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me follo a mi mejor amigo por culpa

Eran casi las cuatro de la mañana cuando la llave giró en la cerradura.
Laura estaba profundamente dormida en su lado de la cama, de costado, con una camiseta vieja de su marido y unas bragas de algodón grises. El aire acondicionado murmuraba en voz baja. En la mesilla, el móvil cargaba con la pantalla hacia abajo.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
—Joder, tío, no hagas ruido —dijo una voz grave, arrastrada por el alcohol.
—Shhh… está dormida —contestó otra, más joven, conteniendo la risa.
Pablo, de cuarenta y un años, entró primero. Llevaba la camisa desabrochada, el pelo revuelto y olía a alcohol, a tabaco y a esa mezcla dulzona de fiesta que se le había pegado a la ropa. Detrás venía Dani, de treinta años recién cumplidos, más alto, de hombros anchos y pecho marcado bajo la camiseta negra que se le pegaba al cuerpo por el sudor. Tenía el mismo olor, pero en él resultaba distinto: más limpio, más a piel caliente.
Los dos se dejaron caer sobre la cama con todo el peso. El colchón se hundió. Laura se despertó de golpe, con el corazón disparado.
—¿Qué coño…?
Parpadeó, desorientada. La luz del pasillo entraba por la puerta entreabierta. Vio a su marido sonriendo como un idiota y, detrás de él, a Dani, que la miraba con aquella expresión que a veces ponía cuando creía que nadie se daba cuenta.
—Sois unos cabrones —dijo ella, con la voz ronca de sueño—. Son las putas cuatro de la mañana. Mañana tengo que trabajar.
Pablo se rió y le pasó un brazo por encima, intentando abrazarla. Olía a whisky barato.
—Cariño… hemos llegado. No podíamos dejar a Dani en la calle, que vive en el otro puto lado de la ciudad.
—Que se duerma en el sofá. Ahora. Los dos fuera de mi cama.
Dani levantó las manos en señal de paz, pero no se movió. Seguía sentado en el borde del colchón, muy cerca de las piernas de ella.
—Perdona, Laura. En serio. Pablo insistió en que subiéramos un momento.
—Un momento se ha convertido en tiraros encima de mí. Fuera.
Pablo, en lugar de levantarse, se acomodó mejor y le plantó un beso torpe en el cuello.
—Estás mona hasta enfadada… ¿verdad, Dani?
Dani no contestó. Solo miró. La camiseta de Laura se le había subido un poco con el movimiento y dejaba ver un trozo de vientre y el elástico de las bragas. Él bajó la vista un segundo y la subió despacio hasta los ojos de ella.
Laura notó la mirada. Se le subió el calor a la cara.
—No me mires así, Dani. No estoy de humor.
—No te estoy mirando de ninguna forma.
—Sí que te estoy mirando —corrigió Pablo, riéndose—. Llevas años mirándola, tío. Se te nota una barbaridad.
Laura se incorporó de golpe, apoyándose en los codos. El enfado le ganó al sueño.
—¿Me podéis dejar en paz? Estoy harta. Llegáis borrachos, me despertáis y ahora encima te pones a decir gilipolleces. Fuera de la cama los dos. Ahora.
Pablo no se movió. Solo sonrió con aquella media sonrisa que ponía cuando había bebido demasiado y se creía gracioso.
—Dani… ¿a que está buena mi mujer hasta cabreada?
Dani pasó una mano por la nuca, incómodo, pero no apartó la vista de Laura.
—Pablo, déjalo ya…
—Dile la verdad, coño. Que te gusta. Que te la pondrías ahora mismo.
El silencio que siguió fue denso. Laura miró a su marido como si no lo reconociera. Después miró a Dani. Él tenía las mejillas un poco coloradas, pero no negaba nada. La camiseta negra le marcaba el pecho ancho y los brazos fuertes. A los treinta se notaba la diferencia: más firme, más rápido, más presente.
—Sois unos cerdos —dijo ella, con la voz más baja y más peligrosa—. Los dos.
Pablo se acercó más y le susurró al oído, lo bastante alto para que Dani lo oyera:
—Llevo meses viendo cómo te mira. Y tú también lo has notado. ¿O me vas a decir que no?
Laura se apartó de un manotazo.
—Estás borracho. Y estás siendo un cabrón.
—Estoy siendo sincero. —Pablo se incorporó un poco y miró a su amigo—. Dani, ¿te la follarías?
Dani abrió la boca y la cerró. Miró a Laura. Ella le sostuvo la mirada, enfadada, con las mejillas ardiendo.
—No contestes —le ordenó ella.
Pero Dani contestó. Con la voz ronca, casi avergonzada:
—Sí.
La palabra quedó flotando entre los tres.
Laura sintió un golpe en el estómago. No de asco. De otra cosa. Se le cerró la garganta.
—Que os den por culo a los dos —murmuró, y se giró de lado, dándoles la espalda, intentando terminar la conversación.
Pablo no lo permitió. Le pasó la mano por la cadera, por encima de la camiseta, y la obligó a mirarlo otra vez.
—Laura… solo esta noche. Nadie se entera. Nadie lo habla mañana. Solo… pasa.
Ella lo miró con una mezcla de rabia y algo más oscuro.
—¿Estás pidiéndome que me folle a tu mejor amigo delante de ti?
—Estoy pidiéndote que dejes de fingir que no te calienta la idea.
Dani se removió en el borde de la cama. La erección se le marcaba claramente contra los vaqueros. Laura lo vio. No pudo evitarlo. Se le secó la boca.
—Esto es una puta locura —dijo ella, pero la voz ya no sonaba tan segura.
Pablo se inclinó y la besó. Ella le mordió el labio, enfadada, pero no apartó la cara. Cuando se separaron, él le susurró:
—Déjalo tocarte. Solo un poco. Si no te gusta, paramos.
Laura miró a Dani. Él esperaba, tenso, con la respiración un poco agitada. Tenía las manos apoyadas en los muslos, como si no supiera qué hacer con ellas.
—Acércate —dijo ella al fin, con la voz baja y dura—. Pero si haces algo que no me guste, te corto los huevos. ¿Queda claro?
Dani asintió. Se acercó más sobre la cama. El colchón se hundió con su peso. Olía a colonia barata, a sudor limpio y a alcohol. Laura notó el calor que desprendía el cuerpo de él, más joven, más firme que el de su marido.
Dani levantó una mano y le tocó la mejilla con los dedos. Después bajó hasta el cuello, hasta el hombro, y se detuvo en el elástico de la camiseta.
—¿Puedo…? fin del primer capitulo parte 2 en la red social del autor original  https://x.com/memestodoslos24/status/2112905766453858757

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