Literalmente me había cogido a las tresmujeres de mi familia. Ya no era
una fantasía. De verdad había pasado. Pero eso no significaba que las
tres estaban a mi disposición, para saciar mis deseos incestuosos cuando
quisiera, más bien todo lo contrario. Para poseer de nuevo a mamá debía
esperar a que se dieran las condiciones, para así poder tener sexo con
ella sin que se vea obligada a enfrentar la realidad. Con tía Mariana
era diferente. Me había dejado quitarme las ganas, sí, pero había sido
algo del momento. Como cuando, en una fiesta, una mina medio borracha se
termina entregando a un tipo con el que normalmente nunca cogería. Y
Luana… Ella había sido muy clara: solo cogería conmigo cuando le diera
la gana. Además, ella estaba con tía Mariana, así que no es que me
necesitaran mucho, como sí era el caso de mamá.
Así que pasaron unos días de cuarentenaestricta. Afuera todo seguía
inmóvil. Como los casos se multiplicaban, y las muertes eran numerosas,
la gente era mucho más temerosa de este COVID que el del 2020.
Se notaba que Luana estaba juguetona conmigo.Siempre pasando a mi lado
con poca ropa, mirándome de reojo a ver si se me iban los ojos hacia
ella. Y claro que se me iban. Tenía grabado en mi memoria cómo me la
había cogido en el baño.
Tía Mariana, por su parte, actuaba con totalnaturalidad. No hacía
ningún esfuerzo por llamar mi atención, ni tampoco se molestaba en
ignorarme para no generarme falsas expectativas. Simplemente actuaba
como si nada hubiera pasado, o como si nuestro polvo en el baño de la
planta baja no hubiera sido más que un trámite.
Por otra parte, mamá empezaba a cambiar dehumor de nuevo. El encierro y
la abstinencia la ponían un poco insoportable. Pero para mí mejor. Cada
tanto aprovechaba para hacerle unos masajes en los hombros, para
acariciarla tiernamente al verla malhumorada. Sabía que, por el momento,
tenía que seguir el juego, actuar como que no había pasado nada entre
nosotros. Pero a veces me costaba.
Una tarde, cuando ya había pasado casi unasemana desde la fiesta de
disfraces, mamá me pidió que la ayudara a ordenar el cuarto del patio
del fondo, que estaba lleno de cajas con cosas que no usábamos.
Accedí sin pensarlo dos veces. Por dentro yasentía esa excitación
familiar que me recorría cada vez que estaba a solas con ella. Fuimos
juntos al patio, cruzando la casa en silencio. Mamá iba adelante, y no
pude evitar fijarme en su vestimenta: una calza gris que le marcaba el
culo como si la tela estuviera pintada sobre su piel, y una musculosa
blanca fina, de esas que se pegan al cuerpo con el calor y dejan
adivinar los contornos de sus tetas grandes y firmes. El pelo rubio lo
llevaba recogido en una cola desprolija, con algunos mechones sueltos
que le caían por la nuca. Caminaba con ese balanceo natural de caderas
que me volvía loco, y yo iba detrás, tratando de disimular la forma en
que mis ojos se clavaban en su trasero, imaginando cómo sería volver a
hundirme en ella como esa noche loca.

—Le pedí a Luana que ordenara esto —comentómamá, al pasar por las
reposeras de la pileta.
La verdad era que había una que simplementeestaba torcida en relación a
las otras. Pero mamá estaba muy irritable. Eso me daba miedo, aunque
también me daba esperanzas. Mientras más irritable se pusiera, era
porque más falta le hacía una pija, y el único en la casa con una pija
era yo.
Entramos al cuarto, un espacio chico ypolvoriento lleno de cajas
apiladas contra las paredes, con ese olor a guardado viejo que se mezcla
con el calor sofocante de la cuarentena. Empezamos a ordenar un poco:
ella sacaba cosas de una caja baja, clasificando trastos inútiles como
adornos rotos o ropa vieja, y yo le pasaba otras desde el piso.
—Esto ni me acuerdo para qué lo guardamos—comentó, mostrándome una
enciclopedia vieja.
—Capaz que valga algo de plata —aventuré—.Hoy se investiga todo por
internet, pero puede ser algo coleccionable, o al menos difícil de
encontrar.
—Bueno, después fíjate en Mercadolibre si sevende algo parecido, y
cuánto está. Aunque igual ahora no haría un envío ni loca. Debe ser muy
complicado con esta pandemia de mierda.
La pobre estaba muy estresada por elencierro. No podía negar que eso me
daba pena, pero tampoco podía evitar pensar en que, mientras más
abatida, mejor para mí.
—Ajam —respondí.
No podía dejar de mirarla, robándole vistazosa sus tetas que se movían
libres bajo la musculosa cada vez que se agachaba o estiraba, o a la
forma en que la calza se hundía entre sus nalgas, marcando esa raya
profunda que me hacía salivar. Cada movimiento suyo era una tortura: el
sudor le perlaba la piel, haciendo que la tela se pegara más, y yo
sentía mi pija empezando a despertar, presionando contra el pantalón.
En un momento, mamá vio una caja en lo altode una pila inestable, llena
de libros viejos o algo por el estilo. Se estiró para acomodarla,
parándose en puntas de pie, con los brazos en alto. Su cuerpo se tensó
entero, el culo se le levantó un poco más. Pero la caja tambaleó, a
punto de caerse. Sin pensarlo, me puse detrás de ella para ayudarla,
estirando las manos hacia arriba para agarrarla y estabilizarla. Mi
pelvis se apoyó contra su culo en ese instante, sintiendo la calidez y
la firmeza de esas nalgas perfectas contra mi entrepierna. Fue
involuntario al principio, pero el roce me encendió como un fósforo: mi
verga, ya medio dura, se presionó contra su hermoso orto. A todas luces
era un contacto obsceno. Por más que lo hubiera hecho sin querer,
tendría que apartarme inmediatamente. Pero sus nalgas se sentían tan
bien, que no pude hacerlo, ni ella tampoco hizo nada para apartarme.
Solo se quedó en esa posición, por unos segundos eternos, mientras
sentía en sus glúteos cómo mi pija se terminaba de endurecer.
Encima, como soy petiso, no alcancé del todobien; mis dedos rozaron la
caja, pero no pude sujetarla a tiempo. Se terminó cayendo con un
estruendo sordo, esparciendo su contenido por el piso polvoriento.
—La puta madre —dijo mamá.
Ahí sí, se separó de mí y se inclinó paraagarrar las cosas, agachándose
con las piernas algo separadas para mantener el equilibrio. Su culo
quedó expuesto frente a mí, redondo y macizo bajo la calza, invitándome
como un imán.
No pude resistirme: estiré la mano y empecé aacariciarle el culo con
las yemas de los dedos, de una manera apenas perceptible, como si fuera
un roce accidental, o al menos eso fue al principio.
Luego, cuando vi que ella ni se inmutaba anteese contacto prohibido,
deslicé los dedos por una nalga, dibujando su sinuosa forma, sintiendo
la perfecta textura de su trasero.
Ella parecía no notar nada, o al menos nodijo nada; siguió recogiendo
los libros del piso, murmurando algo sobre el desorden. Eso me
envalentonó, y continué un rato así, trazando círculos leves, subiendo y
bajando por la raya que dividía sus nalgas, sintiendo cómo mi verga se
endurecía por completo, palpitando contra el pantalón, lista para
estallar si seguía así.
El corazón me latía fuerte, y por dentro mepreguntaba si fingía o si de
verdad no se daba cuenta, pero el deseo me nublaba todo, convirtiendo
ese momento en una tortura deliciosa.
Cuando terminamos de ordenar, ambos bastantesudados, nos dispusimos a
salir del cuarto. No pude evitar preguntarme qué significaba eso que
acababa de pasar. Mamá se dejaba manosear abiertamente. Al final, le
había metido mano tan intensamente, que ya era muy difícil imaginar que
no sentía mis dedos en su culo. ¿Significaba que podía hacerlo cuando
quisiera? Su actitud de fingir que no pasaba nada coincidía con lo que
venía sospechando desde que le hice ese sensual masaje en su cuarto.
Ella podía acceder, siempre y cuando yo respetara esa regla implícita
que decía que tenía que aceptar que ella actuaría como si no recordara
lo que había pasado.
Eso me dio muchos ánimos. Había tocado elcielo con las manos al haberme
cogido a las tres, pero ahora el que estaba en abstinencia era yo, y
anhelaba volver a estar con una de ellas. Sobre todo con mamá,
obviamente.
De repente, justo cuando estábamos saliendodel cuarto, mamá se detuvo
un segundo, como si algo la mareara, y me apoyó la mano en el hombro
para estabilizarse. Su toque fue cálido, pegajoso por el sudor, pero en
ese instante me di cuenta de que estaba pálida, con el rostro
desencajado, los labios entreabiertos y los ojos vidriosos. Justo cuando
vi que se le doblaban las rodillas y se iba a desmayar, la abracé por la
cintura para mantenerla de pie, atrayéndola contra mí con fuerza
instintiva.

Me preocupé de verdad, el corazón me dio unvuelco pensando en que algo
malo le pasaba —el encierro, el calor, la cuarentena interminable—, pero
al mismo tiempo no pude evitar sentir cómo sus senos se rozaban contra
mi pecho, esos senos grandes y suaves que se aplastaban contra mi remera
mojada, enviándome una descarga eléctrica directo a la pija.
Era imposible ignorarlo: su cuerpo pegado almío, cálido y vulnerable,
me hacía hervir la sangre. Sin pensarlo mucho, bajé un poco la mano
hacia su culo, fingiendo que era para sujetarla mejor, pero en realidad
solo quería sentir esa carne firme bajo la calza, apretarla apenas,
mientras con la otra mano agarraba un cartón viejo y lo usaba para
hacerle viento como un abanico improvisado, agitando el aire estancado
para refrescarle la cara.
Ella parpadeó un par de veces, espabilándoseun poco, y murmuró algo
como "Estoy bien, solo un mareo...", pero su voz salió débil,
entrecortada.
La ayudé a caminar hacia su cuarto,sosteniéndola por la cintura todo el
camino. Mientras cruzábamos el patio y entrábamos a la casa, me pregunté
dónde carajos estaban Luana y tía Mariana para ayudarme con esto, pero
enseguida me vino la respuesta obvia: debían estar cogiendo en algún
rincón de la casa, perdidas en su propio mundo lésbico, gimiendo y
tocándose sin importarle nada más. Eso me generó una punzada de celos,
aunque también me gustaba la idea de que estuvieran ocupadas justo en
ese momento.
Mientras caminábamos, aproveché paramanosearla de vez en cuando,
deslizando la mano un poco más abajo, rozándole el culo o la cadera con
disimulo, y a veces no tan disimuladamente.
Finalmente, la ayudé a entrar a su cuarto yencendí el aire
acondicionado. Ella se tumbó en la cama así toda transpirada, cayendo de
espaldas con las piernas ligeramente abiertas en una pose involuntaria
pero jodidamente sexi: la musculosa se le pegaba al cuerpo, marcando los
pezones duros por el sudor, y la calza se hundía entre sus muslos,
delineando esa concha que yo ya conocía de memoria. Se veía como una
diosa exhausta, lista para ser devorada, y yo tuve que tragarme el
impulso de tirarme encima suyo ahí mismo.
—Voy a buscar algo para levantarte la presión—le dije, tratando de
sonar preocupado y no como el degenerado que era, mientras salía del
cuarto con la mente hecha un torbellino.
Cuando volví al cuarto con un vaso de aguaazucarada —lo primero que
encontré en la cocina para levantarle la presión, recordando que eso
ayudaba con los mareos—, me encontré con una escena que me dejó
congelado en el umbral.
Mamá ya no estaba tumbada en la cama; sehabía levantado y estaba parada
de espaldas a la puerta, sin la musculosa ni la calza, solo cubierta por
una tanga negra diminuta que apenas tapaba lo esencial. Su piel brillaba
por el sudor, con gotitas resbalando por su espalda curvada y sus nalgas
firmes, expuestas casi por completo. El pelo rubio se le pegaba a la
nuca, y se movía con lentitud, como si aún no estuviera del todo
recuperada, doblando la ropa que se acababa de quitar y dejándola sobre
una silla.
—No pienso dormir así de sudada —dijo con vozdébil pero decidida,
girándose un poco hacia mí sin cubrirse, como si en ese momento de
vulnerabilidad no le importara que la viera semidesnuda.
Sus tetas grandes y perfectas quedaron a lavista, con los pezones
rosados endurecidos por el fresco del aire acondicionado, balanceándose
ligeramente con cada respiración entrecortada.
Me quedé mirándola, la boca seca, la pijapalpitando de nuevo en el
pantalón.
—Está bien, mami, pero tené cuidado.
Como vi que tambaleaba un poco, aún pálida ycon los ojos vidriosos, me
acerqué rápido y volví a agarrarla de la cintura para sostenerla. Esta
vez, al atraerla contra mí, mis manos rozaron sus senos desnudos
accidentalmente, sintiendo la suavidad cálida de esa carne prohibida,
los pezones duros rozando mi antebrazo mientras la estabilizaba. Fue un
toque fugaz pero eléctrico, que me hizo tragar saliva y endurecerme más.
—Tomá esto, para la presión —le dije,ofreciéndole el vaso con la mano
libre, mi voz saliendo más ronca de lo normal. Ella lo tomó con manos
temblorosas, bebió un sorbo largo, y murmuró un "Gracias, hijo" quesonó
demasiado íntimo en ese cuarto fresco y silencioso.
Como aún no parecía estable del todo, laacompañé al baño, sosteniéndola
por la cintura todo el camino. El hecho de tener a mi escultural madre
media desnuda en mis brazos era más que suficiente para que mi calentura
se sintiera ya insoportable.
El baño era amplio, con una bañera profunda,y mamá se soltó de mí para
abrir el agua caliente, dejando que el chorro llenara la tina con un
ruido reconfortante.
Sacó un frasco de jabón de espuma del estante—uno de esos con olor a
lavanda que usaba para relajarse— y vertió una buena cantidad, haciendo
que el agua se cubriera rápido de burbujas blancas y espesas, perfumando
el aire con un aroma dulce y calmante.
Luego, sin decir nada, se metió en la bañeradespacio, hundiéndose en el
agua humeante con un suspiro de alivio. La espuma la tapaba por completo
desde el cuello para abajo, ocultando su cuerpo desnudo, y solo
entonces, bajo esa cobertura espesa, vi cómo su mano emergía un segundo
para sacar la tanga mojada y tirarla al piso con un plaf suave. Se
acomodó mejor, reclinando la cabeza contra el borde, cerrando los ojos
mientras el agua la envolvía, relajando sus músculos tensos. Su rostro
se suavizó, los labios entreabiertos en una expresión de paz, pero para
mí era una imagen jodidamente erótica.

Recordé la ducha con mi hermana y el polvocon tía Mariana. Los baños de
la casa se estaban convirtiendo en un lugar especial de nuestro hogar.
Me pregunté si para mamá sería normal queestuviera ahí si se encontraba
en un estado normal. Pero no lo estaba, claro. Tenía que ayudarla a
entrar al baño. Eso haría cualquier hijo. Sin embargo, ahora ya no tenía
nada que hacer, ¿no? No me quedaba otra que volver sobre mis pasos, y
eso me desilusionaba.
De repente, se me ocurrió una idea.
—Voy a quedarme mientras te bañás —dije. Novaya a ser cosa que te
desmayes y te ahogás.
Ella solo sonrió. Tenía la cabeza apoyada enel borde de la bañera.
Parecía muy cómoda. Cerró los ojos. Agarró un jabón y se lo pasó
lentamente por el brazo. No parecía muy preocupada por sacarse la
transpiración realmente. Solo quería relajarse.
Luego, sumergió el jabón entre sus piernas,aparentemente entre los
muslos —eso supuse, porque la espuma espesa ocultaba todo lo que pasaba
bajo la superficie del agua, formando una barrera blanca y burbujeante
que solo dejaba ver su rostro relajado y sus hombros desnudos—.
Movió la mano con lentitud, como si estuvieralavándose de manera
casual, pero algo en el movimiento sutil de su brazo me hizo imaginar
que el jabón se deslizaba más adentro, rozando zonas más íntimas.
De repente, su expresión cambió ligeramente:frunció el ceño.
—La puta madre —soltó en voz baja.
Comprendí que había perdido el jabón.
Estuvo un rato buscándolo, removiendo el aguacon la mano bajo la
espuma, salpicando un poco el borde de la bañera. Sus tetas emergían
apenas por momentos, los pezones rosados asomando como islas en un mar
de burbujas, pero enseguida volvían a ocultarse. Yo la observaba
hipnotizado, sentado en el borde de la bañera, sin poder terminar de
creer que estaba en esa situación.
—Te ayudo, mami —le dije al fin.
Ella no respondió, solo asintió levemente conlos ojos cerrados, como si
estuviera en un trance, dándome permiso implícito sin tener que admitir
nada.
Sumergí la mano en el agua caliente, directoentre sus muslos abiertos,
sintiendo el calor del líquido envolviéndome los dedos. Al primer roce
con su piel suave y resbaladiza, ella se estremeció: un temblor sutil
que recorrió su cuerpo, haciendo que sus labios se entreabrieran en un
suspiro ahogado.
Fingí que buscaba el jabón, moviendo losdedos en círculos amplios por
el interior de sus muslos, rozando la carne tersa y cálida, subiendo y
bajando con deliberada lentitud. Cada caricia era como una descarga
eléctrica para mí; sentía la textura sedosa de su piel bajo el agua, y
cómo sus músculos se tensaban apenas, respondiendo a mi toque prohibido.
Ella gimió suavemente, un sonido bajo y gutural que escapó de su
garganta, como si no pudiera contenerlo, pero mantuvo los ojos cerrados,
supuse que fingiendo que no estaba del todo consciente, que esto era
solo un sueño o algo así.
No dejaba de mirarla mientras la tocaba. Eracomo en el cuarto del
fondo, ella actuaba como si nada pasara, y la bajada de presión que le
había dado hacia unos minutos era una buena excusa para fingir que no
estaba del todo consciente.
Finalmente encontré el jabón, pero lejos deapartarme, continué con ese
juego perverso, llevándolo a un nuevo nivel.
Sostuve el jabón y empecé a frotárselodirectamente en la concha,
presionando con suavidad pero también con firmeza. Deslicé el jabón por
su raja, sintiendo cómo se abría ligeramente bajo la presión, los
pliegues suaves y húmedos cediendo a mi movimiento. Lo moví en círculos
lentos alrededor de su clítoris, que ya estaba hinchado y sensible,
rozándolo con la esquina del jabón para enviarle oleadas de placer. El
agua chapoteaba suavemente con cada frotada.
Sus gemidos se hicieron más intensos:empezaron como suspiros
entrecortados, pero pronto se convirtieron en jadeos profundos, su pecho
subiendo y bajando con rapidez, haciendo que la espuma se agitara y
revelara fugaces vistazos de sus tetas temblorosas.
—Ah... —murmuró en voz baja, casi inaudible,pero suficiente para
envalentonarme.
Aumenté el ritmo, frotando el jabón de arribaabajo por su sexo,
presionando más fuerte en el clítoris, sintiendo cómo su concha se
contraía alrededor del borde resbaladizo, lubricada por el jabón y sus
propios jugos.
Mis dedos acompañaban el movimiento, rozandodirectamente su carne
caliente, introduciéndome apenas en la entrada de su vagina para frotar
las paredes internas, sintiendo el calor pulsante que me succionaba como
un imán.
Mamá arqueó la espalda ligeramente, su cabezaechada hacia atrás contra
el borde de la bañera, los labios mordidos para contener los gemidos que
ahora salían en ráfagas.
—Mmm... oh...
Su cuerpo se tensaba entero, los muslosapretándose alrededor de mi mano
como si quisiera atraparla allí para siempre, y yo seguía frotando con
precisión, alternando círculos rápidos en el clítoris con pasadas largas
por toda su raja, sintiendo cómo se hinchaba más, cómo el agua se
calentaba aún más con su calor corporal.
Y mientras le masajeaba la concha de esamanera que nunca hubiera
imaginado, no dejaba de verla. Sus ojos cerrados, en una expresión de
total relajación; sus labios abriéndose un poco para largar los gemidos,
y luego volviendo a cerrarse; su cuerpo temblando debajo del agua; sus
músculos tensándose, seguramente por la inminencia del orgasmo.
Era hermoso verla así, complacida por mimano. Últimamente solo pensaba
en mi propio placer, pero era maravilloso ver a una mujer gozando.
Finalmente, llegó el clímax: un temblorviolento la recorrió, sus
caderas se elevaron un poco bajo el agua, salpicando espuma por todas
partes, y soltó un gemido largo y ahogado, mientras su concha se
contraía en espasmos alrededor del jabón y mis dedos, liberando una
oleada de placer que la dejó jadeante y relajada.
Saqué la mano despacio, con el jabón en ella,y la miré: ojos aún
cerrados, rostro sonrojado, una sonrisa sutil en los labios como si
hubiera sido solo un sueño placentero. Entonces, me puse de pie. Bajé el
cierre de mi pantalón y liberé mi verga. Sabía que no podía cogérmela en
ese momento. Para hacerlo, debía esperar otro momento como el de la
fiesta. Así que empecé a pajearme, sin dejar de mirarla.
Mi mano envolvía el tronco grueso, subiendo ybajando con un ritmo lento
al principio, sintiendo cómo la piel se deslizaba sobre la carne dura,
hinchada por el deseo acumulado. Mamá seguía ahí, sumergida en la
bañera, con los ojos cerrados y el rostro relajado después del orgasmo
que le había provocado, la espuma cubriéndole el cuerpo como una manta
blanca y espesa, ocultando sus curvas pero no borrando de mi mente la
imagen de sus tetas perfectas o su concha caliente que acababa de
frotar.
El baño estaba cargado de vapor, el aroma alavanda mezclado con el olor
sutil de mi excitación, y yo me movía con discreción, apoyado contra la
pared, procurando no hacer ruido, aunque sabía que si abría los ojos me
vería.
Pero ella no lo hacía; fingía ese sueñoligero, ese estado de
semiinconsciencia que nos permitía mantener el pacto implícito. Mi pija
palpitaba en mi puño, el glande rojo y brillante emergiendo con cada
bajada, gotas de presemen lubricando el movimiento y haciendo que el
sonido fuera un chapoteo suave.
La miré fijamente: sus labios entreabiertos,el pecho subiendo y bajando
con respiraciones profundas, la espuma adherida a su cuello y hombros
como si fuera crema batida, invitándome a imaginarme descargando sobre
ella. Aceleré el ritmo, apretando más fuerte, recordando el tacto de su
concha bajo el agua, cómo se había contraído alrededor de mis dedos y el
jabón, sus gemidos ahogados que aún resonaban en mi cabeza.
Mi mano volaba ahora, el placerconstruyéndose en oleadas desde la base
de mi verga hasta la punta, listo para explotar.
No pude contenerme más: un gruñido bajoescapó de mi garganta mientras
mi cuerpo se tensaba, y eyaculé con fuerza, disparando chorros espesos y
blancos directo sobre la espuma que cubría su vientre y muslos
invisibles.
El semen cayó en arcos calientes, salpicandolas burbujas y
disolviéndose parcialmente en el agua, formando manchones lechosos que
flotaban como evidencia prohibida de mi lujuria. Jadeé, la mano aún
apretando la verga que palpitaba en sus últimos espasmos, mirando cómo
mi leche se mezclaba con la espuma, desapareciendo lentamente en el baño
humeante, mientras mamá seguía con los ojos cerrados, como si nada
hubiera pasado.
Me pregunté si se daría cuenta de lo quehabía hecho, pero me dije que
si lo hacía, seguramente fingiría que no sabía qué era ese líquido
blanco y denso que se había mezclado con el agua.
Al final, no había logrado cogérmela denuevo, pero al menos me sentía
satisfecho.
una fantasía. De verdad había pasado. Pero eso no significaba que las
tres estaban a mi disposición, para saciar mis deseos incestuosos cuando
quisiera, más bien todo lo contrario. Para poseer de nuevo a mamá debía
esperar a que se dieran las condiciones, para así poder tener sexo con
ella sin que se vea obligada a enfrentar la realidad. Con tía Mariana
era diferente. Me había dejado quitarme las ganas, sí, pero había sido
algo del momento. Como cuando, en una fiesta, una mina medio borracha se
termina entregando a un tipo con el que normalmente nunca cogería. Y
Luana… Ella había sido muy clara: solo cogería conmigo cuando le diera
la gana. Además, ella estaba con tía Mariana, así que no es que me
necesitaran mucho, como sí era el caso de mamá.
Así que pasaron unos días de cuarentenaestricta. Afuera todo seguía
inmóvil. Como los casos se multiplicaban, y las muertes eran numerosas,
la gente era mucho más temerosa de este COVID que el del 2020.
Se notaba que Luana estaba juguetona conmigo.Siempre pasando a mi lado
con poca ropa, mirándome de reojo a ver si se me iban los ojos hacia
ella. Y claro que se me iban. Tenía grabado en mi memoria cómo me la
había cogido en el baño.
Tía Mariana, por su parte, actuaba con totalnaturalidad. No hacía
ningún esfuerzo por llamar mi atención, ni tampoco se molestaba en
ignorarme para no generarme falsas expectativas. Simplemente actuaba
como si nada hubiera pasado, o como si nuestro polvo en el baño de la
planta baja no hubiera sido más que un trámite.
Por otra parte, mamá empezaba a cambiar dehumor de nuevo. El encierro y
la abstinencia la ponían un poco insoportable. Pero para mí mejor. Cada
tanto aprovechaba para hacerle unos masajes en los hombros, para
acariciarla tiernamente al verla malhumorada. Sabía que, por el momento,
tenía que seguir el juego, actuar como que no había pasado nada entre
nosotros. Pero a veces me costaba.
Una tarde, cuando ya había pasado casi unasemana desde la fiesta de
disfraces, mamá me pidió que la ayudara a ordenar el cuarto del patio
del fondo, que estaba lleno de cajas con cosas que no usábamos.
Accedí sin pensarlo dos veces. Por dentro yasentía esa excitación
familiar que me recorría cada vez que estaba a solas con ella. Fuimos
juntos al patio, cruzando la casa en silencio. Mamá iba adelante, y no
pude evitar fijarme en su vestimenta: una calza gris que le marcaba el
culo como si la tela estuviera pintada sobre su piel, y una musculosa
blanca fina, de esas que se pegan al cuerpo con el calor y dejan
adivinar los contornos de sus tetas grandes y firmes. El pelo rubio lo
llevaba recogido en una cola desprolija, con algunos mechones sueltos
que le caían por la nuca. Caminaba con ese balanceo natural de caderas
que me volvía loco, y yo iba detrás, tratando de disimular la forma en
que mis ojos se clavaban en su trasero, imaginando cómo sería volver a
hundirme en ella como esa noche loca.

—Le pedí a Luana que ordenara esto —comentómamá, al pasar por las
reposeras de la pileta.
La verdad era que había una que simplementeestaba torcida en relación a
las otras. Pero mamá estaba muy irritable. Eso me daba miedo, aunque
también me daba esperanzas. Mientras más irritable se pusiera, era
porque más falta le hacía una pija, y el único en la casa con una pija
era yo.
Entramos al cuarto, un espacio chico ypolvoriento lleno de cajas
apiladas contra las paredes, con ese olor a guardado viejo que se mezcla
con el calor sofocante de la cuarentena. Empezamos a ordenar un poco:
ella sacaba cosas de una caja baja, clasificando trastos inútiles como
adornos rotos o ropa vieja, y yo le pasaba otras desde el piso.
—Esto ni me acuerdo para qué lo guardamos—comentó, mostrándome una
enciclopedia vieja.
—Capaz que valga algo de plata —aventuré—.Hoy se investiga todo por
internet, pero puede ser algo coleccionable, o al menos difícil de
encontrar.
—Bueno, después fíjate en Mercadolibre si sevende algo parecido, y
cuánto está. Aunque igual ahora no haría un envío ni loca. Debe ser muy
complicado con esta pandemia de mierda.
La pobre estaba muy estresada por elencierro. No podía negar que eso me
daba pena, pero tampoco podía evitar pensar en que, mientras más
abatida, mejor para mí.
—Ajam —respondí.
No podía dejar de mirarla, robándole vistazosa sus tetas que se movían
libres bajo la musculosa cada vez que se agachaba o estiraba, o a la
forma en que la calza se hundía entre sus nalgas, marcando esa raya
profunda que me hacía salivar. Cada movimiento suyo era una tortura: el
sudor le perlaba la piel, haciendo que la tela se pegara más, y yo
sentía mi pija empezando a despertar, presionando contra el pantalón.
En un momento, mamá vio una caja en lo altode una pila inestable, llena
de libros viejos o algo por el estilo. Se estiró para acomodarla,
parándose en puntas de pie, con los brazos en alto. Su cuerpo se tensó
entero, el culo se le levantó un poco más. Pero la caja tambaleó, a
punto de caerse. Sin pensarlo, me puse detrás de ella para ayudarla,
estirando las manos hacia arriba para agarrarla y estabilizarla. Mi
pelvis se apoyó contra su culo en ese instante, sintiendo la calidez y
la firmeza de esas nalgas perfectas contra mi entrepierna. Fue
involuntario al principio, pero el roce me encendió como un fósforo: mi
verga, ya medio dura, se presionó contra su hermoso orto. A todas luces
era un contacto obsceno. Por más que lo hubiera hecho sin querer,
tendría que apartarme inmediatamente. Pero sus nalgas se sentían tan
bien, que no pude hacerlo, ni ella tampoco hizo nada para apartarme.
Solo se quedó en esa posición, por unos segundos eternos, mientras
sentía en sus glúteos cómo mi pija se terminaba de endurecer.
Encima, como soy petiso, no alcancé del todobien; mis dedos rozaron la
caja, pero no pude sujetarla a tiempo. Se terminó cayendo con un
estruendo sordo, esparciendo su contenido por el piso polvoriento.
—La puta madre —dijo mamá.
Ahí sí, se separó de mí y se inclinó paraagarrar las cosas, agachándose
con las piernas algo separadas para mantener el equilibrio. Su culo
quedó expuesto frente a mí, redondo y macizo bajo la calza, invitándome
como un imán.
No pude resistirme: estiré la mano y empecé aacariciarle el culo con
las yemas de los dedos, de una manera apenas perceptible, como si fuera
un roce accidental, o al menos eso fue al principio.
Luego, cuando vi que ella ni se inmutaba anteese contacto prohibido,
deslicé los dedos por una nalga, dibujando su sinuosa forma, sintiendo
la perfecta textura de su trasero.
Ella parecía no notar nada, o al menos nodijo nada; siguió recogiendo
los libros del piso, murmurando algo sobre el desorden. Eso me
envalentonó, y continué un rato así, trazando círculos leves, subiendo y
bajando por la raya que dividía sus nalgas, sintiendo cómo mi verga se
endurecía por completo, palpitando contra el pantalón, lista para
estallar si seguía así.
El corazón me latía fuerte, y por dentro mepreguntaba si fingía o si de
verdad no se daba cuenta, pero el deseo me nublaba todo, convirtiendo
ese momento en una tortura deliciosa.
Cuando terminamos de ordenar, ambos bastantesudados, nos dispusimos a
salir del cuarto. No pude evitar preguntarme qué significaba eso que
acababa de pasar. Mamá se dejaba manosear abiertamente. Al final, le
había metido mano tan intensamente, que ya era muy difícil imaginar que
no sentía mis dedos en su culo. ¿Significaba que podía hacerlo cuando
quisiera? Su actitud de fingir que no pasaba nada coincidía con lo que
venía sospechando desde que le hice ese sensual masaje en su cuarto.
Ella podía acceder, siempre y cuando yo respetara esa regla implícita
que decía que tenía que aceptar que ella actuaría como si no recordara
lo que había pasado.
Eso me dio muchos ánimos. Había tocado elcielo con las manos al haberme
cogido a las tres, pero ahora el que estaba en abstinencia era yo, y
anhelaba volver a estar con una de ellas. Sobre todo con mamá,
obviamente.
De repente, justo cuando estábamos saliendodel cuarto, mamá se detuvo
un segundo, como si algo la mareara, y me apoyó la mano en el hombro
para estabilizarse. Su toque fue cálido, pegajoso por el sudor, pero en
ese instante me di cuenta de que estaba pálida, con el rostro
desencajado, los labios entreabiertos y los ojos vidriosos. Justo cuando
vi que se le doblaban las rodillas y se iba a desmayar, la abracé por la
cintura para mantenerla de pie, atrayéndola contra mí con fuerza
instintiva.

Me preocupé de verdad, el corazón me dio unvuelco pensando en que algo
malo le pasaba —el encierro, el calor, la cuarentena interminable—, pero
al mismo tiempo no pude evitar sentir cómo sus senos se rozaban contra
mi pecho, esos senos grandes y suaves que se aplastaban contra mi remera
mojada, enviándome una descarga eléctrica directo a la pija.
Era imposible ignorarlo: su cuerpo pegado almío, cálido y vulnerable,
me hacía hervir la sangre. Sin pensarlo mucho, bajé un poco la mano
hacia su culo, fingiendo que era para sujetarla mejor, pero en realidad
solo quería sentir esa carne firme bajo la calza, apretarla apenas,
mientras con la otra mano agarraba un cartón viejo y lo usaba para
hacerle viento como un abanico improvisado, agitando el aire estancado
para refrescarle la cara.
Ella parpadeó un par de veces, espabilándoseun poco, y murmuró algo
como "Estoy bien, solo un mareo...", pero su voz salió débil,
entrecortada.
La ayudé a caminar hacia su cuarto,sosteniéndola por la cintura todo el
camino. Mientras cruzábamos el patio y entrábamos a la casa, me pregunté
dónde carajos estaban Luana y tía Mariana para ayudarme con esto, pero
enseguida me vino la respuesta obvia: debían estar cogiendo en algún
rincón de la casa, perdidas en su propio mundo lésbico, gimiendo y
tocándose sin importarle nada más. Eso me generó una punzada de celos,
aunque también me gustaba la idea de que estuvieran ocupadas justo en
ese momento.
Mientras caminábamos, aproveché paramanosearla de vez en cuando,
deslizando la mano un poco más abajo, rozándole el culo o la cadera con
disimulo, y a veces no tan disimuladamente.
Finalmente, la ayudé a entrar a su cuarto yencendí el aire
acondicionado. Ella se tumbó en la cama así toda transpirada, cayendo de
espaldas con las piernas ligeramente abiertas en una pose involuntaria
pero jodidamente sexi: la musculosa se le pegaba al cuerpo, marcando los
pezones duros por el sudor, y la calza se hundía entre sus muslos,
delineando esa concha que yo ya conocía de memoria. Se veía como una
diosa exhausta, lista para ser devorada, y yo tuve que tragarme el
impulso de tirarme encima suyo ahí mismo.
—Voy a buscar algo para levantarte la presión—le dije, tratando de
sonar preocupado y no como el degenerado que era, mientras salía del
cuarto con la mente hecha un torbellino.
Cuando volví al cuarto con un vaso de aguaazucarada —lo primero que
encontré en la cocina para levantarle la presión, recordando que eso
ayudaba con los mareos—, me encontré con una escena que me dejó
congelado en el umbral.
Mamá ya no estaba tumbada en la cama; sehabía levantado y estaba parada
de espaldas a la puerta, sin la musculosa ni la calza, solo cubierta por
una tanga negra diminuta que apenas tapaba lo esencial. Su piel brillaba
por el sudor, con gotitas resbalando por su espalda curvada y sus nalgas
firmes, expuestas casi por completo. El pelo rubio se le pegaba a la
nuca, y se movía con lentitud, como si aún no estuviera del todo
recuperada, doblando la ropa que se acababa de quitar y dejándola sobre
una silla.
—No pienso dormir así de sudada —dijo con vozdébil pero decidida,
girándose un poco hacia mí sin cubrirse, como si en ese momento de
vulnerabilidad no le importara que la viera semidesnuda.
Sus tetas grandes y perfectas quedaron a lavista, con los pezones
rosados endurecidos por el fresco del aire acondicionado, balanceándose
ligeramente con cada respiración entrecortada.
Me quedé mirándola, la boca seca, la pijapalpitando de nuevo en el
pantalón.
—Está bien, mami, pero tené cuidado.
Como vi que tambaleaba un poco, aún pálida ycon los ojos vidriosos, me
acerqué rápido y volví a agarrarla de la cintura para sostenerla. Esta
vez, al atraerla contra mí, mis manos rozaron sus senos desnudos
accidentalmente, sintiendo la suavidad cálida de esa carne prohibida,
los pezones duros rozando mi antebrazo mientras la estabilizaba. Fue un
toque fugaz pero eléctrico, que me hizo tragar saliva y endurecerme más.
—Tomá esto, para la presión —le dije,ofreciéndole el vaso con la mano
libre, mi voz saliendo más ronca de lo normal. Ella lo tomó con manos
temblorosas, bebió un sorbo largo, y murmuró un "Gracias, hijo" quesonó
demasiado íntimo en ese cuarto fresco y silencioso.
Como aún no parecía estable del todo, laacompañé al baño, sosteniéndola
por la cintura todo el camino. El hecho de tener a mi escultural madre
media desnuda en mis brazos era más que suficiente para que mi calentura
se sintiera ya insoportable.
El baño era amplio, con una bañera profunda,y mamá se soltó de mí para
abrir el agua caliente, dejando que el chorro llenara la tina con un
ruido reconfortante.
Sacó un frasco de jabón de espuma del estante—uno de esos con olor a
lavanda que usaba para relajarse— y vertió una buena cantidad, haciendo
que el agua se cubriera rápido de burbujas blancas y espesas, perfumando
el aire con un aroma dulce y calmante.
Luego, sin decir nada, se metió en la bañeradespacio, hundiéndose en el
agua humeante con un suspiro de alivio. La espuma la tapaba por completo
desde el cuello para abajo, ocultando su cuerpo desnudo, y solo
entonces, bajo esa cobertura espesa, vi cómo su mano emergía un segundo
para sacar la tanga mojada y tirarla al piso con un plaf suave. Se
acomodó mejor, reclinando la cabeza contra el borde, cerrando los ojos
mientras el agua la envolvía, relajando sus músculos tensos. Su rostro
se suavizó, los labios entreabiertos en una expresión de paz, pero para
mí era una imagen jodidamente erótica.

Recordé la ducha con mi hermana y el polvocon tía Mariana. Los baños de
la casa se estaban convirtiendo en un lugar especial de nuestro hogar.
Me pregunté si para mamá sería normal queestuviera ahí si se encontraba
en un estado normal. Pero no lo estaba, claro. Tenía que ayudarla a
entrar al baño. Eso haría cualquier hijo. Sin embargo, ahora ya no tenía
nada que hacer, ¿no? No me quedaba otra que volver sobre mis pasos, y
eso me desilusionaba.
De repente, se me ocurrió una idea.
—Voy a quedarme mientras te bañás —dije. Novaya a ser cosa que te
desmayes y te ahogás.
Ella solo sonrió. Tenía la cabeza apoyada enel borde de la bañera.
Parecía muy cómoda. Cerró los ojos. Agarró un jabón y se lo pasó
lentamente por el brazo. No parecía muy preocupada por sacarse la
transpiración realmente. Solo quería relajarse.
Luego, sumergió el jabón entre sus piernas,aparentemente entre los
muslos —eso supuse, porque la espuma espesa ocultaba todo lo que pasaba
bajo la superficie del agua, formando una barrera blanca y burbujeante
que solo dejaba ver su rostro relajado y sus hombros desnudos—.
Movió la mano con lentitud, como si estuvieralavándose de manera
casual, pero algo en el movimiento sutil de su brazo me hizo imaginar
que el jabón se deslizaba más adentro, rozando zonas más íntimas.
De repente, su expresión cambió ligeramente:frunció el ceño.
—La puta madre —soltó en voz baja.
Comprendí que había perdido el jabón.
Estuvo un rato buscándolo, removiendo el aguacon la mano bajo la
espuma, salpicando un poco el borde de la bañera. Sus tetas emergían
apenas por momentos, los pezones rosados asomando como islas en un mar
de burbujas, pero enseguida volvían a ocultarse. Yo la observaba
hipnotizado, sentado en el borde de la bañera, sin poder terminar de
creer que estaba en esa situación.
—Te ayudo, mami —le dije al fin.
Ella no respondió, solo asintió levemente conlos ojos cerrados, como si
estuviera en un trance, dándome permiso implícito sin tener que admitir
nada.
Sumergí la mano en el agua caliente, directoentre sus muslos abiertos,
sintiendo el calor del líquido envolviéndome los dedos. Al primer roce
con su piel suave y resbaladiza, ella se estremeció: un temblor sutil
que recorrió su cuerpo, haciendo que sus labios se entreabrieran en un
suspiro ahogado.
Fingí que buscaba el jabón, moviendo losdedos en círculos amplios por
el interior de sus muslos, rozando la carne tersa y cálida, subiendo y
bajando con deliberada lentitud. Cada caricia era como una descarga
eléctrica para mí; sentía la textura sedosa de su piel bajo el agua, y
cómo sus músculos se tensaban apenas, respondiendo a mi toque prohibido.
Ella gimió suavemente, un sonido bajo y gutural que escapó de su
garganta, como si no pudiera contenerlo, pero mantuvo los ojos cerrados,
supuse que fingiendo que no estaba del todo consciente, que esto era
solo un sueño o algo así.
No dejaba de mirarla mientras la tocaba. Eracomo en el cuarto del
fondo, ella actuaba como si nada pasara, y la bajada de presión que le
había dado hacia unos minutos era una buena excusa para fingir que no
estaba del todo consciente.
Finalmente encontré el jabón, pero lejos deapartarme, continué con ese
juego perverso, llevándolo a un nuevo nivel.
Sostuve el jabón y empecé a frotárselodirectamente en la concha,
presionando con suavidad pero también con firmeza. Deslicé el jabón por
su raja, sintiendo cómo se abría ligeramente bajo la presión, los
pliegues suaves y húmedos cediendo a mi movimiento. Lo moví en círculos
lentos alrededor de su clítoris, que ya estaba hinchado y sensible,
rozándolo con la esquina del jabón para enviarle oleadas de placer. El
agua chapoteaba suavemente con cada frotada.
Sus gemidos se hicieron más intensos:empezaron como suspiros
entrecortados, pero pronto se convirtieron en jadeos profundos, su pecho
subiendo y bajando con rapidez, haciendo que la espuma se agitara y
revelara fugaces vistazos de sus tetas temblorosas.
—Ah... —murmuró en voz baja, casi inaudible,pero suficiente para
envalentonarme.
Aumenté el ritmo, frotando el jabón de arribaabajo por su sexo,
presionando más fuerte en el clítoris, sintiendo cómo su concha se
contraía alrededor del borde resbaladizo, lubricada por el jabón y sus
propios jugos.
Mis dedos acompañaban el movimiento, rozandodirectamente su carne
caliente, introduciéndome apenas en la entrada de su vagina para frotar
las paredes internas, sintiendo el calor pulsante que me succionaba como
un imán.
Mamá arqueó la espalda ligeramente, su cabezaechada hacia atrás contra
el borde de la bañera, los labios mordidos para contener los gemidos que
ahora salían en ráfagas.
—Mmm... oh...
Su cuerpo se tensaba entero, los muslosapretándose alrededor de mi mano
como si quisiera atraparla allí para siempre, y yo seguía frotando con
precisión, alternando círculos rápidos en el clítoris con pasadas largas
por toda su raja, sintiendo cómo se hinchaba más, cómo el agua se
calentaba aún más con su calor corporal.
Y mientras le masajeaba la concha de esamanera que nunca hubiera
imaginado, no dejaba de verla. Sus ojos cerrados, en una expresión de
total relajación; sus labios abriéndose un poco para largar los gemidos,
y luego volviendo a cerrarse; su cuerpo temblando debajo del agua; sus
músculos tensándose, seguramente por la inminencia del orgasmo.
Era hermoso verla así, complacida por mimano. Últimamente solo pensaba
en mi propio placer, pero era maravilloso ver a una mujer gozando.
Finalmente, llegó el clímax: un temblorviolento la recorrió, sus
caderas se elevaron un poco bajo el agua, salpicando espuma por todas
partes, y soltó un gemido largo y ahogado, mientras su concha se
contraía en espasmos alrededor del jabón y mis dedos, liberando una
oleada de placer que la dejó jadeante y relajada.
Saqué la mano despacio, con el jabón en ella,y la miré: ojos aún
cerrados, rostro sonrojado, una sonrisa sutil en los labios como si
hubiera sido solo un sueño placentero. Entonces, me puse de pie. Bajé el
cierre de mi pantalón y liberé mi verga. Sabía que no podía cogérmela en
ese momento. Para hacerlo, debía esperar otro momento como el de la
fiesta. Así que empecé a pajearme, sin dejar de mirarla.
Mi mano envolvía el tronco grueso, subiendo ybajando con un ritmo lento
al principio, sintiendo cómo la piel se deslizaba sobre la carne dura,
hinchada por el deseo acumulado. Mamá seguía ahí, sumergida en la
bañera, con los ojos cerrados y el rostro relajado después del orgasmo
que le había provocado, la espuma cubriéndole el cuerpo como una manta
blanca y espesa, ocultando sus curvas pero no borrando de mi mente la
imagen de sus tetas perfectas o su concha caliente que acababa de
frotar.
El baño estaba cargado de vapor, el aroma alavanda mezclado con el olor
sutil de mi excitación, y yo me movía con discreción, apoyado contra la
pared, procurando no hacer ruido, aunque sabía que si abría los ojos me
vería.
Pero ella no lo hacía; fingía ese sueñoligero, ese estado de
semiinconsciencia que nos permitía mantener el pacto implícito. Mi pija
palpitaba en mi puño, el glande rojo y brillante emergiendo con cada
bajada, gotas de presemen lubricando el movimiento y haciendo que el
sonido fuera un chapoteo suave.
La miré fijamente: sus labios entreabiertos,el pecho subiendo y bajando
con respiraciones profundas, la espuma adherida a su cuello y hombros
como si fuera crema batida, invitándome a imaginarme descargando sobre
ella. Aceleré el ritmo, apretando más fuerte, recordando el tacto de su
concha bajo el agua, cómo se había contraído alrededor de mis dedos y el
jabón, sus gemidos ahogados que aún resonaban en mi cabeza.
Mi mano volaba ahora, el placerconstruyéndose en oleadas desde la base
de mi verga hasta la punta, listo para explotar.
No pude contenerme más: un gruñido bajoescapó de mi garganta mientras
mi cuerpo se tensaba, y eyaculé con fuerza, disparando chorros espesos y
blancos directo sobre la espuma que cubría su vientre y muslos
invisibles.
El semen cayó en arcos calientes, salpicandolas burbujas y
disolviéndose parcialmente en el agua, formando manchones lechosos que
flotaban como evidencia prohibida de mi lujuria. Jadeé, la mano aún
apretando la verga que palpitaba en sus últimos espasmos, mirando cómo
mi leche se mezclaba con la espuma, desapareciendo lentamente en el baño
humeante, mientras mamá seguía con los ojos cerrados, como si nada
hubiera pasado.
Me pregunté si se daría cuenta de lo quehabía hecho, pero me dije que
si lo hacía, seguramente fingiría que no sabía qué era ese líquido
blanco y denso que se había mezclado con el agua.
Al final, no había logrado cogérmela denuevo, pero al menos me sentía
satisfecho.
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