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Las tangas de mi mejor amiga II (Final)

Pasaron unos meses de aquella noche. Tres, ponele. Tres meses en los que no volvimos a hablar del tema de frente, en los que ella siguió siendo la misma de siempre: la amiga prolija, la que se vestía sobria, la que parecía no haber roto un plato. Y yo, mientras tanto, vivía en el recuerdo de esa noche. De la tanga negra en la cara. Del olor. De la remera celeste. De la cola con la tanga de leopardo. De la teta que le agarré dormida. Me la pajeaba pensando en todo eso, y a veces, cuando la veía en persona, tenía que hacer un esfuerzo enorme para mirarla a la cara y no pensar en lo que sabía de ella.
Y lo peor era que ella no ayudaba. Una vez, en un asado en lo de unos amigos, mientras yo servía la carne, me dice al pasar:
— Che, ¿vos sos de revolucionar cajones ajenos?
— ¿Cómo? —le dije, con la pinza en el aire.
— Nada, nada —dijo, y se fue a buscar hielo sin esperar respuesta.
Otra vez me mandó una foto de su cajón de ropa interior, con el texto "mi nueva adquisición", y yo no supe si era un guiño o una casualidad. Todo indicio. Nada concreto. Me tenía loco.
Hasta que un sábado volvimos a salir.
Cenamos en un bodegón del centro, de esos de mantel a cuadros. Milanesa con papas para los dos, una birra cada uno, y después otra, y después otra. Hablamos de todo: del laburo, de un viaje que queríamos hacer, de un ex de ella que la había llamado justo esa semana.
— ¿Y qué quería? —le pregunté.
— Nada. Volver. Como todos —dijo, y se rió—. Ahora que me ve bien, quieren volver.
— ¿Y vos?
— ¿Yo qué?
— ¿Volverías?
— No sé —dijo, y me miró—. Depende de con quién. Hay gente que te deja marca, y hay gente que no. A mí me gusta la gente que deja marca.
Y me sostuvo la mirada un segundo de más. Nos reíamos. Nos rozábamos. Había algo distinto en el aire, algo que ninguno de los dos nombraba pero que los dos sentíamos.
Después del bodegón fuimos a un bar. Después a otro. Y a las tres de la mañana, en la puerta del segundo bar, con la calle casi vacía y el calor de la noche encima, me dice:
— Vení a tomar algo a casa, no me quiero ir a dormir todavía.
— ¿Y mañana?
— ¿Y mañana qué? —dijo—. Mañana existe igual.
Y yo, obvio, fui. Como hubiera ido a cualquier parte que ella me dijera.
Su depto estaba igual que siempre, chico, ordenado, con ese olorcito a ella que ya conocía. La pieza, como esa otra noche: la cama, el placar, la cajonera, un tele chico al pie de la cama, y la ventana abierta con el ventilador de pie en tres. Aunque ya era otoño, Resistencia no tenía ganas de aflojar y seguía siendo un horno. Preparó una jarra de fernet con esa mano firme de quien sabe lo que hace, y nos sentamos en la cama, con la jarra en el piso entre los dos.



Las tangas de mi mejor amiga II (Final)




Hablamos de todo. Y en un momento, como al pasar, sin que viniera mucho al caso, me dice:
— Che... ¿te acordás de esa noche que te quedaste porque llovía?
— Sí —dije, y se me heló la sangre. Pensé que me había visto todo, ahí nomás, de una.
— Fue re linda esa noche, ¿no?
— Fue linda —dije, y no dije nada más.
Seguimos hablando. Y yo, ya medio empedo, empecé a relajarme. Pensé que había zafado.
Hasta que tiró la segunda, un rato después, entre risa y risa, como si nada:
— Sabés que al otro día, cuando fui a lavar, encontré una tanga en el cesto que no me acordaba de haber puesto.
— ¿Ah sí? —dije, mirando el fondo de mi vaso como un boludo.
— Sí. Rarísimo. Y no era una que hubiera usado ese día, porque me acuerdo de qué me puse. Y encima tenía una manchita rara. Como seca, blanca. Chiquita, pero estaba. Justo en el centro.
— ¿En el centro? —repetí, como un loro.
— En el centro, sí. Donde va la concha —dijo, y se quedó callada un segundo—. Como si alguien hubiera hecho algo con ella.
Y ahí nomás sentí que me subía el calor a la cara. Ella me miró, se rió apenas, y siguió hablando como si nada.
— ¿Y vos sabés que la otra vez también noté el cajón medio desacomodado? —soltó después, revolviendo el fernet con el sorbillo—. El de la ropa interior. Como si alguien hubiera andado revolviendo ahí. Buscando algo.
— Mirá vos —dije, haciéndome el distraído.
— Mirá vos —repitió ella, y me miró con una sonrisita que decía todo sin decir nada.
— Y encima —siguió, ya lanzada—, la tanga esa que encontré, la de la manchita... era la de encaje negro. La que uso para las ocasiones.
Casi me caigo de la cama. La de encaje negro. La que yo me había llevado al baño esa noche. La que había acabado. La que después le limpié con papel higiénico y dejé en el cesto. Ella la había encontrado, la había visto con la mancha, y lo había entendido. Todo. Sin que yo dijera una palabra.
— Qué casualidad —atiné a decir.
— Qué casualidad —dijo ella, y me guiñó un ojo.
Ninguno de los dos confesó nada. Pero los dos sabíamos. Y eso, no sé por qué, me calentó más que si me hubiera gritado en la cara que me había descubierto. Porque había algo en la forma en que lo decía, en la forma en que me dejaba adivinar sin confirmar, que era como un juego. Un juego largo, empezado esa noche de tormenta, que ahora estábamos jugando los dos.
Después, en algún momento, la charla se fue para el lado del sexo. De lo que nos gustaba, de lo que no, de las cosas que uno se guarda.
— ¿Y a vos qué te gusta? —me preguntó, directa—. En serio. Lo que no le contás a nadie.
— Que me miren —le dije—. Me gusta que me miren. Sentirme mirado.
— Uh, mirá —dijo, y se mordió el labio—. Yo soy igual. Me encanta que me miren. Y me encanta mirar. La otra vez, cuando te fuiste, me quedé pensando que estuvimos toda la noche mirándonos y ninguno hizo nada.
— Toda la noche —confirmé.
— ¿Y vos hace cuánto que no...? —me preguntó, con esa cara de quien ya sabe la respuesta.
— Un rato —le dije, y me reí.
— Mentirosa yo, mentiroso vos jajaja —y me dio un empujoncito con el hombro.
— ¿Y vos?
— Un año y monedas, ya te dije. —Y después, bajando la voz—: Pero no te creas que me aguanto. Me la paso tocándome. Con la mano, con el cosito ese que hay en el cajón.
— ¿Cuál? —dije, aunque sabía perfectamente cuál.
— El de veinte centímetros —dijo, y me miró—. Ese.
Ahí ya no había vuelta. Los dos sabíamos que yo había visto el consolador. Y ella sabía que yo sabía que ella sabía. Nos reímos los dos, medio incómodos, medio calientes.
Nos fuimos acercando en la cama sin darnos cuenta. Las rodillas se nos tocaron. Ella se recostó un poco, se subió la pollera hasta la cadera, y en un momento dijo, medio al pasar:
— ¿Ponemos algo? Un video. Para calentar el ambiente.
— ¿Porno? —le pregunté.
— Porno —dijo, sin ningún pudor—. ¿Te sorprende?
— Un poco.
— De día soy re prolija, ya sabés. De noche soy otra —dijo, y puso el video desde el celu conectado al tele.
Porno real, explícito, de esos que arrancan despacio y van subiendo. Una pareja en una cama, luz cálida, todo muy parecido a lo que éramos nosotros en ese momento. Y ahí quedamos los dos, recostados en su cama, con el fernet en la mano, mirando a esos dos coger en la pantalla.
Al rato ya ninguno de los dos miraba la tele de verdad. Yo la miraba a ella. Ella me miraba a mí. La incomodidad de esa noche de la tormenta volvió, pero más grande, más cerca, más evidente.
— ¿Te tocás vos? —me preguntó, en voz baja, sin sacarme los ojos de encima.
— Sí.
— Y yo —dijo—. ¿Te molesta si...?
— No, dale.
Y los dos nos recostamos un poco más, cada uno en su lado de la cama, y empezamos a tocarnos frente al otro. Ella se subió la pollera, se metió la mano abajo de la tanga, y yo me saqué la pija del short. Nos mirábamos. Nada más. La porno de fondo, el velador prendido, el ventilador moviendo el aire caliente, y los dos tocándonos a un metro de distancia, mirándonos como dos boludos que no se animan a dar el paso.



amiga




Verla tocarse fue una cosa. Tenía los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, la mano moviéndose despacio abajo de la tanga. Cada tanto se mordía el labio.
— ¿Te gusta que te mire? —le pregunté, bajito.
— Sí —dijo, sin abrir los ojos—. Me encanta. No pares.
Y yo, del otro lado, me pajeaba mirándola, sin poder creer que estuviera pasando de verdad.
— ¿Puedo? —le pregunté, y estiré la mano hacia ella.
Me contestó bajándose la tanga hasta los tobillos y abriendo las piernas despacito, sin decir nada. Y yo me pasé a su lado y le puse la mano ahí.
Estaba empapada. Le pasé los dedos por toda la concha, despacio, de arriba abajo, sin apurar, sintiendo cómo se le abría sola. Ella cerró los ojos y tiró la cabeza para atrás, y soltó un suspiro largo.
— Así, así —dijo.
Le separé los labios con los dedos y empecé a jugarle con el clítoris, en círculos suaves, con dos dedos, y ella empezó a moverse contra mi mano, a apretarme la muñeca, a buscar más. Le metí un dedo, despacito, y después dos, y la empecé a mover por dentro mientras con el pulgar le seguía el clítoris. Y ella gemía bajito, ese gemido que yo me había imaginado tantas veces, ese que ahora era real y me lo estaba dando a mí.
— Más despacio —me pidió—. Que si seguís así me voy ya.
Y le hice caso. Bajé el ritmo. La masturbé así un rato largo, mirándole la cara, mirándole las tetas que se le movían con cada respiración, mirándole la panza chata que se le contraía cada vez que le daba en el punto justo. Y cuando sentí que estaba al borde, que se le tensaba todo, paré.
— Pará, pará —jadeó—. Que si seguís me voy ya.
Y se incorporó, se puso de rodillas al lado mío, y me miró la pija con una cara de hambre que no le había visto nunca.
— ¿Puedo? —preguntó ella, devolviéndome la pregunta.
— Podés todo —le dije.
Y ella se agachó y me la metió en la boca.
Dios. Lo que hacía con la lengua. Empezó por la punta, chupándola despacio, mirándome de abajo con esos ojos claros, la mano en la base, la otra apoyada en mi muslo. Después se la fue metiendo toda, hasta el fondo, y subiendo despacito, jugando con el glande. Yo le agarré el pelo, suavecito, y me aguantaba para no acabar ahí mismo.
— ¿Te gusta así? —preguntó, sacándosela un segundo.
— Sí. No pares.
Y siguió. Se tomó su tiempo. Me chupó largo, con ganas, sin apuro, parando cada tanto para mirarme, para ver mi cara, como si le gustara tenerme así. En un momento se sacó la remera de un tirón y se quedó con las tetas al aire, y siguió mamándome así, y esa imagen casi me termina.
— ¿En la boca o adentro? —preguntó, levantándose apenas, con la mano todavía en la base.
— ¿Tenés forro? —atiné a preguntar.
— Creo que no —dijo, y se rió—. Mejor.
— Adentro, entonces —dije.
Se acomodó encima de mí, se sentó despacio, y sentí esa concha apretada bajarme de a poquito hasta el fondo. Los dos gemimos al mismo tiempo. Empezó a moverse, primero lento, apoyada en mi pecho, mirándome a los ojos. Le agarré la cola, se la apreté, y ella se mordió el labio. Le busqué un pezón y se lo chupé, y ella echó la cabeza para atrás y apretó más.
No fue nada desenfrenado. Fue lento, húmedo, mirándonos, respirándonos en la cara. Se movía con un ritmo que era todo suyo. Cada tanto se paraba, se quedaba quieta un segundo conmigo adentro, y me miraba, y se reía bajito. Nos besamos. Fue el primer beso entre nosotros en años, y fue raro y fue rico a la vez.
Y así, despacito, los dos llegamos juntos al borde.
— Acabá —me dijo al oído—. Acabá para mí. Toda.
Y acabé. Y acabé en serio, como no acababa hacía años. Me agarró adentro y me sacó todo, con la concha apretándome en oleadas, gimiendo ella también, temblando. Me quedé vaciándome dentro de ella unos segundos eternos, sintiendo cómo me ordeñaba de a poco, como si no me quisiera soltar. Y no fue poco: fue mucha, muchísima leche.
Después se levantó despacio, se tiró al lado mío, y cuando se sentó un poco, la leche empezó a salirle y a correrle por el muslo. Ella se rió.
— Mirá lo que hiciste —dijo, y se pasó un dedo, se lo miró, y se lo llevó a la boca.
Casi me muero ahí.
— Rico —dijo, y se chupó otro dedo.



tangas




Nos quedamos los dos tirados, sin hablar, con la porno todavía de fondo y el ventilador moviéndole el pelo. Le pasé la mano por la panza, por la cintura. Ella me acarició el pecho. No hacía falta decir nada.
Y en un momento, ya casi dormida, sin abrir los ojos, me dice:
— La próxima, revolvéme el cajón con más cuidado, ¿sí? —y se queda callada un segundo—. O si no, pedime y yo te las regalo. O mejor, te las presto.
— Dejá de joder —le dije, riéndome.
— Te hablo en serio —dijo, y abrió un ojo—. Te las presto. Vos me las devolvés. Como una biblioteca.
Y ahí nomás sentí que la pija se me volvía a parar. De golpe, sin aviso. La idea de que ella supiera, de que me lo dijera así, de que me las prestara como si nada, me puso al palo otra vez.
— ¿En serio me las prestás? —le pregunté, incorporándome apenas.
— En serio —dijo, y se rió al verme la cara—. Mirá cómo te pusiste.
— ¿Te gustaría...? —dije, y me trabé. Ella me miró, esperando—. ¿Te gustaría verme pajearme con una?
Se quedó un segundo callada. Después se sentó en la cama, se pasó la mano por el pelo, y me dijo:
— Sí. Sí, me gustaría.
Y se levantó, fue hasta la cajonera, abrió el cajón y revolvió un rato, de espaldas a mí, con la cola blanca al aire. Yo la miraba desde la cama, todavía con la leche secándose, y no podía creer lo que estaba pasando. Sacó dos tangas. Una me la tiró a la cama.
— Tomá, usá esta —dijo.
Y la otra se la puso ella. La que me tiró era la misma de encaje negro, chiquita, que yo había usado esa noche de la tormenta, la de la manchita. La agarré y me la llevé a la cara, y me la olí. Tenía ese mismo olorcito a ella, y ahí nomás me empezó a subir la calentura de nuevo, de cero.
Y me di vuelta para verla a ella: se había puesto una tanga de encaje rojo, de tiritas finísimas a los costados y un moñito chiquito adelante, de esas que no tapan nada. La tela le quedaba tensa sobre la cola, el encaje se le metía entre las nalgas y le cortaba las caderas. Se la acomodó despacio, mirándome, y se sentó en el borde de la cama, con las piernas abiertas, y me dijo:
— Bueno. Mostrame.
Yo empecé a pajeame con la tanga negra en la mano, pasándomela por la pija, mirándola a ella. Y ella me miraba a mí. Se había recostado un poco, con las piernas abiertas, y se metió la mano abajo de la tanga roja, y empezó a tocarse arriba de la tela, despacio, sin sacársela, mirándome pajeame.



fetiche




— ¿Así? —le pregunté.
— Así —dijo—. Así me gusta. Que me mires y te toques con mi ropa.
Y los dos nos quedamos ahí, en un espejo: yo pajeándome con su tanga negra en la cara, ella tocándose arriba de la tanga roja que se acababa de poner, con el encaje ahí, a la vista, y la porno de fondo. Cada tanto me decía cosas.
— ¿Te gusta esa? —me preguntó.
— Sí.
— El sábado pasado me la puse para salir. Con un vestido. Si te hubieras agachado, la veías.
— Y no me agaché.
— No te agachaste —dijo, y se rió, jadeando.
Y se empezó a tocar más rápido, con dos dedos, siempre arriba de la tela, sin bajarse la tanga. Se le veía todo a través del encaje mojado. Y en un momento se le tensó la panza, se le cerraron los ojos, y acabó así, con la tanga puesta, apretando los dedos contra el encaje, temblando, soltando ese gemidito bajito que me tenía loco. Yo la miraba y me pajeaba con la suya, y estaba a punto otra vez.



paja




Se quedó unos segundos quieta, respirando. Después se sentó, se miró la tanga, mojada, y se la bajó despacio, de a poquito, hasta sacársela. La agarró y me la dejó en la mano.
— Esta te la presto —dijo— para que te la lleves. Y me la devolvés también llena de tu lechita. Así me la pongo yo y la uso con tu olor.



morbo




Y ahí ya no aguanté más.
La agarré a ella, la tiré en la cama, me puse encima, y esta vez no fue tan despacio. Le abrí las piernas y le metí la pija de una, y ella gritó bajito y me clavó las uñas. Ya estaba mojada, ya estaba todo hecho, así que la segunda vuelta fue más rápida, más sucia, con las dos tangas tiradas al lado, la roja y la negra, y el olor de las dos en la cama. Le agarré las caderas y se la di fuerte, mirándola a los ojos, y ella me miraba y se reía entre gemidos.
— ¿Vos te das cuenta de lo que hiciste? —me dijo al oído—. Me tenías loca con las tangas. Loca.
— Y vos a mí.
— Sí, ya sé —dijo—. Por eso. Por eso está todo esto.
Y en un momento, cuando ya sentía que se me venía de nuevo, ella me frenó, me sacó, me empujó para atrás y se puso de rodillas.
— Ahora quiero probarte de nuevo —dijo.
Y se agachó y me la metió en la boca. Me chupó un rato, mirándome, y cuando ya estaba a punto me la sacó y me dijo, con la boca todavía cerca:
— Acabá en mi boca. Quiero sentirla. Y quiero que me mires tragarla.
Y me la volvió a meter, y siguió mamándome, y a los pocos segundos ya no pude más. Le agarré la cabeza y acabé, y acabé otra vez con ganas, todo en su boca. Ella lo agarró todo, se quedó quieta, me miró de abajo con los ojos abiertos, y tragó. Después abrió la boca un segundo para mostrarme que no quedaba nada, y se rió.



Las tangas de mi mejor amiga II (Final)




— Así —dijo—. Toda.
Y se tiró al lado mío, agotada, con la tanga roja todavía apretada en el puño, y me pasó un brazo por el pecho.
Nos quedamos los dos tirados, sin hablar, con la porno de fondo ya en la parte aburrida y el ventilador moviéndole el pelo. Afuera ya estaba aclarando.
— ¿Y la historia de esa tanga? —le pregunté, señalando la roja.
— Te la debo —dijo, y bostezó—. Pero es corta: me la compré para olvidarme de alguien. No funcionó.
— ¿No funcionó?
— No —dijo, y cerró los ojos—. Ahora tiene otra historia.
Y se durmió.
Y yo me quedé ahí, mirando el techo, con la tanga roja en la mano, pensando que me había descubierto desde el principio, que lo había sabido siempre, que había estado jugando conmigo meses enteros, y que igual me había dejado hacer. Y que encima, al final, me había prestado las tangas.
Nunca lo blanqueamos del todo, ni falta que hacía. Pero cada tanto, cuando la veo, me acuerdo de esa noche, y de la manchita que ella nunca me confesó haber entendido, y de la tanga de encaje rojo que me llevé a casa. Y de la que le devolví, al otro fin de semana, con una manchita nueva en el centro.



amiga

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