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En cuarentena con mamá 14

Subí las escaleras con las piernas aún flojaspor el momento con mamá en
el patio y el baño. El recuerdo de frotarle la concha con el jabón hasta
hacerla acabar, mientras fingía no darse cuenta, me tenía la cabeza a
mil. Quería cogérmela de nuevo lo antes posible, penetrarla como en la
fiesta de disfraces, sentir cómo se mojaba por mí sin tener que
disimular tanto, pero tenía claro que debía ser paciente, por mucho que
me costara.
Al llegar al pasillo de arriba, antes deentrar a mi cuarto, oí gemidos
saliendo de la habitación de Luana. A pesar de que la puerta estaba
cerrada, los sonidos eran claros: tía Mariana jadeando ronco, como si
estuviera a punto de correrse, y Luana respondiendo con suspiros agudo.
Estaban cogiendo, sin dudas. A pesar de que yo mismo había estado
disfrutando con mamá hacía un rato, no pude más que sentir cierta
envidia por esas dos sexópatas que parecía que gozaban entre ellas todos
los días, y, a veces, más de una vez en el día.
Me quedé ahí un segundo, imaginando suscuerpos enredados, las tetas de
Mariana rebotando contra las de Luana, sus conchas frotándose en un
ritmo húmedo y prohibido.
Entré a mi cuarto y fui directo al baño. Abríla canilla y me lavé la
pija, quitándome los restos pegajosos de mi propia eyaculación. Mientras
el agua fría me corría por la piel, pensé en cómo quería volver a
meterme en ese juego con Luana y Mariana. Las había visto coger antes, y
me había cogido a las dos por separado, pero tenerlas a las dos al mismo
tiempo sería una locura. El problema era cómo lograrlo. Luana era
impredecible, solo cogía cuando le pintaba, y Mariana parecía conforme
con su cosa lésbica, como si yo fuera solo un extra ocasional. No tenía
idea de cómo entrarles, pero el deseo me comía vivo: quería sentir sus
bocas en mi pija, sus culos apretándome, todo al mismo tiempo.
Y con mamá... mierda, ojalá pudiéramoshacerlo abiertamente, sin
fingimientos. Mirarnos a los ojos mientras la penetro, oírla gemir mi
nombre sin excusas. Pero sabía que era mejor así por ahora. Ella
necesitaba esa capa de negación para no volverse loca con el tabú. Si la
presionaba a admitirlo, podría arruinarlo todo. No, tenía que esperar el
momento justo para cogérmela de nuevo, quizás esa misma noche si se
daba. Me sequé rápido y me cambié, con la pija ya medio dura solo de
tanto pensar en las tres minas que vivían conmigo.
Cayó la noche y el calor seguía pesado en lacasa, como un peso
invisible que nos obligaba a todos a movernos lento. Era hora de cenar,
así que bajé a ver a mamá. Golpeé su puerta suave.
—¿Ma? ¿Estás mejor? —pregunté, con la voznormal, aunque por dentro ya
imaginaba cómo la tocaría si entraba.
Desde adentro, su voz salió calmada.
—Sí, Lucio, estoy bien. Pero prefierodescansar un rato. El calor de la
tarde, mientras ordenábamos el cuarto del fondo, me afectó mucho. No
tengo hambre ahora.
Intenté leer si recordaba algo o si seguía ensu rol de fingir que nada
había pasado. Y sí, actuaba como si todo fuera normal, como si no le
hubiera frotado la concha hasta el orgasmo en la bañera hacía un rato.
Salí de ahí con una sonrisa interna.Perfecto, el juego seguía. Pasé por
la sala de estar, donde Luana y Mariana estaban tiradas en el sofá,
iluminadas por la luz de la tele.
En cuarentena con mamá 14

Luana estaba repantigada, con las piernasabiertas sin vergüenza,
luciendo un short de algodón que se le metía entre los muslos, marcando
el contorno de su concha depilada en ese triángulo perfecto que tanto me
calentaba. Arriba tenía una remera vieja, con los pezones duros
pinchando la tela fina, como si estuviera lista para que alguien se los
chupara. El pelo castaño le caía desordenado sobre los hombros, y sus
ojos azules, idénticos a los de mamá, me miraron con esa picardía que
siempre me ponía la pija tiesa.
A su lado, tía Mariana era pura tentación,sentada con las piernas
cruzadas pero dejando ver lo suficiente. Llevaba un vestido liviano que
se le pegaba al cuerpo, delineando sus tetas enormes, esas masas
carnosas que rebosaban del escote, con el canal entre ellas invitando a
meter la lengua o la pija. Su piel brillaba, y sus labios carnosos
estaban entreabiertos, como si acabara de soltar un gemido. El pelo
castaño le enmarcaba la cara.
Juraría que las dos olían a sexo, pero podíaser solo mi imaginación, ya
que ambas tenían una expresión de lascivia contenida.
—¿Qué vamos a cenar? —pregunté, rompiendo elsilencio, mientras mis ojos
se clavaban en sus cuerpos, sin poder evitarlo
Tía Mariana se estiró, haciendo que sus tetasse apretaran
deliciosamente a su prenda, y dijo:
—Voy a hornear unas milanesas y hacer unaensalada, si les parece bien.
Algo fresco para este calor de mierda.
—Te ayudo con la ensalada —dije rápido,atraído por la idea de estar a
solas con ella en la cocina, más allá de que la pesada de Luana seguro
iba a seguir ahí cerca.
RELATOS

Mi hermana soltó una risa burlona, cruzandolos brazos bajo sus tetas y
empujándolas hacia arriba.
—Mirá qué chupamedias, Lucio. Siemprequeriendo quedar bien con la tía.
No vas a ser el sobrino preferido solo por ser tan mulo.
Ignoré su comentario. Me dirigí a la cocinasiguiendo a Mariana, que ya
se había encaminado hacia allá, mirando cómo su culo se movía bajo el
vestido, ese balanceo que me recordaba lo bien que se sentía penetrarla.
En la cocina, tía Mariana se movió con esagracia natural de siempre,
que hacía que cualquier movimientos pareciera hecho para seducir,
abriendo el horno para meter las milanesas ya empanadas.
Yo empecé con la ensalada, lavando la lechugay cortando tomates en la
mesada, pero mis ojos se escapaban hacia ella cada dos por tres,
captando cómo se inclinaba, cómo sus tetas se balanceaban pesadas con el
movimiento.
—Bueno, lo mío fue más rápido, así que teayudo con la ensalada —me
dijo.
Se colocó al lado mío. Agarró una cebolla yla peló, para luego empezar
a cortarlas en rodajas finas con el cuchillo. Estábamos hombro con
hombro, y desde mi ángulo, sus tetas de perfil eran un espectáculo
imposible de ignorar: esas montañas carnosas que se elevaban con cada
respiración, el escote hundido como un valle profundo, los pezones
marcándose contra la tela húmeda por el sudor. No pude evitar mirarla de
reojo, hipnotizado, sintiendo cómo mi pija empezaba a endurecerse de
nuevo.
—¿Qué pasa, Lucio? —preguntó con una sonrisajuguetona, sin dejar de
cortar.
Mi primera reacción fue decirme que era unboludo, que debía disimular
mejor esas miradas. Pero enseguida vi una oportunidad. Después de todo,
ambos sabíamos muy bien lo que había pasado entre nosotros, y era
natural que la mirara con ganas.
—Nada... solo estoy recordando lo de lafiesta de disfraces —respondí,
sonando más nervioso de lo que me hubiera gustado.
—Ah, sí, nos divertimos mucho todos —dijoella, haciéndose la tonta, con
un tono inocente que no engañaba a nadie. Obviamente sabía que me
refería al polvo salvaje del baño.
Sus ojos brillaron con picardía, y esaactitud risueña me dio el empujón
que necesitaba.
Yo ya había terminado de cortar los tomates,así que dejé el cuchillo y
me puse detrás de ella, pegándome a su espalda. Primero puse las manos
en sus caderas, y luego empecé a subirlas y bajarlas lentamente, en
movimientos cortos que dibujaban su figura sinuosa.
Ella soltó una risa suave, sin moverse.
—¿Qué te pasa, sobrino? —preguntó, girando unpoco la cabeza para
mirarme. Evidentemente el hecho de que me llamara sobrino era para poner
un límite entre nosotros, como recordándome que nuestre vínculo filial
hacía inapropiada la manera en que la estaba tocando. No obstante, yo ya
sabía mucho sobre ella como para detenerme con algo como eso. Después de
todo, se cogía a su propia sobrina.
—Nada, tía... solo no quería olvidar cómo sesentía tocarte —murmuré,
bajando la voz.
Luego, sin esperar respuesta, llevé una manoa su trasero, palpándolo
con firmeza, sintiendo la redondez firme bajo la tela que se arrugaba
con mi toque.
Ella se tensó un segundo, pero siguiócortando la cebolla.
—Portate bien, Lucio. Lo de aquella noche fueporque estaba muy
borracha.
—¿Pero la pasaste bien o no? —insistí,apretando un poco más, moldeando
su nalga con los dedos.
La pija ya se endureció con esos pocosmasajes. Era el poder que tenía
ese maravilloso orto de mi tía. Y la muy puta seguía ahí, dándome la
espalda, recibiendo mi mano ansiosa en su glúteo izquierdo.
—No me acuerdo de mucho —dijo.
No me iba a creer semejante estupidez, nitampoco me iba a desanimar.
Mucho más cuando ella estaba ahí, quietita mientras yo la manoseaba.
Apreté más fuerte su trasero, hundiendo losdedos en la carne suave.
—Entonces deberíamos hacerlo de nuevo,sobrios esta vez, para que no se
te olvide —murmuré, con la boca hecha agua.
Mariana soltó un suspiro corto, pero siguióen la misma posición, como
si no quisiera detener el juego del todo.
—Luana puede vernos, boludo. Puede aparecerseacá en cualquier momento.
Escuchaba el televisor en la sala de estar.Pero era obvio que la tía
tenía razón. Yo estaba seguro de que podría escuchar sus pasos si se
acercaba. Pero, por otra parte, mi hermana debía sospechar que estando a
solas con la tía intentaría algo, así que quizás se acercaría
sigilosamente, para no delatarse.
Igual eso no me importó. Si yo había visto ami hermana mientras cogía
con nuestra tía, esto era una pavada en comparación. Eso sí, seguro que
se moriría de celos, pero eso era problema de ella. Si yo me bancaba que
ellas me usaran solo de vez en cuando, mientras se sacaban las ganas
entre sí, mi hermanita debía tolerar esto.
Y encima la putita de mi tía no se movía deahí, así que seguí
manoseándole el culo, explorando sus curvas con más audacia. Le corrí el
pelo castaño a un lado, exponiendo su cuello, y lo besé despacio,
rozando los labios contra su piel caliente, sintiendo cómo se erizaba.
Luego, metí la mano por debajo del vestido, directo a su piel desnuda,
pues la tanga apenas la cubría, y dejaba los cachetes libres.
La acaricié de manera más obscena, sintiendola tersura de su piel,
amasándola con fuerza, separando un poco las nalgas para rozar la tan
guita que se hundía en su orto.
A ella parecía gustarle; soltó un gemidobajo, disfrazado de risa, y sus
caderas se movieron apenas hacia atrás, presionando contra mi mano.
Terminó de cortar la cebolla y se dirigió al lavadero para lavarse las
manos. Mi mano quedó huérfana y el vestido cayó hasta cubrirla de nuevo.
Pero yo la seguí como un imán, y enseguidallevé la mano de nuevo a ese
orto que me estaba enfermando. Podría estar todo el día acariciándoselo.
—No es seductor para una chica que el hombrese muestre tan obsesionado
por el trasero —dijo, con un tono juguetón, mientras el agua corría
sobre sus manos.
—Tenés razón. Gracias por el consejo—murmuré, sintiendo que la pija
había alcanzado una dureza máxima.
Retiré la mano de su culo, pero solo paraabrazarla por detrás,
envolviéndola con los brazos y masajeándole las tetas sobre el vestido,
sintiendo sus pezones duros bajo mis palmas, amasando esas masas pesadas
como si fueran mías. Al mismo tiempo, le apoyé mi verga dura contra el
culo, restregándome despacio, dejando que sintiera lo tiesa que estaba
por ella.
Se dejó un buen rato, arqueando un poco laespalda, presionando contra
mí, soltando suspiros que me calentaban más. Pero finalmente, con una
risa nerviosa, me apartó con los codos.
—Basta, Lucio, o vamos a terminar quemandolas milanesas.
Durante la cena, noté algo raro en Luana:masticaba más despacio de lo
normal, respondía con monosílabos cuando le hablábamos, y cada tanto me
lanzaba una mirada de reojo, como si estuviera midiendo algo. Mariana
charlaba de tonterías —el calor, la cuarentena que no terminaba—, pero
Luana parecía molesta, cruzada de brazos cuando no comía. Deduje que
quizás me había visto manoseando a nuestra tía en la cocina después de
todo. Era la única respuesta razonable para esa actitud infantil.
Terminamos de comer en silencio relativo,lavamos los platos rápido, y
cada uno se fue a lo suyo. Mamá seguía descansando. Yo sospechaba que
seguiría de largo y en todo caso se levantaría muy temprano al otro día.
Ya era casi la hora de dormir cuando Luanaapareció en la sala de estar,
donde estaba viendo la tele solo, con esa remera holgada y el short que
le marcaba todo.
—Che, ¿jugamos a algo antes de dormir?—propuso, con una sonrisa que no
llegaba a los ojos—. Al Tutti Frutti.
Me pareció raro. ¿Tutti Frutti? No entendíapor qué carajos mi hermanita
me salía con eso ahora. Pero igual acepté, porque no iba a dormir
enseguida y no había encontrado nada demasiado interesante para ver.
—Dale, ¿dónde?
—En mi cuarto —dijo ella—. La tía también vaa jugar.
Nos metimos en el cuarto de Luana, sentadosen la cama deshecha que olía
a ellas dos. Ella sacó papeles y lápices de un cajón, y dibujamos las
columnas: Nombre, Apellido, Animal, Cosa, Ciudad, Color, Fruta o
Verdura.
De repente me acordé de que ella siempre meganaba en ese juego, así que
la extrañeza fue aún mayor. ¿Querría humillarme o qué? Empezamos con la
letra A, sorteada al azar. Yo llené lo mío: Alberto, Alonso, Araña,
Alfombra, Asunción, Azul, Ananá. Luana gritó "Tutti Frutti" primera,
como siempre, y comparamos. A pesar de mi esfuerzo, ganó esa ronda
fácil.
Después de un par de rondas más, con ellaliderando el puntaje, Luana
soltó la bomba con una sonrisa pícara.
—Che, para hacerlo más interesante: el quegane la partida final puede
elegir con cuál de los otros dos va a coger esta noche.
Me quedé sorprendido, la pija saltándome enel pantalón solo de
imaginarlo. ¿En serio? ¿Un juego de palabras inocente convertido en
apuesta sexual? Miré a Mariana, que se rio pero se hizo la desentendida
al principio.
—Qué tontería, Luana —dijo la tía, cruzandolas piernas.
—¿Qué? ¿Pensás elegir a alguien más si ganás?—preguntó Luana.
—Creo que voy a elegir no coger con nadie—dijo—. Además, si vamos a
jugar por eso, tenemos que empezar de cero. No es justo que ahora que
vas ganando se te ocurra semejante idea.
Yo no podía creer que tuvieran esaconversación. Pero Luana finalmente
accedió a empezar el juego desde cero. Estaba claro que quería burlarse
de mí. Quería hacerme sentir que tenía la oportunidad de cogerme a la
tía o a ella misma, y me dejaría con las ganas, pues era casi imposible
ganarle. Pero, sin embargo, la probabilidad, por baja que fuera,
existía. Si le llegaba a ganar, ya quería verle la cara. Por otra parte,
me intrigaba saber qué haría tía Mariana si ganaba.
Luana sorteó la primera letra —B—, yarrancamos. Yo fui rápido con
"Bruno" para nombre, "Borges" para apellido,"Burro" para animal,
"Botella" para cosa, "Buenos Aires" para ciudad,"Blanco" para color y
"Banana" para fruta. Grité "Tutti Frutti" segundo, peroLuana me ganó
por un pelo con respuestas más creativas, como "Búho" para animal y
"Berenjena" para verdura. Comparábamos, puntuábamos: 10 si era única,5
si repetida, cero si no valía. Ella sumó más puntos en esa ronda, pues
yo tenía varias palabras repetidas con la tía.
Seguimos con M, luego con C. Yo me esforzaba,pero Luana era una
máquina: siempre encontraba palabras que si bien no eran raras, por
algún motivo, solo ella las escogía, como "Canguro" para animal o
"Durazno" para fruta.
Tía Mariana iba detrás de los dos, pero, apartir de que gritó por
primera vez "Tutti Frutti" no paró de sumar puntos.
El juego se calentaba.
Al final de la H, Mariana alcanzó a susobrina. Luana propuso una ronda
más para desempatar. Jugaron un rato solas, con la tensión cada vez
aumentando más. Cuando sumamos todo, Mariana había ganado la partida.
Me quedé helado, la pija medio tiesa por latensión. Estaba convencido
de que elegiría a Luana; después de todo, eran amantes, y quizás mi
hermana hasta me obligaría a mirar mientras se cogían en mis narices,
frotándose las conchas y gimiendo como esa tarde. Yo era tan pajero que
aceptaría, por más que me muriera de envidia. O, en el mejor de los
casos, diría que no cogía con nadie, como lo había anticipado al
principio.
Pero tía Mariana se levantó de la cama conuna sonrisa lenta, maliciosa,
y sin decir nada al principio, se quitó el vestido por la cabeza en un
movimiento fluido. Quedó solo en tanga, esa tira fina de tela negra que
se perdía entre sus nalgas generosas, dejando al descubierto sus tetas
enormes, pesadas, con pezones oscuros ya duros por el aire fresco del
cuarto. Su piel brillaba bajo la luz tenue, y el triángulo de vello
recortado se insinuaba a través de la tela transparente. Nos miró a los
dos, con los ojos marrones cargados de lujuria contenida, y soltó una
risa ronca.
—Pendejos depravados... Por esta vez me losvoy a coger a los dos.

INCESTO


Luana frunció el ceño, como si estuvieramolesta, pero sus ojos azules
brillaron con excitación, mordiéndose el labio de nuevo. Yo me quedé
mudo un segundo, la pija endureciéndose por completo bajo el pantalón,
el corazón martilleando. ¿Un trío con ellas dos? Dios mío, era el sueño
que había fantaseado mil veces en esa cuarentena de mierda, pero ahora
era real, aquí, en el cuarto de mi hermana que olía a su perfume
mezclado con el de Mariana, a sexo latente.
Mariana se acercó a la cama, sus tetasbalanceándose con cada paso, y se
sentó entre nosotros. Ella puso una mano en mi muslo y la otra en el de
Luana.
—Desnudémonos, entonces —ordenó con voz suavepero firme, como si fuera
lo más natural del mundo.
Luana no dudó: se quitó la remera por arriba,revelando sus tetas
perfectas, redondas y firmes, con pezones rosados ya duros, apuntando
como invitaciones. Luego bajó el short, quedando en bolas, su concha
depilada en triángulo brillando un poco por la humedad que ya se
acumulaba. Yo la miré de reojo, sintiendo el calor subir por mi cuello;
su panza plana, las caderas sinuosas, todo expuesto sin vergüenza.
Me saqué la remera y el pantalón rápido, lapija saltando libre, tiesa y
palpitante, con la cabeza ya húmeda de presemen. Mariana me miró con
aprobación, su mano bajando para rozarla apenas, un toque eléctrico que
me hizo jadear.
—Buen chico —susurró, y luego se quitó latanga. La deslizó por sus
muslos gruesos. Su concha quedó expuesta: labios mayores hinchados, un
vello recortado en una tira fina, y ya se veía el brillo de su
excitación.
Se recostó en el centro de la cama, con laspiernas abiertas
ligeramente, y nos hizo señas para que nos acercáramos.
Luana se subió primero, gateando sobre elcolchón, y se colocó a un lado
de Mariana. Besó a la tía en la boca con hambre, sus lenguas enredándose
en un beso húmedo que pude oír desde mi posición. Yo me acerqué al otro
lado, mi pija rozando la cadera de la tía mientras me inclinaba para
besar su cuello, inhalando su aroma a perfume y levemente a sudor, ese
olor que me recordaba al polvo en el baño.
Mariana giró la cabeza hacia mí, y luegocapturó mi boca en un beso
profundo. Su lengua invadió la mía con sabor a vino de la cena, suave
pero dominante. Mientras, su mano bajó a mi pija. La envolvió en un puño
cálido. Me masturbó despacio, arriba y abajo, haciendo que gotas de
presemen lubricaran el movimiento. Luana, celosa quizás, bajó la cabeza
para chupar uno de los pezones de Mariana, y oí el sonido húmedo de su
boca succionando, el gemido ronco de la tía vibrando en mi beso.
—Lucio, tocame la concha —murmuró Marianacontra mis labios, guiando mi
mano entre sus piernas.
Mis dedos encontraron su sexo caliente, loslabios resbaladizos por la
humedad, y hundí dos dedos dentro, sintiendo cómo se contraía alrededor
de ellos. Ella jadeó, y luego arqueó la espalda. Sus tetas se
presionaron contra el pecho de Luana. Mi hermana levantó la vista, sus
ojos azules cargados de morbo, y se movió para besarme a mí ahora, cosa
que me sorprendió, pero recibí con deleite. Mientras, su mano se unía a
la de tía en mi pija, apretando con fuerza.
Nos revolcamos así un rato, un enredo demanos y bocas. Mariana me
empujó hacia abajo, y entendí: bajé por su cuerpo, besando su panza
suave, hasta llegar a su concha. Abrí sus labios con los dedos,
exponiendo el clítoris hinchado, y lo lamí despacio, saboreando su jugo
salado, ácido, que me llenaba la boca. Ella gemía fuerte, sus caderas
moviéndose contra mi lengua, y desde mi posición, vi cómo Luana se subía
sobre su cara. Mi hermana se sentó en la boca de Mariana. Jadeó cuando
nuestra tía empezó a lamerla, sus tetas rebotando con cada movimiento, y
yo no podía ver mucho más que el culo de Luana temblando, pero oía los
sonidos húmedos, los gemidos ahogados.
Mi pija dolía de lo dura que estaba, así queme incorporé un poco,
posicionándome detrás de Luana mientras ella cabalgaba la lengua de
Mariana. Le agarré las nalgas, separándolas, y hundí mi lengua en su
ano, lamiendo ese agujero apretado, sintiendo cómo se contraía. Luana
gritó,
—¡Ay, Lucio! — Y empujó hacia atrás,frotándose contra mi cara.
Mariana, desde abajo, seguía lamiendo laconcha de mi hermana, y yo
alternaba entre el ano de Luana y rozar la lengua de la tía con la mía,
un beso indirecto a través del sexo de mi hermana. Un acto obsceno y
hermoso que a todos parecía gustarnos.
No aguanté más. Me arrodillé mejor y apuntémi pija a la concha de
Mariana, que estaba expuesta bajo Luana. La penetré de un empujón,
sintiendo cómo su interior me tragaba, caliente y mojado, apretándome
como un guante. Ella gimió contra la concha de Luana, vibrando todo, y
empecé a bombear, fuerte, mis bolas chocando contra su culo. Desde esta
posición, veía la espalda de Luana arqueada, su pelo castaño cayendo en
cascada, y oía sus gemidos agudos cada vez que Mariana la chupaba más
profundo.
—Cambiemos —ordenó Mariana después de unrato, jadeando—. A ver cómo nos
coge el nene, ya que tanto quería hacerlo.
Luana pareció dudar un rato, pero luegoaccedió, cosa que me sorprendió
tanto como el beso. Se bajó, su concha brillando por la saliva de
Mariana, y se colocó a cuatro patas al lado de ella. La tía se giró para
quedar en la misma posición. Ahora tenía dos culos perfectos frente a
mí: el de Luana, pomposo y firme, con la concha rosada abierta; el de
Mariana, más generoso, con labios mayores hinchados. Empecé con Luana,
penetrándola despacio, gemidos saliendo de su boca. Bombeé unas veces,
fuerte, y luego saqué para meterla en Mariana, alternando, comparando la
estrechez de mi hermana con la profundidad húmeda de la tía.
Ellas se besaban entre sí, podía ver suslenguas en una sensual lucha, y
Luana bajaba una mano para frotar el clítoris de Mariana mientras yo la
penetraba.
Yo agarraba sus caderas, clavando los dedosen la carne, sudando por el
esfuerzo, el cuarto lleno de sonidos obscenos: chapoteos, gemidos, el
colchón crujiendo. Cambié de nuevo a Luana, embistiéndola más rápido,
sintiendo cómo se corría alrededor de mi pija, sus paredes pulsando.
Mariana se giró entonces, tumbándose bocaarriba, y me jaló hacia ella.
Me monté encima, penetrándola de nuevo, mis caderas chocando contra las
suyas, sus tetas rebotando con cada embestida. Luana se sentó en la cara
de la tía otra vez, frente a mí esta vez. Metí un dedo en su concha
mientras ella gemía. Era un caos de sensaciones: la concha de Mariana
apretándome la pija, mis dedos invadiendo la vagina de mi hermana.
Después de un rato, Mariana me empujó con unamano firme en el pecho,
obligándome a tumbarme boca arriba en la cama, el colchón hundiéndose
bajo mi peso mientras mi pija palpitaba en el aire, tiesa y brillante
por los jugos de sus conchas mezclados. Me miró con esos ojos marrones
cargados de lujuria pura, como una depredadora que sabe que tiene el
control, y le hizo una seña a Luana. Las dos se arrodillaron entre mis
piernas abiertas.
Luana fue la primera en actuar, su manodelicada pero decidida
envolviendo la base de mi pija, sintiendo cómo latía bajo sus dedos.
Inclinó la cabeza, su pelo castaño cayéndole como una cortina sobre el
rostro, y sacó la lengua plana, lamiendo la cabeza hinchada con una
lentitud torturante, saboreando el cóctel obsceno de fluidos: el dulzor
salado de mi presemen mezclado con el jugo ácido de la concha de Mariana
y el aroma más sutil de su propia excitación. Gemí bajo, el placer
subiendo como un fuego lento por mi espina, mientras ella giraba la
lengua alrededor del glande, recogiendo cada gota, sus ojos azules
clavados en los míos con una mezcla de picardía y hambre voraz, como si
estuviera reclamando su premio.
Mariana no se quedó atrás; se unió con unasonrisa llena de lascivia,
bajando la cabeza para atacar mis bolas, su boca caliente y húmeda
envolviendo una a la vez, succionando con una presión perfecta que me
hacía arquear la espalda. Sentía su lengua rodando sobre la piel
sensible, lamiendo el sudor y los restos de sexo que se habían acumulado
allí, mientras sus labios carnosos se cerraban alrededor, tirando
suavemente, enviando ondas de placer a todo mi cuerpo.
El contraste era enloquecedor: la lenguaplana y juguetona de Luana en
la cabeza, y la succión profunda y maternal de Mariana en mis huevos,
como si las dos estuvieran compitiendo por hacerme explotar.
Alternaban con una coordinación perversa,como si hubieran practicado
esto mil veces en sus fantasías. Luana tomaba el relevo, abriendo la
boca para mamármela profundo, tragándose casi toda la longitud con un
movimiento fluido, su garganta apretando alrededor de mí mientras
tragaba saliva, los sonidos húmedos y obscenos llenando el cuarto —glug,
glug— como una sinfonía erótica. Sus mejillas se hundían con la succión,
y cada vez que subía, dejaba un rastro de saliva espesa que goteaba por
el tronco, lubricándolo para el siguiente turno. Mariana, mientras
tanto, lamía el tronco con lengüetadas largas y perezosas, desde la base
hasta donde se unía con la boca de Luana, su lengua ancha y experta
recorriendo las venas hinchadas, saboreando cada pulgada como si fuera
un manjar prohibido. Al mismo tiempo, su mano se unía al ritmo,
masturbándome con giros suaves pero firmes, apretando justo en la base
para retrasar lo inevitable, prolongando la tortura deliciosa.
No aguanté mucho más; el orgasmo subió comouna ola imparable, un
tsunami de placer que me tensó todo el cuerpo, los músculos
contrayéndose en espasmos. Eyaculé con fuerza salvaje, el primer chorro
grueso y caliente disparándose directo en la boca abierta de Luana, que
lo recibió con un gemido gutural, tragándolo ávidamente mientras sus
labios se cerraban alrededor de la cabeza para no perder ni una gota, su
lengua girando para limpiar el residuo. El resto salió en ráfagas
potentes, aterrizando en la lengua extendida de Mariana, que lo recogió
como una ofrenda, el semen blanco y espeso goteando por su barbilla
mientras se inclinaba para besar a mi hermana en un intercambio lascivo,
sus bocas uniéndose en un beso profundo y viscoso, compartiendo mi
esencia entre lenguas enredadas, el semen resbalando entre sus labios
hinchados y cayendo en gotas calientes sobre mis muslos.
Caí exhausto contra las sábanas revueltas, elpecho subiendo y bajando
con respiraciones entrecortadas, el cuerpo temblando por las réplicas
del clímax. Ellas se acurrucaron a mis lados, sus cuerpos calientes y
suaves presionándose contra mí: Luana a la derecha, su mano aún rozando
mi pija sensible con toques leves, como si quisiera revivirla; Mariana a
la izquierda, sus tetas aplastadas contra mi brazo, su aliento cálido en
mi cuello. El cuarto olía a sexo puro, a sudor y fluidos mezclados, y
aunque estaba drenado.
Pero no terminamos ahí.

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