Me llamo Marcos, tengo cuarenta años. Soy alto, de complexión atlética, de esos que todavía se cuidan aunque el trabajo no ayude mucho. Me levanto temprano casi todos los días a entrenar antes de salir a trabajar. Soy plomero. No gano una fortuna, pero alcanza para mantener la casa y sacar adelante a mi hija desde que mi esposa murió hace quince años.
Mi hija se llama Valentina. Tiene 21 años y es, sin exagerar, una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida. Rubia de cabello largo y ondulado, ojos azules claros, labios carnosos y un cuerpo que parece sacado de una revista: senos firmes, cintura estrecha, caderas anchas y un trasero redondo y perfecto. Siempre ha sido hermosa, incluso de adolescente, pero en los últimos años se volvió imposible de ignorar.

Siempre la respeté. Nunca crucé ninguna línea. Nunca le dije nada inapropiado ni la miré de más cuando ella estaba presente. Pero soy hombre. Llevo quince años sin una relación de verdad, sin una mujer en mi cama, y hay noches en las que el cuerpo pide lo que la cabeza no debería. Algunas de esas noches, cuando estaba solo y la casa en silencio, me masturbé pensando en ella. En su cuerpo. En cómo se vería debajo de mí. Después me sentía asqueado de mí mismo, me duchaba con agua fría y juraba que no volvería a hacerlo. Hasta la siguiente vez.
Nada de eso, sin embargo, me preparó para lo que iba a vivir esa dia de Halloween.
Ese día, mientras desayunábamos en la cocina, Valentina dejó el vaso de jugo a un lado y me miró con esa sonrisa que siempre usaba cuando quería algo.
—Papá… ¿puedo ir esta noche a una fiesta de Halloween?
Dejé el café sobre la mesa y la miré por encima de la taza.
—¿Vas a ir disfrazada?
Ella asintió, un poco demasiado rápido.
—Sí… aunque el disfraz es más..."santo" que el del año pasado- dijo y soltó una risita
En cuanto dijo eso, mi mente se fue sola recordando el año pasado.
El año anterior. El disfraz fue de diablita. Un body rojo brillante, tan ajustado que parecía pintado sobre su piel, el escote tan profundo que casi se le salían las tetas, las medias de red rojas subiendo por esos muslos gruesos y firmes, y esos cuernos rojos de peluche sobre su cabeza rubia.

Se había parado frente a mí en la sala, dándose la vuelta despacio, dejando que viera cómo el material le marcaba cada curva del culo. Me había costado un esfuerzo sobrehumano no perder la compostura. Me puse celoso de una forma absurda, pensando en todos los tipos que la iban a mirar, que le iban a poner las manos encima, que se la iban a imaginar cogiéndosela y tal vez uno si lo habría logrado. Al final la dejé ir. Esa misma noche, después de beber más de la cuenta, me metí en su habitación, abrí el cajón de su ropa interior, saqué un par de tangas usadas y me las llevé a la cara mientras me jalaba la verga como un degenerado, oliendo su aroma hasta correrme con fuerza y terminando todo sobre una de ellas.

—¿Papá?
La voz de Valentina me sacó del recuerdo. Parpadeé y volví a enfocarme en ella, que me miraba esperando respuesta, con una ceja ligeramente arqueada.
Tragué saliva y asentí, intentando sonar firme.
—Está bien. Puedes ir. Pero tienes que llegar temprano. Y si el disfraz es demasiado… no te dejo salir. ¿Quedó claro?
Ella sonrió, satisfecha, y asintió.
—Claro, papá. No te preocupes.
Yo, en cambio, ya estaba preocupado y tal vez un poco excitado.
Después de eso me fui a trabajar. Fue un día normal, o al menos intenté que lo fuera. Pasé la mañana revisando una fuga en un edificio de departamentos y la tarde cambiando la tubería de una casa vieja en las afueras. El trabajo me mantenía ocupado con las manos, pero la cabeza no cooperaba.
Cada rato, sin que pudiera evitarlo, la imagen de Valentina volvía. Primero el disfraz del año pasado: ese body rojo brillante pegado a su cuerpo, el escote profundo, las medias de red subiendo por sus muslos, el culo redondo marcándose cuando se daba la vuelta. Después mi mente empezaba a inventar. Me la imaginaba con algo aún más atrevido. Cada versión que se me ocurría era peor que la anterior, más provocativa, más imposible de ignorar.
En más de una ocasión tuve que detenerme, apoyarme en la pared o en el camión, y respirar hondo porque se me había puesto dura solo de pensarlo. Me sentía como un cerdo. Como un padre de mierda. Pero el deseo no se iba. Seguía ahí, caliente, insistente, recordándome que hacía quince años que no tocaba a una mujer de verdad y que la única que ocupaba mi cabeza últimamente era mi propia hija.
Por la tarde-noche llegué a casa. Apenas cerré la puerta detrás de mí escuché la voz de Valentina gritando desde el piso de arriba:
—¡Papáaaa! ¡Qué bueno que llegas! Justo a tiempo para que veas mi disfraz.
Se rió de forma coqueta, y su voz bajó un tono, casi juguetona.
—Con este disfraz vas a confiar en que soy la mujer más pura del mundo.
Bajé la mirada un segundo, sintiendo ya un nudo en el estómago.
—Siéntate en la sala —continuó—. Ya bajo.
Obedecí. Me senté en el sofá de la sala, con las manos apoyadas en las rodillas, y levanté la voz lo suficiente para que me escuchara.
—Ya estoy sentado.
Escuché sus pasos bajando las escaleras. Lentos. Deliberados. Como si estuviera midiendo cada peldaño. Cuando por fin apareció en el descansillo, se me cortó el aire.
Llevaba un body negro ajustado, de escote tan profundo que le llegaba casi hasta el ombligo, dejando a la vista la curva interna de sus tetas. Un cuello blanco y estrecho le rodeaba el cuello, con un pequeño crucifijo plateado colgando justo en el centro del pecho. Sobre la cabeza llevaba el hábito negro de monja, con la banda blanca en la frente. Las medias de red negras le subían por los muslos y se sujetaban con ligas que se perdían bajo el borde del body. Se veía muy sexy. Sagrada y pecaminosa al mismo tiempo.
Mi verga se puso dura de inmediato, apretada contra el pantalón del trabajo.
Ella se acercó despacio, con una sonrisa ladeada, y empezó a modelar el disfraz frente a mí. Dio una vuelta completa. Cuando me dio la espalda, el body le marcaba perfectamente el culo redondo y firme, y las medias de red tensaban esos muslos gruesos de una forma que me hizo apretar los dientes.

—¿Lo apruebas, papá? —preguntó, volviendo a mirarme por encima del hombro—. Te prometo que no voy a hacer nada malo.
Entonces se puso de rodillas en el piso, frente a mí, con las piernas abiertas y las manos juntas a la altura del pecho, en una pose de rezo. El escote se abrió todavía más con ese movimiento. Levantó la mirada hacia mí, con los ojos semientrecerrados y una expresión que nada tenía de inocente.

—Me la voy a pasar rezando toda la noche…
Yo solo tragué saliva. Intentando encontrar la voz antes de contestar.
No sabía qué decir. Me puse de pie, necesitando moverme para pensar con un poco más de claridad. Por un lado quería que Valentina saliera, que disfrutara su noche, que fuera una chica normal de veintiún años. Por el otro, me comían los celos. Celos sucios, irracionales. Sabía que en esa fiesta más de uno la iba a mirar con hambre. Que alguno intentaría tocarle el culo o meterle mano bajo ese body. Que tal vez terminaría follando con alguien. Y la sola idea me revolvía el estómago y me ponía la verga todavía más dura al mismo tiempo.
Pensé lo suficiente. Respiré hondo. Y finalmente cedí.
—Está bien —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Puedes ir.
Ella, que seguía de rodillas, se puso de pie de un salto y se lanzó a abrazarme. El impacto de su cuerpo contra el mío me tomó por sorpresa. Sus tetas, apenas cubiertas por el body negro, se aplastaron contra mi pecho. Sentí el calor de su piel a través de la tela fina. Sin pensarlo, una de mis manos bajó y se cerró sobre una de sus nalgas, apretándola con fuerza un segundo de más. El material del body y la media de red no escondían casi nada. Estaba suave, firme, caliente.
Ella no pareció notarlo… o fingió no hacerlo. Me dio un beso rápido en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios, y me apretó más fuerte.
—Te quiero mucho, papá —susurró contra mi oído—. De verdad.
Cuando el arrebato pasó, se separó un poco, todavía sonriendo, y levantó una mano jurando.
—Prometo que no voy a beber mucho. Y que me voy a portar bien.
Me dio otro beso en la mejilla, más corto esta vez, y me abrazó de nuevo, más breve. Después tomó su bolso del sillón, se acomodó el hábito negro y se dirigió hacia la puerta.
—Vuelvo temprano, lo prometo.
Abrió la puerta y salió. Yo me quedé plantado en medio de la sala, todavía con el calor de su culo marcado en la palma de la mano. Alcancé a ver, a través de la ventana, cómo se acercaba a un coche negro que ya estaba esperándola con las luces encendidas. Abrió la puerta del copiloto, se metió y el vehículo arrancó de inmediato, desapareciendo calle abajo.
Me quedé solo en la casa. Con la erección apretándome el pantalón y la sensación de su cuerpo todavía pegada a la mía.
Me quedé en la sala. Encendí la televisión más por costumbre que por interés y saqué una botella de whisky del mueble. Empecé a beber solo, sin vaso, directo del pico. Las imágenes de la pantalla pasaban sin que las registrara. Mi cabeza estaba en otro lado. En Valentina. En ese body negro. En cómo se le marcaba el culo cuando se dio la vuelta. En la forma en que sus tetas se habían aplastado contra mi pecho cuando me abrazó.
La verga seguía dura. Me desabroché el pantalón, saqué la verga y empecé a masturbarme con la mano todavía sucia del trabajo. Cerré los ojos e imaginé que era ella la que me la jalaba. Que estaba de rodillas otra vez, pero esta vez no rezando. Que abría la boca y se la metía hasta el fondo. El placer subió rápido, caliente, casi doloroso… pero de pronto me detuve. Me sentí asqueado. Solté mi verga, me la metí de nuevo en el pantalón y me limpié la mano en la camisa. Seguí bebiendo.
Las horas pasaron. Seguí tomando hasta que el cansancio y el alcohol me vencieron. Me quedé dormido en el sofá, con la botella todavía en la mano.
El sonido de un claxon me despertó de golpe. Me incorporé mareado, con la boca seca y la cabeza pesada. Miré el reloj de la pared. Las tres de la mañana.
Me levanté tambaleándome un poco y me asomé por la ventana. Vi a Valentina bajando de un coche azul que se detuvo frente a la casa. Caminaba hacia la puerta de forma inestable, casi arrastrando los pies. El coche arrancó y se fue apenas ella cerró la puerta.
Fui hasta la entrada y abrí. Ella se lanzó hacia mí y se dejó caer en mis brazos. El olor a alcohol le salía por todos lados: de la boca, del pelo, de la piel.
—Ya llegué, papi… —dijo, arrastrando las palabras, con la voz pastosa y baja.
La levanté como pude, cerré la puerta con el pie y la llevé hasta el sofá. La recosté con cuidado y la revisé de reojo. Parecía bien. Borracha hasta el fondo, pero sin golpes ni nada raro. Fui a la cocina a servirle un vaso de agua. Cuando volví, ya estaba de pie en medio de la sala. Los ojos se le habían llenado de lágrimas y me miraba fijamente, con una expresión que no supe interpretar del todo.
Ella se lanzó hacia mí de golpe. Se aferró a mi cuello y dejó caer todo su peso sobre mi cuerpo. El vaso de agua se me resbaló de la mano y se hizo añicos contra el piso. El ruido del cristal rompiéndose llenó la sala por un segundo, pero ninguno de los dos miró hacia abajo.
Valentina enterró la cara en mi pecho y soltó un sollozo corto, ahogado. Su voz salió baja, casi un susurro, pegada a mi camisa:
—Todos los hombres son malos… Todos quieren lo mismo…
Le acaricié la espalda con una mano, todavía sorprendido por el abrazo y por el olor a alcohol que le salía del pelo y de la piel.
—¿Alguien te hizo algo? —pregunté, intentando mantener la voz firme—. ¿Te tocaron? ¿Te obligaron a algo?
Ella negó con la cabeza sin separarse de mí.
—No… No me hicieron nada. Pero siempre es igual. Me miran como si fuera un trozo de carne. Me dicen cosas. Me rozan “sin querer”. Incluso los que se hacen los buenos terminan igual. Solo quieren meterme mano o follarme y ya.
Respiré hondo. El body negro de monja se me pegaba al pecho con cada movimiento suyo. Sentía el calor de sus tetas a través de la tela fina.
—No todos son así —dije, más bajo—. Algún día vas a conocer a alguien que valga la pena. Alguien que te respete de verdad.
Ella asintió despacio. Entonces levantó la cabeza y me miró a los ojos. Los tenía brillantes, húmedos, con el rímel un poco corrido. Se quedó mirándome un segundo largo, como si estuviera buscando algo en mi cara.
—Tienes razón… —susurró—. Tú no eres así. Nunca has sido así. Siempre me has cuidado. Siempre me has protegido. Siempre me has amado… Eres un gran hombre, papá.
Nos quedamos mirándonos, el silencio se volvió espeso. Yo podía oír mi propia respiración y la de ella. El olor a alcohol barato y a su perfume se mezclaba en el aire. Ella se acercó un poco más. Yo no me moví. No supe hacerlo. Sus labios estaban a escasos centímetros de los míos. Pude sentir su aliento caliente contra mi boca.
Fue ella quien dio el último paso.
Sus labios se posaron sobre los míos. Suaves al principio, casi tímidos, pero firmes. No fue un beso de hija. Fue un beso de mujer. Lento, húmedo, cargado de todo lo que no debíamos estar sintiendo. Yo me quedé congelado un segundo… y después respondí.
Al principio pensé que aquello estaba mal. Que tenía que parar. Que era mi hija, que estaba borracha, que yo era el adulto y que cruzar esa línea era algo de lo que no habría vuelta atrás. Intenté separarme un poco, pero ella no me dejó. Me besó con tanta pasión, con tanta necesidad, que cualquier pensamiento racional se me empezó a deshacer.
Sus labios se abrieron y su lengua encontró la mía. El contacto fue eléctrico. Hacía años que no besaba a nadie así. Años sin sentir el calor de una boca húmeda y hambrienta contra la mía. El sabor a alcohol barato y a ella misma me golpeó de lleno. Un gemido bajo se me escapó de la garganta sin que pudiera evitarlo.
Durante unos segundos todavía resistí. Mis manos estaban a los costados, tensas, como si no supiera qué hacer con ellas. Pero el cuerpo de Valentina se pegaba más al mío, sus tetas se aplastaban contra mi pecho a través del body negro, y el olor de su piel me nublaba la cabeza.
La tomé de la cintura con ambas manos y la atraí con fuerza contra mí. Mis dedos se hundieron en la tela fina del disfraz, sintiendo la curva de sus caderas. Empecé a besarla de vuelta con la misma pasión con la que ella me estaba comiendo la boca. Ya no había contención. Solo el sonido húmedo de nuestros labios, el roce de nuestras lenguas y el calor creciente entre los dos.
Entre besos, sentí su mano bajar por mi abdomen hasta detenerse en mi entrepierna. Empezó a frotar mi verga por encima del pantalón, apretándola con la palma, midiendo lo dura que estaba. Yo solté un gruñido bajo contra su boca.
Ella se separó apenas lo suficiente para hablarme al oído, con la voz pastosa y cargada de deseo:
—Está muy dura, papá… ¿La tienes tan dura por tu hija?
Me besó otra vez, más profundo, mientras seguía frotándome. Después, sin esperar respuesta, se bajó un poco, desabrochó el botón de mi pantalón y bajó la cremallera. Se puso de rodillas frente a mí, todavía con el hábito negro de monja puesto, el crucifijo colgando entre sus tetas. Me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón, dejando mi verga libre. Estaba completamente erecta, gruesa, las venas marcadas, la cabeza ya brillante de liquido preseminal.
Valentina se quedó mirándola un segundo, con los ojos entrecerrados y una expresión de genuina sorpresa.
—Mierda… —susurró—. Es la verga más grande que he visto. La tienes muy linda, papá…
Se inclinó y depositó un beso lento, húmedo, justo en el glande. Sus labios se quedaron ahí un momento, saboreando, antes de levantar la mirada hacia mí, todavía de rodillas, con mi miembro a escasos centímetros de su boca.
Ella empezó a darme besos lentos a lo largo de toda la verga. Desde la base hasta la punta, dejando un rastro húmedo y caliente con sus labios. Me estremecí cada vez que sentía esa boca suave rozarme. No podía creer lo que estaba pasando. Mi hija… mi Valentina… de rodillas frente a mí, con el disfraz de monja todavía puesto, a punto de chuparme la verga.

Ella notó mi nerviosismo. Levantó la mirada, todavía con los labios rozando mi miembro, y me habló en voz baja, casi tierna:
—Tranquilo, papá… No pasa nada. Yo te amo.
Dicho esto, sin apartar los ojos de los míos, abrió la boca y se tragó toda mi verga de una sola embestida. Sentí la cabeza de mi miembro chocar contra el fondo de su garganta. El calor, la presión, la humedad… fue demasiado. Se quedó así unos segundos, con la nariz pegada a mi bajo vientre, tragando alrededor de mí, hasta que tuvo que sacarla para tomar aire. Un hilo de saliva conectaba sus labios con mi glande.
No esperó mucho. Volvió a metérmela en la boca y empezó a succionar con desesperación. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, chupando fuerte, usando la lengua, mojando toda mi verga con saliva. El sonido obsceno de su boca llenaba la sala. Yo tenía una mano apoyada en la pared y la otra enredada en su pelo, debajo del hábito negro, sin saber si empujarla más o dejarla hacer.

Sentí cómo se me empezaba a acumular el semen en las pelotas. Estaba a punto de correrme. Ella lo notó. Aflojó la succión, sacó mi verga de su boca con un sonido húmedo y me miró desde abajo, con los labios hinchados y brillantes.
—Te quiero papá… —susurró, jadeando—. Pero te quiero dentro.
Se puso de pie, tomó mi verga con una mano y empezó a guiarme hacia su habitación, tirando suavemente de mí como si fuera una correa. Caminamos por el pasillo en silencio, ella todavía con el body negro de monja y las medias de red, yo con el pantalón bajado hasta los muslos y la verga empapada de su saliva apuntando hacia adelante.
Ella entró primero a la habitación. Yo me quedé parado en el marco de la puerta, con el pantalón todavía bajado y la verga dura y brillante de saliva apuntando hacia ella. Valentina se subió a la cama de rodillas y se puso en cuatro sin perder un segundo. El body negro de monja se le había subido un poco, dejando al descubierto casi todo el culo. Las medias de red negras tensaban esos muslos gruesos y firmes, y el material del disfraz se le metía entre las nalgas, marcando perfectamente la forma redonda y pesada de su trasero.
Empezó a menear las caderas de un lado a otro, despacio al principio, después con más fuerza, como si estuviera bailando solo para mí. El movimiento hacía que sus nalgas rebotaran y se separaran un poco con cada vaivén. Miró por encima del hombro, con el hábito negro todavía puesto y una sonrisa sucia en los labios.

—Ven, papá… —susurró, moviendo el culo con más insistencia—. Soy tuya. Reclámame. Hazme tuya de una puta vez.
Yo seguía clavado en la puerta, tragando saliva, con el corazón latiéndome en la garganta. Ella no se detuvo. Al contrario. Levantó una mano y se dio una nalgada fuerte a sí misma. El sonido seco del golpe llenó la habitación. La carne de su culo tembló bajo el impacto y bajo las mallas de red. Se dio otra. Y otra. Cada vez más fuerte, abriendo las nalgas con los dedos para que yo viera todo, incluso el pequeño agujero apretado y el coño hinchado y brillante que se asomaba entre sus muslos.

—Mírame, papá… —jadeó, todavía nalgueándose—. Este culo es tuyo. Este coño es tuyo. Ven y cogeme. Por favor… te necesito dentro.
El disfraz de monja, el crucifijo colgando, las medias de red y esa pose obscena… era demasiado. Mi verga latía con fuerza, soltando un hilo de saliva que caía al piso. Ya no había vuelta atrás. Di un paso dentro de la habitación y cerré la puerta detrás de mí.
Ella me vio entrar y sonrió. Esa sonrisa lenta, sucia, sabiendo exactamente el efecto que me estaba causando. Se puso de rodillas en el centro de la cama, mirándome fijamente con esos ojos azules semientrecerrados. El hábito negro de monja le enmarcaba la cara, el crucifijo plateado colgaba entre sus pechos y las medias de red le subían por los muslos abiertos.
Sin decir una palabra, llevó las manos al escote del body negro. Se lo abrió despacio, tirando de la tela hacia los lados hasta que sus tetas quedaron completamente al descubierto. Eran pequeñas, firmes y preciosas, con los pezones ya duros y rosados por la excitación. El contraste entre esa piel suave y el disfraz de monja me golpeó como un puñetazo.

Mi verga palpitó con más fuerza al verla así: de rodillas, las tetas afuera, el body bajado hasta la cintura, las medias de red y esa mirada fija en mí. Se veía obscena. Sagrada y completamente pervertida al mismo tiempo.
Valentina no apartó la vista. Solo se quedó ahí, ofreciéndome el pecho, respirando un poco agitadamente, esperando que me acercara.
—Ven, papi… —susurró, poniéndose de pie—. Llegó la hora.
Se estiró y me dio un beso profundo, dejándome probar mi propio sabor en su lengua. Después me empujó suavemente hacia la cama. Me dejé caer de espaldas. Ella se subió encima de mí, todavía con el body negro abierto en el pecho y las medias de red puestas. Con una mano se hizo a un lado la tela del entrepiernas del body y, sin mucho cuidado, rasgó las medias de red justo en la entrepierna, dejando su coño completamente expuesto. Estaba hinchado, brillante de excitación.
Se acomodó sobre mí, tomando mi verga con una mano, y me miró desde arriba con una sonrisa cargada de lujuria.
—Ahora sí, papi… —jadeó—. Voy a ser tuya.
Nos miramos a los ojos. Ella estaba encima de mí, con las tetas afuera, el body negro abierto y las medias de red rotas en la entrepierna. Tomó mi verga con una mano y la alineó contra su entrada. Estaba tan mojada que sentí el calor de sus jugos incluso antes de entrar.
Empezó a bajar despacio.
El primer centímetro me arrancó un gruñido. Estaba increíblemente apretada. Más de lo que había imaginado. Su coño me apretaba como un puño caliente y húmedo. Ella soltó un gemido largo y tembloroso mientras seguía bajando, centímetro a centímetro, dejando caer su peso sobre mi verga.
—Ahh… papá… —jadeó, con la voz rota—. Está tan grande… me está abriendo…
Seguía bajando. Yo sentía cómo sus paredes internas se estiraban para recibirme. Estaba empapada, chorreando sobre mi pelvis, pero al mismo tiempo tan estrecha que me costaba no correrme solo de sentirla. Cuando por fin llegó hasta el fondo, cuando mis pelotas tocaron su culo, los dos nos quedamos quietos un segundo, respirando agitados.
Ella empezó a moverse. Al principio fue torpe. Subía demasiado y mi verga se le salía, entonces tenía que volver a acomodarla y bajar de nuevo, gimiendo cada vez que me volvía a tragar completo. Pero después de unos segundos encontró el ritmo. Empezó a rebotar con más fuerza, clavándome hasta el fondo en cada bajada, con las manos apoyadas en mi pecho y las tetas moviéndose al ritmo de sus embestidas.

—Me encanta… —gemía, casi llorando de placer—. Me encanta la verga de mi papá… está tan profunda…
Sus movimientos se volvieron más frenéticos. El sonido húmedo de su coño tragándome llenaba la habitación. De pronto su cuerpo se tensó. Arqueó la espalda, abrió la boca en un grito silencioso y empezó a corrérsele un chorro caliente y abundante sobre mi pelvis y mi bajo vientre. El squirt le salía a borbotones mientras seguía rebotando sobre mi verga, temblando de forma incontrolable.

—¡Me estoy viniendo, papá! ¡Me estoy viniendo en tu verga!
Cuando el orgasmo empezó a bajar, se dejó caer hacia adelante, todavía conmigo dentro, temblando y respirando entrecortado. Yo le acaricié la espalda y el pelo bajo el hábito.
—Está bien… —le dije en voz baja—. Estoy aquí.
Le di un beso lento en los labios, saboreando su aliento agitado. Después la miré a los ojos y le hablé con la voz ronca:
—Ahora ponte en cuatro.
Ella asintió, todavía temblando, y se bajó de mí con un sonido húmedo. Se giró en la cama y se puso en posición, ofreciéndome el culo marcado por las medias de red rotas y el coño rojo e hinchado que todavía goteaba.
Valentina se puso en cuatro. Desde ese ángulo su culo se veía precioso: redondo, firme, marcado por las medias de red rotas y todavía brillante de sus propios jugos. Las nalgas le temblaban un poco por el orgasmo anterior. Me arrodillé detrás de ella, tomé mi verga empapada y la apoyé contra su entrada hinchada.
Empecé a entrar despacio.
Ella soltó un gemido fuerte apenas la cabeza se le abrió paso.
—Ahh… papá… todavía está muy grande…
Seguí empujando, centímetro a centímetro. Cada vez que avanzaba un poco más, ella soltaba un quejido agudo y apretaba las sábanas con los puños. Su coño me tragaba con dificultad, todavía demasiado apretado a pesar de lo mojada que estaba. Cuando ya tenía más de la mitad adentro, me detuve un segundo para que se acostumbrara.

Después, sin avisar, empujé hasta el fondo de un solo golpe.
Ella gritó.
—¡Joder! ¡Llegó muy profundo! ¡La tengo toda dentro, papá!
Me quedé clavado hasta las pelotas, sintiendo cómo sus paredes me apretaban con fuerza. Después empecé a bombear. Ritmo constante, profundo, sacándola casi completa y volviendo a enterrármela hasta el final. El sonido húmedo de su coño llenaba la habitación. Ella gemía sin parar, con la cara medio hundida en la almohada y el hábito negro de monja todavía puesto.
—Sí… así… no pares…
Seguí embistiéndola. Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran contra mi pelvis. De pronto su voz se volvió más agitada, más desesperada.

—Me voy a correr otra vez… papá… me voy a venir otra vez…
No me detuve. Al contrario. Agarré sus caderas con fuerza y aumenté el ritmo. Empecé a follarla más duro, más profundo, sacudiéndole todo el cuerpo con cada embestida. Ella gritó, ya sin control.
—¡Mierda, sí, papi! ¡Soy tu puta, sí! ¡Fóllame más duro!
Sus brazos cedieron. Se desplomó completamente boca abajo sobre la cama, con el culo todavía en alto. Las piernas le temblaban sin control. Un segundo después empezó a squirtear de nuevo, chorros calientes que salpicaban mis muslos y empapaban las sábanas debajo de nosotros mientras yo recuperaba el aliento después de ese esfuerzo
Mientras ella recuperaba el aliento, todavía boca abajo y temblando, murmuró entre jadeos:
—Hace mucho calor… joder, estoy ardiendo…
A pesar de que ya eran altas horas de la madrugada, el cuarto olía a sexo y sudor. Valentina se incorporó con dificultad, todavía con las piernas temblorosas. Empezó a quitarse lo poco que le quedaba del disfraz. Se dejó el hábito negro por completo, lo que si se quitó fue el body negro y lo que restaba de las medias de red rotas. En menos de un minuto estaba completamente desnuda frente a mí.
Su cuerpo delgado y sexy brillaba por el sudor. Las tetas pequeñas y firmes subían y bajaban con cada respiración. El coño estaba rojo, hinchado y brillante de tanto squirt.
Se dejó caer de espaldas sobre la cama, abrió las piernas y me miró con los ojos entrecerrados.
—Está muy sensible, papá… no puedo más…
Me arrodillé entre sus piernas. Me chupé dos dedos despacio, sin apartar la vista de su coño, y empecé a masajearle el clítoris con suavidad. Ella soltó un gemido largo apenas me tocó. Estaba tan sensible que hasta la caricia más ligera la hacía arquearse.
—Estás empapada otra vez… —le dije, sintiendo cómo mis dedos se deslizaban con facilidad.

Sin dejar de mirarla, empujé los dos dedos dentro de ella. Estaba caliente, resbaladiza y todavía muy apretada. Empecé a moverlos despacio, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía temblar. Ella abrió la boca y soltó un gemido más agudo.
—Ahí… justo ahí, papá… no pares…
Aceleré el ritmo. Mis dedos entraban y salían con sonido húmedo mientras el pulgar le rozaba el clítoris. Su cuerpo se tensó de nuevo. Las piernas le temblaron y, de pronto, un chorro caliente salió disparado alrededor de mis dedos, mojándome la mano y las sábanas una vez más.
Ella gritó, arqueando la espalda, mientras el squirt le salía a borbotones.
Cuando el orgasmo empezó a bajar, saqué los dedos empapados y se los llevé a la boca. Ella, todavía jadeando, abrió los labios y los chupó sin dudar, saboreando sus propios jugos mientras me miraba a los ojos.
—Pruébate… —le dije en voz baja—. Así de rica estás.
Ella solo gimió alrededor de mis dedos, lamiéndolos limpios.

Después de eso le di un beso apasionado, profundo, saboreando todavía el gusto de sus propios jugos en su lengua. Los dos estábamos cansados, sudados y demasiado sensibles. El cuarto olía a sexo, a sudor y a ella.
Con una fuerza que ya no intenté disimular, la tomé de la cintura y la volví a poner boca abajo sobre la cama. Le levanté las caderas hasta dejarla otra vez en cuatro. Solo llevaba el hábito negro de monja sobre la cabeza; el resto de su cuerpo estaba completamente desnudo, brillante de sudor y de squirt.
Me arrodillé detrás de ella, alineé mi verga contra su entrada hinchada y la penetré de un solo empujón. Ella soltó un gemido sorprendido, pero no se quejó. Al contrario.
—Más… —jadeó, empujando el culo hacia atrás—. Dame más, papá…
Empecé a embestirla con fuerza. Ya no había delicadeza. Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran contra mi pelvis y que el hábito negro se le moviera sobre la espalda. Ella pedía más con cada golpe.

—Más duro… más profundo… no pares…
Sentí cómo mi verga empezaba a palpitar con fuerza dentro de ella. Estaba al borde. Ella lo notó. Empujó el culo todavía más hacia atrás y empezó a hablarme sucio, con la voz rota por los gemidos.
—Dámela, papi… dame tu lechita… preñame… lléname toda… quiero sentir cómo me llenas…
Sus palabras me empujaron al límite. Estuve a punto de correrme dentro. En el último segundo me saqué de golpe. Con un gruñido profundo, empecé a disparar sobre su espalda. Chorros espesos y calientes cayeron sobre su piel sudorosa, sobre el hábito negro y sobre el hueco de sus nalgas. Seguí ordeñándome encima de ella hasta que no quedó nada.
Ella se quedó en cuatro, jadeando, con mi semen escurriéndole por la espalda mientras el hábito de monja le cubría la cabeza.

Valentina se giró al ver que no había eyaculado dentro y puso un puchero, todavía con mi semen escurriéndole por la espalda.
—La quería dentro… —murmuró, casi enfurruñada.
Después soltó una risita cansada y se encogió de hombros.
—No importa. Estoy segura de que después lo harás.
Se puso de rodillas frente a mí y me dio un beso apasionado, lento, saboreando todavía el cansancio y el sexo en la boca del otro. Cuando nos separamos, los dos miramos alrededor.
El cuarto de Valentina estaba hecho un desastre. Las sábanas empapadas, el olor a squirt y semen impregnándolo todo, restos del disfraz tirados por el suelo. Ninguno de los dos tenía ganas de quedarse ahí.
—Vamos a mi habitación —dije.
Ella asintió. Se levantó, todavía desnuda salvo por el hábito negro que se había vuelto a acomodar a medias, y se dirigió al baño a limpiarse. Yo caminé hasta la habitación principal, la misma donde había dormido solo durante quince años, y me dejé caer en la cama.
Mientras esperaba, la realidad empezó a golpearme. Me había follado a mi hija. Había cruzado una línea de la que no se volvía. Me había encantado. Cada gemido, cada squirt, cada vez que me llamaba papá mientras la embestía… me había gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Y al mismo tiempo sabía, en el fondo, que estaba mal. Muy mal.
Ese pensamiento se me borró en cuanto la puerta del baño se abrió.
Valentina salió completamente desnuda, con el pelo húmedo y la piel limpia. Se metió en la cama sin decir nada, se acurrucó contra mi pecho y apoyó la cabeza en mi hombro. Su cuerpo caliente se pegó al mío. Le pasé un brazo por la cintura y la apreté un poco más cerca.
Al cabo de unos minutos, el cansancio nos venció a los dos. Nos quedamos dormidos así, enredados, en la cama que hasta esa noche había sido solo mía.
...
Al día siguiente me desperté con la luz de la mañana entrando por la ventana. La cama a mi lado estaba vacía. Durante unos segundos me quedé quieto, recordando todo lo de la noche anterior, sintiendo todavía el olor a sexo en las sábanas. Me levanté, me puse un pantalón y una camiseta, y bajé a la cocina con el corazón un poco acelerado.
Valentina estaba de pie junto a la estufa. Llevaba un body de encaje azul claro, tan ajustado que le marcaba todo el culo y apenas le cubría nada. Al oírme, se giró y me dedicó una sonrisa amplia.

—Buenos días, papi —dijo, como si no hubiera pasado absolutamente nada—. Ven, siéntate. Hice el desayuno.
Se acercó, me dio un beso directo en los labios (no en la mejilla) y me tomó de la mano para llevarme hasta la mesa. Me senté todavía perplejo. Ella se movía por la cocina como si llevara años haciendo eso: servir el café, poner los platos, sonreír.
Intenté hablar.
—Oye, hija… respecto a lo de anoche…
Ella me interrumpió con naturalidad, sentándose frente a mí.
—Era algo que tenía que pasar. De verdad me gusta. Y quiero que las cosas sigan así.
Me quedé sin palabras. Solo asentí despacio y empecé a comer en silencio, pensativo. Ella se dio cuenta de mi cara y decidió cambiar el tema.
—¿Te gustó mi disfraz de ayer?
Me quedé inmóvil un segundo. Recordé el body negro, las medias de red, el crucifijo, cómo se veía de rodillas y en cuatro…
—Me gustó —respondí al final—. Pero creo que mostrabas más de lo necesario.
Ella soltó una risita y se encogió de hombros.
—Bueno… ya tengo mi disfraz para la fiesta de esta noche.
Levanté la vista, extrañado.
—¿Habrá otra fiesta?
—Sí. Y solo voy a ir si tú autorizas el disfraz.
—¿De qué es?
Ella se levantó de la silla, todavía con esa sonrisa coqueta, y me hizo una seña con el dedo.
—Te lo voy a mostrar. Pero tenemos que ir a la sala. Cierra los ojos y espérame. No los abras hasta que yo te diga.
Me quedé mirándola un segundo. Después asentí, me levanté y la seguí hacia la sala, preguntándome qué diablos planeaba ahora.
Me senté en el sofá de la sala y esperé. Escuché cómo Valentina subía las escaleras sonriendo. Pasaron un par de minutos en silencio hasta que su voz llegó desde arriba:
—¿Ya tienes los ojos cerrados, papi?
Cerré los ojos y respondí en voz alta:
—Sí. Ya están cerrados.
Escuché sus pasos bajando. Despacio. Después el leve sonido de sus rodillas tocando el piso. El silencio se alargó unos segundos.
—Abre los ojos.
Los abrí.
Valentina estaba a gatas en medio de la sala, mirándome desde abajo. Llevaba un disfraz de vaquita ridículamente pequeño: un bikini blanco con manchas negras que apenas le cubría nada, medias largas con el mismo estampado hasta los muslos, y unas orejas de vaca rosas y negras en la cabeza. Tenía la lengua afuera, sacándola de forma juguetona, y el culo levantado.

Me miró con una sonrisa sucia y seductora.
—¿Ahora sí le vas a dar leche a esta pobre vaquita, papi?
Empezó a gatear hacia mí. Lento. Hasta que llegó entre mis piernas. Se detuvo justo frente a mi entrepierna y, sin dejar de mirarme a los ojos, apoyó la mejilla contra mi pantalón. Después levantó una mano y empezó a frotar mi verga por encima de la tela, sintiendo cómo se le ponía dura de inmediato.
Se quedó ahí, acariciándome, con esa sonrisa de vaca traviesa, esperando a que yo decidiera qué iba a pasar a continuación.

FIN
Mi hija se llama Valentina. Tiene 21 años y es, sin exagerar, una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida. Rubia de cabello largo y ondulado, ojos azules claros, labios carnosos y un cuerpo que parece sacado de una revista: senos firmes, cintura estrecha, caderas anchas y un trasero redondo y perfecto. Siempre ha sido hermosa, incluso de adolescente, pero en los últimos años se volvió imposible de ignorar.

Siempre la respeté. Nunca crucé ninguna línea. Nunca le dije nada inapropiado ni la miré de más cuando ella estaba presente. Pero soy hombre. Llevo quince años sin una relación de verdad, sin una mujer en mi cama, y hay noches en las que el cuerpo pide lo que la cabeza no debería. Algunas de esas noches, cuando estaba solo y la casa en silencio, me masturbé pensando en ella. En su cuerpo. En cómo se vería debajo de mí. Después me sentía asqueado de mí mismo, me duchaba con agua fría y juraba que no volvería a hacerlo. Hasta la siguiente vez.
Nada de eso, sin embargo, me preparó para lo que iba a vivir esa dia de Halloween.
Ese día, mientras desayunábamos en la cocina, Valentina dejó el vaso de jugo a un lado y me miró con esa sonrisa que siempre usaba cuando quería algo.
—Papá… ¿puedo ir esta noche a una fiesta de Halloween?
Dejé el café sobre la mesa y la miré por encima de la taza.
—¿Vas a ir disfrazada?
Ella asintió, un poco demasiado rápido.
—Sí… aunque el disfraz es más..."santo" que el del año pasado- dijo y soltó una risita
En cuanto dijo eso, mi mente se fue sola recordando el año pasado.
El año anterior. El disfraz fue de diablita. Un body rojo brillante, tan ajustado que parecía pintado sobre su piel, el escote tan profundo que casi se le salían las tetas, las medias de red rojas subiendo por esos muslos gruesos y firmes, y esos cuernos rojos de peluche sobre su cabeza rubia.

Se había parado frente a mí en la sala, dándose la vuelta despacio, dejando que viera cómo el material le marcaba cada curva del culo. Me había costado un esfuerzo sobrehumano no perder la compostura. Me puse celoso de una forma absurda, pensando en todos los tipos que la iban a mirar, que le iban a poner las manos encima, que se la iban a imaginar cogiéndosela y tal vez uno si lo habría logrado. Al final la dejé ir. Esa misma noche, después de beber más de la cuenta, me metí en su habitación, abrí el cajón de su ropa interior, saqué un par de tangas usadas y me las llevé a la cara mientras me jalaba la verga como un degenerado, oliendo su aroma hasta correrme con fuerza y terminando todo sobre una de ellas.

—¿Papá?
La voz de Valentina me sacó del recuerdo. Parpadeé y volví a enfocarme en ella, que me miraba esperando respuesta, con una ceja ligeramente arqueada.
Tragué saliva y asentí, intentando sonar firme.
—Está bien. Puedes ir. Pero tienes que llegar temprano. Y si el disfraz es demasiado… no te dejo salir. ¿Quedó claro?
Ella sonrió, satisfecha, y asintió.
—Claro, papá. No te preocupes.
Yo, en cambio, ya estaba preocupado y tal vez un poco excitado.
Después de eso me fui a trabajar. Fue un día normal, o al menos intenté que lo fuera. Pasé la mañana revisando una fuga en un edificio de departamentos y la tarde cambiando la tubería de una casa vieja en las afueras. El trabajo me mantenía ocupado con las manos, pero la cabeza no cooperaba.
Cada rato, sin que pudiera evitarlo, la imagen de Valentina volvía. Primero el disfraz del año pasado: ese body rojo brillante pegado a su cuerpo, el escote profundo, las medias de red subiendo por sus muslos, el culo redondo marcándose cuando se daba la vuelta. Después mi mente empezaba a inventar. Me la imaginaba con algo aún más atrevido. Cada versión que se me ocurría era peor que la anterior, más provocativa, más imposible de ignorar.
En más de una ocasión tuve que detenerme, apoyarme en la pared o en el camión, y respirar hondo porque se me había puesto dura solo de pensarlo. Me sentía como un cerdo. Como un padre de mierda. Pero el deseo no se iba. Seguía ahí, caliente, insistente, recordándome que hacía quince años que no tocaba a una mujer de verdad y que la única que ocupaba mi cabeza últimamente era mi propia hija.
Por la tarde-noche llegué a casa. Apenas cerré la puerta detrás de mí escuché la voz de Valentina gritando desde el piso de arriba:
—¡Papáaaa! ¡Qué bueno que llegas! Justo a tiempo para que veas mi disfraz.
Se rió de forma coqueta, y su voz bajó un tono, casi juguetona.
—Con este disfraz vas a confiar en que soy la mujer más pura del mundo.
Bajé la mirada un segundo, sintiendo ya un nudo en el estómago.
—Siéntate en la sala —continuó—. Ya bajo.
Obedecí. Me senté en el sofá de la sala, con las manos apoyadas en las rodillas, y levanté la voz lo suficiente para que me escuchara.
—Ya estoy sentado.
Escuché sus pasos bajando las escaleras. Lentos. Deliberados. Como si estuviera midiendo cada peldaño. Cuando por fin apareció en el descansillo, se me cortó el aire.
Llevaba un body negro ajustado, de escote tan profundo que le llegaba casi hasta el ombligo, dejando a la vista la curva interna de sus tetas. Un cuello blanco y estrecho le rodeaba el cuello, con un pequeño crucifijo plateado colgando justo en el centro del pecho. Sobre la cabeza llevaba el hábito negro de monja, con la banda blanca en la frente. Las medias de red negras le subían por los muslos y se sujetaban con ligas que se perdían bajo el borde del body. Se veía muy sexy. Sagrada y pecaminosa al mismo tiempo.
Mi verga se puso dura de inmediato, apretada contra el pantalón del trabajo.
Ella se acercó despacio, con una sonrisa ladeada, y empezó a modelar el disfraz frente a mí. Dio una vuelta completa. Cuando me dio la espalda, el body le marcaba perfectamente el culo redondo y firme, y las medias de red tensaban esos muslos gruesos de una forma que me hizo apretar los dientes.

—¿Lo apruebas, papá? —preguntó, volviendo a mirarme por encima del hombro—. Te prometo que no voy a hacer nada malo.
Entonces se puso de rodillas en el piso, frente a mí, con las piernas abiertas y las manos juntas a la altura del pecho, en una pose de rezo. El escote se abrió todavía más con ese movimiento. Levantó la mirada hacia mí, con los ojos semientrecerrados y una expresión que nada tenía de inocente.

—Me la voy a pasar rezando toda la noche…
Yo solo tragué saliva. Intentando encontrar la voz antes de contestar.
No sabía qué decir. Me puse de pie, necesitando moverme para pensar con un poco más de claridad. Por un lado quería que Valentina saliera, que disfrutara su noche, que fuera una chica normal de veintiún años. Por el otro, me comían los celos. Celos sucios, irracionales. Sabía que en esa fiesta más de uno la iba a mirar con hambre. Que alguno intentaría tocarle el culo o meterle mano bajo ese body. Que tal vez terminaría follando con alguien. Y la sola idea me revolvía el estómago y me ponía la verga todavía más dura al mismo tiempo.
Pensé lo suficiente. Respiré hondo. Y finalmente cedí.
—Está bien —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Puedes ir.
Ella, que seguía de rodillas, se puso de pie de un salto y se lanzó a abrazarme. El impacto de su cuerpo contra el mío me tomó por sorpresa. Sus tetas, apenas cubiertas por el body negro, se aplastaron contra mi pecho. Sentí el calor de su piel a través de la tela fina. Sin pensarlo, una de mis manos bajó y se cerró sobre una de sus nalgas, apretándola con fuerza un segundo de más. El material del body y la media de red no escondían casi nada. Estaba suave, firme, caliente.
Ella no pareció notarlo… o fingió no hacerlo. Me dio un beso rápido en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios, y me apretó más fuerte.
—Te quiero mucho, papá —susurró contra mi oído—. De verdad.
Cuando el arrebato pasó, se separó un poco, todavía sonriendo, y levantó una mano jurando.
—Prometo que no voy a beber mucho. Y que me voy a portar bien.
Me dio otro beso en la mejilla, más corto esta vez, y me abrazó de nuevo, más breve. Después tomó su bolso del sillón, se acomodó el hábito negro y se dirigió hacia la puerta.
—Vuelvo temprano, lo prometo.
Abrió la puerta y salió. Yo me quedé plantado en medio de la sala, todavía con el calor de su culo marcado en la palma de la mano. Alcancé a ver, a través de la ventana, cómo se acercaba a un coche negro que ya estaba esperándola con las luces encendidas. Abrió la puerta del copiloto, se metió y el vehículo arrancó de inmediato, desapareciendo calle abajo.
Me quedé solo en la casa. Con la erección apretándome el pantalón y la sensación de su cuerpo todavía pegada a la mía.
Me quedé en la sala. Encendí la televisión más por costumbre que por interés y saqué una botella de whisky del mueble. Empecé a beber solo, sin vaso, directo del pico. Las imágenes de la pantalla pasaban sin que las registrara. Mi cabeza estaba en otro lado. En Valentina. En ese body negro. En cómo se le marcaba el culo cuando se dio la vuelta. En la forma en que sus tetas se habían aplastado contra mi pecho cuando me abrazó.
La verga seguía dura. Me desabroché el pantalón, saqué la verga y empecé a masturbarme con la mano todavía sucia del trabajo. Cerré los ojos e imaginé que era ella la que me la jalaba. Que estaba de rodillas otra vez, pero esta vez no rezando. Que abría la boca y se la metía hasta el fondo. El placer subió rápido, caliente, casi doloroso… pero de pronto me detuve. Me sentí asqueado. Solté mi verga, me la metí de nuevo en el pantalón y me limpié la mano en la camisa. Seguí bebiendo.
Las horas pasaron. Seguí tomando hasta que el cansancio y el alcohol me vencieron. Me quedé dormido en el sofá, con la botella todavía en la mano.
El sonido de un claxon me despertó de golpe. Me incorporé mareado, con la boca seca y la cabeza pesada. Miré el reloj de la pared. Las tres de la mañana.
Me levanté tambaleándome un poco y me asomé por la ventana. Vi a Valentina bajando de un coche azul que se detuvo frente a la casa. Caminaba hacia la puerta de forma inestable, casi arrastrando los pies. El coche arrancó y se fue apenas ella cerró la puerta.
Fui hasta la entrada y abrí. Ella se lanzó hacia mí y se dejó caer en mis brazos. El olor a alcohol le salía por todos lados: de la boca, del pelo, de la piel.
—Ya llegué, papi… —dijo, arrastrando las palabras, con la voz pastosa y baja.
La levanté como pude, cerré la puerta con el pie y la llevé hasta el sofá. La recosté con cuidado y la revisé de reojo. Parecía bien. Borracha hasta el fondo, pero sin golpes ni nada raro. Fui a la cocina a servirle un vaso de agua. Cuando volví, ya estaba de pie en medio de la sala. Los ojos se le habían llenado de lágrimas y me miraba fijamente, con una expresión que no supe interpretar del todo.
Ella se lanzó hacia mí de golpe. Se aferró a mi cuello y dejó caer todo su peso sobre mi cuerpo. El vaso de agua se me resbaló de la mano y se hizo añicos contra el piso. El ruido del cristal rompiéndose llenó la sala por un segundo, pero ninguno de los dos miró hacia abajo.
Valentina enterró la cara en mi pecho y soltó un sollozo corto, ahogado. Su voz salió baja, casi un susurro, pegada a mi camisa:
—Todos los hombres son malos… Todos quieren lo mismo…
Le acaricié la espalda con una mano, todavía sorprendido por el abrazo y por el olor a alcohol que le salía del pelo y de la piel.
—¿Alguien te hizo algo? —pregunté, intentando mantener la voz firme—. ¿Te tocaron? ¿Te obligaron a algo?
Ella negó con la cabeza sin separarse de mí.
—No… No me hicieron nada. Pero siempre es igual. Me miran como si fuera un trozo de carne. Me dicen cosas. Me rozan “sin querer”. Incluso los que se hacen los buenos terminan igual. Solo quieren meterme mano o follarme y ya.
Respiré hondo. El body negro de monja se me pegaba al pecho con cada movimiento suyo. Sentía el calor de sus tetas a través de la tela fina.
—No todos son así —dije, más bajo—. Algún día vas a conocer a alguien que valga la pena. Alguien que te respete de verdad.
Ella asintió despacio. Entonces levantó la cabeza y me miró a los ojos. Los tenía brillantes, húmedos, con el rímel un poco corrido. Se quedó mirándome un segundo largo, como si estuviera buscando algo en mi cara.
—Tienes razón… —susurró—. Tú no eres así. Nunca has sido así. Siempre me has cuidado. Siempre me has protegido. Siempre me has amado… Eres un gran hombre, papá.
Nos quedamos mirándonos, el silencio se volvió espeso. Yo podía oír mi propia respiración y la de ella. El olor a alcohol barato y a su perfume se mezclaba en el aire. Ella se acercó un poco más. Yo no me moví. No supe hacerlo. Sus labios estaban a escasos centímetros de los míos. Pude sentir su aliento caliente contra mi boca.
Fue ella quien dio el último paso.
Sus labios se posaron sobre los míos. Suaves al principio, casi tímidos, pero firmes. No fue un beso de hija. Fue un beso de mujer. Lento, húmedo, cargado de todo lo que no debíamos estar sintiendo. Yo me quedé congelado un segundo… y después respondí.
Al principio pensé que aquello estaba mal. Que tenía que parar. Que era mi hija, que estaba borracha, que yo era el adulto y que cruzar esa línea era algo de lo que no habría vuelta atrás. Intenté separarme un poco, pero ella no me dejó. Me besó con tanta pasión, con tanta necesidad, que cualquier pensamiento racional se me empezó a deshacer.
Sus labios se abrieron y su lengua encontró la mía. El contacto fue eléctrico. Hacía años que no besaba a nadie así. Años sin sentir el calor de una boca húmeda y hambrienta contra la mía. El sabor a alcohol barato y a ella misma me golpeó de lleno. Un gemido bajo se me escapó de la garganta sin que pudiera evitarlo.
Durante unos segundos todavía resistí. Mis manos estaban a los costados, tensas, como si no supiera qué hacer con ellas. Pero el cuerpo de Valentina se pegaba más al mío, sus tetas se aplastaban contra mi pecho a través del body negro, y el olor de su piel me nublaba la cabeza.
La tomé de la cintura con ambas manos y la atraí con fuerza contra mí. Mis dedos se hundieron en la tela fina del disfraz, sintiendo la curva de sus caderas. Empecé a besarla de vuelta con la misma pasión con la que ella me estaba comiendo la boca. Ya no había contención. Solo el sonido húmedo de nuestros labios, el roce de nuestras lenguas y el calor creciente entre los dos.
Entre besos, sentí su mano bajar por mi abdomen hasta detenerse en mi entrepierna. Empezó a frotar mi verga por encima del pantalón, apretándola con la palma, midiendo lo dura que estaba. Yo solté un gruñido bajo contra su boca.
Ella se separó apenas lo suficiente para hablarme al oído, con la voz pastosa y cargada de deseo:
—Está muy dura, papá… ¿La tienes tan dura por tu hija?
Me besó otra vez, más profundo, mientras seguía frotándome. Después, sin esperar respuesta, se bajó un poco, desabrochó el botón de mi pantalón y bajó la cremallera. Se puso de rodillas frente a mí, todavía con el hábito negro de monja puesto, el crucifijo colgando entre sus tetas. Me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón, dejando mi verga libre. Estaba completamente erecta, gruesa, las venas marcadas, la cabeza ya brillante de liquido preseminal.
Valentina se quedó mirándola un segundo, con los ojos entrecerrados y una expresión de genuina sorpresa.
—Mierda… —susurró—. Es la verga más grande que he visto. La tienes muy linda, papá…
Se inclinó y depositó un beso lento, húmedo, justo en el glande. Sus labios se quedaron ahí un momento, saboreando, antes de levantar la mirada hacia mí, todavía de rodillas, con mi miembro a escasos centímetros de su boca.
Ella empezó a darme besos lentos a lo largo de toda la verga. Desde la base hasta la punta, dejando un rastro húmedo y caliente con sus labios. Me estremecí cada vez que sentía esa boca suave rozarme. No podía creer lo que estaba pasando. Mi hija… mi Valentina… de rodillas frente a mí, con el disfraz de monja todavía puesto, a punto de chuparme la verga.

Ella notó mi nerviosismo. Levantó la mirada, todavía con los labios rozando mi miembro, y me habló en voz baja, casi tierna:
—Tranquilo, papá… No pasa nada. Yo te amo.
Dicho esto, sin apartar los ojos de los míos, abrió la boca y se tragó toda mi verga de una sola embestida. Sentí la cabeza de mi miembro chocar contra el fondo de su garganta. El calor, la presión, la humedad… fue demasiado. Se quedó así unos segundos, con la nariz pegada a mi bajo vientre, tragando alrededor de mí, hasta que tuvo que sacarla para tomar aire. Un hilo de saliva conectaba sus labios con mi glande.
No esperó mucho. Volvió a metérmela en la boca y empezó a succionar con desesperación. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, chupando fuerte, usando la lengua, mojando toda mi verga con saliva. El sonido obsceno de su boca llenaba la sala. Yo tenía una mano apoyada en la pared y la otra enredada en su pelo, debajo del hábito negro, sin saber si empujarla más o dejarla hacer.

Sentí cómo se me empezaba a acumular el semen en las pelotas. Estaba a punto de correrme. Ella lo notó. Aflojó la succión, sacó mi verga de su boca con un sonido húmedo y me miró desde abajo, con los labios hinchados y brillantes.
—Te quiero papá… —susurró, jadeando—. Pero te quiero dentro.
Se puso de pie, tomó mi verga con una mano y empezó a guiarme hacia su habitación, tirando suavemente de mí como si fuera una correa. Caminamos por el pasillo en silencio, ella todavía con el body negro de monja y las medias de red, yo con el pantalón bajado hasta los muslos y la verga empapada de su saliva apuntando hacia adelante.
Ella entró primero a la habitación. Yo me quedé parado en el marco de la puerta, con el pantalón todavía bajado y la verga dura y brillante de saliva apuntando hacia ella. Valentina se subió a la cama de rodillas y se puso en cuatro sin perder un segundo. El body negro de monja se le había subido un poco, dejando al descubierto casi todo el culo. Las medias de red negras tensaban esos muslos gruesos y firmes, y el material del disfraz se le metía entre las nalgas, marcando perfectamente la forma redonda y pesada de su trasero.
Empezó a menear las caderas de un lado a otro, despacio al principio, después con más fuerza, como si estuviera bailando solo para mí. El movimiento hacía que sus nalgas rebotaran y se separaran un poco con cada vaivén. Miró por encima del hombro, con el hábito negro todavía puesto y una sonrisa sucia en los labios.

—Ven, papá… —susurró, moviendo el culo con más insistencia—. Soy tuya. Reclámame. Hazme tuya de una puta vez.
Yo seguía clavado en la puerta, tragando saliva, con el corazón latiéndome en la garganta. Ella no se detuvo. Al contrario. Levantó una mano y se dio una nalgada fuerte a sí misma. El sonido seco del golpe llenó la habitación. La carne de su culo tembló bajo el impacto y bajo las mallas de red. Se dio otra. Y otra. Cada vez más fuerte, abriendo las nalgas con los dedos para que yo viera todo, incluso el pequeño agujero apretado y el coño hinchado y brillante que se asomaba entre sus muslos.

—Mírame, papá… —jadeó, todavía nalgueándose—. Este culo es tuyo. Este coño es tuyo. Ven y cogeme. Por favor… te necesito dentro.
El disfraz de monja, el crucifijo colgando, las medias de red y esa pose obscena… era demasiado. Mi verga latía con fuerza, soltando un hilo de saliva que caía al piso. Ya no había vuelta atrás. Di un paso dentro de la habitación y cerré la puerta detrás de mí.
Ella me vio entrar y sonrió. Esa sonrisa lenta, sucia, sabiendo exactamente el efecto que me estaba causando. Se puso de rodillas en el centro de la cama, mirándome fijamente con esos ojos azules semientrecerrados. El hábito negro de monja le enmarcaba la cara, el crucifijo plateado colgaba entre sus pechos y las medias de red le subían por los muslos abiertos.
Sin decir una palabra, llevó las manos al escote del body negro. Se lo abrió despacio, tirando de la tela hacia los lados hasta que sus tetas quedaron completamente al descubierto. Eran pequeñas, firmes y preciosas, con los pezones ya duros y rosados por la excitación. El contraste entre esa piel suave y el disfraz de monja me golpeó como un puñetazo.

Mi verga palpitó con más fuerza al verla así: de rodillas, las tetas afuera, el body bajado hasta la cintura, las medias de red y esa mirada fija en mí. Se veía obscena. Sagrada y completamente pervertida al mismo tiempo.
Valentina no apartó la vista. Solo se quedó ahí, ofreciéndome el pecho, respirando un poco agitadamente, esperando que me acercara.
—Ven, papi… —susurró, poniéndose de pie—. Llegó la hora.
Se estiró y me dio un beso profundo, dejándome probar mi propio sabor en su lengua. Después me empujó suavemente hacia la cama. Me dejé caer de espaldas. Ella se subió encima de mí, todavía con el body negro abierto en el pecho y las medias de red puestas. Con una mano se hizo a un lado la tela del entrepiernas del body y, sin mucho cuidado, rasgó las medias de red justo en la entrepierna, dejando su coño completamente expuesto. Estaba hinchado, brillante de excitación.
Se acomodó sobre mí, tomando mi verga con una mano, y me miró desde arriba con una sonrisa cargada de lujuria.
—Ahora sí, papi… —jadeó—. Voy a ser tuya.
Nos miramos a los ojos. Ella estaba encima de mí, con las tetas afuera, el body negro abierto y las medias de red rotas en la entrepierna. Tomó mi verga con una mano y la alineó contra su entrada. Estaba tan mojada que sentí el calor de sus jugos incluso antes de entrar.
Empezó a bajar despacio.
El primer centímetro me arrancó un gruñido. Estaba increíblemente apretada. Más de lo que había imaginado. Su coño me apretaba como un puño caliente y húmedo. Ella soltó un gemido largo y tembloroso mientras seguía bajando, centímetro a centímetro, dejando caer su peso sobre mi verga.
—Ahh… papá… —jadeó, con la voz rota—. Está tan grande… me está abriendo…
Seguía bajando. Yo sentía cómo sus paredes internas se estiraban para recibirme. Estaba empapada, chorreando sobre mi pelvis, pero al mismo tiempo tan estrecha que me costaba no correrme solo de sentirla. Cuando por fin llegó hasta el fondo, cuando mis pelotas tocaron su culo, los dos nos quedamos quietos un segundo, respirando agitados.
Ella empezó a moverse. Al principio fue torpe. Subía demasiado y mi verga se le salía, entonces tenía que volver a acomodarla y bajar de nuevo, gimiendo cada vez que me volvía a tragar completo. Pero después de unos segundos encontró el ritmo. Empezó a rebotar con más fuerza, clavándome hasta el fondo en cada bajada, con las manos apoyadas en mi pecho y las tetas moviéndose al ritmo de sus embestidas.

—Me encanta… —gemía, casi llorando de placer—. Me encanta la verga de mi papá… está tan profunda…
Sus movimientos se volvieron más frenéticos. El sonido húmedo de su coño tragándome llenaba la habitación. De pronto su cuerpo se tensó. Arqueó la espalda, abrió la boca en un grito silencioso y empezó a corrérsele un chorro caliente y abundante sobre mi pelvis y mi bajo vientre. El squirt le salía a borbotones mientras seguía rebotando sobre mi verga, temblando de forma incontrolable.

—¡Me estoy viniendo, papá! ¡Me estoy viniendo en tu verga!
Cuando el orgasmo empezó a bajar, se dejó caer hacia adelante, todavía conmigo dentro, temblando y respirando entrecortado. Yo le acaricié la espalda y el pelo bajo el hábito.
—Está bien… —le dije en voz baja—. Estoy aquí.
Le di un beso lento en los labios, saboreando su aliento agitado. Después la miré a los ojos y le hablé con la voz ronca:
—Ahora ponte en cuatro.
Ella asintió, todavía temblando, y se bajó de mí con un sonido húmedo. Se giró en la cama y se puso en posición, ofreciéndome el culo marcado por las medias de red rotas y el coño rojo e hinchado que todavía goteaba.
Valentina se puso en cuatro. Desde ese ángulo su culo se veía precioso: redondo, firme, marcado por las medias de red rotas y todavía brillante de sus propios jugos. Las nalgas le temblaban un poco por el orgasmo anterior. Me arrodillé detrás de ella, tomé mi verga empapada y la apoyé contra su entrada hinchada.
Empecé a entrar despacio.
Ella soltó un gemido fuerte apenas la cabeza se le abrió paso.
—Ahh… papá… todavía está muy grande…
Seguí empujando, centímetro a centímetro. Cada vez que avanzaba un poco más, ella soltaba un quejido agudo y apretaba las sábanas con los puños. Su coño me tragaba con dificultad, todavía demasiado apretado a pesar de lo mojada que estaba. Cuando ya tenía más de la mitad adentro, me detuve un segundo para que se acostumbrara.

Después, sin avisar, empujé hasta el fondo de un solo golpe.
Ella gritó.
—¡Joder! ¡Llegó muy profundo! ¡La tengo toda dentro, papá!
Me quedé clavado hasta las pelotas, sintiendo cómo sus paredes me apretaban con fuerza. Después empecé a bombear. Ritmo constante, profundo, sacándola casi completa y volviendo a enterrármela hasta el final. El sonido húmedo de su coño llenaba la habitación. Ella gemía sin parar, con la cara medio hundida en la almohada y el hábito negro de monja todavía puesto.
—Sí… así… no pares…
Seguí embistiéndola. Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran contra mi pelvis. De pronto su voz se volvió más agitada, más desesperada.

—Me voy a correr otra vez… papá… me voy a venir otra vez…
No me detuve. Al contrario. Agarré sus caderas con fuerza y aumenté el ritmo. Empecé a follarla más duro, más profundo, sacudiéndole todo el cuerpo con cada embestida. Ella gritó, ya sin control.
—¡Mierda, sí, papi! ¡Soy tu puta, sí! ¡Fóllame más duro!
Sus brazos cedieron. Se desplomó completamente boca abajo sobre la cama, con el culo todavía en alto. Las piernas le temblaban sin control. Un segundo después empezó a squirtear de nuevo, chorros calientes que salpicaban mis muslos y empapaban las sábanas debajo de nosotros mientras yo recuperaba el aliento después de ese esfuerzo
Mientras ella recuperaba el aliento, todavía boca abajo y temblando, murmuró entre jadeos:
—Hace mucho calor… joder, estoy ardiendo…
A pesar de que ya eran altas horas de la madrugada, el cuarto olía a sexo y sudor. Valentina se incorporó con dificultad, todavía con las piernas temblorosas. Empezó a quitarse lo poco que le quedaba del disfraz. Se dejó el hábito negro por completo, lo que si se quitó fue el body negro y lo que restaba de las medias de red rotas. En menos de un minuto estaba completamente desnuda frente a mí.
Su cuerpo delgado y sexy brillaba por el sudor. Las tetas pequeñas y firmes subían y bajaban con cada respiración. El coño estaba rojo, hinchado y brillante de tanto squirt.
Se dejó caer de espaldas sobre la cama, abrió las piernas y me miró con los ojos entrecerrados.
—Está muy sensible, papá… no puedo más…
Me arrodillé entre sus piernas. Me chupé dos dedos despacio, sin apartar la vista de su coño, y empecé a masajearle el clítoris con suavidad. Ella soltó un gemido largo apenas me tocó. Estaba tan sensible que hasta la caricia más ligera la hacía arquearse.
—Estás empapada otra vez… —le dije, sintiendo cómo mis dedos se deslizaban con facilidad.

Sin dejar de mirarla, empujé los dos dedos dentro de ella. Estaba caliente, resbaladiza y todavía muy apretada. Empecé a moverlos despacio, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía temblar. Ella abrió la boca y soltó un gemido más agudo.
—Ahí… justo ahí, papá… no pares…
Aceleré el ritmo. Mis dedos entraban y salían con sonido húmedo mientras el pulgar le rozaba el clítoris. Su cuerpo se tensó de nuevo. Las piernas le temblaron y, de pronto, un chorro caliente salió disparado alrededor de mis dedos, mojándome la mano y las sábanas una vez más.
Ella gritó, arqueando la espalda, mientras el squirt le salía a borbotones.
Cuando el orgasmo empezó a bajar, saqué los dedos empapados y se los llevé a la boca. Ella, todavía jadeando, abrió los labios y los chupó sin dudar, saboreando sus propios jugos mientras me miraba a los ojos.
—Pruébate… —le dije en voz baja—. Así de rica estás.
Ella solo gimió alrededor de mis dedos, lamiéndolos limpios.

Después de eso le di un beso apasionado, profundo, saboreando todavía el gusto de sus propios jugos en su lengua. Los dos estábamos cansados, sudados y demasiado sensibles. El cuarto olía a sexo, a sudor y a ella.
Con una fuerza que ya no intenté disimular, la tomé de la cintura y la volví a poner boca abajo sobre la cama. Le levanté las caderas hasta dejarla otra vez en cuatro. Solo llevaba el hábito negro de monja sobre la cabeza; el resto de su cuerpo estaba completamente desnudo, brillante de sudor y de squirt.
Me arrodillé detrás de ella, alineé mi verga contra su entrada hinchada y la penetré de un solo empujón. Ella soltó un gemido sorprendido, pero no se quejó. Al contrario.
—Más… —jadeó, empujando el culo hacia atrás—. Dame más, papá…
Empecé a embestirla con fuerza. Ya no había delicadeza. Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran contra mi pelvis y que el hábito negro se le moviera sobre la espalda. Ella pedía más con cada golpe.

—Más duro… más profundo… no pares…
Sentí cómo mi verga empezaba a palpitar con fuerza dentro de ella. Estaba al borde. Ella lo notó. Empujó el culo todavía más hacia atrás y empezó a hablarme sucio, con la voz rota por los gemidos.
—Dámela, papi… dame tu lechita… preñame… lléname toda… quiero sentir cómo me llenas…
Sus palabras me empujaron al límite. Estuve a punto de correrme dentro. En el último segundo me saqué de golpe. Con un gruñido profundo, empecé a disparar sobre su espalda. Chorros espesos y calientes cayeron sobre su piel sudorosa, sobre el hábito negro y sobre el hueco de sus nalgas. Seguí ordeñándome encima de ella hasta que no quedó nada.
Ella se quedó en cuatro, jadeando, con mi semen escurriéndole por la espalda mientras el hábito de monja le cubría la cabeza.

Valentina se giró al ver que no había eyaculado dentro y puso un puchero, todavía con mi semen escurriéndole por la espalda.
—La quería dentro… —murmuró, casi enfurruñada.
Después soltó una risita cansada y se encogió de hombros.
—No importa. Estoy segura de que después lo harás.
Se puso de rodillas frente a mí y me dio un beso apasionado, lento, saboreando todavía el cansancio y el sexo en la boca del otro. Cuando nos separamos, los dos miramos alrededor.
El cuarto de Valentina estaba hecho un desastre. Las sábanas empapadas, el olor a squirt y semen impregnándolo todo, restos del disfraz tirados por el suelo. Ninguno de los dos tenía ganas de quedarse ahí.
—Vamos a mi habitación —dije.
Ella asintió. Se levantó, todavía desnuda salvo por el hábito negro que se había vuelto a acomodar a medias, y se dirigió al baño a limpiarse. Yo caminé hasta la habitación principal, la misma donde había dormido solo durante quince años, y me dejé caer en la cama.
Mientras esperaba, la realidad empezó a golpearme. Me había follado a mi hija. Había cruzado una línea de la que no se volvía. Me había encantado. Cada gemido, cada squirt, cada vez que me llamaba papá mientras la embestía… me había gustado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Y al mismo tiempo sabía, en el fondo, que estaba mal. Muy mal.
Ese pensamiento se me borró en cuanto la puerta del baño se abrió.
Valentina salió completamente desnuda, con el pelo húmedo y la piel limpia. Se metió en la cama sin decir nada, se acurrucó contra mi pecho y apoyó la cabeza en mi hombro. Su cuerpo caliente se pegó al mío. Le pasé un brazo por la cintura y la apreté un poco más cerca.
Al cabo de unos minutos, el cansancio nos venció a los dos. Nos quedamos dormidos así, enredados, en la cama que hasta esa noche había sido solo mía.
...
Al día siguiente me desperté con la luz de la mañana entrando por la ventana. La cama a mi lado estaba vacía. Durante unos segundos me quedé quieto, recordando todo lo de la noche anterior, sintiendo todavía el olor a sexo en las sábanas. Me levanté, me puse un pantalón y una camiseta, y bajé a la cocina con el corazón un poco acelerado.
Valentina estaba de pie junto a la estufa. Llevaba un body de encaje azul claro, tan ajustado que le marcaba todo el culo y apenas le cubría nada. Al oírme, se giró y me dedicó una sonrisa amplia.

—Buenos días, papi —dijo, como si no hubiera pasado absolutamente nada—. Ven, siéntate. Hice el desayuno.
Se acercó, me dio un beso directo en los labios (no en la mejilla) y me tomó de la mano para llevarme hasta la mesa. Me senté todavía perplejo. Ella se movía por la cocina como si llevara años haciendo eso: servir el café, poner los platos, sonreír.
Intenté hablar.
—Oye, hija… respecto a lo de anoche…
Ella me interrumpió con naturalidad, sentándose frente a mí.
—Era algo que tenía que pasar. De verdad me gusta. Y quiero que las cosas sigan así.
Me quedé sin palabras. Solo asentí despacio y empecé a comer en silencio, pensativo. Ella se dio cuenta de mi cara y decidió cambiar el tema.
—¿Te gustó mi disfraz de ayer?
Me quedé inmóvil un segundo. Recordé el body negro, las medias de red, el crucifijo, cómo se veía de rodillas y en cuatro…
—Me gustó —respondí al final—. Pero creo que mostrabas más de lo necesario.
Ella soltó una risita y se encogió de hombros.
—Bueno… ya tengo mi disfraz para la fiesta de esta noche.
Levanté la vista, extrañado.
—¿Habrá otra fiesta?
—Sí. Y solo voy a ir si tú autorizas el disfraz.
—¿De qué es?
Ella se levantó de la silla, todavía con esa sonrisa coqueta, y me hizo una seña con el dedo.
—Te lo voy a mostrar. Pero tenemos que ir a la sala. Cierra los ojos y espérame. No los abras hasta que yo te diga.
Me quedé mirándola un segundo. Después asentí, me levanté y la seguí hacia la sala, preguntándome qué diablos planeaba ahora.
Me senté en el sofá de la sala y esperé. Escuché cómo Valentina subía las escaleras sonriendo. Pasaron un par de minutos en silencio hasta que su voz llegó desde arriba:
—¿Ya tienes los ojos cerrados, papi?
Cerré los ojos y respondí en voz alta:
—Sí. Ya están cerrados.
Escuché sus pasos bajando. Despacio. Después el leve sonido de sus rodillas tocando el piso. El silencio se alargó unos segundos.
—Abre los ojos.
Los abrí.
Valentina estaba a gatas en medio de la sala, mirándome desde abajo. Llevaba un disfraz de vaquita ridículamente pequeño: un bikini blanco con manchas negras que apenas le cubría nada, medias largas con el mismo estampado hasta los muslos, y unas orejas de vaca rosas y negras en la cabeza. Tenía la lengua afuera, sacándola de forma juguetona, y el culo levantado.

Me miró con una sonrisa sucia y seductora.
—¿Ahora sí le vas a dar leche a esta pobre vaquita, papi?
Empezó a gatear hacia mí. Lento. Hasta que llegó entre mis piernas. Se detuvo justo frente a mi entrepierna y, sin dejar de mirarme a los ojos, apoyó la mejilla contra mi pantalón. Después levantó una mano y empezó a frotar mi verga por encima de la tela, sintiendo cómo se le ponía dura de inmediato.
Se quedó ahí, acariciándome, con esa sonrisa de vaca traviesa, esperando a que yo decidiera qué iba a pasar a continuación.

FIN
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