Me llamo Hanna. Tengo veintitrés años, la piel tan clara que se me notan las venas azules en la muñeca y en el pecho cuando hace frío, ojos cafés grandes, de esos que la gente dice que parecen de cachorra, y el pelo negro, lacio, largo hasta media espalda, que siempre llevo con fleco porque me hace ver más chica de lo que soy. La cara es lo que me ha metido en problemas toda la vida: redonda, con mejillas que se me ponen rojas con nada, labios gruesos, y una expresión de niña que acaba de salir de misa. Pero el cuerpo no tiene nada de misa. Tengo las tetas grandes, pesadas, con los pezones claros y sensibles; la cintura estrecha; las caderas anchas; las nalgas redondas y duras de tanto subir escaleras; y las piernas largas con los muslos que se me rozan cuando camino. Es una combinación que confunde a la gente: cara de buena, cuerpo de mala. Y yo lo sabía. Desde los diecisiete supe exactamente lo que provocaba y desde entonces aprendí a sacarle provecho.


Diego y yo llevamos tres años. Él tiene veintiséis, es ingeniero, usa lentes, tiene las manos grandes y una risa tonta que me gusta. Al principio era el típico novio formal: me abría la puerta, me mandaba flores, me pedía permiso hasta para tomarme de la cintura. Pero con el tiempo se le fue soltando algo, se le fue abriendo un apetito que a mí también me empezó a gustar. Empezó a decirme cosas al oído cuando íbamos en el camión, cosas que me dejaban las piernas temblando y la panocha húmeda hasta la tarde. Empezó a comprarme tangas y a pedirme que me las pusiera para él, a tomarme fotos dormida, a jalársela con mis fotos cuando yo no estaba. Y después vino la necedad del OnlyFans.
Al principio me daba vergüenza. "Yo no soy de esas", le decía. "No sé posar, no sé hablarle a una cámara, se me va a ver la panza". Él se reía y me besaba la frente y me decía que precisamente por eso, porque yo no era de esas, la gente iba a pagar por verme. Que había miles de mujeres con cuerpazos y caras de modelo y que ninguna tenía mi cara de niña buena y mi cuerpo de puta, que esa combinación era oro. Me lo dijo tantas veces, con tanta insistencia, con esa vocecita de niño al que le prometen un juguete, que un sábado por la noche, con dos cervezas encima, le dije que sí. Y él se puso tan feliz que me cogió ahí mismo, en el sillón, antes de que terminara de decir la palabra "sí".
Los primeros días fueron un desastre. No sabía dónde poner las manos, me daba risa, se me caía el celular. Pero Diego se sentó conmigo, me ayudó a armar el perfil, me puso "Hanna" nada más, sin apellido, sin ciudad. Me compró un aro de luz y un tripié y me enseñó a usarlos. Y después empezó a comprarme la ropa: un conjunto de encaje negro con ligueros, una bata de satén rosa que se abría sola, tangas de hilo dental de todos colores, medias de red, un disfraz de colegiala que me hacía ver ridícula y que resultó ser el más popular de todos. También me compró los consoladores. Empezó con uno pequeño, rosa, y fue subiendo: uno de vidrio, uno con textura, uno que vibraba tan fuerte que me hacía gritar. Los guardaba en el cajón de mi buró y los sacaba cada vez que había que grabar.



Y le encantaba leerme los mensajes. Se sentaba a mi lado en la cama, con el celular en la mano, y me leía en voz alta lo que le escribían los suscriptores: "¿te gusta que te la metan por el culo, putita?", "manda foto de tus patas", "yo te agarro de las greñas y te rompo el culo", "¿cuánto por un video privado, muñeca?". Y mientras me leía se sobaba la verga por encima del pants, sin pena, mirándome a los ojos para ver cómo me ponía roja. A veces ni siquiera llegábamos a grabar nada: terminábamos cogiendo nosotros con la cámara apagada y el aro de luz todavía prendido, apuntándonos sin querer.
Así estuvimos como cuatro meses. El canal creció, sin ser la gran cosa, pero creció. Yo le agarré el gusto, para qué mentir. Me gustaba el ruido de las notificaciones, me gustaba saber que había hombres masturbándose conmigo en otras ciudades mientras yo lavaba los platos, me gustaba el dinerito que caía cada viernes y que me alcanzaba para el Uber y para unos aretes que no necesitaba. Pero nada de eso me preparó para lo que pasó una noche de martes.
Diego estaba en el sillón, con el celular, y de repente se quedó callado. No un silencio normal, un silencio raro. Levanté la vista de la cocina y lo vi con los ojos abiertos, la boca chueca, pasando el dedo por la pantalla como si no creyera lo que estaba viendo.
—¿Qué? —le dije.
—Nada. Nada, es que... —se quitó los lentes, se los volvió a poner—. Es que mi tío está suscrito.
—¿Tu tío?
—Raúl. El hermano de mi mamá. El que fue a la boda de mi prima, ¿te acuerdas? El del bigote.
Sí me acordaba. Un señor de unos cuarenta y cinco, alto, moreno, con el pelo entrecano y una panza de cervecero que le sentaba bien, de esos hombres que huelen a loción y a trabajo. En la boda se la pasó mirándome las piernas todo el tiempo y yo lo noté y no dije nada. Bailó conmigo una canción y me puso la mano en la parte baja de la espalda, un poco más abajo de lo que se acostumbra, y me dijo algo del vestido que ya no recuerdo.
—Está suscrito desde hace dos semanas —dijo Diego, y se rio, incrédulo—. Le ha dado like a todo. A todo, Hanna. Incluso a las fotos del disfraz de colegiala.
Me dio una vergüenza rarísima, un calor que me subió por el cuello. La idea de que el tío de mi novio, el señor que me había visto comer pastel de tres leches en una mesa familiar, estuviera en su casa, en su cama, viéndome abrir las piernas en calzones, me removió algo. Diego también lo sintió. Se quedó mirando la pantalla un rato largo y después me miró a mí y me dijo:
—¿Sabes que sería la mamada?
—¿Qué?
—Un video con él.
Me reí. Me reí de nervios.
—¿Con tu tío? ¿Y él qué va a decir?
—Él encantado, mi amor, está suscrito. Ya lo viste todo. Ya se la ha jalado con tus fotos, no te hagas. —Se acercó, me tomó de la cintura, me habló pegadito a la boca—. Imagínatelo. Imagínate su cara cuando te vea ahí, en persona, en vivo, con esa carita de niña buena y ese culito de fuera. Imagínate que te toque. Que te la meta. Y yo grabando todo.
Se me puso la piel de gallina. La idea era buena y era sucia y era humillante de una forma que no sabía nombrar. Le dije que sí casi sin pensar, con la voz aguada, y él me besó tan fuerte que me mordió el labio.
Los días siguientes fueron puro preparativo. Diego le escribió a su tío por WhatsApp, primero de cosas familiares, y después le soltó la bomba: que Hanna, su novia, la del OnlyFans, quería grabar con él. Que si le latía. Raúl tardó como cuarenta minutos en contestar y su respuesta fue de cuatro palabras: "Cuando tú digas, sobrino". Diego me enseñó el chat y nos reímos como dos idiotas, pero yo tenía el estómago apretado.
Esa semana fui a depilarme completa. Me dolió como nunca, sobre todo la parte de atrás, y salí con la panocha y el culito suavecitos y rosados, con la piel brillante de la cera. Diego me llevó a comprar lencería nueva y me dejó escoger, cosa rara en él, y yo escogí un conjunto que era puro pecado: negro, de encaje, con el brassiere de media copa que me dejaba los pezones casi de fuera, el calzón de tiritas que se me perdía entre las nalgas, y un liguero con medias de encaje hasta el muslo. Frente al espejo del probador me vi la cara de niña buena, las mejillas rojas, el fleco en los ojos, y abajo todo ese encaje negro, y pensé "estoy a punto de hacer una pendejada enorme" y me compré el conjunto.
El sábado llegó y Diego armó todo. Puso el tripié en la sala, el aro de luz a un lado, y el celular con la cámara apuntando al sillón. Yo me arreglé en el baño, me puse el conjunto, me solté el pelo, me eché gloss y un poco de perfume en las muñecas y en el escote. Cuando salí, Diego se quedó sin aire.

—Dios mío —dijo, y se le notó el bulto de inmediato.
—No me veas así, me pongo nerviosa.
—Ponte nerviosa, se te ve riquísimo. —Se acercó y me sobo el brazo—. ¿Lista?
—No.
—Yo también. Pero ya va a llegar.
Tocó el timbre a las siete en punto. Yo me quedé sentada en el sillón con las piernas cruzadas y las manos en el regazo, como una niña en el dentista, mientras Diego iba a abrir. Escuché las voces en el pasillo: "¿Cómo estás, tío?", "Bien, bien, ¿y tú, muchacho?", y después los dos entrando a la sala.
Raúl traía una camisa de manga larga arremangada hasta el codo, jeans, botas, y en la mano una bolsa de plástico con cervezas. Olía a loción. Cuando me vio, se le detuvo todo: los pies, la boca, los ojos. Me recorrió de arriba a abajo sin ninguna prisa, se entretuvo en el escote, en el liguero, en el borde de las medias, y después me vio la cara y sonrió de lado.
—Mucho gusto, Hanna —dijo, como si no nos hubiéramos visto nunca—. Estás... estás preciosa.
—Gracias, señor Raúl.
—Raúl nomás, ni que fuera tan viejo.
—Bueno, ya siéntate, tío, no te quedes ahí parado —dijo Diego, y le quitó las cervezas de la mano. Se notaba que estaba tan nervioso como yo, pero se le hacía más fácil porque era él el que mandaba.
Raúl se sentó en el sillón de un solo, enfrente de mí, y se abrió de piernas. Diego se puso detrás de la cámara y prendió el aro de luz, y la sala se volvió blanca y caliente. Yo tenía las manos sudadas.
—A ver, mi amor —dijo Diego, ya con el tono de director—, preséntate. Dile a la gente quién está contigo.
Yo tragué saliva y miré a la cámara.
—Hola... soy Hanna. Y hoy tengo visita. —Volteé a ver a Raúl—. Es el tío de mi novio.
—Dile cómo se llama —dijo Diego.
—Raúl.
—Dile qué va a pasar.
Se me puso la cara roja. Raúl me miraba con una calma que me desarmaba, con las manos sobre los muslos, esperando.
—Va a... va a cogerme —dije, y me dio pena la palabra, me dio pena la voz que me salió—. Mientras mi novio graba.
—Muy bien, mi amor. Tío, ya sabe. La tiene a su disposición.
Raúl se levantó sin prisa. Se acercó y se quedó de pie enfrente de mí, y yo tuve que alzar la cara para verlo. Esa diferencia de altura, esa sensación de que él ocupaba todo el aire, me encogió por dentro. Me tomó la barbilla con dos dedos, me levantó la cara y me miró los ojos un buen rato. Después bajó la mano, me la pasó por el cuello, por el hombro, por el brazo, y me tomó la mano y me levantó del sillón. Me puso enfrente de la cámara, de espaldas a él, y me tomó de la cintura con las dos manos.
—Muévete, chiquita —me dijo al oído—. Que te vean.
Me moví. Le eché el culo hacia atrás, apretándolo contra su entrepierna, y sentí de inmediato la verga dura, gorda, atravesada ahí en el jeans. Se me escapó un suspiro. Él me llevó las manos a las tetas por encima del encaje, me las apretó, me encontró los pezones y los pellizcó hasta que se me pusieron de piedra, y yo eché la cabeza hacia atrás contra su hombro y dejé la boca abierta para que la cámara me viera la cara de boba.
—Se te ve rico —dijo Diego desde atrás del tripié—. Tío, bájale el brassiere.
Raúl me lo bajó de un tirón, me sacó las tetas, y el aire de la sala me erizó la piel. Me las agarró completas, me las apretó, y luego me tomó de las muñecas y me las puso en la nuca, para que quedara con el pecho abierto y las nalgas apretadas contra él. Así me tuvo un rato, meciéndonos, mientras a mí se me escurría la panocha y se me metia la tanga.
—¿Ya estás mojada? —preguntó, y me metió la mano entre las piernas por encima de la tela.
—Sí —dije, con un hilo de voz.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lo vi entrar.
—Qué putita. —Me frotó ahí, con el pulgar, sin meter nada, y yo separé las piernas solita—. Mira cómo se abre. ¿Así te pones con todos, o nomás conmigo?
—Nomás con usted.
Diego se rio desde atrás. "Le está diciendo la verdad, tío, no la haga mentir".


Raúl me bajó la mano hasta la tanga y me lo hizo a un lado, y el primer dedo que me metió me sacó un jadeo que se oyó en toda la sala. Tenía el dedo grueso, áspero, y me lo hundió hasta el fondo sin calentarme. Empezó a bombearme ahí parada, con la otra mano en mi vientre para que no me moviera, y yo cerré los ojos y se me doblaron las rodillas.
—Abre los ojos —me dijo—. Ya sabes que te están grabando.
Los abrí. La lente del celular me vio la cara descompuesta. Raúl metió un segundo dedo, me estiró, y después lo sacó y me lo pasó por la boca. Lo mamé como pude, de pie todavía, con el sabor de mi propia panocha en la lengua.
—Al piso —dijo—. De rodillas.
Me hinqué ahí mismo, en la alfombra, y él se sacó la verga. Se la sacó con una calma de señor, sin prisa, y cuando salió se me cerró la garganta. La tenía enorme, morena, gruesa, con las venas marcadas, y se la sostuvo en la mano enfrente de mi cara para que la viera bien.
—¿La quieres? —preguntó.
—Sí.
—Pídela.
—Sí, por favor.
Me abrí la boca y me la metió. Me la metió despacio, hasta la mitad, y se detuvo ahí para que sintiera el peso, y después me tomó del pelo y me empujó hasta el fondo. Me dio arcada, se me llenaron los ojos de agua, y él no me dejó salir: me tuvo ahí, con la verga en la garganta, mientras yo trataba de respirar por la nariz. Cuando me soltó, hice un ruido feo y la saliva se me fue en un hilo hasta el piso.


—Otra vez —dijo Diego.
Me la volvió a meter. Ahora con más ritmo, agarrándome de las dos greñas, moviendo mi cabeza como él quería. Yo me puse las manos en los muslos y me dejé, abierta de boca, con los ojos llorosos, sintiendo cómo la punta me golpeaba el paladar. Raúl empezó a hablarme mientras me la metía: "qué boquita tan rica tienes", "así, mírame", "la cara de buena que pones no te sirve de nada aquí", y yo sentía que esas frases me bajaban directo a la panocha. Diego, desde atrás, no se aguantó y se empezó a sobar por encima del pantalón.
—Tío, ¿la puedo besar? —preguntó.
—Bésala —dijo Raúl, y me sacó la verga de la boca.
Diego se hincó a mi lado, me tomó la cara con las dos manos y me besó con toda la lengua, saboreando lo que fuera que tuviera en la boca. Yo le correspondí, jadeando, con los labios hinchados. Después él me empujó de vuelta a la verga de su tío con una mano en la nuca, y Raúl me la volvió a meter sin decir nada.
Estuvimos así bastante tiempo. Me la metió hasta que se le antojó, me la sacó cuando se le antojó, me la volvió a meter, me la restregó en la mejilla, me la puso en los ojos cerrados. A mí se me escurría la saliva por la barbilla y se me hacía un charco en el pecho. Cuando por fin me levantó, me dolía la mandíbula y no me importaba.

—Párate —dijo.
Me paré con las piernas temblando. Me termine de quitar la tanga hasta los tobillos y lo dejé ahí, y me quedé solo con el liguero y las medias, con la panocha pelona al aire. Raúl me dio la vuelta, me empujó de la cintura hasta que me doblé sobre el brazo del sillón, y me abrió las nalgas con las dos manos.
—Mírate nada más —dijo, y sopló.
El aire frío me erizó todo. Después sentí su lengua. Me lamió de abajo hacia arriba, despacio, sin saltarse nada, y cuando llegó al culito se quedó ahí, dándole vueltas, empujando con la punta, y yo apreté la cara contra el sillón y solté un gemido largo. Me lamió el culito un buen rato, baboseándolo, y después bajó a la panocha y me la chupó desde atrás, con la nariz enterrada en las nalgas, y me metió la lengua hasta donde pudo. Yo me restregué contra su cara como una desesperada.
—Qué rico sabe, sobrino —dijo, con la boca brillante—. No sé cómo la dejas salir de tu casa.
—Es que no me deja en paz, tío —contestó Diego, y se acercó con la cámara en la mano para tomarme la cara de cerca.
Raúl se enderezó, se escupió en la mano, se la pasó por la verga y me la puso en la entrada. Me la restregó ahí, arriba y abajo, mojándola con mi propio jugo, y después me la empezó a empujar.
Entró despacio y aun así me partió. Me fui de puntitas, con las manos agarradas del sillón, y se me salió un "ay" largo. Él no paró hasta quedar completo, con los muslos pegados a los míos, y se quedó ahí quieto un momento, dejándome sentir el grosor, el peso, el calor.
—¿Cabe? —preguntó.
—Sí, señor.
—Entonces muévete tú.
Me moví. Le eché el culo hacia atrás, despacio, y él se dejó, con las manos en mis caderas sin apretar todavía. Cuando agarré ritmo, me las apretó y me detuvo.



—Así no —dijo—. Así, quietecita.
Y empezó a darle él. Fuerte. Desde la primera embestida me empujó contra el sillón y me sacó un grito. El golpeteo de los muslos se oyó en toda la sala, seco, ruidoso, y él le subió el ritmo sin calentarme más. Me tomó del pelo y me levantó la cara del sillón, y me cogió así, doblada, jalándome las greñas, con el brazo firme.
—Dile a tu novio cómo se siente —me dijo al oído.
—Rico —alcancé a decir—. Rico, Diego, se siente riquísimo.
—¿Rico cómo?
—Rico... grande. Me llega hasta el fondo.
Diego se acercó con el celular y me enfocó la cara, y después bajó la cámara y me enfocó por atrás, donde se veía la verga de su tío entrando y saliendo, el choque de las nalgas, la piel enrojecida. "Ábrete tantito, tío", dijo, y Raúl me abrió una nalga con el pulgar y la cámara captó el estiramiento, la entrada forzada, el brillo.
Me dio una nalgada. Después otra, y otra, en la misma nalga, hasta que se me puso roja y ardiente y yo empecé a chillar con cada golpe. Él se rio.
—¿Le pego más fuerte, sobrino?
—Péguele, tío. Le gusta.
Me dio tres más, fuertes, de las que truenan, y a la tercera se me salió un gemido agudo que no reconocí como mío. La panocha se me apretó tanto que él se detuvo y respiró.
—Ya se va a venir —dijo—. Apenas la estoy cogiendo y ya se quiere venir.
—Es que está bien puta —dijo Diego.
—Se nota.
Raúl me sacó, me dio la vuelta y me sentó en el sillón, y después me levantó las piernas, me las abrió y se metió otra vez. Ahora de frente, viéndome la cara. Me puso las piernas sobre sus hombros, se inclinó y me la metió hasta el fondo, y yo me agarré del sillón con las dos manos y me quedé viéndolo a los ojos, con la boca abierta.
—No te vayas a venir todavía —me dijo—. Aguántate.
—No puedo.
—Puedes. —Me metió la mano entre las piernas y me apretó el clítoris con el pulgar—. Aguántate, chiquita. Que todavía falta.
Me tuve que morder el labio. Le dieron ganas de reírse otra vez. Me cogió así, con la mano en el clítoris y los ojos en los míos, y me hablaba bajito: "ahora sí, ahora sí, dame", y me apretaba más y más rápido hasta que sentí que se me subía un calor por todo el cuerpo y que se me cerraba la garganta.
—Ya —dije, y se me quebró la voz.
—Ya, ¿qué?
—Ya me voy a venir.
—Vente.
Me vine con un grito que rebotó en las paredes. Se me apretó todo, se me sacudieron las piernas sobre sus hombros, y él siguió cogiendo mientras yo me retorcía, sin darme tregua, hasta que el último espasmo se me fue y me quedé tirada, sin aire, con las piernas temblando.
Entonces me las bajó de los hombros, me volteó otra vez y me puso de cuatro en el sillón. Yo todavía estaba en el aire, todavía no aterrizaba, y él ya me estaba empujando la cabeza contra el cojín con una mano y metiéndose con la otra.
—Ahora sí, sin aguantarse —dijo—. Y te vas a quedar así hasta que yo termine.
Me cogió como si le debiera dinero. Sin ritmo bonito, sin cuidado, puro golpe, puro ruido de nalgas y de jugo. Yo tenía la cara hundida en el cojín y me salían sonidos ahogados, feos, y Diego se acercó a grabarme la cara de cerca, y hasta me tomó del fleco para que se me viera bien.
—Mírame —me dijo—. Mira la cámara.
Abrí los ojos todo lo que pude, con la cara aplastada, la boca abierta, el labio inferior lleno de babaza. Diego se mordió el puño.
—Tío, ¿ya va a terminar?
—Ya merito.
—¿Dónde?
—¿Dónde quieres, chiquita?
—Adentro —dije, sin pensarlo.
Raúl se rio y aceleró. Los últimos golpes fueron bestiales, con las dos manos en mis caderas, jalándome hacia él. Después se hundió completo, se quedó duro, y sentí cómo se le iba la verga en pulsos y cómo me llenaba. Se le escapó un gruñido largo, de esos que salen de pecho, y se quedó ahí, temblando, hasta que se le vació todo.
Cuando se salió, se me vino el chorro por la pierna. Yo me quedé de cuatro un rato más, con la panocha abierta y brillante, goteando, y Diego se hincó detrás de mí con la cámara y me grabó bien de cerca.



—Mira eso nada más —dijo, y metió dos dedos y me los sacó llenos, y me los restregó en las nalgas.
Yo me dejé caer de lado en el sillón, con las piernas dobladas, y me quedé ahí, hecha mierda, respirando por la boca. Raúl se subió el pantalón y se sentó en el otro sillón, y Diego apagó el aro de luz.
—¿Estás bien? —me preguntó, y me besó la frente.
—Sí —dije, con la voz ronca.
Raúl se rio y dijo algo de que le había sacado el aire a él también, y los tres nos quedamos ahí en la sala, callados, con ese olor a sexo que se había quedado pegado. Yo me sentía usada y feliz y con las piernas como gelatina, y cuando por fin me levanté, el semen me corrió por dentro del muslo hasta la media de encaje y se me quedó ahí, en la tira, mientras Diego me pasaba una cobija.
Y desde ese día todo cambió, porque después de eso ya nada me dio vergüenza, porque me di cuenta de que la cara de niña buena era un disfraz que se me quitaba con una sola orden y de que había algo en mí, algo bien escondido, que se prendía con que me dijeran "quietecita" y "aguántate" y me jalaran del pelo, y de que Diego lo sabía y lo disfrutaba, y de que su tío ya tenía su lugar en la casa y en mi cama cada que se ofrecía, y de que yo, con la panocha todavía palpitando y el semen secándose entre las piernas, ya estaba pensando en cuándo íbamos a repetirlo.


Diego y yo llevamos tres años. Él tiene veintiséis, es ingeniero, usa lentes, tiene las manos grandes y una risa tonta que me gusta. Al principio era el típico novio formal: me abría la puerta, me mandaba flores, me pedía permiso hasta para tomarme de la cintura. Pero con el tiempo se le fue soltando algo, se le fue abriendo un apetito que a mí también me empezó a gustar. Empezó a decirme cosas al oído cuando íbamos en el camión, cosas que me dejaban las piernas temblando y la panocha húmeda hasta la tarde. Empezó a comprarme tangas y a pedirme que me las pusiera para él, a tomarme fotos dormida, a jalársela con mis fotos cuando yo no estaba. Y después vino la necedad del OnlyFans.
Al principio me daba vergüenza. "Yo no soy de esas", le decía. "No sé posar, no sé hablarle a una cámara, se me va a ver la panza". Él se reía y me besaba la frente y me decía que precisamente por eso, porque yo no era de esas, la gente iba a pagar por verme. Que había miles de mujeres con cuerpazos y caras de modelo y que ninguna tenía mi cara de niña buena y mi cuerpo de puta, que esa combinación era oro. Me lo dijo tantas veces, con tanta insistencia, con esa vocecita de niño al que le prometen un juguete, que un sábado por la noche, con dos cervezas encima, le dije que sí. Y él se puso tan feliz que me cogió ahí mismo, en el sillón, antes de que terminara de decir la palabra "sí".
Los primeros días fueron un desastre. No sabía dónde poner las manos, me daba risa, se me caía el celular. Pero Diego se sentó conmigo, me ayudó a armar el perfil, me puso "Hanna" nada más, sin apellido, sin ciudad. Me compró un aro de luz y un tripié y me enseñó a usarlos. Y después empezó a comprarme la ropa: un conjunto de encaje negro con ligueros, una bata de satén rosa que se abría sola, tangas de hilo dental de todos colores, medias de red, un disfraz de colegiala que me hacía ver ridícula y que resultó ser el más popular de todos. También me compró los consoladores. Empezó con uno pequeño, rosa, y fue subiendo: uno de vidrio, uno con textura, uno que vibraba tan fuerte que me hacía gritar. Los guardaba en el cajón de mi buró y los sacaba cada vez que había que grabar.



Y le encantaba leerme los mensajes. Se sentaba a mi lado en la cama, con el celular en la mano, y me leía en voz alta lo que le escribían los suscriptores: "¿te gusta que te la metan por el culo, putita?", "manda foto de tus patas", "yo te agarro de las greñas y te rompo el culo", "¿cuánto por un video privado, muñeca?". Y mientras me leía se sobaba la verga por encima del pants, sin pena, mirándome a los ojos para ver cómo me ponía roja. A veces ni siquiera llegábamos a grabar nada: terminábamos cogiendo nosotros con la cámara apagada y el aro de luz todavía prendido, apuntándonos sin querer.
Así estuvimos como cuatro meses. El canal creció, sin ser la gran cosa, pero creció. Yo le agarré el gusto, para qué mentir. Me gustaba el ruido de las notificaciones, me gustaba saber que había hombres masturbándose conmigo en otras ciudades mientras yo lavaba los platos, me gustaba el dinerito que caía cada viernes y que me alcanzaba para el Uber y para unos aretes que no necesitaba. Pero nada de eso me preparó para lo que pasó una noche de martes.
Diego estaba en el sillón, con el celular, y de repente se quedó callado. No un silencio normal, un silencio raro. Levanté la vista de la cocina y lo vi con los ojos abiertos, la boca chueca, pasando el dedo por la pantalla como si no creyera lo que estaba viendo.
—¿Qué? —le dije.
—Nada. Nada, es que... —se quitó los lentes, se los volvió a poner—. Es que mi tío está suscrito.
—¿Tu tío?
—Raúl. El hermano de mi mamá. El que fue a la boda de mi prima, ¿te acuerdas? El del bigote.
Sí me acordaba. Un señor de unos cuarenta y cinco, alto, moreno, con el pelo entrecano y una panza de cervecero que le sentaba bien, de esos hombres que huelen a loción y a trabajo. En la boda se la pasó mirándome las piernas todo el tiempo y yo lo noté y no dije nada. Bailó conmigo una canción y me puso la mano en la parte baja de la espalda, un poco más abajo de lo que se acostumbra, y me dijo algo del vestido que ya no recuerdo.
—Está suscrito desde hace dos semanas —dijo Diego, y se rio, incrédulo—. Le ha dado like a todo. A todo, Hanna. Incluso a las fotos del disfraz de colegiala.
Me dio una vergüenza rarísima, un calor que me subió por el cuello. La idea de que el tío de mi novio, el señor que me había visto comer pastel de tres leches en una mesa familiar, estuviera en su casa, en su cama, viéndome abrir las piernas en calzones, me removió algo. Diego también lo sintió. Se quedó mirando la pantalla un rato largo y después me miró a mí y me dijo:
—¿Sabes que sería la mamada?
—¿Qué?
—Un video con él.
Me reí. Me reí de nervios.
—¿Con tu tío? ¿Y él qué va a decir?
—Él encantado, mi amor, está suscrito. Ya lo viste todo. Ya se la ha jalado con tus fotos, no te hagas. —Se acercó, me tomó de la cintura, me habló pegadito a la boca—. Imagínatelo. Imagínate su cara cuando te vea ahí, en persona, en vivo, con esa carita de niña buena y ese culito de fuera. Imagínate que te toque. Que te la meta. Y yo grabando todo.
Se me puso la piel de gallina. La idea era buena y era sucia y era humillante de una forma que no sabía nombrar. Le dije que sí casi sin pensar, con la voz aguada, y él me besó tan fuerte que me mordió el labio.
Los días siguientes fueron puro preparativo. Diego le escribió a su tío por WhatsApp, primero de cosas familiares, y después le soltó la bomba: que Hanna, su novia, la del OnlyFans, quería grabar con él. Que si le latía. Raúl tardó como cuarenta minutos en contestar y su respuesta fue de cuatro palabras: "Cuando tú digas, sobrino". Diego me enseñó el chat y nos reímos como dos idiotas, pero yo tenía el estómago apretado.
Esa semana fui a depilarme completa. Me dolió como nunca, sobre todo la parte de atrás, y salí con la panocha y el culito suavecitos y rosados, con la piel brillante de la cera. Diego me llevó a comprar lencería nueva y me dejó escoger, cosa rara en él, y yo escogí un conjunto que era puro pecado: negro, de encaje, con el brassiere de media copa que me dejaba los pezones casi de fuera, el calzón de tiritas que se me perdía entre las nalgas, y un liguero con medias de encaje hasta el muslo. Frente al espejo del probador me vi la cara de niña buena, las mejillas rojas, el fleco en los ojos, y abajo todo ese encaje negro, y pensé "estoy a punto de hacer una pendejada enorme" y me compré el conjunto.
El sábado llegó y Diego armó todo. Puso el tripié en la sala, el aro de luz a un lado, y el celular con la cámara apuntando al sillón. Yo me arreglé en el baño, me puse el conjunto, me solté el pelo, me eché gloss y un poco de perfume en las muñecas y en el escote. Cuando salí, Diego se quedó sin aire.

—Dios mío —dijo, y se le notó el bulto de inmediato.
—No me veas así, me pongo nerviosa.
—Ponte nerviosa, se te ve riquísimo. —Se acercó y me sobo el brazo—. ¿Lista?
—No.
—Yo también. Pero ya va a llegar.
Tocó el timbre a las siete en punto. Yo me quedé sentada en el sillón con las piernas cruzadas y las manos en el regazo, como una niña en el dentista, mientras Diego iba a abrir. Escuché las voces en el pasillo: "¿Cómo estás, tío?", "Bien, bien, ¿y tú, muchacho?", y después los dos entrando a la sala.
Raúl traía una camisa de manga larga arremangada hasta el codo, jeans, botas, y en la mano una bolsa de plástico con cervezas. Olía a loción. Cuando me vio, se le detuvo todo: los pies, la boca, los ojos. Me recorrió de arriba a abajo sin ninguna prisa, se entretuvo en el escote, en el liguero, en el borde de las medias, y después me vio la cara y sonrió de lado.
—Mucho gusto, Hanna —dijo, como si no nos hubiéramos visto nunca—. Estás... estás preciosa.
—Gracias, señor Raúl.
—Raúl nomás, ni que fuera tan viejo.
—Bueno, ya siéntate, tío, no te quedes ahí parado —dijo Diego, y le quitó las cervezas de la mano. Se notaba que estaba tan nervioso como yo, pero se le hacía más fácil porque era él el que mandaba.
Raúl se sentó en el sillón de un solo, enfrente de mí, y se abrió de piernas. Diego se puso detrás de la cámara y prendió el aro de luz, y la sala se volvió blanca y caliente. Yo tenía las manos sudadas.
—A ver, mi amor —dijo Diego, ya con el tono de director—, preséntate. Dile a la gente quién está contigo.
Yo tragué saliva y miré a la cámara.
—Hola... soy Hanna. Y hoy tengo visita. —Volteé a ver a Raúl—. Es el tío de mi novio.
—Dile cómo se llama —dijo Diego.
—Raúl.
—Dile qué va a pasar.
Se me puso la cara roja. Raúl me miraba con una calma que me desarmaba, con las manos sobre los muslos, esperando.
—Va a... va a cogerme —dije, y me dio pena la palabra, me dio pena la voz que me salió—. Mientras mi novio graba.
—Muy bien, mi amor. Tío, ya sabe. La tiene a su disposición.
Raúl se levantó sin prisa. Se acercó y se quedó de pie enfrente de mí, y yo tuve que alzar la cara para verlo. Esa diferencia de altura, esa sensación de que él ocupaba todo el aire, me encogió por dentro. Me tomó la barbilla con dos dedos, me levantó la cara y me miró los ojos un buen rato. Después bajó la mano, me la pasó por el cuello, por el hombro, por el brazo, y me tomó la mano y me levantó del sillón. Me puso enfrente de la cámara, de espaldas a él, y me tomó de la cintura con las dos manos.
—Muévete, chiquita —me dijo al oído—. Que te vean.
Me moví. Le eché el culo hacia atrás, apretándolo contra su entrepierna, y sentí de inmediato la verga dura, gorda, atravesada ahí en el jeans. Se me escapó un suspiro. Él me llevó las manos a las tetas por encima del encaje, me las apretó, me encontró los pezones y los pellizcó hasta que se me pusieron de piedra, y yo eché la cabeza hacia atrás contra su hombro y dejé la boca abierta para que la cámara me viera la cara de boba.
—Se te ve rico —dijo Diego desde atrás del tripié—. Tío, bájale el brassiere.
Raúl me lo bajó de un tirón, me sacó las tetas, y el aire de la sala me erizó la piel. Me las agarró completas, me las apretó, y luego me tomó de las muñecas y me las puso en la nuca, para que quedara con el pecho abierto y las nalgas apretadas contra él. Así me tuvo un rato, meciéndonos, mientras a mí se me escurría la panocha y se me metia la tanga.
—¿Ya estás mojada? —preguntó, y me metió la mano entre las piernas por encima de la tela.
—Sí —dije, con un hilo de voz.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lo vi entrar.
—Qué putita. —Me frotó ahí, con el pulgar, sin meter nada, y yo separé las piernas solita—. Mira cómo se abre. ¿Así te pones con todos, o nomás conmigo?
—Nomás con usted.
Diego se rio desde atrás. "Le está diciendo la verdad, tío, no la haga mentir".


Raúl me bajó la mano hasta la tanga y me lo hizo a un lado, y el primer dedo que me metió me sacó un jadeo que se oyó en toda la sala. Tenía el dedo grueso, áspero, y me lo hundió hasta el fondo sin calentarme. Empezó a bombearme ahí parada, con la otra mano en mi vientre para que no me moviera, y yo cerré los ojos y se me doblaron las rodillas.
—Abre los ojos —me dijo—. Ya sabes que te están grabando.
Los abrí. La lente del celular me vio la cara descompuesta. Raúl metió un segundo dedo, me estiró, y después lo sacó y me lo pasó por la boca. Lo mamé como pude, de pie todavía, con el sabor de mi propia panocha en la lengua.
—Al piso —dijo—. De rodillas.
Me hinqué ahí mismo, en la alfombra, y él se sacó la verga. Se la sacó con una calma de señor, sin prisa, y cuando salió se me cerró la garganta. La tenía enorme, morena, gruesa, con las venas marcadas, y se la sostuvo en la mano enfrente de mi cara para que la viera bien.
—¿La quieres? —preguntó.
—Sí.
—Pídela.
—Sí, por favor.
Me abrí la boca y me la metió. Me la metió despacio, hasta la mitad, y se detuvo ahí para que sintiera el peso, y después me tomó del pelo y me empujó hasta el fondo. Me dio arcada, se me llenaron los ojos de agua, y él no me dejó salir: me tuvo ahí, con la verga en la garganta, mientras yo trataba de respirar por la nariz. Cuando me soltó, hice un ruido feo y la saliva se me fue en un hilo hasta el piso.


—Otra vez —dijo Diego.
Me la volvió a meter. Ahora con más ritmo, agarrándome de las dos greñas, moviendo mi cabeza como él quería. Yo me puse las manos en los muslos y me dejé, abierta de boca, con los ojos llorosos, sintiendo cómo la punta me golpeaba el paladar. Raúl empezó a hablarme mientras me la metía: "qué boquita tan rica tienes", "así, mírame", "la cara de buena que pones no te sirve de nada aquí", y yo sentía que esas frases me bajaban directo a la panocha. Diego, desde atrás, no se aguantó y se empezó a sobar por encima del pantalón.
—Tío, ¿la puedo besar? —preguntó.
—Bésala —dijo Raúl, y me sacó la verga de la boca.
Diego se hincó a mi lado, me tomó la cara con las dos manos y me besó con toda la lengua, saboreando lo que fuera que tuviera en la boca. Yo le correspondí, jadeando, con los labios hinchados. Después él me empujó de vuelta a la verga de su tío con una mano en la nuca, y Raúl me la volvió a meter sin decir nada.
Estuvimos así bastante tiempo. Me la metió hasta que se le antojó, me la sacó cuando se le antojó, me la volvió a meter, me la restregó en la mejilla, me la puso en los ojos cerrados. A mí se me escurría la saliva por la barbilla y se me hacía un charco en el pecho. Cuando por fin me levantó, me dolía la mandíbula y no me importaba.

—Párate —dijo.
Me paré con las piernas temblando. Me termine de quitar la tanga hasta los tobillos y lo dejé ahí, y me quedé solo con el liguero y las medias, con la panocha pelona al aire. Raúl me dio la vuelta, me empujó de la cintura hasta que me doblé sobre el brazo del sillón, y me abrió las nalgas con las dos manos.
—Mírate nada más —dijo, y sopló.
El aire frío me erizó todo. Después sentí su lengua. Me lamió de abajo hacia arriba, despacio, sin saltarse nada, y cuando llegó al culito se quedó ahí, dándole vueltas, empujando con la punta, y yo apreté la cara contra el sillón y solté un gemido largo. Me lamió el culito un buen rato, baboseándolo, y después bajó a la panocha y me la chupó desde atrás, con la nariz enterrada en las nalgas, y me metió la lengua hasta donde pudo. Yo me restregué contra su cara como una desesperada.
—Qué rico sabe, sobrino —dijo, con la boca brillante—. No sé cómo la dejas salir de tu casa.
—Es que no me deja en paz, tío —contestó Diego, y se acercó con la cámara en la mano para tomarme la cara de cerca.
Raúl se enderezó, se escupió en la mano, se la pasó por la verga y me la puso en la entrada. Me la restregó ahí, arriba y abajo, mojándola con mi propio jugo, y después me la empezó a empujar.
Entró despacio y aun así me partió. Me fui de puntitas, con las manos agarradas del sillón, y se me salió un "ay" largo. Él no paró hasta quedar completo, con los muslos pegados a los míos, y se quedó ahí quieto un momento, dejándome sentir el grosor, el peso, el calor.
—¿Cabe? —preguntó.
—Sí, señor.
—Entonces muévete tú.
Me moví. Le eché el culo hacia atrás, despacio, y él se dejó, con las manos en mis caderas sin apretar todavía. Cuando agarré ritmo, me las apretó y me detuvo.



—Así no —dijo—. Así, quietecita.
Y empezó a darle él. Fuerte. Desde la primera embestida me empujó contra el sillón y me sacó un grito. El golpeteo de los muslos se oyó en toda la sala, seco, ruidoso, y él le subió el ritmo sin calentarme más. Me tomó del pelo y me levantó la cara del sillón, y me cogió así, doblada, jalándome las greñas, con el brazo firme.
—Dile a tu novio cómo se siente —me dijo al oído.
—Rico —alcancé a decir—. Rico, Diego, se siente riquísimo.
—¿Rico cómo?
—Rico... grande. Me llega hasta el fondo.
Diego se acercó con el celular y me enfocó la cara, y después bajó la cámara y me enfocó por atrás, donde se veía la verga de su tío entrando y saliendo, el choque de las nalgas, la piel enrojecida. "Ábrete tantito, tío", dijo, y Raúl me abrió una nalga con el pulgar y la cámara captó el estiramiento, la entrada forzada, el brillo.
Me dio una nalgada. Después otra, y otra, en la misma nalga, hasta que se me puso roja y ardiente y yo empecé a chillar con cada golpe. Él se rio.
—¿Le pego más fuerte, sobrino?
—Péguele, tío. Le gusta.
Me dio tres más, fuertes, de las que truenan, y a la tercera se me salió un gemido agudo que no reconocí como mío. La panocha se me apretó tanto que él se detuvo y respiró.
—Ya se va a venir —dijo—. Apenas la estoy cogiendo y ya se quiere venir.
—Es que está bien puta —dijo Diego.
—Se nota.
Raúl me sacó, me dio la vuelta y me sentó en el sillón, y después me levantó las piernas, me las abrió y se metió otra vez. Ahora de frente, viéndome la cara. Me puso las piernas sobre sus hombros, se inclinó y me la metió hasta el fondo, y yo me agarré del sillón con las dos manos y me quedé viéndolo a los ojos, con la boca abierta.
—No te vayas a venir todavía —me dijo—. Aguántate.
—No puedo.
—Puedes. —Me metió la mano entre las piernas y me apretó el clítoris con el pulgar—. Aguántate, chiquita. Que todavía falta.
Me tuve que morder el labio. Le dieron ganas de reírse otra vez. Me cogió así, con la mano en el clítoris y los ojos en los míos, y me hablaba bajito: "ahora sí, ahora sí, dame", y me apretaba más y más rápido hasta que sentí que se me subía un calor por todo el cuerpo y que se me cerraba la garganta.
—Ya —dije, y se me quebró la voz.
—Ya, ¿qué?
—Ya me voy a venir.
—Vente.
Me vine con un grito que rebotó en las paredes. Se me apretó todo, se me sacudieron las piernas sobre sus hombros, y él siguió cogiendo mientras yo me retorcía, sin darme tregua, hasta que el último espasmo se me fue y me quedé tirada, sin aire, con las piernas temblando.
Entonces me las bajó de los hombros, me volteó otra vez y me puso de cuatro en el sillón. Yo todavía estaba en el aire, todavía no aterrizaba, y él ya me estaba empujando la cabeza contra el cojín con una mano y metiéndose con la otra.
—Ahora sí, sin aguantarse —dijo—. Y te vas a quedar así hasta que yo termine.
Me cogió como si le debiera dinero. Sin ritmo bonito, sin cuidado, puro golpe, puro ruido de nalgas y de jugo. Yo tenía la cara hundida en el cojín y me salían sonidos ahogados, feos, y Diego se acercó a grabarme la cara de cerca, y hasta me tomó del fleco para que se me viera bien.
—Mírame —me dijo—. Mira la cámara.
Abrí los ojos todo lo que pude, con la cara aplastada, la boca abierta, el labio inferior lleno de babaza. Diego se mordió el puño.
—Tío, ¿ya va a terminar?
—Ya merito.
—¿Dónde?
—¿Dónde quieres, chiquita?
—Adentro —dije, sin pensarlo.
Raúl se rio y aceleró. Los últimos golpes fueron bestiales, con las dos manos en mis caderas, jalándome hacia él. Después se hundió completo, se quedó duro, y sentí cómo se le iba la verga en pulsos y cómo me llenaba. Se le escapó un gruñido largo, de esos que salen de pecho, y se quedó ahí, temblando, hasta que se le vació todo.
Cuando se salió, se me vino el chorro por la pierna. Yo me quedé de cuatro un rato más, con la panocha abierta y brillante, goteando, y Diego se hincó detrás de mí con la cámara y me grabó bien de cerca.



—Mira eso nada más —dijo, y metió dos dedos y me los sacó llenos, y me los restregó en las nalgas.
Yo me dejé caer de lado en el sillón, con las piernas dobladas, y me quedé ahí, hecha mierda, respirando por la boca. Raúl se subió el pantalón y se sentó en el otro sillón, y Diego apagó el aro de luz.
—¿Estás bien? —me preguntó, y me besó la frente.
—Sí —dije, con la voz ronca.
Raúl se rio y dijo algo de que le había sacado el aire a él también, y los tres nos quedamos ahí en la sala, callados, con ese olor a sexo que se había quedado pegado. Yo me sentía usada y feliz y con las piernas como gelatina, y cuando por fin me levanté, el semen me corrió por dentro del muslo hasta la media de encaje y se me quedó ahí, en la tira, mientras Diego me pasaba una cobija.
Y desde ese día todo cambió, porque después de eso ya nada me dio vergüenza, porque me di cuenta de que la cara de niña buena era un disfraz que se me quitaba con una sola orden y de que había algo en mí, algo bien escondido, que se prendía con que me dijeran "quietecita" y "aguántate" y me jalaran del pelo, y de que Diego lo sabía y lo disfrutaba, y de que su tío ya tenía su lugar en la casa y en mi cama cada que se ofrecía, y de que yo, con la panocha todavía palpitando y el semen secándose entre las piernas, ya estaba pensando en cuándo íbamos a repetirlo.
2 comentarios - Mi novio me anima abrir un only y algo mas.
Ya voy a leer los demas me dejaste con la verga dura dura