"¡No podemos!" Me incorporé en la cama, con el cuerpoempapado en sudor. La pesadilla se desvaneció, pero la adrenalina corría pormis venas. Miré a mi marido. Por suerte, dormía profundamente. Me llevé unamano al pecho y recordé el día anterior.

Faaris, mi hijo, antes tímido y dulce, se había ido al extranjero a launiversidad y había regresado cambiado. A su llegada, me pidió cosas que unhijo no debería. Cuando lo rechacé, insistió durante semanas con una confianzaincipiente pero firme. Empecé a desear que el verano terminara para quevolviera a la universidad. Día tras día, me dijo que su fuego ardía por mí yque debía permitirle tocarme.
Por supuesto, lo rechacé. Incluso empecé a usar el hiyab en casacuando mi marido no estaba para disuadir a Faaris. Pero él solo se burlaba demí: "¡El hiyab no sirve para nada! Seguís tan linda como siempre".
Lo intenté. De verdad que sí. Pero mi reserva de resistencia se agotóayer. Le permití que me tocara. Y antes de que terminara, había encontrado mi clítorisy me tenía en un frenesí en su mano. Había esperado que me pidiera algo acambio y estaba lista para rechazarlo, pero simplemente se marchó dejándomeconvulsionando a su paso. ¿Qué le había hecho el mundo occidental a mi familia,antes tan tranquila? Los viajes de Faaris habían sembrado una semilla decorrupción, y había echado raíces.
Recordando todo esto, no pude volver a dormirme. Así que miré por laventana de mi habitación. El pálido horizonte violeta anunciaba el amanecer. Ensilencio, me levanté de la cama, me vestí y me dispuse a comenzar mi día. Nosabía qué haría cuando Faaris despertara. ¿Lo regañaría, saldría corriendo dela casa gritando o dejaría que me suplicara y me persuadiera? Ciertamente no loúltimo. Me froté las piernas mientras preparaba el desayuno. Sentí mariposasrevoloteando en mi vientre.
Mi esposo, Imad, se levantó, pero mi hijo seguía durmiendo. Imadsiguió su rutina matutina. Pensé en contarle lo que le había pasado a nuestrohijo en el extranjero. Cómo el mundo no nos había devuelto al mismo hombre quenos había dejado. Que Imad no debía dejarme sola ese día con nuestro hijo. Perono dije nada. En cambio, le di un beso en la mejilla a Imad cuando se fue atrabajar, como si fuera un día cualquiera en nuestro matrimonio. Lo vi irse,con los hombros tensos.
Ahora que estaba a solas con Faaris en la casa, mi ansiedad aumentó.Me puse el hiyab para cuando se despertara, pero seguía durmiendo. Tal vezpodría evitarlo. Pensé en los recados que tenía que hacer esa semana. Decidíhacerlos todos en un día. Eso me mantendría ocupada. Dejé el desayuno paraFaaris con una nota que decía que estaría fuera la mayor parte del día. Y luegome fui. Mientras caminaba por nuestra concurrida calle, un gran alivio meinvadió
“Estaré fuera todo el día. Aquí tienes tu desayuno y hay lechuga en elrefrigerador”.
Mi alivio se desvaneció en las siguientes horas a medida que lasbolsas en mis manos se multiplicaban. Tendría que regresar a casa o quedar sepultadabajo mis compras. Justo después de la una y media, puse las llaves en lacerradura y entré en casa. Tal vez Faaris estaría por ahí persiguiendo mujeresde su edad, recé. No hubo suerte. Su voz saludó a mis oídos.

"Estás en casa. ¡Genial!" Faaris se deslizó en la entradadescalzo como si estuviera bailando. "Dejame ayudarte con las bolsas,mamá." Su amplia sonrisa no mostraba culpa ni modestia. Me guiñó un ojo.Tomó varias bolsas de mis manos y corrió a la cocina. "¿Ya almorzaste,querida madre?"
"Sí, Faaris. Comí mientras estaba fuera." Dejé el resto demis bolsas en la cocina y miré a mi hijo. Llevaba una camiseta con algo escritoen inglés y pantalones. Oh, Dios mío, no debería haber bajado la mirada. Sucosa estaba dura y formaba una tienda de campaña con sus pantalones. Aparté lamirada y me moví para guardar los alimentos perecederos.
"Qué linda vista." Faaris se rió. "¿Estás tratando dehacerme estallar el corazón?" Miré por encima del hombro y vi que memiraba el culo.
"Pará, Faaris." Lo miré con el ceño fruncido, pero cuando viel anhelo en su rostro, las mariposas en mi estómago aletearon con más fuerza.¿De verdad estaba volviendo loco a mi joven y hermoso hijo? Volví a mi trabajode organizar el refrigerador.
"Lo que hicimos ayer fue..."
“¿Sublime? Me encanta verte feliz”. Faaris se movió detrás de mí, pudenotar que se acercaba. “¿Puedo tocarte el culo, mamá? Si no lo hago, creo quemoriré”.
“Me estás haciendo la vida muy difícil”. Apreté los dientes. Tenía queponer algunos límites. “Si de verdad significa tanto para vos, podés tocarme elculo. Pero no podés volver a poner las manos entre mis piernas”. Puse el hummusen el estante superior como si todo esto fuera perfectamente normal. “Y nunca tenésque contarle nada a nadie sobre esto. Especialmente a tu padre. Él no loentendería”.
“Nada de manos entre las piernas. No, padre. Entendido”. Faaris rozósuavemente la curva de mi culo con las yemas de los dedos.
Que Alá me proteja, susurré. Un escalofrío recorrió mi cuerpo derepente.

“Tu culo tiene un poder sobre mí que casi me fractura la mente”.Faaris siempre había tenido una inclinación por la hipérbole, así que intenténo tomármelo demasiado en serio. ¿Era mi culo?
¿Era tan excitante? Mi esposo ya no parecía pensarlo.
"Bien, se acabó el tiempo de tocar." Terminé mi tarea, cerréel refrigerador, me enderecé y me giré hacia él.
"Pero apenas empezamos." Se arrodilló para suplicarme frentea mí. "Estaba siendo muy gentil, dejame seguir un poco más. ¿Porfavor?"
"Te complací y tal vez mañana, si te portás bien, te dejarétocarme cortésmente de nuevo. Hasta entonces yo... ¿qué...?" Miré conincredulidad mientras el diablo se arrastraba bajo mi vestido. "Dije queno tocaras entre mis piernas. ¡Lo prometiste!"
"Sin manos." Faaris movió su cabeza entre mis piernas, peromantuvo las manos alejadas.
"Oh, Faaris. ¿Qué estás...?" Sentí su lengua moverse a lolargo de mi surco a través de mi ropa interior. No sabía que los hombreshicieran esas cosas. Por supuesto, complací a Imad con mi boca, pero él nuncase había ofrecido a devolverme el favor. Mi espalda se apoyó contra el fríometal del refrigerador. Mis piernas se abrieron para darle acceso sin que mimente se lo ordenara.

"Mmmmmmmpppphhh... es tan... dulce." Su voz amortiguadallegó a mis oídos incrédulos. El travieso apartó mi ropa interior con losdientes, fiel a su promesa de no usar las manos. Fue entonces cuando realmentese puso a trabajar. Grité cuando su lengua entró en mí, y grité como unavendedora ambulante desesperada cuando llegó a mi clítoris. "Oh... no... Faaris...me... tenés... atrapada... en tu lengua... oooohhhhhhhhhhh." Mis manosacunaban la parte posterior de su cabeza mientras me trabajaba. Recé para quelos vecinos no me oyeran mientras gritaba mi dicha. Insatisfecho con unorgasmo, mi hijo se deleitó conmigo a través de cinco clímax que me cambiaronla vida. Era plastilina cuando terminó y salió de debajo de mi vestido.
"No hay nada que un hombre ame más que hacer feliz a una mujerhermosa." Se limpió la cara brillante con el dorso de la mano. "Yhacerla suya."
"Fffffftttthhhhhhh." Fue todo lo que pude decir. Esperabaque sacara su cosa y me pidiera que le facilitara su propia liberación, pero encambio salió de la cocina y se fue a jugar videojuegos a su habitación. Laexperiencia me había enseñado que el sexo se trataba de la satisfacción delhombre. El comportamiento de mi hijo era anormal en muchos sentidos. Lentamenteme dejé caer al suelo, tratando de comprender mi nueva vida.
Al día siguiente, volvió a suceder. Dos veces. Me pidió tocarme.Cuando se lo permití, se puso bajo mi vestido y me lamió mientras yo intentabasin éxito lavar los platos. Por la tarde, me pidió que me inclinara y me lamiópor detrás en el pasillo. Esa fue la primera vez que usó los dedos al mismotiempo. Creo que toqué el paraíso en ese pasillo.

Y así, se estableció una nueva rutina. Nunca me pidió que me desnudarani exigió su propia satisfacción. Pero me llevaba a nuevas alturas cada día yme colmaba de halagos sobre mi belleza. Juró que todo lo que quería era mifelicidad. Y empecé a creerle. Cada día estaba ahora marcado por terremotosorgásmicos.
"Sacate el hiyab, mamá." Faaris me quitó la tela de lacabeza juguetonamente. "Tu cabello es más suave que la seda tejida. ¿Puedotocarlo?"
"Sí." Asentí. Estábamos en el cuarto de lavado. Se habíaacercado por detrás mientras yo planchaba la ropa de su padre. Dejé que pasarasus dedos por mi cabello. Mis nervios se encendieron anticipando lo que sabíaque vendría después. Pero me sorprendió.
"Nunca te vi desnuda." Sus manos recorrieron mi espalda, y levantólentamente mi vestido.
“¿Te gustaría tanto verme? No soy una jovencita como las de launiversidad”. Apoyé la plancha caliente en posición vertical y levanté losbrazos para que me quitara el vestido.

“Sos más ardiente que el sol y más hermosa que la luna”. Faaris mequitó el vestido. Me quedé de pie frente a él en ropa interior. Me dio lavuelta y se quedó mirando el corpiño que había comprado para seducir a supadre. Luego me giró para que le diera la espalda de nuevo.
“Decís tonterías”. Sentí sus ágiles dedos desabrochar mi corpiño.Obviamente tenía experiencia con esas cosas. Temblé. El corpiño se cayó, yaunque todavía le daba la espalda, me cubrí los pechos con el brazo.
“A veces me pregunto si estoy soñando cuando te miro. Ahora mismo,tengo miedo de despertarme”. Bajó mi bombacha por mis piernas. Me la quité.
“¿Qué estamos haciendo, Faaris?”. Me estremecí cuando me besó loshombros. “Estamos locos”.
"Viendo esto, ¿quién elegiría la cordura? Date vuelta,mamá." Puso sus manos en mis caderas y me giró para que lo mirara denuevo. Jadeé cuando vi que él también estaba desnudo. Intenté no mirarlofijamente. De verdad que lo intenté. Pero era tan diferente de su padre. Eradelgado, pero mucho más grande donde importaba. Así que, así era como se veíaun hombre hecho para el placer de una mujer. Y, me recordé a mí misma, yo lohabía hecho.

"Sos hermoso... Faaris", susurré, todavía incapaz de apartarla vista de su verga.
Se rió. "Entonces, somos hermosos juntos." Extendiósuavemente la mano y apartó mi brazo de mis tetas. Cuando las vio, sonrió enseñal de aprobación. "Me gustaría oírte pedirme que te la meta adentro."Me guió por la habitación y me puso la espalda contra la pared.
"¿Qué?" Casi me desmayo cuando se inclinó. Mi hijo me habíabesado por todo el cuerpo, pero esta era la primera vez que nuestros labios seencontraban. Me dejó sin aliento. Después de un rato, recuperamos el aliento.Me di cuenta de que su verga estaba entre mis piernas, presionando suavementecontra mi monte de Venus.
"Decilo, mamá."

"Por favor, Faaris. Metela. Quiero ugggghhhhhh... sentirla."Dejé escapar un profundo suspiro gutural mientras la metía en mi vagina. Susmanos ahuecaban y sostenían firmemente cada nalga, su boca se dirigió a micuello. Me abrí para él lo mejor que pude. No te sorprenderá saber que nuncaantes había tenido sexo de pie contra una pared. El dolor me recibió primero,pero después de que me penetrara por un rato, algo dentro de mí se ajustó. Fueplacer a partir de ese momento. Y no solo el dulce placer que esperaba deFaaris, sino un éxtasis salvaje y urgente que tomó el control total de missentidos.
Después de un rato, Faaris me movió al suelo y continuó con nuestroapareamiento. Una serie de orgasmos casi me derritieron el cerebro. Finalmente,Faaris encontró su liberación sobre mis tetas y mi estómago. Observé su semen blancoy caliente salpicándome, asombrada por la cantidad. Pensando que habíamosterminado, lo empujé. Intenté irme. Pero me tomó por detrás. Me apareé como unperro por primera vez en el suelo del lavadero. Nos apareamos como conejos elresto del día, por toda la casa. Yo aprendí varias posiciones nuevas y nuevasalturas de placer. Esta vez, estaba bastante segura de que los vecinos meoyeron. Pero gracias a Alá, nadie llamó a nuestra puerta.

Ya era hora de preparar la cena cuando finalmente logramos meternos enla ducha. Incluso mientras lo frotaba, la verga de Faaris se puso dura de nuevoy me llevó bajo el agua caliente. Justo después de que finalmente nos limpiamosy nos vestimos, su padre llegó a casa y no encontró a nadie para recibirlo nila cena preparada.

“¿Qué está pasando?”. Imad estaba en la cocina con cara de confusión.
Entré apresuradamente. Me pregunto si notó la culpa y la alegríareflejadas en mi rostro. “Oh, lo siento por la cena. Faaris me estaba mostrando...uno de sus videojuegos. Y perdimos la noción del tiempo”.
“¿Videojuegos?”. Imad parecía incrédulo. “Comportate como una adulta,mujer. Estaré en mi estudio, llamame cuando la cena esté lista”.
“Sí, cariño”. Lo vi irse, respiré hondo y puse agua para el arroz.Solo podía pensar en que quedaban unas pocas semanas para que Faaris volviera ala universidad. ¿Por qué había desperdiciado el verano negándoselo?

Faaris, mi hijo, antes tímido y dulce, se había ido al extranjero a launiversidad y había regresado cambiado. A su llegada, me pidió cosas que unhijo no debería. Cuando lo rechacé, insistió durante semanas con una confianzaincipiente pero firme. Empecé a desear que el verano terminara para quevolviera a la universidad. Día tras día, me dijo que su fuego ardía por mí yque debía permitirle tocarme.
Por supuesto, lo rechacé. Incluso empecé a usar el hiyab en casacuando mi marido no estaba para disuadir a Faaris. Pero él solo se burlaba demí: "¡El hiyab no sirve para nada! Seguís tan linda como siempre".
Lo intenté. De verdad que sí. Pero mi reserva de resistencia se agotóayer. Le permití que me tocara. Y antes de que terminara, había encontrado mi clítorisy me tenía en un frenesí en su mano. Había esperado que me pidiera algo acambio y estaba lista para rechazarlo, pero simplemente se marchó dejándomeconvulsionando a su paso. ¿Qué le había hecho el mundo occidental a mi familia,antes tan tranquila? Los viajes de Faaris habían sembrado una semilla decorrupción, y había echado raíces.
Recordando todo esto, no pude volver a dormirme. Así que miré por laventana de mi habitación. El pálido horizonte violeta anunciaba el amanecer. Ensilencio, me levanté de la cama, me vestí y me dispuse a comenzar mi día. Nosabía qué haría cuando Faaris despertara. ¿Lo regañaría, saldría corriendo dela casa gritando o dejaría que me suplicara y me persuadiera? Ciertamente no loúltimo. Me froté las piernas mientras preparaba el desayuno. Sentí mariposasrevoloteando en mi vientre.
Mi esposo, Imad, se levantó, pero mi hijo seguía durmiendo. Imadsiguió su rutina matutina. Pensé en contarle lo que le había pasado a nuestrohijo en el extranjero. Cómo el mundo no nos había devuelto al mismo hombre quenos había dejado. Que Imad no debía dejarme sola ese día con nuestro hijo. Perono dije nada. En cambio, le di un beso en la mejilla a Imad cuando se fue atrabajar, como si fuera un día cualquiera en nuestro matrimonio. Lo vi irse,con los hombros tensos.
Ahora que estaba a solas con Faaris en la casa, mi ansiedad aumentó.Me puse el hiyab para cuando se despertara, pero seguía durmiendo. Tal vezpodría evitarlo. Pensé en los recados que tenía que hacer esa semana. Decidíhacerlos todos en un día. Eso me mantendría ocupada. Dejé el desayuno paraFaaris con una nota que decía que estaría fuera la mayor parte del día. Y luegome fui. Mientras caminaba por nuestra concurrida calle, un gran alivio meinvadió
“Estaré fuera todo el día. Aquí tienes tu desayuno y hay lechuga en elrefrigerador”.
Mi alivio se desvaneció en las siguientes horas a medida que lasbolsas en mis manos se multiplicaban. Tendría que regresar a casa o quedar sepultadabajo mis compras. Justo después de la una y media, puse las llaves en lacerradura y entré en casa. Tal vez Faaris estaría por ahí persiguiendo mujeresde su edad, recé. No hubo suerte. Su voz saludó a mis oídos.

"Estás en casa. ¡Genial!" Faaris se deslizó en la entradadescalzo como si estuviera bailando. "Dejame ayudarte con las bolsas,mamá." Su amplia sonrisa no mostraba culpa ni modestia. Me guiñó un ojo.Tomó varias bolsas de mis manos y corrió a la cocina. "¿Ya almorzaste,querida madre?"
"Sí, Faaris. Comí mientras estaba fuera." Dejé el resto demis bolsas en la cocina y miré a mi hijo. Llevaba una camiseta con algo escritoen inglés y pantalones. Oh, Dios mío, no debería haber bajado la mirada. Sucosa estaba dura y formaba una tienda de campaña con sus pantalones. Aparté lamirada y me moví para guardar los alimentos perecederos.
"Qué linda vista." Faaris se rió. "¿Estás tratando dehacerme estallar el corazón?" Miré por encima del hombro y vi que memiraba el culo.
"Pará, Faaris." Lo miré con el ceño fruncido, pero cuando viel anhelo en su rostro, las mariposas en mi estómago aletearon con más fuerza.¿De verdad estaba volviendo loco a mi joven y hermoso hijo? Volví a mi trabajode organizar el refrigerador.
"Lo que hicimos ayer fue..."
“¿Sublime? Me encanta verte feliz”. Faaris se movió detrás de mí, pudenotar que se acercaba. “¿Puedo tocarte el culo, mamá? Si no lo hago, creo quemoriré”.
“Me estás haciendo la vida muy difícil”. Apreté los dientes. Tenía queponer algunos límites. “Si de verdad significa tanto para vos, podés tocarme elculo. Pero no podés volver a poner las manos entre mis piernas”. Puse el hummusen el estante superior como si todo esto fuera perfectamente normal. “Y nunca tenésque contarle nada a nadie sobre esto. Especialmente a tu padre. Él no loentendería”.
“Nada de manos entre las piernas. No, padre. Entendido”. Faaris rozósuavemente la curva de mi culo con las yemas de los dedos.
Que Alá me proteja, susurré. Un escalofrío recorrió mi cuerpo derepente.

“Tu culo tiene un poder sobre mí que casi me fractura la mente”.Faaris siempre había tenido una inclinación por la hipérbole, así que intenténo tomármelo demasiado en serio. ¿Era mi culo?
¿Era tan excitante? Mi esposo ya no parecía pensarlo.
"Bien, se acabó el tiempo de tocar." Terminé mi tarea, cerréel refrigerador, me enderecé y me giré hacia él.
"Pero apenas empezamos." Se arrodilló para suplicarme frentea mí. "Estaba siendo muy gentil, dejame seguir un poco más. ¿Porfavor?"
"Te complací y tal vez mañana, si te portás bien, te dejarétocarme cortésmente de nuevo. Hasta entonces yo... ¿qué...?" Miré conincredulidad mientras el diablo se arrastraba bajo mi vestido. "Dije queno tocaras entre mis piernas. ¡Lo prometiste!"
"Sin manos." Faaris movió su cabeza entre mis piernas, peromantuvo las manos alejadas.
"Oh, Faaris. ¿Qué estás...?" Sentí su lengua moverse a lolargo de mi surco a través de mi ropa interior. No sabía que los hombreshicieran esas cosas. Por supuesto, complací a Imad con mi boca, pero él nuncase había ofrecido a devolverme el favor. Mi espalda se apoyó contra el fríometal del refrigerador. Mis piernas se abrieron para darle acceso sin que mimente se lo ordenara.

"Mmmmmmmpppphhh... es tan... dulce." Su voz amortiguadallegó a mis oídos incrédulos. El travieso apartó mi ropa interior con losdientes, fiel a su promesa de no usar las manos. Fue entonces cuando realmentese puso a trabajar. Grité cuando su lengua entró en mí, y grité como unavendedora ambulante desesperada cuando llegó a mi clítoris. "Oh... no... Faaris...me... tenés... atrapada... en tu lengua... oooohhhhhhhhhhh." Mis manosacunaban la parte posterior de su cabeza mientras me trabajaba. Recé para quelos vecinos no me oyeran mientras gritaba mi dicha. Insatisfecho con unorgasmo, mi hijo se deleitó conmigo a través de cinco clímax que me cambiaronla vida. Era plastilina cuando terminó y salió de debajo de mi vestido.
"No hay nada que un hombre ame más que hacer feliz a una mujerhermosa." Se limpió la cara brillante con el dorso de la mano. "Yhacerla suya."
"Fffffftttthhhhhhh." Fue todo lo que pude decir. Esperabaque sacara su cosa y me pidiera que le facilitara su propia liberación, pero encambio salió de la cocina y se fue a jugar videojuegos a su habitación. Laexperiencia me había enseñado que el sexo se trataba de la satisfacción delhombre. El comportamiento de mi hijo era anormal en muchos sentidos. Lentamenteme dejé caer al suelo, tratando de comprender mi nueva vida.
Al día siguiente, volvió a suceder. Dos veces. Me pidió tocarme.Cuando se lo permití, se puso bajo mi vestido y me lamió mientras yo intentabasin éxito lavar los platos. Por la tarde, me pidió que me inclinara y me lamiópor detrás en el pasillo. Esa fue la primera vez que usó los dedos al mismotiempo. Creo que toqué el paraíso en ese pasillo.

Y así, se estableció una nueva rutina. Nunca me pidió que me desnudarani exigió su propia satisfacción. Pero me llevaba a nuevas alturas cada día yme colmaba de halagos sobre mi belleza. Juró que todo lo que quería era mifelicidad. Y empecé a creerle. Cada día estaba ahora marcado por terremotosorgásmicos.
"Sacate el hiyab, mamá." Faaris me quitó la tela de lacabeza juguetonamente. "Tu cabello es más suave que la seda tejida. ¿Puedotocarlo?"
"Sí." Asentí. Estábamos en el cuarto de lavado. Se habíaacercado por detrás mientras yo planchaba la ropa de su padre. Dejé que pasarasus dedos por mi cabello. Mis nervios se encendieron anticipando lo que sabíaque vendría después. Pero me sorprendió.
"Nunca te vi desnuda." Sus manos recorrieron mi espalda, y levantólentamente mi vestido.
“¿Te gustaría tanto verme? No soy una jovencita como las de launiversidad”. Apoyé la plancha caliente en posición vertical y levanté losbrazos para que me quitara el vestido.

“Sos más ardiente que el sol y más hermosa que la luna”. Faaris mequitó el vestido. Me quedé de pie frente a él en ropa interior. Me dio lavuelta y se quedó mirando el corpiño que había comprado para seducir a supadre. Luego me giró para que le diera la espalda de nuevo.
“Decís tonterías”. Sentí sus ágiles dedos desabrochar mi corpiño.Obviamente tenía experiencia con esas cosas. Temblé. El corpiño se cayó, yaunque todavía le daba la espalda, me cubrí los pechos con el brazo.
“A veces me pregunto si estoy soñando cuando te miro. Ahora mismo,tengo miedo de despertarme”. Bajó mi bombacha por mis piernas. Me la quité.
“¿Qué estamos haciendo, Faaris?”. Me estremecí cuando me besó loshombros. “Estamos locos”.
"Viendo esto, ¿quién elegiría la cordura? Date vuelta,mamá." Puso sus manos en mis caderas y me giró para que lo mirara denuevo. Jadeé cuando vi que él también estaba desnudo. Intenté no mirarlofijamente. De verdad que lo intenté. Pero era tan diferente de su padre. Eradelgado, pero mucho más grande donde importaba. Así que, así era como se veíaun hombre hecho para el placer de una mujer. Y, me recordé a mí misma, yo lohabía hecho.

"Sos hermoso... Faaris", susurré, todavía incapaz de apartarla vista de su verga.
Se rió. "Entonces, somos hermosos juntos." Extendiósuavemente la mano y apartó mi brazo de mis tetas. Cuando las vio, sonrió enseñal de aprobación. "Me gustaría oírte pedirme que te la meta adentro."Me guió por la habitación y me puso la espalda contra la pared.
"¿Qué?" Casi me desmayo cuando se inclinó. Mi hijo me habíabesado por todo el cuerpo, pero esta era la primera vez que nuestros labios seencontraban. Me dejó sin aliento. Después de un rato, recuperamos el aliento.Me di cuenta de que su verga estaba entre mis piernas, presionando suavementecontra mi monte de Venus.
"Decilo, mamá."

"Por favor, Faaris. Metela. Quiero ugggghhhhhh... sentirla."Dejé escapar un profundo suspiro gutural mientras la metía en mi vagina. Susmanos ahuecaban y sostenían firmemente cada nalga, su boca se dirigió a micuello. Me abrí para él lo mejor que pude. No te sorprenderá saber que nuncaantes había tenido sexo de pie contra una pared. El dolor me recibió primero,pero después de que me penetrara por un rato, algo dentro de mí se ajustó. Fueplacer a partir de ese momento. Y no solo el dulce placer que esperaba deFaaris, sino un éxtasis salvaje y urgente que tomó el control total de missentidos.
Después de un rato, Faaris me movió al suelo y continuó con nuestroapareamiento. Una serie de orgasmos casi me derritieron el cerebro. Finalmente,Faaris encontró su liberación sobre mis tetas y mi estómago. Observé su semen blancoy caliente salpicándome, asombrada por la cantidad. Pensando que habíamosterminado, lo empujé. Intenté irme. Pero me tomó por detrás. Me apareé como unperro por primera vez en el suelo del lavadero. Nos apareamos como conejos elresto del día, por toda la casa. Yo aprendí varias posiciones nuevas y nuevasalturas de placer. Esta vez, estaba bastante segura de que los vecinos meoyeron. Pero gracias a Alá, nadie llamó a nuestra puerta.

Ya era hora de preparar la cena cuando finalmente logramos meternos enla ducha. Incluso mientras lo frotaba, la verga de Faaris se puso dura de nuevoy me llevó bajo el agua caliente. Justo después de que finalmente nos limpiamosy nos vestimos, su padre llegó a casa y no encontró a nadie para recibirlo nila cena preparada.

“¿Qué está pasando?”. Imad estaba en la cocina con cara de confusión.
Entré apresuradamente. Me pregunto si notó la culpa y la alegríareflejadas en mi rostro. “Oh, lo siento por la cena. Faaris me estaba mostrando...uno de sus videojuegos. Y perdimos la noción del tiempo”.
“¿Videojuegos?”. Imad parecía incrédulo. “Comportate como una adulta,mujer. Estaré en mi estudio, llamame cuando la cena esté lista”.
“Sí, cariño”. Lo vi irse, respiré hondo y puse agua para el arroz.Solo podía pensar en que quedaban unas pocas semanas para que Faaris volviera ala universidad. ¿Por qué había desperdiciado el verano negándoselo?
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