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Unas vacaciones con mi tia.

Me llamo Hanna. Tengo veintidós años, la piel tan clara que se me marcan las venas azules en las muñecas, los ojos cafés grandes y un poco tristes de tanto mirar el celular, el cabello negro lacio que me llega a media espalda y un cuerpo que no corresponde a mi cara. Porque eso es lo que la gente ve primero: la cara de niña buena, de muchachita que va a misa y le dice "sí, señora" a todo el mundo. Y luego baja la mirada y se encuentra con las caderas anchas, las tetas que se me salen del escote cuando me agacho, el culo redondo que me obliga a comprar pantalones dos tallas más grandes. Es una combinación que confunde a los hombres y de la que yo aprendí a sacar provecho desde los diecisiete.
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Mi tía Camila es la versión mejorada de mí. La misma piel clara, los mismos ojos cafés, el mismo pelo negro lacio, solo que en ella todo tiene 20 años más de cocción. Tiene cuarenta y dos y una belleza madura que no se puede fingir, de esas que se construyen con dinero, con gimnasio, con cremas caras y con la seguridad de una mujer que ya sabe exactamente lo que vale. Es abogada, de las buenas, de las que ganan casos que dan pena ajena y cobran como si les hicieran un favor. Usa faldas de tubo que le aprietan el culo perfecto, blusas de seda con un botón de más abierto, tacones que suenan en el mármol como un metrónomo. Tiene cara de vicio, eso es lo que tiene. Una cara de mujer que ha hecho cosas y que las volvería a hacer. Y aun así, en su trabajo, delante de un juez o de un cliente, es la seriedad en persona, la profesional intachable, la licenciada que no sonríe.
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Cuando mis papás se fueron de viaje tres semanas a visitar a unos familiares en el extranjero, me mandaron a quedarme con ella. Yo pensé que iba a ser un castigo, que me iba a tener revisando expedientes o acompañándola a reuniones aburridas. Pero la casa de mi tía resultó ser un palacete de dos pisos en una zona residencial privada, con alberca, jardín enorme y una caseta de vigilancia en la entrada. Y ella resultó ser una mujer que trabaja muchísimo y que, cuando llega, solo quiere estar tranquila. Me dejó la habitación de huéspedes del segundo piso, con baño propio y ventanal al jardín, y me dijo que me sintiera como en mi casa. Casi no nos veíamos. Ella salía temprano, volvía tarde, y yo pasaba los días en la alberca, leyendo, escuchando música, poniéndome al día con series.

Así estuve una semana. Una semana en la que me aburrí como nunca, pero también en la que descubrí algo.

El guardia de la caseta se llama Ramiro. Lo veía cada vez que salía a correr por la privada o cuando el repartidor de comida llegaba y él tenía que abrir la pluma. Es un hombre de unos cincuenta, gordo, con la panza cayéndosele encima del cinturón, la piel morena y curtida, la cara fea de verdad, con esas facciones amontonadas, los dientes manchados de café y una barba rala y descuidada. Siempre anda con la camisa del uniforme a medio abotonar y sudando, con el cuello empapado, y siempre, siempre, tiene la mirada puesta donde no debe. Cuando yo pasaba corriendo con mis shorts cortos, él se asomaba desde la caseta y me seguía con los ojos como si me estuviera desnudando. Una vez me dijo "buenas piernas, señorita" y yo le sonreí y seguí. Nada que ver con mi tía, pensé. Nada que ver con la elegancia de Camila. Un gordo feo de caseta. Eso pensé.

Un martes por la tarde le avisé a mi tía que iba a salir con unas amigas al centro comercial. Me bañé, me puse un vestido corto de flores, me arreglé el pelo, me maquillé. Y a los diez minutos de estar lista me llegó el mensaje: se cancelaba, una de ellas se enfermó y las otras dos se fueron a otro plan. Me dio flojera cambiarme y volver a salir sola, así que me quedé en la habitación, con el vestido puesto y el celular en la mano, viendo videos en la cama. Eran como las seis de la tarde cuando escuché la puerta principal abrirse. Me sorprendió porque mi tía nunca llegaba antes de las ocho. Pensé en bajar a saludarla, me levanté, me asomé al pasillo y ahí escuché la segunda voz.

Una voz de hombre, ronca, pesada. Una voz conocida.

—Qué rica casa tienes, licenciada. Cuánto mármol.

Y luego la voz de mi tía, pero distinta, más aguda, casi nerviosa:

—¿Quieres algo de tomar, Ramiro? Tengo cerveza. O puedo hacerte un café.

Ramiro. El gordo de la caseta. En la casa de mi tía. Un martes a las seis de la tarde.

Me quedé paralizada en el pasillo. La puerta de mi cuarto quedó entreabierta y desde ahí se veía un tramo de la sala, no completo, pero sí la esquina del sillón de piel y parte del recibidor. Me acerqué despacio, descalza, y me acomodé de costado contra el marco, con un ojo pegado a la rendija.

Él estaba de pie en medio de la sala, con las manos en la cintura, mirando todo como si fuera suyo. La panza le colgaba sobre el pantalón. Mi tía estaba enfrente, todavía con la blusa de trabajo, con la falda de tubo, con los tacones, y tenía las manos juntas adelante como una niña en una entrevista. Como una colegiala. A mi tía, la abogada que discute con jueces, se le notaba el pulso en el cuello.

—No, así estoy bien —dijo él, y se dejó caer en el sillón, abriendo las piernas—. Ven acá.

Ella fue. Caminó los cuatro pasos que la separaban de él y se paró entre sus rodillas, y él le puso las manos en las caderas y la miró de arriba a abajo, sin prisa, recreándose. La falda de tubo le apretaba las piernas. Él le metió los dedos por el borde y empezó a subirla, y yo vi la piel blanca del muslo de mi tía aparecer centímetro a centímetro.

—¿Te pusiste las buenas? —preguntó él.

—Sí —dijo ella, con la voz bajita.

—¿Las de encaje?

—Sí.

—A ver.

Y mi tía, sin que él tuviera que repetirlo, se dio la vuelta, se levantó la falda por detrás hasta la cintura y le mostró el culo. Un culo perfecto, duro, blanco, partido por una tanga color vino. El encaje se le metía entre las nalgas. Él soltó un gruñido y le dio una palmada que sonó en toda la sala, y ella dio un saltito y se rio como una adolescente.

—Qué nalgas tienes, licenciada. Cómo me gustan.

—Me las puse para ti —dijo ella, y se bajó la falda otra vez, y se dio la vuelta, y se le sentó encima, a horcajadas, con las rodillas a los lados de sus muslos gordos. Le pasó los brazos por el cuello y lo besó.

Fue un beso sucio desde el primer segundo. Él le agarró la nuca con una mano y la apretó contra su boca, y yo escuché el sonido húmedo de las lenguas, el chasquido, el jadeo de mi tía saliéndosele por la nariz. Él le metió la otra mano por el escote y le apretó una teta por encima de la seda, y ella se arqueó y gimió dentro de su boca. Se estuvieron besando así un buen rato, y él le fue desabotonando la blusa sin dejar de morderle los labios, y cuando se la abrió del todo y le vio el sostén a juego con la tanga, se separó y se quedó mirando.

—Hija de puta —dijo—. Qué tetas. Y qué cara de santa que tienes, ¿eh? Nadie diría que te gusta esto.

—Nadie —contestó ella, y se mordió el labio.

Él le bajó las copas del sostén y le sacó las tetas, y yo me quedé viendo cómo le colgaban, grandes, blancas, con las areolas color café claro y los pezones ya duros. Ramiro se los chupó uno y otro, con la lengua plana, con ruido, y mi tía echó la cabeza hacia atrás y se le agarró del pelo ralo. Él le mordió el pezón y ella chilló. Él se rio con la boca llena de teta.

Yo tenía el corazón a mil. Sentía el vestido pegado al cuerpo y una humedad caliente empezando a formarse entre mis piernas. Me metí la mano por debajo de la falda y me toqué por encima de la pantaleta y ya estaba mojada. Empapada. Y ni siquiera había pasado nada todavía.

Mi tía se bajó de él y se arrodilló en el piso, entre sus piernas, y empezó a desabrocharle el pantalón. Le costó, porque él estaba inflado, y cuando por fin se lo bajó y le bajó también los calzoncillos, la verga le saltó hacia afuera y se le quedó parada enfrente de la cara, y yo solté el aire de golpe.

Era enorme. Era la verga más grande y más gorda que yo había visto en mi vida, y he visto unas cuantas. Morena, gruesa como mi muñeca, con las venas marcadas, con la cabeza morada y brillante, y los huevos colgándole pesados, peludos, sudados. Le latía. Le latía sola, parada ahí enfrente de la cara de mi tía, y ella la miró como si le hubieran servido el platillo favorito.

—Míralo —dijo él—. Míralo bien, licenciada. ¿Te gusta?

—Mucho —dijo ella, y abrió la boca y se la metió.

No pudo con toda. Se la metió hasta donde le dio y se le quedó un buen tramo afuera, y él le puso la mano en la cabeza y se la empujó, y ella se atragantó y se le llenaron los ojos de lágrimas, y no se quitó. Siguió mamando, hacia arriba y hacia abajo, con la mano en la base, con la otra en los huevos, con la saliva cayéndole por la barbilla y por el cuello. Él tiraba de su pelo, la empujaba, le decía cosas.

—Así, así. Qué buena boca tienes para ser abogada. Qué buena chupada de verga. Mírate, toda seria en la corte y aquí estás con la boca llena.
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Ella gemía alrededor de la verga. Se la sacó un momento para respirar, con un hilo de saliva colgando entre los labios y la cabeza, y le lamió los huevos, se los chupó uno por uno, se los pasó por la cara, se la restregó contra la mejilla. Después volvió a metérsela, y él empezó a cogerle la boca en serio, a embestirle, y se le escuchaba el glugluteo y el quejido de ella.

Yo me estaba muriendo. Me había subido la falda del vestido hasta la cintura y me estaba frotando el clítoris por encima de la tela, con dos dedos, apretando, con la frente pegada al marco de la puerta. Estaba tan mojada que la pantaleta se me había pegado y se me transparentaba todo. Me sentía una intrusa y me encantaba sentirme una intrusa.

Él levantó a mi tía del piso del pelo. Le dijo "párate" y ella se paró, con la boca roja, con la blusa abierta, con las tetas afuera. Él le bajó la falda hasta los tobillos y ella la pisó y salió, y se quedó en tanga y tacones, y él le metió la mano entre las piernas por encima de la tanga y ella gimió y abrió las piernas todo lo que pudo.

—Estás empapada —dijo él—. Toda la tanga empapada. ¿Desde cuándo andas así?

—Desde que te vi entrar.

—Mentirosa.

—No. Desde que me dijiste que te abriera.

Él se rio y le corrió la tanga a un lado y le metió dos dedos gordos en la panocha, y mi tía gritó y se agarró de su hombro. Él la penetró con los dedos, hacia adentro y hacia afuera, y se los sacó brillantes y se los pasó por el clítoris, y ella empezó a mover la cadera en círculos, buscándolos, y él se los quitó y se lamió los dedos.

—Date la vuelta —dijo—. Apóyate en el sillón.

Ella obedeció. Se dio la vuelta, se inclinó sobre el sillón de piel, con las manos en el respaldo, con el culo levantado, y el encaje de la tanga se le estiró entre las nalgas. Ramiro se paró, se escupió en la mano, se embarró la verga y se acomodó detrás de ella, y le puso la cabeza contra la panocha y empujó.
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Yo vi cómo se le abría. Cómo entraba despacio, centímetro a centímetro, y cómo mi tía iba soltando un gemido largo y ronco y le bajaba la cabeza hasta colgar entre los brazos. Le costó. Él era demasiado grueso para ella. Pero entró, y cuando estuvo adentro hasta el fondo, los dos se quedaron quietos, y ella respiraba fuerte, y él le apretó las nalgas con las dos manos y se las abrió.

—Ahí está —dijo—. Ahí está mi abogada.

Y empezó a cogerla.

Fuerte. Desde el primer empujón, fuerte. La sala se llenó del sonido de los muslos gordos de él chocando contra las nalgas de ella, del golpe, del aplauso, y de los gemidos de mi tía que ya no eran gemidos de mujer seria sino aullidos de perra. El sillón se movía, raspaba contra el piso. Él la agarró de la cintura y le embistió más rápido, y ella se agarró del respaldo y se dejó, con la boca abierta, con la cara de puro vicio que tiene, con los ojos en blanco.
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—Qué rico aprietas —decía él, con la voz entrecortada—. Qué rico aprietas, licenciada. Cómo te gusta, ¿eh? Cómo te gusta que este gordo feo te coja.

—Mucho —chillaba ella—. Mucho, mucho, no pares.

—¿Quién te la mete?

—Tú.

—¿Quién?

—Tú, Ramiro. Tú.

—Y qué rica te la meto, ¿no?

—Sí, sí, qué rica.

Yo me estaba masturbando en serio ya, con la mano metida bajo la pantaleta, con los dedos dentro de mí, con la palma restregándome el clítoris, y me temblaban las piernas. Tenía la boca seca. Estaba a punto de venirse solo de mirarlos y me aguantaba porque no quería perderme nada.

Él la cogió así un buen rato, duro, con la panza rebotándole contra el culo de ella, y luego la agarró del pelo y la levantó y la volvió a doblar, ahora más abajo, con la cara contra el sillón, y le puso un pie encima del sillón para tener mejor ángulo y le metió la verga en un solo empujón y ella gritó. La estaba martillando. Se le veía la verga entrar y salir brillante, con la espuma blanca de ella en la base, y los huevos de él golpeándole el clítoris.

—Me voy a venir —avisó él—. ¿Dónde quieres?

—Adentro —dijo ella, sin pensarlo—. Adentro, adentro.

Y él aceleró y soltó un gruñido largo y se pegó todo a ella y se vino. Se vino mucho. Se le veía el culo de mi tía contraerse y el cuerpo de él sacudirse y quedarse rígido, y ella gemía con cada chorro, y cuando él la soltó, se le escurrió por el muslo un hilo blanco y espeso.

Ramiro se dejó caer en el sillón, sudando, con la panza subiendo y bajando, con la verga todavía parada y brillante. Mi tía se quedó doblada un segundo, recuperándose, y después se enderezó, se dio la vuelta y se le sentó en las piernas otra vez, y lo besó. Le agarró la cara con las dos manos y se la comió a besos, y él le metió la lengua y le agarró el culo con las dos manos y le restregó los dedos por la panocha llena de su propia leche.

Yo me quité la mano de entre las piernas y me la llevé a la boca. Estaba empapada, me escurría por la muñeca. Me la chupé entera, con los ojos cerrados, y sentí el sabor y me dieron ganas de llorar de ganas.

Después escuché movimiento y me eché para atrás de un salto. Ellos se estaban levantando. Me metí a mi cuarto y cerré la puerta despacio, casi sin ruido, y me dejé caer en la cama con el corazón golpeándome las costillas.

Y ahí, con la cara contra la colcha y el vestido todavía puesto, me juré que yo también iba a probar esa verga.

No me importó que fuera feo. No me importó que fuera gordo, ni que oliera a sudor, ni que fuera el guardia de la caseta. Al contrario. Justo por eso. Esa verga no tenía nada que ver con los niños guapos y lampiños con los que yo había estado. Esa verga era de hombre, de hombre hecho y derecho, de hombre que sabe. Y la imagen del culo de mi tía abriéndose alrededor de ella no se me iba de la cabeza.

No dormí. Estuve dándome vueltas toda la noche, metiéndome los dedos, viniéndome tres veces, y a las tres de la mañana bajé a la cocina por agua y vi el sillón de la piel y me mojé otra vez. Al otro día, mi tía bajó a desayunar con la bata puesta, fresca, peinada, como si nada, y me deseó buenos días con su voz profesional y se puso a leer el periódico en la tablet.

—¿Cómo te fue anoche? —le pregunté.

—Bien. Trabajé hasta tarde —dijo, sin levantar la vista.

Y sonreí para adentro.

Los días siguientes fueron una tortura. Ramiro empezó a subir a la casa más seguido, siempre a la hora en que yo se supone que no estoy, o a la hora en que estoy en la alberca. Desde la alberca, con las gafas puestas, miraba hacia las ventanas del segundo piso y a veces alcanzaba a ver una silueta, una sombra, un movimiento. Y me tocaba ahí mismo, en el agua, con el sol encima, y me tenía que morder la mano para no gritar.

Un jueves lo vi salir de la casa a las siete y media, ajustándose el cinturón, con la cara satisfecha. Yo venía del jardín con el bikini puesto y la toalla al hombro. Nos cruzamos en la cochera.

—Buenas tardes, señorita Hanna —dijo él.

—Buenas —le dije.

Y me quedé parada. Y él se quedó parado. Se me quedó viendo el cuerpo, sin disimular, bajando la mirada del escote al ombligo y de ahí a la entrepierna del bikini, y se pasó la lengua por los labios.

—Se está poniendo bien buena usted —dijo.

—¿Sí? —Y me acerqué un paso, con el corazón en la garganta—. ¿Más que mi tía?

Él se rio.

—Distinto. Su tía ya está cocinada. Usted está tiernita.

—Tiernita pero no tonta —le dije, y me metí a la casa, y sentí sus ojos en el culo todo el camino.

Esa noche, mientras cenábamos, saqué el tema.

—Tía, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Ramiro?

Ella dejó el tenedor. Se limpió la boca con la servilleta y me miró, y por un segundo se le puso la cara de abogada, la cara de "a ver qué argumentas".

—¿Qué pasa con Ramiro?

—Lo escuché el martes.

Se quedó callada. Y después, muy despacio, se le fue formando una sonrisa.

—¿Y qué escuchaste?

—Todo.

—¿Y te escandalizaste?

—No. Me mojé.

Ella soltó la carcajada. Una carcajada de mujer, fuerte, sin vergüenza, y se recargó en la silla.

—Ay, Hanna. Eres igualita a mí a tu edad.

—Entonces ya sabes lo que te voy a pedir.

Se me quedó viendo un rato largo, con la sonrisa torcida, y después asintió.

—Voy a hablar con él. Pero te advierto: Ramiro es un cerdo. Le va a encantar la idea, pero le va a encantar por cerdo, no por caballero. No esperes romance.

—No espero romance —dije.

Ella se levantó, me dio dos palmaditas en la mejilla y se fue a su cuarto.

Al día siguiente era sábado. Mi tía me dijo a media mañana que me bañara, que me pusiera algo bonito y que no me hiciera ilusiones si él se ponía pesado. Me bañé con jabón de jazmín, me depilé, me puse un vestido blanco de tiras que se me subía solo cuando me movía y una pantaleta de encaje negro. Y me senté en la sala a esperar con las manos sudadas.
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Ramiro llegó a las doce. Entró, y cuando me vio en el sillón se le iluminó la cara entera.

—Mira nada más —dijo—. La sobrina.

—Hola, Ramiro.

—¿Y la licenciada?

—Aquí estoy —dijo mi tía, bajando las escaleras.

Venía en bata de seda, con el pelo suelto, con los tacones puestos. Bajó, se puso a su lado y le pasó el brazo por la cintura.

—Te dije que mi sobrina te quería probar —dijo ella, como si estuviera cerrando un contrato.

—Y yo no me lo creía —dijo él, y me miró de arriba abajo otra vez—. Con esa carita de monja que se carga.

—Tiene veintidós —aclaró mi tía.

—Ya sé. Por eso le voy a entrar con calma.

Y se sentó entre las dos.

Empezó por mi tía. Le metió la mano por la bata, se la abrió, le agarró una teta y la besó, y mi tía le correspondió, y yo me quedé viendo a centímetros de sus caras, con la respiración cortada, hasta que él se separó y se volvió a mí y me agarró la cara con una mano gorda y sudada y me besó.

Fue distinto a todo lo que había besado antes. Tenía la boca grande, la lengua gruesa, y olía a café y a tabaco y a él, y no me dejó espacio ni aire. Me metió la lengua hasta la garganta y me apretó la nuca y yo me rendí de inmediato, me le colgué del cuello y gimí dentro de su boca. Sentí su mano bajar por mi espalda hasta el culo y apretarlo por encima del vestido, y luego metérseme por debajo y encontrarme la pantaleta, y gruñir al sentir lo mojada que estaba.

Se separó, con un hilo de saliva entre los dos.

—Ay, cabrona —dijo—. Si estás empapada. Y con esta cara de que no rompes un plato.

Mi tía se rio a mi lado y me acarició el pelo.

—Te dije que era igualita a mí.

Ramiro me agarró de las tiras del vestido y me lo bajó de un jalón hasta la cintura. Se me salieron las tetas, sin sostén, y él se quedó mirándolas como si fueran oro.

—Qué chichis —dijo—. Chiquitos y parados. Y rosaditos.

Me los chupó con ganas, uno y luego el otro, mordiéndome los pezones, y yo tenía la cabeza echada hacia atrás y le apretaba el cráneo con las dos manos y sentía que me iba a desmayar. Mi tía, a mi lado, me acariciaba el muslo, se acercaba, y de pronto me agarró la cara y me besó a mí.
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Fue mi primer beso con mujer. Y fue raro y fue delicioso. Tiene la boca suave, sabe a menta, besa con más cuidado que él, con más juego, y me lamió el labio inferior y me lo mordió y me metió la lengua despacio. Yo le puse la mano en la teta por encima de la bata y ella gimió y me apretó contra ella, y Ramiro se apartó un momento a mirarnos a las dos, con la mano en la verga por encima del pantalón.

—No mamen —dijo—. Qué bonitas se ven. Dos igualitas. Una cocinada y una tiernita.

Mi tía se separó y le dijo:

—Sácala. Que la vea bien.

Él se desabrochó y se sacó la verga, y otra vez se le paró enfrente de nosotras, enorme, palpitando. Mi tía la agarró de la base y me la acercó.

—Toca —me dijo.

La toqué. Estaba caliente, dura como una piedra, la piel suavecita por encima. La recorrí con la mano, la apreté, sentí cómo le latía, y se me hizo agua la boca.

—Métetela —dijo mi tía—. Despacito. No te la tragues toda de golpe, vas a toser.

Abrí la boca y me la metí. Entró hasta la mitad y ya se me llenó todo. El sabor salado, la textura, el peso en la lengua. Cerré los ojos y empecé a mamar, y él me puso la mano en la cabeza y me guio, y mi tía me acariciaba la espalda y me decía "así, más despacio, con la lengua".
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—Qué buena sobrina tienes —dijo él—. Aprende rápido.

Me la sacó un momento para que respirara y me la restregó por la cara, por la mejilla, por los labios, y me la volvió a meter y me cogió la boca un rato, y yo babeaba y me atragantaba y no quería que parara.

—Ya —dijo mi tía—. Si se viene en tu boca, se acaba la fiesta. Acuéstate.

Me acosté en el sillón, con el vestido arrugado en la cintura y las piernas abiertas, y mi tía se arrodilló a mi lado, me corrió la pantaleta y me la quitó, y Ramiro se acomodó entre mis piernas, se escupió en la mano, se la untó y me puso la cabeza contra la panocha.

—Respira —me dijo mi tía, y me agarró la mano.

Empujó.

Dolió. Dolió bastante. Se me metió la punta y yo apreté los dientes y le apreté la mano a mi tía, y él se detuvo.

—¿Sigo?

—Sí —dije—. Sí, sigue.

Y siguió, despacio, y yo sentí cómo me estiraba, cómo me abría, y el ardor se fue mezclando con algo rico hasta que dejó de doler y él estuvo adentro hasta el fondo, y los dos soltamos el aire.

—Ahí está —dijo él—. Toda llenita.

—¿Ya? —pregunté, con la voz temblorosa.

—Ya —dijo mi tía—. Ahora te va a coger. Déjate. Y mira cómo se ve.

Y él empezó a moverse.

Al principio suave, y después ya no tanto. El sonido de sus caderas contra las mías, el peso de su panza sobre mi vientre, el sudor de él cayéndome en la cara. Mi tía me besaba el cuello, me chupaba los pezones, me decía cosas al oído: "así, aguanta, se siente rico, ¿verdad?", y me metía la mano entre las piernas y me sobaba el clítoris con los dedos.
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Y yo me vine. Rápido, muy rápido, con un grito que me salió del pecho y que me sorprendió a mí misma, y apreté la panocha alrededor de su verga y él soltó un gruñido y siguió embistiendo, y mi tía me tapó la boca con la mano para que no chillara tanto.

—Qué precoz —se rio él, pero no se detuvo.

Después de eso ya no supe dónde estaba. Me siguió cogiendo, y mi tía se levantó y se puso de rodillas en el sillón, de espaldas, con el culo hacia él, y él estiró la mano y le metió los dedos en la panocha mientras me seguía dando. La sala olía a sexo, a sudor, a jabón de jazmín. Se me nubló la vista de las ganas.

—Párate —dijo él de pronto—. Ahora las dos.

Me levanté con las piernas temblando. Él se sentó en el sillón, se acomodó la verga, y agarró a mi tía del brazo y la puso encima de él, de espaldas, y ella se la metió sola, con un gemido largo, y empezó a moverse arriba, subiendo y bajando, con las tetas rebotándole. Y luego él me jaló a mí.

—Ven acá. Siéntate en mi cara.

Me puse de rodillas encima de su cabeza, agarrada del respaldo, y él me agarró de las nalgas y me bajó y me puso la boca entera en la panocha.
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Yo nunca había estado así. Su lengua era gorda y áspera y él no tenía ninguna delicadeza, me lamía de abajo hacia arriba, me chupaba el clítoris, se lo metía entre los labios y sorbía, y se le mezclaba con el sabor de mi tía. Yo me mecía encima de su boca sin control, con la cara de mi tía enfrente, con las mejillas rojas, con los ojos cerrados, y nos agarrábamos de las manos y nos besábamos mientras los dos nos movíamos, y él gemía abajo, y todo se sentía húmedo y caliente y perfecto.

Me vine otra vez, en su boca, y esta vez sí grité, y mi tía me tapó la boca con un beso.

Él nos puso en cuatro en el sillón, una al lado de la otra, y nos cogió alternando. Primero a mi tía, unas diez embestidas duras, y luego a mí, otras diez, y luego otra vez a ella, y las dos gemíamos y nos mirábamos y nos besábamos y nos agarrábamos del pelo, y él nos daba palmadas en el culo y se reía con la respiración pesada.

—Mírense —decía—. Mírense cómo se ponen. Dos putitas con cara de santas.

Y mi tía, entre embestida y embestida:

—Ramiro, la quiero ver en tu verga otra vez. Pónmela enfrente.

Él se acomodó en el sillón, se recargó, y me puso encima de él de frente, y yo me la metí y empecé a montarlo, y mi tía se puso de rodillas detrás de mí, me abrazó por la espalda, me agarró las tetas con las dos manos y se pegó a mi nuca y me fue guiando con la cadera, me susurraba "más despacio, así, muévela así", y me lamía el cuello.

Yo subía y bajaba sobre su verga con la ayuda de ella, y él me miraba desde abajo con la boca abierta, y de pronto mi tía bajó la mano, me la metió entre las piernas y me encontró la verga entrando y saliendo, y se la sobó con los dedos, con la punta de los dedos, con una precisión de cirujana, y yo perdí la cabeza.

—Ay, no, no aguanto —dije.

—Aguanta —me dijo ella al oído—. Le vas a dar la última. Vamos.

Él empezó a embestir desde abajo, con las manos en mis caderas, y mi tía me mordió el hombro y me frotó más rápido, y yo me vine por tercera vez con un alarido y me desplomé sobre su pecho, y él siguió, siguió, y de pronto me agarró fuerte de la cintura y soltó un rugido y se vino dentro de mí.

Muchísimo. Lo sentí llenarme, chorro tras chorro, y mi tía seguía frotándome y me susurraba "recíbelo, recíbelo todo", y yo temblaba como una hoja.

Cuando terminó, me levanté y me escurría por el muslo. Me quedé en el sillón, tirada, sin aire, con el vestido hecho un trapo en la cintura. Mi tía se recostó a mi lado y me acarició la panza. Ramiro se dejó caer al otro lado, con la verga todavía dura y brillante, y nos puso una mano a cada una en el muslo.

Nadie habló por un rato. Solo se escuchaba la respiración de los tres.

—Bueno —dijo él por fin—. Ahora sí, se me hizo.

Mi tía se rio. Y yo me reí también, con la cara roja y el pelo pegado a la frente.

—¿Quieres quedarte a comer? —le preguntó ella.

—Si la señorita Hanna me hace compañía en la ducha, sí.

Y me miró. Y yo, todavía con su leche escurriéndome por la pierna, asentí.

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