Habían pasado dos semanas desde que Nicolás había vuelto a la ciudad para arrancar sus tercer año de cursada, y ya no sentía el departamento de su tía como un lugar donde parar mientras iba a la universidad. Sentía que los silencios y los cruces incómodos se habían vuelto habituales.
Sentía que se derretiría del calor, entonces fue a la cocina. Allí estaba su tía, comiendo pastelitos mientras leía algo en el celular. Él miró el reloj colgado sobre la puerta: marcaba las tres y cuarto de la tarde
"Con razón hace tanto calor." —pensó.
Abrió la heladera y sacó una jarra de agua fría y un par de hielos del freezer, luego de picarlos agarro un vasito de metal del gabinete y fue a buscar una bombilla en la gaveta.
"Flor ¿No viste la bombilla del tereré?"
"Aaah sí, la puse en el cajón de abajo" —Contestó la tía, como si recién lo recordara.
Terminó de preparar el vasito, agarró la jarra y se dio vuelta. Chocó con ella, que se estaba levantando de la mesa y le volcó agua sobre el pecho. Nicolás quedó mirando unos instantes cómo se le marcaban de a poco los pezones en su blusa, al darse cuenta dirigió la mirada al rostro de su tía rápidamente y la encontró sonrojada. Comenzó a disculparse mientras ella salió disparada a su pieza.
"Perdón, tía" —se disculpó, alargando las palabras.
"No pasa nada Nico, no te preocupes. De todas formas, me estaba por ir a bañar y poner a lavar ropa" —contestó ella detrás de la puerta.
"Lo siento tía, no me di cuenta de que estabas detrás de mí. Perdón"
"En serio Nico, no pasa nada. Puedes ir... a hacer lo que ibas a hacer" —contestó Flor tras una pausa.
Nicolás fue a su pieza, se acomodó en su escritorio y abrió su juego favorito en la computadora.
"Faa, recién llego y ya me mando una macanada. Ojalá no sea así todo el año..." —pensó con aire de preocupación.
Comenzó su partida y, en algún momento, escuchó que la ducha se encendió.
"Nunca la vi sonrojarse." —se repitió mentalmente mientras comenzaba a sonar el tema de combate de jefe. El problema no era que ella se hubiese ruborizado, sino que aquella situación —sus pezones marcados, el agua corriendo por su pecho— había abierto una grieta que llevaba más de un año intentando cerrar. Al principio descartó la idea como una confusión nacida de la convivencia cercana, pero pasaron los meses y esa emoción tomaba aún más fuerza.
La ducha seguía encendida. Nicolás bajó el volumen del juego sin darse cuenta. Pensó en Florencia moviéndose por la casa con ropa liviana, el pelo castaño recogido, la cintura breve antes de la curva de las caderas. Se le secó la boca.
"No"—se dijo —"No es solo eso."
Pensó que detrás del cuerpo estaba su tía: la que lo recibía con un abrazo, la que le preguntaba si había comido, la que le abría la puerta para que pudiera estudiar.
El vapor se colaba por debajo de la puerta del baño. Olía a jabón. Nicolás apretó el mouse.
Imaginó, otra vez, la tela mojada. La curva de una cadera contra el marco de la puerta. Esas caderas cabalgando sobre su regazo. Y enseguida sintió el golpe de siempre: si daba un paso, lo perdía todo.
"Concéntrate" —se regañó en voz baja. Se dio cuenta de que todo ese tiempo se había movido torpemente. El jefe cayó. La ducha se apagó. Nicolás se quedó mirando la pantalla, con la boca seca y la certeza de que la casa entera acababa de volverse más pequeña.
Cuando estaba despejando su mente, un golpeteo en su puerta lo hizo sobresaltar.
"Nico ¿Tenés algo que hacer después?" —preguntó Flor con un tono que sonó cariñoso.
Él se dio la vuelta, encontrándola envuelta en una toalla, le salía vapor de la piel, la piel enrojecida y el borde de la toalla dejaba ver la parte superior de sus pechos, dejando ver los pezones que hasta hacía un momento atrás intentaba olvidar.
Devolvió su mirada a la pantalla fugazmente.
"Sí ¿necesitas algo?" —titubeó.
"¿Me podés acompañar a comprar? Tengo que conseguir unas cosas en el super" —contestó ella, pausada.
"Sí, dale. Avisame cuando estés lista" —dijo Nicolás, y volvió a la pantalla, aunque ya no veía nada.
Flor no se fue.
Él la escuchó moverse detrás de él. El roce de la toalla contra la piel. Un paso. Otro. El vapor del baño todavía flotaba en el aire y se mezclaba con el olor a jabón.
"¿Qué haces?" —preguntó ella, y su voz sonó más cerca de lo que Nicolás esperaba.
"Nada. Eeh... estaba jugando. Me había trabado con un desafío." —contestó, torpe.
Las manos de Flor se posaron en sus hombros. Suaves. Sin apuro. Nicolás tensó la espalda sin querer.
"¿Te trabaste?" —dijo ella, casi como si no le importara la respuesta.
"Sí... un jefe. Ya lo pasé." —mintió.
Ella no contestó. Le recorrió los hombros con las palmas, despacio, como si estuviera midiendo el gesto. Nicolás sintió que la respiración se le cortaba. Quiso girarse, pero no lo hizo. Quiso decir algo, pero no se le ocurrió nada.
Flor se arrimó más. El cuerpo de ella quedó contra su nuca, húmedo y tibio. Nicolás cerró los ojos un segundo. “Es por el accidente”, pensó. “Está jugando. No es lo que parece.” Pero el calor de ella le erizó la piel y, sin poder evitarlo, empezó a tener una erección.
Rezó en su mente para que no lo notara. Apretó el mouse. Miró la pantalla sin ver.
"¿Qué haces?" —repitió ella, esta vez con un tono más bajo, casi un susurro.
"Nada" —dijo él, y la voz le salió más aguda de lo que quería.
Flor no se apartó. Le apoyó su mentón en el hombro, como si estuviera mirando la pantalla con él. Nicolás sintió su respiración en la mejilla. Después, un sonido bajo, un ronroneo apenas audible, como si se estuviera riendo para adentro.
"¿Te gustan mis caricias?" —preguntó ella, y la mano derecha se le deslizó por el brazo, por el costado, hasta detenerse en el borde de la silla, muy cerca de su entrepierna.
Nicolás se quedó sin aire.
"Flor..." —empezó, pero no supo cómo seguir.
Ella no esperó. Le apoyó la mano sobre el pantalón, despacio, y repitió la pregunta con la boca casi pegada a su oído.
"¿Te gustan?"
Nicolás no contestó.
La mano de Flor seguía sobre el pantalón, quieta, esperando. Él la miró de reojo: la toalla, una teta casi al descubierto, la piel todavía húmeda. Ella lo miraba a él, y en su cara había algo que Nicolás no supo leer.
"Flor..." —dijo otra vez, y esta vez ella se inclinó.
El beso lo tomó desprevenido. Fue lento al principio, casi una pregunta, y Nicolás se quedó quieto un segundo, con las manos en el aire, sin saber dónde ponerlas. Después ella le mordió el labio inferior y él cedió. Le puso una mano sobre su nuca y la subió hasta enredarlo en el pelo.
Flor se separó apenas.
"¿Estás segura?" —preguntó él, y la voz le salió ronca.
Ella no contestó con palabras. Le volvió a besar, más hondo, y le guio la mano hacia su propio pecho. Nicolás sintió el peso, la textura, el pezón endurecido contra la palma. Apretó sin pensar y ella hizo un sonido bajo contra su boca.
La mano de Flor volvió a bajar. Esta vez no se detuvo en el borde de la silla: le desabrochó el pantalón con dedos rápidos y le metió la mano por dentro de la ropa interior. Nicolás se quedó sin aliento. Ella lo tomó con la palma, sin apuro, y él sintió que le temblaban las piernas.
"Flor..." —repitió, y ya no era una pregunta.
Ella giró la silla y se arrodilló.
Nicolás la miró desde arriba, la toalla abierta en el piso, el pelo castaño cayéndole sobre la cara. Quiso decir algo, quiso frenar, quiso preguntar si esto estaba bien. Pero ella le bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón y le pasó la lengua por la punta, y cualquier pensamiento se le deshizo.
"Dios..." —susurró él, y se agarró del apoyabrazos.
Flor lo metió en su boca despacio, sin apuro, y Nicolás cerró los ojos. El calor, la humedad, la forma en que ella subía y bajaba con la lengua. Se le escapó un gemido y se mordió el labio para callarlo.
La casa estaba en silencio; solo se oía el zumbido de la computadora y el sonido húmedo de la boca de ella.
Abrió los ojos un segundo. La vio ahí, arrodillada entre sus piernas, una apoyada en su muslo y la otra en la base de su pija. Le pareció que lo miraba de reojo, como si estuviera comprobando algo. Nicolás apartó la vista. "Esto no está pasando", pensó. "Debe ser un sueño."
Pero estaba pasando, era real.
Ella se detuvo, se limpió la boca con el dorso de la mano y se levantó. Caminó con sensualidad mientras dejaba caer la toalla, revelando poco a poco la curva de la cadera, como un secreto bien guardado.
Ella se dejo caer sobre la cama e hizo un gesto con el dedo, como diciendo "Vení".
Nicolás la siguió. Le temblaban un poco las piernas.
Florencia ya estaba recostada sobre la cama, las piernas entreabiertas dejando entre ver un poco su concha semi rasurada, el cuerpo todavía húmedo del baño. La luz de la tarde entraba por la ventana semi abierta y le dibujaba brillos en la piel. Cuando él se detuvo al borde del colchón, ella se incorporó apenas sobre los codos y lo miró arriba abajo, sin pudor.
"Vení" —repitió, más bajo.
Él se sacó la remera de un tirón y la dejó caer al piso. El pantalón y el bóxer ya estaban en algún lugar cerca de la silla. Se subió a la cama de rodillas. Florencia lo agarró de las muñecas y lo tiró encima de ella. El peso de él la hundió un poco en el colchón. Ella abrió las piernas y lo acomodó entre ellas, la pija de Nicolás rozándole el vientre.
"Hace rato que te estoy mirando" —susurró contra su boca—. "Desde el año pasado."
Nicolás se quedó quieto un segundo. Ella no esperó respuesta. Lo besó otra vez, más profundo, y le pasó las manos por la espalda hasta agarrarle el culo. Lo apretó contra su cuerpo. Él sintió el calor de ella, la humedad que ya le mojaba el muslo.
"Florr..."
"Shhh." —Le mordió el labio—. "No digas boludeces ahora."
Le pasó una mano los dos cuerpos y lo agarró. Lo guió hasta la entrada. Se frotó un momento, despacio, dejando que la cabeza de la pija se emparara. Nicolás cerró los ojos y apoyo la frente en el hombro de ella. El olor a jabón todavía estaba en su cuello.
"Metela" —Ordenó ella, casi sin voz.
Él empujó. Entró de a poco. Florencia soltó un gemido corto y se arqueó. Las uñas se le clavaron en la espalda de Nicolás. Él siguió, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente adentro. El calor lo apretó por todos lados. Se quedó quieto, respirando contra su cuello.
Florencia movió las caderas.
"Movete, Nico."
Empezó despacio. Entraba y salía con cuidado, todavía sin creer del todo que estuviera pasando. Ella lo agarró de la nuca y lo obligó a mirarla. Tenía los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Cada vez que él empujaba, ella soltaba un sonido bajo, casi un ronroneo.
"Más fuerte" —dijo.
Él obedeció. Agarró una de sus piernas y la subió hasta la cadera. El ángulo cambió. Florencia gritó bajito y le clavó los talones en la espalda. Nicolás aceleró. El sonido de piel contra piel llenó la pieza. La cama crujía. Él miraba cómo se le movían las tetas con cada embestida, los pezones todavía duros del agua fría de antes.
Florencia lo empujó de costado. Se acomodó encima de él, montándolo de un movimiento. Apoyó las manos en el pecho de Nicolás y empezó a subir y bajar. Despacio primero, después más rápido. El pelo castaño le caía sobre la cara. Él la agarró de la cintura y la ayudó, empujando hacia arriba cada vez que ella bajaba.
"Mirá cómo te meo" —dijo ella, sin vergüenza—. "Hace meses que me toco pensando en esto."
Nicolás sintió que se le subía la sangre a la cara. Ella se rió, un sonido corto y ronco, y se inclinó para besarlo mientras seguía moviéndose. La lengua de Florencia entró en su boca al mismo tiempo que él le metía la pija hasta el fondo. El ritmo se volvió más urgente.
Ella se enderezó otra vez y le agarró las muñecas, clavándolas contra el colchón a los costados de su cabeza. Siguió cabalgándolo, ahora más fuerte, más profundo. Cada vez que bajaba, el choque de las caderas sonaba húmedo. Nicolás levantó la cabeza y le chupó un pezón. Florencia soltó un gemido más largo y le apretó las muñecas.
"Así... así, cariño..."
Él no contestó. Solo la miró. Ella tenía las mejillas coloradas, la boca entreabierta, los ojos brillantes. Sudaba un poco. El pelo se le pegaba a la frente. Nicolás sintió que se le apretaba el estómago. Estaba cerca.
Florencia se dio cuenta. Aflojó las muñecas y se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en los muslos de él. El ángulo le permitió meterse más profundo. Empezó a frotarse el clítoris con dos dedos mientras seguía subiendo y bajando.
"Me voy a correr." —dijo él, la voz rota.
"Sí, hacelo"
No tardó. Dos, tres embestidas más y se corrió. El orgasmo le sacudió las piernas. Se quedó clavado dentro de ella, temblando, mientras seguía eyaculando. Florencia no se detuvo. Siguió moviéndose encima de él, más rápido, los dedos trabajando con más fuerza.
"Mirá..." —jadeó ella, la voz rota—. Te dije que te iba a mear...
Un segundo después se tensó toda. Se inclinó hacia adelante, se agarró de los hombros de Nicolás y soltó un gemido largo, agudo, casi un grito. Al mismo tiempo un chorro caliente y potente le salió de entre las piernas, mojándole el bajo vientre, los muslos y parte de la cama. El líquido le empapó la piel a Nicolás mientras ella seguía apretándolo por dentro, sacudiéndose encima de él, todavía corrida y chorreando.
Se quedó así un rato, respirando fuerte, el cuerpo todavía sacudido por las últimas contracciones. El chorro había dejado de salir, pero el colchón estaba empapado entre los dos. Después se dejó caer a un costado, medio encima de él. La pija de Nicolás salió con un sonido húmedo. Él sentía el semen mezclado con el líquido de ella corriendo por el muslo y empapándole la cadera.
Florencia apoyó la cabeza en su pecho. Todavía le temblaban un poco las manos.
"Hace un año que esperaba que se te cayera el vaso" —murmuró contra su piel—. "O algo. Cualquier cosa."
Nicolás pasó una mano por su espalda, todavía sin palabras. Ella levantó la vista y le sonrió de costado, esa sonrisa juguetona que él conocía de las mañanas en la cocina.
"No te me me vayas a poner raro ahora, ¿eh?"
Él negó con la cabeza. Todavía le costaba respirar normal. La voz le salió más baja de lo que quería.
"No... no estoy raro"
Florencia se estiró y le dio un beso corto en la boca. Se quedó mirándolo un segundo, como midiendo algo. Después se acomodó mejor contra él, una pierna encima de las suyas, y le pasó un dedo distraído por el pecho.
"Bien." —dijo sin más.
La luz de la tarde seguía entrando. Afuera se oía el ruido lejano de algún auto. Adentro, solo el sonido de las respiraciones que se iban calmando. Nicolás la miró un segundo más. El pelo revuelto, la marca roja que le había dejado en el cuello con la boca, el semen que todavía le brillaba entre las piernas. Ella le sostuvo la mirada.
"¿Querés cenar unas hamburguesas y ver una peli?" —preguntó, como sin nada.
Él soltó una risa corta, casi incrédula. La culpa le pesaba en el pecho al mismo tiempo que un alivio tonto le aflojaba los hombros. Se le mezclaban las dos cosas y no sabía cuál ganaba.
"Sí" —contestó, y la voz le tembló un poco—. "Después."
Florencia no se movió. Se quedó ahí, pegada a él, con la mejilla apoyada en su pecho. Nicolás sintió cómo el cuerpo de ella se iba aflojando de a poco. El calor de la siesta entraba por la ventana y le daba sueño. Ella le paso una mano por el costado, despacio, sin decir nada más.
Él miró el techo un rato. Después bajó la vista y le acomodó el pelo detrás de la oreja. Su tía cerró los ojos. Él también.
Mientras el sueño lo iba ganando, pensó en el cambio de su relación. Que ya no había vuelta atrás. Que la mujer que le abría la puerta todas las mañana y le preguntaba si había comido ahora tenía su semen entre las piernas y su marca en el cuello. Y sin embargo no sentía miedo. Solo una quietud rara, casi feliz. Como si por fin hubiera dejado de pelear contra algo que llevaba demasiado tiempo apretándole el pecho.
Cerró los ojos del todo. El brazo de Flor pesaba suave sobre su costado.
Sentía que se derretiría del calor, entonces fue a la cocina. Allí estaba su tía, comiendo pastelitos mientras leía algo en el celular. Él miró el reloj colgado sobre la puerta: marcaba las tres y cuarto de la tarde
"Con razón hace tanto calor." —pensó.
Abrió la heladera y sacó una jarra de agua fría y un par de hielos del freezer, luego de picarlos agarro un vasito de metal del gabinete y fue a buscar una bombilla en la gaveta.
"Flor ¿No viste la bombilla del tereré?"
"Aaah sí, la puse en el cajón de abajo" —Contestó la tía, como si recién lo recordara.
Terminó de preparar el vasito, agarró la jarra y se dio vuelta. Chocó con ella, que se estaba levantando de la mesa y le volcó agua sobre el pecho. Nicolás quedó mirando unos instantes cómo se le marcaban de a poco los pezones en su blusa, al darse cuenta dirigió la mirada al rostro de su tía rápidamente y la encontró sonrojada. Comenzó a disculparse mientras ella salió disparada a su pieza.
"Perdón, tía" —se disculpó, alargando las palabras.
"No pasa nada Nico, no te preocupes. De todas formas, me estaba por ir a bañar y poner a lavar ropa" —contestó ella detrás de la puerta.
"Lo siento tía, no me di cuenta de que estabas detrás de mí. Perdón"
"En serio Nico, no pasa nada. Puedes ir... a hacer lo que ibas a hacer" —contestó Flor tras una pausa.
Nicolás fue a su pieza, se acomodó en su escritorio y abrió su juego favorito en la computadora.
"Faa, recién llego y ya me mando una macanada. Ojalá no sea así todo el año..." —pensó con aire de preocupación.
Comenzó su partida y, en algún momento, escuchó que la ducha se encendió.
"Nunca la vi sonrojarse." —se repitió mentalmente mientras comenzaba a sonar el tema de combate de jefe. El problema no era que ella se hubiese ruborizado, sino que aquella situación —sus pezones marcados, el agua corriendo por su pecho— había abierto una grieta que llevaba más de un año intentando cerrar. Al principio descartó la idea como una confusión nacida de la convivencia cercana, pero pasaron los meses y esa emoción tomaba aún más fuerza.
La ducha seguía encendida. Nicolás bajó el volumen del juego sin darse cuenta. Pensó en Florencia moviéndose por la casa con ropa liviana, el pelo castaño recogido, la cintura breve antes de la curva de las caderas. Se le secó la boca.
"No"—se dijo —"No es solo eso."
Pensó que detrás del cuerpo estaba su tía: la que lo recibía con un abrazo, la que le preguntaba si había comido, la que le abría la puerta para que pudiera estudiar.
El vapor se colaba por debajo de la puerta del baño. Olía a jabón. Nicolás apretó el mouse.
Imaginó, otra vez, la tela mojada. La curva de una cadera contra el marco de la puerta. Esas caderas cabalgando sobre su regazo. Y enseguida sintió el golpe de siempre: si daba un paso, lo perdía todo.
"Concéntrate" —se regañó en voz baja. Se dio cuenta de que todo ese tiempo se había movido torpemente. El jefe cayó. La ducha se apagó. Nicolás se quedó mirando la pantalla, con la boca seca y la certeza de que la casa entera acababa de volverse más pequeña.
Cuando estaba despejando su mente, un golpeteo en su puerta lo hizo sobresaltar.
"Nico ¿Tenés algo que hacer después?" —preguntó Flor con un tono que sonó cariñoso.
Él se dio la vuelta, encontrándola envuelta en una toalla, le salía vapor de la piel, la piel enrojecida y el borde de la toalla dejaba ver la parte superior de sus pechos, dejando ver los pezones que hasta hacía un momento atrás intentaba olvidar.
Devolvió su mirada a la pantalla fugazmente.
"Sí ¿necesitas algo?" —titubeó.
"¿Me podés acompañar a comprar? Tengo que conseguir unas cosas en el super" —contestó ella, pausada.
"Sí, dale. Avisame cuando estés lista" —dijo Nicolás, y volvió a la pantalla, aunque ya no veía nada.
Flor no se fue.
Él la escuchó moverse detrás de él. El roce de la toalla contra la piel. Un paso. Otro. El vapor del baño todavía flotaba en el aire y se mezclaba con el olor a jabón.
"¿Qué haces?" —preguntó ella, y su voz sonó más cerca de lo que Nicolás esperaba.
"Nada. Eeh... estaba jugando. Me había trabado con un desafío." —contestó, torpe.
Las manos de Flor se posaron en sus hombros. Suaves. Sin apuro. Nicolás tensó la espalda sin querer.
"¿Te trabaste?" —dijo ella, casi como si no le importara la respuesta.
"Sí... un jefe. Ya lo pasé." —mintió.
Ella no contestó. Le recorrió los hombros con las palmas, despacio, como si estuviera midiendo el gesto. Nicolás sintió que la respiración se le cortaba. Quiso girarse, pero no lo hizo. Quiso decir algo, pero no se le ocurrió nada.
Flor se arrimó más. El cuerpo de ella quedó contra su nuca, húmedo y tibio. Nicolás cerró los ojos un segundo. “Es por el accidente”, pensó. “Está jugando. No es lo que parece.” Pero el calor de ella le erizó la piel y, sin poder evitarlo, empezó a tener una erección.
Rezó en su mente para que no lo notara. Apretó el mouse. Miró la pantalla sin ver.
"¿Qué haces?" —repitió ella, esta vez con un tono más bajo, casi un susurro.
"Nada" —dijo él, y la voz le salió más aguda de lo que quería.
Flor no se apartó. Le apoyó su mentón en el hombro, como si estuviera mirando la pantalla con él. Nicolás sintió su respiración en la mejilla. Después, un sonido bajo, un ronroneo apenas audible, como si se estuviera riendo para adentro.
"¿Te gustan mis caricias?" —preguntó ella, y la mano derecha se le deslizó por el brazo, por el costado, hasta detenerse en el borde de la silla, muy cerca de su entrepierna.
Nicolás se quedó sin aire.
"Flor..." —empezó, pero no supo cómo seguir.
Ella no esperó. Le apoyó la mano sobre el pantalón, despacio, y repitió la pregunta con la boca casi pegada a su oído.
"¿Te gustan?"
Nicolás no contestó.
La mano de Flor seguía sobre el pantalón, quieta, esperando. Él la miró de reojo: la toalla, una teta casi al descubierto, la piel todavía húmeda. Ella lo miraba a él, y en su cara había algo que Nicolás no supo leer.
"Flor..." —dijo otra vez, y esta vez ella se inclinó.
El beso lo tomó desprevenido. Fue lento al principio, casi una pregunta, y Nicolás se quedó quieto un segundo, con las manos en el aire, sin saber dónde ponerlas. Después ella le mordió el labio inferior y él cedió. Le puso una mano sobre su nuca y la subió hasta enredarlo en el pelo.
Flor se separó apenas.
"¿Estás segura?" —preguntó él, y la voz le salió ronca.
Ella no contestó con palabras. Le volvió a besar, más hondo, y le guio la mano hacia su propio pecho. Nicolás sintió el peso, la textura, el pezón endurecido contra la palma. Apretó sin pensar y ella hizo un sonido bajo contra su boca.
La mano de Flor volvió a bajar. Esta vez no se detuvo en el borde de la silla: le desabrochó el pantalón con dedos rápidos y le metió la mano por dentro de la ropa interior. Nicolás se quedó sin aliento. Ella lo tomó con la palma, sin apuro, y él sintió que le temblaban las piernas.
"Flor..." —repitió, y ya no era una pregunta.
Ella giró la silla y se arrodilló.
Nicolás la miró desde arriba, la toalla abierta en el piso, el pelo castaño cayéndole sobre la cara. Quiso decir algo, quiso frenar, quiso preguntar si esto estaba bien. Pero ella le bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón y le pasó la lengua por la punta, y cualquier pensamiento se le deshizo.
"Dios..." —susurró él, y se agarró del apoyabrazos.
Flor lo metió en su boca despacio, sin apuro, y Nicolás cerró los ojos. El calor, la humedad, la forma en que ella subía y bajaba con la lengua. Se le escapó un gemido y se mordió el labio para callarlo.
La casa estaba en silencio; solo se oía el zumbido de la computadora y el sonido húmedo de la boca de ella.
Abrió los ojos un segundo. La vio ahí, arrodillada entre sus piernas, una apoyada en su muslo y la otra en la base de su pija. Le pareció que lo miraba de reojo, como si estuviera comprobando algo. Nicolás apartó la vista. "Esto no está pasando", pensó. "Debe ser un sueño."
Pero estaba pasando, era real.
Ella se detuvo, se limpió la boca con el dorso de la mano y se levantó. Caminó con sensualidad mientras dejaba caer la toalla, revelando poco a poco la curva de la cadera, como un secreto bien guardado.
Ella se dejo caer sobre la cama e hizo un gesto con el dedo, como diciendo "Vení".
Nicolás la siguió. Le temblaban un poco las piernas.
Florencia ya estaba recostada sobre la cama, las piernas entreabiertas dejando entre ver un poco su concha semi rasurada, el cuerpo todavía húmedo del baño. La luz de la tarde entraba por la ventana semi abierta y le dibujaba brillos en la piel. Cuando él se detuvo al borde del colchón, ella se incorporó apenas sobre los codos y lo miró arriba abajo, sin pudor.
"Vení" —repitió, más bajo.
Él se sacó la remera de un tirón y la dejó caer al piso. El pantalón y el bóxer ya estaban en algún lugar cerca de la silla. Se subió a la cama de rodillas. Florencia lo agarró de las muñecas y lo tiró encima de ella. El peso de él la hundió un poco en el colchón. Ella abrió las piernas y lo acomodó entre ellas, la pija de Nicolás rozándole el vientre.
"Hace rato que te estoy mirando" —susurró contra su boca—. "Desde el año pasado."
Nicolás se quedó quieto un segundo. Ella no esperó respuesta. Lo besó otra vez, más profundo, y le pasó las manos por la espalda hasta agarrarle el culo. Lo apretó contra su cuerpo. Él sintió el calor de ella, la humedad que ya le mojaba el muslo.
"Florr..."
"Shhh." —Le mordió el labio—. "No digas boludeces ahora."
Le pasó una mano los dos cuerpos y lo agarró. Lo guió hasta la entrada. Se frotó un momento, despacio, dejando que la cabeza de la pija se emparara. Nicolás cerró los ojos y apoyo la frente en el hombro de ella. El olor a jabón todavía estaba en su cuello.
"Metela" —Ordenó ella, casi sin voz.
Él empujó. Entró de a poco. Florencia soltó un gemido corto y se arqueó. Las uñas se le clavaron en la espalda de Nicolás. Él siguió, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente adentro. El calor lo apretó por todos lados. Se quedó quieto, respirando contra su cuello.
Florencia movió las caderas.
"Movete, Nico."
Empezó despacio. Entraba y salía con cuidado, todavía sin creer del todo que estuviera pasando. Ella lo agarró de la nuca y lo obligó a mirarla. Tenía los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Cada vez que él empujaba, ella soltaba un sonido bajo, casi un ronroneo.
"Más fuerte" —dijo.
Él obedeció. Agarró una de sus piernas y la subió hasta la cadera. El ángulo cambió. Florencia gritó bajito y le clavó los talones en la espalda. Nicolás aceleró. El sonido de piel contra piel llenó la pieza. La cama crujía. Él miraba cómo se le movían las tetas con cada embestida, los pezones todavía duros del agua fría de antes.
Florencia lo empujó de costado. Se acomodó encima de él, montándolo de un movimiento. Apoyó las manos en el pecho de Nicolás y empezó a subir y bajar. Despacio primero, después más rápido. El pelo castaño le caía sobre la cara. Él la agarró de la cintura y la ayudó, empujando hacia arriba cada vez que ella bajaba.
"Mirá cómo te meo" —dijo ella, sin vergüenza—. "Hace meses que me toco pensando en esto."
Nicolás sintió que se le subía la sangre a la cara. Ella se rió, un sonido corto y ronco, y se inclinó para besarlo mientras seguía moviéndose. La lengua de Florencia entró en su boca al mismo tiempo que él le metía la pija hasta el fondo. El ritmo se volvió más urgente.
Ella se enderezó otra vez y le agarró las muñecas, clavándolas contra el colchón a los costados de su cabeza. Siguió cabalgándolo, ahora más fuerte, más profundo. Cada vez que bajaba, el choque de las caderas sonaba húmedo. Nicolás levantó la cabeza y le chupó un pezón. Florencia soltó un gemido más largo y le apretó las muñecas.
"Así... así, cariño..."
Él no contestó. Solo la miró. Ella tenía las mejillas coloradas, la boca entreabierta, los ojos brillantes. Sudaba un poco. El pelo se le pegaba a la frente. Nicolás sintió que se le apretaba el estómago. Estaba cerca.
Florencia se dio cuenta. Aflojó las muñecas y se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en los muslos de él. El ángulo le permitió meterse más profundo. Empezó a frotarse el clítoris con dos dedos mientras seguía subiendo y bajando.
"Me voy a correr." —dijo él, la voz rota.
"Sí, hacelo"
No tardó. Dos, tres embestidas más y se corrió. El orgasmo le sacudió las piernas. Se quedó clavado dentro de ella, temblando, mientras seguía eyaculando. Florencia no se detuvo. Siguió moviéndose encima de él, más rápido, los dedos trabajando con más fuerza.
"Mirá..." —jadeó ella, la voz rota—. Te dije que te iba a mear...
Un segundo después se tensó toda. Se inclinó hacia adelante, se agarró de los hombros de Nicolás y soltó un gemido largo, agudo, casi un grito. Al mismo tiempo un chorro caliente y potente le salió de entre las piernas, mojándole el bajo vientre, los muslos y parte de la cama. El líquido le empapó la piel a Nicolás mientras ella seguía apretándolo por dentro, sacudiéndose encima de él, todavía corrida y chorreando.
Se quedó así un rato, respirando fuerte, el cuerpo todavía sacudido por las últimas contracciones. El chorro había dejado de salir, pero el colchón estaba empapado entre los dos. Después se dejó caer a un costado, medio encima de él. La pija de Nicolás salió con un sonido húmedo. Él sentía el semen mezclado con el líquido de ella corriendo por el muslo y empapándole la cadera.
Florencia apoyó la cabeza en su pecho. Todavía le temblaban un poco las manos.
"Hace un año que esperaba que se te cayera el vaso" —murmuró contra su piel—. "O algo. Cualquier cosa."
Nicolás pasó una mano por su espalda, todavía sin palabras. Ella levantó la vista y le sonrió de costado, esa sonrisa juguetona que él conocía de las mañanas en la cocina.
"No te me me vayas a poner raro ahora, ¿eh?"
Él negó con la cabeza. Todavía le costaba respirar normal. La voz le salió más baja de lo que quería.
"No... no estoy raro"
Florencia se estiró y le dio un beso corto en la boca. Se quedó mirándolo un segundo, como midiendo algo. Después se acomodó mejor contra él, una pierna encima de las suyas, y le pasó un dedo distraído por el pecho.
"Bien." —dijo sin más.
La luz de la tarde seguía entrando. Afuera se oía el ruido lejano de algún auto. Adentro, solo el sonido de las respiraciones que se iban calmando. Nicolás la miró un segundo más. El pelo revuelto, la marca roja que le había dejado en el cuello con la boca, el semen que todavía le brillaba entre las piernas. Ella le sostuvo la mirada.
"¿Querés cenar unas hamburguesas y ver una peli?" —preguntó, como sin nada.
Él soltó una risa corta, casi incrédula. La culpa le pesaba en el pecho al mismo tiempo que un alivio tonto le aflojaba los hombros. Se le mezclaban las dos cosas y no sabía cuál ganaba.
"Sí" —contestó, y la voz le tembló un poco—. "Después."
Florencia no se movió. Se quedó ahí, pegada a él, con la mejilla apoyada en su pecho. Nicolás sintió cómo el cuerpo de ella se iba aflojando de a poco. El calor de la siesta entraba por la ventana y le daba sueño. Ella le paso una mano por el costado, despacio, sin decir nada más.
Él miró el techo un rato. Después bajó la vista y le acomodó el pelo detrás de la oreja. Su tía cerró los ojos. Él también.
Mientras el sueño lo iba ganando, pensó en el cambio de su relación. Que ya no había vuelta atrás. Que la mujer que le abría la puerta todas las mañana y le preguntaba si había comido ahora tenía su semen entre las piernas y su marca en el cuello. Y sin embargo no sentía miedo. Solo una quietud rara, casi feliz. Como si por fin hubiera dejado de pelear contra algo que llevaba demasiado tiempo apretándole el pecho.
Cerró los ojos del todo. El brazo de Flor pesaba suave sobre su costado.
2 comentarios - Vivo con mi tía y mojarle la blusa lo cambió todo