Dejé a mamá sola, dormida, y recién cogida.No podía creer que de verdad
podía hacer semejante afirmación. Aún estaba algo confundido por los
tragos que había tomado, pero lo suficientemente lúcido como para
comprender y disfrutar de lo que acababa de pasar.
Un pacto secreto…
Solo debía cerrar la boca. Hacer de cuenta deque lo que pasó entre esas
cuatro paredes, nunca sucedió en realidad.
Volví a la sala de estar. Luana y tía Marianaestaban revolcadas en el
sofá, como tantas veces las había visto, y sin embargo nada en lo que
estaba ocurriendo se parecía a lo que conocía. La primera impresión fue
un fogonazo de colores y telas: esos disfraces ridículos y preciosos —la
monja y la caperucita roja con la capa apenas corrida hacia un costado—.
Estaban enredadas, literalmente, como si alguien las hubiera arrojado
una contra la otra y ellas hubieran decidido no separarse más: las
piernas cruzadas, los pliegues de las faldas mezclándose, el rojo y el
negro confundidos en un solo manchón de tela que respiraba. La capucha
roja caía sobre el hombro de Luana, dejando ver apenas el brillo de su
pelo, mientras el velo de la “monja” se había corrido hacia atrás,
revelando un cuello desnudo que se tensaba cada vez que la otra se
inclinaba.

Se besaban con una concentración absoluta.Veía los movimientos mínimos
de sus bocas, la forma en que una de ellas ladeaba la cabeza apenas,
buscando mejor ángulo, el modo en que la otra respondía sin apuro, como
si conociera de memoria ese ritmo.
Las manos estaban igual de enredadas que suscuerpos: dedos que se
deslizaban por encima de la tela negra del hábito, que se detenían un
segundo en la cintura, que volvían a subir; la otra mano que se aferraba
a la capa roja, arrugándola sin cuidado, acercando más y más a la dueña
de esa capucha al cuerpo que tenía enfrente. Cada tanto una de las dos
se separaba un instante, apenas lo suficiente como para mirarla a los
ojos, como si necesitaran confirmar que estaban ahí, que no era una
ilusión ni una broma pesada, y esa mirada fugaz tenía más electricidad
que cualquier palabra.
Yo me quedé quieto, a medio paso de entrardel todo, sintiendo que había
cruzado una frontera sin tocar nada, sólo por estar ahí, de pie,
contemplando la escena. La mesa ratona estaba llena de vasos a medio
terminar, restos de la noche que habíamos compartido, pero todo eso se
volvió borroso frente a la imagen de ellas, en ese sofá que de golpe
parecía más angosto, más íntimo, como si el mueble mismo se hubiera
plegado para contenerlas.
Enredadas, besándose, tocándose, sí, pero node cualquier manera: había
en cada roce una familiaridad reciente, una confianza infinita, un juego
que había empezado sin mí y que, en ese momento exacto, parecía no
necesitar nada más que sus dos cuerpos disfrazados, sus respiraciones
mezcladas y ese silencio denso que las envolvía, mientras el mundo, del
lado de afuera, seguía girando sin enterarse de nada.
Me pregunté cuánto sabían de lo que acababade pasar con mamá. Mariana
le había dado la pastilla. Pero, ¿por qué lo había hecho? ¿Comprendía
para qué la utilizaría mamá? ¿Se la dio precisamente por eso?
Pero no podía preguntárselos ahora. Porquelas dos estaban en su mundo.
Si acaso hubieran desviado la mirada hacia mí durante un instante, me
acercaría, a ver si me permitían unirme a esa fiestita íntima que
estaban teniendo. Pero no fue así. Ya sea porque no notaron mi
presencia, o porque simplemente decidieron ignorarme, ellas seguían
comiéndose la boca, mientras sus manos recorrían la piel tersa de la
otra.
Me dirigí a la escalera, dejándolas solas. Metiré en la cama,
descubriéndome mucho más cansado de lo que me había percatado hasta
hacia unos segundos. Me dormí con la ropa puesta, y me desperté recién
al otro día, cuando el sol se filtraba por las pequeñas aberturas de la
persiana y el sonido de los pájaros, inmunes a la pandemia, llegaban a
mis oídos.
No era de levantarme temprano, pero mamá sí.Además, recordaba que,
entre sueños, escuché nuevamente gemidos en el dormitorio de mi hermana.
Debían haber estado cogiendo toda la madrugada. Eso significaba que,
probablemente, mamá estaría sola abajo.
Así que me espabilé, me di una ducha rápida,y bajé las escaleras.
Estaba muy ansioso por encontrarme con ella.¿Cómo actuaría? ¿De verdad
no recordaba nada?
Me la encontré en la sala de estar. Se veíacompletamente diferente a
como estaba la noche anterior. Ahora parecía una ama de casa de manual.
Salvo por el hecho de que era mucho más linda y sexi que la ama de casa
promedio, claro.
Vestía un pantalón de lino color beige. Erabastante holgado. Arriba,
una remera blanca sin hombros, y con el ombligo desnudo. El pelo rubio
estaba recogido. Al verme llegar, me miró de reojo, pero enseguida
volvió al celular. Parecía estar mandando un mensaje. En la otra mano
tenía una taza de café. El televisor estaba encendido. No estaba en el
noticiero, sino en una película vieja. Aunque igual no le daba
importancia.

—¿Cómo dormiste? —le pregunté, sentándome asu lado.
—Bien. Como una bebita —dijo ella, sinmirarme todavía—. Pero siento
vergüenza por lo de ayer —agregó después.
De repente mi corazón empezó a acelerarse.“Lo de ayer”, repetí para mis
adentros, recordándola desnuda, boca abajo, largando gemidos de placer
mientras yo le hundía la pija una y otra vez.
—Habrá sido muy vergonzoso para vos vermevestida así, y encima borracha
—agregó ella, ahora sí, mirándome con esos hermosos ojos azules.
—Em. No, nada que ver. Me gustó vertedivertida, relajada —comenté,
percatándome de mi error—. Es más, me gustaría que nos divirtamos más de
seguido de esa manera.
—Conmigo no cuenten —dijo ella, tajante—.Además, esa pendeja de
Mariana… No sé qué me dio. Pero no me acuerdo casi de nada de lo de
anoche.
—¿En serio? Pero te ves muy bien. Estás máslinda que nunca —le dije.
—Gracias, Lucio —dijo ella, acariciando micabeza con una ternura
maternal que contrastaba violentamente con su actitud del día anterior—.
¿Querés que te prepare el desayuno?
Mamá no me solía malcriar tanto. Normalmenteesperaba que me hiciera mi
propio desayuno. Pero cuando le decía algo que la halagaba y la ponía
contenta, era mucho menos severa, y terminaba tratándome como a un chico
mucho más pequeño de lo que era.
—Bueno, pero terminá tu desayuno primero—dije.
Sorbió un largo trago de café, con lo que loterminó. Si estaba
actuando, lo estaba haciendo muy bien. No había rastros de que recordara
lo que habíamos hecho.
Se puso de pie y se dirigió hacia la cocina.A pesar de que el pantalón
era bastante suelto, no había forma de que ese culo generoso y bien
parado quedara oculto bajo ninguna prenda: la tela caía amplia desde la
cadera, sí, pero se le pegaba justo donde tenía que pegarse, dibujando
una curva imposible de ignorar cada vez que daba un paso.
Mis ojos se fueron hacia ahí casi porreflejo, como si el resto del
cuerpo se volviera, de pronto, un decorado prescindible y todo lo
importante estuviera concentrado en el vaivén lento e hipnótico de su
orto. Solo entonces, cuando la luz del comedor le dio de lleno por
detrás, noté el detalle que terminó de desarmarme: una tanguita blanca
se adivinaba a través de la tela finísima del lino, apenas una sombra
más clara, una línea delicada que se le metía en lo más profundo del
orto.
La seguí.
—Yo la lavo, mientras vos me preparás laleche —le dije.
Agarré la taza y el platito de café y lo puseen la piletita. Ella se
dirigió a la heladera. La abrió para agarrar el sachet de leche. Un
mechón de pelo le cayó sobre el rostro, mientras se inclinaba levemente.
Y los senos se apretaron en la remerita. Como siempre, cada mínimo
movimiento que hacía parecía una coreografía cargada de erotismo. Mamá
tenía una sensualidad natural que siempre me dejaba embobado.
—Qué te pasa —me preguntó, con una sonrisainquisitiva.
Vertió la leche en una jarra y encendió lahornalla. Luego, agarró mi
pocillo y una cuchara. Me di cuenta de que estaba tardando más de la
cuenta para responder una pregunta muy simple.
—Nada… Es que… Me gusta verte así.
—¿Así, cómo? —preguntó ella, con el ceñolevemente fruncido. Luego puso
una cucharada de azúcar en el pocillo.
—Es que… ayer me quedé un poco preocupado porvos. Estabas muy tensa.
Cuando estás así, me preocupo por vos.
—Gracias, Lucio, sos un dulce. Y sí, sé que aveces soy terrorífica.
—Pero ahora estás más relajada —largué—.Hasta parecés alegre.
—Es verdad, me siento así —dijo ella, paraluego colocar una cucharada
grande de chocolate en el pocillo—. A lo mejor, necesito desahogarme
como ayer de vez en cuando. No me acuerdo casi nada, pero creo que la
pasamos bien. Bailaste conmigo, ¿no?
Recordé cómo le había comido la boca, cómosus caderas se frotaron con
mi erección, cómo mis manos bajaron hasta su culo.
—Em, sí. Fue divertido.
—Y eso que nunca bailás —comentó,enternecida.
—Bueno, lo hice por vos. Además, era una cosaíntima, de la familia. Y
también estaba un poquito borracho. Así que no me dio vergüenza, como me
hubiera dado en otro momento.
De pronto, mamá extendió una mano. Meacarició la mejilla suavemente,
mientras me miraba con ternura. Parecía el gesto de una cariñosa madre.
Pero no lo sentía solo como eso. Olía el perfume de su piel, la textura
de su delicada mano mientras me tocaba, y recordaba cómo la había
montado la noche anterior. Y el hecho de que debido a ese polvo
estuviera ahora mucho más calmada, no hacía las cosas más fáciles.
—Entonces gracias, bebé —me dijo.
—Pero si no hice nada —dije yo.
Ella siguió acariciándome, y yo me acerquéunos centímetros más, sin
saber bien a dónde iba todo eso. Claramente debía seguir fingiendo que
no había pasado nada, que no habíamos cogido. Y claramente ese gesto
suyo no tenía nada de lujuria. Pero yo ya sentía cómo la calentura
recorría todo mi cuerpo.
Entonces el hervor de la leche nosinterrumpió. El líquido blanco subió,
burbujeante. Mamá salió corriendo. En lugar de apagar la hornalla,
corrió la jarra, agarrándola del mango. Un poco de leche hirviendo cayó
sobre sus dedos.
—¡Ay, la puta madre! —gritó.
Sabía que las quemaduras debían tratarseponiéndole hielo cuanto antes.
Así que fui corriendo a la heladera. Saqué unos cubitos de hielo y me
acerqué a mamá.
—A ver —dije.
—No es nada, solo fue el susto. ¡Ay! —Largóun gritito cuando apoyé el
hielo en el dedo enrojecido—. Pero igual está bien lo del hielo.
Gracias, Lucio.
—Hoy me estás dando las gracias muchas veces.Voy a empezar a
preocuparme —dije.
—Preocuparte, ¿por qué?
—No sé… ¿De verdad sos mi mamá?
Ella rio. Estábamos muy cerca. Yo agarrándolala mano, mientras le
frotaba el hielo en donde había caído la leche.
Nos quedamos en silencio un rato. Noté que larespiración de ella se
estaba haciendo más profunda.
—Bueno, hay que limpiar, y poner más leche—dijo ella.
—Yo limpio después. Pero no hace falta másleche. Con lo que quedó en la
jarra alcanza.
—Y ahora mis dedos quedaron todos pegoteadospor la leche. Pero igual no
quiero dejar de pasarme el hielo. No tan pronto.
Entonces, en un acto instintivo. Dejé defrotar el hielo. En cambio,
llevé su mano a mi boca, y engullí el dedo índice y el del medio al
mismo tiempo, succionando la leche que había quedado impregnado en él.
—Lucio… ¿qué estás haciendo?
Levanté la vista. Parecía estupefacta, perono escandalizada.
—Nada… Solo… —balbuceé, sin terminar deentender yo mismo lo que estaba
haciendo—. Quería quitarte la leche, nada más.
—Y ahora me dejaste llena de baba, tontis—dijo ella, riendo—. Está
bien, te tomo la palabra. Limpiá la cocina y tomá la leche.
Agarró los cubitos de hielo y se dirigió a lasala de estar, presionando
la quemadura por su cuenta.
Pero si con mamá la tensión sexual se sentíainsoportable, con tía
Mariana era mucho peor. Porque con mamá al menos teníamos el tema de la
amnesia. En cambio, con mi tía… Suponía que ella recordaba muy bien cómo
me la había cogido en el baño. O, en todo caso, ya me enteraría.
El momento no se hizo esperar. A eso de lasdiez de la mañana se puso a
lavar las sábanas —yo ya me imaginaba cómo debían estar, después de
varias noches de lujuria con mi hermana—. Así que esperé a que saliera a
colgarlas bajo el sol, y salí afuera.
Para colmo, mi tía no me la estaba haciendofácil con el aspecto que
tenía. Se había puesto cómoda, con una calza corta que le marcaba el
orto de manera pornográfica, y que dejaba sus musculosas piernas
desnudas. Arriba, una remera ceñida, que apenas podía contener sus
senos. El pelo castaño estaba recogido, lo que, de alguna manera,
resaltaba la belleza de su rostro.

Me acerqué a ella.
—¿Nunca pensaste en sacártelas? —le dije, derepente.
—¿Qué? —me preguntó, mientras colgaba una delas sábanas en el cable que
atravesaba el patio y funcionaba como ténder.
—Las tetas… ¿Nunca pensaste en quitarte unpoco?
—Me hacés reír. Me hicieron esa pregunta milveces, pero nunca la esperé
de vos —dijo ella, divertida. Pero luego borró la sonrisa de su cara,
dispuesta a hablar en serio del tema, cosa que me tomó por sorpresa—.
Mirá… La parte graciosa es que todo el mundo cree que es un privilegio.
“Ay, qué suerte que tenés, yo pago una fortuna por tener la mitad”, me
dicen. Y sí, ponele, las fotos salen bárbaras, los corpiños quedan
llenos, todo eso… Pero nadie piensa que también es un dolor de espalda
literal. Termino el día con la columna hecha mierda —siguió—. Si no uso
un corpiño bueno, me quiero morir. Y los corpiños buenos salen
carísimos. Encima no conseguís en cualquier lado.
Se inclinó para agarrar otra sábana, y yo vicómo esos enormes globos
quedaban suspendidos en el aire. Sentía pena por ella, porque estaba
claro que era un peso extra que debía ser muy molesto. Además, me sentí
un estúpido por no agarrar la sábana yo mismo. Pero estaba hipnotizado
con el suave bamboleo de esos senos.
—Después está la otra parte… —hizo una pausa,buscando las palabras—. La
forma en que te miran. A los doce ya me miraban como si tuviera
veinticinco. Profes, padres de compañeras, tipos en la calle. De golpe
dejás de ser nena. No importa que tuviera la misma edad que mis
compañeritas de clase. Tenía esos kilos de carne extra que
automáticamente hacían que los tipos se convirtieran en animales.
Se rio pero sin alegría.
—Claro, entiendo. Debe ser muy feo —dije.
Me compadecía sinceramente de ella, pero esono quitaba que la verga ya
se me estuviera poniendo dura con solo verla y escucharla.
—Tenés calor y te querés poner una musculosacomún, como cualquiera, y
ya es “uy, mirá cómo provoca”. Si usás algo flojo, parecés una carpa de
circo. Si usás algo ajustado, sos una trola. No hay punto medio. —Se
enderezó un poco y me miró, clavándome los ojos—. Y lo que más bronca me
da es eso: que la gente se cree que las tengo para ellos, para que
opinen, se exciten, juzguen, lo que sea. Como si fueran de uso público.
Yo me quedé callado, Ella siguió, como sirecién estuviera agarrando
envión:
—En el bondi, por ejemplo —levantó una ceja—.Intentá subir en hora pico
con esto. Siempre hay una mano que “sin querer” roza, un torso que se te
pega de más, ojos que no te miran a la cara nunca. Y si te quejás, sos
exagerada. Entonces aprendés a encorvarte, a cruzarte de brazos, a
esconderte. Caminás por la vida como si tuvieras que pedir perdón por
ocupar espacio.
—Pero vos no te encorvás —comenté.
—No —dijo ella, riendo—. Eso me pasaba cuandoera más chica. Me costó,
pero aprendí…Y ni hablar de lo otro… —agregó, más despacio—. De que
mucha gente te subestima. “La de las tetas grandes”. Como si no hubiera
nada más. En entrevistas de trabajo, en la facultad, en todos lados. Vos
hablás, pero ellos siguen pensando en el escote. Y si te va bien en
algo, siempre está el comentario: “Bueno, con ese cuerpo cualquiera”.
Siempre me tuve que esforzar el doble que los demás porque es la única
manera de hacerme valer.
Se quedó un momento en silencio, mirando lassábanas bajo el sol.
—Por eso me jode cuando me preguntan si nopensé en “sacármelas” —dijo,
imitando mi tono, pero sin mala leche—. Como si fuera tan simple. Como
si cortaras un pedazo de tela y listo. Yo crecí con esto. Me duelen, me
pesan, me complican… pero también son parte de mí. El problema no son
ellas, ¿entendés? El problema es todo lo que la gente arma alrededor.
Me miró otra vez, esta vez con una mediasonrisa, casi cansada.
—Perdón —dije.
—No pasa nada. Sé que no lo hiciste con malasintenciones.
No supe cuánto tiempo me quedé callado,mirándola como un boludo.
—Che… —dije al final, más por llenar elsilencio que por valentía—.
Igual… ponele… A veces las usás a tu favor, ¿no?
Ella levantó la vista, con una ceja arqueada.
—¿A favor cómo? —preguntó, pero ya tenía lasonrisa asomándole en la
comisura, como si supiera perfectamente a qué me refería y se estuviera
haciendo la tonta a propósito.
—Y… —me encogí de hombros—. No sé. Paraconseguir cosas. Para que te
traten distinto. Para que te hagan un favor. Digo… con lo que acabás de
decir, de lo que generan… ¿Nunca te aprovechaste un poco de eso?
Se quedó pensándolo un segundo, apoyando losnudillos en el borde de la
palangana. Después soltó una risa corta.
—Obvio que sí —dijo—. No te voy a mentir.Todas lo hacemos, de alguna
manera. Todas las mujeres disfrutan seducir, aunque sea un poquito. La
diferencia es qué hacés con eso.
Se enderezó, se secó las manos en el short yse apoyó de espaldas contra
la pared, justo debajo del cable del tender. La remera se le ajustó aún
más al pecho, pero traté de no quedarme colgado ahí mientras hablaba.
—Mirá —empezó—. Si yo te digo que nunca meinvitaron un trago solo por
asomarme un poco al escote, te estaría mintiendo en la cara. Boliches,
bares, recitales… Es casi un guion: vos entrás, los tipos te escanean
entero y si ven que hay “material”, ya sabés que alguna bebida cae, que
se te acercan más, que el patovica mira para otro lado si te colás con
tus amigas. No es que yo vaya por la vida diciendo “miren mis tetas,
paguen todo ustedes”, pero hay momentos en los que sabés que podés
conseguir cosas solo por cómo te ves.
Hizo un gesto vago con la mano, comodibujando una curva en el aire.
—En la facultad pasaba también —siguió—.Profes que eran impecables
corrigiendo, pero a la hora de una consulta, si yo iba con una remera un
poco más al cuerpo, se volvían locos. De repente tenían tiempo,
paciencia, te explicaban el mismo ejercicio tres veces. Y ojo,
estudiaba, ¿eh? Me rompía el alma. Pero eso no quitaba que alguno
quisiera tirarme un centro, como para que yo recordara que les debía un
favor.
—Entiendo.
—Después están los trámites, las ventanillas…—continuó—. Hay días en
que estoy cansada y no quiero discutir con nadie. Entonces me maquillo
un poco, me pongo un escote decente, voy y listo: el del mostrador se
vuelve más amable, el del banco te explica todo con una sonrisa, el
policía de la esquina te deja pasar donde no deberías. ¿Está bien? Y…
no. ¿Es injusto? Sí. Pero el sistema ya está armado así. Vos solo
aprendés a moverte adentro. Eso sí, hay que tener cuidado. Porque si
quien te atiende resulta no ser un hombre, sino una chica, las cosas te
pueden salir peor. No hay nada más peligroso que una mina envidiosa.
Se detuvo, mirándome fijo.
—Eso no quita todo lo otro que te dije—aclaró—. El dolor de espalda,
los prejuicios, la sensación de estar siempre en vidriera. Pero sería
hipócrita decir que nunca jugué con eso cuando me convenía.
Asentí despacio. Había algo en su honestidadque me desarmaba más que
cualquier pose.
—Y con los chabones… —dije, casi sin pensar—.Digo… en la cama. Deben
volverse locos con tus… gomas.
Ella soltó una carcajada más franca esta vez.
—¿En serio me preguntás? —dijo—. Es unafijación. Te juro. Para muchos
las tetas son como… no sé… el centro del universo. Incluso algunos tipos
que dicen que no les interesa el tamaño, lo primero que hacen si están
conmigo es jugar con ellas.
Se acomodó un mechón rebelde detrás de laoreja. Yo estaba más animado
ahora que la conversación se estaba volviendo más íntima.
—Hay tipos que directamente no te miran a lacara en ningún momento
—siguió—. Y en la cama… —hizo una breve pausa, eligiendo cómo decirlo—
…en la cama es parecido: quieren estar ahí todo el tiempo, tocando,
apretando, apoyándose. Y si te escuchan suspirar cuando te tocan ahí,
chau, se creen dioses, y no te los sacás más de encima.
Se rio, divertida. Se hizo un pequeñosilencio.
—¿Y vos? —pregunté al final—. ¿Vos lasdisfrutás? O sea… cuando coges,
¿te gusta que se centren en esa zona?
Ella no contestó enseguida. Bajó la mirada unsegundo, como si repasara
escenas en la cabeza, y después volvió a levantarla.
—Sí —dijo, simple, sin vueltas—. Sí, claroque sí.
Se cruzó de brazos, pero no en gestodefensivo, sino como si necesitara
acompañar con el cuerpo lo que estaba diciendo.
—A ver… —empezó, buscando las palabras—. Estálo físico, obvio. Hay una
sensibilidad ahí que se siente distinto al resto del cuerpo. No es lo
mismo una mano en el hombro que una mano bien puesta en el pecho, ¿no?
Es otra clase de sensación. Mucho más intensa y placentera.
Se llevó una mano al esternón, apenas, sintocarse realmente, marcando
una zona más que un punto.
—Pero también está lo otro —continuó—. Lo quete hace la cabeza. Ver la
cara del otro cuando te mira, cuando se da cuenta de que te gusta. Esa
mezcla de concentración y de locura, ¿viste? Saber que con un gesto
mínimo, con un movimiento, con la forma en que respirás, podés subirle o
bajarle la temperatura al ambiente. Hay algo de poder ahí, no te voy a
mentir. Y ese poder también se disfruta.
Sus palabras se quedaron flotando entrenosotros y las sábanas húmedas.
—Entonces sí —resumió, con una mediasonrisa—. Me gusta cuando se
centran en mis tetas, pero pensando no solo en el placer de ellos, sino
en el mío también. Porque cuando son egoístas, son muy brutos, me tratan
como un cacho de carne, y hasta pueden lastimarme.
De repente, me acerqué a ella. Tenía la vergadurísima de tanto hablar
sobre sus tetas. Puse la mano en su cintura. Ella sonrió, divertida.
—Tía —dije.
—Qué.
—No te voy a mentir. A mí me encantan rustetas.
Ella soltó una suave carcajada.
—No hacía falta que lo digas. Se nota.
—Tía Mariana —le dije.
—Qué, Lucio.
—Me encantó lo que hicimos ayer en el baño.
—¿Qué cosa? Yo no me acuerdo de lo quehicimos en el baño —dijo ella.
Pero a diferencia de mamá, no mentía bien, nise esforzaba por hacerlo.
Se apartó de mí, y caminó en dirección a la casa, con la palangana en la
mano.
Me quedé ahí, con la pija durísima, sinterminar de creerme que me había
cogido a esos dos caramelitos, pero con muchas ganas de hacerlo de
nuevo.
podía hacer semejante afirmación. Aún estaba algo confundido por los
tragos que había tomado, pero lo suficientemente lúcido como para
comprender y disfrutar de lo que acababa de pasar.
Un pacto secreto…
Solo debía cerrar la boca. Hacer de cuenta deque lo que pasó entre esas
cuatro paredes, nunca sucedió en realidad.
Volví a la sala de estar. Luana y tía Marianaestaban revolcadas en el
sofá, como tantas veces las había visto, y sin embargo nada en lo que
estaba ocurriendo se parecía a lo que conocía. La primera impresión fue
un fogonazo de colores y telas: esos disfraces ridículos y preciosos —la
monja y la caperucita roja con la capa apenas corrida hacia un costado—.
Estaban enredadas, literalmente, como si alguien las hubiera arrojado
una contra la otra y ellas hubieran decidido no separarse más: las
piernas cruzadas, los pliegues de las faldas mezclándose, el rojo y el
negro confundidos en un solo manchón de tela que respiraba. La capucha
roja caía sobre el hombro de Luana, dejando ver apenas el brillo de su
pelo, mientras el velo de la “monja” se había corrido hacia atrás,
revelando un cuello desnudo que se tensaba cada vez que la otra se
inclinaba.

Se besaban con una concentración absoluta.Veía los movimientos mínimos
de sus bocas, la forma en que una de ellas ladeaba la cabeza apenas,
buscando mejor ángulo, el modo en que la otra respondía sin apuro, como
si conociera de memoria ese ritmo.
Las manos estaban igual de enredadas que suscuerpos: dedos que se
deslizaban por encima de la tela negra del hábito, que se detenían un
segundo en la cintura, que volvían a subir; la otra mano que se aferraba
a la capa roja, arrugándola sin cuidado, acercando más y más a la dueña
de esa capucha al cuerpo que tenía enfrente. Cada tanto una de las dos
se separaba un instante, apenas lo suficiente como para mirarla a los
ojos, como si necesitaran confirmar que estaban ahí, que no era una
ilusión ni una broma pesada, y esa mirada fugaz tenía más electricidad
que cualquier palabra.
Yo me quedé quieto, a medio paso de entrardel todo, sintiendo que había
cruzado una frontera sin tocar nada, sólo por estar ahí, de pie,
contemplando la escena. La mesa ratona estaba llena de vasos a medio
terminar, restos de la noche que habíamos compartido, pero todo eso se
volvió borroso frente a la imagen de ellas, en ese sofá que de golpe
parecía más angosto, más íntimo, como si el mueble mismo se hubiera
plegado para contenerlas.
Enredadas, besándose, tocándose, sí, pero node cualquier manera: había
en cada roce una familiaridad reciente, una confianza infinita, un juego
que había empezado sin mí y que, en ese momento exacto, parecía no
necesitar nada más que sus dos cuerpos disfrazados, sus respiraciones
mezcladas y ese silencio denso que las envolvía, mientras el mundo, del
lado de afuera, seguía girando sin enterarse de nada.
Me pregunté cuánto sabían de lo que acababade pasar con mamá. Mariana
le había dado la pastilla. Pero, ¿por qué lo había hecho? ¿Comprendía
para qué la utilizaría mamá? ¿Se la dio precisamente por eso?
Pero no podía preguntárselos ahora. Porquelas dos estaban en su mundo.
Si acaso hubieran desviado la mirada hacia mí durante un instante, me
acercaría, a ver si me permitían unirme a esa fiestita íntima que
estaban teniendo. Pero no fue así. Ya sea porque no notaron mi
presencia, o porque simplemente decidieron ignorarme, ellas seguían
comiéndose la boca, mientras sus manos recorrían la piel tersa de la
otra.
Me dirigí a la escalera, dejándolas solas. Metiré en la cama,
descubriéndome mucho más cansado de lo que me había percatado hasta
hacia unos segundos. Me dormí con la ropa puesta, y me desperté recién
al otro día, cuando el sol se filtraba por las pequeñas aberturas de la
persiana y el sonido de los pájaros, inmunes a la pandemia, llegaban a
mis oídos.
No era de levantarme temprano, pero mamá sí.Además, recordaba que,
entre sueños, escuché nuevamente gemidos en el dormitorio de mi hermana.
Debían haber estado cogiendo toda la madrugada. Eso significaba que,
probablemente, mamá estaría sola abajo.
Así que me espabilé, me di una ducha rápida,y bajé las escaleras.
Estaba muy ansioso por encontrarme con ella.¿Cómo actuaría? ¿De verdad
no recordaba nada?
Me la encontré en la sala de estar. Se veíacompletamente diferente a
como estaba la noche anterior. Ahora parecía una ama de casa de manual.
Salvo por el hecho de que era mucho más linda y sexi que la ama de casa
promedio, claro.
Vestía un pantalón de lino color beige. Erabastante holgado. Arriba,
una remera blanca sin hombros, y con el ombligo desnudo. El pelo rubio
estaba recogido. Al verme llegar, me miró de reojo, pero enseguida
volvió al celular. Parecía estar mandando un mensaje. En la otra mano
tenía una taza de café. El televisor estaba encendido. No estaba en el
noticiero, sino en una película vieja. Aunque igual no le daba
importancia.

—¿Cómo dormiste? —le pregunté, sentándome asu lado.
—Bien. Como una bebita —dijo ella, sinmirarme todavía—. Pero siento
vergüenza por lo de ayer —agregó después.
De repente mi corazón empezó a acelerarse.“Lo de ayer”, repetí para mis
adentros, recordándola desnuda, boca abajo, largando gemidos de placer
mientras yo le hundía la pija una y otra vez.
—Habrá sido muy vergonzoso para vos vermevestida así, y encima borracha
—agregó ella, ahora sí, mirándome con esos hermosos ojos azules.
—Em. No, nada que ver. Me gustó vertedivertida, relajada —comenté,
percatándome de mi error—. Es más, me gustaría que nos divirtamos más de
seguido de esa manera.
—Conmigo no cuenten —dijo ella, tajante—.Además, esa pendeja de
Mariana… No sé qué me dio. Pero no me acuerdo casi de nada de lo de
anoche.
—¿En serio? Pero te ves muy bien. Estás máslinda que nunca —le dije.
—Gracias, Lucio —dijo ella, acariciando micabeza con una ternura
maternal que contrastaba violentamente con su actitud del día anterior—.
¿Querés que te prepare el desayuno?
Mamá no me solía malcriar tanto. Normalmenteesperaba que me hiciera mi
propio desayuno. Pero cuando le decía algo que la halagaba y la ponía
contenta, era mucho menos severa, y terminaba tratándome como a un chico
mucho más pequeño de lo que era.
—Bueno, pero terminá tu desayuno primero—dije.
Sorbió un largo trago de café, con lo que loterminó. Si estaba
actuando, lo estaba haciendo muy bien. No había rastros de que recordara
lo que habíamos hecho.
Se puso de pie y se dirigió hacia la cocina.A pesar de que el pantalón
era bastante suelto, no había forma de que ese culo generoso y bien
parado quedara oculto bajo ninguna prenda: la tela caía amplia desde la
cadera, sí, pero se le pegaba justo donde tenía que pegarse, dibujando
una curva imposible de ignorar cada vez que daba un paso.
Mis ojos se fueron hacia ahí casi porreflejo, como si el resto del
cuerpo se volviera, de pronto, un decorado prescindible y todo lo
importante estuviera concentrado en el vaivén lento e hipnótico de su
orto. Solo entonces, cuando la luz del comedor le dio de lleno por
detrás, noté el detalle que terminó de desarmarme: una tanguita blanca
se adivinaba a través de la tela finísima del lino, apenas una sombra
más clara, una línea delicada que se le metía en lo más profundo del
orto.
La seguí.
—Yo la lavo, mientras vos me preparás laleche —le dije.
Agarré la taza y el platito de café y lo puseen la piletita. Ella se
dirigió a la heladera. La abrió para agarrar el sachet de leche. Un
mechón de pelo le cayó sobre el rostro, mientras se inclinaba levemente.
Y los senos se apretaron en la remerita. Como siempre, cada mínimo
movimiento que hacía parecía una coreografía cargada de erotismo. Mamá
tenía una sensualidad natural que siempre me dejaba embobado.
—Qué te pasa —me preguntó, con una sonrisainquisitiva.
Vertió la leche en una jarra y encendió lahornalla. Luego, agarró mi
pocillo y una cuchara. Me di cuenta de que estaba tardando más de la
cuenta para responder una pregunta muy simple.
—Nada… Es que… Me gusta verte así.
—¿Así, cómo? —preguntó ella, con el ceñolevemente fruncido. Luego puso
una cucharada de azúcar en el pocillo.
—Es que… ayer me quedé un poco preocupado porvos. Estabas muy tensa.
Cuando estás así, me preocupo por vos.
—Gracias, Lucio, sos un dulce. Y sí, sé que aveces soy terrorífica.
—Pero ahora estás más relajada —largué—.Hasta parecés alegre.
—Es verdad, me siento así —dijo ella, paraluego colocar una cucharada
grande de chocolate en el pocillo—. A lo mejor, necesito desahogarme
como ayer de vez en cuando. No me acuerdo casi nada, pero creo que la
pasamos bien. Bailaste conmigo, ¿no?
Recordé cómo le había comido la boca, cómosus caderas se frotaron con
mi erección, cómo mis manos bajaron hasta su culo.
—Em, sí. Fue divertido.
—Y eso que nunca bailás —comentó,enternecida.
—Bueno, lo hice por vos. Además, era una cosaíntima, de la familia. Y
también estaba un poquito borracho. Así que no me dio vergüenza, como me
hubiera dado en otro momento.
De pronto, mamá extendió una mano. Meacarició la mejilla suavemente,
mientras me miraba con ternura. Parecía el gesto de una cariñosa madre.
Pero no lo sentía solo como eso. Olía el perfume de su piel, la textura
de su delicada mano mientras me tocaba, y recordaba cómo la había
montado la noche anterior. Y el hecho de que debido a ese polvo
estuviera ahora mucho más calmada, no hacía las cosas más fáciles.
—Entonces gracias, bebé —me dijo.
—Pero si no hice nada —dije yo.
Ella siguió acariciándome, y yo me acerquéunos centímetros más, sin
saber bien a dónde iba todo eso. Claramente debía seguir fingiendo que
no había pasado nada, que no habíamos cogido. Y claramente ese gesto
suyo no tenía nada de lujuria. Pero yo ya sentía cómo la calentura
recorría todo mi cuerpo.
Entonces el hervor de la leche nosinterrumpió. El líquido blanco subió,
burbujeante. Mamá salió corriendo. En lugar de apagar la hornalla,
corrió la jarra, agarrándola del mango. Un poco de leche hirviendo cayó
sobre sus dedos.
—¡Ay, la puta madre! —gritó.
Sabía que las quemaduras debían tratarseponiéndole hielo cuanto antes.
Así que fui corriendo a la heladera. Saqué unos cubitos de hielo y me
acerqué a mamá.
—A ver —dije.
—No es nada, solo fue el susto. ¡Ay! —Largóun gritito cuando apoyé el
hielo en el dedo enrojecido—. Pero igual está bien lo del hielo.
Gracias, Lucio.
—Hoy me estás dando las gracias muchas veces.Voy a empezar a
preocuparme —dije.
—Preocuparte, ¿por qué?
—No sé… ¿De verdad sos mi mamá?
Ella rio. Estábamos muy cerca. Yo agarrándolala mano, mientras le
frotaba el hielo en donde había caído la leche.
Nos quedamos en silencio un rato. Noté que larespiración de ella se
estaba haciendo más profunda.
—Bueno, hay que limpiar, y poner más leche—dijo ella.
—Yo limpio después. Pero no hace falta másleche. Con lo que quedó en la
jarra alcanza.
—Y ahora mis dedos quedaron todos pegoteadospor la leche. Pero igual no
quiero dejar de pasarme el hielo. No tan pronto.
Entonces, en un acto instintivo. Dejé defrotar el hielo. En cambio,
llevé su mano a mi boca, y engullí el dedo índice y el del medio al
mismo tiempo, succionando la leche que había quedado impregnado en él.
—Lucio… ¿qué estás haciendo?
Levanté la vista. Parecía estupefacta, perono escandalizada.
—Nada… Solo… —balbuceé, sin terminar deentender yo mismo lo que estaba
haciendo—. Quería quitarte la leche, nada más.
—Y ahora me dejaste llena de baba, tontis—dijo ella, riendo—. Está
bien, te tomo la palabra. Limpiá la cocina y tomá la leche.
Agarró los cubitos de hielo y se dirigió a lasala de estar, presionando
la quemadura por su cuenta.
Pero si con mamá la tensión sexual se sentíainsoportable, con tía
Mariana era mucho peor. Porque con mamá al menos teníamos el tema de la
amnesia. En cambio, con mi tía… Suponía que ella recordaba muy bien cómo
me la había cogido en el baño. O, en todo caso, ya me enteraría.
El momento no se hizo esperar. A eso de lasdiez de la mañana se puso a
lavar las sábanas —yo ya me imaginaba cómo debían estar, después de
varias noches de lujuria con mi hermana—. Así que esperé a que saliera a
colgarlas bajo el sol, y salí afuera.
Para colmo, mi tía no me la estaba haciendofácil con el aspecto que
tenía. Se había puesto cómoda, con una calza corta que le marcaba el
orto de manera pornográfica, y que dejaba sus musculosas piernas
desnudas. Arriba, una remera ceñida, que apenas podía contener sus
senos. El pelo castaño estaba recogido, lo que, de alguna manera,
resaltaba la belleza de su rostro.

Me acerqué a ella.
—¿Nunca pensaste en sacártelas? —le dije, derepente.
—¿Qué? —me preguntó, mientras colgaba una delas sábanas en el cable que
atravesaba el patio y funcionaba como ténder.
—Las tetas… ¿Nunca pensaste en quitarte unpoco?
—Me hacés reír. Me hicieron esa pregunta milveces, pero nunca la esperé
de vos —dijo ella, divertida. Pero luego borró la sonrisa de su cara,
dispuesta a hablar en serio del tema, cosa que me tomó por sorpresa—.
Mirá… La parte graciosa es que todo el mundo cree que es un privilegio.
“Ay, qué suerte que tenés, yo pago una fortuna por tener la mitad”, me
dicen. Y sí, ponele, las fotos salen bárbaras, los corpiños quedan
llenos, todo eso… Pero nadie piensa que también es un dolor de espalda
literal. Termino el día con la columna hecha mierda —siguió—. Si no uso
un corpiño bueno, me quiero morir. Y los corpiños buenos salen
carísimos. Encima no conseguís en cualquier lado.
Se inclinó para agarrar otra sábana, y yo vicómo esos enormes globos
quedaban suspendidos en el aire. Sentía pena por ella, porque estaba
claro que era un peso extra que debía ser muy molesto. Además, me sentí
un estúpido por no agarrar la sábana yo mismo. Pero estaba hipnotizado
con el suave bamboleo de esos senos.
—Después está la otra parte… —hizo una pausa,buscando las palabras—. La
forma en que te miran. A los doce ya me miraban como si tuviera
veinticinco. Profes, padres de compañeras, tipos en la calle. De golpe
dejás de ser nena. No importa que tuviera la misma edad que mis
compañeritas de clase. Tenía esos kilos de carne extra que
automáticamente hacían que los tipos se convirtieran en animales.
Se rio pero sin alegría.
—Claro, entiendo. Debe ser muy feo —dije.
Me compadecía sinceramente de ella, pero esono quitaba que la verga ya
se me estuviera poniendo dura con solo verla y escucharla.
—Tenés calor y te querés poner una musculosacomún, como cualquiera, y
ya es “uy, mirá cómo provoca”. Si usás algo flojo, parecés una carpa de
circo. Si usás algo ajustado, sos una trola. No hay punto medio. —Se
enderezó un poco y me miró, clavándome los ojos—. Y lo que más bronca me
da es eso: que la gente se cree que las tengo para ellos, para que
opinen, se exciten, juzguen, lo que sea. Como si fueran de uso público.
Yo me quedé callado, Ella siguió, como sirecién estuviera agarrando
envión:
—En el bondi, por ejemplo —levantó una ceja—.Intentá subir en hora pico
con esto. Siempre hay una mano que “sin querer” roza, un torso que se te
pega de más, ojos que no te miran a la cara nunca. Y si te quejás, sos
exagerada. Entonces aprendés a encorvarte, a cruzarte de brazos, a
esconderte. Caminás por la vida como si tuvieras que pedir perdón por
ocupar espacio.
—Pero vos no te encorvás —comenté.
—No —dijo ella, riendo—. Eso me pasaba cuandoera más chica. Me costó,
pero aprendí…Y ni hablar de lo otro… —agregó, más despacio—. De que
mucha gente te subestima. “La de las tetas grandes”. Como si no hubiera
nada más. En entrevistas de trabajo, en la facultad, en todos lados. Vos
hablás, pero ellos siguen pensando en el escote. Y si te va bien en
algo, siempre está el comentario: “Bueno, con ese cuerpo cualquiera”.
Siempre me tuve que esforzar el doble que los demás porque es la única
manera de hacerme valer.
Se quedó un momento en silencio, mirando lassábanas bajo el sol.
—Por eso me jode cuando me preguntan si nopensé en “sacármelas” —dijo,
imitando mi tono, pero sin mala leche—. Como si fuera tan simple. Como
si cortaras un pedazo de tela y listo. Yo crecí con esto. Me duelen, me
pesan, me complican… pero también son parte de mí. El problema no son
ellas, ¿entendés? El problema es todo lo que la gente arma alrededor.
Me miró otra vez, esta vez con una mediasonrisa, casi cansada.
—Perdón —dije.
—No pasa nada. Sé que no lo hiciste con malasintenciones.
No supe cuánto tiempo me quedé callado,mirándola como un boludo.
—Che… —dije al final, más por llenar elsilencio que por valentía—.
Igual… ponele… A veces las usás a tu favor, ¿no?
Ella levantó la vista, con una ceja arqueada.
—¿A favor cómo? —preguntó, pero ya tenía lasonrisa asomándole en la
comisura, como si supiera perfectamente a qué me refería y se estuviera
haciendo la tonta a propósito.
—Y… —me encogí de hombros—. No sé. Paraconseguir cosas. Para que te
traten distinto. Para que te hagan un favor. Digo… con lo que acabás de
decir, de lo que generan… ¿Nunca te aprovechaste un poco de eso?
Se quedó pensándolo un segundo, apoyando losnudillos en el borde de la
palangana. Después soltó una risa corta.
—Obvio que sí —dijo—. No te voy a mentir.Todas lo hacemos, de alguna
manera. Todas las mujeres disfrutan seducir, aunque sea un poquito. La
diferencia es qué hacés con eso.
Se enderezó, se secó las manos en el short yse apoyó de espaldas contra
la pared, justo debajo del cable del tender. La remera se le ajustó aún
más al pecho, pero traté de no quedarme colgado ahí mientras hablaba.
—Mirá —empezó—. Si yo te digo que nunca meinvitaron un trago solo por
asomarme un poco al escote, te estaría mintiendo en la cara. Boliches,
bares, recitales… Es casi un guion: vos entrás, los tipos te escanean
entero y si ven que hay “material”, ya sabés que alguna bebida cae, que
se te acercan más, que el patovica mira para otro lado si te colás con
tus amigas. No es que yo vaya por la vida diciendo “miren mis tetas,
paguen todo ustedes”, pero hay momentos en los que sabés que podés
conseguir cosas solo por cómo te ves.
Hizo un gesto vago con la mano, comodibujando una curva en el aire.
—En la facultad pasaba también —siguió—.Profes que eran impecables
corrigiendo, pero a la hora de una consulta, si yo iba con una remera un
poco más al cuerpo, se volvían locos. De repente tenían tiempo,
paciencia, te explicaban el mismo ejercicio tres veces. Y ojo,
estudiaba, ¿eh? Me rompía el alma. Pero eso no quitaba que alguno
quisiera tirarme un centro, como para que yo recordara que les debía un
favor.
—Entiendo.
—Después están los trámites, las ventanillas…—continuó—. Hay días en
que estoy cansada y no quiero discutir con nadie. Entonces me maquillo
un poco, me pongo un escote decente, voy y listo: el del mostrador se
vuelve más amable, el del banco te explica todo con una sonrisa, el
policía de la esquina te deja pasar donde no deberías. ¿Está bien? Y…
no. ¿Es injusto? Sí. Pero el sistema ya está armado así. Vos solo
aprendés a moverte adentro. Eso sí, hay que tener cuidado. Porque si
quien te atiende resulta no ser un hombre, sino una chica, las cosas te
pueden salir peor. No hay nada más peligroso que una mina envidiosa.
Se detuvo, mirándome fijo.
—Eso no quita todo lo otro que te dije—aclaró—. El dolor de espalda,
los prejuicios, la sensación de estar siempre en vidriera. Pero sería
hipócrita decir que nunca jugué con eso cuando me convenía.
Asentí despacio. Había algo en su honestidadque me desarmaba más que
cualquier pose.
—Y con los chabones… —dije, casi sin pensar—.Digo… en la cama. Deben
volverse locos con tus… gomas.
Ella soltó una carcajada más franca esta vez.
—¿En serio me preguntás? —dijo—. Es unafijación. Te juro. Para muchos
las tetas son como… no sé… el centro del universo. Incluso algunos tipos
que dicen que no les interesa el tamaño, lo primero que hacen si están
conmigo es jugar con ellas.
Se acomodó un mechón rebelde detrás de laoreja. Yo estaba más animado
ahora que la conversación se estaba volviendo más íntima.
—Hay tipos que directamente no te miran a lacara en ningún momento
—siguió—. Y en la cama… —hizo una breve pausa, eligiendo cómo decirlo—
…en la cama es parecido: quieren estar ahí todo el tiempo, tocando,
apretando, apoyándose. Y si te escuchan suspirar cuando te tocan ahí,
chau, se creen dioses, y no te los sacás más de encima.
Se rio, divertida. Se hizo un pequeñosilencio.
—¿Y vos? —pregunté al final—. ¿Vos lasdisfrutás? O sea… cuando coges,
¿te gusta que se centren en esa zona?
Ella no contestó enseguida. Bajó la mirada unsegundo, como si repasara
escenas en la cabeza, y después volvió a levantarla.
—Sí —dijo, simple, sin vueltas—. Sí, claroque sí.
Se cruzó de brazos, pero no en gestodefensivo, sino como si necesitara
acompañar con el cuerpo lo que estaba diciendo.
—A ver… —empezó, buscando las palabras—. Estálo físico, obvio. Hay una
sensibilidad ahí que se siente distinto al resto del cuerpo. No es lo
mismo una mano en el hombro que una mano bien puesta en el pecho, ¿no?
Es otra clase de sensación. Mucho más intensa y placentera.
Se llevó una mano al esternón, apenas, sintocarse realmente, marcando
una zona más que un punto.
—Pero también está lo otro —continuó—. Lo quete hace la cabeza. Ver la
cara del otro cuando te mira, cuando se da cuenta de que te gusta. Esa
mezcla de concentración y de locura, ¿viste? Saber que con un gesto
mínimo, con un movimiento, con la forma en que respirás, podés subirle o
bajarle la temperatura al ambiente. Hay algo de poder ahí, no te voy a
mentir. Y ese poder también se disfruta.
Sus palabras se quedaron flotando entrenosotros y las sábanas húmedas.
—Entonces sí —resumió, con una mediasonrisa—. Me gusta cuando se
centran en mis tetas, pero pensando no solo en el placer de ellos, sino
en el mío también. Porque cuando son egoístas, son muy brutos, me tratan
como un cacho de carne, y hasta pueden lastimarme.
De repente, me acerqué a ella. Tenía la vergadurísima de tanto hablar
sobre sus tetas. Puse la mano en su cintura. Ella sonrió, divertida.
—Tía —dije.
—Qué.
—No te voy a mentir. A mí me encantan rustetas.
Ella soltó una suave carcajada.
—No hacía falta que lo digas. Se nota.
—Tía Mariana —le dije.
—Qué, Lucio.
—Me encantó lo que hicimos ayer en el baño.
—¿Qué cosa? Yo no me acuerdo de lo quehicimos en el baño —dijo ella.
Pero a diferencia de mamá, no mentía bien, nise esforzaba por hacerlo.
Se apartó de mí, y caminó en dirección a la casa, con la palangana en la
mano.
Me quedé ahí, con la pija durísima, sinterminar de creerme que me había
cogido a esos dos caramelitos, pero con muchas ganas de hacerlo de
nuevo.
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