
Cumplí cuarenta y ocho la primavera pasada. No me sentía de cuarenta y ocho, la mayoría de los días. Pero mi cuerpo me lo recordaba—se me dolian las rodillas cuando me levantaba muy rápido, y necesitaba lentes de lectura para ver los menús en restaurantes con poca luz. Veinticinco años casada con Roberto. Veinticinco años de las mismas manos, el mismo ritmo, de todo lo mismo.
Así que cuando conseguí el trabajo me dije que era solo por el dinero. Mejor sueldo. Libertad financiera. La oportunidad de hacer algo que no fuera administrar el presupuesto de nuestra casa y preocuparme por los fondos para la universidad de los chicos. Estaba emocionada, claro. Pero todavía no sabía por qué me estaba emocionando.
El primer día, entré en el área ejecutiva y ahí estaba él.
Alfredo, presidente de Operaciones. Mi nuevo jefe.
Tenía como treinta y cinco. Cabello oscuro, canas en las sienes. Ojos preciosos que se le arrugaban cuando sonreía. Alto. Hombros anchos debajo de un saco perfectamente entallado. Se puso de pie cuando entré y me estrechó la mano, y su agarre era cálido y firme.
"Así que tú eres Sandra", dijo. "He oído cosas buenísimas de ti."
Su voz era baja. Fácil. Como si tuviera todo el tiempo del mundo solo para mí.
Las chicas jóvenes de la oficina hablaban de él todo el tiempo. Los escuchaba en la sala de descanso, por el pasillo, junto a la máquina de agua. "¿Viste lo que se puso Alfredo hoy?" "Dios, me miró durante la reunión y se me olvidó de qué estaba hablando." "Yo sí le permitiría que hiciera cualquier cosa conmigo. *Cualquier cosa*."
Hice como que no escuchaba. Pero sí escuché. Me aprendí cada palabra.
Las semanas pasaron. Empecé a tardar más en arreglarme en la mañana. Probarme dos, tres atuendos antes de decidirme por uno. Revisarme el maquillaje dos veces. Asegurarme de que el pelo estuviera perfecto.
Roberto se dio cuenta, claro. Veinticinco años juntos y podía leerme como si fuera un periódico.
"Estás poniendo más esfuerzo", me dijo una mañana, mientras me veía acomodar la blusa frente al espejo del dormitorio.
Me encogí de hombros. "Quiero causar buena impresión. Nuevo trabajo y todo."
No insistió. Pero vi la expresión en su cara. Ese leve gesto con la cabeza. Sabía que algo era diferente.
En el trabajo, Alfredo lo era todo. Encantador. Atento. Me traía café sin que yo se lo pidiera. Se acordaba de detalles chiquitos—que prefería leche de almendra, que me gustaban mis bolígrafos de cierta manera. Se inclinaba sobre mi escritorio para ver la pantalla de mi computadora, y yo alcanzaba a percibir su olor. Algo limpio y varonil. Tal vez sándalo.
Mi corazón se aceleraba. Se me subía el color a la cara. Me trababa con palabras simples, como una adolescente.
Las fantasías empezaron suaves. Un destello de sus manos en mi cintura. Su boca en mi cuello. Su voz en mi oído, baja y áspera. Me sorprendía mirándole la boca en las reuniones, preguntándome qué se sentiría.
Luego, se pusieron peor.
De noche, cuando Roberto y yo hacíamos el amor, cerraba los ojos y fingía. Sus manos se volvían las manos de Alfredo. Su ritmo se volvía el ritmo de Alfredo. Y me ponía más húmeda que en años. *Años.*
Roberto también lo notó.
"Guau", dijo una noche, deslizándose dentro de mí. "Hoy sí estás muy mojada."
No contesté. Solo lo jalé más hacia mí, cerré los ojos más fuerte.
"¿Estás pensando en alguien?", susurró, a medias en broma. "¿Ese jefe tuyo?"
"No", dije. Pero mi cuerpo me traicionó. Me cerré alrededor de él y se rió bajito.
"Mentirosa."
Negué con la cabeza y enterré la cara en su hombro. Pero él siguió.
"Dime la verdad", dijo, penetrandome lento y profundo. "¿Piensas en él cuando te follo?"
No pude contestar. No podía mentir. No podía decir la verdad. Así que solo gemí, y él lo tomó como un sí.
"Te gusta cuando hablo de él", dijo Roberto. "¿No?"
Me molestaba lo mucho que me pasaba. Cómo esas palabras me ponían más caliente. Cómo la idea de Alfredo mirándonos, de que Alfredo *fuera* el que está dentro de mí, me hacía venir con más fuerza que en una década.
Después de eso, se volvió cosa nuestra. Roberto me provocaba. Me preguntaba qué estaba usando Alfredo. Si Alfredo me había tocado ese día. Si me había acordado de él mientras yo me tocaba en la regadera.
Lo negaba cada vez. Y cada vez, él empujaba hasta que yo me rompía.
Una tarde volví temprano a casa. Roberto había salido a hacer recados: compras, la oficina de correos, la tintorería. La casa estaba en silencio. Vacía. Me quedé en la sala mucho rato, solo respirando.
Luego fui al baño y prendí la regadera.
El agua estaba caliente. Casi demasiado caliente. Salía vapor por todos lados, llenando el espacio, empañando el espejo, enredándose en mi piel. Me puse bajo el chorro y dejé que me golpeara en los hombros, la espalda, los pechos.
Pensé en Alfredo.
Sus manos. Su boca. La forma en que me miraba por el borde de su taza de café. La forma en que decía mi nombre—suave, como un secreto.
Mi mano se deslizó hacia mi estómago. A través del pelo mojado entre mis piernas. Y me encontré que ya estaba lista. Ya estaba… húmeda.
Me apoyé en la pared de azulejo, fría contra mi piel caliente. Con los dedos tracé círculos lentos. Cerré los ojos y dejé que la fantasía se apoderara de mí.
En mi cabeza, Alfredo estaba ahí. Su cuerpo pegado al mío. Su boca en mi garganta. Sus manos sujetándome las caderas, duro, lo bastante para dejar moretones. Me empujó contra la pared, y yo lo dejé. Yo *lo quería*.
"Por favor", susurré metida en el vapor.
En la fantasía, él contestó. Su voz áspera. Mandona.
*Dime qué quieres, Sandra.*
Yo lo quería todo. Quería que me tomara. Quería que me usara. Quería sentirme deseada de una forma que no había sentido en años.
Mis dedos se movían más rápido. El agua golpeaba mi espalda con ritmo. Pensé en su oficina—el escritorio grande, la silla de cuero, las persianas que podíamos cerrar. Pensé en cómo me inclinaba sobre ese escritorio, me subía la falda, y se deslizaba dentro de mí.
Me mordí el labio con tanta fuerza que sentí sabor a cobre.
"Alfredo", respiré. "Dios, Alfredo."
La fantasía se intensificó. Casi podía sentir su peso, su calor. Su aliento contra mi oído. Sus manos por todos lados, agarrando, apretando, tomando.
*Tan mojada por mí,* diría. *Así de lista. Lo he querido desde el día en que entraste.*
Imaginé que entraba en mí. Al principio, lento. Como provocando. Luego, más fuerte, más rápido, hasta que ya no podía pensar, no podía respirar, no podía hacer nada más que sentir.
Mis piernas temblaban. El vapor me envolvía como una segunda piel.
"Te sientes tan bien", gemí, sin importarme quién pudiera escuchar. "Joder, Alfredo, *sí*."
La presión se fue acumulando. Caliente, apretada y desesperada. Empujé mis caderas con la mano, siguiéndolo, necesitándolo.
*Eso es,* gruñía la fantasía, Alfredo. *Ven por mí. Suéltate.*
Y lo hice.
El orgasmo me pegó como una ola a la que no pude vencer. Todo mi cuerpo se contrajo. Me fallaron las piernas. Grité—su nombre, creo—y el sonido rebotó en el azulejo, tragado por el agua.
Me quedé ahí, temblando, por mucho tiempo. El agua empezó a enfriarse. Me entraba el aire a jalones, como sin ritmo.
Sentí culpa. Caliente y pesada, en el pecho.
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