You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 4

Links de Capítulos:
Capítulo 1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6226792/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-1.html
Capítulo 2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6227112/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-2.html
Capítulo 3 https://www.poringa.net/posts/relatos/6227476/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-3.html
Capítulo 4 https://www.poringa.net/posts/relatos/6228886/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-4.html
Capítulo 4 - Entre sus tetas
El día parecía no moverse. Cada minuto se sentía eterno mientras revisaba el teléfono, esperando que María me avisara que estaba en camino. Mi mente no dejaba de reproducir imágenes de ella: la camisa blanca pegada, los movimientos de sus tetas, los videos que Adrián me había mostrado. Todo eso me tenía en un estado entre excitación y ansiedad.

Sabía que pronto la tendría frente a mí, que sus curvas, sus pechos, toda ella, serían reales y no solo una imagen en pantalla. Mi mente corría sin control, imaginando cada centímetro de su cuerpo, sus tetas ya tocadas y filmadas por otros, y cómo pronto podría disfrutar de ellas… aunque solo en mi cabeza por ahora. La mezcla de excitación, celos y una rabia húmeda que no podía controlar me recorría de pies a cabeza, haciendo que mis manos temblaran de deseo y mis pensamientos se volvieran cada vez más perversos.

Finalmente, el mensaje llegó:
—“Ya voy para allá 😏”

Mientras esperaba, mi mente no dejaba de correr. Imaginaba cada detalle de sus tetas, cada curva de su cuerpo, cómo otros ya las habían tocado y filmado, y cómo yo pronto podría disfrutarlas… aunque fuera solo en mi cabeza por ahora. Pensaba en Adrián, en los videos, en lo fácil que ella dejaba que otros la vieran, y me sentía extraño: excitado, celoso, y al mismo tiempo con una rabia húmeda que no podía controlar.

Y justo cuando estaba completamente atrapado en mi fantasía, escuché el sonido del timbre.

Todo se detuvo. Cada pensamiento, cada imagen, cada gemido imaginario que se había formado en mi cabeza desapareció al instante. Mi corazón se disparó, mis manos temblaron y la respiración me faltaba. Era ella. María estaba allí, frente a mi puerta, y ahora no eran imaginaciones ni videos: sería real.

Abrí la puerta y me quedé paralizado. María estaba allí, con una camisa negra de cuello de tortuga pegadísima al cuerpo, lo suficientemente traslúcida como para no dejar nada a la imaginación. No llevaba brasier, y cada curva de sus pechos se marcaba con descaro a través de la tela. Era imposible apartar la mirada: sus pezones apenas insinuados bajo la camisa, la forma en que se ajustaba la tela al moverse… todo me tenía completamente atrapado.
Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 4


Su sonrisa, consciente de mi atención, tenía un toque perverso. Era como si supiera exactamente todo lo que estaba pasando por mi mente, y disfrutara de tenerme allí, rígido y nervioso, incapaz de decir o hacer algo. Mi pulso se aceleró, mis manos temblaron y una erección imposible de ignorar comenzaba a abrirse camino mientras la veía acercarse a mí.

La saludé, y de manera genuina, me abrazó. No pude resistirme: la pegué a mi cuerpo a propósito, dejando que sus pechos se presionaran contra mí, sintiendo cada curva y la suavidad de su piel a través de la camisa traslúcida.

Ella no se apartó. En lugar de eso, se movió ligeramente, de manera sensual, jugando con el contacto, como si supiera perfectamente el efecto que tenía sobre mí. Me dio un beso en la mejilla y, con una sonrisa coqueta, me dijo:

—Hola… ¿no me vas a soltar o qué?

Ambos reímos, pero dentro de mí la excitación se disparó. Cada roce, cada movimiento, cada contacto era como un recordatorio de todo lo que había imaginado y visto antes, y ahora estaba justo frente a mí, real y tangible, disfrutando del efecto que tenía sobre mí.

Sonriendo, la miré a los ojos y le dije:

—¿Quieres pasar a mi casa un rato?

Ella ladeó la cabeza, con esa expresión coqueta que ya conocía, y sus ojos brillaron un poco más. Sin decir nada, asintió y me siguió. Mientras caminábamos, sentía cada movimiento suyo, cada leve balanceo de sus caderas, y no podía dejar de imaginar cómo esos pechos presionados contra su camisa se moverían cuando estuviéramos solos.

Al cruzar la puerta, sentí que mi cuerpo se tensaba aún más. Cada paso suyo hacía que mis ojos no pudieran despegarse de sus pechos marcados por la camisa negra, y fue imposible disimularlo.

Ella lo notó al instante. Su sonrisa se volvió un poco más traviesa, ladeó la cabeza y me preguntó, con un hilo de voz juguetón:

—¿Siempre me miras así?

Mi respiración se aceleró, y tuve que tragar saliva para no responder con un balbuceo. Su cercanía, el roce de su brazo junto al mío, y la firmeza de mis pantalones eran un recordatorio constante de lo que estaba pasando: no podía evitar mirar sus tetas, y ella lo sabía perfectamente.

Mientras caminábamos hacia la sala, tropecé levemente con ella, como si fuera un accidente. En ese instante, mi mano rozó sus pechos a través de la tela, y no pude evitar apretarlos un poco más de lo “normal” bajo la excusa del tropiezo.

Ella se quedó quieta por un segundo, con esa mirada que mezclaba sorpresa y complicidad, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. En lugar de apartarse, se movió de manera sensual, dejando que la presión se mantuviera, casi incitándome a seguir. Su sonrisa traviesa y esa ligera inclinación de su cuerpo contra el mío me dejaron claro que disfrutaba del efecto que tenía sobre mí.

—Uy… cuidado —dijo con un suspiro juguetón, su voz cargada de picardía—. ¿Siempre te tropiezas así?

No era necesario que dijera más. El mensaje estaba claro: ella sabía que había aprovechado la situación, y le encantaba.

Ella me miró con esa mirada juguetona y escaneó mi cuerpo de arriba abajo, lenta y deliberadamente, como si quisiera asegurarse de que lo viera todo. Luego, sus ojos bajaron hacia mi entrepierna, y se detuvieron un instante. Su sonrisa traviesa se amplió, y con un tono burlón me soltó:

—Vaya… todo eso es culpa de mis tetas, ¿no?

Reí nervioso, sin poder apartar la mirada de sus ojos, y antes de que pudiera responder, agregó:

—Si ya estás así solo viéndolas a través de mi camisa… no quiero imaginar lo que hiciste anoche cuando las viste al desnudo.

Sentí un escalofrío recorrerme, y mi respiración se volvió más rápida. Su tono no era de reproche, sino de diversión y provocación, disfrutando de cómo me tenía atrapado.

—Me gusta que las personas se calienten con mis tetas —dijo después, con una media sonrisa cómplice.

No pude evitar preguntar, casi entre jadeos:

—¿Las personas… o solo yo?

Su mirada se volvió un poco más intensa, y su sonrisa, aún más traviesa.

Ella ignoró mi pregunta y, con esa seguridad traviesa que siempre tenía, me dijo:

—Tócalas… te lo ganaste por la manera en que las miras.

No necesité que me lo repitiera. Lentamente, moví mi brazo hacia su pecho, y cuando lo apoyé sobre su teta, pude sentir su suavidad y firmeza al instante. La presión era perfecta, y no pude evitar apretarla un poco más, dejando que el hambre y el deseo que sentía por tocarla se notara sin control.
relato



Ella no se apartó; al contrario, dejó que mis manos hicieran lo que quisieran, su respiración se volvió más profunda y su mirada me decía todo lo que las palabras no necesitaban. Cada roce, cada movimiento, era una invitación a perderme por completo en sus pechos, y yo no quería desaprovechar ni un segundo.
cornudo



Luego soltó algo que no esperaba:

—Ay, si Adrián supiera esto… no sé qué pensaría.

Y de inmediato cambió el tema, como si quisiera distraerme de mis pensamientos:

—Sé que él te tuvo que haber dicho algo de mí… ojalá algo bueno. En realidad no sé qué pensar de él, no sé qué más hacer para que me preste atención. Solo me llama cuando quiere, y sé que en verdad no me toma en serio… pero no puedo evitar contestarle.

Al escuchar eso, mi mente volvió al comentario de Adrián de ayer: que solo la buscaba cuando quería tener sexo con ella, usar sus tetas como su juguete y luego dejar de lado todo lo demás. No dije nada. Solo me quedé en silencio, dejando que esas palabras me recorrieran mientras mi erección se multiplicaba.

Ella continuó, con un tono casi inocente:

—En realidad… no sé por qué estoy aquí contigo. No porque te mostrara mis tetas ayer… sé que está mal, pero de alguna forma sentí que a alguien sí le importaba. Se siente bien.

Mi pantalón se tensó de inmediato, incapaz de contener lo que estaba sintiendo. Cada palabra suya me excitaba más. La idea de que Adrián solo la usara cuando quería, y que yo en este momento estaba derritiéndome por ella, deseando tocarla, era intoxicante. Ese sentimiento de que ella tenía un control sobre mí mientras él la tenía solo como objeto… extrañamente me calentó hasta el límite.

Ella soltó un comentario, un poco apenada:

—Perdón si esto que te dije te cortó la calentura… solo lo tenía que decir, y quiero que sepas lo que pasa por mi mente.

Lo que ella no sabía era que, justo lo contrario, su confesión sobre Adrián me había excitado aún más. Ciego por la calentura, no dudé ni un segundo:

—No te preocupes… estoy más caliente que antes.

Me miró con una expresión confusa, como si no entendiera qué quería decir. Pero no le di tiempo a pensar. Tomé su mano y la guié directamente hacia mi erección, dejando que sintiera con sus dedos lo que ella había provocado en mí.

La combinación de su presencia, su tacto y el recuerdo de todo lo que había hecho Adrián con ella me hizo explotar en una mezcla de deseo, perversión y anticipación imposible de controlar.

Saqué mi erección fuera del pantalón. Ella no dudó ni un segundo: siguió mi impulso, tomando mi pene con sus manos. El contacto era perfecto: suave, cálido, exacto. Sus movimientos, arriba y abajo, eran tan fluidos y naturales que delataban de inmediato que no era la primera vez que lo hacía con alguien.
cuckold


Cada giro de sus dedos, cada presión medida, me llevaba más allá de la anticipación. La combinación de su tacto experto y la excitación que había acumulado pensando en Adrián me hacía sentir atrapado entre placer, perversión y celos, incapaz de resistirme a lo que ella me provocaba.

Mientras sus manos continuaban moviéndose arriba y abajo, sentí que su voz cortaba el aire con suavidad y picardía:

—Veo que no me prestaste mucha atención a lo que te dije de Adrián… dijo, con un tono que mezclaba curiosidad y diversión.

Le respondí, entre jadeos y respiraciones cortas:

—Sí lo hice…

Ella arqueó una ceja, claramente confundida, mientras seguía con su movimiento experto:

—¿Sí lo hiciste… y no te importó? —preguntó, con una mezcla de burla y provocación, como si quisiera retarme mientras me dejaba completamente a su merced.

Aproveché un instante y, con cuidado pero decidido, la traje hacia mí. Tomé mi erección con mis manos mientras con la otra sujetaba su cintura, y comencé a darle pequeños golpes con mi verga a sus pechos.
esposa puta


—Ahora no me importa Adrián —le susurré, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba al contacto.
—Ahora solo me importas tú.

Pero en realidad, Adrián sí estaba presente en mi mente. Me excitaba pensar que las mismas tetas que tenía ahora frente a mí habían sido su juguete sexual, que él había depositado su semen ahí, que había disfrutado de ellas antes. Cada pensamiento perverso me encendía aún más, y no podía cuestionarme si sentirlo así era malo o raro. Todo lo que importaba era la mezcla de celos, deseo y perversión que me consumía.

Con una mirada cargada de deseo, me dijo:

—Solo por decirme que ahora no importa Adrián… y por la forma en que deseas y miras mis tetas, te mereces esto.

Se arrodilló frente a mí, con una sonrisa traviesa y las manos descansando sobre mis muslos. Sus palabras me hicieron temblar de anticipación.

—Me encanta que mis tetas sean el centro de atención… y ahora las vas a disfrutar —dijo, mientras mi erección alcanzaba un nivel impresionante. Estaba a punto de experimentar en carne propia lo que Adrián había disfrutado y grabado en video. Nunca imaginé que algún día tendría esto frente a mí, y ahora estaba a punto de hacerlo.

No lo dudé. Agarré mi pene y empecé a frotarlo suavemente contra sus pechos, de arriba a abajo. La tela de su camisa apenas los cubría, y la sensación era perfecta, intensa y adictiva. María cerró los ojos por un instante, con una expresión de placer que me hizo arder aún más.
hotwife


cornudo consentido


—Te gusta, ¿verdad? —me preguntó, con voz baja y sensual, consciente del efecto que tenía sobre mí.
—¡Me encantan! —le dije, con la voz entrecortada—. Tus tetas… son lo mejor del mundo.

Ella sonrió con complicidad, ladeó la cabeza y dijo:

—Obvio… mientras yo alzaba lentamente la camisa, dejándome ver más de lo que había imaginado—. Disfrútalas dijo.
esposa compartida


No pude evitarlo. Tan pronto como alcé su camisa, un impulso irrefrenable me empujó a meter mi cabeza entre sus tetas, como si necesitara perderme allí de inmediato. La suavidad de su piel, la forma perfecta de sus pechos apretándome, el calor… todo era demasiado. Respiré hondo, tratando de absorber cada centímetro de su cuerpo, y me quedé allí un instante, como queriendo ahogarme en la perfección que tenía frente a mí.
Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 4


Después de disfrutar de sus tetas en mi cara, no pude resistirme más. Me puse de pie y metí mi pene entre sus pechos, dejándome envolver por su suavidad y firmeza. Cada movimiento suyo, cada pequeño rebote, intensificaba la sensación hasta hacerlo casi insoportable. Mis manos se aferraban a su cintura para mantenerla cerca mientras yo me movía de arriba a abajo, sintiendo cómo sus tetas abrazaban mi erección a la perfección.
relato


cornudo


Ella soltó un suspiro bajo, ladeó la cabeza hacia mí con una sonrisa traviesa y dijo:

—Vaya… siempre supe que mis tetas le causan este efecto a la gente, pero no creí que fuera tan intenso contigo.

Mis pensamientos se desbordaron sin control. Sabía que otros ya habían sentido lo mismo, habían tocado, chupado, disfrutado de este mismo cuerpo antes que yo… y eso me volvió loco. La idea de que sus pechos habían sido un juguete, que Adrián y probablemente más personas los habían poseído de maneras que yo apenas podía imaginar, mezclada con la sensación de tener mi pene sus tetas, me hizo sentir un placer sucio, intenso, prohibido. Cada rebote, cada presión, cada roce me llevaba más lejos. Era perverso, era excitante, y sobre todo, era mío… al menos por un instante.

Mi respiración se volvió entrecortada y mi cuerpo temblaba. Cada movimiento de mi pene entre sus pechos me acercaba al límite, y podía sentir cómo el clímax estaba a punto de estallar, tan cerca que parecía que no podría contenerlo. La combinación de placer y esa sensación prohibida, de saber que otros ya habían disfrutado de lo mismo, me consumía por completo.

Justo cuando mi clímax estaba a punto de estallar, su teléfono comenzó a sonar. La pantalla mostró el nombre de Adrián. Mi respiración se cortó. Mientras mi pene se deslizaba entre sus pechos, mi cuerpo temblaba, y la idea de que él la estuviera llamando en ese mismo momento, quizás para lo mismo que yo estaba haciendo, me hizo sentir un calor extraño, húmedo, perverso.
cuckold


Ella deslizó el dedo sobre la pantalla y contestó la llamada.
—¡Hola! —dijo con naturalidad—, ¿qué tal?

—Nada, solo quería saber cómo estás… y… ¿puedes verme ahora? —la voz de Alejandro sonó clara y decidida.

Ella ladeó la cabeza y soltó una risa baja, casi juguetona, mientras jugaba con la pantalla sin apartar la mirada de mí.
—Mmm… déjame un momento —dijo, con voz suave—. Ven a buscarme a la casa de Alejandra.

—¿Ahora mismo? preguntó Alejandro.

—Sí, sí… ya ven —respondió ella, escondiendo la verdad—. Solo pasando el rato con Alejandra.

Yo seguía allí, con mi pene entre sus pechos, concentrado únicamente en la sensación, mientras escuchaba cómo mentía con naturalidad. La perversión del momento me consumía: estaba explotando en placer mientras ella ocultaba nuestra cercanía.

Cuando cortó la llamada, no pude contenerme más. Me dejé llevar completamente y me corrí sobre sus pechos, sintiendo cada centímetro, intoxicado por el placer y la situación tan sucia que me estaba haciendo explotar.
esposa puta


Ella me miró con una sonrisa satisfecha y traviesa, recorriéndome con la mirada mientras mi leche todavía cubría sus pechos.

—Vaya… —susurró—. Parece que te gustaron más de lo que esperaba.

No dije nada; aún estaba recuperándome del orgasmo, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada, pero mi mente corría a mil por hora. En solo unos minutos, Adrián estaría aquí, y ella lo esperaba en la puerta como si nada hubiera pasado.

Se levantó lentamente, dejando que mi mirada recorriera cada centímetro de su cuerpo, aún llena de mi semen. Mi erección seguía dura, tensa, mientras la veía caminar hacia el espejo. Con movimientos lentos y deliberados, se acomodó la ropa, se limpió con papel lo que quedaba de mi leche, y me lanzó una mirada que hizo que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo.

—No le digas nada a nadie… ni mucho menos a Adrián —me susurró con voz baja y sensual, mientras arqueaba la espalda ligeramente, dejando que mis ojos se recrearan en cada curva—. Esto es nuestro pequeño secreto.

Un sonido interrumpió el momento: el motor de un auto acercándose. Ella giró hacia mí con una sonrisa llena de complicidad y perversión:

—Ya vino por mí… Adrián —dijo, su voz cargada de picardía—. No salgas, ¿vale? Él no sabe que estaba contigo. Más tarde te escribo.

Me quedé allí, paralizado, observando cómo se preparaba para recibirlo, mientras mi mente explotaba entre excitación, celos y perversión. La vi por la ventana mientras se montaba en el carro de Adrián, como si nada hubiese pasado antes. Él le dio un beso apasionado, y ella sonrió, juguetona, como si guardara su pequeño secreto solo para mí. Luego, se fueron, dejándome con la imagen de sus curvas, su sonrisa y el recuerdo de lo que acababa de suceder, completamente atrapado entre el deseo y los celos.

0 comentarios - Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 4