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Nuestra primera vez

Nuestra primera vez
Con Lautaro, mi primer novio, pasamos el primer mes con no mucho más que unos besitos y tomarnos de la mano. Éramos inexpertos, tímidos, un poco inocentes. Y, además, no teníamos mucho lugar para la privacidad. Yo no quería que en mi casa supieran que tenía novio, ni él me podía llevar a su casa, y no teníamos permiso para estar fuera demasiadas horas, entonces nuestros encuentros se reducían a eso: pasear un poco de la mano, unos besos, acercar nuestros cuerpos.

Una sola vez, que habíamos podido separarnos de un grupo de compañeros de la colegio, nos habíamos besado más apasionadamente, agitados, a las apuradas. Sentir su aliento dulce en mi cara, su lengua, sus manos rozando mis tetas y mi cola, y, lo más loco para mí, sentir su erección contra mi cuerpo, me hicieron volar hasta las nubes. Me hizo sentirme deseada, una mujer de verdad, una especie de diosa. Y, no sé bien cómo decirlo, me sentí una putita también, y eso me encantó. Quería ser SU putita.


Él era hermoso, era flaco pero tenía un cuerpo fibroso, que me encantaba sentir contra el mío. Y el agregado de sentir por primera vez su pene fue demasiado. Yo estaba enamoradísima. En esa sesión, que no duró más de diez minutos, quedé extasiada. Me fui a mi casa y todo se sentía diferente. El aire que respiraba, la gente que me cruzaba. Llegué y me crucé a mis papás y mi hermano y me pareció increíble que ellos no supieran nada de lo maravilloso que me había pasado.


Entré a mi habitación, cerré la puerta con llave, y me toqué la bombacha. La tenía mojada como nunca. Eso me había provocado Lautaro, mi amor. Me acosté en la cama, llevé mis dos manos adentro de la bombacha, por abajo de la pollerita. Estaba empapada. Me sentí más mujer que nunca. Me empecé a masturbar con torpeza, todavía no dominaba ese arte.

Pero pensar en Lautaro, en su cuerpo, en el amor, en lo que habíamos vivido y todavía estábamos por vivir, fue inspiración suficiente. Empecé a fantasear (ese y los días subsiguientes) con ser su putita. Con regalarle eso a mi amor: satisfacer todos sus deseos. Tuve dos orgasmos antes de quedarme dormida. Me desperté con los golpes en la puerta: mi mamá me llamaba a comer.
Ni hablamos con Lautaro de la experiencia.

Seguimos con nuestros encuentros castos por un par de días. Pero todo cambió cuando me dio la noticia: sus papás lo dejaban solo en casa toda la semana. Así que a la salida de la colegio podíamos ir a su casa y ESTAR SOLOS POR HORAS.

Faltaban dos días todavía. Esos dos días no hablamos muy explícitamente del tema, de lo que íbamos a hacer, aunque los dos lo sabíamos. Y se notaba, porque estábamos más calientes que de costumbre. En esos dos días nos besamos y nos metimos mano cada vez que pudimos (aunque no fueron muchas). La única cosa explícita la dije yo cuando nos despedimos, el día anterior: le pregunté qué bombacha quería que me pusiera.

Él obviamente nunca me había visto en bombacha, pero sí me había visto sobresalir del pantalón alguna vez, y se ve que se le había quedado fijada, porque me dijo "una blanquita con bordecitos rosaditos, ¿tenés?". Sí, sabía exactamente cuál. Una vedetina que me quedaba bien ajustadita, era ideal. Con ese diálogo quedó sellado lo que íbamos a hacer en esa casa.


Al día siguiente me vestí con mucho cuidado para ir al cole. Ese día íbamos a tener jornada muy corta, porque había un evento, y solo teníamos que estar las primeras dos horas. Pero mis papás no sabían, así que me podía ir a la casa de Lauti y quedarme ahí hasta la tarde, varias horas. Me cepillé bien el pelo, que me quedó hermoso. Me bañé, me puse perfume y desodorante en todo el cuerpo. Era uno full body, así que me puse hasta en la conchita, y me puse unas gotas de perfume en la cola. Me paré desnuda frente al espejo, me miré toda, la cola, las tetitas, la concha. Me recorté los pelitos.

Me miraba, me tocaba, me sentía una diosa, una diosa putita. Me vestí como envolviendo un regalo para mi macho. Pensando en el momento en que tirara del moño y me desenvolviera. Me puse la bombachita que él eligió. Me miré al espejo y comprobé con satisfacción cómo se me metía en la cola y cómo me marcaba la conchita. Se sentía bien. Después me puse la camisa blanca, la corbatita, un jumper gris, con la faldita tableada. Otras veces me ponía un short por debajo, esta vez no, me hacía sentir sexy no llevar nada debajo, nada más que mi bombachita blanca con voladitos rosa, elegida por mi macho.


Sonó el timbre y sin perder tiempo nos escabullimos y salimos para su casa. Yo sentía el viento fresco entrándome por debajo de la faldita, y me encantaba sentir que ahí abajo no tenía nada más que la bombachita. Me hacía sentir sexy, segura de mí misma y de lo que iba a hacer ese día. La casa quedaba a unas pocas cuadras. En el camino íbamos tensos, los dos con mariposas en el estómago. Casi ni hablábamos, íbamos a paso firme, apurados, queriendo llegar y cerrar la puerta tras de nosotros.


Por fin llegamos, Lautaro abrió, entramos, la puerta se cerró de un portazo, y él se tiró contra mí, presionándome contra la puerta, y empezamos a besarnos locamente. Nuestras lenguas se trenzaron en una batalla de saliva, y sentí, mientras su mano izquierda me agarraba suavemente la nuca, como su pene bien erecto se apoyaba en mi panza. Lo sentí como la confirmación final de lo que iba a pasar: en esa casa íbamos a dejar de ser dos pibes e íbamos a pasar a ser un hombre y una mujer. Él me iba a hacer las cosas que un hombre le hace a una mujer. Me iba a coger. Iba a tener un pito adentro mío por primera vez. Me iba a ir de esa casa toda cogidita.


Su mano subió por mi torso y sentí como me tocaba las tetas por debajo de la camisa. Me la desabrochó torpemente, y me metió la mano adentro del corpiño, que me quedó desacomodado. Con la otra metió los dedos por mi pollerita, desde arriba, en el elástico de la bombacha, y tiró hacia él. Sentí sus uñas rozar mi vello púbico. Mi vagina se estremeció sin que la toque.
De pronto se detuvo y con mirada pícara y una sonrisa me preguntó "¿Te la pusiste?". No le respondí. Solamente lo miré a los ojos y me levanté la faldita, dejando todo al descubierto.


"Wooow, nunca te vi en bombachita. Qué hermosa que te queda" me dijo. Yo me di vuelta, para que pudiera ver como se me metía en la cola. Él se acercó a mí, sentí su respiración en la nuca. Con un dedo, con mucha delicadeza, me sacó la bombacha de entre los cachetes, y me dijo "estás muy hermosa. ¿Te puedo llevar al dormitorio de mis papás?".


Le di un beso en la boca y le dije que sí, y con una sonrisa agregué como en la canción, "haz lo que tú quieras conmigo, esta noche yo soy tu bebé".
Me guió de la mano hasta la habitación. Entramos. Me senté en el borde de la cama. "Yo nunca te vi en boxer, es injusto" le dije. Sonrió. Con un poco de pudor se bajó los pantalones. Tenía un boxer azul. Se notaba que la pija era bastante grandecita, y que estaba recontra parada.


Me había imaginado algo más romántico, besos y palabras de amor al oído, pero me volvió loca ver que tenía así a mi machito, me invadió una oleada de calentura y me dieron unas ganas tremendas de chuparle el pito. Me manoteé la pija por debajo del boxer, y nos miramos a los ojos. Él con cara de susto, yo estaba asustada pero le sonreí.


Le bajé el boxer. Él como que se asustó un poco pero no dijo nada. Su pene quedó bamboleando parado frente a mi cara. Era una pija hermosa, todavía más linda de lo que me había imaginado. Y la primera que veía en vivo, y la primera que estaba a mi disposición para lo que yo quisiera. La iba a aprovechar. Le agarré el pito con torpeza, y primero le di unos besitos, mientras aprovechaba para mirarlo.

Después le pasé la lengua tres o cuatro veces, lo cual hizo gemir a Lautaro. Y después me lo metí despacito a la boca. Sentí como él se estremeció al entrar en contacto su pene con mi lengua, quizá un roce de mis dientecitos. Quería que sintiera la tibieza de mi boca. Dejó escapar un suspirito y me dio mucha ternura. Automáticamente me llevé la mano a la conchita, me había calentado mucho.


Mi bombacha estaba re mojada. En otro momento eso me hubiera dado un poco de inseguridad, hubiera querido ocultarlo, pero estaba tan caliente que no me importó, y me seguí tocando suavemente sobre la tela mientras movía la cabeza para adelante y para atrás, despacito, peteando por primera vez. Me encantaba el panorama, ver su pancita chata, el tronco ensalivado de su pija, mientras él me apoyaba despacito las manos en la cabeza, me acariciaba el pelo y me decía "sos re linda".

Yo tenía un orgullo total: me daba cuenta de que mi noviecito, mi primer amor, estaba gozando MUCHÍSIMO, y estaba feliz de demostrarle que yo era una verdadera mujer, y que podía complacerlo hasta ese punto. Con la otra mano le agarré un cachete del orto. Me encantaba su culito, me daban ganas hasta de chupárselo. Tuve miedo de que no le gustara eso, pero él gimió y me sentí aprobada. Era justo, yo
lo iba a dejar hacer lo que él quisiera con mi colita virgen. Y seguro me iba a querer hacer muchas cosas.

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