
https://www.poringa.net/posts/relatos/6471096/Vacaciones-en-Argentina-04.html
Excursión a una estancia.
Durante unos días continué con las visitas culturales por Buenos Aires. Recorrí museos, caminé por San Telmo, me perdí un poco en La Boca y pasé una tarde entera en el Centro Cultural Kirchner solo porque me habían dicho que la acústica era impresionante. No volví a tener sexo con Mariana. De hecho, se mostraba esquiva. Su marido me miraba con mala cara, aunque nunca decía nada. Empecé a sentirme incómodo.
Una noche, después de cenar, saqué el móvil y les escribí a mis vecinos argentinos de España:
Yo: Hola, una consulta. Estoy un poco raro en casa de vuestros amigos. La esposa me esquiva y el marido me mira mal. ¿Me voy a un hotel y listo?
Vecino: Jajaja no seas boludo. Si estuvieran enojados con vos nos lo hubieran dicho. No nos dijeron nada malo, al contrario. Están contentos de tenerte ahí.
Vecina: Tal cual. Hasta nos comentaron que se están planteando poner la habitación en Airbnb cuando te vayas. El mango les viene bien.
Yo: Bueno, si vosotros lo decís… lo dejo estar entonces. Gracias.
Yasmina me había escrito un par de veces. Los primeros mensajes eran casi incomprensibles:
Yasmina: wachin q hacesss
Yasmina: el otro dia estuvo re piola lo del cesped jajajaja
Yasmina: cuando volvemos a vernos??
Le contesté:
Yo: Yasmina, ¿realmente eres ingeniera o me has mentido? Porque una ingeniera no escribiría así de mal. No te voy a responder hasta que me escribas bien.
Tardó un buen rato. Cuando contestó, el cambio fue total:
Yasmina: Sí, soy ingeniera. Pero ya te dije que para mí es más seguro seguir pareciendo una villera. Vale, a ti te voy a escribir usando todas las letras.
Yo: Ok.
Pasaron unos minutos.
Yasmina: Ya me enteré de que te cogiste a tu anfitriona. Estas cuatro se lo cuentan todo y mi prima me lo cuenta a mí. Que sepas que lo hizo por no ser menos que las otras dos. No te hagas ilusiones.
Yo: No me hago ilusiones de nada. Como mucho de repetir jjjj
Yasmina: Mirá el españolete… y nos pareció tonto.
Yasmina: ¿Cómo vas con las visitas? ¿Qué más vas a hacer?
Yo: Estoy mirando una excursión de un par de días. Te llevan a una estancia, hacen una exhibición de monta a lo gaucho, asado, y también te dan un paseo a caballo.
Yasmina: Yo nunca hice algo así.
Yo: Si quieres te invito.
Tardó en contestar y cuando lo hizo volvió al estilo villero:
Yasmina: jaja no seee wacho… a ver q onda
Yo: Yasmina, no te entiendo nada. Pero para aclarar las cosas: si aceptas la invitación no significa que tengas que follar conmigo. Vamos como amigos y ya.
Hubo una pausa más larga.
Yasmina: Nunca me invitaron a algo así. ¿Cuándo sería? Tengo horarios flexibles pero necesito saberlo.
Yo: El jueves muy de mañana sale el bus. Se llega a media mañana. El viernes por la noche sale el de vuelta y llegamos a Buenos Aires de madrugada.
Yasmina: ¿De verdad me invitas?
Yo: Sí. Me caíste muy bien y, la verdad, para parejas el boleto sale mejor. Pero podemos pedir dos camas.
Tardó bastante en responder.
Yasmina: ¿Cuánto es? Yo pago mi parte.
Yo: Como quieras. Sale unos 95.000 pesos por persona, todo incluido: noche en la estancia, comidas, cenas, desayuno, exhibición gaucha y el paseo a caballo. Pero de verdad que te invito.
Yasmina: Pago la mitad.
Yo: Recuerda llevar pantalón largo para montar. El resto del equipo te lo pueden alquilar allí.
Unos minutos después me llegó un mensaje de voz. El acento villero era tan marcado que tuve que escucharlo dos veces, pero se entendía claro:
—Bueno… sí, me apunto. Pago mi parte. Avisame el punto de encuentro.
Sonreí solo en la habitación.
El punto de salida era la Terminal de Ómnibus de Retiro. Yo me subí en la primera parada. El bus era de dos pisos y los asientos de adelante ya estaban ocupados, así que me senté junto a las escaleras de la salida de emergencia del medio. En las siguientes paradas fue subiendo gente: la mayoría turistas extranjeros, algunos argentinos de provincias. Le guardé el asiento del pasillo a Yasmina.
Cuando ella apareció por la puerta del bus, con ese aire villero desafiante, la azafata la frenó en seco.
—Señorita, ¿tiene pasaje?
—Sí, che, vengo con el español.
—Necesito ver el boleto.
—Me lo tiene él.
La azafata frunció el ceño, mirándola de arriba abajo: el short demasiado corto, los tatuajes, la remera ajustada, el pelo recogido de cualquier manera.
—Acá no se puede subir así nomás. ¿Documento?
Yasmina se puso tensa al instante.
—¿Qué documento? Si el pasaje lo tiene él…
Tuve que levantarme y acercarme.
—Es mi acompañante. Aquí está el pasaje para dos.
Le mostré el móvil con la reserva a su nombre y al mío. La azafata lo miró, después miró a Yasmina otra vez y, todavía con desconfianza, le pidió el DNI. Yasmina se lo dio entre dientes. Recién entonces la dejaron subir.
Cuando nos sentamos, estaba visiblemente alterada. Hablaba bajito, pero se le notaba el enfado:
—La concha de su madre… me trataron como si fuera a robarles el bondi.
Le hablé casi al oído:
—Deberías estar contenta. Que te traten así significa que tu disfraz de villera funciona.
Se quedó callada un momento. Después contestó, más baja todavía:
—No es un disfraz. Yo nací en una villa… y ahora es que por fin no cago en un balde.
Se le quebró un poco la voz. Se quedó mirando por la ventanilla, triste. Le di un beso suave en la mejilla. Como habíamos sido la última parada, apagaron las luces del autobús para que la gente pudiera dormir.
—¿Vas a dormir? —le pregunté.
—No creo… esto es muy emocionante. Nunca viajé tan lejos.
—Ya viajarás en el futuro a donde quieras.
—No puedo salir de Argentina.
—¿Y eso?
—Cuando empecé la carrera me mandé un cagadón… y en fin, pacté que no salía de este país cuando me pillaron. Es confidencial, no te puedo decir más.
Lo dijo con una seriedad que no admitía dudas. Me lo creí.
—Pero puedes viajar por Argentina si quieres.
—Es la falta de costumbre. De donde yo vengo nadie viaja.
La sentía triste. Le di otro beso en la mejilla.
—¿Me das otro? —pidió en voz muy baja.
Cuando me giré para dárselo, ella se giró y nos encontramos en la boca. Empezamos despacio, casi tímidos, pero enseguida la lengua se buscó. El bus iba lleno y no podíamos cambiar de asiento. Metí la mano por el elástico de su pantalón y bajé hasta el pubis. Me llevé una sorpresa: estaba completamente depilado. Ni un solo pelo.
—Me dijeron que a los españoles les gusta más depilado —susurró contra mi boca.
—Desde luego a mí sí.
Ella metió la mano dentro de mi pantalón. Nos besamos y nos masturbamos en silencio, con el ruido del motor y algún ronquido lejano como única compañía. Me corrí primero, apretando los dientes. Ella siguió un poco más y se vino callada, mordiéndose el labio. Cuando sacó la mano, se la llevó a la boca y se chupó los dedos con calma. Aproveché ese momento para besarla. Fue un beso blanco: intercambiamos mi semen entre las dos lenguas hasta que se diluyó.
—Sos un guarro de mierda… pero me encantás —dijo en un susurro.
—Aún queda.
Volvió a meter la mano, recogió lo que todavía quedaba y esta vez me metió los dedos directamente en la boca. Se los chupé despacio. Después nos besamos otra vez. Lo hicimos varias veces, hasta que no quedó rastro.
Entonces se escuchó una tos seca un par de filas más adelante.
Los dos nos quedamos quietos… y después nos reímos como dos niños a los que acababan de pillar haciendo una travesura.
Yasmina había dicho que no iba a dormir, pero alguna cabezada sí que dio, con la cabeza apoyada en mi hombro. Cuando el bus hizo una parada para desayunar en un área de servicio todavía era de noche. Café con leche, medialunas industriales y al baño rápido. Para cuando salió el sol ya habíamos dejado atrás la conurbación de Buenos Aires. Empezaron a aparecer campos abiertos, alambrados y pastizales.
Yasmina se pegó a la ventanilla como una nena.
—¡Mirá, mirá! ¡Una vaca!
—¡Ahí hay otra! ¡Y un ternero chiquito!
—¡Español, mirá ese caballo negro! ¡Qué lindo!
—¿Y eso de allá? ¿Es un molino de viento de verdad?
—¡Hay más vacas! ¡Están todas juntas!
Era enternecedor. Cada animal o cada elemento del campo le parecía una maravilla. Yo sonreía sin decir casi nada, dejándola disfrutar.
A media mañana llegamos a la estancia. Nos esperaban en la entrada con mate y unos peones de botas y bombacha. Nos repartieron por idiomas: un grupo de angloparlantes, otro de alemanes, un grupo bastante numeroso de chinos, y el de hispanohablantes. En el nuestro éramos solo cuatro parejas: unos mexicanos con dos hijas adolescentes, una pareja de colombianos, otra de argentinos de Buenos Aires, y nosotros. Se notaba que todos venían con pasta.
Hubo la típica ronda de presentaciones rápidas: nombre, de dónde veníamos y poco más. Fue tan veloz que apenas retuve las nacionalidades.
Nos subieron a un minibus todo terreno sin techo, de esos que se usan para los safaris. Mientras recorríamos la propiedad, el guía (un tipo de unos cincuenta años, muy profesional) nos contó la historia de las estancias en Argentina y de esa en particular, fundada a finales del siglo XIX por una familia de origen vasco. Después habló de los gauchos: su origen, la vestimenta, el facón, el lazo, y cómo habían pasado de ser peones semi-nómadas a trabajadores estables.
Cuando llegamos a la parte productiva, el tono se volvió más técnico:
—Actualmente la estancia maneja unas 4.200 cabezas de ganado vacuno, mayoritariamente Aberdeen Angus y Hereford. Producimos carne de exportación y también tenemos un tambo de unas 180 vacas en ordeñe que nos da alrededor de 3.800 litros de leche diarios. Además hay un pequeño criadero de caballos criollos y producimos algo de miel y dulce de leche artesanal para la venta directa.
Yasmina escuchaba todo con atención, haciendo preguntas de vez en cuando. Se notaba que disfrutaba de verdad.
El recorrido terminó en la casa principal, donde había una tienda de recuerdos y productos de la finca. Mientras yo miraba unos frascos de dulce de leche, vi que Yasmina se había quedado quieta frente a una vitrina. Estaba mirando unos pendientes de plata labrada, de diseño típico de las mujeres de campo: unos aros medianos con forma de media luna y un pequeño motivo de espuela en el centro.
Se los compré sin preguntarle. Cuando se dio cuenta quiso rechazarlos.
—No, no… no hace falta…
—Son para ti —le dije—. Y de paso encargué otro par para mi madre, dos para mis hermanas y uno para una amiga. No eran caros.
También me llevé media docena de imanes para el frigorífico: uno con la silueta de un gaucho a caballo, otro con el mapa de Argentina y la bandera, uno con un mate y la leyenda “Estancia La Esperanza”, y un par más con fotos de atardeceres en el campo y de rodeos.
Yasmina se quedó mirando los pendientes en su mano con una expresión que no supe leer del todo.

Había varias mesas largas dispuestas bajo unos árboles. Se mantuvieron los grupos por idiomas, pero se nos acercó una pareja de israelíes que en principio habían estado con el grupo angloparlante. Explicaron que habían tenido algún roce y nos pidieron unirse a nosotros porque también hablaban español. Se hizo un silencio corto. Yo fui el primero en hablar:
—Por mí no hay problema. Son bienvenidos.
El resto asintió enseguida y les hicieron un hueco.
La comida fue excelente: vacío, entraña, chorizo, morcilla, ensaladas y pan casero. El vino tinto de la casa corría con generosidad. Yasmina se le fue un poco la mano. En un momento levantó la copa y dijo, con ese dejo más villero:
—La puta madre… nunca tomé un vino tan rico. Yo solo había tomado de esos de tetra…
Sonreí y hablé más alto, para que la atención no se quedara solo en ella:
—Eso no es vino. Si viene en tetrabrik, no es vino. Yo soy de donde se hace uno de los mejores vinos del mundo, La Rioja, y este que tenemos acá es muy bueno.
Todos rieron. Después trajeron unos chupitos de caña quemada, el clásico digestivo de los gauchos. Ardía un poco al bajar, pero dejaba un regusto dulzón agradable.
Mientras comíamos nos fueron asignando las habitaciones. Al terminar el almuerzo nos levantamos para asearnos y prepararnos para el paseo a caballo. De camino hacia nuestra habitación Yasmina se tropezó con una piedra y casi se va de boca. Cuando se recuperó, soltó entre dientes:
—La concha de mi madre… se me subió el vino a la cabeza, che.
Entramos en la habitación. Era sencilla pero limpia: dos camas individuales, una mesa y un baño pequeño. Yasmina se sentó en el borde de la cama y me miró:
—¿Tenés un poco de merca? Solo un pasecito… si no, no voy a aguantar lo del caballo.
Me acordé del gramo que todavía me quedaba de la quinta. Saqué el pollo, lo abrí sobre la mesita y armamos un par de rayas cortas. Suficientes para sacarnos el cansancio y dejarnos un poco más despiertos. Yo me preparé primero: me puse el pantalón largo, una camisa y las zapatillas que llevaba. Yasmina tuvo que salir un momento a alquilar botas de montar.
Cuando volví al punto de encuentro del grupo, ella apareció unos minutos después.

Venía vestida de una forma que me dejó mirándola un segundo de más. Llevaba un sombrero de ala ancha color arena, una camisa de cuadros rojos y amarillos abrochada justo debajo de las tetas (dejando a la vista un escote generoso y la curva del pecho), un jean ajustado que le marcaba las caderas y las piernas, y unas botas de cuero marrón con bordados. El pelo negro le caía suelto por los hombros. Estaba claramente sexy, con ese contraste entre el aire de campo y su cuerpo curvilíneo. Y, como no podía ser de otra forma, traía una botella de Quilmes en cada mano.
—Para el camino —dijo, alargándome una con una sonrisa de lado.
El paseo a caballo duró un poco más de dos horas. Salimos de la casa principal por un camino de tierra y después nos metimos entre pastizales abiertos. El guía iba delante explicando de vez en cuando alguna cosa sobre el manejo del ganado o señalando algún árbol típico de la zona. El sol pegaba fuerte y en menos de media hora ya sudábamos todos. Yasmina iba a mi lado, agarrada con las dos manos al pomo de la montura, concentrada pero disfrutando. Cada tanto me miraba y sonreía.
Llegamos a una charca natural rodeada de unos cuantos sauces. Desmontamos. El guía nos dijo que si queríamos podíamos refrescarnos un rato. La mayoría apenas se mojó las manos o se echó un poco de agua por la nuca. Solo la pareja de israelíes se quedó en ropa interior y se metió de verdad en el agua, nadando hacia el centro.
Me dieron envidia. El calor era pesado y veníamos empapados de sudor.
Yasmina y yo nos separamos un poco del grupo, buscando un poco de sombra y de intimidad junto a unos arbustos.
—Si quieres te ayudo con las botas y metes los pies en el agua —le ofrecí.
—Ni en pedo. Si me saco estas botas después no me las puedo volver a poner.
La notaba rara, como incomoda.
—¿Qué te pasa?
—Me duele el orto, che… esto de montar a caballo no es como en las películas.
Nos reímos los dos.
—¿Querés un pasecito para el dolor?
En realidad lo que quería era que se pusiera cachonda y poder cogérmela allí mismo, en el laguito. La pareja de israelíes había nadado un poco más lejos y se los veía besarse en el agua.
Yasmina pareció leerme el pensamiento. Me miró de reojo y dijo, con ese dejo más villero:
—No sé nadar, así que ni se te ocurra… olvidate de garcharme en el agua como hacen esos turros.
—Entonces de hacerte el orto también me tengo que olvidar, porque te duele.
Se le puso la cara colorada al instante.
—De eso hablamos después… pero sí, dame un pasecito.
Saqué la llave, metí la punta en el pollo y se la acerqué a la nariz. Yasmina aspiró fuerte.
—Sí, sí, sí… esta pala está buena.
—¿Qué pala?
Me miró como si fuera obvio y me explicó bajito:
—Pala… porque es lo que usás para levantar. En la villa le decimos así a la merca cuando es buena.
Nos dimos un par de pases más, cortos, suficientes para que el cansancio se fuera y el cuerpo se pusiera un poco más despierto. Al rato el guía silbó y llamó a los caballos. Había que volver.
Avisaron que los que se sintieran seguros podían volver trotando. Eso hicieron casi todos. Solo la pareja de israelíes y nosotros volvimos al paso, más despacio, mientras el sol empezaba a bajar y el campo se teñía de un amarillo suave.
Como íbamos al paso junto a la pareja de israelíes, empezamos a charlar de lo típico: edades, de qué ciudad venían, a qué se dedicaban, cuánto tiempo llevaban de viaje. Ellos eran de Tel Aviv, tenían unos treinta y pico y estaban de luna de miel tardía. La conversación fluía fácil hasta que Yasmina, todavía con la coca y el vino de la comida haciendo de las suyas, soltó de golpe:
—¡La puta madre, qué par de turros que son! Se pusieron a garchar ahí en el medio de todos… me dejaron más caliente que una pava. Si yo supiera nadar me metía con ustedes, se lo juro.
El tono fue tan directo y tan de villa que el israelí se puso serio de inmediato.
—Lo siento… no pretendíamos ofenderla. Creímos que nadie nos veía.
Su mujer estaba colorada hasta las orejas, mirando hacia otro lado.
Tuve que meterme enseguida, casi como intérprete:
—No os está riñendo. Solo dice que le disteis envidia. Yasmina, por favor, cuando hables con extranjeros cuidá un poco cómo lo dices, porque pueden no entenderte.
Ella abrió los ojos, sorprendida, y cambió el registro de golpe, hablando más despacio y más claro:
—¿Se pensaron que los estaba retando? No, por favor… era una felicitación. Me encanta que la gente haga lo que le da la gana, de verdad. Perdón si sonó mal.
El alivio en la cara de los dos fue inmediato. El tipo hasta sonrió.
—Ah… está bien entonces. Nos asustamos un poco.
Una vez aclarado el malentendido, la charla siguió más suelta. Yasmina, ya más calmada, preguntó con curiosidad genuina:
—¿Y… es rico hacerlo en el agua?
Los tres contestamos al mismo tiempo:
—Sí.
Y nos reímos los cuatro.
Seguimos el resto del camino hablando de tonterías, del calor, de los caballos y de lo bien que se comía en la estancia. Cuando por fin llegamos, el sol ya estaba más bajo. Dejamos los caballos con los peones y nos fuimos directos a la habitación a ducharnos. El polvo del campo y el sudor se nos habían pegado a la piel.
Una vez en la habitación dejé que Yasmina se duchara primero. Al poco de oír correr el agua me llamó. Cuando abrí la puerta del baño la encontré esperándome debajo del chorro, completamente desnuda, el pelo pegado a la cara, el cuerpo brillante de agua. No llevaba los piercings de los pezones (se los había quitado por si se caía del caballo). En cada mano sostenía una botella de Quilmes que no se de donde sacó.

Me desnudé sin decir nada y entré con ella bajo el agua caliente. Nos enjabonamos mutuamente: yo le pasé las manos por las tetas grandes, por la panza, por el culo; ella me enjabonó el pecho, la polla, los huevos. Pegamos varios tragos a las cervezas mientras el agua nos resbalaba por encima. Nos besamos con la boca llena de espuma y de sabor a lúpulo. Enseguida se me puso dura.
La giré y la coloqué de frente a la pared de azulejos. Aprovechando la espuma del gel, le separé las nalgas y aproximé la cabeza de la polla a su culo.
—¿Se sigue doliendo el culito?
—Un poco…
—Pues habrá que poner una inyección.
Empujé despacio. La entrada estaba caliente y resistente. Fui entrando centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo se abría alrededor de mi polla. Yasmina apoyó las manos en la pared y respiró hondo. Cuando estuve completamente dentro me quedé quieto un momento, dejándola acostumbrarse. El agua caliente caía sobre nuestros hombros.
Empecé a moverme con suavidad, embestidas cortas y lentas. Ella empujó un poco hacia atrás.
—Más… metela toda…
Obedecí. Fui aumentando el ritmo poco a poco. El jabón hacía que todo resbalara con facilidad. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo se mezclaba con el ruido del agua. Yasmina empezó a gemir más fuerte.
—Pegame… —pidió de pronto—. Pegame en el culo mientras me la metés.
Le di una palmada seca en una nalga. Después en la otra. El agua hacía que el golpe sonara más fuerte. Ella gimió y apretó el culo alrededor de mi polla.
—Más fuerte… dominame…
Le agarré el pelo mojado, tiré de la cabeza hacia atrás y empecé a embestirla con más ganas. Cada vez que entraba hasta el fondo le soltaba un azote. La piel de sus nalgas se puso roja rápido. Yasmina gemía sin parar, pidiendo más.
La giré de nuevo y la hice ponerse de espaldas a mí, una pierna levantada y apoyada en el borde de la bañera. Así la penetración era más profunda. Le sujeté el muslo con una mano y con la otra le apreté una teta. Empecé a cogerla con fuerza, sin piedad. El agua salpicaba con cada embestida. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos, rodeando el piercing.
—Así… más duro… usame el culo…
La saqué de la ducha un momento, la empujé contra el lavabo y la penetré desde atrás otra vez, esta vez con las piernas bien abiertas. La cogí del cuello con una mano, y apreté para que le costara respirar, y con la otra le daba palmadas en el culo y en los muslos. Las embestidas eran ya rápidas y profundas. El sonido de carne mojada chocando llenaba el baño.
—Más… no pares… soy tu puta…
La volví a meter bajo el chorro de agua. La levanté un poco, obligándola a ponerse de puntillas, y la empotré contra la pared. Ahora las embestidas eran brutales. Le mordí el hombro, le pellizqué los pezones y le hablé al oído:
—Abre bien ese culo… tomá toda la pija…
Yasmina gritó. El orgasmo le llegó de golpe, violento.
—¡La concha de tu madre… me corróóó… no pares, no pares, me estás rompiendo el orto, la puta madre!
Se le cerró el ano alrededor de mi polla en contracciones fuertes y desordenadas, mientras gemía y maldecía sin control. Las contracciones me arrastraron. Empujé hasta el fondo y me vine dentro de ella, llenándole el culo de semen caliente.
No saqué la polla. Todavía dentro, con el agua cayéndonos encima, dejé que la vejiga se relajara. Como había bebido bastante cerveza, el chorro de orina salió con fuerza, llenándole el interior. Yasmina abrió los ojos de golpe, sorprendida.
—¿Qué…?
Sentí cómo el líquido caliente se le escapaba alrededor de mi polla y le bajaba por los muslos. Ella se quedó quieta un segundo… y después soltó una risa baja, casi incrédula.
—La concha de tu madre… qué asco… y me está gustando, hijo de puta.
Seguí orinándole dentro un poco más, hasta que no quedó nada. Después saqué la polla despacio. El semen y la orina, además de algo más, le resbalaron juntos por el interior de los muslos, mezclándose con el agua de la ducha.
Nos quedamos abrazados bajo el chorro, respirando agitados, mientras el agua se llevaba el resto.
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