Mi nombre es Laura, tengo 35 años y llevo ocho dando clases de Literatura en la universidad. Siempre he sido la profesora estricta, la que lleva faldas lápiz ajustadas y blusas que marcan justo lo suficiente para que los chicos de último año se distraigan. Pero ninguno como él.
Se llama Diego, 22 años, moreno, hombros anchos de quien juega fútbol los fines de semana y una mirada que parece desnudarme cada vez que levanto la vista del atril. Ese día, después de la última clase, se quedó sentado mientras los demás salían.
—Profesora… necesito hablar de mi nota —dijo con esa voz grave que me humedecía las bragas sin permiso.
Cerré la puerta del aula vacía con llave. El clic sonó como una sentencia.
—Ven aquí —ordené, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía.
Se acercó despacio, como si supiera que ya me tenía. Cuando estuvo a un palmo, olí su perfume mezclado con sudor fresco de la cancha. Le agarré la corbata y tiré de él hasta que su boca chocó con la mía. Su lengua entró sin pedir permiso, caliente, ansiosa, follándome la boca mientras sus manos grandes me apretaban el culo por encima de la falda.
—Joder, profe… llevo meses imaginando esto —gruñó contra mis labios.
—Pues ahora vas a dejar de imaginarlo, cabrón —le contesté, mordiéndole el labio inferior.
Lo empujé contra el escritorio y me arrodillé delante de él. Le bajé la cremallera con dedos temblorosos de pura hambre. Su polla saltó fuera, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Era más grande de lo que había fantaseado en mis noches solitarias tocándome pensando en él.
—Qué polla tan rica tienes, Diego… —susurré antes de metérmela entera hasta la garganta.
Chupé como una puta desesperada, babeando, gimiendo, haciendo ruidos obscenos mientras él me agarraba del pelo y me follaba la boca.
—Así, mamá… trágatela toda. Eres una guarra, ¿verdad? La profesora más caliente de la puta universidad.
Sus palabras me encendieron más. Saqué la polla un segundo para jadear:
—Soy tu guarra, sí. Y ahora vas a follarme como si me odiaras.
Me levantó como si no pesara nada, me sentó en el escritorio y me abrió las piernas de par en par. Me arrancó las bragas de un tirón; estaban empapadas. Dos dedos gruesos se hundieron en mi coño sin piedad.
—Estás chorreando, profesora… mira cómo te gotea el coño por mí.
Empezó a follarme con los dedos mientras su pulgar me frotaba el clítoris hinchado. Me corrí en menos de un minuto, gritando su nombre, apretando su mano con mis paredes internas.
No me dio tiempo a recuperarme. Me dio la vuelta, me inclinó sobre el escritorio y me levantó la falda hasta la cintura. Sentí la cabeza gorda de su polla rozándome el agujero.
—Pídemelo —gruñó.
—Fóllame, Diego… méteme esa polla gruesa hasta el fondo. Quiero que me destroces.
Entró de una sola embestida. Grité de placer y dolor mezclado. Me llenó por completo, estirándome, tocando lugares que nadie había tocado nunca. Empezó a follarme duro, salvaje, sus huevos golpeando mi clítoris con cada empujón. El escritorio se movía, mis tetas se aplastaban contra la madera fría.
—Qué coño más apretado y caliente… joder, me vas a hacer correrme ya…
—Dentro —supliqué—. Córrete dentro de tu profesora, lléname el coño de leche caliente.
Aceleró como un animal. Sentí cómo su polla se hinchaba aún más dentro de mí y entonces explotó: chorros gruesos, calientes, inundándome el útero mientras yo me corría por segunda vez, apretándolo, ordeñándolo, gritando su nombre como una loca.
Se quedó dentro unos segundos, jadeando, su pecho pegado a mi espalda. Luego salió despacio y vi cómo su semen blanco y espeso me chorreaba por los muslos.
Se agachó, me separó las nalgas y pasó la lengua por mi coño usado, lamiendo su propia corrida mezclada con mis jugos.
—Esto no ha terminado, profe —susurró contra mi piel sensible—. Mañana en mi apartamento te voy a follar el culo también.
Me giré, lo besé con su sabor aún en mi boca y sonreí con malicia.
—Más te vale, alumno… porque yo ya estoy contando las horas.
Y así empezó nuestra historia sucia, prohibida y absolutamente adictiva. Cada clase, cada oficina, cada rincón de la universidad se convirtió en nuestro puto parque de juegos. Y yo… yo nunca me había sentido tan viva, tan guarra, tan suya.
Se llama Diego, 22 años, moreno, hombros anchos de quien juega fútbol los fines de semana y una mirada que parece desnudarme cada vez que levanto la vista del atril. Ese día, después de la última clase, se quedó sentado mientras los demás salían.
—Profesora… necesito hablar de mi nota —dijo con esa voz grave que me humedecía las bragas sin permiso.
Cerré la puerta del aula vacía con llave. El clic sonó como una sentencia.
—Ven aquí —ordené, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía.
Se acercó despacio, como si supiera que ya me tenía. Cuando estuvo a un palmo, olí su perfume mezclado con sudor fresco de la cancha. Le agarré la corbata y tiré de él hasta que su boca chocó con la mía. Su lengua entró sin pedir permiso, caliente, ansiosa, follándome la boca mientras sus manos grandes me apretaban el culo por encima de la falda.
—Joder, profe… llevo meses imaginando esto —gruñó contra mis labios.
—Pues ahora vas a dejar de imaginarlo, cabrón —le contesté, mordiéndole el labio inferior.
Lo empujé contra el escritorio y me arrodillé delante de él. Le bajé la cremallera con dedos temblorosos de pura hambre. Su polla saltó fuera, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Era más grande de lo que había fantaseado en mis noches solitarias tocándome pensando en él.
—Qué polla tan rica tienes, Diego… —susurré antes de metérmela entera hasta la garganta.
Chupé como una puta desesperada, babeando, gimiendo, haciendo ruidos obscenos mientras él me agarraba del pelo y me follaba la boca.
—Así, mamá… trágatela toda. Eres una guarra, ¿verdad? La profesora más caliente de la puta universidad.
Sus palabras me encendieron más. Saqué la polla un segundo para jadear:
—Soy tu guarra, sí. Y ahora vas a follarme como si me odiaras.
Me levantó como si no pesara nada, me sentó en el escritorio y me abrió las piernas de par en par. Me arrancó las bragas de un tirón; estaban empapadas. Dos dedos gruesos se hundieron en mi coño sin piedad.
—Estás chorreando, profesora… mira cómo te gotea el coño por mí.
Empezó a follarme con los dedos mientras su pulgar me frotaba el clítoris hinchado. Me corrí en menos de un minuto, gritando su nombre, apretando su mano con mis paredes internas.
No me dio tiempo a recuperarme. Me dio la vuelta, me inclinó sobre el escritorio y me levantó la falda hasta la cintura. Sentí la cabeza gorda de su polla rozándome el agujero.
—Pídemelo —gruñó.
—Fóllame, Diego… méteme esa polla gruesa hasta el fondo. Quiero que me destroces.
Entró de una sola embestida. Grité de placer y dolor mezclado. Me llenó por completo, estirándome, tocando lugares que nadie había tocado nunca. Empezó a follarme duro, salvaje, sus huevos golpeando mi clítoris con cada empujón. El escritorio se movía, mis tetas se aplastaban contra la madera fría.
—Qué coño más apretado y caliente… joder, me vas a hacer correrme ya…
—Dentro —supliqué—. Córrete dentro de tu profesora, lléname el coño de leche caliente.
Aceleró como un animal. Sentí cómo su polla se hinchaba aún más dentro de mí y entonces explotó: chorros gruesos, calientes, inundándome el útero mientras yo me corría por segunda vez, apretándolo, ordeñándolo, gritando su nombre como una loca.
Se quedó dentro unos segundos, jadeando, su pecho pegado a mi espalda. Luego salió despacio y vi cómo su semen blanco y espeso me chorreaba por los muslos.
Se agachó, me separó las nalgas y pasó la lengua por mi coño usado, lamiendo su propia corrida mezclada con mis jugos.
—Esto no ha terminado, profe —susurró contra mi piel sensible—. Mañana en mi apartamento te voy a follar el culo también.
Me giré, lo besé con su sabor aún en mi boca y sonreí con malicia.
—Más te vale, alumno… porque yo ya estoy contando las horas.
Y así empezó nuestra historia sucia, prohibida y absolutamente adictiva. Cada clase, cada oficina, cada rincón de la universidad se convirtió en nuestro puto parque de juegos. Y yo… yo nunca me había sentido tan viva, tan guarra, tan suya.
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