El asado fue un desastre: Andres no veía a su familia hace meses y creo que si dijo dos palabras es un montón, en un momento contó el mismo chiste dos veces. Lorena se rió las dos. Valentina se me colgaba del brazo hablando de quedarse unos días más. Yo comía y contestaba sí, no, obvio, y sentía la mirada de Lorena cada vez que bajaba la vista al plato, y cuando yo levantaba la cabeza ella ya estaba mirando para otro lado, como si nada.
Se había puesto una remera escotada, clara, sin corpiño. Cada vez que se inclinaba para servir algo se le veía media teta.
Valentina me hablaba de no sé qué y yo le decía que sí, y por dentro estaba pensando en las tetas de su vieja.
Después de eso no pasó demasiado, me quede con Valentina toda la tarde, tomamos mate, hablamos y dormimos la siesta.
Luego de la cena, masomenos a las 11 y media se levantaron todos. Andrés bostezó, dijo que el viaje lo había matado y se metió a la pieza. Valentina me dio un beso largo, yo le dije que vayamos a ver algo a la habitación, ella me insistió en que me bañe antes de irme a acostar con ella. Susurrándole en el oído le dije si no se bañaba conmigo, ella me dijo que no, que estaba muy llena por la cena.
Lorena, desde la puerta, dijo que iba a colgar unas toallas que habían quedado en el lavadero.
El baño quedaba en la entrada de la cabaña, un cuartito de mierda, chico, pegado al lavadero.
Me meto a bañar y posta que no daba más. Valentina no quería coger, la hija de puta, decía que tenía sueño, y yo me había pasado toda la cena mirándole las tetas a la madre. Me tuve que pajear en la ducha, con el agua caliente, apurado, con la mano cerrada y la frente contra la cerámica, tratando de acabar rápido para poder irme a dormir.
Y de golpe se abre la puerta y entra Lorena con el mismo remerón que usa de pijama. Ese que le queda enorme, ese que se le abre en el escote y le deja ver las tetas como si nada, esas tetas enormes que se le mueven cuando camina.
Me vio la pija en la mano y no dijo nada. Se paró en la puerta, me miró, y después se levantó el remerón hasta el cuello. Sin apuro. Se lo sacó, lo tiró al piso y se quedó ahí, con las tetas al aire, pesadas, blancas, con las estrías finitas en el costado y los pezones ya duros.
—¿Te gustan, mi amor? —dijo—. Vení. Chupamelas.
La agarré de la mano y la pegué contra mí, adentro de la bañera, y nos empapamos todos. El agua le caía por el medio de las tetas, le corría por la panza, y a mí me hipnotizaba, me quedaba mirando cómo el agua le bajaba por la piel.
La besé despacio, le pasé el dedo por el labio y ella me lo mordió, y me la puso más dura todavía.
—Morboso —dijo en la boca—. Mirá cómo la tenés.
Me la agarró ella, me la apretó, me la subió y bajó dos veces, y después se dio vuelta, se apoyó contra la pared con las dos manos, sacó el culo y se puso en cuatro. Yo le agarré las caderas y se la puse de una. Le entró entera y ella soltó todo el aire.
La cogí así, en cuatro, con el agua cayéndome en la espalda, sin despegar las manos de esas tetas que se le balanceaban para todos lados con cada empujón. Se las apretaba, se las sostenía, se las levantaba, y ella gemía y me empujaba para atrás buscándome.
—Llename, hijo de puta —decía—. Llename.
—Te gustan mis tetas, ¿eh? Pendejo morboso. Te gustan las tetas de tu suegra.
—Me encantan —le dije—. Me vuelven loco.
—Ya sé que sí. Ya te vi cómo me mirabas en la mesa, con mi hija al lado. —Se rio y se le cortó en un gemido—. Ni disimulás, nene.
Yo juraba que solo la había mirado pocos segundos, pero se ve que soy malísimo disimulando.
La tuve así un rato largo, cada tanto le daba un beso agarrandola de la cara y girandola hacia mi, hasta que se le empezó a apretar la concha y me dijo “pará, pará, pará”.
Se saca, se da vuelta, y acaba ahí, con la mano, contra la pared, con la boca abierta y los ojos cerrados. Se sentía ese calor de su concha que me la ponía cada vez más dura, ese olor, todo.
Yo no aguantaba ni un minuto más. La pegué contra mí y la llené toda, con la cara en su cuello, mordiéndole el hombro, temblando.
Terminamos y nos quedamos dándonos besitos, como dos adolescentes hormonales, con el agua todavía cayéndole en la cara.
—Andá —me dijo—. Rápido.
Entré. Valentina estaba dormida. Me acosté al lado, con el corazón a mil, y me quedé mirando el techo.
No sé cuánto pasó. Una hora, dos. A las tres y cuarto el teléfono se iluminó en la mesa de luz.
Lorena (03:14): estás despierto?
Lorena (03:14): no puedo dormir
Lorena (03:15): tengo la concha todavía latiendo. Sabés hace cuánto no acababa así?
Lorena (03:15): y el de al lado roncando. Ni con viagra me puede coger bien este hijo de puta.
Me quedé mirando la pantalla, con el brillo pegándome en la cara. Valentina dormía de espaldas, destapada hasta la cintura.
Yo (03:16): estoy
Yo (03:16): tengo la pija demasiado dura, cortala jajaja
Lorena (03:16): jajaja
Lorena (03:16): mentira
Yo (03:17): te la muestro
Lorena (03:17): mostrame
Me levanté de costado, me bajé el elástico, le saqué una foto con flash y se la mandé.
Lorena (03:18): la puta madre
Lorena (03:18): me tengo que meter los dedos o no duermo
Yo (03:18): metételos
Lorena (03:19): estás solo?
Yo (03:19): está dormida al lado
Lorena (03:19): mejor
Yo (03:21): me mandás algo? O tengo que ir hasta tu pieza? jajaja
Lorena (03:24): pará que me saco el corpiño
Lorena (03:24): no me sale con una mano jajaja
Lorena (03:26): [foto]
La abrí. Estaba en su cama, en el cuarto de al lado, con la luz apagada y el flash rebotando contra la pared. Se había sacado el corpiño y se las sostenía con el brazo de abajo para que no se le cayeran del todo. En la foto se le veía la cara de cansada y de caliente al mismo tiempo, los cachetes colorados, y esas tetas enormes aplastadas contra el brazo, con los pezones duros y la marca blanca del bikini todavía ahí.
Del otro lado de la pared, Andrés roncaba.
Yo (03:27): Lore, son enormes
Yo (03:27): me encantan
Yo (03:27): salí, por favor
Lorena (03:28): dame dos minutos
Salí así como estaba, en calzoncillos, medio despeinado.
Para ser de madrugada me estaba cagando de calor realmente. Me quedé en el pasto, temblando un poco, mirando la puerta.
Salió a los tres minutos, con una musculosa demasiado escotada y un shortsito que juro que era de Valentina. Cerró la puerta sin ruido y caminó rápido hasta mí.
—Vení.
La llevé de la mano hasta el auto, que estaba estacionado en la entrada. Entramos los dos, puse música.
Nos besamos lento. Un beso que ni con mi novia me daba.
Le pasé la mano por el muslo, para arriba, y la encontré mojada otra vez. Le rocé con los dedos y ella cerró los ojos y apoyó la frente en mi hombro, moviéndose despacio contra mi mano, medio gimiéndome y mordiendo mi oreja.
Se sacó la musculosa y el short de Valentina. Quedó desnuda arriba mío, con la piel erizada, y se me acostó encima con todo el peso: las tetas aplastadas contra mi pecho, los muslos abiertos a los costados de mis caderas.
Le fui rozando la concha con la punta de la pija, metiéndola de a poquito, despacio. Cuando la tuvo entera se quedó quieta, con los ojos cerrados.
—Quedate así —dijo—. Un segundo.
Nos quedamos así. Se sentía apretado, profundo. Yo le acariciaba la espalda, los costados, los cachetes. Ella abrió los ojos y me miró desde arriba, muy cerca, y me corrió el pelo de la frente.
—¿Sabés que sos el primer tipo en meses que me mira la cara? —dijo.
—Lore…
—No digas nada. Callate.
Y se empezó a mover.
Fue lento. Muy lento. Se levantaba casi del todo y se volvía a sentar, con las manos apoyadas en mi pecho, y cada vez que bajaba soltaba el aire por la boca. Yo le agarraba las caderas y la ayudaba, pero era ella la que marcaba el ritmo, y no tenía nada que ver con lo de la ducha. Esto era otra cosa. Era una mina de cuarenta y pico cogiéndose a un pibe de diecinueve con toda la paciencia del mundo, como si me estuviera enseñando.
—Así me gusta —decía bajito—. Despacito. Sin apuro. Tenemos toda la noche, nene.
Le agarré las tetas. Se las apreté, se las sostuve, pesadas, y ella se mordió el labio, se movió más rápido un segundo y después volvió a aflojar. Le chupé los pezones de a uno. Se le pusieron enormes en la boca.
Era un poco morochita, pero las tetas las tenía blancas, realmente eran enormes.
—Eso sí —dijo, con la voz rara—. Seguí chupandome mi amor.
Le chupé las tetas un rato largo mientras ella se movía encima mío, y en un momento me di cuenta de que ya no marcaba el ritmo, de que se le había ido, de que estaba temblando. Se sentaba corto, apurada, con la respiración hecha mierda, y me apretaba los hombros con las dos manos.
—Miráme —le dije—. No cierres los ojos. Miráme.
—Ay, la puta madre.
Se sentó hasta el fondo y se quedó ahí, clavada, temblando entera, con la cara contraída y la boca abierta sin que le saliera nada. Yo le puse las manos en las caderas y la sostuve, y le empujé para arriba un par de veces, cortito, mientras ella se agarraba de mí y se sacudía.
La besé de vuelta, un beso sucio, con lengua, agarrándola del cuello.
Acabó con un sonido largo, casi un llanto, y después se desplomó encima mío con todo el cuerpo, sin fuerzas, con la cara en mi cuello.
Se quedó ahí. Yo todavía la tenía adentro y se le sentía cada latido. No me dejó acabar.
—Listo —dijo al rato, con la voz rota—. Ya está. Me mataste.
—¿Estás bien?
—Estoy mejor de lo que estuve en cinco años.
Le acaricié la espalda, de arriba abajo, despacio, mientras se le acomodaba la respiración. Le puse un beso en la frente. Después en la mejilla. Ella levantó la cara y me besó ella, suave, con los labios todavía temblando, y se quedó ahí un rato largo.
—No quiero volver —dijo.
—Yo tampoco.
—Va a amanecer en dos horas.
—Ya sé.
Nos fuimos para el asiento de atrás. Se sentó al lado mío, apoyó la cabeza en mi hombro, y yo le acariciaba las tetas, distraído, mientras los dos mirábamos el techo del auto.
—¿Te puedo decir una cosa? —dijo.
—Sí.
—No quiero cojer con nadie más que con vos.
Yo admito que estaba pensando en como limpiar lo que ensució, pero me dejó de importar en unos segundos.
Con la voz un poco miedosa le pregunte si no
me iba hacer acabar, le dije que no me deje así de caliente.
Ella se puso en 4, mirandome a mi, yo apoyando la espalda en la puerta de atrás, me tocó con una paciencia. Esas manos chicas, suaves y un poco arrugadas.
— Dame un beso — le dije.
Se acercó y me empezó a besar lentamente, besos cortos pero apasionados, mientras tanto yo le acariciaba las tetas, se las levantaba desde abajo, las arañaba suavemente. Estaba hipnotizado.
— Voy a acabar Lore — le dije
Ella se puso mi pija en la boca y a los pocos segundos la llené toda de leche.
Yo estaba un poco sorprendido, Valentina nunca se había tragado mi semen, solo una vez apenas éramos novios, después le daba asco decía.
Volvimos juntos hasta el costado de la cabaña y ahí nos separamos, porque su ventana da para ese lado. Antes de irse me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso corto y fuerte, de esos que se dan para guardar.
—Andá a dormir —dijo.
—Andá vos.
Amaneció y el campo se llenó de ruido de pájaros y de olor a pasto mojado. Yo no había dormido nada. A las siete se escuchó la pava en la cocina y después la voz de Andrés, tempranero, diciendo que el día estaba lindo para ir al lago.
Me levanté y me metí al baño antes de que nadie me viera la cara.
Cuando salí, Valentina ya estaba en la cocina en camisón, abrazada a la taza de café de su papá. Lorena revolvía algo en la hornalla con el pelo atado, una remera enorme, descalza, y cuando entré me miró de reojo un segundo y me dijo “buen día” igual que a todos.
Andrés estaba eufórico. Había encontrado una caña vieja en el galpón y había decidido que se iba al lago con Valentina, a pescar, a pasar el día. Que si queríamos ir los dos también.
Valentina anteriormente me había dicho que quería mejorar su relación con su viejo, porque él llorando una noche dijo que se arrepiente de dejarlas siempre tan solas. De igual manera el les daba una vida maravillosa, no era mala persona.
Lorena dijo que no queria ir, que estaba harta del sol, que se sentía medio mal y que iba a ordenar la casa y preparar un pastel de papa, que era su especialidad.
Yo dije que sí, que iba, y ella levantó la vista de la hornalla y me miró un segundo largo.
—Ah, no. Voy a llevar a hacerle el service al auto. ¿Te acordás que te dije, amor? —le dije
—Me acuerdo, pero era hoy? —dijo Valentina.
—Sí, sí. Encima la planta queda cerca de acá, así que me conviene. —le dije
A las ocho se fueron. Andrés agarró las cañas, los sándwiches, una conservadora. Valentina me dio un beso rápido en la boca, “nos vemos a la noche”, y se subieron al auto.
El auto se fue por el camino de tierra y el ruido se perdió entre los árboles.
—¿Nos quedamos solos? —dije.
Lorena salió de la cocina secándose las manos.
—Nos quedamos solos.
Cruzó el patio, me agarró de la remera con el puño y me llevó para adentro sin decir nada más. Me tiró en el sillón y se me subió encima, y me besó con amor, con las dos manos en mi cara, como si hiciera dos días que no nos veíamos.
—Toda la mañana —dijo entre besos—. Toda la puta mañana solos.
Nos besamos así, como dos novios, tirados en el sillón, y en algún momento me levanté con ella cruzándome las piernas en la cadera y la llevé hasta el baño. Abrí la ducha. El vapor empezó a llenar el ambiente y ella se sacó la remera por la cabeza, después la bombacha, y se metió debajo del agua y me agarró de la mano.
Nos besamos abajo del agua.
La levanté de las piernas. La puse de pie contra la cerámica, con las piernas enroscadas en mi cintura, y le di duro desde el principio, sin escalas. Se agarraba del caño de la ducha y gemía sin cuidado, porque en esa casa no había nadie que escuchara.
—Más —decía—. Más, dale.
Y cuando ya estaba por acabar, con las uñas clavadas en mi nuca, se escuchó el auto.
Nos quedamos los dos duros.
—No puede ser —dijo.
El motor se apagó. Se escucharon las puertas y la voz de Valentina, lejos, en el patio.
—¡Lore! ¡Nos olvidamos la conservadora!
Yo me la saqué, cerré la canilla de un golpe y nos quedamos los dos chorreando, en silencio, escuchando.
—Lore, ¿estás?
—Salí, salí —me dijo, en un susurro, empujándome—. Andá a la pieza. Rápido.
Abrí la puerta del baño con la toalla en la cintura, cruzando el pasillo. Se escuchaba la puerta de la cabaña abriéndose.
Lorena agarró otra toalla, se la puso y salió al living justo cuando Valentina entraba.
—¿Qué hacés? —dijo Valentina.
—Me estaba bañando, hija. —Lorena se pasó la mano por el pelo mojado, tranquila—. ¿No se iban?
—Nos olvidamos la conservadora.
Lorena la agarró de la mesada y se la alcanzó. Andrés entró detrás, buscando las llaves del auto.
—¿Y el pibe? —preguntó Andrés.
—Esta durmiendo creo, no lo ví—dijo Lorena.
Los dos se fueron. El auto arrancó. Se fue.
Lorena cerró la puerta con llave, se apoyó de espaldas contra la madera y se rio bajito, con los ojos cerrados.
—La puta madre —dijo—. Casi.
Salí de la pieza con la toalla.
—¿Se fueron?
—Sí. Y no vuelven hasta el mediodia. —Se acercó, me agarró la toalla del nudo y me la tiró al piso—. Así que vos y yo tenemos un tiempo solos.
Me llevó a su pieza. A la cama de ella. A la cama que compartía con Andrés.
—¿Acá? —dije, mirando las sábanas.
—Acá. Y no me hagas sentir culpable.
Me tiró en la cama. Se subió arriba y me besó, y se tomó su tiempo, deshaciéndose de la toalla, bajando por mi panza, mordiéndome el costado, hasta que me la agarró con la mano y me la puso en la boca sin dejar de mirarme a los ojos.
Yo miré el techo, el ventilador de aspas quieto, la foto de los cuatro en la mesa de luz, y me dejé hacer. Estaba totalmente entregado a su voluntad y su experiencia.
Ese día, en esa cama, hicimos todo lo que en dos días no habíamos podido hacer por miedo a que alguien escuchara. Ella se sentó de espaldas, con las manos en mis rodillas, y se movió despacio mientras yo le apretaba las tetas desde atrás y le mordía el hombro. Después la puse de costado y me metí así, abrazado a su espalda, con la cara en su nuca, y ella estiró la mano para atrás y me agarró del pelo. Después de frente, otra vez, con las dos piernas abiertas y las manos en mi culo, y me besaba y me decía cosas y me pedía que no parara.
—¿Vos sabés lo que es esto para mí? —me dijo en un momento, con la voz cortada—. ¿Vos sabés la cantidad de años que hace que no me siento así?
Terminó tres veces. La última la hizo ella con los dedos, al lado mío, mientras yo le chupaba las tetas y le hablaba al oído, después se quedó tirada, sin aire, con una pierna colgando de la cama.
—Ya está —dijo, con la voz hecha mierda—. Ya no doy más. Posta.
Nos quedamos los dos tirados, transpirando, en esa cama ajena. Ella con el brazo en los ojos. Yo mirando el techo.
—¿Vos sabés que mañana, el 25 es el aniversario? —dijo de golpe.
—¿De qué?
—Nuestro. De Andrés y yo. —Se destapó los ojos—. Vamos a estar acá. Los cuatro.
—Lore…
—Ya sé. —Se dio vuelta de costado y me miró—. Pero yo lo voy a pasar como el culo. Y vos vas a estar sentado enfrente mío, al lado de mi hija, y no vas a poder hacer nada.
Se me acercó y me dio un beso corto, en la boca. Y se levantó a buscar agua.
El 25 lo pasamos así, como había dicho ella. Sentados los cuatro a la mesa, era un festín esa mesa, nunca vi tanta comida junta, Andrés contando otra vez lo del barco, Valentina contenta. Lorena se puso un vestido y se maquilló y estuvo toda la noche a un metro de mí sin tocarme, y en el brindis me miró por encima del vaso un segundo de más. Nada más. Después de eso ya no pasó nada en la cabaña. Los últimos días fueron de familia: pileta, asado, truco, y nosotros dos comportándonos como dos desconocidos educados.
Al volver a mi casa fueron unos días que estuve muy maricón. Sentía que estaba haciendo todo mal, que era una basura de persona. Por eso durante al menos 3 meses invente todo tipo de excusas para no ir a la casa de Valentina.
Como para terminar de cagarla, ya les hablé de guada anteriormente…
Después de esos tres meses evitándolos a todos, llegó Año Nuevo. Valentina insistió en que fuéramos a lo de su familia. Yo no quería, pero tampoco tenía ganas de pelear. Así que fuimos.
Guada tenía 29, rubia, bajita pero fitness, todo lo contrario a Valentina. Tenía un culo enorme y tenía fama de infiel. Vivía saliendo de joda a fiestas electrónicas y empastillándose, pero era hermosa. Después de engañar a su novio llevaba años soltera, y siempre hacía chistes en la mesa de que envidiaba mi relación con Valentina.
Esa noche Valentina no quería salir. Se metieron Andrés y Guada e insistieron. Al final Valentina se quedó durmiendo con Lorena, y Guada y yo fuimos de fiesta.
No nos vimos en toda la noche. Ella estaba con sus amigas y yo sin conocer a nadie, tomando tranquilo, en la mía. La próxima vez que la veo me jode diciéndome:
—Ojito vos, eh. Te estoy cuidando.
Una amiga de ella le pregunta si soy su novio. Yo le digo que es mi cuñada. La amiga medio que se me insinúa y Guada me saca de ahí riéndose y gritando, totalmente drogada.
A la vuelta volvimos en mi auto. Las luces led rojas que le había puesto abajo le daban a todo el interior un tono medio oscuro, medio caliente. La música estaba baja, algo lento, de esos temas que te dejan pensando más de la cuenta. Yo manejaba en silencio, con las dos manos en el volante, tratando de no mirarla demasiado. Ella iba con la cabeza apoyada contra el vidrio, mirando la calle, pero de vez en cuando se daba vuelta y me miraba de reojo, como si estuviera midiendo algo.
Cuando llegamos cerca de su casa me dijo, casi sin mirarme:
—Che… no quiero ir todavía. Hay una jodita cerca, un after. Vamos un rato.
No me negé. Estaba medio pasado de tragos y no quería que la noche se cortara ahí. Fuimos. Era un depto chico, oscuro, con poca gente. No conocíamos a nadie. Estuvimos parados contra una pared, tomando, hablando de boludeces. Ella se iba acercando de a poco. Primero me tocaba el brazo cuando se reía. Después me pasaba la mano por la espalda. Después se apoyaba contra mí cuando alguien pasaba cerca. Estaba muy confianzuda, toquetona, como si el alcohol le hubiera sacado el freno.
En un momento, mientras yo miraba para otro lado, me agarró la cara con las dos manos y me besó. Rápido. Un beso corto, pero con lengua. Me robó el beso y después se rio, como si no hubiera pasado nada.
Yo la separé despacio, con las manos en sus hombros.
—Guada… no. Mejor nos vamos.
Ella no se enojó. Solo asintió y me siguió hasta el auto.
Nos fuimos. Otra vez las luces rojas, otra vez la música baja. Ella se puso a mirar el celular, pero yo sentía que no estaba prestando atención a nada. Paré en una calle tranquila, a unas cuadras de su casa, porque necesitaba bajar un poco la cabeza. Apenas apagué el motor, ella dejó el celular en el asiento, me agarró de la mano y me miró.
No dijo nada. Solo se acercó.
Empezamos a besarnos. Al principio lento, como midiendo hasta dónde podíamos llegar. Después más fuerte. Me agarró del cuello, yo le agarré la cintura. El auto se llenó del ruido de nuestra respiración y de la música de fondo. Ella se subió un poco hacia mí, se acomodó de costado, y sin dejar de besarme me bajó el cierre del pantalón con una mano.
Me sacó la pija despacio. Estaba dura desde hace rato. La miró un segundo, como si estuviera decidiendo algo, y después bajó la cabeza.
Primero me besó el tronco. Exactamente igual que Lorena. Besos lentos, húmedos, subiendo y bajando por todo el largo, sin apuro. Me la chupaba de costado, dejando la saliva correrme por la piel. Valentina nunca me había hecho eso. Nunca. Con ella siempre era directo, rápido, casi por obligación. Guada, en cambio, se tomó su tiempo. Me besaba la base, después subía hasta la cabeza, me la pasaba por los labios, y volvía a bajar. Cada tanto me miraba desde abajo, con los ojos medio cerrados, como preguntándome si estaba bien.
Después se la metió en la boca. Entera. Y se la tragó hasta el fondo, sin asco, sin dudar. Me agarró de la base con una mano y con la otra se tocaba a sí misma por encima del short. Yo le pasaba la mano por el pelo, sin forzarla, solo acariciándola. Se escuchaba el ruido de su saliva, de su respiración por la nariz, y de vez en cuando un gemido bajo que me vibraba en la pija.
Cuando sentí que estaba por acabar le avisé, con la voz media rota. Ella no se sacó. Al contrario: se la metió más profundo y se quedó quieta, tragándose todo. Sentí cómo se le movía la garganta. Cuando terminé, se limpió la boca con el dorso de la mano, se acomodó el pelo y se sentó de nuevo en el asiento, como si nada.
Nos quedamos en silencio un rato. Yo mirando el techo del auto, ella mirando por la ventanilla.
Después de eso me eliminó de todas las redes. No me bloqueó, simplemente desapareció. Como si hubiera fingido demencia. Y hasta el día de hoy sigo de novio con Valentina. Pero esa noche fue una señal clara: no debía pisar más esa casa. Y así fue. Llevo un año sin entrar, salvo para dejar a Valentina en la puerta y volverme.
Se había puesto una remera escotada, clara, sin corpiño. Cada vez que se inclinaba para servir algo se le veía media teta.
Valentina me hablaba de no sé qué y yo le decía que sí, y por dentro estaba pensando en las tetas de su vieja.
Después de eso no pasó demasiado, me quede con Valentina toda la tarde, tomamos mate, hablamos y dormimos la siesta.
Luego de la cena, masomenos a las 11 y media se levantaron todos. Andrés bostezó, dijo que el viaje lo había matado y se metió a la pieza. Valentina me dio un beso largo, yo le dije que vayamos a ver algo a la habitación, ella me insistió en que me bañe antes de irme a acostar con ella. Susurrándole en el oído le dije si no se bañaba conmigo, ella me dijo que no, que estaba muy llena por la cena.
Lorena, desde la puerta, dijo que iba a colgar unas toallas que habían quedado en el lavadero.
El baño quedaba en la entrada de la cabaña, un cuartito de mierda, chico, pegado al lavadero.
Me meto a bañar y posta que no daba más. Valentina no quería coger, la hija de puta, decía que tenía sueño, y yo me había pasado toda la cena mirándole las tetas a la madre. Me tuve que pajear en la ducha, con el agua caliente, apurado, con la mano cerrada y la frente contra la cerámica, tratando de acabar rápido para poder irme a dormir.
Y de golpe se abre la puerta y entra Lorena con el mismo remerón que usa de pijama. Ese que le queda enorme, ese que se le abre en el escote y le deja ver las tetas como si nada, esas tetas enormes que se le mueven cuando camina.
Me vio la pija en la mano y no dijo nada. Se paró en la puerta, me miró, y después se levantó el remerón hasta el cuello. Sin apuro. Se lo sacó, lo tiró al piso y se quedó ahí, con las tetas al aire, pesadas, blancas, con las estrías finitas en el costado y los pezones ya duros.
—¿Te gustan, mi amor? —dijo—. Vení. Chupamelas.
La agarré de la mano y la pegué contra mí, adentro de la bañera, y nos empapamos todos. El agua le caía por el medio de las tetas, le corría por la panza, y a mí me hipnotizaba, me quedaba mirando cómo el agua le bajaba por la piel.
La besé despacio, le pasé el dedo por el labio y ella me lo mordió, y me la puso más dura todavía.
—Morboso —dijo en la boca—. Mirá cómo la tenés.
Me la agarró ella, me la apretó, me la subió y bajó dos veces, y después se dio vuelta, se apoyó contra la pared con las dos manos, sacó el culo y se puso en cuatro. Yo le agarré las caderas y se la puse de una. Le entró entera y ella soltó todo el aire.
La cogí así, en cuatro, con el agua cayéndome en la espalda, sin despegar las manos de esas tetas que se le balanceaban para todos lados con cada empujón. Se las apretaba, se las sostenía, se las levantaba, y ella gemía y me empujaba para atrás buscándome.
—Llename, hijo de puta —decía—. Llename.
—Te gustan mis tetas, ¿eh? Pendejo morboso. Te gustan las tetas de tu suegra.
—Me encantan —le dije—. Me vuelven loco.
—Ya sé que sí. Ya te vi cómo me mirabas en la mesa, con mi hija al lado. —Se rio y se le cortó en un gemido—. Ni disimulás, nene.
Yo juraba que solo la había mirado pocos segundos, pero se ve que soy malísimo disimulando.
La tuve así un rato largo, cada tanto le daba un beso agarrandola de la cara y girandola hacia mi, hasta que se le empezó a apretar la concha y me dijo “pará, pará, pará”.
Se saca, se da vuelta, y acaba ahí, con la mano, contra la pared, con la boca abierta y los ojos cerrados. Se sentía ese calor de su concha que me la ponía cada vez más dura, ese olor, todo.
Yo no aguantaba ni un minuto más. La pegué contra mí y la llené toda, con la cara en su cuello, mordiéndole el hombro, temblando.
Terminamos y nos quedamos dándonos besitos, como dos adolescentes hormonales, con el agua todavía cayéndole en la cara.
—Andá —me dijo—. Rápido.
Entré. Valentina estaba dormida. Me acosté al lado, con el corazón a mil, y me quedé mirando el techo.
No sé cuánto pasó. Una hora, dos. A las tres y cuarto el teléfono se iluminó en la mesa de luz.
Lorena (03:14): estás despierto?
Lorena (03:14): no puedo dormir
Lorena (03:15): tengo la concha todavía latiendo. Sabés hace cuánto no acababa así?
Lorena (03:15): y el de al lado roncando. Ni con viagra me puede coger bien este hijo de puta.
Me quedé mirando la pantalla, con el brillo pegándome en la cara. Valentina dormía de espaldas, destapada hasta la cintura.
Yo (03:16): estoy
Yo (03:16): tengo la pija demasiado dura, cortala jajaja
Lorena (03:16): jajaja
Lorena (03:16): mentira
Yo (03:17): te la muestro
Lorena (03:17): mostrame
Me levanté de costado, me bajé el elástico, le saqué una foto con flash y se la mandé.
Lorena (03:18): la puta madre
Lorena (03:18): me tengo que meter los dedos o no duermo
Yo (03:18): metételos
Lorena (03:19): estás solo?
Yo (03:19): está dormida al lado
Lorena (03:19): mejor
Yo (03:21): me mandás algo? O tengo que ir hasta tu pieza? jajaja
Lorena (03:24): pará que me saco el corpiño
Lorena (03:24): no me sale con una mano jajaja
Lorena (03:26): [foto]
La abrí. Estaba en su cama, en el cuarto de al lado, con la luz apagada y el flash rebotando contra la pared. Se había sacado el corpiño y se las sostenía con el brazo de abajo para que no se le cayeran del todo. En la foto se le veía la cara de cansada y de caliente al mismo tiempo, los cachetes colorados, y esas tetas enormes aplastadas contra el brazo, con los pezones duros y la marca blanca del bikini todavía ahí.
Del otro lado de la pared, Andrés roncaba.
Yo (03:27): Lore, son enormes
Yo (03:27): me encantan
Yo (03:27): salí, por favor
Lorena (03:28): dame dos minutos
Salí así como estaba, en calzoncillos, medio despeinado.
Para ser de madrugada me estaba cagando de calor realmente. Me quedé en el pasto, temblando un poco, mirando la puerta.
Salió a los tres minutos, con una musculosa demasiado escotada y un shortsito que juro que era de Valentina. Cerró la puerta sin ruido y caminó rápido hasta mí.
—Vení.
La llevé de la mano hasta el auto, que estaba estacionado en la entrada. Entramos los dos, puse música.
Nos besamos lento. Un beso que ni con mi novia me daba.
Le pasé la mano por el muslo, para arriba, y la encontré mojada otra vez. Le rocé con los dedos y ella cerró los ojos y apoyó la frente en mi hombro, moviéndose despacio contra mi mano, medio gimiéndome y mordiendo mi oreja.
Se sacó la musculosa y el short de Valentina. Quedó desnuda arriba mío, con la piel erizada, y se me acostó encima con todo el peso: las tetas aplastadas contra mi pecho, los muslos abiertos a los costados de mis caderas.
Le fui rozando la concha con la punta de la pija, metiéndola de a poquito, despacio. Cuando la tuvo entera se quedó quieta, con los ojos cerrados.
—Quedate así —dijo—. Un segundo.
Nos quedamos así. Se sentía apretado, profundo. Yo le acariciaba la espalda, los costados, los cachetes. Ella abrió los ojos y me miró desde arriba, muy cerca, y me corrió el pelo de la frente.
—¿Sabés que sos el primer tipo en meses que me mira la cara? —dijo.
—Lore…
—No digas nada. Callate.
Y se empezó a mover.
Fue lento. Muy lento. Se levantaba casi del todo y se volvía a sentar, con las manos apoyadas en mi pecho, y cada vez que bajaba soltaba el aire por la boca. Yo le agarraba las caderas y la ayudaba, pero era ella la que marcaba el ritmo, y no tenía nada que ver con lo de la ducha. Esto era otra cosa. Era una mina de cuarenta y pico cogiéndose a un pibe de diecinueve con toda la paciencia del mundo, como si me estuviera enseñando.
—Así me gusta —decía bajito—. Despacito. Sin apuro. Tenemos toda la noche, nene.
Le agarré las tetas. Se las apreté, se las sostuve, pesadas, y ella se mordió el labio, se movió más rápido un segundo y después volvió a aflojar. Le chupé los pezones de a uno. Se le pusieron enormes en la boca.
Era un poco morochita, pero las tetas las tenía blancas, realmente eran enormes.
—Eso sí —dijo, con la voz rara—. Seguí chupandome mi amor.
Le chupé las tetas un rato largo mientras ella se movía encima mío, y en un momento me di cuenta de que ya no marcaba el ritmo, de que se le había ido, de que estaba temblando. Se sentaba corto, apurada, con la respiración hecha mierda, y me apretaba los hombros con las dos manos.
—Miráme —le dije—. No cierres los ojos. Miráme.
—Ay, la puta madre.
Se sentó hasta el fondo y se quedó ahí, clavada, temblando entera, con la cara contraída y la boca abierta sin que le saliera nada. Yo le puse las manos en las caderas y la sostuve, y le empujé para arriba un par de veces, cortito, mientras ella se agarraba de mí y se sacudía.
La besé de vuelta, un beso sucio, con lengua, agarrándola del cuello.
Acabó con un sonido largo, casi un llanto, y después se desplomó encima mío con todo el cuerpo, sin fuerzas, con la cara en mi cuello.
Se quedó ahí. Yo todavía la tenía adentro y se le sentía cada latido. No me dejó acabar.
—Listo —dijo al rato, con la voz rota—. Ya está. Me mataste.
—¿Estás bien?
—Estoy mejor de lo que estuve en cinco años.
Le acaricié la espalda, de arriba abajo, despacio, mientras se le acomodaba la respiración. Le puse un beso en la frente. Después en la mejilla. Ella levantó la cara y me besó ella, suave, con los labios todavía temblando, y se quedó ahí un rato largo.
—No quiero volver —dijo.
—Yo tampoco.
—Va a amanecer en dos horas.
—Ya sé.
Nos fuimos para el asiento de atrás. Se sentó al lado mío, apoyó la cabeza en mi hombro, y yo le acariciaba las tetas, distraído, mientras los dos mirábamos el techo del auto.
—¿Te puedo decir una cosa? —dijo.
—Sí.
—No quiero cojer con nadie más que con vos.
Yo admito que estaba pensando en como limpiar lo que ensució, pero me dejó de importar en unos segundos.
Con la voz un poco miedosa le pregunte si no
me iba hacer acabar, le dije que no me deje así de caliente.
Ella se puso en 4, mirandome a mi, yo apoyando la espalda en la puerta de atrás, me tocó con una paciencia. Esas manos chicas, suaves y un poco arrugadas.
— Dame un beso — le dije.
Se acercó y me empezó a besar lentamente, besos cortos pero apasionados, mientras tanto yo le acariciaba las tetas, se las levantaba desde abajo, las arañaba suavemente. Estaba hipnotizado.
— Voy a acabar Lore — le dije
Ella se puso mi pija en la boca y a los pocos segundos la llené toda de leche.
Yo estaba un poco sorprendido, Valentina nunca se había tragado mi semen, solo una vez apenas éramos novios, después le daba asco decía.
Volvimos juntos hasta el costado de la cabaña y ahí nos separamos, porque su ventana da para ese lado. Antes de irse me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso corto y fuerte, de esos que se dan para guardar.
—Andá a dormir —dijo.
—Andá vos.
Amaneció y el campo se llenó de ruido de pájaros y de olor a pasto mojado. Yo no había dormido nada. A las siete se escuchó la pava en la cocina y después la voz de Andrés, tempranero, diciendo que el día estaba lindo para ir al lago.
Me levanté y me metí al baño antes de que nadie me viera la cara.
Cuando salí, Valentina ya estaba en la cocina en camisón, abrazada a la taza de café de su papá. Lorena revolvía algo en la hornalla con el pelo atado, una remera enorme, descalza, y cuando entré me miró de reojo un segundo y me dijo “buen día” igual que a todos.
Andrés estaba eufórico. Había encontrado una caña vieja en el galpón y había decidido que se iba al lago con Valentina, a pescar, a pasar el día. Que si queríamos ir los dos también.
Valentina anteriormente me había dicho que quería mejorar su relación con su viejo, porque él llorando una noche dijo que se arrepiente de dejarlas siempre tan solas. De igual manera el les daba una vida maravillosa, no era mala persona.
Lorena dijo que no queria ir, que estaba harta del sol, que se sentía medio mal y que iba a ordenar la casa y preparar un pastel de papa, que era su especialidad.
Yo dije que sí, que iba, y ella levantó la vista de la hornalla y me miró un segundo largo.
—Ah, no. Voy a llevar a hacerle el service al auto. ¿Te acordás que te dije, amor? —le dije
—Me acuerdo, pero era hoy? —dijo Valentina.
—Sí, sí. Encima la planta queda cerca de acá, así que me conviene. —le dije
A las ocho se fueron. Andrés agarró las cañas, los sándwiches, una conservadora. Valentina me dio un beso rápido en la boca, “nos vemos a la noche”, y se subieron al auto.
El auto se fue por el camino de tierra y el ruido se perdió entre los árboles.
—¿Nos quedamos solos? —dije.
Lorena salió de la cocina secándose las manos.
—Nos quedamos solos.
Cruzó el patio, me agarró de la remera con el puño y me llevó para adentro sin decir nada más. Me tiró en el sillón y se me subió encima, y me besó con amor, con las dos manos en mi cara, como si hiciera dos días que no nos veíamos.
—Toda la mañana —dijo entre besos—. Toda la puta mañana solos.
Nos besamos así, como dos novios, tirados en el sillón, y en algún momento me levanté con ella cruzándome las piernas en la cadera y la llevé hasta el baño. Abrí la ducha. El vapor empezó a llenar el ambiente y ella se sacó la remera por la cabeza, después la bombacha, y se metió debajo del agua y me agarró de la mano.
Nos besamos abajo del agua.
La levanté de las piernas. La puse de pie contra la cerámica, con las piernas enroscadas en mi cintura, y le di duro desde el principio, sin escalas. Se agarraba del caño de la ducha y gemía sin cuidado, porque en esa casa no había nadie que escuchara.
—Más —decía—. Más, dale.
Y cuando ya estaba por acabar, con las uñas clavadas en mi nuca, se escuchó el auto.
Nos quedamos los dos duros.
—No puede ser —dijo.
El motor se apagó. Se escucharon las puertas y la voz de Valentina, lejos, en el patio.
—¡Lore! ¡Nos olvidamos la conservadora!
Yo me la saqué, cerré la canilla de un golpe y nos quedamos los dos chorreando, en silencio, escuchando.
—Lore, ¿estás?
—Salí, salí —me dijo, en un susurro, empujándome—. Andá a la pieza. Rápido.
Abrí la puerta del baño con la toalla en la cintura, cruzando el pasillo. Se escuchaba la puerta de la cabaña abriéndose.
Lorena agarró otra toalla, se la puso y salió al living justo cuando Valentina entraba.
—¿Qué hacés? —dijo Valentina.
—Me estaba bañando, hija. —Lorena se pasó la mano por el pelo mojado, tranquila—. ¿No se iban?
—Nos olvidamos la conservadora.
Lorena la agarró de la mesada y se la alcanzó. Andrés entró detrás, buscando las llaves del auto.
—¿Y el pibe? —preguntó Andrés.
—Esta durmiendo creo, no lo ví—dijo Lorena.
Los dos se fueron. El auto arrancó. Se fue.
Lorena cerró la puerta con llave, se apoyó de espaldas contra la madera y se rio bajito, con los ojos cerrados.
—La puta madre —dijo—. Casi.
Salí de la pieza con la toalla.
—¿Se fueron?
—Sí. Y no vuelven hasta el mediodia. —Se acercó, me agarró la toalla del nudo y me la tiró al piso—. Así que vos y yo tenemos un tiempo solos.
Me llevó a su pieza. A la cama de ella. A la cama que compartía con Andrés.
—¿Acá? —dije, mirando las sábanas.
—Acá. Y no me hagas sentir culpable.
Me tiró en la cama. Se subió arriba y me besó, y se tomó su tiempo, deshaciéndose de la toalla, bajando por mi panza, mordiéndome el costado, hasta que me la agarró con la mano y me la puso en la boca sin dejar de mirarme a los ojos.
Yo miré el techo, el ventilador de aspas quieto, la foto de los cuatro en la mesa de luz, y me dejé hacer. Estaba totalmente entregado a su voluntad y su experiencia.
Ese día, en esa cama, hicimos todo lo que en dos días no habíamos podido hacer por miedo a que alguien escuchara. Ella se sentó de espaldas, con las manos en mis rodillas, y se movió despacio mientras yo le apretaba las tetas desde atrás y le mordía el hombro. Después la puse de costado y me metí así, abrazado a su espalda, con la cara en su nuca, y ella estiró la mano para atrás y me agarró del pelo. Después de frente, otra vez, con las dos piernas abiertas y las manos en mi culo, y me besaba y me decía cosas y me pedía que no parara.
—¿Vos sabés lo que es esto para mí? —me dijo en un momento, con la voz cortada—. ¿Vos sabés la cantidad de años que hace que no me siento así?
Terminó tres veces. La última la hizo ella con los dedos, al lado mío, mientras yo le chupaba las tetas y le hablaba al oído, después se quedó tirada, sin aire, con una pierna colgando de la cama.
—Ya está —dijo, con la voz hecha mierda—. Ya no doy más. Posta.
Nos quedamos los dos tirados, transpirando, en esa cama ajena. Ella con el brazo en los ojos. Yo mirando el techo.
—¿Vos sabés que mañana, el 25 es el aniversario? —dijo de golpe.
—¿De qué?
—Nuestro. De Andrés y yo. —Se destapó los ojos—. Vamos a estar acá. Los cuatro.
—Lore…
—Ya sé. —Se dio vuelta de costado y me miró—. Pero yo lo voy a pasar como el culo. Y vos vas a estar sentado enfrente mío, al lado de mi hija, y no vas a poder hacer nada.
Se me acercó y me dio un beso corto, en la boca. Y se levantó a buscar agua.
El 25 lo pasamos así, como había dicho ella. Sentados los cuatro a la mesa, era un festín esa mesa, nunca vi tanta comida junta, Andrés contando otra vez lo del barco, Valentina contenta. Lorena se puso un vestido y se maquilló y estuvo toda la noche a un metro de mí sin tocarme, y en el brindis me miró por encima del vaso un segundo de más. Nada más. Después de eso ya no pasó nada en la cabaña. Los últimos días fueron de familia: pileta, asado, truco, y nosotros dos comportándonos como dos desconocidos educados.
Al volver a mi casa fueron unos días que estuve muy maricón. Sentía que estaba haciendo todo mal, que era una basura de persona. Por eso durante al menos 3 meses invente todo tipo de excusas para no ir a la casa de Valentina.
Como para terminar de cagarla, ya les hablé de guada anteriormente…
Después de esos tres meses evitándolos a todos, llegó Año Nuevo. Valentina insistió en que fuéramos a lo de su familia. Yo no quería, pero tampoco tenía ganas de pelear. Así que fuimos.
Guada tenía 29, rubia, bajita pero fitness, todo lo contrario a Valentina. Tenía un culo enorme y tenía fama de infiel. Vivía saliendo de joda a fiestas electrónicas y empastillándose, pero era hermosa. Después de engañar a su novio llevaba años soltera, y siempre hacía chistes en la mesa de que envidiaba mi relación con Valentina.
Esa noche Valentina no quería salir. Se metieron Andrés y Guada e insistieron. Al final Valentina se quedó durmiendo con Lorena, y Guada y yo fuimos de fiesta.
No nos vimos en toda la noche. Ella estaba con sus amigas y yo sin conocer a nadie, tomando tranquilo, en la mía. La próxima vez que la veo me jode diciéndome:
—Ojito vos, eh. Te estoy cuidando.
Una amiga de ella le pregunta si soy su novio. Yo le digo que es mi cuñada. La amiga medio que se me insinúa y Guada me saca de ahí riéndose y gritando, totalmente drogada.
A la vuelta volvimos en mi auto. Las luces led rojas que le había puesto abajo le daban a todo el interior un tono medio oscuro, medio caliente. La música estaba baja, algo lento, de esos temas que te dejan pensando más de la cuenta. Yo manejaba en silencio, con las dos manos en el volante, tratando de no mirarla demasiado. Ella iba con la cabeza apoyada contra el vidrio, mirando la calle, pero de vez en cuando se daba vuelta y me miraba de reojo, como si estuviera midiendo algo.
Cuando llegamos cerca de su casa me dijo, casi sin mirarme:
—Che… no quiero ir todavía. Hay una jodita cerca, un after. Vamos un rato.
No me negé. Estaba medio pasado de tragos y no quería que la noche se cortara ahí. Fuimos. Era un depto chico, oscuro, con poca gente. No conocíamos a nadie. Estuvimos parados contra una pared, tomando, hablando de boludeces. Ella se iba acercando de a poco. Primero me tocaba el brazo cuando se reía. Después me pasaba la mano por la espalda. Después se apoyaba contra mí cuando alguien pasaba cerca. Estaba muy confianzuda, toquetona, como si el alcohol le hubiera sacado el freno.
En un momento, mientras yo miraba para otro lado, me agarró la cara con las dos manos y me besó. Rápido. Un beso corto, pero con lengua. Me robó el beso y después se rio, como si no hubiera pasado nada.
Yo la separé despacio, con las manos en sus hombros.
—Guada… no. Mejor nos vamos.
Ella no se enojó. Solo asintió y me siguió hasta el auto.
Nos fuimos. Otra vez las luces rojas, otra vez la música baja. Ella se puso a mirar el celular, pero yo sentía que no estaba prestando atención a nada. Paré en una calle tranquila, a unas cuadras de su casa, porque necesitaba bajar un poco la cabeza. Apenas apagué el motor, ella dejó el celular en el asiento, me agarró de la mano y me miró.
No dijo nada. Solo se acercó.
Empezamos a besarnos. Al principio lento, como midiendo hasta dónde podíamos llegar. Después más fuerte. Me agarró del cuello, yo le agarré la cintura. El auto se llenó del ruido de nuestra respiración y de la música de fondo. Ella se subió un poco hacia mí, se acomodó de costado, y sin dejar de besarme me bajó el cierre del pantalón con una mano.
Me sacó la pija despacio. Estaba dura desde hace rato. La miró un segundo, como si estuviera decidiendo algo, y después bajó la cabeza.
Primero me besó el tronco. Exactamente igual que Lorena. Besos lentos, húmedos, subiendo y bajando por todo el largo, sin apuro. Me la chupaba de costado, dejando la saliva correrme por la piel. Valentina nunca me había hecho eso. Nunca. Con ella siempre era directo, rápido, casi por obligación. Guada, en cambio, se tomó su tiempo. Me besaba la base, después subía hasta la cabeza, me la pasaba por los labios, y volvía a bajar. Cada tanto me miraba desde abajo, con los ojos medio cerrados, como preguntándome si estaba bien.
Después se la metió en la boca. Entera. Y se la tragó hasta el fondo, sin asco, sin dudar. Me agarró de la base con una mano y con la otra se tocaba a sí misma por encima del short. Yo le pasaba la mano por el pelo, sin forzarla, solo acariciándola. Se escuchaba el ruido de su saliva, de su respiración por la nariz, y de vez en cuando un gemido bajo que me vibraba en la pija.
Cuando sentí que estaba por acabar le avisé, con la voz media rota. Ella no se sacó. Al contrario: se la metió más profundo y se quedó quieta, tragándose todo. Sentí cómo se le movía la garganta. Cuando terminé, se limpió la boca con el dorso de la mano, se acomodó el pelo y se sentó de nuevo en el asiento, como si nada.
Nos quedamos en silencio un rato. Yo mirando el techo del auto, ella mirando por la ventanilla.
Después de eso me eliminó de todas las redes. No me bloqueó, simplemente desapareció. Como si hubiera fingido demencia. Y hasta el día de hoy sigo de novio con Valentina. Pero esa noche fue una señal clara: no debía pisar más esa casa. Y así fue. Llevo un año sin entrar, salvo para dejar a Valentina en la puerta y volverme.
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