Mi novia Laura siempre había sido fiel… hasta que apareció Marcos.
Yo seguía en casa, confiado, creyendo que ella solo se quedaba a una “sesión privada de técnica”. Ni se me pasaba por la cabeza lo que estaba pasando en esa habitación del fondo del gimnasio.

Había una cama estrecha. Marcos se tumbó de espaldas, con la polla gruesa y oscura ya dura, saliendo hacia arriba, brillante de precum. Laura se subió a la cama y se colocó exactamente entre sus piernas, arrodillada, el pelo oscuro y húmedo cayéndole sobre la cara. Llevaba puesta solo una camiseta blanca holgada. Se inclinó hacia adelante, se sujetó el pelo con una mano y abrió la boca.
Primero solo rozó la punta con los labios, lamiendo ese líquido espeso y salado. Después envolvió la cabeza con la boca y bajó despacio, chupando fuerte, haciendo ruidos húmedos y obscenos.


La polla de Marcos le llenaba la boca por completo. Ella movía la cabeza arriba y abajo, succionando, la saliva le chorreaba por la comisura de los labios y le caía sobre la camiseta. Cada vez que bajaba más profundo se atragantaba un poco, los ojos se le cerraban y soltaba un gorgoteo asqueroso.



Marcos la miraba desde arriba, con una mano apoyada detrás de la cabeza de ella, empujándola un poco más abajo.
—Así… trágatela toda, putita.
Laura obedecía. Se concentraba solo en esa polla gruesa y oscura que le entraba y salía de la boca. La lengua le daba vueltas a la cabeza cada vez que subía, y cuando bajaba volvía a empujarla hasta casi la garganta. El sonido era nauseabundo: chupadas fuertes, saliva espesa, gemidos ahogados. Ella se tocaba el coño por debajo de la camiseta mientras chupaba, empapada, gimiendo alrededor de la polla de Marcos.
Él no aguantó mucho. Le agarró el pelo con más fuerza y empezó a follarle la boca de verdad, empujando las caderas hacia arriba. Laura se dejó hacer, manteniendo exactamente esa posición: arrodillada entre sus piernas, la cara inclinada, la boca llena, el pelo pegado a la frente por el sudor y la saliva. Cuando Marcos se corrió, lo hizo directo dentro de su garganta. Chorros calientes y espesos. Ella tragó todo lo que pudo, aunque parte se le escapó por los labios y le bajó por la barbilla.
Después sacó la polla de la boca, todavía temblando, y lamió los restos que le quedaban en la cabeza, limpia, sumisa, sin levantar la mirada.


Cuando terminó se limpió la boca con el dorso de la mano, se arregló el pelo y se fue a casa como si nada.
Yo la recibí con un beso.
Ella me lo devolvió… sabiendo que todavía le quedaba el sabor de esa polla oscura y gruesa en la lengua.
Y yo seguí sin enterarme de nada.
Yo seguía en casa, confiado, creyendo que ella solo se quedaba a una “sesión privada de técnica”. Ni se me pasaba por la cabeza lo que estaba pasando en esa habitación del fondo del gimnasio.

Había una cama estrecha. Marcos se tumbó de espaldas, con la polla gruesa y oscura ya dura, saliendo hacia arriba, brillante de precum. Laura se subió a la cama y se colocó exactamente entre sus piernas, arrodillada, el pelo oscuro y húmedo cayéndole sobre la cara. Llevaba puesta solo una camiseta blanca holgada. Se inclinó hacia adelante, se sujetó el pelo con una mano y abrió la boca.
Primero solo rozó la punta con los labios, lamiendo ese líquido espeso y salado. Después envolvió la cabeza con la boca y bajó despacio, chupando fuerte, haciendo ruidos húmedos y obscenos.


La polla de Marcos le llenaba la boca por completo. Ella movía la cabeza arriba y abajo, succionando, la saliva le chorreaba por la comisura de los labios y le caía sobre la camiseta. Cada vez que bajaba más profundo se atragantaba un poco, los ojos se le cerraban y soltaba un gorgoteo asqueroso.



Marcos la miraba desde arriba, con una mano apoyada detrás de la cabeza de ella, empujándola un poco más abajo.
—Así… trágatela toda, putita.
Laura obedecía. Se concentraba solo en esa polla gruesa y oscura que le entraba y salía de la boca. La lengua le daba vueltas a la cabeza cada vez que subía, y cuando bajaba volvía a empujarla hasta casi la garganta. El sonido era nauseabundo: chupadas fuertes, saliva espesa, gemidos ahogados. Ella se tocaba el coño por debajo de la camiseta mientras chupaba, empapada, gimiendo alrededor de la polla de Marcos.
Él no aguantó mucho. Le agarró el pelo con más fuerza y empezó a follarle la boca de verdad, empujando las caderas hacia arriba. Laura se dejó hacer, manteniendo exactamente esa posición: arrodillada entre sus piernas, la cara inclinada, la boca llena, el pelo pegado a la frente por el sudor y la saliva. Cuando Marcos se corrió, lo hizo directo dentro de su garganta. Chorros calientes y espesos. Ella tragó todo lo que pudo, aunque parte se le escapó por los labios y le bajó por la barbilla.
Después sacó la polla de la boca, todavía temblando, y lamió los restos que le quedaban en la cabeza, limpia, sumisa, sin levantar la mirada.


Cuando terminó se limpió la boca con el dorso de la mano, se arregló el pelo y se fue a casa como si nada.
Yo la recibí con un beso.
Ella me lo devolvió… sabiendo que todavía le quedaba el sabor de esa polla oscura y gruesa en la lengua.
Y yo seguí sin enterarme de nada.
0 comentarios - La caída de mi novia