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Las tangas de mi mejor amiga I

Esto me pasó hace ya varios años y todavía no me lo puedo sacar de la cabeza. No exagero: cada tanto me agarra el recuerdo, abro el celu, me pongo a mirar fotos de ella —de esas que quedaron en el grupo, en un cumpleaños, en un asado— y me tengo que hacer una paja. Me da igual el momento del día. Soy de Resistencia, Chaco. Acá el verano es una cosa seria: un horno, un aire que no corre, la ropa que se te pega al cuerpo. Y creo que todo empezó ahí, en ese calor de mierda que te deja la cabeza floja y las ganas al palo.
Todos tenemos esa amiga que es como una hermana. Esa con la que sabés que nunca va a pasar nada porque ya está, ya es tu amiga y punto. Y bueno, la mía encima estaba MUY buena. MUY. Rubia de verdad, no de esas que se tiñen: rubia natural, blanca como la leche, de esas que se ponen rojas con solo mirarlas al sol. 1,75, finita, tetas chiquitas con los pezones que se le marcaban en cualquier cosa que se pusiera, una cola hermosa bien paradita, un poco caderona, panza chata. Y encima era rescatada: se vestía sobria hasta para bajar a comprar pan. Nada de escotes alocados ni polleras al límite. Todo medido, todo prolijo, todo puesto con cabeza. Teníamos los dos 23 años.



Las tangas de mi mejor amiga I




Vivía sola, en un depto chico del centro, segundo piso, con un balcón que daba a la calle. Y esto es un dato: esa noche me sirvió para confirmar algo. Si había ropa interior tirada por el piso, era de ella. No había nadie más en esa casa.
La conocía desde hacía años. Habíamos compartido cumpleaños, viajes, noches enteras de hablar de la vida. Nunca había pasado nada. Ni un beso, ni una mano de más, ni un momento incómodo. Éramos amigos, y en mi cabeza ella era intocable. Hasta esa noche.
Fue un viernes de enero. Me invitó a cenar. Guiso de lentejas y una ensalada, todo rico, todo tranquilo. Comíamos, hablábamos de boludeces, del laburo, de un ex que la tenía harta. Y en un momento, ni lento ni perezoso, se larga una tormenta de esas que parecen el fin del mundo. El agua caía a baldes, los truenos te sacudían el edificio, el viento golpeaba las persianas y las hacía vibrar.
— Uhhh mirá cómo llueve —dijo, y se paró al balcón.
Volvió empapada de la lluvia que entraba de costado, riéndose, con la remera pegada, y me miró:
— Vos no te podés volver con esto. Quedate a dormir.
Y yo, obvio, acepté. Como si no hubiera querido aceptar desde el momento en que vi cómo caía el agua.
Nos pusimos a tomar fernet. Ella lo servía, con esa mano firme de quien sabe lo que hace, y cada vez me cebaba más generoso. Una jarra... dos jarras... tres jarras. Para cuando quisimos acordar estábamos los dos re empedos, riéndonos de cualquier pelotudez, hablando sin filtro, como solo se habla a esa altura de la noche y con esa cantidad de alcohol encima.



amiga




Y ahí, en medio de la charla, me voy al baño. Y lo veo. En el piso, al lado de la puerta, del lado de afuera. Una tanga tirada. Tirada como si nada, como si alguien la hubiera dejado caer sin darle importancia. Y como vivía sola, era de ella. Indiscutiblemente de ella. La agarro, entro, cierro la puerta y ya no volví a ser la misma persona.
Era una tanga negra, de algodón, chiquita, con un bordecito de encaje medio desteñido de tanto lavado. Nada del otro mundo. Pero era de ella, y había estado todo el día pegada a su cuerpo. La agarré y le saqué una foto, con el celu temblando por el pedo. Después empecé a tocarla despacio, a pasar los dedos por la tela, por el algodón gastado, hasta llegar a la parte del centro. La parte que había estado contra ella. Y me la acerqué a la cara.
Estaba seca ya, pero tenía un olor a conchita que te juro era el paraíso. Un olorcito dulce, íntimo, salvaje, concentrado en esa telita. Un olor que no se parece a ningún perfume, que es todo cuerpo, todo secreto. Cerré los ojos y aspiré como un desesperado. Y sin darme cuenta mi pija ya estaba como una piedra, empujando el short, y me estaba pajeando contra la puerta del baño sin haberlo decidido.



fetiche




No duré nada de la calentura que tenía. Tres, cuatro movimientos y ya sentía que se me venía. Acabé en la mano, mordiéndome el labio para no gritar, con la tanga apretada contra la nariz. Me quedé unos segundos ahí, jadeando, mirándome en el espejo como un tipo que acaba de robar un banco. Me lavé las manos, la dejé de nuevo en el piso donde estaba y salí como si nada, aunque por dentro era un desastre.
Volví al sillón y seguimos con el fernet. La peli la había puesto yo, de fondo, y en el medio apareció una escena de sexo. Larga. Bien explícita. De esas que no dejan nada a la imaginación. Ella, que estaba soltera hacía como un año y medio y que por ser tan rescatada no se acostaba con cualquiera, se da vuelta y me dice, sin sacarle los ojos a la tele:
— Ay boludo, te juro que hace tanto que no la pongo que ni pelis miro yo sola, porque me calienta cualquier escena de sexo jajaja.
— ¿Para tanto? —le dije, haciéndome el canchero, aunque ya tenía la cabeza en otro lado.
— Si, si, hace un año y medio que estoy soltera, y hace un año largo que no hago nada.
— Dejá de mentir.
— ¡No, en serio! No hago nada con nadie, me mantengo sola nomás... bah, sola con algunos accesorios jajajaja.
Y yo ahí, con el fernet en la mano, volaba de calentura. La miraba de reojo y me la imaginaba con un consolador bien grande, esa cara de placer que seguro ponía, esa concha suya que yo me imaginaba rosadita, rebalsando de jugos. Me la imaginaba con la boca abierta, con los pezones parados, apretando las sábanas. Me la imaginaba gimiendo bajito para no despertar a los vecinos. Y me tenía que aguantar las ganas de levantarme y hacerle algo ahí mismo.
Siguió la película. Al rato, otra escena, más explícita todavía que la anterior. Y ahí empecé a notar cosas. Una incomodidad en ella, un movimiento de piernas, se apretaba la zona de la ingle con la mano, se acariciaba la rodilla como para disimular. Nos habíamos ido acercando en el sillón sin darnos cuenta, hasta que los dos nos estiramos por la misma manta al mismo tiempo y nos tocamos las manos. Ninguno de los dos la sacó enseguida. Se estaba calentando, y yo también, y los dos hacíamos de cuenta que no.
— ¿Tenés frío? —le pregunté, boludo, con la mano todavía ahí.
— No —dijo, y no dijo nada más.
Hasta que ella no dio más del pedo y se levantó:
— Vamos a dormir ya, estoy re muerta.
Fuimos a la pieza. Era un cuarto chico, con su cama de dos plazas, un placar, la cajonera. Me tiró un colchón inflable al piso, las sábanas, una frazada, y me dijo:
— Armá tu cama mientras yo me cambio para dormir.
— Dale, dale —dije, y me puse a inflarlo como un tarado.
Lo armé, me acosté, y al ratito volvió. Y volvió con una remera celeste larga, de las que te llegan apenas más abajo de la cola. Se le marcaban los pezones, bien clarito, porque obviamente no tenía corpiño. Y cuando dio una vueltita como una bailarina, pude ver ese culo y esa tanga. Y encima, como yo estaba en el piso, la veía por debajo del ruedo.
Era una tanga de leopardo. Tiritas finísimas a los costados, el triangulito de adelante chico, casi simbólico, y atrás una sola tira que se le metía entre las nalgas y se perdía. Manchas marrones y doradas sobre un fondo beige sucio, tela medio satinada, de esas que brillan apenas. Le quedaba como un guante: la tela se le estiraba sobre esa cola paradita y el bordecito le cortaba las nalgas en dos. Y con la remera celeste larga encima, el contraste era demoledor: toda tapada arriba y ese pedacito de animal print asomando por abajo.



tangas




— ¿Me queda bien así? jajaja —me preguntó, y se dio otra vueltita.
— Si, obvio —dije, mientras me comía con los ojos ese papo marcado, esa tanga, esas piernas blancas, largas.
— Bueno, a dormir.
Apagó la luz, prendió un velador chiquito que dejaba todo en penumbras, y se acostó. Yo estaba al palo con lo que había visto, con la imagen de la tanga de leopardo grabada en la cabeza, pero después de un rato, y con todo el fernet encima, no me quedó otra que dormirme.
Me desperté en el medio de la noche, vaya a saber por qué. Me arrodillé en el colchón y ahí estaban los fetiches, todos juntos, tirándome de la manga. Ella dormía tapada hasta el cuello. Me levanté despacio, cuidando cada paso, y fui hasta su cajonera. Empecé a abrir cajón por cajón, con el corazón en la boca, hasta que encontré el de la ropa interior. Y ahí estaba todo. Todo lo que ella usaba debajo de esa ropa sobria y rescatada. Tangas, culottes, algodones, encajes. Un mundo.



paja




Agarré todas las tangas que pude, un manojo, y me fui rápido y sigiloso al baño. Ahí, como había luz, podía sacar fotos tranquilo, así que las puse sobre la pileta y me puse a mirarlas una por una. Una roja de encaje picado, medio transparente, con tiritas atadas a los costados. Una negra de algodón lisa, de esas para dormir. Una beige, casi invisible. Una rosa palo de microfibra, con un lacito chiquito adelante. Y una de leopardo, igual a la que tenía puesta. Las olía una por una, las estiraba, me las pasaba por la cara. Y me imaginaba a mi amiga con cada una puesta, saliendo del baño, caminando por la pieza, subiéndose a la cama. Encima no duré nada: me pajeaba rápido, con ganas, y acabé con un gruñido que tuve que ahogar tapándome la boca con el brazo. Les saqué unas fotos, las volví a doblar como pude, las dejé en su cajón, y volví a la pieza.
Y cuando llego, veo que se había destapado. Y estaba sin la remera. Supuse que se la había sacado por el calor —esa noche hacía un horno— y por eso cuando me levanté estaba toda tapada, y ahora, con el movimiento de la frazada, la remera celeste había quedado tirada al lado de la cama. Y ahí estaba. En penumbras, con la cola para arriba, esa tanguita de leopardo, la espalda blanca, y una teta que se le veía de costado, aplastada contra el colchón.



Las tangas de mi mejor amiga I




Al instante mi pija volvió a ser una piedra. Me acerqué despacio y pude ver esas tetas perfectas, blancas, con los pezones bien rosados, chiquitos, parados. Y esa cola que se comía la tanguita. Lo primero que pensé fue sacar una foto, pero ahí en la pieza no había luz y el flash la podía despertar, así que atiné a sacarme la pija y empezar a pajeame ahí mismo, parado al lado de la cama, mirándola dormir.
Después, muy despacio y sin dejar de pajeame, apoyé la mano en la cola. No reaccionó. Así que empecé a acariciarla toda, de arriba abajo, sintiendo el calor de su piel, la suavidad de esas nalgas, la telita de la tanga en el medio. Y con la misma mano, mientras seguía pajeándome con la otra, me animé y le agarré una teta. La agarré entera, suavecito, sintiendo cómo el pezón se me paraba en la palma. Cuando sentí ese pezón tocándome la mano casi se me escapa toda la leche encima de ella, pero por suerte me controlé, apreté la base y aguanté.
Me fui hasta el cajón, saqué la tanga que más me había gustado —una de encaje negro, chiquita— y, revolviendo en el fondo, encontré un consolador color piel, igual a una pija pero de unos 20 cm y bien grueso. Lo agarré y lo miré a la luz del velador: estaba recién lavado, impecable, pero en la base se le sentía todavía un olorcito a ella que me volvió loco. Ahí nomás me la imaginé usándolo, gimiendo bajito, y casi acabo antes de tiempo. Lo dejé donde estaba. Me paré a unos 70 centímetros de la cama y me pajeé con furia, sin sacarle los ojos de encima, mirando esa cola super entangada, esas tetas, esa espalda. Y cuando ya no pude más, acabé en la tanguita de encaje negro, con un temblor en las piernas que casi me hace caer al piso.
Fui al baño, le limpié la leche con un papel higiénico nomás —sin lavarla ni nada, para que no quedara tan evidente— y la puse en el cesto de ropa sucia, así ella después la lavaba y no sospechaba nada. Y volví a dormir como un bebé, re relajado, con la sensación de haber hecho algo grande.
Al otro fin de semana salimos. Ella tenía un vestido muy corto, negro, de esos que le levantaban todo. Y en un descuido, ya de noche, medio empedos, sentada en un banquito del boliche, se le subió el vestido y pude ver que abajo tenía puesta justo la tanga de encaje negro que yo había llenado de leche. Casi me muero ahí mismo. Pensar que esa tela había estado contra mi pija, que yo la había acabado, que ella la había lavado y se la había vuelto a poner sin saber nada... me tuve que ir al baño del boliche a hacerme una paja pensando en ella, en esa tanga, en ese culo.



amiga




Y ni hablar de las veces que me pajeé en casa, en la cama, en el sillón, en el baño, imaginándola con ese consolador de 20 centímetros, con la cara que pondría, con los ruiditos que haría. Me tenía loco la chica esta.
Lo que más me volvía loco era el contraste, te juro. De día era la mina prolija, la amiga seria, la que se vestía medida y rescatada. Y de noche, en su cajón, tenía encaje rojo, animal print y un consolador del tamaño de mi antebrazo. Todo eso guardado como un secreto. Y yo lo había tenido en la cara, en la mano, y lo había olido.
Y por suerte hubo revancha. Cruzamos el límite de la amistad. Una sola vez. Pero de esa, si quieren, les cuento otro día.

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