Estaba tirado en el sofá del living, todavía con la cabeza llena de todo lo que Sabrina me había contado esa tarde. El mensaje llegó al celular a las nueve y media de la noche, justo cuando empezaba a oscurecer. Era de Matías, el número que Sabrina me había pasado días antes “por las dudas”.
“Javier, necesito tu ayuda urgente. Acabo de comprar una heladera nueva y no puedo subirla solo por el ascensor. ¿Podés bajar ya a planta baja? Está en la vereda. Te espero.”
Miré el mensaje dos veces. El corazón me dio un vuelco. Sabrina no estaba en casa —había salido a cenar con una amiga—, así que contesté rápido: “Bajo en dos minutos”.
Bajé por el ascensor, el corazón latiéndome fuerte. En la vereda estaba Matías, alto, musculoso, con una remera ajustada y un short de gimnasio gris. La heladera era grande, pero entre los dos la cargamos en el ascensor sin problema. Subimos piso por piso en silencio, el espacio reducido del ascensor hacía que nuestros cuerpos se rozaran inevitablemente: su brazo contra el mío, su pecho rozando mi espalda cuando nos acomodábamos. Cada roce me ponía más nervioso, más caliente. No dijimos casi nada, solo “cuidado con la puerta” y respiraciones pesadas. Cuando llegamos al quinto, salimos del ascensor y entramos la heladera hasta la cocina del 5B.
Cerró la puerta con llave. El clic resonó fuerte en el departamento vacío.
Se giró hacia mí, con esa sonrisa de macho que ya conocía por las historias de Sabrina, y se bajó el short y el bóxer de un solo movimiento.
—Tu turno, putita —dijo con voz grave, casi ronca—. Ya me cogí a tu novia como se merece. Ahora te toca a vos. Abrí esa boca y esa cola.
Su pija colgaba pesada, dormida, pero ya era enorme: gruesa como mi muñeca, unos 18 cm flácida, venas marcadas incluso en reposo, la cabeza grande y rosada asomando apenas. El olor masculino me golpeó de lleno. Me arrodillé sin que me lo pidiera, temblando de nervios y ganas.
Empecé despacio, como la putita obediente que Sabrina me había enseñado a ser. Primero besos suaves en la cabeza, rozando los labios contra la piel tibia y suave. La besé una y otra vez, dejando que mi lengua saliera apenas para lamer la punta, saboreando el leve gusto salado de su piel. “Así… despacito, putita”, murmuró él. Pasé la lengua por debajo, siguiendo la línea gruesa del tronco, lamiendo lento desde la base hasta la punta, sintiendo cómo empezaba a hincharse bajo mi boca. Cada lengüetazo era más ansioso; lamía las venas que se iban marcando, chupaba la cabeza con labios suaves, succionando despacio para que creciera.
Matías empezó a golpearme la cara con ella mientras se ponía dura. Primero en los labios: tap tap tap, la pija pesada chocando contra mi boca abierta. Después en las mejillas, en la frente, en la nariz. Cada golpe hacía que se hinchara más, que se pusiera más gruesa, más larga, hasta que llegó a los 26 cm completos, dura como piedra, venosa, la cabeza hinchada y brillante de mi saliva y su pre-semen. Me golpeaba la cara con ella mientras yo seguía lamiendo, besando, chupando como desesperado. “Mirá cómo te pongo la pija en la cara, putita… tu novia también empezó así”.
Cuando estuvo completamente dura, me agarró del pelo y me metió la cabeza en la boca. Intenté abrir lo más que pude, pero solo entraban unos 12 cm. Me ahogaba, me corrían lágrimas, pero no paré. Chupé con hambre, lengua girando alrededor de la cabeza, succionando fuerte, bajando y subiendo con la boca mientras él empujaba un poco más cada vez. “Tragátela toda, Javier… sé una buena putita para mí”.
De repente me levantó, me llevó al living y me puso a cuatro patas en el sofá, el short y el bóxer bajados hasta los tobillos, la cola completamente expuesta. No hubo preparación larga. Escupió una vez en mi ano, apoyó la cabeza monstruosa y empujó.
El dolor fue inmediato y brutal. La cabeza gruesa me abrió el ano como si me partiera en dos. Grité, lágrimas saliendo de golpe. “¡Ahhh… duele… Matías… es demasiado grande!”. Pero él no tuvo piedad. Siguió empujando, centímetro a centímetro, abriéndome sin parar. “Callate y toma, putita. Tu novia lo aguantó todo… vos también vas a poder”. Cuando estuvo todo adentro —26 cm completos—, sentí que me llegaba al estómago, que mi ano estaba completamente dilatado, quemando, estirado al límite. Lloraba de dolor, el cuerpo temblando, pero al mismo tiempo un placer profundo empezaba a mezclarse, la pija golpeando mi próstata con solo estar ahí.
Matías empezó a cogerme sin piedad. Salió casi todo y volvió a entrar de golpe, una y otra vez, embestidas fuertes, profundas, sin darme tiempo a adaptarme. Cada choque de sus caderas contra mi cola sonaba seco y fuerte. “¡Ahhh… por favor… duele… pero no pares…!” gemía yo entre llantos y jadeos. Lloraba de verdad, lágrimas cayendo al sofá, pero mi cuerpo se arqueaba hacia atrás buscando más, mi ano contrayéndose alrededor de esa bestia. El dolor era intenso, ardiente, pero el placer crecía con cada embestida, golpeando mi próstata sin parar.
Me cogió como un animal: agarrándome las caderas con fuerza, clavándome los dedos, acelerando cada vez más. “Mirá cómo llorás y gemís… qué putita hermosa sos, Javier… tu novia me dijo que te encantaba que te rompieran”. Cambió de posición, me puso boca abajo en el piso, las piernas abiertas, y siguió violándome el orto sin descanso. El dolor y el placer se mezclaban tanto que ya no sabía qué sentía más. Lloraba fuerte, gemía como puta en celo, mi propia pija dura y goteando contra el piso sin que la tocara ni una vez.
—Estoy por acabar… te voy a llenar, putita —gruñó Matías, acelerando aún más.
Empujó hasta el fondo y explotó. Chorros calientes, espesos, abundantes de leche inundaron mi orto. Sentí cada pulsación, cada chorro llenándome por dentro, marcándome, caliente y espeso. La sensación fue tan intensa que el placer superó todo: mi cuerpo convulsionó, mi ano se contrajo alrededor de su pija gigante y acabé sin tocarme, mi propia leche saliendo a chorros contra el piso mientras lloraba y gemía al mismo tiempo. “¡Ahhh… sí… lléname… duele pero me encanta…!”.
Matías siguió bombeando un poco más, vaciándose completamente dentro de mí, hasta que salió despacio. Mi ano quedó abierto, rojo, hinchado, con hilos de sangre mezclados con su semen blanco chorreando por mis nalgas y cayendo al piso. Pero el dolor ya no era tan fuerte; la leche caliente lo calmaba, lo aliviaba, y solo quedaba un placer profundo, lleno, marcado.
Se arrodilló a mi lado, me dio una palmada suave en la cola y me dijo al oído:
—Decile a Sabrina que ya cumplí. La próxima vez que quiera, bajo otra vez… y te rompo más fuerte todavía, putita.
Me quedé ahí tirado, jadeando, el orto latiendo lleno de su leche, el cuerpo temblando de placer y dolor mezclado. Sabía que esto recién empezaba… y que Sabrina iba a querer verlo todo la próxima vez.
“Javier, necesito tu ayuda urgente. Acabo de comprar una heladera nueva y no puedo subirla solo por el ascensor. ¿Podés bajar ya a planta baja? Está en la vereda. Te espero.”
Miré el mensaje dos veces. El corazón me dio un vuelco. Sabrina no estaba en casa —había salido a cenar con una amiga—, así que contesté rápido: “Bajo en dos minutos”.
Bajé por el ascensor, el corazón latiéndome fuerte. En la vereda estaba Matías, alto, musculoso, con una remera ajustada y un short de gimnasio gris. La heladera era grande, pero entre los dos la cargamos en el ascensor sin problema. Subimos piso por piso en silencio, el espacio reducido del ascensor hacía que nuestros cuerpos se rozaran inevitablemente: su brazo contra el mío, su pecho rozando mi espalda cuando nos acomodábamos. Cada roce me ponía más nervioso, más caliente. No dijimos casi nada, solo “cuidado con la puerta” y respiraciones pesadas. Cuando llegamos al quinto, salimos del ascensor y entramos la heladera hasta la cocina del 5B.
Cerró la puerta con llave. El clic resonó fuerte en el departamento vacío.
Se giró hacia mí, con esa sonrisa de macho que ya conocía por las historias de Sabrina, y se bajó el short y el bóxer de un solo movimiento.
—Tu turno, putita —dijo con voz grave, casi ronca—. Ya me cogí a tu novia como se merece. Ahora te toca a vos. Abrí esa boca y esa cola.
Su pija colgaba pesada, dormida, pero ya era enorme: gruesa como mi muñeca, unos 18 cm flácida, venas marcadas incluso en reposo, la cabeza grande y rosada asomando apenas. El olor masculino me golpeó de lleno. Me arrodillé sin que me lo pidiera, temblando de nervios y ganas.
Empecé despacio, como la putita obediente que Sabrina me había enseñado a ser. Primero besos suaves en la cabeza, rozando los labios contra la piel tibia y suave. La besé una y otra vez, dejando que mi lengua saliera apenas para lamer la punta, saboreando el leve gusto salado de su piel. “Así… despacito, putita”, murmuró él. Pasé la lengua por debajo, siguiendo la línea gruesa del tronco, lamiendo lento desde la base hasta la punta, sintiendo cómo empezaba a hincharse bajo mi boca. Cada lengüetazo era más ansioso; lamía las venas que se iban marcando, chupaba la cabeza con labios suaves, succionando despacio para que creciera.
Matías empezó a golpearme la cara con ella mientras se ponía dura. Primero en los labios: tap tap tap, la pija pesada chocando contra mi boca abierta. Después en las mejillas, en la frente, en la nariz. Cada golpe hacía que se hinchara más, que se pusiera más gruesa, más larga, hasta que llegó a los 26 cm completos, dura como piedra, venosa, la cabeza hinchada y brillante de mi saliva y su pre-semen. Me golpeaba la cara con ella mientras yo seguía lamiendo, besando, chupando como desesperado. “Mirá cómo te pongo la pija en la cara, putita… tu novia también empezó así”.
Cuando estuvo completamente dura, me agarró del pelo y me metió la cabeza en la boca. Intenté abrir lo más que pude, pero solo entraban unos 12 cm. Me ahogaba, me corrían lágrimas, pero no paré. Chupé con hambre, lengua girando alrededor de la cabeza, succionando fuerte, bajando y subiendo con la boca mientras él empujaba un poco más cada vez. “Tragátela toda, Javier… sé una buena putita para mí”.
De repente me levantó, me llevó al living y me puso a cuatro patas en el sofá, el short y el bóxer bajados hasta los tobillos, la cola completamente expuesta. No hubo preparación larga. Escupió una vez en mi ano, apoyó la cabeza monstruosa y empujó.
El dolor fue inmediato y brutal. La cabeza gruesa me abrió el ano como si me partiera en dos. Grité, lágrimas saliendo de golpe. “¡Ahhh… duele… Matías… es demasiado grande!”. Pero él no tuvo piedad. Siguió empujando, centímetro a centímetro, abriéndome sin parar. “Callate y toma, putita. Tu novia lo aguantó todo… vos también vas a poder”. Cuando estuvo todo adentro —26 cm completos—, sentí que me llegaba al estómago, que mi ano estaba completamente dilatado, quemando, estirado al límite. Lloraba de dolor, el cuerpo temblando, pero al mismo tiempo un placer profundo empezaba a mezclarse, la pija golpeando mi próstata con solo estar ahí.
Matías empezó a cogerme sin piedad. Salió casi todo y volvió a entrar de golpe, una y otra vez, embestidas fuertes, profundas, sin darme tiempo a adaptarme. Cada choque de sus caderas contra mi cola sonaba seco y fuerte. “¡Ahhh… por favor… duele… pero no pares…!” gemía yo entre llantos y jadeos. Lloraba de verdad, lágrimas cayendo al sofá, pero mi cuerpo se arqueaba hacia atrás buscando más, mi ano contrayéndose alrededor de esa bestia. El dolor era intenso, ardiente, pero el placer crecía con cada embestida, golpeando mi próstata sin parar.
Me cogió como un animal: agarrándome las caderas con fuerza, clavándome los dedos, acelerando cada vez más. “Mirá cómo llorás y gemís… qué putita hermosa sos, Javier… tu novia me dijo que te encantaba que te rompieran”. Cambió de posición, me puso boca abajo en el piso, las piernas abiertas, y siguió violándome el orto sin descanso. El dolor y el placer se mezclaban tanto que ya no sabía qué sentía más. Lloraba fuerte, gemía como puta en celo, mi propia pija dura y goteando contra el piso sin que la tocara ni una vez.
—Estoy por acabar… te voy a llenar, putita —gruñó Matías, acelerando aún más.
Empujó hasta el fondo y explotó. Chorros calientes, espesos, abundantes de leche inundaron mi orto. Sentí cada pulsación, cada chorro llenándome por dentro, marcándome, caliente y espeso. La sensación fue tan intensa que el placer superó todo: mi cuerpo convulsionó, mi ano se contrajo alrededor de su pija gigante y acabé sin tocarme, mi propia leche saliendo a chorros contra el piso mientras lloraba y gemía al mismo tiempo. “¡Ahhh… sí… lléname… duele pero me encanta…!”.
Matías siguió bombeando un poco más, vaciándose completamente dentro de mí, hasta que salió despacio. Mi ano quedó abierto, rojo, hinchado, con hilos de sangre mezclados con su semen blanco chorreando por mis nalgas y cayendo al piso. Pero el dolor ya no era tan fuerte; la leche caliente lo calmaba, lo aliviaba, y solo quedaba un placer profundo, lleno, marcado.
Se arrodilló a mi lado, me dio una palmada suave en la cola y me dijo al oído:
—Decile a Sabrina que ya cumplí. La próxima vez que quiera, bajo otra vez… y te rompo más fuerte todavía, putita.
Me quedé ahí tirado, jadeando, el orto latiendo lleno de su leche, el cuerpo temblando de placer y dolor mezclado. Sabía que esto recién empezaba… y que Sabrina iba a querer verlo todo la próxima vez.
3 comentarios - Conocí a Matías y me rompió
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