de sus movimientos, tomó el jabón y se ofreció a ayudarla también.
—Ahora me toca cuidar a mí —dijo con orgullo sereno.
Sus manos recorrieron con atención, como quien riega una planta valiosa, deteniéndose a enjabonarle las tetas, la vagina, manoseandola disfrutando del momento sin prisa. Catalina cerró los ojos, gimiendo, dejándose acompañar, sonriendo.
—Va muy bien —comentó ella—. Excelente comportamiento.
Don Armando rió bajo, satisfecho, mientras el agua seguía cayendo sobre ambos. No había urgencia ni exceso, solo complicidad, cuidado mutuo y esa sensación compartida de estar disfrutando algo que no se fuerza, que simplemente sucede.
El baño terminó entre miradas largas y silencios cómodos. La medicina podía esperar. Aquella cercanía, en cambio, era un remedio inmediato.
Mientras Catalina cocinaba, el aroma de la comida llenaba la casa con una calma engañosa. Don Armando, inquieto, había encontrado las pastillas y, llevado por el entusiasmo, tomó una a escondidas. No tardó en sentir ese calor conocido recorriéndole el cuerpo, despertándole la pija una urgencia torpe.
Fue hasta la cocina con pasos inseguros.
—Catalina… ayúdame —dijo en voz baja—. Creo que me equivoqué de pastilla.
Ella se giró de inmediato. Antes de que pudiera reaccionar, Don Armando la sostuvo desde atrás, buscando apoyo más que dominio. Catalina percibió su dureza rozándole las nalgas, mientras el le manoseaba las tetas.
— Tranquilo Don Armando, le dijo mientras le bajaba el pantalon y lo masturbaba, luego se levantó el vestido para que el pudiera tomarla por atrás.
—. Perdón Catalina, quería sentir otra vez esta concha tuya, cogiendola desde atrás, golpendola como podía. Una vez que logro terminarle adentro Catalina se acomodó el vestido
y lo ayudó a incorporarse.


Con paciencia, Catalina lo acompañó fuera de la cocina y lo llevó a la habitación, acomodándolo con cuidado, como había aprendido a hacerlo.
—No me dejes —pidió él, con una vulnerabilidad nueva.
Ella le acomodó la almohada y le acarició la frente.
—Iré a ver la comida —respondió—. Luego regreso… y vemos cómo seguimos con calma.
Don Armando, con el corazón acelerado por la anticipación, tomó otra pastilla convencido de que aún podía regalarse un momento más de plenitud. Cuando Catalina regresó, lo encontró distinto: la mirada encendida, la respiración profunda y la pija apuntando al techo.
—¿Otra vez, Don armando? —preguntó con una mezcla de sorpresa y ternura.
Él la miró con una sinceridad que no necesitaba adornos.
—Eres tu… —dijo—. Eres tu quien me pone el pene así de duró.
Catalina suspiró, como aceptando una verdad inevitable.
—Entonces le ayudaré —respondió.
Se despojó del vestido con calma, quedando desnuda frente a él. Don Armando se incorporó con una determinación que no había mostrado en semanas.
— Es hora de que te coja como merecés —murmuró—..
Ella sonrió, dejando que el la pusiera a 4 patas enterrandole la pija en la concha, bombeandola como no lo había hecho antes, haciéndola gemir y estremecerse.




Catalina cayó sobre la cama , jadeando escuchando su respiración… que poco a poco se aquietó. Cuando levantó el rostro, lo vio: Don Armando se había ido, con una sonrisa en los labios, como quien se duerme después de un buen día.
Más tarde llegó la hija. Catalina la recibió con los ojos húmedos, pero en calma.
—Se fue dormido —dijo ella—. Tranquilo. Con una sonrisa.
La hija la abrazó, agradecida.
—Gracias por cuidarlo —susurró—. Se notaba que estaba en paz.
Catalina asintió, con una chispa pícara y tierna a la vez.
—Disfrutó sus últimos días —respondió—. Eso es lo que importa.
Y mientras la casa quedaba en silencio, catalina entendió que no todas las despedidas son tristes. Algunas son el cierre perfecto de una vida que, hasta el final, supo sentirse viva.
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