Me llamo Hanna. Tengo veinticuatro años, la piel tan clara que se me notan las venas azules en las muñecas, los ojos marrones grandes como de dibujito, y el pelo negro, lacio, largo, que me cae hasta media espalda. Cara de niña buena. De esas que la gente mira y piensa "ay, qué tierna", sin imaginar ni la mitad de lo que se me pasa por la cabeza. Y el cuerpo... bueno, el cuerpo es otra cosa. Cintura chica, caderas anchas, tetas que no son enormes pero se sostienen solas y se me marcan apenas me pongo algo ajustado, y un culo que Diego dice que es lo mejor que le pasó en la vida. Diego es mi novio. Y Diego, mi amor, mi dulce Diego, tiene la culpa de todo lo que voy a contar.

Todo empezó en la fiesta de los Aguirre. La reunión anual de su familia, en la casa de campo de la abuela, en las afueras, una casona vieja con pileta, parrilla gigante y un fondo enorme con eucaliptos. El tipo de fiesta donde van cincuenta personas, donde los tíos se emborrachan con fernet, las tías hablan de los muertos, los chicos juegan a la pelota y nadie te mira raro si te servís el tercer vaso de vino a las cuatro de la tarde.
Yo no conocía a casi nadie. Había ido con Diego dos veces antes, pero siempre de paso, siempre una hora, siempre con él pegado a mi cintura como si fuera una posesión. Esta vez era distinto: dormíamos ahí. Dos noches. "Para que conozcas a la familia de verdad", me dijo. Y yo, que soy medio boluda cuando se trata de él, dije que sí.
Los primos. Ay, los primos. Ocho. Ocho varones entre veintidós y treinta y tres años, todos Aguirre, todos con esa mandíbula ancha de la familia, todos altos, todos ruidosos, todos mirándome desde el primer momento como si yo fuera un postre que todavía no habían probado.
Estaba Ramiro, el mayor, treinta y tres, casado y con dos hijos, pero con unas manos enormes de albañil y una barba espesa que le comía la cara. Estaba Iván, veintiocho, flaco como un junco, alto, con esa calma de los tipos que saben que la tienen grande y no necesitan demostrarlo. Estaba Bruno, veintiséis, jugador de rugby, cuello de toro, muslos que parecían troncos, siempre con la remera pegada de transpiración. Facundo, veinticuatro, tatuajes en los dos brazos, barbudo, con una sonrisa torcida que te hacía desconfiar y deseármelo al mismo tiempo. Tomás, veintisiete, el graciosito, panzón, siempre con la broma en la boca, pero con una cara de pícaro que escondía algo. León, treinta, el callado, ojos verdes, casi no hablaba pero cuando te miraba te desarmaba. Y los gemelos, Nico y Nano, veintidós, idénticos, insoportables, con el hambre de los que todavía no cumplieron veinticinco y creen que el mundo es una fiesta hecha para ellos.
Yo, al principio, ni los registré. Estaba con Diego, tomados de la mano, saludando a las tías, comiendo asado. Pero después del postre, cuando el sol ya se había ido y las luces de la galería se encendieron y la gente empezó a acomodarse en ronda, me di cuenta de que los ocho me buscaban con la mirada. Y no de a uno. Los ocho a la vez.
Diego estaba raro. Lo noté raro. Sonreía demasiado, se servía whisky, me apretaba la mano, me susurraba cosas al oído. "¿Estás cómoda?", me preguntaba. "¿Te gustan mis primos?". "¿Cuál te parece más lindo?". Y yo le contestaba, y él se reía, y volvía a preguntar. Como si estuviera cocinando algo.
Recién a la noche, después de la cena, cuando ya casi todos se habían ido a dormir y quedábamos los jóvenes alrededor del fuego en el fondo, Diego me lo dijo.
—Hanna. ¿Te acordás de lo que me contaste una vez? Lo de tu fantasía.
Me puse roja. Roja de verdad, hasta las orejas. Porque lo que le había contado, un par de meses antes, medio dormida, medio en confianza, era que alguna vez, en alguna vida, me gustaría estar con varios tipos a la vez. Un tren de esos. Que me usaran entre todos. Que me pasaran de mano en mano como una botella.
—Te acordás —insistió él, con esa sonrisa.
—Sí.
—Bueno. Yo se lo conté a ellos.
Casi me muero. Miré a los ocho. Los ocho me miraban. Alguno se rio. Tomás, creo, o uno de los gemelos. El fuego les iluminaba la cara y les brillaban los ojos como a los gatos.
—¿Y...? —alcancé a decir.
—Y queremos hacerlo —dijo Diego, tranquilo, como si fuera lo más natural del mundo—. Si querés. Hoy. Ahora. Yo estoy de acuerdo.
Ahí entendí todo. Entendí por qué me había traído dos noches. Entendí por qué me había preguntado cuál primo me parecía más lindo. Entendí por qué los primos me miraban así desde la mañana. Mi novio había armado todo. Mi novio, que esa noche se iba a sentar al costado a mirarme mientras ocho tipos me tenían, me había organizado un gangbang familiar como quien organiza un asado.
Y ahí, con el corazón latiéndome en la garganta, con el vino caliente en la panza y el fuego caliente en la cara, dije la única cosa que podía decir.
—Sí.
Lo primero fue el silencio. Un silencio pesado, eléctrico, de esos que duran tres segundos y parecen tres horas. Después se largaron todos a hablar al mismo tiempo, riéndose, empujándose, y Diego se levantó, me tomó de la mano y me llevó hacia adentro de la casa.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
—A la pieza grande. La de la abuela. Tiene la cama más grande de la casa.
La pieza grande. La cama de la abuela. Me temblaban las piernas. Detrás nuestro, escuchaba los pasos de los ocho primos, el murmullo, las risas nerviosas. Como una procesión. Como una manada siguiéndome el rastro.
La habitación era enorme, con un ventanal a la galería, una alfombra vieja y una cama de matrimonio de madera maciza, con un colchón firme y sábanas blancas. Diego prendió el velador, una luz cálida, y después prendió otra lámpara del otro lado, para que se viera todo. Porque se iba a ver todo. Todo.
—Ven —me dijo, y me besó.
Fue un beso lento, tranquilo, distinto a todos los besos de Diego. Un beso de despedida, casi. Un beso de "te dejo en buenas manos". Me acarició la cara, me corrió el pelo, y después se sentó en una silla que había junto a la ventana, se sirvió el whisky que traía en el vaso, y se quedó ahí. Mirando.
Y los ocho primos entraron.
Se acomodaron alrededor de la cama como si fuera un ritual. Alguno se sacó la camisa. Otro se sentó en el borde. Los gemelos se apoyaron en la pared del fondo. Nadie se apuraba. Todos me miraban. Y yo, en el medio, con mi vestido negro de tirantes, con la piel clara brillando bajo la luz amarilla, con las tetas subiendo y bajando, sentí que nunca en mi vida había estado tan expuesta.
—Bueno —dijo Ramiro, el mayor, con la voz ronca—. Empezá vos, Diego. Que es tu novia.
Diego, desde la silla, levantó el vaso. "Es de todos ahora", dijo. Y esa frase me recorrió la columna como un dedo de hielo.
Ramiro se acercó. Era el más grande de todos, con esos hombros de oso y esa barba espesa. Me tomó la cara con las dos manos, unas manos anchas, ásperas, de trabajo, y me besó. Y no besaba como Diego. Besaba como un tipo que hacía veinte años que besaba y sabía perfectamente lo que hacía. Me llenó la boca con la lengua, me tomó de la nuca, me apretó contra él, y yo me dejé. Me dejé caer en ese beso como el que se tira a una pileta.
Cuando me soltó, ya estaba sin aire. Y ya estaba mojada. Mojada de verdad, con la bombacha pegada. Miré a Diego. Diego sonreía.
—Sacale el vestido —dijo Bruno, el de rugby, con impaciencia.
Ramiro me buscó el cierre, lo bajó despacio, y me deslizó los tirantes por los hombros. El vestido cayó. Me quedé en corpiño y bombacha, y los escuché respirar. Los ocho. Todos a la vez. Como un solo animal.
—Ufa —dijo uno de los gemelos, no sé cuál.
—Callate —le contestó el otro.
Facundo se acercó por atrás. Sentí sus manos en mi espalda, buscando el broche del corpiño. Lo abrió de un tirón, y las tetas se me cayeron libres, con los pezones ya duros, ya parados, traicionándome. Me cubrí por reflejo, y Ramiro me bajó los brazos.
—No —me dijo—. Que te vean.
Y me veían. Ocho pares de ojos sobre mis tetas, Yo temblaba. Pero de una manera buena. De una manera que hacía años no temblaba.
León, el callado, el de los ojos verdes, se acercó sin apuro, se arrodilló frente a mí y me bajó la tanga. Despacio. Mirándome a los ojos todo el tiempo. Cuando el elástico pasó por mis rodillas y la tela cayó al piso, sentí el aire fresco de la habitación en mi concha.
—Está mojada —dijo León, sin dejar de mirarme. Y se rio apenas, con la boca cerrada.
Después me sentó en el borde de la cama, me abrió las piernas con las dos manos, y me miró la concha como quien mira una obra de arte. Yo tenía las piernas abiertas frente a nueve tipos. Nueve. Y ninguno se movía. Todos esperando. Todos mirando.
—Ahora sí —dijo Iván, el flaco, y se empezó a desabrochar el pantalón.
Se desnudaron todos. No a la vez, no en un desfile, sino como se desnudan los tipos en una situación así: sin pudor, sin coreografía, cada uno a su ritmo, dejando caer la ropa donde caía. Y yo los miraba, uno por uno, y el corazón me golpeaba las costillas.
Eran ocho cuerpos distintos. Ramiro, ancho, con la panza apenas cervecera, velludo, la pija gruesa y colorada ya medio parada. Bruno, el de rugby, con esos muslos de piedra y una pija que parecía corta pero que al pararse crecía como si tuviera un mecanismo. Iván, flaco, largo, con una pija fina y larguísima que le colgaba hasta el muslo cuando estaba blanda, y que cuando se le paró fue directamente intimidante. Facundo, tatuado, con una sonrisa torcida y una pija de grosor medio pero con la cabeza ancha, brillante. Tomás, el panzón, con la pija más gorda de todas, una pija de tronco, ancha como una muñeca. León, el de ojos verdes, con una pija recta, elegante, proporcionada, de esas que entran sin lastimar. Y los gemelos, Nico y Nano, idénticos, con las pijas idénticas, paradas, apuntándome como dos flechas.
Yo estaba en pelotas en el medio de la cama de la abuela y todos ellos me rodeaban parados, con las pijas al aire, y yo no sabía a dónde mirar porque todo era pija y todo era hombre y todo era grande.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Tomás, y se rio.
—Por la boca —dijo Diego desde la silla.
Y así fue. Ramiro se subió a la cama, se sentó contra el respaldo, y me hizo señas. Yo me puse en cuatro patas y me arrastré hasta él, y cuando tuve su pija frente a la cara, la agarré con la mano y me la metí en la boca.
Estaba caliente, dura, con un sabor salado y limpio. La chupé despacio, con la lengua por debajo, mirándolo a los ojos, porque a los tipos les gusta eso, les gusta que los mires mientras les chupás la pija, y Ramiro no fue la excepción: se le puso la piel de gallina en los brazos y me puso la mano en la cabeza, sin apurar, acariciándome.
Mientras le chupaba a Ramiro, sentí manos en el culo. Manos de Iván, que se había puesto detrás de mí. Me separó las nalgas, me pasó el pulgar por el culo, y después bajó la mano y me metió dos dedos en la concha.
—Está empapada —dijo, como si informara un dato técnico—. Escuchen cómo suena.
Y metió los dedos, los sacó, los volvió a meter, y se escuchaba. Se escuchaba el chasquido, el ruido húmedo, y yo me moría de vergüenza y de ganas al mismo tiempo. Seguí chupando la pija de Ramiro, más rápido, más profundo, hasta que la garganta me empezó a picar, y él me agarró el pelo y me la metió hasta el fondo, y yo me aguanté las arcadas y me quedé ahí, con la nariz en su panza, con la pija entera en la boca, mientras Iván me metía los dedos en la concha y me apretaba el clítoris con el pulgar.
Cuando me sacó la boca, un hilo de saliva me unió a la pija de Ramiro, y todos lo vieron, y yo me limpié con el dorso de la mano, y sentí que estaba en otro mundo.
—Ahora a ella —dijo León.
Me acostaron boca arriba. Me abrieron las piernas. Y León se puso entre ellas, con esa pija recta y elegante, se pasó la punta por mis labios, me la mojó con mi propio jugo, y me la metió.
Entró despacio. Milímetro a milímetro. Y yo sentí cada centímetro abriéndome, llenándome, y cuando estuvo hasta el fondo se quedó quieto, con los ojos verdes clavados en los míos, y me dijo:
—¿Todo bien?
—Sí —dije, con un hilo de voz—. Sí, seguí.
Y se movió. Y fue lento y profundo, de esos movimientos que te llegan hasta el fondo de la panza, y yo cerré los ojos y me dejé llevar. Sentía su peso, su aliento, el roce de su panza contra mi clítoris. Y sentía también las otras manos, las que ya no eran suyas: alguien me chupaba un pezón, alguien me acariciaba las piernas, alguien me tomaba de la mano. Facundo me chupaba la teta derecha, Bruno me apretaba el muslo, los gemelos me miraban la cara como si fueran dos niños frente a un juguete nuevo.
León me hizo acabar la primera vez. Con la pija, con la posición, con esa manera de darme sin apuro. Me vine con un gemido largo, con las piernas temblando, con la concha apretándole la pija en oleadas, y él lo sintió y se dejó ir justo después, y me llenó. Me llenó de leche la primera vez, y yo sentí ese calor adentro, y cuando se sacó, un chorrito blanco me corrió por la concha y cayó en la sábana blanca de la abuela.
—Uno —dijo Diego, desde la silla, y yo lo miré y le sonreí, con la respiración cortada.
—Ocho —le contesté. Y él levantó el vaso.
Después ya no hubo orden. Después fue una sola cosa continua.
Iván, el flaco, me puso en cuatro patas y me la metió por atrás mientras yo seguía con la concha abierta, goteando lo de León, y el ángulo de su pija larga me pegaba en un lugar que me hacía gritar. Con cada empujón me movía para adelante, y Ramiro, que se había puesto delante, me agarraba la cabeza y me metía la pija en la boca cada vez que yo llegaba. Así me tuvieron un rato: por atrás Iván, por adelante Ramiro, en el medio yo, sin poder ni hablar, con las dos pijas moviéndose coordinadas como si hubieran hecho esto toda la vida.
Los gemelos se peleaban por quién iba a ser el próximo. "Yo ya la vi primero", "mentira, vos estabas mirando el fuego". Diego les decía que se calmaran, que había para todos, y yo, con la boca llena, me reía y les hacía señas con la mano para que esperaran. Que esperaran, que ya iba a llegar el turno de todos. De todos.
Ramiro acabó en mi boca. Me agarró la nuca, me la hundió hasta el fondo, y me llenó la boca de leche, y yo me tragué todo sin sacarme, mirándolo, y él me pasó el pulgar por el labio cuando me levanté, como felicitándome.

Después llegó Bruno. Bruno era otra cosa. El de rugby, con esos muslos y esa fuerza. Me dio vuelta, me puso de costado, me levantó una pierna al hombro, y me la metió con una potencia que me sacó el aire. Era corta pero dura, y cada empujón era un golpe, y la cama de madera empezó a crujir, y él me hablaba, me hablaba sucio, me decía cosas que no le había escuchado decir nunca, cosas de jugador de rugby, y yo le contestaba con gemidos, y el resto de los primos miraba y se pajeaba.
—¿Le gusta? —me preguntaba—. ¿Le gusta que la coja un rugbier?
—Sí —gemía yo—. Sí, dale, dale más fuerte.
Y me lo dio más fuerte. Y me hizo acabar de nuevo, la segunda vez, con la pierna al hombro y la espalda arqueada, y esta vez me vine tan fuerte que se me escaparon las lágrimas, y Bruno se vino también, adentro, y me dejó ahí, abierta, temblando, con dos cargas adentro y la concha roja de tanto uso.
Facundo fue el siguiente. El tatuado. Me tomó de la cintura, me puso contra el borde de la cama, con los pies en el piso y el culo en el aire, y me la metió así, de pie, con esa cabeza ancha que me estiraba los labios y me hacía sentir cada centímetro. Me agarró el pelo con una mano y me tiró la cabeza para atrás, y me hablaba al oído, con esa sonrisa torcida, y de vez en cuando me mordía el hombro, y yo sentía que me marcaba, que me dejaba marcas, y quería que me dejara marcas.
—Mirá a Diego —me dijo—. Está re duro. Mirá cómo te mira.
Y yo miré. Diego en la silla, con la mano en la pija, con la boca abierta, mirándome coger con su primo. Y esa imagen, esa imagen de mi novio pajeándose mientras otro me la metía, me puso más caliente que cualquier cosa. Le sonreí. Le guiñé un ojo. Y él me devolvió la sonrisa, con los ojos brillantes.
Facundo acabó en mi culo. Me pasó saliva, me abrió con el pulgar, y me la metió por atrás, despacio primero, y después hasta el fondo, y yo sentí esa entrada distinta, esa entrada que te da otro tipo de placer, y gimé, y él me agarró la cadera y me cogió así, por el culo, hasta que se vino adentro también, y cuando se sacó, sentí el hueco, el calor que se escapaba.
Tomás, el panzón, el graciosito, fue el más cariñoso. Me acostó, me puso una almohada abajo de la cadera, me la metió con esa pija gorda, de tronco, y me cogió mirándome a la cara, riéndose, diciéndome pavadas, y fue tan tierno y tan rico a la vez que me hizo acabar otra vez, la tercera, casi sin darme cuenta, con las manos de él apretándome las tetas y la panza moviéndose contra mi clítoris.
—Esta puta necesita mucha verga-dijo riendo.
Y yo me reía con él, con la respiración entrecortada, y le decía que se callara, y él me tapaba la boca con la mano y me cogía más fuerte.
Y después los gemelos. Nico y Nano. Que no se conformaron con turnarse. Que me pusieron en el medio, a uno abajo y a otro arriba, y me la metieron por la concha y por la boca al mismo tiempo, y me movieron entre los dos como si me pasaran de mano en mano, idénticos, la misma cara, el mismo ritmo, y yo no sabía cuál era cuál y ya no me importaba, y acabaron casi juntos, y yo me tragué a uno y sentí al otro llenándome, y me quedé ahí, con la boca abierta, con la concha llena, con los dos pibes de veintidós años mirándome como si hubieran tocado el cielo.
Después de eso me dejaron descansar. Un rato. Me dieron agua, me acariciaron el pelo, me taparon con una sábana que ya no estaba blanca. Yo estaba acostada en el medio de la cama, con las piernas todavía abiertas, con la concha hinchada y brillante, con el pelo pegado a la frente por la transpiración, y me sentía como nunca en mi vida. Vacía y llena a la vez. Usada y cuidada a la vez.
Diego se acercó con el vaso de whisky y me lo dio a tomar.
—¿Cómo estás? —me preguntó, con una ternura que me hizo querer llorar.
—Bien —dije—. Muy bien. Mejor que bien.
—¿Seguimos?
Miré a los ocho. Estaban todos ahí, sentados alrededor, recuperando el aliento, pero con las pijas ya medio paradas otra vez. Los Aguirre tenían buena recuperación. Y yo, a esa altura, ya había perdido toda vergüenza.
—Seguimos —dije.
Y ahí vino la parte que no me esperaba. Porque pensé que ya estaba todo, que ya me habían dado por todos lados, que ya no quedaba nada por hacer. Y me equivoqué.
León y Ramiro se miraron. Se entendieron sin hablar. Y me dijeron que me pusieran en cuatro patas.
—Los dos juntos —dijo León.
Los dos juntos. Ramiro abajo, acostado, y yo encima de él, con su pija gorda entrándome por la concha, y después León detrás, con su pija recta buscándome el culo, empujando despacio, y yo sentí las dos pijas adentro al mismo tiempo, separadas por una pared finita de carne, y me quedé sin aire.

—Ay —dije—. Ay, ay, ay.
—Despacio —me calmó Diego, desde la silla—. Despacio, amor. Respirá.
Respiré. Y cuando estuve lista, los dos empezaron a moverse. Juntos. Uno entraba cuando el otro salía, en un ritmo cruzado que me volvía loca. Yo estaba empalada por dos tipos, en el medio de la cama de la abuela, con seis más mirando, con mi novio mirando, y me sentía la mujer más puta y más feliz del planeta.

Nunca en mi vida me había sentido tan llena. Nunca. Las dos pijas moviéndose adentro, los dos tipos respirándome en la nuca y en la cara, las manos de ellos en mis caderas, en mis tetas, en mi pelo. Y yo gimiendo, gimiendo sin control, con la voz quebrada, diciéndoles cosas que no sabía que sabía decir.
Acabé así. Con dos pijas adentro. La cuarta vez. Y fue la más larga, la más profunda, la que me sacudió desde el pelo hasta los dedos de los pies. Y los dos acabaron conmigo, casi al mismo tiempo, y yo sentí la leche caliente en la concha y en el culo, y me desplomé sobre el pecho de Ramiro, sin fuerzas, con el corazón galopando.

Y todavía faltaba.
Porque Bruno, el de rugby, no había quedado conforme. Y Facundo tampoco. Y Tomás se reía y decía que había que dejarla descansar, y Bruno le contestó que para qué estaba, que si no, no era un gangbang de verdad.
Y me dieron vuelta otra vez. Y otra. Y otra.
Perdí la cuenta. Perdí la cuenta de cuántas veces me la metieron, cuántas veces acabaron, cuántas veces acabé yo. Sé que hubo un momento en que tenía a uno en la boca, a uno en la concha y a uno esperando en la mano, y sé que hubo otro en que Tomás y Facundo me cogieron al mismo tiempo por los dos lados, y sé que en algún punto los gemelos volvieron a turnarse porque decían que la primera vez no habían podido disfrutar bien, y yo les dije que sí, que vinieran, que hicieran lo que quisieran.


A esa altura yo era un cuerpo entregado. Un cuerpo de todos. Ya no pensaba. Solo sentía. Solo abría las piernas cuando me lo pedían y me daba vuelta cuando me lo pedían y me ponía en cuatro cuando me lo pedían. Y cada vez que uno acababa, yo estiraba la mano y agarraba al siguiente.
Hubo un momento, cerca del final, en que los ocho acabaron casi juntos, en una ronda alrededor de mí, pajeándose sobre mi cuerpo, y yo, acostada en el medio, con la boca abierta, recibí la leche de todos. En la cara, en las tetas, en la panza, en el pelo. Ocho cargas. Ocho tipos de veintidós a treinta y tres años vaciándose sobre mí, y yo en el medio, blanca, brillante, llena, con los ojos cerrados y una sonrisa de idiota.



Cuando terminaron, se quedaron quietos, jadeando, y hubo un silencio largo. Un silencio bueno. Un silencio de después.
Y después Diego se levantó de la silla.
Diego se sacó la ropa. Despacio. Sin decir nada. Y los primos se corrieron a un costado, como si le dejaran el lugar al dueño. Porque era eso. Era el dueño. El que me había prestado. El que me había compartido. Y ahora venía a cobrar.
Se subió a la cama. Se puso encima de mí. Y me besó, largo, profundo, con mi boca llena del sabor de sus primos, y no le importó, y me besó igual, y yo sentí que lo amaba, que lo amaba de una manera nueva, de una manera que no sabía que existía.
—¿Me guardaste algo? —me susurró.
—Todo —le dije—. Todo tuyo.
Y me la metió. Y fue distinto a todos. Fue Diego. Fue mi novio. Fue el tipo que me conocía, el que sabía cómo me gustaba, el que me buscaba el clítoris con el pulgar mientras me cogía, el que me hablaba al oído y me decía que era hermosa, que era la mejor, que estaba orgulloso de mí. Y yo, con ocho pares de ojos mirándonos, me vine por última vez, la última de la noche, la más dulce, apretándolo con las piernas, con los brazos, con todo el cuerpo, como si me lo quisiera quedar adentro para siempre.
Diego acabó adentro. Profundo. Y se quedó ahí, encima mío, con la cara en mi cuello, respirando fuerte, y yo le acaricié la espalda, y los dos nos quedamos quietos, en el medio de esa cama, con ocho primos alrededor y una sábana que ya no tenía nada de blanca.
—Bueno —dijo Tomás, al rato, con su voz de siempre—. ¿Hay más vino?
Y todos se rieron. Y yo también. Con la cara pegoteada, con el pelo pegoteado, con la concha latiéndome todavía, me reí hasta que me dolió la panza.
Nos bañamos. De a uno, en el baño de la galería, con agua tibia. Yo pasé última, y cuando el agua me cayó encima y empezó a correr blanca por mis piernas, sentí que me limpiaba por fuera pero que algo adentro ya no se iba a limpiar nunca más. Algo había cambiado.
Me puse una remera de Diego, grande, que me llegaba hasta los muslos. Volví a la pieza. Los primos ya se habían ido a dormir, cada uno a su cuarto, después de darme un beso en la frente, uno por uno, como si fuera una ceremonia. Ramiro me apretó la mano. León me miró con esos ojos verdes y me dijo, simplemente, "gracias". Los gemelos me abrazaron juntos, como si fueran uno. Facundo me mordió el hombro, de nuevo, en el mismo lugar de antes.
Me acosté con Diego. La cama estaba revuelta, con manchas por todos lados, y a ninguno de los dos le importó.
—¿Te arrepentís? —me preguntó él, en la oscuridad.
—No.
—¿Lo volverías a hacer?
Me quedé pensando. No por la duda, sino por el gusto de pensarlo.
—Sí —dije—. Y mañana, si querés, también.
Él se rio, me abrazó, y me quedé dormida con la cabeza en su pecho, con el cuerpo entero latiéndome todavía, con el olor de ocho hombres en la piel y el de mi novio en el cuello.
Al otro día, en el desayuno, la familia entera estaba en la galería. Las tías, los tíos, la abuela, todos tomando mate, todos comiendo facturas, todos hablando de pavadas. Y ninguno, ninguno de los cincuenta, tenía idea de lo que había pasado en esa pieza. Solo los ocho primos, que me miraban por encima de las tazas con una sonrisa que solo nosotros entendíamos. Y Diego, que me servía el café y me apretaba la rodilla por debajo de la mesa.
La abuela, en un momento, me miró con sus ojitos viejos, me miró bien, de arriba abajo, y me preguntó:
—¿Y vos, nena, dormiste bien? Te veo medio cansada.
Y los ocho primos se atragantaron con el mate al mismo tiempo.
—Sí, abuela —dije, con mi cara de niña buena, con mi carita de santa, con mis ojos marrones grandes—. Dormí bárbaro. Muy bien.
Y Diego, al lado mío, se rio tanto que tuvo que taparse la boca con la servilleta.
Todo, absolutamente todo, por culpa de mi novio. Y si me preguntan, se lo agradezco. Porque nunca, nunca en mi vida, me sentí tan mujer, tan deseada, tan viva, como esa noche en la cama de la abuela de los Aguirre, con ocho primos adentro de mí y mi novio mirándome desde una silla.
**Fin.**

Todo empezó en la fiesta de los Aguirre. La reunión anual de su familia, en la casa de campo de la abuela, en las afueras, una casona vieja con pileta, parrilla gigante y un fondo enorme con eucaliptos. El tipo de fiesta donde van cincuenta personas, donde los tíos se emborrachan con fernet, las tías hablan de los muertos, los chicos juegan a la pelota y nadie te mira raro si te servís el tercer vaso de vino a las cuatro de la tarde.
Yo no conocía a casi nadie. Había ido con Diego dos veces antes, pero siempre de paso, siempre una hora, siempre con él pegado a mi cintura como si fuera una posesión. Esta vez era distinto: dormíamos ahí. Dos noches. "Para que conozcas a la familia de verdad", me dijo. Y yo, que soy medio boluda cuando se trata de él, dije que sí.
Los primos. Ay, los primos. Ocho. Ocho varones entre veintidós y treinta y tres años, todos Aguirre, todos con esa mandíbula ancha de la familia, todos altos, todos ruidosos, todos mirándome desde el primer momento como si yo fuera un postre que todavía no habían probado.
Estaba Ramiro, el mayor, treinta y tres, casado y con dos hijos, pero con unas manos enormes de albañil y una barba espesa que le comía la cara. Estaba Iván, veintiocho, flaco como un junco, alto, con esa calma de los tipos que saben que la tienen grande y no necesitan demostrarlo. Estaba Bruno, veintiséis, jugador de rugby, cuello de toro, muslos que parecían troncos, siempre con la remera pegada de transpiración. Facundo, veinticuatro, tatuajes en los dos brazos, barbudo, con una sonrisa torcida que te hacía desconfiar y deseármelo al mismo tiempo. Tomás, veintisiete, el graciosito, panzón, siempre con la broma en la boca, pero con una cara de pícaro que escondía algo. León, treinta, el callado, ojos verdes, casi no hablaba pero cuando te miraba te desarmaba. Y los gemelos, Nico y Nano, veintidós, idénticos, insoportables, con el hambre de los que todavía no cumplieron veinticinco y creen que el mundo es una fiesta hecha para ellos.
Yo, al principio, ni los registré. Estaba con Diego, tomados de la mano, saludando a las tías, comiendo asado. Pero después del postre, cuando el sol ya se había ido y las luces de la galería se encendieron y la gente empezó a acomodarse en ronda, me di cuenta de que los ocho me buscaban con la mirada. Y no de a uno. Los ocho a la vez.
Diego estaba raro. Lo noté raro. Sonreía demasiado, se servía whisky, me apretaba la mano, me susurraba cosas al oído. "¿Estás cómoda?", me preguntaba. "¿Te gustan mis primos?". "¿Cuál te parece más lindo?". Y yo le contestaba, y él se reía, y volvía a preguntar. Como si estuviera cocinando algo.
Recién a la noche, después de la cena, cuando ya casi todos se habían ido a dormir y quedábamos los jóvenes alrededor del fuego en el fondo, Diego me lo dijo.
—Hanna. ¿Te acordás de lo que me contaste una vez? Lo de tu fantasía.
Me puse roja. Roja de verdad, hasta las orejas. Porque lo que le había contado, un par de meses antes, medio dormida, medio en confianza, era que alguna vez, en alguna vida, me gustaría estar con varios tipos a la vez. Un tren de esos. Que me usaran entre todos. Que me pasaran de mano en mano como una botella.
—Te acordás —insistió él, con esa sonrisa.
—Sí.
—Bueno. Yo se lo conté a ellos.
Casi me muero. Miré a los ocho. Los ocho me miraban. Alguno se rio. Tomás, creo, o uno de los gemelos. El fuego les iluminaba la cara y les brillaban los ojos como a los gatos.
—¿Y...? —alcancé a decir.
—Y queremos hacerlo —dijo Diego, tranquilo, como si fuera lo más natural del mundo—. Si querés. Hoy. Ahora. Yo estoy de acuerdo.
Ahí entendí todo. Entendí por qué me había traído dos noches. Entendí por qué me había preguntado cuál primo me parecía más lindo. Entendí por qué los primos me miraban así desde la mañana. Mi novio había armado todo. Mi novio, que esa noche se iba a sentar al costado a mirarme mientras ocho tipos me tenían, me había organizado un gangbang familiar como quien organiza un asado.
Y ahí, con el corazón latiéndome en la garganta, con el vino caliente en la panza y el fuego caliente en la cara, dije la única cosa que podía decir.
—Sí.
Lo primero fue el silencio. Un silencio pesado, eléctrico, de esos que duran tres segundos y parecen tres horas. Después se largaron todos a hablar al mismo tiempo, riéndose, empujándose, y Diego se levantó, me tomó de la mano y me llevó hacia adentro de la casa.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
—A la pieza grande. La de la abuela. Tiene la cama más grande de la casa.
La pieza grande. La cama de la abuela. Me temblaban las piernas. Detrás nuestro, escuchaba los pasos de los ocho primos, el murmullo, las risas nerviosas. Como una procesión. Como una manada siguiéndome el rastro.
La habitación era enorme, con un ventanal a la galería, una alfombra vieja y una cama de matrimonio de madera maciza, con un colchón firme y sábanas blancas. Diego prendió el velador, una luz cálida, y después prendió otra lámpara del otro lado, para que se viera todo. Porque se iba a ver todo. Todo.
—Ven —me dijo, y me besó.
Fue un beso lento, tranquilo, distinto a todos los besos de Diego. Un beso de despedida, casi. Un beso de "te dejo en buenas manos". Me acarició la cara, me corrió el pelo, y después se sentó en una silla que había junto a la ventana, se sirvió el whisky que traía en el vaso, y se quedó ahí. Mirando.
Y los ocho primos entraron.
Se acomodaron alrededor de la cama como si fuera un ritual. Alguno se sacó la camisa. Otro se sentó en el borde. Los gemelos se apoyaron en la pared del fondo. Nadie se apuraba. Todos me miraban. Y yo, en el medio, con mi vestido negro de tirantes, con la piel clara brillando bajo la luz amarilla, con las tetas subiendo y bajando, sentí que nunca en mi vida había estado tan expuesta.
—Bueno —dijo Ramiro, el mayor, con la voz ronca—. Empezá vos, Diego. Que es tu novia.
Diego, desde la silla, levantó el vaso. "Es de todos ahora", dijo. Y esa frase me recorrió la columna como un dedo de hielo.
Ramiro se acercó. Era el más grande de todos, con esos hombros de oso y esa barba espesa. Me tomó la cara con las dos manos, unas manos anchas, ásperas, de trabajo, y me besó. Y no besaba como Diego. Besaba como un tipo que hacía veinte años que besaba y sabía perfectamente lo que hacía. Me llenó la boca con la lengua, me tomó de la nuca, me apretó contra él, y yo me dejé. Me dejé caer en ese beso como el que se tira a una pileta.
Cuando me soltó, ya estaba sin aire. Y ya estaba mojada. Mojada de verdad, con la bombacha pegada. Miré a Diego. Diego sonreía.
—Sacale el vestido —dijo Bruno, el de rugby, con impaciencia.
Ramiro me buscó el cierre, lo bajó despacio, y me deslizó los tirantes por los hombros. El vestido cayó. Me quedé en corpiño y bombacha, y los escuché respirar. Los ocho. Todos a la vez. Como un solo animal.
—Ufa —dijo uno de los gemelos, no sé cuál.
—Callate —le contestó el otro.
Facundo se acercó por atrás. Sentí sus manos en mi espalda, buscando el broche del corpiño. Lo abrió de un tirón, y las tetas se me cayeron libres, con los pezones ya duros, ya parados, traicionándome. Me cubrí por reflejo, y Ramiro me bajó los brazos.
—No —me dijo—. Que te vean.
Y me veían. Ocho pares de ojos sobre mis tetas, Yo temblaba. Pero de una manera buena. De una manera que hacía años no temblaba.
León, el callado, el de los ojos verdes, se acercó sin apuro, se arrodilló frente a mí y me bajó la tanga. Despacio. Mirándome a los ojos todo el tiempo. Cuando el elástico pasó por mis rodillas y la tela cayó al piso, sentí el aire fresco de la habitación en mi concha.
—Está mojada —dijo León, sin dejar de mirarme. Y se rio apenas, con la boca cerrada.
Después me sentó en el borde de la cama, me abrió las piernas con las dos manos, y me miró la concha como quien mira una obra de arte. Yo tenía las piernas abiertas frente a nueve tipos. Nueve. Y ninguno se movía. Todos esperando. Todos mirando.
—Ahora sí —dijo Iván, el flaco, y se empezó a desabrochar el pantalón.
Se desnudaron todos. No a la vez, no en un desfile, sino como se desnudan los tipos en una situación así: sin pudor, sin coreografía, cada uno a su ritmo, dejando caer la ropa donde caía. Y yo los miraba, uno por uno, y el corazón me golpeaba las costillas.
Eran ocho cuerpos distintos. Ramiro, ancho, con la panza apenas cervecera, velludo, la pija gruesa y colorada ya medio parada. Bruno, el de rugby, con esos muslos de piedra y una pija que parecía corta pero que al pararse crecía como si tuviera un mecanismo. Iván, flaco, largo, con una pija fina y larguísima que le colgaba hasta el muslo cuando estaba blanda, y que cuando se le paró fue directamente intimidante. Facundo, tatuado, con una sonrisa torcida y una pija de grosor medio pero con la cabeza ancha, brillante. Tomás, el panzón, con la pija más gorda de todas, una pija de tronco, ancha como una muñeca. León, el de ojos verdes, con una pija recta, elegante, proporcionada, de esas que entran sin lastimar. Y los gemelos, Nico y Nano, idénticos, con las pijas idénticas, paradas, apuntándome como dos flechas.
Yo estaba en pelotas en el medio de la cama de la abuela y todos ellos me rodeaban parados, con las pijas al aire, y yo no sabía a dónde mirar porque todo era pija y todo era hombre y todo era grande.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Tomás, y se rio.
—Por la boca —dijo Diego desde la silla.
Y así fue. Ramiro se subió a la cama, se sentó contra el respaldo, y me hizo señas. Yo me puse en cuatro patas y me arrastré hasta él, y cuando tuve su pija frente a la cara, la agarré con la mano y me la metí en la boca.
Estaba caliente, dura, con un sabor salado y limpio. La chupé despacio, con la lengua por debajo, mirándolo a los ojos, porque a los tipos les gusta eso, les gusta que los mires mientras les chupás la pija, y Ramiro no fue la excepción: se le puso la piel de gallina en los brazos y me puso la mano en la cabeza, sin apurar, acariciándome.
Mientras le chupaba a Ramiro, sentí manos en el culo. Manos de Iván, que se había puesto detrás de mí. Me separó las nalgas, me pasó el pulgar por el culo, y después bajó la mano y me metió dos dedos en la concha.
—Está empapada —dijo, como si informara un dato técnico—. Escuchen cómo suena.
Y metió los dedos, los sacó, los volvió a meter, y se escuchaba. Se escuchaba el chasquido, el ruido húmedo, y yo me moría de vergüenza y de ganas al mismo tiempo. Seguí chupando la pija de Ramiro, más rápido, más profundo, hasta que la garganta me empezó a picar, y él me agarró el pelo y me la metió hasta el fondo, y yo me aguanté las arcadas y me quedé ahí, con la nariz en su panza, con la pija entera en la boca, mientras Iván me metía los dedos en la concha y me apretaba el clítoris con el pulgar.
Cuando me sacó la boca, un hilo de saliva me unió a la pija de Ramiro, y todos lo vieron, y yo me limpié con el dorso de la mano, y sentí que estaba en otro mundo.
—Ahora a ella —dijo León.
Me acostaron boca arriba. Me abrieron las piernas. Y León se puso entre ellas, con esa pija recta y elegante, se pasó la punta por mis labios, me la mojó con mi propio jugo, y me la metió.
Entró despacio. Milímetro a milímetro. Y yo sentí cada centímetro abriéndome, llenándome, y cuando estuvo hasta el fondo se quedó quieto, con los ojos verdes clavados en los míos, y me dijo:
—¿Todo bien?
—Sí —dije, con un hilo de voz—. Sí, seguí.
Y se movió. Y fue lento y profundo, de esos movimientos que te llegan hasta el fondo de la panza, y yo cerré los ojos y me dejé llevar. Sentía su peso, su aliento, el roce de su panza contra mi clítoris. Y sentía también las otras manos, las que ya no eran suyas: alguien me chupaba un pezón, alguien me acariciaba las piernas, alguien me tomaba de la mano. Facundo me chupaba la teta derecha, Bruno me apretaba el muslo, los gemelos me miraban la cara como si fueran dos niños frente a un juguete nuevo.
León me hizo acabar la primera vez. Con la pija, con la posición, con esa manera de darme sin apuro. Me vine con un gemido largo, con las piernas temblando, con la concha apretándole la pija en oleadas, y él lo sintió y se dejó ir justo después, y me llenó. Me llenó de leche la primera vez, y yo sentí ese calor adentro, y cuando se sacó, un chorrito blanco me corrió por la concha y cayó en la sábana blanca de la abuela.
—Uno —dijo Diego, desde la silla, y yo lo miré y le sonreí, con la respiración cortada.
—Ocho —le contesté. Y él levantó el vaso.
Después ya no hubo orden. Después fue una sola cosa continua.
Iván, el flaco, me puso en cuatro patas y me la metió por atrás mientras yo seguía con la concha abierta, goteando lo de León, y el ángulo de su pija larga me pegaba en un lugar que me hacía gritar. Con cada empujón me movía para adelante, y Ramiro, que se había puesto delante, me agarraba la cabeza y me metía la pija en la boca cada vez que yo llegaba. Así me tuvieron un rato: por atrás Iván, por adelante Ramiro, en el medio yo, sin poder ni hablar, con las dos pijas moviéndose coordinadas como si hubieran hecho esto toda la vida.
Los gemelos se peleaban por quién iba a ser el próximo. "Yo ya la vi primero", "mentira, vos estabas mirando el fuego". Diego les decía que se calmaran, que había para todos, y yo, con la boca llena, me reía y les hacía señas con la mano para que esperaran. Que esperaran, que ya iba a llegar el turno de todos. De todos.
Ramiro acabó en mi boca. Me agarró la nuca, me la hundió hasta el fondo, y me llenó la boca de leche, y yo me tragué todo sin sacarme, mirándolo, y él me pasó el pulgar por el labio cuando me levanté, como felicitándome.

Después llegó Bruno. Bruno era otra cosa. El de rugby, con esos muslos y esa fuerza. Me dio vuelta, me puso de costado, me levantó una pierna al hombro, y me la metió con una potencia que me sacó el aire. Era corta pero dura, y cada empujón era un golpe, y la cama de madera empezó a crujir, y él me hablaba, me hablaba sucio, me decía cosas que no le había escuchado decir nunca, cosas de jugador de rugby, y yo le contestaba con gemidos, y el resto de los primos miraba y se pajeaba.
—¿Le gusta? —me preguntaba—. ¿Le gusta que la coja un rugbier?
—Sí —gemía yo—. Sí, dale, dale más fuerte.
Y me lo dio más fuerte. Y me hizo acabar de nuevo, la segunda vez, con la pierna al hombro y la espalda arqueada, y esta vez me vine tan fuerte que se me escaparon las lágrimas, y Bruno se vino también, adentro, y me dejó ahí, abierta, temblando, con dos cargas adentro y la concha roja de tanto uso.
Facundo fue el siguiente. El tatuado. Me tomó de la cintura, me puso contra el borde de la cama, con los pies en el piso y el culo en el aire, y me la metió así, de pie, con esa cabeza ancha que me estiraba los labios y me hacía sentir cada centímetro. Me agarró el pelo con una mano y me tiró la cabeza para atrás, y me hablaba al oído, con esa sonrisa torcida, y de vez en cuando me mordía el hombro, y yo sentía que me marcaba, que me dejaba marcas, y quería que me dejara marcas.
—Mirá a Diego —me dijo—. Está re duro. Mirá cómo te mira.
Y yo miré. Diego en la silla, con la mano en la pija, con la boca abierta, mirándome coger con su primo. Y esa imagen, esa imagen de mi novio pajeándose mientras otro me la metía, me puso más caliente que cualquier cosa. Le sonreí. Le guiñé un ojo. Y él me devolvió la sonrisa, con los ojos brillantes.
Facundo acabó en mi culo. Me pasó saliva, me abrió con el pulgar, y me la metió por atrás, despacio primero, y después hasta el fondo, y yo sentí esa entrada distinta, esa entrada que te da otro tipo de placer, y gimé, y él me agarró la cadera y me cogió así, por el culo, hasta que se vino adentro también, y cuando se sacó, sentí el hueco, el calor que se escapaba.
Tomás, el panzón, el graciosito, fue el más cariñoso. Me acostó, me puso una almohada abajo de la cadera, me la metió con esa pija gorda, de tronco, y me cogió mirándome a la cara, riéndose, diciéndome pavadas, y fue tan tierno y tan rico a la vez que me hizo acabar otra vez, la tercera, casi sin darme cuenta, con las manos de él apretándome las tetas y la panza moviéndose contra mi clítoris.
—Esta puta necesita mucha verga-dijo riendo.
Y yo me reía con él, con la respiración entrecortada, y le decía que se callara, y él me tapaba la boca con la mano y me cogía más fuerte.
Y después los gemelos. Nico y Nano. Que no se conformaron con turnarse. Que me pusieron en el medio, a uno abajo y a otro arriba, y me la metieron por la concha y por la boca al mismo tiempo, y me movieron entre los dos como si me pasaran de mano en mano, idénticos, la misma cara, el mismo ritmo, y yo no sabía cuál era cuál y ya no me importaba, y acabaron casi juntos, y yo me tragué a uno y sentí al otro llenándome, y me quedé ahí, con la boca abierta, con la concha llena, con los dos pibes de veintidós años mirándome como si hubieran tocado el cielo.
Después de eso me dejaron descansar. Un rato. Me dieron agua, me acariciaron el pelo, me taparon con una sábana que ya no estaba blanca. Yo estaba acostada en el medio de la cama, con las piernas todavía abiertas, con la concha hinchada y brillante, con el pelo pegado a la frente por la transpiración, y me sentía como nunca en mi vida. Vacía y llena a la vez. Usada y cuidada a la vez.
Diego se acercó con el vaso de whisky y me lo dio a tomar.
—¿Cómo estás? —me preguntó, con una ternura que me hizo querer llorar.
—Bien —dije—. Muy bien. Mejor que bien.
—¿Seguimos?
Miré a los ocho. Estaban todos ahí, sentados alrededor, recuperando el aliento, pero con las pijas ya medio paradas otra vez. Los Aguirre tenían buena recuperación. Y yo, a esa altura, ya había perdido toda vergüenza.
—Seguimos —dije.
Y ahí vino la parte que no me esperaba. Porque pensé que ya estaba todo, que ya me habían dado por todos lados, que ya no quedaba nada por hacer. Y me equivoqué.
León y Ramiro se miraron. Se entendieron sin hablar. Y me dijeron que me pusieran en cuatro patas.
—Los dos juntos —dijo León.
Los dos juntos. Ramiro abajo, acostado, y yo encima de él, con su pija gorda entrándome por la concha, y después León detrás, con su pija recta buscándome el culo, empujando despacio, y yo sentí las dos pijas adentro al mismo tiempo, separadas por una pared finita de carne, y me quedé sin aire.

—Ay —dije—. Ay, ay, ay.
—Despacio —me calmó Diego, desde la silla—. Despacio, amor. Respirá.
Respiré. Y cuando estuve lista, los dos empezaron a moverse. Juntos. Uno entraba cuando el otro salía, en un ritmo cruzado que me volvía loca. Yo estaba empalada por dos tipos, en el medio de la cama de la abuela, con seis más mirando, con mi novio mirando, y me sentía la mujer más puta y más feliz del planeta.

Nunca en mi vida me había sentido tan llena. Nunca. Las dos pijas moviéndose adentro, los dos tipos respirándome en la nuca y en la cara, las manos de ellos en mis caderas, en mis tetas, en mi pelo. Y yo gimiendo, gimiendo sin control, con la voz quebrada, diciéndoles cosas que no sabía que sabía decir.
Acabé así. Con dos pijas adentro. La cuarta vez. Y fue la más larga, la más profunda, la que me sacudió desde el pelo hasta los dedos de los pies. Y los dos acabaron conmigo, casi al mismo tiempo, y yo sentí la leche caliente en la concha y en el culo, y me desplomé sobre el pecho de Ramiro, sin fuerzas, con el corazón galopando.

Y todavía faltaba.
Porque Bruno, el de rugby, no había quedado conforme. Y Facundo tampoco. Y Tomás se reía y decía que había que dejarla descansar, y Bruno le contestó que para qué estaba, que si no, no era un gangbang de verdad.
Y me dieron vuelta otra vez. Y otra. Y otra.
Perdí la cuenta. Perdí la cuenta de cuántas veces me la metieron, cuántas veces acabaron, cuántas veces acabé yo. Sé que hubo un momento en que tenía a uno en la boca, a uno en la concha y a uno esperando en la mano, y sé que hubo otro en que Tomás y Facundo me cogieron al mismo tiempo por los dos lados, y sé que en algún punto los gemelos volvieron a turnarse porque decían que la primera vez no habían podido disfrutar bien, y yo les dije que sí, que vinieran, que hicieran lo que quisieran.


A esa altura yo era un cuerpo entregado. Un cuerpo de todos. Ya no pensaba. Solo sentía. Solo abría las piernas cuando me lo pedían y me daba vuelta cuando me lo pedían y me ponía en cuatro cuando me lo pedían. Y cada vez que uno acababa, yo estiraba la mano y agarraba al siguiente.
Hubo un momento, cerca del final, en que los ocho acabaron casi juntos, en una ronda alrededor de mí, pajeándose sobre mi cuerpo, y yo, acostada en el medio, con la boca abierta, recibí la leche de todos. En la cara, en las tetas, en la panza, en el pelo. Ocho cargas. Ocho tipos de veintidós a treinta y tres años vaciándose sobre mí, y yo en el medio, blanca, brillante, llena, con los ojos cerrados y una sonrisa de idiota.



Cuando terminaron, se quedaron quietos, jadeando, y hubo un silencio largo. Un silencio bueno. Un silencio de después.
Y después Diego se levantó de la silla.
Diego se sacó la ropa. Despacio. Sin decir nada. Y los primos se corrieron a un costado, como si le dejaran el lugar al dueño. Porque era eso. Era el dueño. El que me había prestado. El que me había compartido. Y ahora venía a cobrar.
Se subió a la cama. Se puso encima de mí. Y me besó, largo, profundo, con mi boca llena del sabor de sus primos, y no le importó, y me besó igual, y yo sentí que lo amaba, que lo amaba de una manera nueva, de una manera que no sabía que existía.
—¿Me guardaste algo? —me susurró.
—Todo —le dije—. Todo tuyo.
Y me la metió. Y fue distinto a todos. Fue Diego. Fue mi novio. Fue el tipo que me conocía, el que sabía cómo me gustaba, el que me buscaba el clítoris con el pulgar mientras me cogía, el que me hablaba al oído y me decía que era hermosa, que era la mejor, que estaba orgulloso de mí. Y yo, con ocho pares de ojos mirándonos, me vine por última vez, la última de la noche, la más dulce, apretándolo con las piernas, con los brazos, con todo el cuerpo, como si me lo quisiera quedar adentro para siempre.
Diego acabó adentro. Profundo. Y se quedó ahí, encima mío, con la cara en mi cuello, respirando fuerte, y yo le acaricié la espalda, y los dos nos quedamos quietos, en el medio de esa cama, con ocho primos alrededor y una sábana que ya no tenía nada de blanca.
—Bueno —dijo Tomás, al rato, con su voz de siempre—. ¿Hay más vino?
Y todos se rieron. Y yo también. Con la cara pegoteada, con el pelo pegoteado, con la concha latiéndome todavía, me reí hasta que me dolió la panza.
Nos bañamos. De a uno, en el baño de la galería, con agua tibia. Yo pasé última, y cuando el agua me cayó encima y empezó a correr blanca por mis piernas, sentí que me limpiaba por fuera pero que algo adentro ya no se iba a limpiar nunca más. Algo había cambiado.
Me puse una remera de Diego, grande, que me llegaba hasta los muslos. Volví a la pieza. Los primos ya se habían ido a dormir, cada uno a su cuarto, después de darme un beso en la frente, uno por uno, como si fuera una ceremonia. Ramiro me apretó la mano. León me miró con esos ojos verdes y me dijo, simplemente, "gracias". Los gemelos me abrazaron juntos, como si fueran uno. Facundo me mordió el hombro, de nuevo, en el mismo lugar de antes.
Me acosté con Diego. La cama estaba revuelta, con manchas por todos lados, y a ninguno de los dos le importó.
—¿Te arrepentís? —me preguntó él, en la oscuridad.
—No.
—¿Lo volverías a hacer?
Me quedé pensando. No por la duda, sino por el gusto de pensarlo.
—Sí —dije—. Y mañana, si querés, también.
Él se rio, me abrazó, y me quedé dormida con la cabeza en su pecho, con el cuerpo entero latiéndome todavía, con el olor de ocho hombres en la piel y el de mi novio en el cuello.
Al otro día, en el desayuno, la familia entera estaba en la galería. Las tías, los tíos, la abuela, todos tomando mate, todos comiendo facturas, todos hablando de pavadas. Y ninguno, ninguno de los cincuenta, tenía idea de lo que había pasado en esa pieza. Solo los ocho primos, que me miraban por encima de las tazas con una sonrisa que solo nosotros entendíamos. Y Diego, que me servía el café y me apretaba la rodilla por debajo de la mesa.
La abuela, en un momento, me miró con sus ojitos viejos, me miró bien, de arriba abajo, y me preguntó:
—¿Y vos, nena, dormiste bien? Te veo medio cansada.
Y los ocho primos se atragantaron con el mate al mismo tiempo.
—Sí, abuela —dije, con mi cara de niña buena, con mi carita de santa, con mis ojos marrones grandes—. Dormí bárbaro. Muy bien.
Y Diego, al lado mío, se rio tanto que tuvo que taparse la boca con la servilleta.
Todo, absolutamente todo, por culpa de mi novio. Y si me preguntan, se lo agradezco. Porque nunca, nunca en mi vida, me sentí tan mujer, tan deseada, tan viva, como esa noche en la cama de la abuela de los Aguirre, con ocho primos adentro de mí y mi novio mirándome desde una silla.
**Fin.**
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