Para cuando llegó Carolina teníamos un aspecto perfectamente normal. Yasmina seguía con su look de feminista villera (la camiseta hecha nudos, el pantaloncito vaquero mínimo, los tatuajes a la vista) y yo, un señor español de 56 años de vacaciones en un país extranjero, con el bañador puesto y la cara de quien acaba de hacer ejercicio bajo el sol.

Carolina se acercó con paso decidido.
—La comida está lista. Vengan para la mesa.
Se detuvo un segundo y miró el jardín. El pasto que yo había cortado se veía notablemente mejor: más parejo, más bajo, con el olor a verde todavía flotando.
—Caramba… al final te vamos a tener que pagar por el trabajo —dijo, medio en broma.
—No hace falta —contesté—. Lo he hecho de mil amores. Me habéis tratado de maravilla, como si fuéramos amigos de toda la vida, y la comida estaba deliciosa.
Yasmina, que estaba a mi lado, soltó una risita y habló con esa tonada más callejera, más directa:
—Yo creo que sí le tendrías que pagar, che… porque con lo bien que te la puso anoche, debiste acabar re contenta, ¿o no?
A Carolina se le puso la cara colorada al instante.
—¡Bombachita! ¿Cómo sabés eso?
Yasmina se encogió de hombros, sin ningún pudor:
—Que te lo garchaste anoche me lo chusmeó la panza. Y que la pone rica… eso lo probé yo hace un rato.
Carolina se quedó con la boca abierta, sin saber qué contestar. El silencio duró un par de segundos, pesado.
—Siempre tan rápida… —murmuró finalmente.
—Para eso me trajeron, ¿no? —contestó Yasmina, con una sonrisa de lado.
Se miraron con un odio corto pero intenso. Me sorprendió ver que la que terminó bajando la cabeza fue Yasmina. Su voz cambió, se volvió más baja, casi incómoda:
—Perdón… me fui de boca. Te debo… les debo bastante.
Carolina suavizó la expresión de inmediato. El tono de clase media porteña volvió a imponerse, más controlado:
—No debés nada. Eso está saldado hace rato. Y lo de traerte era para estar parejos de hombres y mujeres el fin de semana… pero ayer no pudiste venir y…
Yasmina recuperó la sonrisa pícara:
—Y se la tuvieron que rebanar entre las dos. Y alguna otra debe estar con ganas, jajajaja.
—Sos imposible. Callate de una vez —dijo Carolina, ya otra vez cabreada—. Vamos a comer.
Empezamos a caminar hacia la zona de mesas. El sol pegaba fuerte y el olor a empanadas recién hechas llegaba desde la cocina abierta. De repente, Yasmina se retrasó medio paso y le soltó a Carolina un azote seco y fuerte en el culo, de esos que suenan.
Carolina se giró como un rayo… pero no hacia Yasmina. Se giró hacia mí, con los ojos abiertos de sorpresa y bronca.
—¿Estás loco? ¡Mi marido ya volvió!
Aceleró el paso sin esperar respuesta, casi trotando hacia la casa.
Me quedé un segundo quieto, mirando a Yasmina. Ella se tapó la boca para no reírse y me guiñó un ojo. Yo no sabía exactamente qué pensar, pero me estaba divirtiendo bastante. Solo esperaba que no se armara un problema más grande del que ya había.
Nos acercamos a la mesa. El olor a empanadas calientes pegó de lleno. Había dos fuentes grandes: unas de carne con cebolla y huevo, otras de jamón y queso, y un par de caprese. Ensalada criolla, otra de rúcula, pan, chimichurri y una tabla con restos del asado del día anterior. En un balde con hielo flotaban botellas de Quilmes y Stella. Sobre la mesa, fernet y una botella de escabio ya empezada. Todos estaban en bañador o bikini, todavía sudados o con el pelo mojado.

Apenas me senté, Martín habló desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa que no llegaba a los ojos:
—Puto, me dijeron que por fin hiciste un trabajo de hombre.
El tono era de desprecio puro.
Me quedé quieto. Levanté la vista y le contesté con la voz baja, muy clara:
—No te parto la cara porque eres el anfitrión… pero como me vuelvas a llamar puto, te la rompo.
Se hizo un silencio de medio segundo y después estalló el caos.
Diego se levantó de golpe, las manos abiertas:
—¡Eh, eh, pará…!
Pablo ya estaba al lado de Martín, agarrándolo del hombro:
—Che, no jodas, ¿qué te pasa?
Sebastián, más serio, se puso de pie también:
—Martín, cortala. No da.
Martín levantó las dos manos, medio riendo, medio a la defensiva:
—¡Fue de onda, carajo!
—En España eso no es de onda —dije yo, todavía sentado, pero con el cuerpo tenso—. Allí llamarle puto a alguien es un insulto fuerte. Muy fuerte.
Diego miró a Martín y después a mí:
—Es verdad, acá a veces se tira así entre amigos… pero se ve que allá no.
Pablo le hablaba a Martín casi al oído, pero se le oía:
—Pedile disculpas, boludo. El tipo se quedó cortando el pasto mientras nosotros estábamos mirando los partidos.
Sebastián, más calmo pero firme:
—Dale, Martín. No vale la pena.
Carolina, desde su silla, tenía la cara tensa. Mariana miraba el plato. Yasmina observaba todo con una ceja levantada, como si le divirtiera el espectáculo. Lucía se había quedado a mitad de camino entre levantarse y quedarse sentada.
Martín bufó, se pasó la mano por la cara y finalmente me miró:
—Está bien… no era para ofenderte. En serio. Y gracias por lo del cortacésped, quedó bien.
Asentí una sola vez.
—Aceptado.
El aire bajó de golpe. Los hombres se volvieron a sentar entre murmullos y alguna risa nerviosa. En cinco minutos ya se estaban pasando la cerveza y hablando de otra cosa. La paz entre ellos volvió fácil, como pasa muchas veces entre tipos.
Las mujeres, en cambio, seguían lanzándose miradas de odio apenas disimuladas. Solo Yasmina y Lucía parecían completamente fuera de esa pelea.
Me quedé con Lucía a mi derecha. El asiento de la izquierda estaba vacío. Ella intentó retomar conversación con ese entusiasmo genuino de quien de verdad le gusta el fútbol:

—Che, el partido de la mañana estuvo bueno… el local dio vuelta el resultado en diez minutos y…
La corté con la mejor cara posible:
—Lucía, de verdad… no me gusta el fútbol. Y hablar de fútbol todavía menos.
Me miró sorprendida y después soltó una risa corta:
—Entonces era verdad que no viniste por eso. Yo pensé que te habías quedado por otra razón…
Puso cara pícara.
—Eso era un aliciente, desde luego —admití—. Pero oír hablar de fútbol solo es superado por la obstetricia o por operaciones quirúrgicas como lo último de lo que quiero oír.
Ella se rio con ganas.
—Jajaja, está bien, te creo.
La miré un segundo. Se notaba que estaba en forma: hombros definidos, cintura marcada, piernas firmes.
—¿Y a ti, además de verlo, te gusta practicarlo? Lo digo porque se te ve muy en forma.
—Jajaja, sí… me encantaba jugar. Pero ya no encuentro equipo donde entrar. Ahora corro y de vez en cuando voy al gym.
Como yo tenía más facilidad para moverme, me levanté varias veces a traer cosas a la mesa: cervezas del balde con hielo, algún cubierto que faltaba, servilletas. En uno de esos viajes me crucé con Mariana cerca de la cocina. Aprovechó que nadie estaba mirando y me habló bajito, casi sin mover los labios:
—Ayer se nos acabó la falopa. ¿Te importaría invitar un gramito?
—Vale —contesté sin pensarlo mucho—. ¿Y dónde consigo?
—Decile a Lucía.
No me dijo nada más. Se dio media vuelta y volvió a su silla como si no hubiera pasado nada.
Me senté otra vez. Me daba un poco de corte. Estuve un par de minutos dándole vueltas, mirando la mesa, el fernet, las empanadas. Al final me lancé en plancha. Me giré hacia Lucía y le hablé en el mismo tono bajo:
—Lucía… ¿puedes conseguir un par de gramos de coca?
Ella ni se inmutó. Me miró de reojo y contestó con total naturalidad:
—Sí, pero están a doce mil cada uno.
Antes de viajar me había informado bastante sobre precios en Argentina. Me pareció caro.
—Lo vendes caro —le dije.
—Pero es muy buena y está disponible —respondió sin cambiar el tono—. Si querés de la otra, más barata, tengo que mandar a buscar y tarda.
—Vale. Te compro dos. Dale uno a Mariana para que lo organice y el otro me lo das a mí.
—Pago por adelantado. Norma de la casa. Si querés te paso el alias de Mercado Pago.
Me había instalado la aplicación antes de salir de España precisamente por estas cosas. Saqué el móvil, busqué el contacto que me dictó y le transferí el dinero ahí mismo. Ella miró la notificación, asintió y se quedó tan tranquila.
Al poco rato se levantó con la excusa de ir al baño. La vi acercarse a su coche, abrir la puerta del acompañante, revolver un momento y cerrar. Después pasó por donde estaba Mariana, le dijo algo al oído y volvió a sentarse a mi lado como si nada. Disimuladamente, con una habilidad de quien lleva años haciéndolo, me metió un pequeño paquete envuelto en plástico (un “pollo”) en el bolsillo del bañador.
Esperé un poco y le hablé sin mirarla:
—¿Por qué disimuláis tanto si todos sabéis lo que hacéis?
Lucía soltó una risita baja y contestó con esa mezcla de cinismo y costumbre porteña:
—No sé… será la costumbre. Jajaja. Acá siempre se hizo así.
Tras acabarse la comida sacaron licores, café y mate. Ofrecieron té, pero nadie quiso. Todos, menos Florencia, fueron pasando por la cocina con cualquier excusa: traer más hielo, buscar vasos, mirar si quedaba alguna empanada. Cada uno volvía un poco más alegre, más hablador, con los ojos un poco más vivos. Yo también pasé. El mismo plato de porcelana de la noche anterior estaba sobre la mesada. Mariana iba armando las rayas con el mismo movimiento rápido y preciso de siempre. La coca era buena, limpia, de esa que te sube rápido y te deja la cabeza clara y el cuerpo inquieto.

Recogimos la mesa entre todos y nos fuimos a la pileta. El calor era bochornoso, de esos que te pegan en la nuca y te hacen buscar el agua casi por desesperación. Tarde o temprano todos terminamos dentro. Jugamos como criaturas: batallas de salpicaduras, a ver quién aguantaba más tiempo debajo del agua, carreras de un extremo al otro, y un intento fallido de torre humana que terminó en carcajadas y agua por todos lados. Las chicas estaban divinas en sus tangas. El agua les pegaba la tela al cuerpo y el sol de la tarde les sacaba brillo a la piel.
Yasmina me hacía un marcaje constante. Era como una escolta personal. Cada vez que Carolina o Mariana se acercaban demasiado, ella aparecía de la nada, se metía en medio o me arrastraba hacia otro lado de la pileta con cualquier pretexto. Cuando me di cuenta del patrón, la agarré suavemente del brazo y la llevé un poco aparte.
—Yas… ¿qué pasa? ¿A qué viene esto?
Ella se quiso hacer la loca, con esa tonada más villera:
—¿De qué hablás, che? No pasa nada…
Me dio la sensación de que estaba actuando.
—Eres ingeniera informática… ¿o me has mentido? Porque alguien con esa preparación es capaz de dar mejores excusas.
A Yasmina le dio un ataque de risa tan fuerte que tuvo que agarrarse al borde de la pileta. Varios se giraron a mirar. Cuando por fin pudo hablar, todavía entre risas, Lucía se acercó nadando despacio y se puso a mi otro lado.
—Se lo pedí yo —dijo Lucía en voz baja—. Esas tres están re cachondas y van a hacer alguna locura si las dejás cerca. Mejor prevenir.
Asentí. No hacía falta más explicación.
Así pasamos el resto de la tarde del domingo: haciendo el tonto en una pileta pequeña, con el sol bajando despacio y el alcohol y la coca todavía circulando. Era divertido, pero sin más. Una de esas tardes que se sienten largas y cortas al mismo tiempo.
Poco a poco se fueron yendo.
Primero Florencia y Sebastián. Ella me dio un beso en la mejilla y me dijo al oído:
—Portate bien, español.
Después Lucía, su marido y Yasmina. Antes de subir al coche, Yasmina se me acercó:
—Si querés, algún día te hago de guía y te muestro una villa de verdad. Pero ni loco vayas solo, ¿eh? Sin mí no entres.
—No me apetece ir a ver miseria —le contesté—. Prefiero lo bonito o lo histórico.
Ella se encogió de hombros y me alargó el móvil.
—Por si acaso. Guardá el número.
Lo hice.
Por fin nos tocó a nosotros, Carolina y Martín se quedaron en su quinta. Mariana, su marido y yo. Antes de volver a la casa, pasamos por la de los padres de Mariana a recoger a los chicos. El sol ya se estaba poniendo y el calor empezaba a aflojar un poco. La quinta se quedó atrás, con el olor a cloro, a césped cortado y a secretos todavía flotando en el aire.
El lunes lo dediqué a ser turista de verdad, a recorrer Buenos Aires con calma. Madrugué y me fui primero al Cementerio de la Recoleta, que a primera hora está casi vacío y se puede caminar tranquilo entre las bóvedas. Después bajé caminando hacia el Centro Cultural Recoleta y me quedé un rato en la Plaza Francia. Al mediodía comí unos buenazos de bondiola en un lugar sencillo cerca de ahí. Por la tarde me metí en el barrio de Palermo: caminé por Plaza Serrano, miré vidrieras y terminé en el Botánico, que a esa hora ya tenía menos gente. Volví a la casa cuando empezaba a oscurecer, cansado de caminar pero contento.
Al llegar a la casa me encontré con una sorpresa: solo estaba Mariana.
—¿Y el resto? —pregunté mientras dejaba la mochila—. ¿Tu marido y los chicos?
—Se fueron a lo de mis suegros —contestó ella desde la cocina—. Como queda lejos, se quedan a dormir y mañana vuelven.
Llevaba ropa de casa de verano: un short de algodón gris muy corto y una remera blanca fina, casi transparente, sin sujetador. El pelo negro y abundante lo tenía recogido en un moño alto y flojo del que se le escapaban mechones. Se le veía cómoda, de esas treintañeras de clase media que en su casa no se complican.
Me sirvió la cena (unos ravioles con salsa que había hecho ella) y nos sentamos a la mesa. Me preguntó por el día:
—¿Y? ¿Te gusto el cementerio?
—Bastante. Tienen algo especial a primera hora, cuando todavía no hay nadie.
Hablamos un poco más de turismo hasta que, de repente, cambió de tema por completo.
—¿Te parezco fea?
Me quedé mirándola.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Te garchaste a dos de mis amigas y a mí ni me mirás. Bombachita es más joven y llamativa, está bien… pero ¿hasta la preñada me gana?
Decidí ser cabrón.
—No sé… a ver, ponte de pie. Con esa ropa de casa no estás para mirarte demasiado.
Mariana levantó una ceja, pero se puso de pie.
—Bueno, me arreglo entonces…
—No. Desnúdate. Es como mejor se ven estas cosas.
Fue una prueba. Si se desnudaba, era que realmente quería.
Se quedó quieta un segundo, mirándome. Después se sacó la remera por la cabeza. No llevaba nada debajo. Los pechos le cayeron firmes, de buen tamaño, con los pezones oscuros ya medio duros. Se bajó el short y se quedó solo con una tanga negra mínima.

—Así está mejor —dije.
Le hice hacer poses. Primero de perfil, con una mano en la cintura. Después de espaldas, mirándome por encima del hombro, el pelo negro cayéndole a un lado. Le pedí que se apoyara en la mesa con las dos manos y arqueara un poco la espalda, marcando el culo. Después que se sentara en la silla al revés, con las piernas abiertas y los codos sobre el respaldo. Cada vez que cambiaba de posición le sacaba una foto con el móvil.
—¿Qué hacés? —preguntó, entre molesta y excitada.
—Como buen turista… saco fotos a las cosas bonitas.
Su cuerpo era justo como lo recordaba: morocha, piel ligeramente bronceada, belleza más intensa que las otras, rasgos marcados, esa sonrisa espectacular que ahora se le estaba volviendo más picante. El culo redondo y firme, las tetas pesadas pero con buena forma, la cintura marcada. Cada vez que le pedía una pose nueva se notaba que le gustaba exhibirse, aunque intentara disimularlo.
La tanga se le estaba empezando a marcar de humedad.
Cuando vi que la tanga negra ya estaba visiblemente mojada, me desnudé sin prisa. Me acerqué a ella y la besé con fuerza, invadiéndole la boca con la lengua, sin darle tiempo a reaccionar. Me separé solo lo suficiente para hablarle al oído:
—¿Te cuidas?
—No… es que me sientan mal los anticonceptivos.
—¿Alérgica al látex?
Lo dije de forma brusca, a propósito. No quería que se hiciera ninguna ilusión sentimental. Si quería sexo, eso era lo que iba a tener.
—Odio los putos condones… pero ponételo si querés.
—Primero me la chupás.
Me senté en el sofá. Ella se arrodilló en el suelo entre mis piernas y empezó a chupármela. Lo hacía con técnica, pero se notaba que no le terminaba de gustar. Cada tanto levantaba la vista:
—¿Lo hago bien? ¿Te gusta?
—Callá y chupá.
Le puse una mano en la cabeza y la guié un poco más profundo. Seguía sin convencerme del todo: era como si lo hiciera por compromiso. Después de un rato la hice ponerse de pie y le bajé la tanga de un tirón. Se la quedó enganchada en un tobillo. Yo seguí sentado y la atraje hacia mi boca.
El coño lo llevaba perfectamente depilado, liso, y estaba chorreando. Empecé a comérselo con ganas: lengua plana de abajo arriba, chupones en el clítoris, mordisquitos en los labios. Le metí dos dedos y los curvé hacia adelante. Mariana agarró el respaldo del sofá y empezó a temblar. Se corrió en mi boca con un gemido ahogado, pero no la dejé apartarse. Seguí comiéndola y metiéndole dedos, ahora también uno por detrás. El culo se le cerraba alrededor del dedo cada vez que llegaba al clítoris con la lengua. Continué hasta que ella no pudo más.
—Pará… por favor… no me sostengo…
Se derrumbó hacia el sofá. Aproveché para ir hasta la cartera, sacar un condón, abrirlo y ponérmelo. Cuando volví ella estaba tumbada, todavía jadeando, con las piernas entreabiertas.
Me eché encima y se la metí de una. El coño estaba tan mojado que entró sin resistencia. Empecé despacio, con embestidas largas, mientras la besaba y le acariciaba el pelo. Ella me rodeó con las piernas y me pegó más contra su cuerpo. Durante un rato la cogí así, boca arriba en el sofá, mirándola a los ojos, sintiendo cómo se le contraía por dentro cada vez que llegaba al fondo.
Después la giré y la puse a cuatro patas sobre el sofá. Me arrodillé detrás y se la volví a meter. Ahora las embestidas eran más fuertes. Le agarré las caderas y empecé a darle con más ritmo. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo llenaba el living. Le di una palmada seca en una nalga y después en la otra. Mariana empujó hacia atrás, buscando más.
—Más fuerte…
Se lo di. Le agarré el pelo negro, tiré hacia atrás y la embestí con ganas. Cada tanto le soltaba un azote más fuerte. La piel del culo se le estaba poniendo rosada.
La baje al suelo, sobre la alfombra. Me puse encima otra vez, pero esta vez le sujeté las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano. Con la otra le pellizqué un pezón y después el otro. Empecé a morderle el cuello, el hombro, el arranque de las tetas. Las embestidas eran cada vez más profundas y más secas. Mariana gemía entre el dolor y el placer, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Sos una puta… te gusta que te cojan así, ¿no?
No contestó con palabras, solo con un gemido más agudo.
La levanté y la llevé hasta la mesa del comedor. Le hice apoyar las manos sobre la madera y le separé las piernas con la rodilla. Se la metí de nuevo desde atrás, bien hondo. Ahora no había caricias. Solo embestidas fuertes, azotes en el culo y en los muslos, y algún mordisco en la espalda. Le agarré las tetas por debajo, las apreté y usé ese agarre para tirar de ella hacia atrás cada vez que empujaba. El condón empezaba a sentirse más resbaladizo por la cantidad de lubricación que ella soltaba.
La di la vuelta, la senté sobre el borde de la mesa y le abrí las piernas al máximo. Me metí entre ellas y empecé a cogerla de frente, mirándola a la cara. Le di dos palmadas en las tetas y después le pellizqué los pezones con fuerza. Mariana soltó un grito corto y se corrió otra vez, apretándome la polla con el coño en oleadas fuertes. Las contracciones me arrastraron. Empujé hasta el fondo, me quedé quieto y me vine dentro del condón, sintiendo cómo se llenaba mientras ella todavía se sacudía alrededor de mí.
Nos quedamos así un momento, jadeando, pegados, con el olor a sexo llenando el living de la casa.

Carolina se acercó con paso decidido.
—La comida está lista. Vengan para la mesa.
Se detuvo un segundo y miró el jardín. El pasto que yo había cortado se veía notablemente mejor: más parejo, más bajo, con el olor a verde todavía flotando.
—Caramba… al final te vamos a tener que pagar por el trabajo —dijo, medio en broma.
—No hace falta —contesté—. Lo he hecho de mil amores. Me habéis tratado de maravilla, como si fuéramos amigos de toda la vida, y la comida estaba deliciosa.
Yasmina, que estaba a mi lado, soltó una risita y habló con esa tonada más callejera, más directa:
—Yo creo que sí le tendrías que pagar, che… porque con lo bien que te la puso anoche, debiste acabar re contenta, ¿o no?
A Carolina se le puso la cara colorada al instante.
—¡Bombachita! ¿Cómo sabés eso?
Yasmina se encogió de hombros, sin ningún pudor:
—Que te lo garchaste anoche me lo chusmeó la panza. Y que la pone rica… eso lo probé yo hace un rato.
Carolina se quedó con la boca abierta, sin saber qué contestar. El silencio duró un par de segundos, pesado.
—Siempre tan rápida… —murmuró finalmente.
—Para eso me trajeron, ¿no? —contestó Yasmina, con una sonrisa de lado.
Se miraron con un odio corto pero intenso. Me sorprendió ver que la que terminó bajando la cabeza fue Yasmina. Su voz cambió, se volvió más baja, casi incómoda:
—Perdón… me fui de boca. Te debo… les debo bastante.
Carolina suavizó la expresión de inmediato. El tono de clase media porteña volvió a imponerse, más controlado:
—No debés nada. Eso está saldado hace rato. Y lo de traerte era para estar parejos de hombres y mujeres el fin de semana… pero ayer no pudiste venir y…
Yasmina recuperó la sonrisa pícara:
—Y se la tuvieron que rebanar entre las dos. Y alguna otra debe estar con ganas, jajajaja.
—Sos imposible. Callate de una vez —dijo Carolina, ya otra vez cabreada—. Vamos a comer.
Empezamos a caminar hacia la zona de mesas. El sol pegaba fuerte y el olor a empanadas recién hechas llegaba desde la cocina abierta. De repente, Yasmina se retrasó medio paso y le soltó a Carolina un azote seco y fuerte en el culo, de esos que suenan.
Carolina se giró como un rayo… pero no hacia Yasmina. Se giró hacia mí, con los ojos abiertos de sorpresa y bronca.
—¿Estás loco? ¡Mi marido ya volvió!
Aceleró el paso sin esperar respuesta, casi trotando hacia la casa.
Me quedé un segundo quieto, mirando a Yasmina. Ella se tapó la boca para no reírse y me guiñó un ojo. Yo no sabía exactamente qué pensar, pero me estaba divirtiendo bastante. Solo esperaba que no se armara un problema más grande del que ya había.
Nos acercamos a la mesa. El olor a empanadas calientes pegó de lleno. Había dos fuentes grandes: unas de carne con cebolla y huevo, otras de jamón y queso, y un par de caprese. Ensalada criolla, otra de rúcula, pan, chimichurri y una tabla con restos del asado del día anterior. En un balde con hielo flotaban botellas de Quilmes y Stella. Sobre la mesa, fernet y una botella de escabio ya empezada. Todos estaban en bañador o bikini, todavía sudados o con el pelo mojado.

Apenas me senté, Martín habló desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa que no llegaba a los ojos:
—Puto, me dijeron que por fin hiciste un trabajo de hombre.
El tono era de desprecio puro.
Me quedé quieto. Levanté la vista y le contesté con la voz baja, muy clara:
—No te parto la cara porque eres el anfitrión… pero como me vuelvas a llamar puto, te la rompo.
Se hizo un silencio de medio segundo y después estalló el caos.
Diego se levantó de golpe, las manos abiertas:
—¡Eh, eh, pará…!
Pablo ya estaba al lado de Martín, agarrándolo del hombro:
—Che, no jodas, ¿qué te pasa?
Sebastián, más serio, se puso de pie también:
—Martín, cortala. No da.
Martín levantó las dos manos, medio riendo, medio a la defensiva:
—¡Fue de onda, carajo!
—En España eso no es de onda —dije yo, todavía sentado, pero con el cuerpo tenso—. Allí llamarle puto a alguien es un insulto fuerte. Muy fuerte.
Diego miró a Martín y después a mí:
—Es verdad, acá a veces se tira así entre amigos… pero se ve que allá no.
Pablo le hablaba a Martín casi al oído, pero se le oía:
—Pedile disculpas, boludo. El tipo se quedó cortando el pasto mientras nosotros estábamos mirando los partidos.
Sebastián, más calmo pero firme:
—Dale, Martín. No vale la pena.
Carolina, desde su silla, tenía la cara tensa. Mariana miraba el plato. Yasmina observaba todo con una ceja levantada, como si le divirtiera el espectáculo. Lucía se había quedado a mitad de camino entre levantarse y quedarse sentada.
Martín bufó, se pasó la mano por la cara y finalmente me miró:
—Está bien… no era para ofenderte. En serio. Y gracias por lo del cortacésped, quedó bien.
Asentí una sola vez.
—Aceptado.
El aire bajó de golpe. Los hombres se volvieron a sentar entre murmullos y alguna risa nerviosa. En cinco minutos ya se estaban pasando la cerveza y hablando de otra cosa. La paz entre ellos volvió fácil, como pasa muchas veces entre tipos.
Las mujeres, en cambio, seguían lanzándose miradas de odio apenas disimuladas. Solo Yasmina y Lucía parecían completamente fuera de esa pelea.
Me quedé con Lucía a mi derecha. El asiento de la izquierda estaba vacío. Ella intentó retomar conversación con ese entusiasmo genuino de quien de verdad le gusta el fútbol:

—Che, el partido de la mañana estuvo bueno… el local dio vuelta el resultado en diez minutos y…
La corté con la mejor cara posible:
—Lucía, de verdad… no me gusta el fútbol. Y hablar de fútbol todavía menos.
Me miró sorprendida y después soltó una risa corta:
—Entonces era verdad que no viniste por eso. Yo pensé que te habías quedado por otra razón…
Puso cara pícara.
—Eso era un aliciente, desde luego —admití—. Pero oír hablar de fútbol solo es superado por la obstetricia o por operaciones quirúrgicas como lo último de lo que quiero oír.
Ella se rio con ganas.
—Jajaja, está bien, te creo.
La miré un segundo. Se notaba que estaba en forma: hombros definidos, cintura marcada, piernas firmes.
—¿Y a ti, además de verlo, te gusta practicarlo? Lo digo porque se te ve muy en forma.
—Jajaja, sí… me encantaba jugar. Pero ya no encuentro equipo donde entrar. Ahora corro y de vez en cuando voy al gym.
Como yo tenía más facilidad para moverme, me levanté varias veces a traer cosas a la mesa: cervezas del balde con hielo, algún cubierto que faltaba, servilletas. En uno de esos viajes me crucé con Mariana cerca de la cocina. Aprovechó que nadie estaba mirando y me habló bajito, casi sin mover los labios:
—Ayer se nos acabó la falopa. ¿Te importaría invitar un gramito?
—Vale —contesté sin pensarlo mucho—. ¿Y dónde consigo?
—Decile a Lucía.
No me dijo nada más. Se dio media vuelta y volvió a su silla como si no hubiera pasado nada.
Me senté otra vez. Me daba un poco de corte. Estuve un par de minutos dándole vueltas, mirando la mesa, el fernet, las empanadas. Al final me lancé en plancha. Me giré hacia Lucía y le hablé en el mismo tono bajo:
—Lucía… ¿puedes conseguir un par de gramos de coca?
Ella ni se inmutó. Me miró de reojo y contestó con total naturalidad:
—Sí, pero están a doce mil cada uno.
Antes de viajar me había informado bastante sobre precios en Argentina. Me pareció caro.
—Lo vendes caro —le dije.
—Pero es muy buena y está disponible —respondió sin cambiar el tono—. Si querés de la otra, más barata, tengo que mandar a buscar y tarda.
—Vale. Te compro dos. Dale uno a Mariana para que lo organice y el otro me lo das a mí.
—Pago por adelantado. Norma de la casa. Si querés te paso el alias de Mercado Pago.
Me había instalado la aplicación antes de salir de España precisamente por estas cosas. Saqué el móvil, busqué el contacto que me dictó y le transferí el dinero ahí mismo. Ella miró la notificación, asintió y se quedó tan tranquila.
Al poco rato se levantó con la excusa de ir al baño. La vi acercarse a su coche, abrir la puerta del acompañante, revolver un momento y cerrar. Después pasó por donde estaba Mariana, le dijo algo al oído y volvió a sentarse a mi lado como si nada. Disimuladamente, con una habilidad de quien lleva años haciéndolo, me metió un pequeño paquete envuelto en plástico (un “pollo”) en el bolsillo del bañador.
Esperé un poco y le hablé sin mirarla:
—¿Por qué disimuláis tanto si todos sabéis lo que hacéis?
Lucía soltó una risita baja y contestó con esa mezcla de cinismo y costumbre porteña:
—No sé… será la costumbre. Jajaja. Acá siempre se hizo así.
Tras acabarse la comida sacaron licores, café y mate. Ofrecieron té, pero nadie quiso. Todos, menos Florencia, fueron pasando por la cocina con cualquier excusa: traer más hielo, buscar vasos, mirar si quedaba alguna empanada. Cada uno volvía un poco más alegre, más hablador, con los ojos un poco más vivos. Yo también pasé. El mismo plato de porcelana de la noche anterior estaba sobre la mesada. Mariana iba armando las rayas con el mismo movimiento rápido y preciso de siempre. La coca era buena, limpia, de esa que te sube rápido y te deja la cabeza clara y el cuerpo inquieto.

Recogimos la mesa entre todos y nos fuimos a la pileta. El calor era bochornoso, de esos que te pegan en la nuca y te hacen buscar el agua casi por desesperación. Tarde o temprano todos terminamos dentro. Jugamos como criaturas: batallas de salpicaduras, a ver quién aguantaba más tiempo debajo del agua, carreras de un extremo al otro, y un intento fallido de torre humana que terminó en carcajadas y agua por todos lados. Las chicas estaban divinas en sus tangas. El agua les pegaba la tela al cuerpo y el sol de la tarde les sacaba brillo a la piel.
Yasmina me hacía un marcaje constante. Era como una escolta personal. Cada vez que Carolina o Mariana se acercaban demasiado, ella aparecía de la nada, se metía en medio o me arrastraba hacia otro lado de la pileta con cualquier pretexto. Cuando me di cuenta del patrón, la agarré suavemente del brazo y la llevé un poco aparte.
—Yas… ¿qué pasa? ¿A qué viene esto?
Ella se quiso hacer la loca, con esa tonada más villera:
—¿De qué hablás, che? No pasa nada…
Me dio la sensación de que estaba actuando.
—Eres ingeniera informática… ¿o me has mentido? Porque alguien con esa preparación es capaz de dar mejores excusas.
A Yasmina le dio un ataque de risa tan fuerte que tuvo que agarrarse al borde de la pileta. Varios se giraron a mirar. Cuando por fin pudo hablar, todavía entre risas, Lucía se acercó nadando despacio y se puso a mi otro lado.
—Se lo pedí yo —dijo Lucía en voz baja—. Esas tres están re cachondas y van a hacer alguna locura si las dejás cerca. Mejor prevenir.
Asentí. No hacía falta más explicación.
Así pasamos el resto de la tarde del domingo: haciendo el tonto en una pileta pequeña, con el sol bajando despacio y el alcohol y la coca todavía circulando. Era divertido, pero sin más. Una de esas tardes que se sienten largas y cortas al mismo tiempo.
Poco a poco se fueron yendo.
Primero Florencia y Sebastián. Ella me dio un beso en la mejilla y me dijo al oído:
—Portate bien, español.
Después Lucía, su marido y Yasmina. Antes de subir al coche, Yasmina se me acercó:
—Si querés, algún día te hago de guía y te muestro una villa de verdad. Pero ni loco vayas solo, ¿eh? Sin mí no entres.
—No me apetece ir a ver miseria —le contesté—. Prefiero lo bonito o lo histórico.
Ella se encogió de hombros y me alargó el móvil.
—Por si acaso. Guardá el número.
Lo hice.
Por fin nos tocó a nosotros, Carolina y Martín se quedaron en su quinta. Mariana, su marido y yo. Antes de volver a la casa, pasamos por la de los padres de Mariana a recoger a los chicos. El sol ya se estaba poniendo y el calor empezaba a aflojar un poco. La quinta se quedó atrás, con el olor a cloro, a césped cortado y a secretos todavía flotando en el aire.
El lunes lo dediqué a ser turista de verdad, a recorrer Buenos Aires con calma. Madrugué y me fui primero al Cementerio de la Recoleta, que a primera hora está casi vacío y se puede caminar tranquilo entre las bóvedas. Después bajé caminando hacia el Centro Cultural Recoleta y me quedé un rato en la Plaza Francia. Al mediodía comí unos buenazos de bondiola en un lugar sencillo cerca de ahí. Por la tarde me metí en el barrio de Palermo: caminé por Plaza Serrano, miré vidrieras y terminé en el Botánico, que a esa hora ya tenía menos gente. Volví a la casa cuando empezaba a oscurecer, cansado de caminar pero contento.
Al llegar a la casa me encontré con una sorpresa: solo estaba Mariana.
—¿Y el resto? —pregunté mientras dejaba la mochila—. ¿Tu marido y los chicos?
—Se fueron a lo de mis suegros —contestó ella desde la cocina—. Como queda lejos, se quedan a dormir y mañana vuelven.
Llevaba ropa de casa de verano: un short de algodón gris muy corto y una remera blanca fina, casi transparente, sin sujetador. El pelo negro y abundante lo tenía recogido en un moño alto y flojo del que se le escapaban mechones. Se le veía cómoda, de esas treintañeras de clase media que en su casa no se complican.
Me sirvió la cena (unos ravioles con salsa que había hecho ella) y nos sentamos a la mesa. Me preguntó por el día:
—¿Y? ¿Te gusto el cementerio?
—Bastante. Tienen algo especial a primera hora, cuando todavía no hay nadie.
Hablamos un poco más de turismo hasta que, de repente, cambió de tema por completo.
—¿Te parezco fea?
Me quedé mirándola.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Te garchaste a dos de mis amigas y a mí ni me mirás. Bombachita es más joven y llamativa, está bien… pero ¿hasta la preñada me gana?
Decidí ser cabrón.
—No sé… a ver, ponte de pie. Con esa ropa de casa no estás para mirarte demasiado.
Mariana levantó una ceja, pero se puso de pie.
—Bueno, me arreglo entonces…
—No. Desnúdate. Es como mejor se ven estas cosas.
Fue una prueba. Si se desnudaba, era que realmente quería.
Se quedó quieta un segundo, mirándome. Después se sacó la remera por la cabeza. No llevaba nada debajo. Los pechos le cayeron firmes, de buen tamaño, con los pezones oscuros ya medio duros. Se bajó el short y se quedó solo con una tanga negra mínima.

—Así está mejor —dije.
Le hice hacer poses. Primero de perfil, con una mano en la cintura. Después de espaldas, mirándome por encima del hombro, el pelo negro cayéndole a un lado. Le pedí que se apoyara en la mesa con las dos manos y arqueara un poco la espalda, marcando el culo. Después que se sentara en la silla al revés, con las piernas abiertas y los codos sobre el respaldo. Cada vez que cambiaba de posición le sacaba una foto con el móvil.
—¿Qué hacés? —preguntó, entre molesta y excitada.
—Como buen turista… saco fotos a las cosas bonitas.
Su cuerpo era justo como lo recordaba: morocha, piel ligeramente bronceada, belleza más intensa que las otras, rasgos marcados, esa sonrisa espectacular que ahora se le estaba volviendo más picante. El culo redondo y firme, las tetas pesadas pero con buena forma, la cintura marcada. Cada vez que le pedía una pose nueva se notaba que le gustaba exhibirse, aunque intentara disimularlo.
La tanga se le estaba empezando a marcar de humedad.
Cuando vi que la tanga negra ya estaba visiblemente mojada, me desnudé sin prisa. Me acerqué a ella y la besé con fuerza, invadiéndole la boca con la lengua, sin darle tiempo a reaccionar. Me separé solo lo suficiente para hablarle al oído:
—¿Te cuidas?
—No… es que me sientan mal los anticonceptivos.
—¿Alérgica al látex?
Lo dije de forma brusca, a propósito. No quería que se hiciera ninguna ilusión sentimental. Si quería sexo, eso era lo que iba a tener.
—Odio los putos condones… pero ponételo si querés.
—Primero me la chupás.
Me senté en el sofá. Ella se arrodilló en el suelo entre mis piernas y empezó a chupármela. Lo hacía con técnica, pero se notaba que no le terminaba de gustar. Cada tanto levantaba la vista:
—¿Lo hago bien? ¿Te gusta?
—Callá y chupá.
Le puse una mano en la cabeza y la guié un poco más profundo. Seguía sin convencerme del todo: era como si lo hiciera por compromiso. Después de un rato la hice ponerse de pie y le bajé la tanga de un tirón. Se la quedó enganchada en un tobillo. Yo seguí sentado y la atraje hacia mi boca.
El coño lo llevaba perfectamente depilado, liso, y estaba chorreando. Empecé a comérselo con ganas: lengua plana de abajo arriba, chupones en el clítoris, mordisquitos en los labios. Le metí dos dedos y los curvé hacia adelante. Mariana agarró el respaldo del sofá y empezó a temblar. Se corrió en mi boca con un gemido ahogado, pero no la dejé apartarse. Seguí comiéndola y metiéndole dedos, ahora también uno por detrás. El culo se le cerraba alrededor del dedo cada vez que llegaba al clítoris con la lengua. Continué hasta que ella no pudo más.
—Pará… por favor… no me sostengo…
Se derrumbó hacia el sofá. Aproveché para ir hasta la cartera, sacar un condón, abrirlo y ponérmelo. Cuando volví ella estaba tumbada, todavía jadeando, con las piernas entreabiertas.
Me eché encima y se la metí de una. El coño estaba tan mojado que entró sin resistencia. Empecé despacio, con embestidas largas, mientras la besaba y le acariciaba el pelo. Ella me rodeó con las piernas y me pegó más contra su cuerpo. Durante un rato la cogí así, boca arriba en el sofá, mirándola a los ojos, sintiendo cómo se le contraía por dentro cada vez que llegaba al fondo.
Después la giré y la puse a cuatro patas sobre el sofá. Me arrodillé detrás y se la volví a meter. Ahora las embestidas eran más fuertes. Le agarré las caderas y empecé a darle con más ritmo. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo llenaba el living. Le di una palmada seca en una nalga y después en la otra. Mariana empujó hacia atrás, buscando más.
—Más fuerte…
Se lo di. Le agarré el pelo negro, tiré hacia atrás y la embestí con ganas. Cada tanto le soltaba un azote más fuerte. La piel del culo se le estaba poniendo rosada.
La baje al suelo, sobre la alfombra. Me puse encima otra vez, pero esta vez le sujeté las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano. Con la otra le pellizqué un pezón y después el otro. Empecé a morderle el cuello, el hombro, el arranque de las tetas. Las embestidas eran cada vez más profundas y más secas. Mariana gemía entre el dolor y el placer, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Sos una puta… te gusta que te cojan así, ¿no?
No contestó con palabras, solo con un gemido más agudo.
La levanté y la llevé hasta la mesa del comedor. Le hice apoyar las manos sobre la madera y le separé las piernas con la rodilla. Se la metí de nuevo desde atrás, bien hondo. Ahora no había caricias. Solo embestidas fuertes, azotes en el culo y en los muslos, y algún mordisco en la espalda. Le agarré las tetas por debajo, las apreté y usé ese agarre para tirar de ella hacia atrás cada vez que empujaba. El condón empezaba a sentirse más resbaladizo por la cantidad de lubricación que ella soltaba.
La di la vuelta, la senté sobre el borde de la mesa y le abrí las piernas al máximo. Me metí entre ellas y empecé a cogerla de frente, mirándola a la cara. Le di dos palmadas en las tetas y después le pellizqué los pezones con fuerza. Mariana soltó un grito corto y se corrió otra vez, apretándome la polla con el coño en oleadas fuertes. Las contracciones me arrastraron. Empujé hasta el fondo, me quedé quieto y me vine dentro del condón, sintiendo cómo se llenaba mientras ella todavía se sacudía alrededor de mí.
Nos quedamos así un momento, jadeando, pegados, con el olor a sexo llenando el living de la casa.
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