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Especial día de las madres 2

Me desperté con el sonido de la vibración de mi celular. Mi mujer me estaba llamando para preguntarme cómo me había ido con mi madre.
No llegué a contestar, pero ya estaba despierto. Estaba solo y desnudo en la cama. Mi madre no estaba.
Me desperezé y me levanté. Busqué mi boxer, que estaba arrugado en el suelo. La cama era un desastre, producto de la pasión incestuosa entre mi madre y yo.
Tomé valor y salí de la habitación solo con el boxer puesto. Fui hacia el comedor y ahí estaba mi madre, sentada, cubierta por una bata que solía usar de entretiempo. Estaba tomando un té, tranquilamente, en silencio.
Me miró y me sonrió. No dijo nada, ni yo tampoco. Era todo muy incómodo.
Solo le pregunté dónde estaba mi ropa y me señaló el sillón. Había acomodado mi ropa sobre el sofá, tal y como lo hacía cuando era chico.
Me vestí sin emitir una sola palabra y ya estaba listo para irme. Mi madre finalmente me habló y me preguntó si quería un té o un café. Le dije que no. Ya era tarde, debía volver a casa. Ella me dijo que estaba bien y me acompañó a la puerta.
Cuando tocó despedirme, le di un beso en el cachete y me fui directo al auto. Estaba apurado por llegar a casa y procesar todo lo que había pasado.
Apenas llegué hablé un rato con mi mujer por teléfono, ya que ella se quedaría hasta el jueves en su ciudad.
Dejé el teléfono cargando y me fui a duchar. Me toqué y todavía tenía el aroma de los fluidos de mi madre en la pija. Me enjaboné bien. Me sentía con un gran remordimiento, no solo porque me había cogido a mi madre, sino porque también le había sido infiel a mi mujer. Algo que jamás había hecho.
Al otro día debía trabajar, pero no pude pegar un ojo en toda la noche, recordando todo lo que había hecho con mi madre en su día.
Cuando pude dormitar un poco, sonó el despertador y me preparé para ir al trabajo.
Revisé el celular y vi que mi madre me había escrito a eso de las cuatro de la mañana. Me enviaba un mensaje agradeciéndome el día que habíamos pasado y diciéndome que, si quería hablar de lo sucedido, ella estaba disponible.
No supe qué responder, así que le dejé el visto.
Ya para el mediodía, cuando paré a almorzar, decidí contestarle. No quería que se sintiera mal. Me sentía culpable si no le daba una respuesta. Estaba en una situación muy frágil como para ignorarla.
Le dije que no pasaba nada. Que también la había pasado bien ese día y que, si ella quería hablarlo, no había ningún problema. Que esa semana estaría solo en casa por si quería pasar.
No tardó ni cinco minutos en responder:
—Gracias, hijo. Me encantaría pasar hoy para charlar.
Le dije que salía del trabajo a las quince y que llegaría a casa una hora después. Ella me mandó una carita sonriente y un corazón.
Casi no pude concentrarme el resto del turno. No sabía qué pasaría esa tarde con mi madre, qué nos diríamos, qué haríamos después de haber roto esa barrera entre los dos. Me carcomía la ansiedad.
Cuando llegué a casa me puse a ordenar un poco. A la media hora sonó el timbre. El estómago se me hizo un nudo. Finalmente había llegado el momento: iba a ver a mi madre cara a cara después de lo sucedido.
Me eché un poco de perfume y salí a abrirle la puerta. Allí la vi, con lentes de sol, vestida de negro, con un pantalón engomado y un sweater del mismo color.
Abrí la puerta y la invité a pasar. Me saludó con un beso en el cachete y nos sentamos en el comedor.
Le ofrecí algo para tomar y me dijo que con mate estaba bien.
Ninguno sabía cómo abordar el tema. Hablamos de banalidades, pero la tensión en el ambiente se sentía. El elefante en la habitación era demasiado grande para ignorarlo.
Yo preparé el mate mientras ella se sacaba los lentes de sol y los dejaba sobre la mesa. La luz de la tarde entraba de costado y le pegaba en la cara. Se veía cansada, pero arreglada. El sweater negro le marcaba los pechos con naturalidad y el pantalón engomado le apretaba las caderas de una forma que me costó no mirar.
Especial día de las madres 2

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Le pasé el mate. Ella tomó un sorbo largo y lo devolvió.
—Gracias por recibirme… No sabía si querías verme tan pronto —dijo al fin.
—Tampoco yo sabía si quería —contesté—. Pero ignorarte me parecía peor.
Hubo un silencio. Solo se escuchaba el ruido del agua cuando volví a cebar.
—Anoche no pude dormir —siguió ella, mirando la yerba—. Me quedé pensando en todo. En tu hermano… y en nosotros.
—Yo tampoco dormí. Cada vez que cerraba los ojos volvía a verte en la cama.
Ella levantó la vista. Los ojos se le humedecieron un segundo, pero no lloró.
—¿Te arrepentís?
La pregunta me pegó de lleno. Dejé el mate sobre la mesa y me pasé una mano por la cara.
—No sé si es arrepentimiento. Es confusión. Y culpa. Sobre todo por mi mujer. Nunca le había sido infiel. Nunca pensé que la primera vez iba a ser… con vos.
Mi madre asintió despacio.
—Yo también siento culpa. Mucha. Pero al mismo tiempo no puedo decir que me arrepiento del todo. Por un rato dejé de sentir ese vacío. Y eso… me asusta.
Volví a cebar. Las manos me temblaban un poco. El ambiente estaba cargado. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, el recuerdo de la noche anterior se metía en el medio: el sabor de su boca, el calor de su cuerpo, la forma en que se había corrido en silencio apretándome.
—No sé qué se supone que hagamos ahora —dije.
—Yo tampoco. Por eso vine. Necesitaba verte la cara. Necesitaba saber si me ibas a mirar distinto.
—Te miro distinto —admití—. Pero no de la forma que pensás. Te miro y se me mezcla todo. La ternura, el deseo, la culpa… y ganas de volver a tocarte.
Ella dejó el mate. Se quedó quieta varios segundos. Después se levantó despacio, rodeó la mesa y se detuvo a mi lado. Yo seguía sentado. Ella me miró desde arriba, con una expresión que no supe leer del todo.
—Levantate —pidió en voz baja.
Obedecí. Quedamos frente a frente, a menos de un metro. El olor de su perfume me golpeó igual que el día anterior. Ella levantó una mano y me tocó la mejilla con la yema de los dedos, igual que cuando estábamos en el sillón.
—Si te beso ahora… —susurró—, ¿me vas a detener?
No respondí con palabras. Me incliné y la besé.
La pasión desmedida se apoderó de los dos. Los besos fueron más intensos que la vez anterior. Entre caricias y tocamientos la llevé a la habitación. Ahí le quité el sweater y el pantalón.
Para mi sorpresa, traía un conjunto de lencería roja. Venía con más intención que solo hablar. No la culpo. Yo también estaba ansioso de que esto ocurriera.
Apreté sus pechos y su culo con las manos. No sabía por dónde empezar con esa mujer que tenía frente a mí.
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La senté en la cama mientras nuestras bocas no querían separarse.
Le pregunté si esto era lo que quería. Ella asintió con la cabeza, mirándome con los ojos llenos de deseo, mordiéndose el labio inferior.
Me separé unos pasos, me quité la remera y el pantalón, me bajé el boxer y mi verga salió disparada frente a ella. No dejó de mirarme en ningún momento.
Me agarré la pija y la sacudí un poco mientras me acercaba a su cara. Ella, ansiosa, la sujetó suavemente con una mano, me la pajeó un rato y después la engulló con desesperación, mientras yo le manoseaba las tetas.
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Solo gemía y le acariciaba la cabeza mientras ella hacía su trabajo. Esta vez no había alcohol ni ninguna excusa. Era mi madre, su verdadero ser. Una profesional del oral. Lo hacía con tanta pasión y dedicación que casi me vengo en su boca solo para satisfacerla.
No se detuvo ni un segundo. Me la chupó hasta que me corrí, pero siguió chupándome hasta que se me puso dura otra vez.
—Ahhh sí, ma… qué rico la chupás, por dios…
—Vení, acostate…
Me dijo mientras me empujaba suavemente hacia el lecho matrimonial que compartía con mi mujer desde hacía años, y que hacía tiempo no era testigo de tanta pasión.
Me recosté tal como me lo había pedido y ella siguió chupándome hasta que recuperé una erección completamente firme.

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Cuando la tuve bien dura, mi madre se detuvo y se quitó la bombacha. Sus labios maduros quedaron a la vista. No podía dejar de mirarla mientras me tocaba la pija. Se subió encima de mí y se dejó caer sobre mi verga, tal como lo había hecho apenas unas horas atrás.
Me montó y gimió como no la había escuchado nunca.
Estaba libre. Se sentía amada y atendida como se merecía. Ya no había miedo ni timidez. Eso había quedado atrás. Estaba desatada.
Me montaba con desesperación, moviendo la cadera en un vaivén incesante, mientras sus tetas bailaban desnudas fuera del corpiño.
Yo le acariciaba las tetas, las piernas y el culo, disfrutando la suavidad de su cuerpo maduro. Tenía los ojos cerrados y el rostro reflejaba el placer que sentía con mi verga dentro de ella.
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Después de un rato en el que ella tomó el control, fue mi turno. La giré y la puse en cuatro sobre el borde de la cama. Le miré el culo en esa posición y no pude contenerme: le di una buena lamida por el culo y la concha, lo que la hizo gritar de placer.
—¡Ayyy sííí! ¡Ahhhh síííí! ¡Diosss!
Después de un rato saboreando sus orificios, me incorporé detrás de ella y le pregunté si alguna vez le habían hecho el culo. Me dijo que no, pero que si yo quería, estaba dispuesta a todo conmigo.
Se me llenaron los ojos de fuego. El culo de mi vieja era virgen. No lo podía creer.
No perdí tiempo. Me escupí la pija y dejé caer otro poco de saliva en el ano de mi madre.
Acomodé la punta en la entrada y ella me detuvo.
—Por favor, hijo… despacio, con cariño.
—Tranquila, ma… te va a gustar.
Le dije mientras le metía la cabeza. Ella soltó un leve gemido de dolor.
Se aferró a las sábanas con fuerza y mordió un poco la tela mientras me abría paso en su ano completamente cerrado.
Se la dejé hasta la mitad para que se acostumbrara al grosor y, poco a poco, seguí hasta llegar al fondo.
Empecé con movimientos suaves, lentos y controlados para que pasara la molestia. Pero cuando noté que el dolor se convertía en goce, el mete y saca se volvió más frenético e intenso. Su ano se dilató con facilidad y engullía mi pija hasta los huevos.
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—Ahhh sí… qué culo, mami… ahhh, ¿te gusta cómo te cojo por el orto?
—Mmm… mmm… ahhhh sííí, bebé, sííí… ahhhh…
—Tu culo es mío… ahhh…
—Siempre… tuyo, hijo… usalo cuando quieras, hijito…
Después de un largo rato sacándome las ganas con su hermoso ojete, me salí, me pajeé sobre sus nalgas y pinté su ano con mi leche. Bauticé el culo de mi propia madre.
Caímos exhaustos sobre la cama, mirándonos y riéndonos por ese momento compartido que había afianzado nuestro vínculo.
Esa noche ninguno de los dos pudo pegar un ojo, pero fue distinto a lo que habíamos vivido antes. Simplemente le dimos rienda suelta al placer y cogimos como animales por toda la habitación. Hasta nos duchamos e hicimos el amor bajo el agua.
Jamás creí ver ese lado de mi madre, pero fue lo mejor que me pasó. Y espero repetirlo varias veces más.

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