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Encuentro en el cine

En un cine casi desierto, solo las luces de emergencia tiñen de rojo oscuro las butacas vacías. La pantalla está apagada y el silencio es tan denso que cada respiración resuena como un secreto.
Ella se sienta en el centro de una fila, con las piernas cruzadas sobre el reposabrazos. Lleva un vestido corto de satén amarillo que se ha subido hasta el límite de los muslos; la tela brilla débilmente bajo la luz rojiza. A su izquierda y derecha, dos hombres de piel bronceada y cuerpos esculpidos la rodean sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.
El de la izquierda desliza lentamente los dedos por su tobillo, subiendo por la pantorrilla con una lentitud deliberada. Cada centímetro que recorre hace que ella contenga el aliento; sus uñas perfectamente cuidadas se clavan suavemente en el antebrazo de él, marcando territorio. Al mismo tiempo, el hombre de la derecha inclina la cabeza y roza con los labios la línea de su clavícula expuesta, descendiendo hasta el escote profundo del vestido. Su aliento cálido contrasta con el aire fresco del cine y provoca un escalofrío visible que recorre su piel.
Ella gira ligeramente la cabeza y captura los labios del hombre de la derecha en un beso profundo, lento, casi voraz. Sus lenguas se encuentran sin prisa, explorando, mientras la mano libre de él se posa sobre su muslo desnudo y asciende con firmeza, abriendo espacio entre sus piernas. El otro hombre, sin interrumpir el recorrido de sus dedos, llega al interior del muslo y acaricia con la yema del pulgar la delicada tela de encaje que apenas cubre su intimidad. Un gemido bajo escapa de su garganta y se pierde en la boca del hombre que la besa.
Sus manos ya no saben a quién pertenecer: una se enreda en el cabello corto y rizado del hombre de la derecha, tirando suavemente para mantenerlo cerca; la otra se desliza por el torso desnudo del de la izquierda, trazando la línea definida de sus abdominales hasta detenerse en el elástico de su ropa interior, donde siente la tensión evidente de su deseo.
El vestido amarillo se arruga y sube un poco más. Uno de los hombres desliza el tirante fino por su hombro, dejando al descubierto un pecho que inmediatamente es cubierto por una boca cálida y húmeda. El otro, sin perder el ritmo, aparta con delicadeza la tela de encaje y comienza a acariciarla con movimientos lentos y precisos, sabiendo exactamente dónde y cómo tocarla para que su espalda se arquee contra el respaldo de la butaca.
Sus jadeos se vuelven más audibles, más urgentes. Las luces rojas parpadean sobre sus cuerpos entrelazados: piel contra piel, sudor naciente, el aroma sutil de deseo llenando el aire inmóvil. Nadie habla. Solo se escuchan respiraciones entrecortadas, el roce de la tela, el leve sonido húmedo de besos y caricias que no tienen intención de detenerse.
Y en la penumbra absoluta del cine vacío, el espectáculo real no está en la pantalla, sino en esa única fila iluminada por un rojo pecado donde tres cuerpos se funden en un baile lento, intenso y completamente prohibido.
La butaca cruje apenas cuando él la levanta con facilidad, sentándola a horcajadas sobre sus muslos. El vestido amarillo ya es solo un cinturón arrugado alrededor de su cintura; sus pechos, libres y pesados, se balancean con cada respiración agitada.

El hombre de la izquierda se arrodilla entre las butacas delanteras, sus manos fuertes abren sus muslos con decisión. Ella siente el primer roce cálido y húmedo de su lengua exactamente donde más lo necesita, y un gemido largo y roto escapa de su garganta, tan fuerte que reverbera en la sala vacía como un eco prohibido.

Arriba, el otro hombre le sujeta la nuca con una mano y la besa con hambre, tragándose cada sonido que ella emite. Con la otra mano pellizca y retuerce suavemente su pezón endurecido, haciendo que su espalda se curve hacia él en una súplica silenciosa.

Sus caderas empiezan a moverse solas, buscando más presión, más ritmo. El hombre que la devora entre las piernas obedece sin palabras: su lengua se vuelve más rápida, más profunda, dos dedos se deslizan dentro de ella con una lentitud tortuosa que la hace temblar. Cada embestida de sus dedos coincide con el giro experto de su lengua sobre su clítoris hinchado, hasta que ella se rompe por primera vez: un orgasmo violento que la sacude entera, sus muslos apretando la cabeza de él mientras su grito se pierde contra la boca del otro.

Pero no le dan tregua.

Aún temblando, siente cómo la levantan y la giran. Ahora está de rodillas sobre la butaca, el vestido convertido en un trapo amarillo olvidado en el suelo. El hombre de atrás se coloca detrás de ella, sus manos grandes abriendo sus nalgas con reverencia antes de hundirse en ella de un solo movimiento profundo y firme. El placer es tan intenso que sus brazos ceden y su rostro cae contra el pecho del hombre que tiene delante, quien ya se ha liberado de la tela y guía su boca hacia él.

Ella lo toma entre sus labios sin dudar, gimiendo alrededor de su longitud cada vez que la embestida desde atrás la empuja más adentro. Los tres encuentran un ritmo perfecto: uno marcando un compás lento y brutal desde atrás, el otro follándole la boca con delicadeza posesiva, sus manos enredadas en su melena pelirroja.

Los sonidos son obscenos y perfectos: el slap húmedo de piel contra piel, sus gemidos ahogados, los gruñidos bajos de ambos hombres al borde del control. El aire huele a sexo, a sudor, a deseo crudo.

Cuando el que está dentro de ella acelera, sus dedos clavándose en sus caderas, ella siente el segundo orgasmo subir como una ola imparable. Él la sigue casi al instante, enterrándose hasta el fondo con un gruñido ronco mientras se derrama dentro de ella en pulsos calientes y abundantes.

Aún no ha terminado de temblar cuando el otro la gira con suavidad, sentándola de nuevo sobre él, ahora frente a frente. La penetra de una sola estocada lenta, sus ojos clavados en los de ella mientras la llena por completo. Sus manos suben a sus pechos, amasándolos, sus bocas se encuentran en un beso sucio y desesperado.

Y así, entre las butacas rojas de un cine olvidado, la noche se convierte en un ciclo infinito de jadeos, embestidas y orgasmos compartidos, hasta que los tres quedan exhaustos, sudorosos y completamente satisfechos, envueltos en el aroma dulce y pecaminoso de lo que nunca debería haber sucedido… pero que volverán a repetir en cuanto las luces vuelvan a apagarse.

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