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Vacaciones en Argentina. 03

La mañana del domingo amaneció demasiado pronto para ser el día después de un asado argentino. Menos mal que nos habíamos ido relativamente temprano a la cama. Éramos solo cinco: Carolina, Martín, Mariana, su marido y yo. Todos con una resaca de esas que te pesan en los párpados.

Las mujeres ya estaban en la cocina preparando un desayuno típico argentino de resaca. Sobre la mesa había un plato enorme de **facturas**: esas medialunas de grasa brillantes, vigilantes, cañoncitos de dulce de leche y unas tortitas negras. Al lado, un jarro de café con leche bien cargado, mate cocido para quien lo prefiriera, y unas rodajas de queso y jamón cocido. Nada de tostadas españolas ni magdalenas. Acá la resaca se combate con grasa, azúcar y cafeína.

Yo me conformé con un café con leche bien largo y dos medialunas.

—Esto de las facturas… —dije mientras mojaba una en el café—. En España factura es lo que te dan en la tienda cuando comprás algo. Acá resulta que son bollos.

Carolina se rio, todavía con la voz pastosa de la resaca:

—Jajaja, sí, boludo. Facturas son estas. Si pedís una factura en un kiosco te van a mirar raro.

Hacía un calor de los mil demonios aunque apenas fueran las diez de la mañana. Las dos mujeres ya estaban en bikini, y no cualquier bikini: la parte de abajo era tanga, el hilo se les perdía entre las nalgas. Los tres hombres íbamos en bañador. El ambiente olía a café, a grasa dulce y a pileta.

Me fijé en que cada tanto alguno pasaba por la zona del asador y volvía visiblemente más animado. Mariana se dio cuenta de que yo lo había notado. Se acercó con el pretexto de servir más café y, sin que los otros escucharan, me dijo al oído con su tonada porteña:

—Ahora te dejo ahí una raya para que vos también te animes. Es lo mejor para la resaca, de verdad.

Asentí sin decir nada.

Después del desayuno cada uno fue pasando por la ducha precaria que había en el fondo de la quinta. Un cubículo con agua que a veces salía tibia y a veces no. Nos aseamos como pudimos. El calor pegajoso hacía que el sudor volviera casi de inmediato.

En un momento dado, mientras yo terminaba de secarme, Mariana me hizo una seña discreta con la cabeza hacia el asador. Me levanté y fui para allá con la toalla al hombro.

Sobre la mesada de material había una raya fina esperándome. Me agaché, me tapé una fosa y esnifé fuerte.

La resaca se me disolvió en segundos. El cansancio también. Y, como siempre que la coca es más o menos decente, me subió de golpe una excitación sexual clara, caliente, que se me instaló entre las piernas y en la cabeza al mismo tiempo.

Me incorporé, me pasé el dorso de la mano por la nariz y miré hacia la casa. Mariana estaba en la puerta de la cocina, en tanga y con el bikini arriba apenas conteniendo las tetas, mirándome con una sonrisa cómplice.

—¿Mejor? —preguntó en voz baja cuando me acerqué.

—Mucho mejor —contesté—. Se me fue todo… y me vino otra cosa.


Ella soltó una risita baja y se mordió el labio.

—Ya me imaginaba. El español se pone picante rápido, ¿no?

Antes de que pudiera contestarle, se escuchó la voz de Carolina desde adentro:

—¡Marianaaa! ¿Trajiste más medialunas o se las comieron los pibes?

—¡Voy! —contestó ella, y antes de entrar me guiñó un ojo—. Después seguimos hablando… o no hablando.

Se metió en la casa dejando atrás el olor a café, a coca y a su perfume barato de verano. Yo me quedé un momento más junto al asador, sintiendo cómo el corazón me latía un poco más rápido y cómo el bañador empezaba a resultarme molesto.

Después de desayunar el plan estaba claro: los hombres íbamos a ver varios partidos de fútbol de aficionados o semiprofesionales y las mujeres se quedaban en la quinta preparando la comida. Con la carne sobrante del asado pensaban hacer empanadas.

Yo me negué en redondo.

—Ni de coña —dije—. Odio el fútbol. Y si es de aficionados, todavía más.

Martín me miró como si le hubiera dicho que no me gustaba el asado.

—¿Cómo que no te gusta el fútbol, boludo? ¿Estás jodiendo?

—No estoy jodiendo. No me gusta. Nunca me gustó.

El marido de Mariana, más suave, intentó mediar:

—Che, pero andá igual… tomamos unas birras, vemos un rato, capaz que hay algún partido de minas también. Es re relajado.

Martín, en cambio, se puso más agresivo:


—Si a un tipo no le gusta el fútbol es porque es puto, decílo de una. ¿Sos puto, español?

Pensé para mis adentros: “Este puto se ha follado a tu esposa mientras dormías”, pero no dije nada. Me limité a encogerme de hombros.

—Podré ser puto o no, pero al fútbol no voy.

Al final lo aceptaron entre risas y comentarios. Se fueron los dos en el coche dejando un polvareda de tierra en la entrada de la quinta.

Apenas eran las nueve de la mañana y nos habíamos quedado solos: Carolina, Mariana y yo.

La quinta se veía distinta con la luz de la mañana. El jardín era amplio, con zonas de pasto alto que llevaban semanas sin cortar, unos cuantos árboles que daban sombra irregular y la pileta que todavía conservaba hojas en la superficie. El asador seguía oliendo a grasa fría y a carbón apagado. Hacía un calor húmedo que ya pegaba en la nuca aunque no fueran ni las diez.


Vacaciones en Argentina. 03


Me ofrecí a ayudarlas con las empanadas.

—Si queréis, me pongo a picar o a lo que haga falta.

Carolina negó con la cabeza mientras estiraba la masa sobre la mesada de la cocina abierta:

—Ni se te ocurra. Los hombres en la cocina solo sirven para hacer lío. Andá a ver si podés mirar el cortacésped, que lleva una temporada roto.

Mariana, que estaba picando la carne sobrante con cebolla, huevo duro y un poco de ají, agregó:

—Sí, dale. Si lo arreglás, cortás el pasto y de paso te sacás el calor.

Fui al cobertizo. El cortacésped era casi nuevo, de esos que traen el manual con código QR. Saqué el móvil (menos mal que tenía una SIM virtual y no me desangraba con el roaming), escaneé el código y me metí en la sección de averías más habituales. No entendí del todo qué le pasaba, pero seguí las instrucciones paso a paso: revisé el filtro, la bujía, le di un par de cebos al motor y, para mi sorpresa, arrancó a la primera.

Apagué la máquina y me acerqué otra vez a la zona de la cocina, donde las dos seguían trabajando. Estaban discutiendo en voz baja, pero no lo suficiente.

Mariana hablaba con ese tono de bronca porteña que no perdona:

—Sos una hija de puta, Carolina. ¿Se puede saber qué mierda te pasó por la cabeza? ¿Y si te pillaba tu marido? ¿Te das cuenta de que te podés cargar el matrimonio? Ya te agarró una vez haciendo boludeces y ahora otra vez…

Carolina contestaba mientras cerraba empanadas a toda velocidad:

—Estoy harta, Mariana. Harta. Martín está en la fase de que le gustan todas las minas menos la suya. Llevo semanas sin coger. Semanas. Ayer con la coca y las conversaciones estaba re caliente… le pedí que se tomara la pastilla después de garchar y ni bolilla me dio. ¿Qué querías que hiciera?

—¡Que te bancaras, carajo! No que te cojas al español en el cobertizo como una cualquiera.

Carolina levantó la vista, con una sonrisa amarga:

—Lo que pasa es que vos estás celosa. Y te lo querías coger vos.

Mariana se quedó helada. Se le notó en la cara que el comentario le había dado de lleno.

Aproveché ese segundo de silencio, me alejé un poco y volví hablando fuerte, como si recién llegara:

—¡Arreglado! La máquina anda. No sé qué le pasaba, pero arrancó.

Las dos se giraron. Seguían visiblemente enfadadas. Carolina fue la primera en recomponerse:

—Qué bien, español. ¿Me hacés el favor de pasar el cortacésped? Te muestro por dónde empezar, que hay zonas que están imposibles.

Mariana no dijo nada. Se quedó con una cara de orto notoria, picando la carne con más fuerza de la necesaria.

Carolina salió conmigo al jardín. Iba en tanga y el bikini de arriba apenas le contenía las tetas. El calor hacía que la piel se le viera brillante. Me fue indicando por dónde pasar primero:

—Empezá por este lateral, que está más alto… después seguís por atrás de la pileta… y dejá lo de adelante para el final.

Mientras hablaba se me rozaba constantemente. No era un roce casual: era de esos que en el metro en hora punta ya serían denuncia. El brazo contra el mío, la cadera rozándome la pierna, el olor a protector solar y a mujer caliente.

En un momento, cuando quedamos un segundo ocultos detrás de un árbol, me decidí. Le agarré el culo con fuerza y la giré para besarla. Ella respondió al instante, abriendo la boca, pegándome el cuerpo.

Justo entonces se escuchó un claxon fuerte desde la entrada de la quinta.

Fuimos caminando hasta la entrada de la quinta. El sol ya pegaba con ganas y el polvo del camino se levantaba con cada paso. El claxon había sido de Florencia. Bajó del coche con una sonrisa y detrás de ella apareció una chica mucho más joven.

Tendría unos veinte años, como mucho. Era bajita, no más de un metro cincuenta, de piel aceitunada y morena. Tenía un montón de tatuajes que le subían por los brazos y se le perdían bajo la remera corta. Un piercing en la nariz le brillaba con el sol. La ropa era una mezcla rara: short de jean destrozado, remera de alguna causa feminista y unas zapatillas gastadas. Tenía pinta de villera y de militante al mismo tiempo. Lo más llamativo, sin embargo, eran las tetas: grandes, firmes y completamente desproporcionadas para un cuerpo tan chiquito y flaco.

Florencia me la presentó con su tonada porteña:

—Este es el español del que te hablé. Español, esta es Yasmina… aunque todos le decimos “Yas”.

Yasmina me miró de arriba abajo con una sonrisa de medio lado, evaluándome.

—¿Y este se quedó acá? —le preguntó a Florencia—. ¿No fue a ver los partidos con los pibes?

Florencia también pareció sorprendida.

—Es verdad… ¿no fuiste?

—Odio el fútbol —contesté—. Ni aunque sea para “vivir una experiencia argentina” me van a ver sentado mirando veintidós tipos corriendo detrás de una pelota.


Florencia abrió la boca, sorprendida de verdad.

—¡No me digas! Nunca conocí a un tipo que lo diga tan de frente.

Yasmina soltó una risita y me clavó los ojos:

—Este españolete es puto, seguro.

Lo dijo como quien suelta una verdad absoluta. Yo le sostuve la mirada y le contesté en el mismo tono seco, sin sonreír:

—Seguro que he chupado más pijas y mejor que tu.

Se le borró la sonrisa un segundo. No se esperaba esa respuesta. Florencia se tapó la boca para no reírse y Carolina, que había llegado detrás de nosotros, aprovechó el momento de silencio.

—Che, español… ¿seguís con el pasto? Nosotras tenemos que hablar un toque.

Me miró con una cara de súplica tan clara que no pude negarme. Asentí.

—Dale. Lo dejo puta madre.

Agarré de nuevo el cortacésped y me alejé hacia el fondo del jardín. Nunca en mi vida había pasado un puto cortacésped. Ni idea de cómo se hacía bien. Pero me estaban tratando tan bien desde que había llegado a esa quinta, con esa mezcla de generosidad y desparpajo argentino, que cortar un poco de pasto bajo el sol de la mañana me pareció lo menos que podía hacer.

Mientras la máquina empezaba a rugir otra vez, miré de reojo hacia la entrada. Las cuatro mujeres se habían quedado junto al coche, hablando en voz baja. Yasmina gesticulaba mucho. Florencia se reía. Carolina tenía los brazos cruzados. Y Mariana parecía estar realmente enfadada.

El olor a pasto recién cortado se mezcló con el calor y con el recuerdo de la coca de hacía un rato. El bañador me volvía a quedar incómodo.

Al rato apareció Yasmina caminando por el jardín con dos botellines de Quilmes bien fríos en la mano. Su “bikini” era una camiseta vieja y rota, de esas que ya no tienen forma, ajustada con un par de nudos que le dejaban la panza al aire y le apretaban las tetas de una forma casi indecente. Abajo llevaba un pantaloncito vaquero tan recortado que apenas tapaba lo imprescindible; cada vez que daba un paso se le veía el arranque del culo.


argentina

Me tendió uno de los botellines.

—Tomá, españolete. Se te va a secar la garganta.

Pegué un trago largo. Con el calor, la coca de hacía un rato y la resaca que todavía arrastraba, la cerveza me bajó como agua bendita.

—Gracias.

Yasmina se quedó mirándome de reojo mientras bebía.

—¿Sabés cómo me llaman?

—Yas —contesté.

—No, no, no. Digo el apodo.

Puse cara de no tener ni idea.

—Me dicen Bombachita Rápida —soltó ella—. Pero es injusto. Yo no me acuesto con cualquiera, contigo ni aunque me paguen. Yo elijo con quién cojo.

La miré un segundo, dejándome llevar por lo que tenía delante: esas tetas desproporcionadas para su cuerpo chiquito, la piel aceitunada brillante de sudor, el piercing brillando al sol.

—Pues es una pena —dije—, porque tenés pinta de follar como las diosas.

Se le escapó una sonrisa de lado. El comentario le había gustado, se notaba. Seguimos pegándole tragos en silencio un rato, bajo el sol de la mañana, con el olor a pasto recién cortado alrededor.

Por fin habló ella, más bajito:

—Esas tres se están peleando por vos. Tienen treinta años y parece que ninguna coje a gusto. Son unas reprimidas sometidas por sus machirulos esposos. Además son unas cornudas… me he cogido a los tres maridos y no merecen la pena, jajajaja.

Me reí.

—¿Y ellas lo saben?

—Hacen de cuenta que solo saben que me cogí a los maridos de las otras. Se autoengañan hasta lo ridículo.

—Ya te tocará a vos estar como ellas —le dije.

—Ni loca me caso. Ya gano lo suficiente como para no depender de ningún hombre.

—¿En qué trabajás?

—Soy ingeniera informática. Laburo para Google.

Le levanté las cejas, sorprendido de verdad.

—Coño… entonces debés ganar muy bien.

Ella se quedó mirándome un segundo, como si no se esperara que lo dijera tan claro.

—Sí, la verdad que gano muy bien. Pero prefiero que no se sepa. Prefiero pasar por pobre, es más seguro. ¿Cómo te diste cuenta?


—No me di cuenta de nada. Simplemente sé que un ingeniero informático trabajando de lo suyo gana muy bien. Y si es para una empresa internacional, todavía más.

Yasmina asintió, como reconociendo el punto.

—¿Y vos a qué te dedicás?

—Seguridad privada. Vigilante. Gano una mierda, pero ahorrando de vez en cuando me puedo ir de vacaciones.

Ella sonrió con más picardía:

—A probar la carne argentina.

—Carne, pescado, lo que haga falta. Y la comida y la cerveza locales. Mi lema cuando viajo fuera de España es; probar la comida local, la cerveza local y las mujeres locales.

Se rio de verdad esta vez. La risa le cambió la cara, le suavizó esa actitud de “no me rompas las pelotas” que traía desde que bajó del coche. Empezó a mirarme con más amabilidad, casi con curiosidad.

—Bueno —dije después de otro trago—, voy a seguir con esto del césped. Yo soy de esas personas que si empiezan una tarea no pueden parar hasta acabarla.

—¿Me puedo quedar con vos? —preguntó—. Paso de las peleas internas de esas tres. Fingen que se adoran y se odian a muerte.

—¿Cómo es que te juntás con ellas?

—Por mi prima Lucía. Por cierto, ella es lo opuesto a vos: le encanta el fútbol y se fue con los tipos a ver los partidos.

—Vale.

Arranqué otra vez el cortacésped. El ruido del motor se comió cualquier posibilidad de seguir hablando. Yasmina se quedó caminando a mi lado, a la sombra de los árboles cuando podía, bebiendo su cerveza y mirándome de reojo mientras yo iba dejando el pasto perfectamente corto, zona tras zona, bajo el sol de una mañana que ya prometía ser larga.

Cuando se nos acababan las cervezas Yasmina iba a buscar otros dos botellines de Quilmes. Con el calor y el ejercicio la cerveza entraba sola, fría y amarga, bajando por la garganta como si no pesara.
Ya llevábamos unas cuantas y se me estaban subiendo a la cabeza de una forma agradable, pesada, que me hacía todo más lento y más intenso.
Yas me pidió manejar ella el cortacésped. Le indiqué cómo acelerar y cómo girar sin que se trabara. Lo hizo un rato, riendo cada vez que la máquina tiraba hacia un lado. Cuando iba a ir otra vez a por cerveza le dije:
—No traigas más alcohol. Con este calor y lo que llevamos me va a dar algo.
Se rio, se acercó y, sin avisar, me levantó el brazo y me chupó la axila con la lengua bien plana.
—Ummm… sí. Esto ya no es sudor, es pura cerveza.
Sería por la cerveza o por la coca que todavía circulaba, pero hice lo mismo. Como buena feminista tenía pelos en el sobaco, oscuros y algo abundantes. No me importó. Su olor era fuerte, a sudor de mujer mezclado con lúpulo. Me entretuve ahí como si le estuviera comiendo el coño: lamiendo, chupando, metiendo la nariz. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido bajo.
—Sos un cerdo… pero me encanta.
Se quedó mirándome unos segundos, con los ojos entrecerrados por el sol y la cerveza.
—He cambiado de opinión. ¿Querés coger?
—Claro que sí. Pero no tengo condones.
—Yo sí.
Metió la mano en el bolsillo trasero del pantaloncito vaquero y sacó uno. El envoltorio brilló un segundo al sol.
Nos habíamos metido bajo la sombra de unos árboles, lejos de la casa. El césped recién cortado olía a verde y a tierra húmeda. Desde donde estaban las otras mujeres no podían vernos.
Me abalancé sobre ella. La besé con ganas, con la lengua, mientras una mano le agarraba una de esas tetas potentes y la otra le apretaba el culo pequeño. Era de las tetonas de poco culo, justo como me gustan a veces. La camiseta hecha nudos salió fácil. Al quitársela descubrí que tenía piercing en los dos pezones: aros pequeños de plata que brillaban contra la piel aceitunada. Se los chupé, los moví con la lengua, tiré suavemente de ellos con los dientes. Ella arqueó la espalda.


Le bajé el pantaloncito. Debajo no llevaba nada. El coño era peludo, abundante, de pelo negro y rizado, y olía fuerte, a mujer de verdad, a sudor y a excitación. No era un olor de ducha reciente. Era un olor vivo. Me arrodillé y lo oli más cerca, abriéndole los labios con los dedos. Tenía un piercing en el clítoris, una bolita de metal que salía entre el pelo. Se lo chupé despacio, sintiendo el contraste del metal y la carne. Yasmina agarró mi cabeza con las dos manos.
—Así… más fuerte…
Se puso de rodillas en el césped y me bajó el bañador. Me tomó la polla con las dos manos y se la metió en la boca sin rodeos. Chupaba con ganas, profunda, dejando que la saliva le corriera por la barbilla. De vez en cuando me miraba desde abajo, con esos ojos oscuros, mientras me la metía hasta la garganta.
Después nos tumbamos en el pasto. Ella se puso encima en 69, el culo en mi cara, el coño peludo y mojado aplastándome la boca. Empecé a comérselo con ganas: lengua plana, chupones en el clítoris, mordiscos suaves en los labios. Al mismo tiempo ella me chupaba la polla y, sin avisar, me separó las nalgas y me lamió el culo. La lengua se le metió dentro, caliente y húmeda. Yo hice lo mismo. Nos estábamos comiendo el culo mutuamente mientras nos metíamos dedos: ella dos, después tres en el mío; yo le abría el coño y le metía también un dedo en el culo. El olor a sexo, a césped y a sudor era espeso.
De repente levantó la cabeza:
—Este culo no es virgen…
—Ya te dije que seguro que he chupado más pijas que tu —contesté entre su coño—, y seguro que me han follado más que a ti.
Se rio con la boca llena de mi polla y siguió. Nos chupamos y nos dedamos un rato largo, sin prisa, sudando sobre el pasto recién cortado.
Yasmina era quien iba diciendo qué hacer. No de forma dura, no como una dominatriz. Mandaba con suavidad, casi con cariño.
—Ahora ponete de espaldas… así… abrí las piernas.
Me puso el preservativo ella misma, con dedos hábiles, y se montó encima. Se impaló despacio, dejando que su coño peludo bajara hasta el fondo. Empezó a moverse con círculos lentos, las tetas con los piercings balanceándose delante de mi cara. Me las agarré y se las chupé mientras ella cabalgaba.
Después se bajó y se puso a cuatro patas sobre el césped.
—De rodillas. Metémela despacio primero.
Se la metí centímetro a centímetro. El preservativo hacía que todo fuera más resbaladizo y más caliente. Cuando estuve dentro del todo empecé a embestir. Ella empujaba hacia atrás, buscando más. Le di con ganas, agarrándola de las caderas pequeñas, mirando cómo su culo se movía y cómo el piercing del clítoris brillaba cada vez que se separaba un poco.
—Ahora de lado —dijo.
Nos acomodamos. Le levanté una pierna y se la metí de nuevo. Esa posición permitía ir más profundo y a la vez besarla. Nos besamos mientras la cogía, despacio primero, después más fuerte. Ella me metía la lengua en la boca cada vez que llegaba al fondo.
Por último se puso boca arriba, las piernas abiertas y dobladas contra el pecho. Me monté encima y se la metí de una. Le sujeté los tobillos y empecé a dar embestidas largas y profundas. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos, rodeando el piercing. El sonido de nuestra piel chocando se mezclaba con los gemidos y con el zumbido lejano de algún insecto.
—Más fuerte… así… no pares…
Sentí que se le cerraba el coño en oleadas. Se corrió con un gemido grave, apretándome dentro. Las contracciones me arrastraron. Me vine justo después, profundo, sintiendo cómo el preservativo se llenaba mientras ella todavía se sacudía debajo de mí.
No me salí. La besé con fuerza, con la polla todavía dentro, y la abracé. Nos quedamos así, acariciándonos, besándonos cada vez más suave, más lento, más cariñoso. El sudor nos pegaba el pecho. El olor a sexo y a césped era espeso. Poco a poco mi polla fue ablandándose hasta que se salió sola.
Entonces oímos pasos. Alguien venía por el camino de tierra.
Nos vestimos a toda prisa. Yasmina le hizo un nudo al preservativo lleno y se lo guardó en el bolsillo del pantaloncito.
—Yo me encargo —dijo en voz baja, con una sonrisa de lado.
Todavía teníamos la respiración agitada cuando la figura de Carolina apareció entre los árboles.

1 comentarios - Vacaciones en Argentina. 03

metalchono +1
En mi caso, no me gusta el fútbol porque no puedo quedarme quieto y en silencio por 90 minutos.
RosoUno
Bueno, los aficionados no se están quietos, gritan, animan, cantan, insultan etc jajajaj